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Manuel Pecellín

Libre con Libros

LA LUZ DE LA ESCRITURA

Gracias al empuje del joven José María Ontivero Chamizo, cuya osadía editorial no parece tener límites (son ya casi doscientas las obras de su fondo), otro escritor sale por primera vez a la luz pública. En esa catarata de novedades que la XXXVII Feria del Libro de Badajoz supuso, figuraba por derecho propio Antonio Román Barrado (Badajoz, 1963) con La luz en mis cuadernos.  El novel autor hizo en su día Relaciones Laborales y lleva siete lustros trabajando en el ámbito del empleo. Conoce, pues, como pocos las circunstancias que condicionan al protagonista de su novela.

Juan Manuel Carbón, posible prototipo de tantas personas como sufren sus mismos avatares, el clásico antihéroe, es un cuarentón a quien ponen en la calle porque los dueños de su empresa deciden reducir gastos, caiga quien caiga, sin más consideraciones hacia empleados de toda la vida.  A Juanma, según lo conocen sus amistades, un trabajador concienzudo, el paro le cae como una terrible enfermedad. La mujer y los hijos lo apoyan, pero no encuentra manera de salir adelante si no es gracias a descubrir la terapia de la escritura.

Descubre cuánto puede aliviarlo psicológicamente tomar nota de lo que ocurre a su alrededor y, sirviéndose de cuadernos fáciles de disimular, apunta cuanto ve y oye mientras hace cola en la oficina de empleo, las esperas humillantes para presentar currículum, los descansos de las caminatas, el reposo entre tareas domésticas o las largas horas en el hospital donde Manolo, su mejor amigo desde la infancia, lucha contra un cáncer inmisericorde. Cualquier sitio le resulta útil para componer un retrato, casi siempre desalentador, de esta sociedad tan cruel ante los más débiles.

Juanma se maneja con el habla de la calle, por lo que sus textos, redactados en primera persona, rezuman expresiones propias del lenguaje cotidiano, frases tópicas, a menudo malsonantes, y exabruptos numerosos. Hasta le encontramos modismos habituales, como ese uso repetido del verbo “quedar” en forma transitiva. A la vez, ofrece la frescura de los coloquios espontáneos, el aire desinhibido de la lengua popular. Es la gracia mayor de esta novela corta (cien páginas), próxima al subgénero de los diarios, reales o fingidos (como es el caso).

A Juanma, que en su niñez fue víctima de acoso escolar (“ o bulin, que queda más científico; entonces lo denominábamos putear al flojo o abusar de él”, pág. 58), lo siguen ayudando su mujer, trabajadora a tiempo parcial en una residencia de ancianos; su hija, empeña en sacar adelante estudios universitarios y el empleo donde la explotan, más la compresión de un hijo aún adolescente. Podría bastar, si algunos de los trabajos esporádicos que le salen se consolidara. No resulta así. No obstante, es capaz de asumir una conducta asombrosamente generosa para con los retoños de su amigo al fin segado por la Parca. Un canto a la solidaridad casi increíble que de la manera más sencilla desarrollan a menudo personas ellas mismas necesitadas de amparo.

Antonio Román Barrado, La luz en mis cuadernos. Badajoz, Editamás, 2019.

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