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EXACTITUD DE LA FILOSOFÍA
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Manuel Pecellín | 03-03-2017 | 15:25

 

“Llegar a la hora es lo único exacto” escribió Charles Péguy.  Estas palabras, que Finkielkraut sitúa como entradilla para su nuevo libro, bien puede ilustrar sobre la concepción del hacer filosófico que le inspira. Si, según Hegel, la lechuza de Minerva sólo levanta el vuelo a la caída de la tarde, el filósofo se aboca a repensar el pasado. Por  contra, pretender descubrir, según hace el Materialismo histórico, etapas futuras a tenor de supuestas leyes ineludibles, conduce inevitablemente a la teleología. Ninguna de las dos escuelas complace al intelectual parisino (n. 1949), miembro de la Academia Francesa. Más parece gustarle la línea socrática: encarar los asuntos que agitan la demos y pasar revista, como tábano zumbón o mosca cojonera, a las tesis habituales, las conductas presuntuosas o las falsas seguridades. No es raro que se atraiga así la enemiga de muchos.

A  Finkielkraut lo conocimos formando parte de los “nouveaux philosophes”, grupo de pensadores iconoclastas en el que también se incluyeron personajes como Pascal Bruckner, Andrés Gluksman o Bernard-Henry Lévy. Nacido en una familia polaca cuyo padre fue deportado a Auschwitz (“el atolladero moral”, según lo define), el hoy profesor de la Escuela Politécnica de París  no oculta su admiración por Foucault, Kundera, Lévinas o Hannah Harendt. Esta es, junto con el católico Péguy, la escritora más citada en la obra que presentamos

Quien ya en La derrota del pensamiento (1987) advertía sobre los peligros que se abaten sobre Europa (fragilidad social, falso progreso, pérdida de la memoria colectiva, actitudes infantiloides), insiste en los mismos, resaltando otros no menos amenazadores. Fiel a su compromiso con la comunidad judía, denuncia ante todo el crecimiento de un islam nada pacifista y del nuevo antisemitismo (alentado incluso por personas de izquierda).

Lo hace con un lenguaje periodístico, lejano al de la jerga filosófica tradicional, con numerosos neologismo y siempre  partiendo de realidades acontecidas en los tiempos últimos: evacuación de campamentos de refugiados, cifras del fracaso escolar, conductas racistas, emporio de las redes sociales, la matanza en Charlie Hebdo, la inauguración del Museo judío de Polonia, la conflictividad de los barrios periféricos franceses, la tragedia del pequeño Aylam Kurdi, el ímpetu de la Yihad y el ascenso de “la calle árabe”…, por no decir  la renuncia de Benedicto XVI o las declaraciones del papa Francisco sobre la emigración (“simplismo humanitario”, a su entender).

Finkielkraut, que se declara heredero de las Luces, aunque amante de las paradojas (pág. 211), se conduele de que el debate intelectual ya no existe en su país (más bien, el odio) y denuncia rotundamente: ”Cuando se ha optado por la causa de los oprimidos, de los desfavorecidos, de los condenados de la tierra, cuando se ha tomado partido por los más débiles, cuando se defienden los valores de igualdad y fraternidad, no se encuentran interlocutores, ni siquiera antagonistas, sino siempre y por todas partes canallas” ( pág. 302).

Los traductores, Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños, se esfuerzan por dejar fluir en castellano el empuje verbal de un escritor de raza. No siempre lo consiguen. Menos aún cuando se empeñan en usos tan chocantes como olvidar que el verbo “abolir” es defectivo, castigándonos con construcciones como “la comunicación abole” (pág. 14) o  “Hessel…abole el cuestionamiento” (pág. 39), tan chocantes cuanto fácilmente sustituibles.

 

Alain, Finkielkraut, Lo único exacto.  Madrid, Alianza, 2016.

 

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