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SOR CELINA
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Manuel Pecellín | 22-12-2016 | 11:39

Cuentan que cuando Tierno Galván se hallaba en una clínica madrileña con el pie ya en el estribo, según expresión de Cervantes, acudieron a verlo dos monjas.
-D. Enrique, rezamos mucho por Vd., fue la despedida.
-Se lo agradezco, hermanas, respondió el alcalde de Madrid, agnóstico convicto y confeso.
Estoy seguro de que ninguna energía se pierde en el mundo, concluyó el profesor.
Esta suerte de “cuerpo místico” laico hubiera agradado sobremanera a personas como Arias Montano, quien enfatiza sobre ese dogma católico en su impagable Dictatum Christianum (Amberes, Plantino, 1575), obra que tradujo Pedro de Valencia, aunque el discípulo dejase inédita la versión (publicada dos siglos después) tal vez precavido contra la censura inquisitorial.
Me he acercado numerosas veces al convento de Sor Celina, casi siempre junto con la Dra. Carmen Araya – su ayuda a sor Celina ha sido fundamental -
para llevar ejemplares de obras como la citada antes, que me constaba eran muy bien recibidas en el cenobio pacense, auténtica joya arquitectónica de la ciudad. Nunca salí sin haber percibido algo de esa energía que Tierno elogiaba.
La trasmite a raudales Sor Celina, desde su arquitectura aparentemente frágil, mínima, nerviosa, una Edit Piaf gregoriana tras las sólidas rejas del locutorio, que la religiosa, próxima ya a los noventa años, traspasa a veces para mejor saludar al visitante. Bien informada de cuanto ocurre en el mundo, estudiosa infatigable, esta mujer de sólida formación, licenciada en Historia del Arte (“lo que más me costó al profesar, fue dejar la pintura”), es una ferviente defensora de la casa donde habita con hermanas procedentes de medio mundo, el edificio badajoceño del XVI mejor conocido y conservado merced en gran parte a las labores múltiples de la escritora. ( Defenderé la casa de mi padre, cantaba Gabriel Aresti en su emocionante poema “Nire aitaren etxea”).
Buena constancia de lo dicho queda patente en los dos volúmenes anteriores a éste, cuyo prólogo me demanda, aun conociendo de sobra mis limitaciones. ¿Qué hace un catedrático de Filosofía, bibliógrafo cuasi amateur, aunque apasionado por el estudio de todo lo que dice relación con Extremadura, suscribiendo el preliminar de un libro de Historia? Pues poco más que dar testimonio público de la admiración, el respeto, el cariño, que esa admirable clarisa me produce desde que la conocí, hace ya lustros, y que no han hecho sino aumentar a partir de entonces.
Son muchas las sugerencias que me nacen tras la lectura de esta obra poliédrica, un punto caótica, auténtica miscelánea (género típicamente renacentista, con el extremeño Luis Zapata como referente máximo), verdadero caleidoscopio donde captar las múltiples perspectivas que, a través de los años, una Casa de oración, contemplación, estudio y trabajo proporciona. Sin omitir que en el monasterio repercuten indefectiblemente las vicisitudes ciudadanas, por lo que estamos ante una muy valiosa contribución a la historia del viejo Bataliús.
Según verán los lectores, estas páginas, con indudable peso autobiográfico (¿cuáles no las tienen, por mucho que pretenda subsumirse el creador?), aunque con la sólida básica de las investigaciones en el muy abundoso archivo monacal, matizan y enriquecen cuanto las dos anteriores entregas ofrecían sobre los quinientos de años que pesan sobre Santa Ana. El afán de perfeccionismo de sor Celina la induce a ello. También los nuevos datos que no deja de rebuscar y no duda en confrontarlos numerosas veces con tesis sostenidas por otros historiadores locales. Ella se reconoce tozuda, audaz y constante para mantener las suyas (¿quién no se acordaría de Teresa de Ávila?), si bien distingue honestamente lo que considera como demostrable, de las meras conjeturas.
Pero este tercer tomo se ciñe casi por completo a la época contemporánea. Cuántas mujeres formidables nos permite conocer, retratadas con absoluto afecto, capacidad psicológica y sus puntos de humor por la autora, que las ha tratado durante lustros. Y, a través de tan gráciles como bien documentados apuntes, seguir el día a día la intrahistoria del convento. Si fuera preciso refutar el injusto apotegma de Voltaire sobre las personas consagradas – “Se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse –, la pluma de sor Celina se basta y sobra.
Por cierto, la atención se le desparrama a menudo para atender a otras féminas con las que se topó en sus investigaciones, digamos la primera alcaldesa de España (Julia Mayoral Márquez, que lo fue del emblemático pueblo de Santa Amalia, durante la II República); sucesos claves para nuestro devenir histórico, tal la Guerra de Secesión entre España y Portugal; las angustias sufridas por la Fraternidad durante la de la Independencia contra los franceses (1812) y la revolución de 1868, por no decir las vicisitudes de la contienda fratricida 1936-39. ¡Qué estampa la del albañil “Bocanegra”, el miliciano al frente del pelotón ocupante, capaz de jugársela ante los suyos por aliviarles el tránsito a las indefensas monjas! No menos enjundia tienen los pasajes en que se describe la incorporación de la Comunidad a las exigencias civiles del periodo democrático y los distintos gobiernos a partir de entonces.
Buffon, en su Discurso de ingreso en la Academia Francesa (1752), publicado por Manuel G. Revilla (México, Tipografía Económica, 1911), viene a decir que el estilo es el hombre. Y, naturalmente, el de la mujer, pudo añadir el gran naturalista galo. Desde luego el de la autora rezuma naturalidad, pulcritud y gracia. Como es sor Celina. No extraña que tenga tantos amigos. Estoy orgulloso de poder contarme entre ellos. ¿No soy muy subjetivo? Responderé con José Bergamín ante idéntica interrogación: Sin duda. Si yo fuese un objeto, podríais exigirme objetividad. Pero soy un sujeto y lo asumo. Lo que en forma alguna implica ligereza gratuita en mis afirmaciones. Creo que Vds. las compartirán cuando pasen página.

Sor Celina Sosa Monsalve, Historia del R. Monasterio de Santa Ana, Tomo III. Badajoz, Fundación CB.

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