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Manuel Pecellín

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MATAR POR MATAR DIVIERTE MUCHO

 

Sí, matar por matar divierte mucho, sobre todo haciéndolo según recomendaba Thomas de Quincey en su célebre obra Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827). Ahora bien, eso de quitar la vida al próximo tiene sus peligros, pues, como advirtiese el autor dicho, “si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse”.

Tampoco sabe encontrar freno a sus impulsos homicidas el personaje que en te tendré que matar (todo misúsculas) va contando sus múltiples crímenes. No lancemos contra él escandalosos anatemas. ¿Quién no ha sentido alguna vez ganas de cepillarse al vecino ruidoso, el pedante estúpido, el alumno torpón, la amante olvidadiza,  la pareja infiel, el amigo rácano, el rival imbatible, el bromista plasta  o el confesor curioso?

A especímenes de tales géneros van sacando del mundo el protagonista o sus compinches, sirviéndose de  los trucos más ingeniosos. Nicanor Gil (Guadalupe, 1967), que en Plasencia codirige el Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán, nos entusiasmó ya con los relatos contenidos en su Historia de Villa Germelina, entrega de la que también aquí pueden rastrearse ecos.

Las narraciones de la nueva obra difieren en extensión. Las de la parte I, “Mis   crímenes ejemplares”, son más lacónicas (algunas no pasan de dos simples líneas), en tanto la II, “Sonrisas a prueba de balas”, ofrece otras de estructura  más compleja. Todas tienen notas comunes, aparte del actuante-narrador: se desarrollan en situaciones ridículas o absurdas y son contadas en un lenguaje irreverente, provocativo, que el agudo sentido del humor dominante en todas reduce a términos asumibles. Los lectores, sorprendidos a menudo por el desenlace fatal, comprenden la broma y se inclinan indulgentemente al perdón. Por lo demás, Gil demuestra un dominio encomiable del discurso y su prosa es sencillamente espléndida. Los guiños a creadores como Sabina, Panero, Juan Gelman,  Max Aub o Miguel Hernández suman otra nota a un estilo siempre cuidado.

Se trata del segundo título de la colección de relatos  “Lunas de Oriente”, iniciada por Alonso Guerrero con El mundo sumergido. Resulta fácil augurarle el mismo éxito que a la anterior de poesía.

 

Nicanor Gil, te tendré que matar. Mérida, De la luna libros, 2016.

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