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Autor: manuelpecellin
D. FRANCISCO GINER
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Manuel Pecellín | 22-08-2016 | 8:56| 0

Seguramente nadie ha recibido más elogios en la España contemporánea que Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839-Madrid, 1915). Se los han dedicado con extraordinaria amplitud los más próximos ideológicamente a este magnífico catedrático, filósofo krausista y escritor, auténtico “santo laico”, según se le llamara por su impecable conducta. El poema que le dedicó Antonio Machado, horas después de morir el maestro, constituye toda una epifanía. Pero ha de reconocerse que tampoco los situados en otras fronteras políticosociales, pedagógicas y religiosas han sido cicateros a la hora de elogiar a aquel venerable andaluz, curtido en Cataluña y afincado en un Madrid que conoció como pocos.

Sin duda, el máximo acierto de Giner, gran forjador de personas comprometidas con su época, fue crear, mantener y desarrollar, entre dificultades miles, la Institución Libre de Enseñanza. Hasta tal punto que la biografía del personaje se confunde con la historia de la ILE. Así lo hace Antonio Machín Romero (n. Lodares del Monte, Soria), autor de otros trabajos sobre Dionisio Ridruejo, Claudio Rodríguez, Tierno Galván , Julián Sanz del Río (quien trajo a España el pensamiento de Krause) o Francisco Brines. Lo demuestra su Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza.

Lo cierto es que la bibliografía sobre el tema no hace sino aumentar. Tras los estudios de Juan López-Morillas, Antonio Jiménez-Landi o el cacereño Antonio Jiménez García, fallecido en plena madurez, han continuado publicándose obras quizás más puntuales, pero que dilucidan  cuestiones tal vez no bien aclaradas o divulgan para el gran público las aportaciones de tantos “institucionistas” concitados por Giner en torno a sus proyectos (Azcárate, Fernando de Castro, Salmerón, Cossío, los extremeños Juan Uña, Joaquín Sama y González Serrano, o  tantos más).

A este segundo género de trabajos pertenece el que aquí se presenta. Su afán didáctico hace que abunden, quizás en exceso, las reiteraciones. Por lo mismo, las citas suelen ser indirectas (por ejemplo, los pasajes del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza), tomadas de las obras ya clásicas sobre la ILE y su fundador, a las que antes aludí. Tampoco se percibe una fuerte voluntad de estilo, buscándose más bien la claridad expositiva. Pero proporciona un buen resumen de lo que supuso para la renovación de nuestro país las aportaciones de la Filosofía krausista y su aplicación práctica más valiosa, la ILE (con las entidades por ella inspiradas, como el Museo Pedagógico Nacional, la Junta para la Ampliación de Estudios e investigaciones Científicas, la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos,  las Misiones Pedagógicas, etc.). Merced a la influencia de tales instituciones -enfatiza el autor-  fue haciéndose posible en nuestros lares el surgimiento de un nuevo tipo de español, acorde con el modelo gineriano: libre,  racional,  antidogmático, culto, tolerante, limpio y hasta deportista, si es que todo ello no es lo mismo.

 

Antonio Machín Romero, Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Esneñanza. Alicante, Editorial Club Universitario, 2016.

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MARIBEL TENA
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Manuel Pecellín | 14-08-2016 | 5:37| 0

Natural de Villanueva de la Serena (1978), Maribel Tena es licenciada en Filología Hispánica. Durante algún tiempo ha sido profesora de español en la Universidad de L´Aquila (Italia), donde también se han desempeñado como catedráticos los extremeños Luis de Llera y María José Flores. Tena enseña ahora en el IES “Pedro Alfonso de Orellana”.

El año 2012 publicó su primer libro de poemas, Mujer fractal (Origami), con prólogo de Mª Ángeles Pérez López, así mismo docente (Universidad de Salamanca) y poeta. Inspirándose en una de las aplicaciones de la Física cuántica  (fractal es un objeto cuya estructura se repite, aunque a diferentes escalas, imposibilitando al observador medir la distancia que lo separa del mismo.“Las cosa de incalculable complejidad se llaman fractales y tienen en común presentar longitudes infinitas dentro de áreas finitas”, según frase de Antonio Escohotado, citada en los preliminares), Tena articula su obra en torno a la figura femenina, fragmentaria y a la vez individua, relacionada con el universo todo, sin perder su propia personalidad.

Con Como suceden los árboles (Valladolid, La Penúltima Editorial, 2016), tan pronto reeditada, la autora ha venido a confirmar las muchas expectativas que levantó su primera entrega. Abandonando la proyección científica, sus versos se nutren aquí en imágenes cotidianas, tantas veces injustas y dolorosas. “Yo lloro debajo de mi nombre”, dice el verso de Alejandra Pizarnik puesto en entradilla, junto a otros de María Vitoria Atencia. La escritora reproduce lágrimas ante las personas muertas de frío sobre la cubierta del barco que los rescató; las chicas de Nueva Delhi quemadas por el  ácido; la mujer con el  pesado hijo a cuestas para subir la rampa sin ascensor; la campesina expoliada  de su pequeño campo o los atentados  contra la naturaleza.

Pero su voz no es solamente denuncia y compromiso. Nos habla también en torno a los ímpetus del verbo (“Mis palabras vuelven a ser tigres dormidos”); el respeto reverencial a todo lo vivo, predicado por Buda; las mezquindades de algunos amores y las huellas que dejaron en la escritora tanto el padre (que en lugar de decirle te quiero, le regalaba aceite, según Begoña Abad), como la madre (que la enseñó “a no callarme/no permitir que mis palabras se convirtieran/en animales enjaulados de un circo en silencio”).

Dividida en tres partes muy equilibradas (Raíces verticales, El perímetro del incendio y Aspiración del fruto), cuyos títulos nos dicen la perspectiva telúrica adoptada por la escritora, la entrega se nos hace tan próxima  como la carne roja de los tomates o la seda de trigo de la harina,  por evocar  otros pasajes. Los árboles de la portada y los vencejos de contracubierta enfatizan esa proyección.

Sin embargo, el diapasón de Tena sube una y otra vez el tono del lenguaje cotidiano, inyectándole intensidad, imágenes imprevistas, polisemias y guiños múltiples (“Sólo un baile y terminarás llevándome/a la calma”). Porque a ella le gusta “descifrar la extraña coreografía de los insectos”, ver las manos convertidas en “ese pergamino/bajo el que se lee/el mapa de nuestra sangre” o visitar las esquinas “en que perdemos la cuenta del tiempo/donde enfermamos por la fiebre de la mentira/y creemos curarnos llevando a la boca/una cucharada dulce y rebosante/del jarabe de la inercia”.

Concluida la lectura de Como suceden los árboles nos induce a cerrar , nos induce a cerrar el libro y “bisbisear una lenta plegaria/para que no nos abandone  en septiembre/esta certidumbre de belleza”.

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MUSAS MILES
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Manuel Pecellín | 07-08-2016 | 6:24| 0

Natural de Mérida (1956), Andrés R. Blanco  se trasladó a Madrid, donde reside, con sólo diez años. Desde que obtuviese (1989) del Ministerio de Cultura una beca a la creación, fruto de la cual fue el libro Luz y lejanía en los espejos, el autor ha ido publicando una amplia obra poética, casi siempre a impulsos de algún premio. Títulos como La semilla del mito (1991), La mirada de plata (1993), Álbum crepuscular 1994), Las alas condenadas (2010), Farolillos (2012), Lienzo del bosque espejea 2014) o Línea de expresión (2015) son algunos de los suyos galardonados en diferentes certámenes. A ellos hay que añadir  otros de reciente aparición: El corazón del replicante y Musa de varia ficción.

En el preliminar de este último poemario, se plantea por qué razones escribe, respondiéndose: “Si me preguntan directamente, suelo decir, a pesar de lo utópico, que para cambiar el mundo. Y ciertamente pienso que si un poema o siquiera un verso mueven a alguien a reflexión, emoción o gusto, he conseguido que el mundo sea algo –millonésima fracción- mejor”. Motivo ético, al que añade pulsiones emocionales íntimas, imposibles de explicar, hacia la escritura, que lo arrebatan inesperadamente.

De cualquier modo, la voz de Andrés R. Blanco está muy lejos de los tópicos correspondientes a la poesía social, didáctica o moralizante. El corazón del replicante (Huesca, Scribo Editorial, 2015), entrega con la que ganó el I Certamen convocado por el Ayuntamiento de L´Alfàs del Pi, modalidad castellana se inspira en la denuncia ese mundo deshumanizado, inmerso en una crisis de valores, que ya anunciase Blade Runner. Impreso en el volumen  Fo.lia.as, donde también se incluye el trabajo triunfador en valenciano (Miguel-Lluís Rubio i Domingo, Ática), los poemas del extremeño, blancos y libres, constituyen “confesiones” de artefactos sin ánima, con filos de alquitrán y hedor de hierro. “La esquirla de obsidiana de lo efímero, que los distingue, constituye un estremecedor testimonio, volviendo opaco el cristal de la esperanza.

En Musa de varia ficción  (Bujalance, Ayuntamiento, 2016), XXIII Premio de Poesía “Mario López”,  el escritor rinde homenaje explícito a personajes, libros, películas, óleos, esculturas y canciones en los que se inspira, hoy al alcance de todos gracias a Internet. Con algún leve apunte de prosa lírica, van alternándose poemas asonantados junto a otros blancos, libres o sometidos a métrica (preferentemente octosílabos y endecasílabos).  Impresiones de un otoño en Washington Square; la última partida de Boby Fisher; el suicidio marino de Alfonsina Storni;  King Kong; las hueste de Mordor;  los ensueños de Dalí; la voz rota de Sabina; algún chat anónimo y, cómo no, Blade Runner son algunas de las musas que irrumpen en las intimidades del poeta induciéndolo a plasmar en el papel o la pantalla sus atractivos.

Compartir esos mundos, próximos o lejanos, asequibles por diferentes vías, es favor que Blanco nos hace merced a su discurso poético, limpio, honesto, cálido y cuidado.

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LIBROS PELIGROSOS
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Manuel Pecellín | 30-07-2016 | 10:19| 0

 

Nos ha parecido oportuno concluir este curso 2015-16 de “Trazos”, antes de la interrupción veraniega ya habitual en el suplemento, con este apunte sobre una obra clásica para los bibliófilos. Agradezco mucho la noticia de su reedición y el ejemplar correspondiente a otro  hombre tocado por el amor a los libros, Arturo Sancho, que me lo ofreciera cuando presentábamos en la R. Sociedad a Amigos del País pacense,  De cosas extremeñas y algo más, del canónigo Arturo Sancho (Badajoz, 1ª,2013; 2ª, 2016).

William Blades (1824-1890) fue un muy reconocido editor y bibliógrafo inglés, especialista en incunables y gran estudioso de William Caxton, el primer impresor británico, sobre el que escribiría un  extenso trabajo. Fundador de la Library Association de Reino Unido (1877), fruto de la Primera Conferencia Internacional de Bibliotecarios, Blades dedicó esta su obra más célebre “a los bibliómanos, bibliófilos y bibliofrénicos, y con una especial maldición contra los bibliópatas y bibliocastas”. Acerca de los máximos representantes históricos de tales especímenes versan estas páginas, plenas de erudición. Las publica, exquisitamente, Fórcola, y en el colofón se recuerda que con este nombre se designa “la parte más hermosa de la góndola veneciana, realizada en madera, en la que el gondolero apoya el remo para maniobrar. Una auténtica fórcola se talla, de forma artesanal, sobre la curvatura natural del árbol, por eso no hay dos fórcolas iguales”. No es mal lema para unos talleres tipográficos. Pone prólogo alguien que mucho sabe sobre libros, Andrés Trapiello y lleva también un encomiable preliminar del Dr. Richard Garnett.

Como ya sostuvo nuestro Bartolomé J. Gallardo, Blades defiende que los libros constituyen patrimonio imprescindible para el progreso de los países. De ahí la importancia que su conservación encierra, aunque, lamentablemente, el desarrollismo estúpido del XIX estaba destrozando millares de textos hasta entonces conservados en condiciones más o menos felices. Según el autor,  los agentes más perniciosos en esas labores destructivas son: el fuego, el agua, el gas y el calor, el polvo y el abandono, la ignorancia y el fanatismo, la polilla, los encuadernadores, los coleccionistas, los niños y los criados. A cada uno dedica el capítulo correspondiente, con el humor típico de sus paisanos. De ser español, podría haber añadido en la época los responsables de las desamortizaciones o carreteros como los que hacían candela en el camino con las obras trasladadas desde Guadalupe a Cáceres. (Para hoy añadiría a los xenófobos de Sarajevo; el cierre de cenobios y monasterios despoblados;  los compradores de pisos antiguos, que malvenden a la chatarrería sus “inútiles” bibliotecas o los jóvenes herederos, capaces de tirarlas a cualquier contenedor, visto el lugar que  los libros exigen y su propia incapacidad con la lectura en papel. Para medir las repercusiones del libro electrónico en la desaparición de los volúmenes clásicos, aún faltan perspectivas).

De cualquier forma, hace muy bien Trapiello en subrayar que lo más importante no es conservar el libro, sino leerlo. Claro que sin lo uno, no puede darse lo otro. Sin duda, el proceso creciente de digitalización tanto de manuscritos (v.c., los hallados en las once cuevas de Qumram) o impresos (v.c., la “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”, entre muchas fácilmente localizables en la red) constituye el mejor antídoto contra los enemigos señalados por Blades. Drox-box impedirá la deglución de gusanos y ratas o que funcionen fuegos como los encendidos por neófitos (ver Hecho de los Apóstoles, 19,34), musulmanes fanáticos, inquisidores y conquistadores hispanos, calvinistas ginebrinos, nazis, estalinistas, et sic de coeteris).

 

William Blades, Los enemigos de los libros. Madrid, Fórcola, 2016

 

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ARS MORIENDI
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Manuel Pecellín | 26-07-2016 | 7:17| 0

 

Pablo Jiménez (Navalmoral de la Mata, 1943) es un espíritu clásico. Lo saben cuantos conocen las predilecciones del creador en música, pintura o literatura, artes que de ningún modo le son ajenas. Su último poemario trae inmediatamente a la memoria un libro compuesto a finales de la Edad Media, del que se harían numerosísimas ediciones en toda Europa. Compuesto por un fraile,  aquel Ars moriendi   del siglo XIV proporcionaba al moribundo luces para bien digerir el trance último. Enseñándole que la muerte no es un mal definitivo, le procuraba remedios contra las tentaciones escatológicas, tales como la falta de fe, la desesperación, la impaciencia o el orgullo espiritual, adoctrinando también  a los familiares sobre el mejor comportamiento ante el lecho del casi difunto.

No busca tal fin el de Pablo Jiménez, aunque de alguna manera podría alinearse el extremeño entre los epígonos del dominico medieval. Abre su obra Javier Magano con un amplio preliminar, también de título latino, Vita mortales, mors vitalis. Este juego de palabras, apoyadas en el oxímoron, viene a recordar otro de Cioran, a quien los dos escritores, prologuista y  prologado, respetan: “Sólo fuera del paraíso hay destino”.

La obra se estructura en dos partes o cuadernos,  bien diferenciadas, cada una de ellas con ricas proliferaciones. La primera, “El ciego en su laberinto”, se subdivide a su vez en tres: “ars moriendi”, “prosas crepusculares” y “tres historias sagradas tras una introducción”. Entre los poemas de la inicial, todos de llamativa extensión, figuran “Residencia geriátrica”, cuyo sujeto lírico es un anciano con el pie ya en el estribo, y “Cumpleaños”, con el que el autor evoca un viaje a la Alta Extremadura donde el poeta vio la luz (¿también la última?). Verso y prosa alternan después, con similar perfección, la segunda más apta para evocaciones  telúricas, como: ”Y resucitan, nítidos en lo oscuro, aquellos pueblos, sus inviernos… Nieblas impenetrables que impedían el ascenso del humo y atosigaban ojos, zaguanes, doblados…Cestos de enea llenos a revenar de aceitunas verdinegras…” (pág. 53), siempre bajo los ojos vigilantes de la madre amorosa. Hasta culminar en la paráfrasis lírica, un punto burlona, de tres historias bíblicas terribles, relacionadas con la muerte: la de Caín y Abel; el sacrificio de Isaac, suspendido en el último instante, y el de la hija de Jefté, incomprensiblemente consumado.

El cuaderno segundo, “levedad de la síntesis”, lleva un inconfundible subtítulo: “33 sonetos ocasionales”. Según la acotación oportuna, los fue componiendo el poeta entre los años 1965-2011.  Han sido seleccionados entre los varios centenares que el autor ha escrito durante ese periodo, “las más de las veces sin otra pretensión que un mero ejercicio de adiestramiento en el dominio de la síntesis conceptual y en el rigor de la versificación y la cadencia”, se nos dice en los preliminares (pág. 87). Reconozcamos, dada la calidad del producto, que el aprendizaje fue sumamente fructífero. Cumplen a la perfección el consejo de Horacio, en la Epístola a los Pisones (y volvemos a lo del clasicismo de Jiménez, tan amante él de Garcilaso): Non satis est pulchra ese poemata; dulcia sunto/et quocumque volent animum auditoris agunto. (No basta con que sean bellos los poemas; han de ser atractivos y capaces de llevar el ánimo del oyente adonde quieran).

Dotado de una fuerte personalidad y honda cultura, espíritu libre y atrevido, iconoclasta en no pocas ocasiones, ética y estéticamente riguroso, Pablo Jiménez es un escritor que suscribe sin pretender epatarnos el vero de Vallejo: En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.

“Qui potest capere, capiat”. O, lo que es lo mismo, “ahí queda eso”.

 

Pablo Jiménez, Ars moriendi. Madrid, Beturia, 2015.

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