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Manuel Pecellín

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NUECES DEL MÁS ALLÁ

 

Nueces del más allá son las que produce un nogal plantado en el cementerio de Monsalud, nombre de la sierra con la que el autor designa el pueblo donde vino al mundo (1950). El árbol nació del fruto que como viático introdujeron en la boca del bisabuelo, un difunto que vive en aquel camposanto. Sus nueces no producen las rugosas carnosidades de costumbre, sino que guardan en el interior papeles escritos con mensajes que el ancestro remite por Tosantos, en hoguera que resulta imposible consumir.

No es la única rareza del entorno. Lo habita también Nina, la vaca ciega de Cisco, generoso animal que cada mañana pasea sus ubres sobre lápidas y nichos para que puedan servirse leche los allí inhumados, incluso a los que fusilaron en las mismas tapias. El mapa de la península impreso en su piel facilita al maestro, que la conduce a la escuela, las clases, a la vez que proporciona calor a los alumnos ateridos. Sólo tendrán que soportar algunas veleidades escatológicas del cornúpeta.

No extrañe que madame Brun, que un día llegase hasta por aquí con su esposo, Pierre, comprometido junto a los colaboracionistas de Laval, decidiese comprarse tumba en aquel cementerio, elevado sobe la planicie de la Tierra de Barros. Alguna vez ella misma llegó a compararlo con el homólogo marino de Sète, que tan conmovedoramente cantase Valèry.

Consciente asimismo de su singularidad, el alcalde Juan Civantos, cazurro y listo, aprovecha para ofrecerlo a la familia de Franco como óptimo mausoleo del caudillo expulsado del suyo en el Valle. Hombre tan serio, el dictador podría distraerse merced a las fantasmagorías desencadenadas cada noche en aquella necrópolis. Tendría la comprensión del párroco, “que guarda un alma nostálgica para con su mocedad y absuelve aún en latín, querencioso con el nacionalcatolicismo y las sotanas” (pág. 26).

Claro que no le faltarían vecinos molestos, como Frasco Candela, un forastero a quien fusilaron y metieron en una fosa común de Valencia, pero se escapó y se vino con su maleta a ocupar el nicho que había heredado de una tía en Monsalud.

Este lugar mágico funciona para José Antonio Ramírez como el Macondo de García Márquez, la Comala de Pedro Páramo, Liliput de Jonathan Swift,  o la Tierra Media de  Tolkien, por poner algunos ejemplos literarios de lugares donde el escritor de turno desata todas sus fantasías y se sitúa allende la lógica de los imperativos espaciotemporales. A saltárselos con absoluta facilidad y gracia lo conducen a nuestro autor sus extraordinarias dotes imaginarias. Nadie como él para inventarse animales inexistentes, plantas habladoras y santos, vírgenes o espíritus sacados del cacumen. A todos los presenta y trata con absoluta familiaridad, mientras trae a colación recuerdos de infancia, transformándolos según conveniencia del discurso. Ramírez Lozano merece puesto relevante entre los cultivadores del realismo mágico y la herencia surrealista.

Como apoyo a la imposible verosimilitud del relato, en esta novela corta se atiene a las coordenadas geográficas (la Tierra de Barros) e incluso hace que los personajes utilicen el habla popular, léxica y fonéticamente, de la comarca. Siempre con ese dominio del lenguaje metafórico que le caracteriza. He aquí unos párrafos reveladores:

            “Esa noche del diecisiete, san Dionisio obispo, Civantos vio bajar la vaca Nina tirando de una vertedera, a la mancera Frasco Candela y tras él los otros fusilados. La reja iba abriendo un surco de fuego en el empedrado que iluminaba la calle. A esa misma hora la niña de Silva se levantaba de su cama sonámbula y acudía a la del padre hablando en latín: Corruptio defunctorum pessima, repetía. Noli me tangere” (pág. 36).

Estos y otros muchos latinajos, sostenidos en la memoria del seminarista que Ramírez Lozano fue y de la licenciatura que en filología italiana obtuviera, aparecen a menudo. Hacen juego con el clima sacrorreligioso ambiental.

Tal vez el pulso narrativo decae en las páginas últimas y el cierre es más flonje de lo deseado.

Importa destacar la excelente labor de la editorial emeritense.

José Antonio Ramírez Lozano, Las nueces del más allá. Mérida, De la luna libros, 2020.

 

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