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Manuel Pecellín

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INQUISICIONES Y CONSISTORIOS

También las hubo durante el Medievo en numerosos países. A impulsos de la Iglesia católica, bien apoyada por los poderes civiles y militares de la época (más los suyos propios), irían erigiéndose Inquisiciones (de “inquirir” = investigar) para combatir las enseñanzas heterodoxas y las conductas “depravadas”, opuestas a los dogmas vigentes y que iban alcanzando eco en capas sociales más o menos extensas. De ahí su peligrosidad respecto al orden establecido y los ataques que se desencadenarían, hasta fulminarlos, contra albigenses o cátaros provenzales, husitas centroeuropeos, lolardos ingleses o los propios templarios.

Aunque se puedan hacer referencias a las mismas, no son estas inquisiciones medievales las estudiadas en Fe y castigo, volumen con 414 densas páginas. Los autores de los 26 ensayos aquí reunidos se ocupan de las Inquisiciones católicas de España, Portugal y Roma (cada una con características singulares) que se fundaron y funcionarían durante la época Moderna. A la vez, como instituciones homólogas, estudian comparativamente las que fueron creándose en territorios donde triunfó la Reforma. Inquisición católica, pues, versus consistorio protestante (con el calvinista de Ginebra como máximo referente, pero sin olvidar la kirk o sesión escocesa, la kerkeraad holandesa, o el presbiterio alemán y otros similares).

Tantos las de una como las de otras confesiones tenían una función principal: conducir a sus fieles por el camino correcto, según lo entendían los responsables máximos: convencerlos, ayudarlos u obligarlos para que se alejasen de las tentaciones desviacionistas y, en último término, castigar las conductas incorrectas.

Es la tesis que sostienen esta amplia veintena de estudiosos, autores ellos mismos de importantes obras sobre el tema, coordinados para la edición española (me gusta más su título inglés: Judging Faith, Punishing Sin. Inquisitions and Consistories in the Early Modern Wolrd) por Doris Moreno Martínez, profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que a su vez suscribe la introducción y uno de los artículos más breves, pero más “cálidos” del volumen.

Es la única firma española de un valioso elenco de grandes especialistas, entre los que sobresalen los vinculados a prestigiosas universidades suizas, inglesas y americanas. Quizás esto explique, dicho sea con todo respeto, ciertas lagunas o algún repetido error (las reiteraciones, inevitablemente, abundan en estas obras colectivas) , como atribuir a Antonio del Corro la autoría que hoy se le reconoce a Casiodoro de Reina de un libro clave y pionero, las Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes (Heidelberg, 1567). O ni siquiera mencionar, cuando se habla de las persecuciones contra las brujas, al extremeño Pedro de Valencia, cuyo Discurso acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a la magia (1610) fue decisivo para que la Inquisición española actuase con las mujeres de ello acusadas mucho más benévolamente que otros tribunales europeos.

Haciendo gala de su dominio sobre la bibliografía más actual (el apéndice de títulos consultados resulta abrumador), más el uso, en muchas ocasiones promovido por ellos mismos, de fuentes documentales inéditas, los ensayistas proponen nuevas interpretaciones del fenómeno inquisitorial, matizando e incluso debatiendo otras más tradicionales, sobre todo en los historiadores anglosajones. Llaman especialmente la atención los apuntes en torno a asuntos como:

-La voluntad de negociación que los responsables de aquellas instituciones represivas mantuvieron siempre ante los reos, sin duda con el fin de obtener la “confesión” más o menos espontánea de los delitos y el oportuno arrepentimiento (lo que no excluía, en el caso de la Inquisición, el recurso a la tortura,  si excepcional y médicamente controlada).

– El papel positivo que los abogados defensores supieron desempeñar incluso en las causas más comprometidas (pese a que, en el caso de la Inquisición, los pagaba este tribunal y a los estrictos secretos de sumario).

– La importancia del laicado en las labores del consistorio, así como su celo por mantener la paz de la comunidad y la ayuda a los más pobres.

-La activa participación de los acusados, mujeres incluidas, a la hora de defenderse, haciendo uso ante los tribunales religiosos de hábiles estrategias,

-La problematicidad que encierra la lectura de los documentos emanados de los mismos; la riqueza etnográfica que aportan y los frecuentes e interesados enfrentamientos con los tribunales civiles.

– La relevancia que en aquella “estrategia del miedo” tuvo lo que se ha dado en llamar la “Inquisición difusa”, que alcanzaba incluso los rincones más recónditos.

-Finalmente, lo que Doris Moreno subraya: “la herejía y el crimen que implicaba la ausencia de disciplina en el mundo católico, igual que sucedía en el mundo protestante, eran sinónimos; sin embargo, las consecuencias en uno y otro mundo eran muy diferentes” (pág. 195). Baste recordar los temibles “autos de fe”.

Tal vez sea uno de los factores claves para entender la idiosincrasia característica de países pertenecientes a uno u otro ámbito.

Charles H. Parker y Gretchen Starr-LeBeau (edis.), Fe y castigo. Inquisiciones y consistorios calvinistas en el mundo moderno. Madrid, Cátedra, 2020

 

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