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Manuel Pecellín

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EN EL CORAZÓN DE PALERMO

 

Cuando visitas Palermo, la hermosa ciudad siciliana, cruce de civilizaciones y con tantas huellas españolas, los guías te conducen a monumentos de extraordinaria belleza, como el Teatro Massimo, la Capilla Palatina, el Palacio Normando o sus catedrales. Difícilmente van a llevarte al Borgo Vecchio, el barrio que Calaciura (Palermo, 1960) nos presenta aquí de modo desgarrador y sin aludir nunca a los grandes ejemplos de la arquitectura palarmitana. Con mucho del realismo social de su país y no pocos toques de realismo mágico, el periodista ha compuesto una novela perturbadora, tierna e inolvidable. Con mucha razón Emmanuelle Giuliani escribía en La Croix: Los niños del Borgo Vecchio es un texto duro, una historia impactante y una creación tan lograda que uno se siente impotente al intentar recuperarse de su intensidad”.

Dos adolescentes son los protagonistas del relato, íntimos amigos que procuran sobrevivir (sólo uno lo conseguirá) en aquel depauperado entorno repleto de contradicciones: Cristofaro , cuyos llantos inundan la barriada, donde nadie ignora las palizas que el padre, borracho estúpido, le proporciona cada noche, hasta el desenlace final, y Mimmo, el dueño de Nana,un  caballo capaz de comprender e incluso hablar mejor que muchos vecinos. Pero a esta dupla hay que añadir otros personajes descarnada y a la vez encantadoramente presentados. Me refiero a Totó, el velocísimo ladronzuelo, cuya legendaria pistola (en realidad de juguete) no le salvará la vida, cayendo abatido por las de los carabinieri (como le ocurriera a su padre: el destino trágico de los pobres se repite); a Carmela, la ingenua prostituta que tan unida se siente a la Virgen, y a su hija Celeste (nombre del perdón), al fin salvada, gracias al amor, de la rueda fatal prevista por todos.

Calaciura nos introduce por los callejones, culos de saco, plazuelas y recovecos más humildes, por donde se difunden olores tan intensos como el de alguna barbacoa de carne que impregna las pituitarias de cuantos nunca la comen, o el desprendido de la tahona en que dos veces al día se hornea un pan más accesible para los depauperados. No extrañe si muchos recurren al hurto para sobrevivir. Hasta el mismo párroco se implicará en manipulaciones ilícitas de objetos robados.

En aquel dolorido corazón de Palermo, violento y solidario, las tragedias de la gente lumpen para sobrevivir, evocadas por el novelista en una prosa excelente, bien mantenida por la traductora (Natalia Zarco), sobrecogen el corazón, constituyen todo un símbolo de las contradicciones no superadas pese al desarrollo capitalista del país. Sólo que el escritor no las presenta en tono de denuncia social, sino dejándolas caer en pinceladas tiernas e irónicas, que según le ocurre al primo emigrante en Hamburgo, visitante veraniego, le lleva a “compartir la pestilencia, el calor y el hedor a cloaca del barrio con los familiares residentes” (pág. 11). Lo malo es que el corazón del viejo Palermo puede encontrar réplicas en casi todas las ciudades.

Giosué Calaciura es autor de otras novelas, premiadas algunas y vertidas a diferentes idiomas, como Malacarne (1998), Sgobbo (2002) o Il tram di Natale (2018), cuya próxima publicación en Periférica se anuncia. Será sin duda  un nuevlogro de la bien consolidada editorial cacereña.

 

Giosué Calaciura, Los niños del Borgo Vecchio. Cáceres, Periférica, 2019

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