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Manuel Pecellín

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CAMINO DE NINGUNA PARTE

Cada vez que en un texto literario surge la palabra “camino”, entre las referencias inevitables se impone ineludiblemente Kavafis, con sus sabias recomendaciones: Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 

pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias
.

Sin pretender arribar a alguna isla añorada, sino más bien huir de los posibles perseguidores, largo será el sendero que esbozan los dos protagonistas de esta novela. El padre, cantautor por plazas y bares, trabajador ocasional, y su hija recorren el Viejo continente (el libro me ha hecho recordar el Europa de mi infancia) en jubilosa odisea, por más que se saben en peligro a causa de algo que sólo nos desvelarán las páginas finales. La narración corre a cargo de la adolescente que, detenida al fin tras el  periplo, da cuenta en su diario de las condiciones de su reclusión – auténtica cárcel de oro- a la vez que rememora los felices acontecimientos vividos durante dos lustros  junto a  la poderosa figura paterna por tantos países. Ambos nómadas se entienden a la perfección, a menudo cómplices en numerosas peripecias, algunas tan simpáticas como trabajar él de trapecista en el circo Brooks (sin estar mínimamente preparado). Un ciclista francés medio loco será compañero ocasional.

Obra, pues, de carácter diarístico, dedicada al público juvenil, El final del camino alcanza cumplidamente las intenciones del autor. Bien conoce a su público Manuel López Gallego (La Coruña, 1960), maestro y licenciado en Filología Hispánica, que ha ejercido durante luengos lustros como profesor de Primaria y Secundaria, siempre en Extremadura, de donde es su familia.

Sobre Casa León impone sus rígidas directrices la señora Kessler, implacable institutriz teutona, empeñada en educar a la adolecente según los cánones de clase social a la que la muchacha, sin saberlo, pertenece. Ella se sentía mucho más a gusto en la furgoneta-hogar conducida por “el gran Mot”, siempre tan divertido como empeñado en educarla, incluso con tareas de tipo académico, mientras transitan desde Francia a Atenas, donde al fin concluye la fuga.

La emprendieron por rehuir las amenazas del Coronel, quien nunca aceptó el enlace del músico callejero con su hija, fruto del cual vino al mundo Elena, a la vez que moría la madre.  Con la complicidad de un juez, el militar decide llevarse a su domicilio, la Casa León, a la recién nacida. Poco le duran sus planes, pues Mot se trasviste de deshollinador, se introduce en aquellos muros y secuestra a la infante. Es el origen de la odisea que sustenta el relato.

Devuelta, mucho después, por la policía a la mansión familiar (el Coronel ya ha fallecido), la jovencita no va a permanecer allí largo tiempo. Otro servidor del orden, en este caso una juez lúcida, resolverá la situación de modo favorable para los dos aventureros, no sin consternación de la antipática frau Kessler.

Bien estructurada en sus diferentes registros, con una prosa limpia, sin grandes pretensiones, ni tampoco decaimientos, la novela mantiene la atención de los lectores, que pueden intuir, pero sólo hacia al final tendrán las claves de lo narrado.

 

Manuel López Gallego, El final del camino. Barcelona, Edebé, 2019

 

 

 

 

 

 

 

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