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Manuel Pecellín

Libre con Libros

EL CRIMEN DE SANTA MARTA

Alonso Carretero vino al mundo (1952) en La Morera, villa próxima a Santa Marta, la población de Los Barros donde ha querido enmarcar la última novela. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense, desarrolló su carrera profesional en diferentes áreas: investigación de mercados, publicidad y periodismo. Hoy está dedicado casi exclusivamente a la creación literaria y es autor de numerosos títulos. “Hay una fuerza que me obliga a situar a mis personajes en Extremadura”, declara el capítulo de agradecimientos de esta obra. Para la misma los ha elegido entre los protagonistas de una tragedia que conmocionó Santa Marta a finales del XIX, justo cuando el país se vio tan hondamente perturbado por guerra de Cuba y la pérdida de los últimos pecios coloniales. Carretero combina buenas dosis de historia y muchas más de imaginación en una novela cuya lectura evoca ineludiblemente el Jarrapellejos de Felipe Trigo, si bien los rasgos de su cacique no alcanzan la rotundidad psicológica del de Villanueva.

Como este último, Manuel Osorio es un poderoso latifundista, con escasos escrúpulos morales, amigo de clérigos corruptos a los que sabe manipular, si bien no parece interesado en el devenir político de la provincia, ni siquiera de su pueblo. Arrolladora personalidad, sabe imponerse a los conciudadanos, pero no consigue eludir un trágico destino: será la víctima de un crimen cuyos móviles no fueron los más previsibles de carácter social o pasional, sino simplemente la decisión de robarle que indujo a los fautores del asesinato.

Junto a elementos bien documentados (crónicas periodísticas, actas judiciales) y otros típicos del agro extremeño (plagas de langosta, paro estacional, hambre, humillaciones de los más débiles), discurren otros de carácter etnográfico (rito de la matanza, recetas gastronómicas, refranero, lirica popular). A cargo de la fantasía creadora corren muchos, no pocos de carácter inverosímil, que le proporcionan picante al relato. Los hay también mal avenidos con la verdad histórica, pero que no rechinan en exceso. A mí me hubiese gustado mayor pulcritud en el tratamiento de krausistas, masones y gente afín a la Institución Libre de Enseñanza, que ciertamente tuvieron presencia en la Santa Marta finisecular y aparecen por algunas páginas de la novela. Me resulta inverosímil, y creo sobra en el libro, ese hallazgo, tras afanosa búsqueda, de un tesoro (50 kgs. de oro), que la Logia (¿de dónde?) habría hecho ocultar por alrededores bajo una gigantesca encina al producirse la revolución de 1868.

Lo mejor, sin duda, son los pasajes en los que el novelista despliega una voluntad de estilo suficiente para impregnar la prosa con brillantes recursos literarios: sinestesias, símiles y metáforas sorprendentes. Así ocurre cuando describe desde campos objetivos, por ejemplo el esplendor de las dehesas, al mundo interior de hombres y mujeres agitado por impetuosas convulsiones. Quizás las más agudas sean las de la aún joven prostituta, Mica, víctima en su adolescencia (no del todo inocente) de un cacique que, pese a todo, se enamora de tan atractiva daifa. Por el contrario, el tratamiento del esposo o amigo que se trae de Portugal, un cornudo complaciente, cómplice también en el crimen, reconvertido en juglar, resulta cuando menos desconcertante.

Resulta elogioso el esfuerzo por reconstruir literariamente aquella Extremadura decimonónica, a punto de pasar al nuevo siglo sin haber superado las más antiguas carencias.

 

Alonso Carretero Guerrero, El crimen de Santa Marta. Madrid, Visión Libros, 2018

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