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Fecha: febrero, 2017
TERRITORIO TEMPLARIO
Manuel Pecellín 25-02-2017 | 10:43 | 0

Un hexámetro  dactílico de Horacio luce en el exlibris del autor, puesto al final de la obra: Nihil sine magno vita labore dedit mortalibus (La vida no da nada a los mortales sin gran esfuerzo). Adornan el lema dos caballeros medievales que cruzan lanzones. Palabras e imágenes nos ponen en camino: muchas horas de investigación en territorio templario. Efectivamente, el libro estudia el discurrir de los latifundios en la España meridional, tomando como referencia “El Señorío de la Granja”, castillo que fue centro de una enorme extensión, importante desde la Orden del Temple. Utilizado dede entonces como fortín defensivo y granero (de ahí su nombred: granium, grano, granja), los Caballeros ocuparían el sitio enclavado en una llanura, a pesar de estar rodeado el alcázar de colinas.

Correa explica las curiosas razones que llevaron a situar ahí la Casa-Fuerte, en una explanada aparentemente vulnerable. Resulta curioso el proceso de restauración que se nos cuenta, y de cómo un industrial en el siglo XX acomete a sus propias expensas la elevación de semejante fortaleza tomando como referencia los cimientos, asunto poco común. El cronista de Jerez de los Caballeros y académico lo  refiere con minuciosidad por haber sido testigo del hecho, aportando imágenes del proceso restaurador tomadas hace casi medio siglo.

Cabe destacar que por primera vez se analiza en su conjunto el frondoso Valle de Brovales, donde se asienta el Señorío de La Granja: extenso espacio tempranamente habitado por el hombre, existen allí importantes restos arqueológicos como el Dolmen de Toriñuelo, declarado monumento nacional en los años veinte, junto a oratorios del siglo XIII (de probable origen visigodo). Feliciano Correa los  estudia a pie de obra y manejando diversos manuscritos como fuentes.

Siguiendo su ya viejas inquietudes, el autor se ocupa de la ardua cuestión de la conservación del patrimonio, preocupación de la que ha dado muestras en su discurrir como historiador, avalado todo ello por su trabajo como profesor de tal materia en la Universidad Internacional de Andalucía en “La Rábida”, donde dirigió tesis sobre esa disciplina.

La referencia al empresario Alfonso Gallardo, como promotor de una factoría siderúrgica situada frente al castillo, así como sus diferencias con el propietario, son aspectos que nunca se había explicado con tanto detalle. Sin duda ha debido resultar esforzado el estudio genealógico que se nos ofrece, donde Correa da cuenta de las labores loables que realizaron en la ciudad de Jerez de los Caballeros esos patronos, junto a los agravios que sufrieron los campesinos que dependían de tan influyentes apellidos. El libro resulta de interés para apreciar con estos ejemplos lo que era la vida de las clases humildes en el Antiguo Régimen.

Correa nos ofrece un texto muy cuidado literariamente. El prólogo lleva la firma del actual propietario de la fortaleza, Juan de Dios Rodríguez-Pina.  Resulta muy expresivo por su interpretación de semejante mansión defensiva, hoy acondicionada como casa singular para ser habitada.  el patrocinio a la obra de la Fundación Caja Badajoz.

La edición de Tecnigraf-Editores, con el patrocinio a la obra de la Fundación Caja Badajoz, se presenta en formato 24, X 24,  excelente papel y cuidadas ilustraciones, esmerada encuadernación. Están muy trabajados los pies de fotos que ayudan al lector a seguir con más comodidad la enjundiosa investigación que aquí se nos ofrece. Señalemos que hace el nº 14 (especial) de la colección “Libretillas jerezanas”.

 

 

Feliciano Correa, Razón e historia de una Casa-Fuerte. El Señorío de La Granja. Badajoz, Tecnigraf, 2016.

 

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CARTAS DE BARTOLOMÉ J. GALLARDO
Manuel Pecellín 22-02-2017 | 9:25 | 0

Cronista de Campanario, el profesor Bartolomé Díaz no ceja en las  labores por recuperar cuanto atañe al patrimonio histórico de su pueblo. Homónimo del gran bibliófilo allí nacido, Bartolomé J. Gallardo ha sido para él desde hace lustros objeto de especial atención.
A tan polémica como importantísima figura para las letras hispanas está dedicado este folleto, cuyo largo título responde bien al contenido: Correspondencia de Don Bartolomé José  Gallardo durante los años que estuvo en prisión en Castro del Río y breve resumen de lo ocurrido en estos años (1827-1832).
Según se sabe, más aún después de las aportaciones de D. Antonio Rodríguez-Moñino, el hombre que consiguió montar, en condiciones extraordinariamente difíciles, una formidable biblioteca para las Cortes de Cádiz, fue  desde su juventud  fervoroso defensor de las ideas liberales. Caro lo pagaría: persecuciones y exilio en Londres, entre 1814-1820 (cosa que le sirvió para incrementar sus conocimientos bibliográficos en el British Museum y otras instituciones inglesas), amén del destierro en Castro del Río (1827-1832), tras el restablecimiento del absolutismo con ayuda de los Cien mil hijos de San Luis.  Y suerte tuvo, porque la voluntad de Fernando VII habría sido eliminar físicamente a tan molesto apóstol de la Constitución de 1812, según hizo con otros correligionarios del bibliófilo.
A éste, casi estuvieron a punto de quitarle el pellejo (valga su propia confesión) los lacayos  del rey absolutista mientras cumple una especie de “arresto domiciliario” en la villa cordobesa de Castro del Río.
El infatigable enamorado de los libros  seguía esforzándose, contra viento y marea, por recuperar las obras  y documentos que los anticonstitucionalistas  le robasen, tras la fatídica jornada de San Antonio (1823), sin perder contacto, aunque fuese solo epistolar, con sus numerosos deudos, entre ellos su muy querido sobrino  Juan Antonio (Gallardo no tuvo hijos),paradigma de inepcia e ingratitud (malvendió buena parte de la formidable biblioteca del tío).
Merced a la  ayuda de distintas personas, como Joaquín González Manzanares, presidente de honor de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños ), Bartolomé Diaz  reproduce algunas cartas dirigidas por Gallardo, desde el exilio cordobés, a varias de sus amistades. Sólo una de las cuatro que aquí se incluyen , había sido editada anteriormente por Moñino. Todas tienen la singular ortografía que el de Campanario propuso (igualación máxima de escritura y fonética; eliminación de grafemas inútiles, etc.), a la vez que testimonian tanto el espíritu libérrimo del autor del  iconoclasta Diccionario crítico-burlesco (obra  inspirada en Voltaire , perseguida por la ya decadente Inquisición), como sus irrefrenables intereses bibliófilos. Los apuntes adjuntos de Bartolomé Díaz contribuyen atinadamente a la  contextualización y más fructífera lectura de estas piezas coloquiales.
Bartolomé Díaz Díaz, Correspondencia de Don Bartolomé  J. Gallardo. Campanario, Universidad Popular, 2016

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BAJO LA ORDEN DE ALCÁNTARA
Manuel Pecellín 17-02-2017 | 4:26 | 0

 

Catedrático de IES, Felipe Gutiérrez  (n. Esparragosa de Lares) ha ejercido la docencia en diferentes institutos de la provincia de Badajoz, así como en el “Giner de los Ríos” de Lisboa. Intervino también en la gestión pública como Director General de Patrimonio de la Junta de Extremadura. Tiene publicadas investigaciones sobre la pintura esquemática en nuestra Comunidad, el pronunciamiento de Diego de León (1841), la presencia de los Franciscanos en el Nuevo Mundo , la Constitución española a través de la prensa o los viajes de Borrow.  Su última obra fue el estudio Sobre la Guerra de la Independencia: aproximación a Esteban Fernández de León (2011)., personaje igualmente atendido por Víctor Guerrero.

La que ahora presentamos es un volumen de casi mil páginas (9+XXXII+936), que consta de tres partes: el prólogo y estudio preliminar, suscritos por el autor, más el corpus de la obra, que frey don Diego de Sandoval Pacheco compuso para dar cuenta de su visita a Esparragosa de Lares, Galizuela y Sanci Spiritus (1634-1635).

Pertenecían estos lugares a la Orden de Alcántara, cuyo último gran maestre fuera Juan de Zúñiga y Pimentel (el sostenedor de  la renacentista  “Academia de Zalamea”).  A partir de tan egregia figura, fueron los reyes españoles – en esta época Felipe IV- quienes estaban al frente de la poderosa institución, aunque el Papa retuviera la suma potestad sobre la misma.

Estaba establecido por su Capítulo General (1497) que dos caballeros girasen cada dos años visita a las encomiendas, levantando el correspondiente libro de actas, sin duda con el fin de controlar debidamente sus posesiones y la vida cívica de los ciudadanos.  Se procuraba que los visitadores fuesen personas con adecuada experiencia. A ellos les correspondía hacer “los apuntamientos y provisiones que sean necesarias, para castigo y ejemplo de lo pasado y enmienda de lo porvenir”.

Así lo hizo Diego de Sandoval en Esparragosa de Lares y su tierra, justo cuando la nación pasaba por una de las épocas más críticas. El relato que suscribe constituye una auténtica radiografía sociocultural. El texto manuscrito, que los escribanos de visita Francisco González y Diego Benítez redactasen,  se guarda hoy en el archivo de la archidiócesis Mérida-Badajoz.

Allí ha debido invertir innumerables horas Felipe Gutiérrez para establecer la transcripción que de aquel texto del XVII nos ofrece. Según él mismo se encarga de destacar, son muchas las valiosas informaciones que proporciona en torno a asuntos de carácter económico,  jurídico, civil, religioso, arquitectónico,  moral, etnográfico e incluso lingüístico: organización del territorio y los conflictos de competencia (con pleitos costosos e interminables); problemas con la distribución de los diezmos y los arriendos de yerbas (tan abundantes y nutritivas las de la zona); elementos constructivos de las casas encomenderas; situación de las iglesias, ermitas, hospitales, cofradías y obras pías; costumbres populares (algunas claramente misóginas); organización de la vida municipal (concejos, órganos de representación, fórmulas de elección y gobierno); estructura de los pueblos; nombres y apellidos más frecuentes…

Pasan de 1.400 las notas puestas a pie de página (algunas muy extensas) para contribuir a la mejor lectura de un discurso  ya lejano (se recogen multitud de expresiones ya en desuso), al que hay que contextualizar histórica y culturalmente para su debida comprensión.

 

Felipe Gutiérrez Llerena, Visita de frey don Diego de Sandoval Pacheco a Esparragosa de Lares, Galuzuela y Sancti Spiritus (1634-1635). Badajoz, Diputación, 2016.

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CRÓNICA DE GUADALUPE
Manuel Pecellín 14-02-2017 | 11:06 | 0

 

A raíz del Capítulo General de la Orden Jerónima (1459), presidido por Alonso de Oropesa, se  dispuso la composición de las crónicas conventuales.  Según Wikipedia,  copiando la Historia de la orden de los Jerónimos (debo la advertencia a D. Antonio Ramiro, Caballero de Guadalupe), este  inteligente fraile, de origen judeoconverso, “escribió varios tratados que no llegaron a la imprenta y se conservan en el monasterio de Guadalupe. Un examen de su Lumen ad revelationem gentium, encargada por Enrique IV, de quien fue consejero, revela lo que es una defensa de la unidad de los cristianos viejos y nuevos mediante la figura del cuerpo místico de Cristo, en lo que se muestra a la vez paulino y preerasmista. Es quizás la apología de los conversos más importante del siglo xv, y la acabó en 1465. También escribió una Vida de san Juan Crisóstomo”.

El cordobés Alonso de la Rambla (+1484), monje durante casi medio siglo, fue comisionado para escribir la crónica del monasterio de Guadalupe. Con toda probabilidad  se le atribuye la autoría de esta Crónica vieja. Al original se le irían añadiendo   con el transcurso de los años numerosos apuntes en los márgenes, que sin duda lo enriquecen.

Así lo dice Arcángel Barrado (1907-1971), excelente historiador  que fue allí archivero y bibliotecario, ya servido por la Comunidad franciscana. Él dispuso en su día la transcripción del documento, dejándolo listo para imprenta (1956), sin que llegase a ver la luz. El manuscrito original,  forrado en piel negra veteada, con 64 folios de papel vegetal ordinario,  obraba en poder de Antonio Rodríguez-Moñino, quien lo cedería temporalmente a su buen amigo el  Dr. Barrado para estudio y posible edición. Se publica ahora, con estudio y notas a pie de página a cargo de Fr. Antonio Arévalo, guardián de aquel  Cenobio y director de su archivo, biblioteca y revista homónima. Presta así un gran servicio, facilitando a los lectores un texto que, limpio por él de erratas, resulta fuente impagable de noticias (históricas, religiosas, económicas, etnográficas), así como venero para los estudiosos de la diacronía de la lengua castellana.

Fray Alonso, a quien Barrado califica como “sujeto de toda confianza del Monasterio y persona hábil en política y diplomacia” (pág. 27),  aunque también “tenaz y rebelde a cualquier otro criterio que no coincidiera con el suyo” (pág. 28), prestaría grandes servicios a su comunidad, de cuyos entresijos, vicisitudes,  pleitos, hacienda y  vida interior estaba muy bien informado. Debió también servirse de códices anteriores, hoy perdidos.

Tras un breve prólogo, donde al autor busca ganarse crédito, la crónica abre con la “leyenda fundacional” (capts. I y II), pasando a describir  la llegada de la Orden Jerónima (capts. III, IV y V), “la qual por la gracia divinal oy floresce en España”.  En los capítulos siguientes se va dando a conocer quiénes fueron sus priores y los principales acontecimientos habidos bajo cada uno, amén de las  actuaciones de otros religiosos notables, algunos legos (tejedores, herreros, cirujanos, peleteros, zapateros, sastres…), importantes todos en Monasterio  tan dinámico.

La prosa de fray Alonso es extraordinariamente rica, llena de galanura, precisa y enjundiosa al referirse a asuntos anecdóticos o a  cuestiones de gran trascendencia para Guadalupe. Resulta un sugerente  presagio de los magníficos escritores que adornarán nuestro Siglo de Oro.  Voy a reproducir un pasaje elocuente:

“E como vido el prior (Gonzalo de Ocaña) que la fambre cresçia e padesçian los pobres de su pueblo, mandó traer la farina que estava en el monesterio, ca trigo no avia alguno en él, e fallose que avía farina p(ara) tres semanas, segund el gasto del monesterio. E  eaviendo mucha fianza en la bondad de N. Señor Dios e confiando de la procuración d la Virgen María, mandó massar tres vezes en la semana abundançia de panes, e mandó al mayordomo traer vacas, e ordenó que se diessen a todo pobre que lo quisiese, agora fuesse del pueblo o forastero, dos panes e un pedaço de vaca” (pág. 91).

 

Fr. Alonso de la Rambla, Crónica vieja del Monasterio de Guadalupe. Guadalupe, Comunidad franciscana, 2017

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COMUNISTAS ESPAÑOLES (1977)
Manuel Pecellín 11-02-2017 | 10:46 | 0

 

La transición que España supo hacer desde el régimen dictatorial franquista a la democracia, es objeto de defensa, ataques, matizaciones y, en resumen, polémicas calurosas. Quien esto escribe se siente orgulloso de aquel tránsito sociopolítico y juzga que no pocas invectivas contra dicho proceso surgen de desconocer cómo se produjo o no tener en cuenta sus circunstancias. Por eso son muy de agradecer obras como la recién publicada por Alfonso Pinilla. Natural  de Montijo y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura, fue investigador en la Universidad Paris X-Nanterre y docente invitado en la de Artois. Desde 2015 participa en el módulo “Jean Monet EU-HOPE”, impartiendo cursos sobre la integración política europea.

Pese a su juventud, el doctor Pinilla cuenta en su haber con importantes publicaciones, entre las que cabe recordar las obras Información y deformación en la prensa. El caso del atentado contra Carreto Blanco (UEX, 2007), La transición de papel: el atentado contra Carrero Blanco, la legalización del PCE y el 23-F (Biblioteca Nueva, 2008) o El laberinto del 23-F: lo posible, lo probable y lo imprevisto en la trama del golpe (Biblioteca, 2010).  El rigor de sus labores indujo a la famosa periodista Pilar Urbano (autora de dos valiosos libros: Con la venia…yo indagué el 23-F   y La gran desmemoria) a entregarle un archivo inédito, con el que establecer la intrahistoria de la legalización del PCE.  Tuvo la intuición de que el extremeño, “un estudioso sin fatiga, un zahorí paciente que busca bolsas de agua dormida en los subsuelos más esteparios de la Historia” –así lo define en páginas preliminares- habría de hacer excelente uso de aquellos materiales. Y así ha sido.

Los documentos a que se hace referencia son los apuntes, notas y resúmenes de las actuaciones llevadas a cabo en periodo 1974-1977 por José Mario Armero, mano derecha de Adolfo Suárez, durante aquellos críticos años. Añádase una pieza fundamental: el diario manuscrito de Ana Monte, esposa del mediador antes citado, con quien compartiría afanes, ilusiones, angustias y felicidad por el éxito de la empresa, a saber, la democratización de nuestro país.

Sólo alguien como Suárez, hombre procedente del propio Movimiento, elevado de modo sorpresivo a la Presidencia del Gobierno por decidida voluntad del Rey Juan Carlos, pudo convencer a las Cortes franquistas de que se hiciesen el “harakiri”,  con anuencia del estamento militar. Y sólo alguien como Santiago Carrillo, secretario del PCE, el partido con mayor peso en la lucha contra el régimen de Franco, podía atemperar las reivindicaciones de la izquierda hasta embridarla en las exigencias legales (no oponerse a una monarquía constitucional; aceptar  la bandera bicolor; renunciar a la violencia como método para subir al poder e independizarse de cualquier imperativo extranjero).

Ambos líderes hubieron de derrochar increíbles dosis de sagacidad, paciencia,  pragmatismo, astucia y trabajo para llevar a buen puerto sus propósitos: las elecciones generales a Cortes y la legalización los partidos políticos incluido el PCE ( el ”sabadazo” de 1977).  En medio de tal odisea, multitud de episodios “trascendentales”: la venida a España de Carrillo y Pasionaria; la cumbre eurocomunistas de Madrid (1977); el regreso del rey Don Juan y su renuncia al trono; la dimisión de del almirante Pita y las protestas de otros altos militares; la visita de los americanos; los ataques ciertos periódicos (El Alcázar, claro, pero también ABC  e incluso El País), etc. De todo se encontrarán aquí testimonios múltiples.

Pero a quien más deben aquellos dos dirigentes, estadistas auténticos, de orígenes tan encontrados y a la postre amigos respetuosos, fue al dueño del archivo aquí utilizado. Arnero, hombre de temple y generosidad inauditos, no fue sólo quien los puso y mantuvo en contacto. Se condujo con frecuencia como huésped, consejero y animador infatigable de unas relaciones cada vez más respetuosas y fructíferas. Esta es la “intrahistoria”, cuyos entresijos ignotos nos estremecen al conocerlos. El autor lo facilita recordándolos con tanta pulcritud como minuciosidad, en una prosa bien cuidada, lo que hace la lectura del libro provechosa y amena.

 

Alfonso Pinilla García, La legalización del PCE. La historia no contada (1974-1977). Madrid, Alianza Editorial, 2017.

 

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