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Manuel Pecellín

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LOS CHINOS AMENAZAN

Pocas sorpresas caben con un autor como Ramírez Lozano (Nogales, 1950), cuyo currículo adornan muchos de los más importantes premios españoles concedidos en poesía y novela, tales el Juan Ramón Jiménez, Ciudad de Irún, Claudio Rodríguez, José Hierro, Blas de Otero, Ateneo de Valladolid, Fray Luis de León, Ciudad de Valencia, Alarcos Llorach, Juan March o Ciudad de Salamanca. Y, ya entre nosotros, el Felipe Trigo, Cáceres o Ciudad de Badajoz. Nómina abrumadora, a la que se suma el de la Critica de Andalucía 2009, por Las manzanas de Erasmo, y haber sido finalista del Nacional de Novela 1984 por Gárgola (premio Azorín).

Impulsada por un nuevo galardón, esta vez el Camilo José Cela 2017, se publica Un calcetín de lana rojo, novela que reúne los rasgos más característicos del escritor extremeño. El protagonista es un joven vasco, Ignacio Andía, que se desplaza desde su Yurre natal a Sevilla para cursos estudios de traducción e interpretación. Homónimo del que Pío Baroja consagrase con Las inquietudes de Shanti Andía, lo unen al mismo idéntico afán de aventuras e indeclinable espíritu épico, aunque las de este vizcaíno-trianero serán bien distintas a las de aquel esforzado marino. Las de Ignacio se desarrollarán junto al Betis, entre  patios, calles, plazuelas, iglesias y sacristías tantas veces presentadas por el narrador. (Recordemos su Bata de cola: apuntes para una teoría de Sevilla. Mérida, ERE, 1995).

Si se añade que todo ocurre durante una Semana Santa, mientras miles de afanosos cofrades luchan por procesionar lucidamente sus pasos (no pocos se expresan en dialecto), tendremos el marco espaciotemporal más apetecible para nuestro novelista. Su extraordinaria fantasía, combinada con un espléndido dominio del lenguaje, le van a permitir componer un relato donde el indefectible tono lúdico funciona para “faire le point” humorístico a la magna empresa que el protagonista emprende.

Seguro como se halla de que los chinos nos invaden y se disponen no solo a dominarnos comercialmente, sino a destruir nuestra idiosincrasia nacional e imponernos su propia cultura merced a los recursos más sutiles, Andía se dispone a la santa cruzada. Apenas cuenta más que sus propias con habilidades (es un extraordinario de pescador calcetines y prendas íntimas caídas desde los tenderos hasta el patio común, que los chinos controlan) y la ayuda de Sofía, antropóloga italiana cuyos favores alcanzará.

Son muchos los enemigos a los que habrán de enfrentarse. Ninguno tan peligroso como los perros pekineses o, peor aún, los ejércitos de hormigas chinas, amaestradas por los asiáticos para introducirse sutilmente por todos los rincones y descomponer los textos más significativos de nuestra cultura o deslizar en las etiquetas poemas, refranes e incluso fórmulas culinarias chinas. (El narrador ha recurrido numerosas veces a este juego alegórico, asimilando las letras con los cuerpos de tales himenópteros eusociales).

Aquel ingenuo vasco, cuyos monólogos cimentan el discurso, y que “había puesto en comunicación a cientos de lectores de distintas lenguas sin ser capaz él de comunicarse” durante sus primeros meses andaluces, acertará implicando a muchos para conseguir el objetivo: los orientales no pasarán; el país se salva. Todo acaba felizmente. Sofía, al comprar unos calzoncillos, descubre en la etiqueta un mensaje subliminar, ahora en castellano: “Estoy bien. Te quiero. Made in China”.

Si un personaje de Luis Landero supo afinar en Juegos de la edad tardía  las esquilas del rebaño para que modularan bucólica sinfonías, otro de esta novela logra afinar las ollas a presión para que por sus espitas nazcan las notas más agradables. Como las que consigue Ramírez Lozano con la escritura.

 

José Antonio Ramírez Lozano, Un calcetín de lana rojo.Palencia, Menoscuarto Ediciones, 2019.

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