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Manuel Pecellín

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EL TIEMPO PASADO

 

El tiempo pasado (seguramente el sintagma más repetido) es “el tiempo maravilloso”, adelanta la autora en las páginas iniciales. A rescatar el de su infancia sube esta mujer, ya metida en la cincuentena, hasta el pueblecito, Ponte Stura, donde vivió esos años que, según Rilke, constituyen la verdadera patria del hombre. Aunque ya nada es igual, según comprueba desde los primeros instantes, persisten estímulos suficientes en aquella aldeíta del Piamonte italiano (montañas, valles, ríos, caserones, algún viejo edificio y, sobre todo, olores de todo género) que le permitirán, como a Proust su famosa magdalena en la taza de té, revivir la etapa prístina de la existencia, cuando va troquelándose la personalidad por cauces después ineludibles. Es lo que nos narra La penumbra que hemos atravesado, (La penumbra che abbiamo attraversato, 1964), novela forzosamente autobiográfica, que le supuso a Lalla Romana (Demonte, 1906-Milán, 2001), su primer gran éxito.

Tuvo que transcurrir un largo medio siglo para que apareciese traducida al castellano. Y qué fatalidad. Lo ha hecho el mismo mes de julio en que la muerte arrebataba a su editor, Julián Rodríguez Marcos (n. Ceclavín, 1968), una vez más atinado a la hora de elegir para su querida “Periférica” títulos tan valiosos como incomprensiblemente desconocidos en España.

Nacida y criada en una familia burguesa –el padre es funcionario del ayuntamiento local, músico y fotógrafo amateur -, extraordinariamente sensible, la autora fue impregnándose de cuanto rodeaba su hogar, la escuela donde estudia las primeras letras, la parroquia en que oficia un preboste ejemplar (hay otro cura mucho menos simpático), los lugares de ocio, los paseos de alta montaña … Todo un mundo tal vez ya periclitado, según puede comprobar en la visita, pero que irá aflorando de su subconsciente según va aproximándose a cada sitio.

Resurgen así ante nosotros en primer lugar los padres de la protagonista, cuyos caracteres, tan diversos, son analizados con extraordinaria finura. Les acompañan familiares y amigos, como la hermanita que le provocará enormes celos, o la casi omnipresente “tata” a cuyo cargo va creciendo y formándose. Después, las compañeras escolares, casi todas de origen muy humilde, con las que mantiene relaciones nada fáciles.  Algunas pinceladas sobre la curiosa comunidad protestante que se había constituido en Ponte. Los teatros y marionetas que ocasionalmente actuaban en el pueblo. Y, por último, no pocos personajes de la pequeña comunidad sobresalientes por causas distintas. Ninguno tan atractivo como el simpático doctor, rara avis por aquellos entornos, un agnóstico de ideales progresistas y siempre alineado junto a los más desfavorecidos. Los ecos de la I Guerra Mundial también repercuten en el entorno (muchos montañeses formaron parte del ejército).

“No hay arrepentimiento ni nostalgia en este libro, pues aquel mundo no está perdido. Es cierto que ha pasado, irrevocablemente, pero ahora siento su mérito, es decir, lo comprendo, lo amo y, finalmente, lo poseo. Como dice Faulkner, la felicidad no es, pero fue”, declaraba la escritora en una entrevista.

Natalia Zarco, a quien se debe la traducción, le adjunta una treintena de notas a pie de página, muy útiles para interpretar determinados pasajes, así como la versión de otros que ha preferido mantener en el lenguaje original, el dialecto del Piamonte.

 

Lalla Romano, La penumbra que hemos atravesado. Cáceres, Periférica, 2019.

 

 

 

 

 

 

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