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Manuel Pecellín

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S. JUAN DE ÁVILA

 

Juan de Ávila (1500-1569), sacerdote secular, “clérigo vago” (no adscrito a ninguna diócesis) durante lustros, fue una de las personalidades eclesiásticas más influyentes durante la primera mitad de aquel formidable siglo XVI, al menos en el Sur de España (Andalucía y Extremadura). Su persona, labores y escritos contó desde muy temprano con excelentes biógrafos. Ninguno más acreditado que el historiador catalán Sala Balust (1922-1965), a quien llegué a conocer como rector de la Universidad Pontificia de Salamanca. Su magisterio es reconocido por cuantos se acercan a la figura de aquel humilde clérigo. Así lo hace también el autor de este trabajo, aunque maneja también un aparato bibliográfico exhaustivo en este volumen de medio millar de páginas con casi ochocientas notas explicativas.

Natural de Badajoz (1970), Alberto J. González pertenece a la Diócesis de Toledo, en cuyo seminario se formó. Tras ejercer como párroco de Peñalsordo y Capilla, pueblos pacenses, pasó (2003) a Roma, donde se doctoró en Teología, con la tesis “Naturalidad en lo sobrenatural. Influjos configurantes de la fisonomía espiritual de Santa Maravillas de Jesús”. Ha trabajado en la Congregación para los Obispos, de la Curia Vaticana, desde 2006 a 2014 y actualmente lo hace en Córdoba como vicario para las Claustrales de la diócesis, a la vez que imparte conferencias por todo el mundo de habla hispana. Nombrado (2011) capellán por el papa Benedicto XVI, es autor de numerosos libros, fácilmente localizables en internet. Entre sus publicaciones destacan las hagiografías (como las de R. Merry del Val, el P. Rubio, María Micaela del Santísimo Sacramento, Genoveva Torres Morales, Teresa de Jesús) y los tratados de liturgia y espiritualidad.

Juan de Ávila vino al mundo en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). No faltan quienes le atribuyen otros lugares de nacencia. Así lo hizo Anselmo Arenas López, catedrático de historia en Badajoz y alto miembro de la Logia masónica “Pax Augusta”, con Reivindicaciones históricas: el beato Juan de Ávila era de Molina de Aragón y no de Almodóvar (Valencia, Instituto General y Técnico, 1913). Buen conocedor del hebreo y el griego, el futuro santo, próximo a muchas de las tesis erasmistas, llegaría a adquirir sólidos saberes e incluso inventó ingeniosos mecanismos de ingeniería. El padre fue un rico comerciante de origen judeocoverso. San Juan renunció pronto a los bienes patrimoniales y los repartió entre los necesitados. Hasta el final de sus días se mantuvo en radical pobreza, convencido de que sólo así podía ser libre para asumir la dura labor cuya necesidad le parecía imperiosa: reformar la Iglesia. Lo demandaban los espíritus más lúcidos de la época, desde la Alemania de Lutero a la Sevilla de Casiodoro, pasando por otros muchos que nunca quisieron separarse de Roma. Como bien expone el biógrafo, a ello iba a dedicarse Ávila, con extraordinaria generosidad. Todo pasaba por la conversión a la limpieza del Evangelio. Formar discípulos que compartiesen idénticos ideales; crear escuelas, seminarios y colegios de enseñanza superior; predicar sin descanso; dirigir a cuantos se le acercaban; convencer a los poderosos de que fuesen más sensibles a las necesidades del pueblo llano; componer escritos alentadores … fueron sus tareas. No extrañe que este infatigable debelador de vicios, “segador” de una mies siempre falta de brazos (“Messor eram”, leemos en el subtítulo de esta obra) se topara con la Inquisición: estuvo casi un año preso en las cárceles del Santo Oficio, aunque saliese mejor parado que otros reformadores.

Aunque afincado en Montilla, desde salió innumerables veces a misionar por toda Andalucía, Juan de Ávila, cuyo epistolario nos impresiona, vino también al menos en dos ocasiones a misionar por Extremadura, especialmente a los territorios del Ducado de Feria, con cuyos titulares mantuvo buena amistad.

Fue amigo de muchos personajes, de cuyas biografías también se ocupa el autor en este libro. Dos nos llaman especialmente la atención: fray Luis de Granada, excelente prosista que escribe su hermoso Tratado de la oración en Badajoz (“buen cielo y buena tierra“) y Dª Sancha Carrillo,  su discípula más querida,  muerta en plena juventud, para la que escribió el celebérrimo Audi filia, también incurso en el Índice de libros prohibidos ,

La calidad de la prosa de Ávila, tan amante de dichos, refranes y tópicos populares, resulta indiscutible, según cabe percibir a través de los muchos textos aquí reproducidos. Como lo es la de su biógrafo, perfectamente adecuada al sujeto de estudio.

 

Alberto José González Chaves, Juan de Ávila. Messor eram. Vida y obra, ministerio y actualidad del santo patrono del clero secular español. Aranjuez, Xerión, 2019.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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