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Autor: manuelpecellin
EULALIA DE MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 25-06-2016 | 9:37| 0

 

 

Catedrático de Literatura, Serrano Carijo (Valladolid, 1942) ejerció la docencia, hasta su jubilación, en diferentes Institutos de Segunda Enseñanza.  Ha publicado un buen número de obras, entre las que cabe recordar Un paseo bajo la media luna. Almuñécar islámica (2007, 20013), La corte del Parnaso. Doce paseos literarios por Madrid (2007) o El humanismo en Andalucía (1492-1598) (2009). Como buen germanista, tiene en alemán, junto con Rolf Neuhaus , otros títulos sobre poetas españoles, con especial atención a los andalusíes.

Fue sin duda su estancia docente en Mérida lo que lo indujo a interesarse por la figura más famosa de la ciudad, la virgen Eulalia, joven patricia muerta  durante la dominación  romana (comienzos del siglo IV) y pronto convertida en uno de los grandes mitos del martirologio cristiano. El volumen a ella dedicado (362 páginas), con tanta documentación como lucidez y claridad expositiva, consta de dos partes: un estudio de los  principales textos que diferentes autores han ido componiendo a lo largo de los siglos con la santa (Eulalia, Olalla,  Oria, Eulária) como protagonista y la reedición crítica de todos ellos, vertidos al castellano los compuestos originariamente en latín. Federico García Lorca es la voz donde confluye esta tradición lírica, que en la pluma del andaluz alcanzará una de las máximas cumbres de la literatura. A él se le dedica lo sustancial del libro.

Es Prudencio quien inaugura la serie con el excelente Hymnus in honorem passionis Eulaliae Beatissimae Martyris (sea suyo o no el título). Serrano lo reproduce según la traducción realizada por A.M. Cayuela, jesuita que se propuso verter en endecasílabos blancos los pentásticos del de Calahorra. Sus dos largos centenares de versos se incluyen en el Peristéfanon , como un cálido  homenaje a “la que habla bien” (significado griego de “Eulalia”). Serrano lo tiene por un poema épico martirial, cuyos entresijos, recursos  e influencias literarias desmenuza sabiamente.

-El mismo tratamiento da a la Pasión de la santa y beatísima Eulalia, virgen y mártir de Cristo, torturada en la ciudad de Mérida bajo el legado de Calpurniano cuatro días antes de los idus de diciembre, redactada originalmente en latín el siglo VII y vertida al español por el propio Serrano.

-Fray Luis de Granada, que en sus días anduvo por Badajoz, dedicaría también a la mártir un atractivo texto en la obra De la introducción del símbolo de la fe, siendo la emeritense la protagonista del Aucto de Santa Eulalia. Este segundo se toma de la Colección de Autos, Farsas y Coloquios del Siglo XVI, preparada por Leo Rounet, si bien se la limpia de sus no escasos errores gramaticales y métricos.

Ahora bien, según dije, es Lorca quien ocupa la mayor parte del libro. Serrano, que recoge también ecos de la santita por tierras de Asturias (en bable)  o Cataluña (atención a la supuesta segunda mártir homónima) y de los numerosos escritores emeritenses con poemas a Santa Eulalia (ninguno como Rafael Rufino Félix), no oculta su admiración por el genial granadino. Estudia especialmente la génesis y alcances del Romancero gitano, la obra (“putrefacta”, según Dalí) donde Lorca incluye el “Poema de Santa Olalla”, aparecido antes exento en la Revista de Occidente (1928), de donde aquí se transcribe, anotando las futuras variantes de la edición princeps. El análisis que  se hace de estos 74 versos, cima de la poética lorquiana, es sencillamente magistral.

Dedicado a los alumnos del IES de Santa Eulalia de Mérida,  cierra el libro un conjunto de apéndices (10), el último con la selecta bibliografía.

 

Jesús Serrano Garijo, De vírgenes, verdugos y poetas. El martirio de Santa Eulalia de Prudencio a García Lorca. Granada, Editorial Alhulia, 2014.

 

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EN EL OESTE EXTREMEÑO
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Manuel Pecellín | 18-06-2016 | 9:36| 0

 

 

Parafraseando a J. Ramón Jiménez (Ningún libro verdadero se ha escrito nunca “como libro”), Pureza advierte en la entradilla que tampoco este su discurso de ingreso en la R. Academia de Extremadura  se compuso originariamente como pieza oratoria. En efecto, y según  también decidieron otros que la han precedido (Eduardo Naranjo, Gerardo Ayala, Luis de Llera ), la autora ha escrito un auténtico ensayo, de donde extraería después la  alocución que dirigiese ante el largo centenar de personas concitadas en el Salón de Actos de dicha Institución para acompañar a la recipiendaria.  Habían sostenido su candidatura Miguel del Barco, Antonio Gallego  y Feliciano Correa. Es la tercera mujer elegida recientemente para formar parte de la Academia extremeña, junto con Carmen Fernández-Daza y María Jesús Viguera Molins. Políticos, familiares, paisanos, académ icos y, sobre todo, un notable número de poetas siguieron con perceptible admiración las profundas reflexiones de esta mujer menuda, dinámica y exigente.

Nacida en Moraleja, al oeste de la  Extremadura que Jálama distingue, Pureza Canelo irrumpió  muy joven en el panorama poético español al obtener el Premio Adonais 1970, galardón concedido tradicionalmente a poetas masculinos. Durante los años 1975-1983 dirige el  Departamento de Actividades Culturales Interfacultativas de la Universidad Autónoma de Madrid en la que crea el Club de Escritores Universitarios .  E1 1977 funda  en Moraleja el Aula de Cultura y Biblioteca Pública, que hoy luce su nombre. En 1975 obtuvo una Beca Juan March para la creación poética y en 1982 disfruta de una beca similar otorgada por el Ministerio de Cultura. Coordina en 1993 la celebración nacional del Medio Siglo de la Colección Adonais, así como el I Centenario del poeta Gerardo Diego en 1996. Ha sido galardonada con los premios de poesía «Juan Ramón Jiménez» (1980) del Instituto Nacional del Libro Español y «Ciudad de Salamanca» (1998). Ha sido traducida a varios idiomas y con amplitud al inglés y al alemán e incluida en destacadas antologías de ámbito nacional e internacional. Impulsora de colecciones poéticas desde mediados de los setenta, dedica un tiempo importante a la gestión de actividades en el ámbito de la comunidad científica y universitaria. Desde 1999 es Directora Gerente de la Fundación Gerardo Diego, que refundó ese mismo año junto con Elena Diego. En 2009 la Unión de Bibliófilos Extremeños le dedicó el Homenaje del Día del Bibliófilo en la ciudad de Almendralejo y con este motivo se publica en torno a su obra el volumen Esfera Poesía. Su libro Dulce nadie recibe el Premio de Poesía Francisco de Quevedo, de la Villa de Madrid 2009. En 2011 se le otorga el XV Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja por A todo no lo amado.

Entre sus títulos más destacados figuran Celda verde (1971), Lugar común (1971, El barco de agua (1974), Habitable (Primera poética) (1979), Tendido verso (Segunda poética) (1986), Pasión inédita (1990), Moraleja (1995), No escribir (1999), Dulce nadie (2008), Poética y Poesía (2008), Cuatro poéticas (2011), A todo lo no amado (2011) y Oeste (2013).

Alguien que ha vivido por y para la poesía, tiene lógicamente mucho que decir sobre  el hecho literario. En su tan brillante como hondo discurso, la ya académica numeraria desarrolló las claves que definen su quehacer poético.  Oeste en mi poesía propone un lúcido recorrido a través de sus obras, bajo el prisma de poemas marcados por el signo de los propios orígenes: simbología del agro, biografía unida a la naturaleza, y en todo ello la reflexión metapoética con una lectura de la ruralidad desde el S. XXI, ajena completamente al neocostumbrismo. En el discurso fue  comentando una selección de textos poéticos que reflejan su historia humana, entrelazada al lugar de nacimiento y la influencia del medio, con un recordatorio a la cultura de costumbres y artes desaparecidas, y con suave guiño a la antropología, fuente de conocimiento. Este espacio de creación literaria está escasamente transitado en la poesía española contemporánea.

Le contestó Antonio Gallego, quien, con enorme erudición y absoluto conocimiento de la poesía de la ya numeraria, vino a confirmar la plena vinculación de la escritora con el  Oeste donde vio la primera luz. Para demostrarlo, hace  especial hincapié en algunos de los “poemas reversibles” de Pureza Canelo analizándolos con singular brillantez.

Completa la edición la bibliografía de  y sobre  la nueva académica, elaborada por José Manuel Fuentes.

 

Pureza Canelo, Oeste en mi poesía. Trujilllo, Real Academia de Extremadura, 2016

 

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RITOS DE PASO
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Manuel Pecellín | 11-06-2016 | 1:06| 0

 

La historia de los pueblos (sus instituciones, usos y costumbres, ideas o creencias, modelos de producción y distribución, regímenes de vida, etc.) conocen a menudo cambios radicales, transiciones lentas o vertiginosas que dan origen a etapas o periodos históricos nuevos. Otro tanto ocurre con las personas individuales, según gusta a los antropólogos mostrar en los “ritos de paso”. Genotipo y fenotipo vuelven a sostener posible comparación.

Es lo que hace Vicente Valero (Ibiza, 1963) en Las Transiciones, recién editada por Periférica. La editorial cacereña, que ahora cumple dos lustros desde su creación, ya había publicado otros dos títulos del prestigioso escritor ibicenco: Los extraños (2014) y El arte de la fuga (2015), libro de relatos con el que obtuvo general reconocimiento. Anuncia también la próxima edición del ensayo biográfico Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, 1932-33, que Valero dedicase el año 2001 al infeliz filósofo alemán, cuya parcial correspondencia recogería en Cartas de la época de Ibiza (2008).

Entre las muchas transiciones que los españoles contemporáneos hemos podido gozar o padecer, no sin haber llamado la atención en el mundo entero, sobresale la que el país hubo de experimentar entre la muerte de Franco y la sustitución de su larga dictadura por una democracia homóloga a la de las naciones occidentales. Si dicho tránsito encuentra hoy no pocos críticos, desde actitudes conservadoras o revolucionarias, fue sin duda un éxito político, para cuyo logro hubo que renunciar, desde la derecha y la izquierda, a tesis obstinadamente defendidas durante varias generaciones. (“Y sin que nadie nos pidiese ni perdón”, solía matizar mi querido Ricardo Sosa).

Valero propone en la novela una re-visión de ese proceso, de la forma en que lo pudo encarnar, en un territorio inundado ya por el turismo, la gente de la calle, de distintas edades, sexo y condición, desde sesudos empresarios a inquietos adolescentes. Para componer ese cuadro sociológico, adopta un recurso literario siempre eficaz: el narrador, niño de escuela al morir Franco, evoca las vicisitudes existenciales sustentadas por sus compañeros de aula y la de los familiares, novietas, profesores y amigos que los cuidaban. Acaba de fallecer, segado por la droga y el alcohol, el más rebelde de todos. A su funeral acuden los viejos conocidos y, según los saluda (o no) en la misma iglesia o tras las ineludibles libaciones posteriores, acuden a la memoria cómo eran entonces; de qué modo participaron (o no) en los procesos de cambio y qué ha venido a ser cada uno hasta el día de hoy. Protagonistas sobresalientes son el finado y su entrañable abuelo, D. Alfonso, de quien se narran dos curiosos encuentros con Franco (antes y después de la guerra civil); las consecuencias de los mismos y su furiosa reacción al escuchar por TV la muerte del general.

Con todo, el mayor interés de esta novela corta (116 páginas) es sin duda su atractivo literario. La prosa de Valero, que escribe casi sin solución de continuidad, marcando en cursivas, dentro del discurso, los mínimos diálogos y reduciendo los puntos a la conclusión de cada capítulo (cinco), resulta cristalina, musical, sin apenas decaimientos (tal vez la repetición de algunos términos próximos). Se puede sostenerde esta obra lo que dijese Santiago Aizarna en el Diario Vasco a propósito de  El arte de la fuga: “La escritura de Valero rezuma sabiduría, sensibilidad y encanto y admira por su virtuosismo en el lenguaje”.

Vicente Valero, Transiciones. Cáceres, Periférica, 2016.

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CRÍMENES ENTRE CEPAS
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Manuel Pecellín | 01-06-2016 | 8:02| 0

 

Susana Martín (Sevilla, 1981) creó en Más que cuerpos un personaje extraordinariamente

atractivo, la oficial de policía Annika Kunde, que protagonizó también Desde la eternidad y

vuelve a hacerlo con Vino y pólvora. La escritora andaluza, estrechamente vinculada a Mérida,

donde ha trabajado como Directora General del Instituto de la Juventud de Extremadura, va

componiendo así una saga cada vez más convincente. Las tres entregas desarrollan otras

tantas intrigas criminales, que Annika logra resolver con sagacidad, en tanto a su alrededor se

teje otras tramas secundarias, aunque no menos inquietantes.

Ella misma ha sufrido desde muy joven trágicos acontecimientos, que la marcarán para

siempre. Según va desvelándose a cuentagotas, en su Namibia natal se salvó casi por milagro

de una masacre entre tribus. Ahora, con treinta y cinco años, trabaja en la comisaría de

Mérida, donde su color negro y grandes atractivos personales no dejan de producir

admiración, acaso también recelosas envidias, fruto éstas de actitudes machistas y xenófobas.

Por lo demás, los sufrimientos sufridos la hacen especialmente sensible al sufrimiento de los

grupos marginales, díganse gitanos, emigrantes, huérfanos y otros desheredados de la fortuna.

Annika tendrá que enfrentarse esta vez a un nuevo crimen. Cierto empresario de

Almendralejo, famoso en el mundo del vino, aparece muerto violentamente su casona de

Torremejía (sí, allí donde Cela sitúa La familia de Pascual Duarte). Al mismo tiempo, se

denuncia ante la policía la desaparición de cierta adolescente rumana, cuyos familiares

trabajan como vendimiadores (mal pagados), hasta que también abandonan repentinamente

el campamento donde hasta entonces malviven. ¿Existe alguna relación entre ambas

Para descifrar el enigma, Kunde no puede contar en esta ocasión con su compañero Bruno,

que se fue a Italia tratando de resolver otra madeja: sus orígenes familiares lo conducen

directamente a un poderoso capo de la Camorra. Es el segundo plano de esta novela negra,

cuyo discurso narrativo bascula así entre Nápoles y Extremadura (amén de los breves excursos

por territorios surafricanos). A la postre, las páginas sobre la mafia terminarán imponiéndose a

las del núcleo policíaco español.

La estructura de la obra recuerda el discurso del cine de acción. Como se encadenan los

fotogramas que trepidan, se suceden aquí los pasajes múltiples que componen la novela,

transitándose a veloz ritmo de un escenario a otro. Muchos de ellos los protagonizan

personajes secundarios, casi todos ya conocidos por los libros anteriores, junto a otros

nuevos, entre los que destacan los dos hermanos mafiosos (Fulvio y Giacomo). La descripción

de las poblaciones donde tienen lugar los acontecimientos (Nápoles o Capri en la península

itálica; Sevilla, Montijo, Torremejía y, más que ninguna, Mérida, ocupan atractivos espacios.

La autora se muestra convincentemente informada de cuanto allí ocurre , sobre todo lo

relacionado con el cada vez más complejo mundo del vino: plantaciones, recolección, lagares,

bodegas, cooperativas, estudios enológicos, propaganda, financiación y comercio de los

caldos. El epílogo de gratitudes recoge la que debe a importantes firmas y personalidades

extremeñas del sector, junto a las cuales se ha asesorada.

Susana Martín conduce hábilmente a los lectores por las diversas tramas, urdidas con sabia

distribución del suspense, hasta el imprevisto desenlace (al menos parcial: ha dejado

posibilidades para entregas futuras). En Vino y pólvora la calidad de su prosa supera de modo

bien perceptible la de las anteriores. Sólo alguna caída (por ejemplo, confundir el “por que”

final con la conjunción causal “porque”) empaña mínimamente un estilo cada vez más

cuidado, ágil, seguro y propio. La obra genera interés desde el principio, manteniéndolo hasta

el final de sus casi cuatrocientas páginas.

 

Susana Martín Gijón, Vino y pólvora. Sevilla, Anantes, 2016.

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FAUSTINO LOBATO
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Manuel Pecellín | 30-05-2016 | 11:54| 0

Natural de Almendralejo (1952), lo que impone impronta, buena parte de la vida del poeta ha transcurrido en Badajoz, donde mantuvo siempre estrechas relaciones con los gitanos de la Plaza Alta. Como reconocimiento a esta labor, le concedieron el Diploma de honor en el V Concurso Internacional de Arte “Amico Rom” (Lanciano, Italia). Profesor de Filosofía, que enseña a alumnos de bachillerato, es también un conocido animador sociocultural. Entre sus obras editadas cabe recordar Cuatro momentos para el poema, Poemario gitano, Pegados al horizonte, Quiebros del laberinto, Las siete vidas del gato y Un concierto de sonidos diminutos.
Según sus propias declaraciones, los tres poetas que más han marcado su escritura son Luis García Montero y los portugueses Eugenio de Andrade y Sofía de Melo, aunque es lector  con gustos plurales. Tampoco olvida la huella que le dejaron escritores próximos a la “teología de la liberación”, conocidos  por Lobato durante sus estudios en Lovaina.

El nombre secreto del agua abre con una de las sentencias más famosas en la historia de la filosofía occidental y prácticamente la única que de su autor ha llegado hasta nosotros, el “panta rei” de Heráclito. La primera parte del poemario es la traducción literal de este topos: “Todo fluye”. Unos versos de Michel Houellebecq dan pie a  los del autor, que los va alternando con  pasajes en prosa poética de alta intensidad. El sujeto lírico se identifica con la el caudal de agua en la que uno nunca puede bañarse dos veces. Aunque se lograra retenerla con cualquier artimaña, quien acceda de nuevo al embalse ya no será el mismo de la ocasión anterior, transformado inevitablemente por el discurrir de las horas. Esa conciencia del constante fluir, contraria a la inmutabilidad parmenídea del ser, constituye el fundamento del pensamiento relativista, frente al dogmatismo, tal vez la perezosa, acomodaticia actitud mental de quienes niegan el movimiento, la transformación, el cambio indefectible de las realidades todas. Como el trueque del agua, el poeta se reconoce metamorfosis múltiples según discurre la corriente de sus días. Eso no quita para que, entre los diluvios que lo anegan,  confunden acaso, aspire a mantener la pasión, las ansias, los márgenes donde más se reconoce, alcanzar tal vez un paraíso inmarchitable.

“Todo cambia” es el título anafórico de la segunda parte. Verso y prosa alternan nuevamente, los pasajes de la segunda dispuestos en cursivas. La inquietud ahora se centra sobre el lenguaje mismo y la constatada dificultad para decir cuanto más importa, de descifrar “el misterio de la danza en la sangre del poema”, el amor, los sueños,  quizá la utopía ¿Cómo trascender los límites del agua?, se pregunta quien no quiere someterse a las imposiciones del primer Wittgenstein o someterse al oneroso silencio. Porque, en definitiva, lo que más importa siempre supera con mucho las imposiciones del decir lógicomatemático. Ahí reside el máximo atractivo de la voz lírica auténtica, libre e iconoclasta. El riesgo de no seguir la máxima del Tractatus (“Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse”) es incidir en simples “flatus vocis”, sin contenidos, en confundir las voces con los ecos (Machado).

“Nada permanece”, la parte tercera y última, mantiene el mismo discurso. El poeta se resiste a dimitir de sus nostalgias y busca cómo romper la deriva hacia el también atractivo silencio. Los poemas se van concentrando y el lenguaje  deviene cada vez más desnudo, sin renuncia de la claridad. Como un eco del gran fray Luis, se alaba a quienes saben vivir a solas, vistas las dificultades de la comunicación. Tal vez se les desvelan así sinfonías de piedras y nubes, aladas historias, estrofas entre cantos rodados, que sustenten las siembras últimas de la vida.

 

Faustino Lobato, El nombre secreto del agua. Madrid, Vitruvio, 2016

 

 

 

 

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