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DIEGO DONCEL
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Manuel Pecellín | 25-04-2017 | 11:17

 

 

Como en cursos anteriores, subimos a la Biblioteca de Extremadura, junto a la cual lucen más cada día los impresionante restos de la Alcazaba árabe, para celebrar el Día del Libro 2017. Cada año, los organizadores invitan a un escritor de la tierra, que hace allí el elogio de la lectura. La BIEX imprime  un folleto con el pertinente discurso. A partir de 2002, por aquella tribuna han pasado Álvaro Valverde (Elogio de los libros), José Luis García Martín (El festín de Alejandría), Javier Rodríguez Marcos (Tampoco a mí me gusta), Antonio Sáez Delgado (Quijotes), Isaac Rosa (La lectura salvaje), Ada Salas (La vida silenciosa), José Antonio Zambrano (Sitio de todos), Irene Sánchez Carrón (La lectura como recompensa), María Rosa Vicente Oliva (En el principio fue el sonido), Basilio Sánchez (La vida que nos damos), Antonio Orihuela (Las palabras y las cosas), Pilar Galán (La lectura, qué gran misterio), Laura Rosa Tardío (Un libro, una pasión) y Elías Moro Cuéllar (¡Desenfunda, forastero!).

Estos títulos constituyen una preciosa colección ensayística, de carácter metapoético, donde cada autor lo que hace sobre todo es expresar cómo concibe su propio proceso creativo. Resulta impagable para cuantos estén interesados por  literatura que labran nuestros escritores.

A tan significativa nómina se une este año Diego Doncel. El poeta y novelista de Montánchez (también profesor y crítico) nos deleitó con sus reflexiones sobre El libro en la era del consumismo, texto que, según sus declaraciones, podría incorporarse a su obra próxima. Es una reflexión sobre el barrio donde vive, el mítico Malasaña de la movida madrileña, transformado ahora en “McLasaña”, ingenioso neologismo para designar la metamorfosis allí experimentada, símbolo de cuanto ocurre por tantos lugares: el antiguo espacio de luchas y provocaciones callejeras, se ha transformado hoy en “un libro ilustrado por grafiteros, modernos de la última modernidad, gastronomía cosmopolita, tiendas de topa alternativa con un leve aire londinense y bares diseñados según los cánones de los folletos turísticos”.

El ensayista proclama que también la literatura ha sucumbido a ese proceso de comercialización creciente. Los autores buscan apenas más que entretener al lector; sueñan con  acaparar portadas y pantallas, convertirse quizás en best-sellers, antes que innovar el lenguaje, denunciar injusticias o inducir conductas rebeldes. “Desde los altavoces neoliberales se nos dice que el escritor no debe tener ideología, no debe aspirar a influir en la sociedad, debe perder su carácter de pensar nuestro mundo. Escribe sólo para crear ocio, no aspira a tener lectores sino público”, según sus análisis.

Por el contrario, Doncel urge a volver hacia territorios que nunca debieron ser abandonados. En lugar de escribir libros débiles, menores, masivamente aceptados por los canales, nada conflictivos para el lector, estéticamente tradicionalistas y conceptualmente tópicos, él apela a la gran tradición, que ve las palabras como forma de aproximarse a la verdad, al sentimiento y fraternidad de los hombres, pues: “somos hijos de la razón de Galileo, de los puntos de fuga de Cervantes, del corazón que late en cada página de Shakespeare. Estamos enamorados de Anna Karenina o de Madame Bovary. Hemos visitado muchas veces el Nueva York de Lorca o la Venecia de Josef Brodsky. Creemos que un libro es una forma de salvación”.

Como para confirmarnos en la vigencia de las virtudes clásicas, la joven Mercedes Trigo Navarro puso broche de oro interpretando la Suite para violonchelo solo nº 1 en Sol mayor  de Juan S. Bach.

 

Diego Doncel, El libro en era del consumo. Mérida, Dirección General de Bibliotecas, 2017

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