UNAMUNO, POETA | Libre con Libros - Blogs hoy.es

Blogs

Manuel Pecellín

Libre con Libros

UNAMUNO, POETA

 

Aunque hubiera de tener razón el gran Rubén Darío cuando sentenciaba que “a mi entender, Miguel de Unamuno es ante todo un poeta y quizá solo eso”, la verdad es que el reconocimiento casi unánime lo obtuvo el rector salmantino principalmente por su obra ensayística y quizás sus novelas. No obstante, tampoco las musas le fueron contrarias a este escritor polifacético que, junto a sus ponderadas obras de filosofía, narrativa y teatro, llegó labrar un corpus lírico de indudable interés.

No extrañe que atrajera el de José María Valverde (Valencia de Alcántara,1926-Barcelona, 1996), hombre que empatizaba con el bilbaíno por pasiones comunes como las del lenguaje, el sentimiento religioso (¡esa “agonía del cristianismo”!) o la cosa pública. “Cada día somos más, seguramente, los que consideramos la poesía de Unamuno como lo mejor y más duradero de su obra”, declara el antólogo (pág. 9).

Poeta tardío –confesó alguna vez que apenas había escrito verso alguno antes de los cuarenta -, el genial vasco (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936) publicó su primer poemario cuando ya era rector de la Universidad de Salamanca, alejándose de las fórmulas por entonces predominantes en el país. Nos referimos al volumen Poesías (Bilbao, 1907), que contiene un centenar de composiciones, casi todas de carácter meditativo.  Mayor impacto produjo El Cristo de Velázquez (Madrid, 1920), obra formada por 2.538 endecasílabos blancos, que los adolescentes de mi generación leímos con absoluto asombro. (Sobre los ensayos La agonía del cristianismo y El sentimiento trágico de la vida caería la censura eclesiástica, lo que no fue óbice para que también cayesen en nuestras ávidas manos). La devoción de Unamuno hacia las estrofas clásica por antonomasia quedaría patente en el libro De Fuerteventura a París (París,1925), que contiene un largo centenar y se concibió, según reza el subtítulo, como un “Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos”.  En entrega posterior, Romancero del destierro (Buenos Aires, 1928), de similar temática, el autor se sirve de otras formas tradicionales. Ya póstumo (1953), apareció en Buenos Aires Cancionero. Diario poético (1928-1936), volumen con casi 2.000 poemas que D. Miguel había ido llevando a cuadernillos guardados en su chaqueta.

Esta pequeña antología, prologada por José María Valverde, reproduce los textos del tomo VI de las Obras completas Miguel de Unamuno (Madrid, Escelicer, 1969), depurándolos de las erratas que deslizaron pese al rigor de un filólogo tan exigente como fue Manuel García Blanco (discípulo, por cierto, del poeta), responsable de aquella edición. Publicada por primera vez el año 1970 y reimpresa en varias ocasiones, reaparece para gozo de cuantos amamos la poética unamuniana que, bien se sabe, ha tenido también no poco detractores (desde Juan Ramón Jiménez a los “novísimos”).

A mí siguen conmoviéndome y haciéndome pensar, entre muchos, sonetos de alcance teológico como “La oración del ateo” (pág. 50) o “Mi Dios hereje” (pág. 53). (Curiosamente, no se incluye otro que memorizábamos los bachilleres: Este buitre voraz de ceño torvo que me devora las entrañas fiero…). He vuelto a sonreír, por no llorar, con “Este hombre del chorizo y de la siesta” (pp. 66-69), extenso poema, que tanto me recuerda otra de Antonio Machado (Este hombre del casino provinciano…). Me emocionan los versos con evocaciones de Salamanca, Castilla y tantas “andanzas españolas”, por no decir  el último poema que compuso, “Morir soñando”,  (tenía que ser un soneto), pocos días  antes de poner límite a su duro, infatigable bregar.

Miguel de Unamuno, Antología poética. Madrid, Alianza, 2019.

 

 

Temas

Blog dedicado a la literatura de Manuel Pecellín

Sobre el autor