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EL ESPLENDOR DE LA DEHESA
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Manuel Pecellín | 15-06-2017 | 06:43

 

Nacido en Villanueva de la Serena (1919), doctorado en Filología Hispánica, Mario Martín ha sido profesor en las universidades de Marburgo y Brno,  ahora en la cacereña Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Extremadura. Ha escrito numerosos ensayos, como Una poesía de la presencia. José Herrera Petere en el surrealismo, la guerra y el exilio (Premio Gerardo Diego de Investigación Literaria, 2009), Entre la fantasía y el compromiso. La obra narrativa y dramática de José Herrera Petere (2010), Los (anti)intelectuales de la derecha en España. De Giménez Caballero a Jiménez Losantos (2011) y La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios (Premio Amado Alonso de Crítica Literaria, 2012) y Una historia compartida. La resistencia franco-española (1936/1950) (Premio Arturo Barea 2013).
Atento también a la creación literaria, el hermano de la escritora Susana Martín Gijón,  ha publicado las novelas  Inconvenientes del turismo en Praga y otros cuentos europeos (Premio Tigre Juan 2012) y  Un día en la vida del inmortal Mathieu (2013), más  dos libros de poesía: Latidos y desplantes (2011) y Rendición (2012).
Con Un otoño extremeño, el autor, tan alejado de cualquier chovinismo, según muestran los títulos citados, rinde homenaje a la tierra que lo vio nacer, cuya riqueza paisajística (la dehesa, sobre todo) lo asombra. Como le ocurriese al profesor alemán Thomas Jung, protagonista de este supuesto diario, un gran experto en patologías forestales,  que pasó un curso en Extremadura para combatir las plagas de plagas fitóftoras capaces de secar sus muy admirados encinares y alcornocales. Al partir, deja  en unos cuadernos manuscritos  Ein Herbs in Extremadura, en realidad el viejo recurso que Cervantes consagró merced a Cide Hamete Benengeli. El libro no sería sino la traducción de tales memorias a cargo de Esteban Carrasco Villanueva, miembro del departamento universitario que contratase  temporalmente al investigador alemán. Anota aquel en los preliminares como el meticuloso muniqués “se enamoró desesperadamente de Extremadura, con un amor sin duda trágico,  porque sabía que no podía durar y que tenía una fecha de caducidad improrrogable”. Por supuesto, algún personaje femenino, la joven Cristina, influirá no poco en el idilio.

No sorprenden tanto los conocimientos técnicos del apasionado fitólogo (Martín Gijón ha debido hacer notables esfuerzos para documentarse), cuanto el voltaje lírico de sus apuntes. Como si siguiera a su paisano Nietzsche, defensor de que las metáforas son preferibles a los conceptos, el memorialista nos regala una y otra vez tropos excelentes.  Así, nos dice su admiración ante “los montes de tierra rojiza cortados por las líquidas cimitarras de los aspersores” (pág. 21); se conmueve junto al alcornoque desollado por el descorchador o “las manchas relucientes de los viñedos, como apenas oasis domesticados en la inmensa extensión de los breñales” (pág. 88); abomina de su actual gobierno, “encabezado por una matrona rígida e implacable con quienes no concuerdan con su credo de acariciar al capitalista y flagelar al necesitado (pp. 112-113) y no oculta que  en ocasiones la región también puede mostrársele “arisca, incomprensible e impermeable” (pág. 121). Intuye, sin embargo, que ya nunca podrá acostumbrarse a otros territorios, digamos “la recatada y pacata luz de Múnich, tan ridícula frente a la avalancha solar de Extremadura” (pp. 127-128). Tal vez por eso parte rumbo a Australia, a la búsqueda de territorios similares.

Para nosotros, la reivindicación de un paisaje único, con una prosa tan deslumbrante como la flora y fauna que lo habitan.

 

Mario Martín Gijón, Un otoño extremeño. Mérida, ERE, 2017

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