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EL ÓRGANO DE GARROVILLAS
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Manuel Pecellín | 25-06-2017 | 10:02

 

Garrovillas conserva el órgano más antiguo de Europa. Según frase de Gerard de Graaf,

en su iglesia de Santa María de la Consolación es de los pocos lugares europeos donde

aún resulta posible oír tan maravilloso instrumento con la entonación renacentista

original. Autoridad tiene para afirmarlo el maestro holandés, que en los años ochenta

del siglo último lo trabajó a fondo. Lugar estratégico para vadear el siempre difícil Tajo,

si no vio allí su luz primera nuestro autor (Santiago del Campo, 1943), sí lo tiene por su

pueblo. Hasta qué punto lo ama, bien lo ha plasmado en una obra anterior, Calleja del

Altozano (2012), de la que aquí se localizan numerosos ecos.

De su intensa biografía s recodaré algunos otros datos, cuyas huellas se perciben en El

maestro organero. Es ante todo periodista, habiendo ejercido la información política

desde 1966. Ha desempeñado cargos de responsabilidad en diferentes medios

nacionales. Fue director de los Servicios Informativos de la Presidencia del Gobierno

con Adolfo Suárez. ¿Cómo extrañar que el protagonista de la novela, un habilidoso

restaurador de órganos (sueña con que le encarguen uno nuevo, según ocurrirá al final

de su vida, ya en el extranjero), se vea forzado a dirigir el periódico el Villamencía

(trasunto aquí de Garrovillas), El Telégrafo, creado por las fuerzas progresistas

locales?

Barriga, bibliófilo contumaz, ha proclamado no pocas veces cuánto le debe a cierto

profesor del Seminario de Plasencia, sacerdote extraordinariamente culto, tolerante y

bondadoso. Tal vez sea homenaje a aquel presbítero la creación del otro gran

protagonista de la obra, D. Marceliano Villalobos, el arcipreste de Villamencía, digna

encarnación de tantos clérigos extremeños que en el XIX lucharon por modernizar

nuestro país: Muñoz Torrero, José Segundo Flórez, “El cura Mora” y muchos otros.

Hombre formado en universidades europeas, políglota, el ya maduro párroco de la

villa mantiene relaciones epistolares con otras mentes preclaras de varias naciones

para contrarrestar los ímpetus antimodernistas de Roma, triunfantes al fin con el

Vaticano I. Renunció a posibles sinecuras eclesiásticas para refugiarse en aquel

pueblecito cacereño, donde se dedica a aconsejar y enseñar, sin desdeñar las labores

manuales (carpintería, encuadernación, horticultura) y nutrir su magnífica biblioteca.

Es el mantenedor de la tertulia que acoge en la propia casa, donde sobresale su

contrapunto ideológico, el combativo “ Indiano” que le refuta la posible armonía entre

fe y razón, religión y ciencia ¡Qué bien desarrolladas están en estas páginas las

discusiones sobre las tesis de Darwin o documentos como el Syllabus, alucinante

condena firmada por Pío IX en 1864, donde se anatematizan “errores” tan temibles

como la libertad de pensamiento, la separación entre la iglesia y el estado, la

independencia de la Filosofía frente al magisterio eclesiástico o la libertad de

pensamiento, culto, imprenta y conciencia!

Otro rasgo de Barriga, latente en las páginas todas, es la pasión por Extremadura,

tierra cuya historia no deja de estudiar; que le duele tanto como la ama y por la que

viene esforzándose desde plataformas múltiples

Escrita en primera persona, El maestro organero se conduce como las memorias

compuestas por el músico singular: retoño último de una familia con raíces

holandesas, de etnia sefardí, afincado junto a Villamencía, va y viene por toda la

provincia – más frecuentes excursiones a los Países Bajos – dedicándose a reparar

instrumentos musicales, órganos especialmente, destrozados a consecuencia de la

incuria e ignorancia, amén de los procesos desamortizadores (que, eso sí, hicieron aún

más rico al Cabildo catedralicio, bajo la batuta de un Arcediano sin escrúpulos). Los

viajes le permiten también servir de correo y “cosario” para introducir o sacar

materiales sensibles (sean libros prohibidos o informes peligrosos).

Sin duda, el núcleo de la narración lo ocupan los acontecimientos que más marcaron la

vida del músico – trasunto en buena medida del propio autor- , sus vivencias junto al

Arcipreste en torno al año 1868, fecha de la Revolución “Gloriosa”. El músico

–hombre pacífico, cordial, nada dogmático, más bien incluible en la “tribu de los

perplejos”- se ve sumergido en la vorágine que convierte la novela en un thriller: la

misteriosa muerte (¿natural?, ¿provocada?) del buen párroco, hombre sin duda

molesto al estamento clerical y a los detentadores del poder sociopolítico, provoca la

detención y enjuiciamiento del organista. Masones y ultramontanos se esfuerzan a fin

de atraerlo a las respectivas causas, intentonas en la que alcanzarán algún

protagonismo las misteriosas mujeres de la Casa Murana, mansión cuyos entresijos no

se desvelan.

El ingenuo “naim” – término que funciona en contraposición a “goyim”: judíos

creyentes versus gentiles – comprende que más le vale recurrir al tiro de sus caballos

frisones y, repitiendo la diáspora sufrida por tanta gente de la tierra “abandonar aquel

territorio de gente áspera e intolerante” (pág. 189), según hicieron sus ancestros

sefarditas. Se refugia en la Grande Chartreuse, junto a Grenoble. Allí, se encuentra

con el arzobispo de Malinas, desposeído por Roma de su sede diocesana por oponerse

a los aires ultramontanos. Descubrimos que entre el prelado belga y el arcipreste

extremeño no sólo hubo amistad, sino numerosas complicidades.

El maestro organero, narración con virtudes para aproximarla al texto histórico, el

relato autobiográfico, el cuadro sociológico e incluso la novela negra, se lee

placenteramente, seducido por la complicidad con el autor.

 

José Julián Barriga Bravo, El maestro organero. Madrid, Beturia, 2017

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