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Manuel Pecellín

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LATITUDES DE NUEVA YORK

 

Nueva York ha ido desarrollándose durante la pasada centuria hasta convertirse en el epicentro de la civilización occidental. La megápolis simboliza nuestas luces y sombras de. Su sincretismo étnico, racial, religioso y lingüístico encarna, con todas las desgarraduras que se quiera, el “melting pot” del país norteamericano.

El cine, el teatro, la ópera, las artes plásticas (el MOMA es hoy un referente ineludible) y, por supuesto, la literatura del último siglo han hecho de New York seguramente el lugar más reconocido del orbe. Alusiones a ella el cine, la televisión, las canciones… y por supuesto en los libros.

Poco conocido el del extremeño Diego Hidalgo, Impresiones de un español del siglo XIX que no sabe inglés (1947), para los españoles hay tres de interés máximo:  Diario de un poeta recién casado, de Juan R. Jiménez; Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, genialmente vertido a imágenes grabadas por Eduardo Naranjo, y Cuaderno de Nueva York, de José Hierro. Los dos últimos se erigen como máximas apoyaturas en la obra que presentamos.

Su autor, Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946), poeta con prolongada trayectoria, viene visitando asiduamente en este último decenio los entornos que la Estatua de la Libertad preside. Razones familiares conducen cada año hasta allí al hombre, General de División de la Guardia Civil, licenciado en Derecho y Académico. Lo que más admiro del autor es como ha logrado mantener la pureza prístina de su infancia cacereña; las admiraciones adolescentes ante un paisaje y paisanaje reconocibles entre nosotros, aunque no únicos en ambos hemisferios, y la solidaridad, no exenta de ternura, frente a los más débiles (llámense meninos da rua, espaldas mojadas, mendigos callejeros, hombres sin brújula, ancianos sin apoyos… ). De ello abundan los testimonios en la docena de poemarios que ha dado a luz y, desde luego, en estas Latitudes, justamente galardonadas con el XXXV Premio Juan Berenguer de Poesías, que convocada el Ateneo de Córdoba.

La obra se estructura en dos partes, con parecido tratamiento formal. En la primera se visitan los lugares más célebres. Ahora bien, los versos allí inspirados  brotan de las evocaciones históricas y autobiográficas, más sencillas anécdotas que pronto trascienden a hondas reflexiones. Para entradilla, se elige a Kavafis, imprescindible ante cualquier camino; Luis Cernuda, cuya llegada en barco a Nueva York (1947) se evoca en Ocnos, e Ives Bonnefoy.

Conmociona ya el primer poema, “Memorial del Bronx”, explícito homenaje a García Lorca, si bien los versos más lorquianos tal vez sean los de “Usman”, ese “rey de Manhattan” venido desde Nigeria. El creador granadino es interpelado a través del Bronx, donde el cacereño lo busca y llora con él lamentando que allí no domine precisamente la solidaridad.  Ni en Central Park, si bien aquí al menos subyuga la presencia de unos humildes gorriones, los pardales que en nuestra infancia pueblerina los dos hemos cazado con ingenuas trampas. Y no es la única rememoración de los años primeros, cuando, pese a tantas carencias, era posible percibir hogares con lumbre y pan tierno compartidos.  Ante José Hierro, R. Búrdalo se remanga el corazón. Seguro que tampoco el de Madrid pudo ver en East River jiglueros, símbolo de la enorme pobreza compatible con los derroches de lujo. Bien sabe el escritor que a cualquier joven se le puede hacer prisionero de las sombras, rendirle la inocencia haciéndole fungir como héroe (de la patria, la religión, el credo político) y empujándolo a la barbarie. Así nos lo dice en sus “Reflexión sobre el 11-S en World Trade Center”.

La dimensión humana del poeta se expande al cantar anécdotas por él vividas. Digamos la “Canción ausente” del muchacho que en la estación de Ronkonkoma abraza con ternura a la anciana, acaso invidente, como lo fue J.L. Borges (otro enamorado de Nueva York) y cuyas palabras proporcionan entradilla al poema. O el “Reencuentro en un bus” con otra vieja señora, oscura de piel y escorado el cuerpo, que le besa la mano tras ayudarla a apearse, suscitando un brillo de agua en los ojos de los dos.

Nada extraño para alguien que en la estación de Ellis Island entona su “Solidaridad con los emigrantes” recordando la historia de los tres campesinos andaluces allí retenidos cuando aspiraban (comienzos del s. XX) a encontrar el pan que su patria no sabía asegurarles.

La parte segunda del poemario, notablemente más corta, se inspira en el regreso. Los preparativos del retorno; la necesidad de decir adiós a un cúmulo contradictorio, pero sugerente, de realidades insospechadas, lo conducen a los peligrosos límites de la melancolía (Verlaine). Y no puede reprimir la intuición del viaje definitivo, la odisea final cantada por el Antonio Machado de la máxima desnudez.

Sin embargo, el pastor de las palabras (Heidegger), seguro de que su auténtica patria es la lengua propia (Pessoa), no cejará en los afanes por depurar hasta el extremo las suyas. Eso no obsta para suscribir, como Latitudes bien demuestra, el dictum de Rilke: La patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños”.

Entre las prometedoras luces de la infancia y las cenitales de la senectud, el poemario de Rodríguez Búrdalo, repleto de imágenes espléndidas, funciona como el mejor cicerone para humanizar la visita a Nueva York … y regresar no excesivamente herido a nuestros lares.

 

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Latitudes. Córdoba, Ateneo, 2019.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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