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Manuel Pecellín

Libre con Libros

SE IMPUSO LA NOCHE

 

 

Un nuevo libro de Rafael Rufino Félix  (Mérida, 1929) siempre produce expectación. A punto de alcanzar los noventa de su fecunda vida, al magnífico poeta emeritense le turba, como a todos, sentir que, llegada la noche, el alba  no  reproduzca el esplendor en la hierba, la gloria en las flores. Pero, lejos de amargarse, se reconforta con la belleza que subsiste en sus recuerdos. Sí, estoy evocando las palabras  de William Wordsworth, cuya célebre oda conmoviera a los de mi generación  reforzadas por las inolvidables imágenes del film  de Elia Kazan, Esplendor en la yerba, con Natalie Wood y Warren Beatty. Y el alba no vendráabre justamente con la entradilla

            “Aunque ya nada pueda devolver/la hora del esplendor en la hierba,/ de la gloria en las flores,/no hay que afligirse/porque la belleza siempre subiste/ en el recuerdo”.

            Pertenece Rafael Rufino a la primera generación poética de la posguerra. Estudiante en Madrid, fue asiduo a las tertulias de los recitales del Varela,  otro café mítico de la capital, cuyas mesas vieron un día a  personalidades como Unamuno, los hermanos Machado… y al general Franco (que gustaba acudir para cenar).  Reinstaurado tras la guerra incivil, Rafael Azcona lo retrataría perfectamente en su novela Los ilusos,  que el profesor  José Antonio Carratalá analiza en un estudio asequible por internet. A los recitales que se daban allí las noches de cada viernes (no se imponía consumición alguna, e incluso se servía jarra de agua gratis), en un ambiente entre culto, festivo y picaresco,  acudió con asiduidad nuestro hombre. Siempre le tocaba recitar después de Camilo José Cela (el turno se establecía por orden alfabético). Él reconoce su inspiración en Machado, gracias sobre todo  a Galerías, soledades y otros poemas, una edición de 1907 que se compró de segunda mano en el Rastro de Madrid por cinco pesetas.

Hoy tiene una veintena de poemarios éditos, entre los que destacan Crestería de la sal y  Las puertas de la sangre, ganador del Ciudad de Badajoz en 2005 y uno de los textos que incluye la Universidad de Oxford para sus estudiantes de literatura española.

Merced a los buenos oficios de la editorial Beturia, modélica en su género, da a luz un nuevo poemario. Nos confirma que sigue escribiendo sin descanso y, sin duda, con la misma calidad alcanzada en las entregas anteriores. Suscribo lo que proclamase el profesor Francisco López-Arza, quizás el conocedor máximo de sus obras: “La poesía de Rufino Félix despende una emoción pocas veces conseguida en la lírica actual. Su verso brilla a la altura de la mejor poesía de nuestro tiempo y asegura la permanencia de su autor como uno de los principales poetas de su generación. Es, indudablemente, un poeta de culto”.

 

El alba puede ser la hora de los fusilamientos (Aute-Rosa León); de la revisión de la moral (Nietzsche: Morgen roten) o de la esperanza renovada tras las oscuridades nocturnas, del triunfo del sol sobre las tinieblas. (Es curioso que el barco de la revolución, que sigue anclado en el mueble de San Petersburgo, lleve el nombre de “Aurora”).

No hay que apenarse ni siquiera aunque no se dude de que “el alba no vendrá”. Se vivieron las horas  fervientemente ardidas; llegó el crepúsculo y nos fuimos introduciendo en una noche cada vez más densa, que antes o después ha de volverse absoluta. No habrá un nuevo amanecer. Sólo nos queda, como sucedáneo del “eterno retorno”, la vuelta a las pasadas horas de ímpetu vital, el recurso a la memoria de lo que fuimos cuando la “voluntad de poder” (de hacer o de crear, según posibilita la versión del alemán) aún nos espoleaba.  La lectura de Antonio Machado, Ezra Pound, Luis Cernuda, Aleixandre, Neruda y Leopoldo Panero, poetas claramente aludidos en estas páginas, pueden servir para la reparación, siquiera fuese momentánea, de los viejos ardores, de la recuperación de los pulsos perdidos.

El primer poema del libro, paráfrasis lírica del de Wordsworth, así lo sugiere. El segundo, “El tiempo”, introduce al agente de la pérdida del esplendor, al dueño de nuestra vida, a la sustancia misma del ser, porque “sí, solo somos tiempo: principio y extinción”. Se recrea uno de los temas clásicos, “tempus fugit”, intensificando su amargura existencial: “El tiempo es nuestro dueño,/y nos saca y nos hunde para siempre en la nada. Sombras del paraíso”.

Son los dos raíles por donde se conduce el poemario, hasta concluir en la entrega final, que adelanta un posible epitafio: “Me acompañó el amor/Mi vida fue feliz”. (Curiosamente, estas cuatro fueron las últimas palabras que pronunció Wittgenstein).

 

Rafael Rufino Félix Morillón, Y el alba no vendrá.  Madrid, Beturia, 2018

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