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Manuel Pecellín

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ENSAYO SOBRE LA VIOLENCIA

 

Hace casi cincuenta años (1969), se publicaba On violence,corto pero sustancioso ensayo de una de las pensadoras occidentales con mayor prestigio, Hanna Arendt (Linden, Hannover, 1906-Nueva York, 1975). Mucho debía saber sobre el asunto la pequeña israelí, educada en la patria chica de Kant (Königsberg), discípula predilecta (en muchos sentidos) de Heidegger y a la que el régimen nazi encarceló y retiró la nacionalidad, aunque se salvaría del Holocausto, huyendo de Alemania hasta afincarse en USA, no sin haberse fugado sorprendentemente del campo de concentración de Gurs, donde fue internada. En Estados Unidos se convertiría en una de las pensadoras más influyentes de la centuria última.

Famosa por sus estudios sobre los regímenes totalitarios, la filosofía existencial o la “cuestión judía”, gran conocedora de la filosofía contemporánea, su nombre pasó al gran público cuando acepta ir a Israel para informar sobre el proceso de Eichman como reportera delThe New Yorker. De aquellos apuntes, que no agradaron mucho al Gobierno judío ni a los sionistas, surgió su obra quizá más célebre, Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal (1963). No gustaba que Arendt resaltase la docilidad y la complicidad misma de no pocos hebreos ante la shoah.

Un lustro después, Occidente volvería a sumergirse en olas de suma agitación: el conflicto insufrible de Vietnam, las agitaciones del Black Power, la conmoción de la “Primavera de Praga”, el desarrollo de los programas nucleares, el descubrimiento del universo “gulag” y, más que nada, la revolución estudiantil de “Mayo del 68” expandida desde Francia a medio mundo, ponen de moda las tesis de Nietzsche, Bakunin, Sorel, Pareto o Fanon a favor de la violencia como energía creadora.

Arendt no quiso permanecer al margen de las discusiones suscitadas en torno a los orígenes y naturaleza de la misma, así como sus relaciones con el poder, lo que abordó en esta obra con poco más de cien páginas. Leída medio siglo después, en circunstancias bien distintas a cuando se compuso, no puede asumirse sin algún distanciamiento, aunque su tesis fundamental continúe mostrándose válida: “La violencia no promueve ninguna causa, ni la historia, ni la revolución, ni tampoco el progreso o la reacción, pero puede servir para poner de manifiesto agravios y atraer sobre ellos la atención pública” (pp. 102-103).

Especialmente crítica se mostrará Arendt contra cuantos buscan apoyarse en Marx para defender opiniones contrarias. (Nunca alude al anarquismo ni, salvo alguna alusión ocasional, al nazismo). Según se sabe, si bien no cabe leerlo en este ensayo, le desagradaban por igual el “fanatismo histérico de Hitler”, que la “crueldad vengativa” de Stalin. Según la autora, argumentando con razonamientos convincentes, para la violencia no hay justificación biológica, histórica o política asumible. Por lo demás, adelanta (pp. 110-113) los riesgos que los nacionalismos nacientes (no cita el catalán, ni el vasco) suponen para Europa.

Pese a su sólida formación académica, Arendt fue siempre enemiga de la “jerga filosófica”, por lo general críptica para el gran público, prefiriendo expresarse en el lenguaje común. Así lo hace también en este texto, lo que no le resta un ápice de rigor intelectual. Carmen Criado lo ha traducido a un castellano impecable.

 

Hannah Arendt, Sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2018.

 

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