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Manuel Pecellín

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LUIS LANDERO

 

Un fino manto de agua comienza a caer, al final de la novela, sobre Aurora, el único personaje noble de este último libro de Luis Landero (Alburquerque, 1948). Metafóricamente, una lluvia fina de rencores, frustración, celos, maledicencias, antipatías, envidias e incomprensiones es lo que el autor va dejando sobre cada uno de los protagonistas del libro, todos ellos unidos por lazos familiares.

Landero continúa deslumbrándonos con una prosa exquisita, milimétrica, de absoluta precisión. Pero aquí parece desviarse de sus aires cervantinos, que venía combinando, desde Juegos de la edad tardía, con toques poéticos, oníricos, próximo al surrealismo mágico. Lluvia fina propone, a través de sus diferentes personajes, un retrato sociológico que rezuma pesimismo y nos deja los regustos más amargos.

Si en obras anteriores la figura paterna ocupaba un puesto relevante, ahora es la materfamilias quien se erige en la persona fuerte de los acontecimientos. Resultan encomiable sus esfuerzos por sostener a los hijos tras la muerte del esposo, pero no consigue ganarse el cariño de ninguno (si acaso el del varón, Gabriel), acusada de egoísta, manipulante y metomentodo.

Las hijas, Sonia y Andrea, irán confesando lo mucho que han sufrido desde la infancia. El matrimonio de la primera con Horacio (un absoluto pervertido), a quien la segunda también pretendió e incluso se ligó, será fuente constante de sufrimientos, mientras Andrea se convertirá en una adicta de las drogas y de las corrientes alternativas. Gabriel, que parecía el más equilibrado, profesor de filosofía próximo al estoicismo clásico, resulta ser también un cúmulo de contradicciones.

Todas las miserias de cada protagonista irán saliendo a luz con ocasión de la comida proyectada para conmemorar el 80º aniversario de la madre. A la postre no se celebrará, con lo que no se vuelve a repetir el desastre de otro banquete familiar acaecido dos lustros antes y del que cada uno guarda un recuerdo distinto.

También ocurre ese enfoque distópico con otros acontecimientos comunes, que les afectaron a todos, pero de los que cada cual elabora un relato en nada coincidente.  Y las palabras con que se compone nunca son inofensivas. Ni las historias personales que cada cual se elabora, casi siempre para confirmar sus propios intereses. Como las que aquí van entrecruzándose, en una maraña de rencores que ni la discretísima Aurora -confidente de todos- logra destejer. Así se explica el descorazonador final de la novela.

Eso sí: siempre nos quedará la maravillosa escritura de un creador irrepetible. Cuando llora en su corazón tal como la lluvia cae sobre la ciudad (Verlaine), a todos los lectores se nos sueltan las lágrimas.

 

Luis Landero, Lluvia fina. Barcelona, Tusquets, 2019

 

 

 

 

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