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Autor: manuelpecellin
CANÓNIGO ILUSTRADO
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Manuel Pecellín | 15-10-2016 | 9:41| 0

inario pacense, Francisco González Lozano (Don Benito, 1975) se doctoró el 2015 con la tesis Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón. 1851-1962, publicada el mismo año por la Fundación Caja Badajoz, entidad que también edita este su nuevo libro. Coautora del trabajo es la directora de la magnífica biblioteca que aquel centro posee, Guadalupe Pérez Ortiz, a cuya laboriosidad se debe un buen número de obras aparecidas en los tiempos últimos. Conocedores los dos de los fondos archivísticos diocesanos, vuelven a conjuntar sus afanes para enriquecer la historia de Iglesia extremeña.

Así lo han hecho con esta biografía de Tirso Lozano Rubio, otro de esos clérigos ilustrados que merecen figurar en una abundante nómina. Nacido dentro de familia humilde (Montánchez, 1865), se formaría durante casi tres lustros en el Seminario de Badajoz, donde ejercerá docencia (Sagradas Escrituras) y desempeñará el cargo de Prefecto de estudios. Completa los suyos haciendo doctorándose en Teología por la Universidad Pontificia de San Idelfonso y alcanzado la licenciatura en Derecho por la Universidad de Sevilla (1900).

No extraña que obtuviera, tras lucida oposición,  la plaza de Canónigo en la catedral pacense, ni que haya asumido otras altas responsabilidades, llegando a ser Presidente de la Caja de Ahorros de Badajoz. Administrador de la diócesis, Juez eclesiástico, Correspondiente de la R. Academia de Historia, vocal del Patronato del Museo Provincial de Badajoz,  miembro de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia, socio de la R. Sociedad Extremeña de Amigos del País, colaborador de la excelente Revista de Extremadura y del Centro de Estudios ExtremeñosTirso Lozano aún encontrará tiempo para escribir un importante número de libros, casi todos editados en los talleres de Uceda Hermanos: Las armas de la dialéctica (1894), Historia de Montánchez (1894), Atlas geográfico-filosófico (1896),  Lexicon de sistemas filosóficos (1987), De historia de Badajoz: apéndice a la Historia del Dr. Mateos (Badajoz, Arqueros, 1930),  Historia de la fundación del convento de Religiosas Carmelitas de Badajoz (Arqueros, 1930) y el Suplemento a la Historia Eclesiástica de la ciudad de Badajoz, de Solano de Figueroa (Badajoz, Centro de Estudios Extremeños, 1935).

Los autores ofrecen la ficha bibliográfica de cada una de estas publicaciones, incluso de otros trabajos inéditos, así como la sinopsis, excesivamente concisa, de los mismos. Un análisis más extenso habría permitido conocer mejor las ideas principales que Tirso Lozano sustentaba en cuestiones de Filosofía, Teología, Biblia, Historia, etc., acaso también por dónde iban sus planteamientos políticos, sociales y económicos.

Bibliófilo tenaz, en la biblioteca  de este “sacerdote al servicio de la sociedad y de la Iglesia”, según se le distingue, figuraban obras de bien distinta temática, aunque sobresalen las de carácter religioso. El legado de las mismas, próximo al millar de volúmenes, se guarda hoy en la de la Sociedad Económica pacense. Guadalupe Pérez y Francisco González ofrecen un pulcro listado de títulos, libros y revistas,  año de publicación y autores, por orden alfabético de estos últimos. No deja de admirar que el buen canónigo contase entre sus lecturas escritos de hombres tan apartados de la ortodoxia vaticana  como  Nicolás Diaz y Pérez,  Roque Barcia,  Ernesto Renan,  Mario Roso de Luna,  Tomás Romero de Castilla, Emilio Zola,  o P. Kropotkine, uno de los padres del anarquismo y del que poseía Palabras de un rebelde.

Falleció en Badajoz el año 1938. No se dice cómo pudo afrontar los difíciles años de la República y del nuevo orden franquista.

Celso Morga Iruzubieta, arzobispo de Mérida-Badajoz, suscribe el prólogo.

 

Guadalupe Pérez Ortiz y Francisco González Lozano, Tirso Lozano Rubio. Badajoz, Fundación CB, 2016.

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REALIDADES VIRTUALES
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Manuel Pecellín | 06-10-2016 | 5:27| 0

 

            REALIDADES VIRTUALES

 

Termino la lectura en el parque de la Atalaya, junto al mar conileño. Entre los pinos, que el contumaz levante ha doblegado de manera fantasmagórica, grupos de adolescentes persiguen al último pokemon. Cada uno exhibe carísimos teléfonos, más inofensivos tal vez que las escopetas con cuyos balines los padres de esta turba extirpaban por aquí camaleones, tórtolas, gorriones, jilgueros y cuanto se les ponía a tiro. Nintendo puede generar nuevas criaturas, al parecer con irresistibles atractivos, mucho más fácilmente que la naturaleza clásica. Es una de las virtudes de la “realidad virtual”.

El volumen luce prólogo de Naief Yehya, teórico cibercultural, que lo fecha en New York y avanza que estamos ante “un libro sobre pandemias mediáticas y aflicciones imaginarias que pueden ser tan reales como la peste negra”. Conocí a la autora en Badajoz, donde realizó estudios primarios (Colegio Piloto Guadiana) y secundarios (IES Rodríguez-Moñino). Sus padres son personas fuertemente comprometidas con la educación en Extremadura, cofundadores de la asociación pedagógica “Juan Uña”, nombre que le pusimos en memoria del extremeño que llegó a ser Rector de la ILE (Institución Libre de Enseñanza).

Teresa López-Pellisa (Alcañiz, 1979) es doctora en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde recibió el magisterio de Antonio Rodríguez de las Heras, a quien cita en numerosas páginas. Terminó después Teoría de la Literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. Desarrolla allí labores docentes e investigadoras en el marco del Grupo de Estudios sobre lo Fantástico, participando también en el Grupo Cuerpo y Textualidad. Entre sus publicaciones cabe destacar Ensayos sobre ciencia ficción y literatura fantástica (2009) y la coedición de Visiones de lo fantástico en la cultura española 1970-2012 (2014). Sus líneas de investigación se centran en la literatura de ciencia ficción, la cibercultura, el cine, el teatro mediados por las nuevas tecnologías y el ciberfeminismo.

Son temas que se abordan en este estudio, abrumadoramente documentado, que hacen referencia asimismo a cuestiones filosóficas, históricas y sociopolíticas, sin omitir las teológicas (quizás las menos afortunadas). Dos apéndices, con referencias bibliográficas y filmográficas, indican las fuentes utilizadas, si bien son muchas más las obras que se citan a lo largo del libro. (Tratándose de los clásicos grecolatinos, se agradecería el préstamo directo, así como la indicación de qué traducciones se manejan, sobre todo en los textos bíblicos, algunas muy discutibles).

A mi entender, dos son los valores sobresalientes de este trabajo: sus aportaciones de carácter lingüístico, encaminadas a establecer con precisión los términos usuales en terrenos tan novedosos, la mayor parte con sello anglosajón (aunque no faltan etimología grecolatinas) y los peligros que, tras el oportuno diagnóstico, López-Pellisa denuncia en el cada vez mayor avance de los entornos digitales. Ejemplificándolos con abundantísimos testimonios, tras rastrear sus posibles antecedentes en épocas anteriores, la investigadora pone en aviso sobre las “patologías” – así las define ella- más frecuentes en los espacios digitales. Intentaré resumirlas:

1.- Sufren los internautas de esquizofrenia nominal a la hora de construir dominios, muros, páginas, etc. en la inmensidad de Internet.

2.- Los simulacros de la red impiden a menudo establecer diferencias entre la realidad y las imágenes que habitamos, entre los átomos y los bits.

3.- Estamos en peligro de sufrir una “obsolescencia cárnica”: los ciborgs, replicables en cuerpos de silicio, jubilan a la persona humana tradicional, generando seres fácilmente manipulables para el Poder.

4. Pero las nuevas creaciones cibernéticas reinciden una y otra vez en las tesis de la mística religiosa.

5.- Las ginoides, maniquiféminas y demás mujeres virtuales repiten en la caverna telemática el viejo “mito de Pandora”, tan útil para perpetuar el predominio machista.

Sin duda, el imperio de la informática es ineludible. Bien estará acogerlo sin sufrir estas enfermedades.

 

Teresa López-Pellisa, Patologías de la realidad virtual. Cibercultura y ciencia ficción. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2015.

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¿QUIÉN SABE LEER?
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Manuel Pecellín | 05-10-2016 | 9:16| 0

 

¿QUIÉN SABE LEER?

 

Profesor de Lengua y Literatura ya jubilado, doctor en Pedagogía, Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) se distingue por sus esforzadas contribuciones para la renovación de la enseñanza en Extremadura, sobre todo a partir de las inolvidables “Escuelas de Veranos”, donde tantos centenares de docentes llegaríamos a participar. Ha sido también Jefe de la Unidad de Programas en la Dirección P. de Badajoz; miembro del Forum Europeo de Administradores de la Educación y patrono de la Fundación “Juan Uña” (nombre dado a dicho ente como homenaje al que fuese rector de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyos principios se inspira).

La pedagogía y el lenguaje son las dos áreas predilectas del autor, que ha publicado asimismo los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura (X Premio de Poesía García de laHuerta) e Izana, el Pájaro. De ellos se ocupó Virginie Jean en una tesis editada por la Sorbonne.

Autor de la novela de carácter autobiográfico Valdargar (VI Premio a la Creación Literaria “La Serena”), suyas son también las obras ensayísticas Un extraño en mi escuela… y Loa a la vieja pizarra, en las que se muestra muy crítico con las directrices pretendidamente renovadoras que durante los lustros últimos han ido proyectándose a partir de las Administraciones públicas en el campo de la educación (tantas veces para aburrimiento de maestros y alumnos).

 

La Fundación Emmanuel Mounier, que ya le editase el último libro, saca ahora en su colección “Sinergia” este nuevo ensayo del extremeño. Estrella no oculta su empatía con las orientaciones de dicha entidad, dirigida por Julia Pérez Ramírez y alentada por pensadores tan comprometidos como Carlos Díaz. (Precisamente de este filósofo han ido apareciendo en la misma serie trabajos tan reveladores como De la simple indignación a la democracia moral o Economía de mercado y enseñanza de Cristo, amén de monografías sobre Unamuno, Erasmo, Kierkegaard o Antonio Machado).

El mismo título recoge ya la tesis básica que nuclea la obra aquí presentada: “No vemos el mundo, lo leemos”. Recuerda inevitablemente otra de Galileo, si bien con distinta proyección. “La filosofía –se lee en Il Saggitario)- está escrita en ese grandísimo libro que contínuamente está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos, etc”.

Buen lector de otros lenguajes como el bíblico, platónico, místico sufí, taoísta o el poético en sus múltiples recreaciones, Estrella está lejos del reduccionismo consagrado por los neoposivistas o analistas lógicos. Se sitúa más cerca del Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas que del célebre Tractatus (si bien el filósofo austríaco no es citado ni una sola vez, sorprendentemente, en un libro que exalta las relaciones entre lenguaje y pensamiento). Sí lo es en numerosas ocasiones I. Kant, quien ya en el siglo XVIII realizase la auténtica “revolución copernicana” en el campo epistemológico: es el sujeto, no el objeto, quien tiene la primacía en la ineludible complicidad del conocer. Son las “categoría” subjetivas aprióricas las que estructuran realmente el juicio, si bien no pueden operar al margen del aporte objetivo sin incurrir en sentencias vacías sobre un “Incognitum X”.

No existe, o no la podemos conocer, “realidad” alguna al margen del sujeto. Es éste quien las constituye, según “lee” los contenidos sensoriales. Pero para “leer” correctamente el mundo, “empalabrarlo” y “apalabrarlo”, la persona necesita una buena formación; adquirir habilidades y valores: interés, tradición, apertura, comprensión y apropiación son los más importantes. El ensayista expone el significado, génesis y desarrollo de los mismos, apelando con frecuencia a alegorías y otros recursos que toma detanto de la literatura popular como de los grandes poetas, desde Homero hasta hoy mismo.

 

Benito Estrella, No vemos el mundo, lo leemos. Madrid, Fundación Emmanuel

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CONDENADA SIN CULPA
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Manuel Pecellín | 03-10-2016 | 11:03| 0

 

       

 

En dos ocasiones ha sido llevada al cine esta impactante novela, que un año antes de morir su autora fue distinguida con Premio Viareggio (1937). Luigi De Marchi dirigió la primera película (1953), a la que puso el título Condannata senza colpa. Vittorio Cottafavi respetó después (1981) el de la obra publicada por Paola Drigo (Castelfranco 1876- Padova, 1938), un texto de enorme fuerza.

Según los historiadores de la literatura italiana, la novelista, hija de un partidario de Garibaldi, se distingue por su estilo realista;  capacidad para describir los ambientes sociales; la agudeza en el análisis psicológico de sus personajes, casi siempre mujeres de humilde condición, maltratadas –evidentemente sin culpa- por el destino, y la descripciones del paisaje, que ella bien conocía.

Así ocurre con María Zef, enmarcada  a final del siglo XIX en la comarca montañosa de Friuli, junto al Véneto, cuyas condiciones socioeconómicas y culturales de la época nos recuerdan las vividas por entonces en Las Hurdes. El protagonismo del relato lo soporta una joven quinceañera, tan valerosa como lúcida (pese a su analfabetismo), junto al hermano de su padre emigrado y fallecido en América. Entre los dos se originan unas relaciones muy especiales, que terminarán según nos acostumbran a leer los trágicos griegos.

Como la “madre coraje” de Bertolt Brecht, la de Mariutine (nombre de la protagonista en el dialecto del Friuli, muy utilizado aquí, para castigo de las diligentes traductoras, Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García), exhausta por el hambre y enferma de sífilis, abandona cada años su mísera cabaña y desciende a los valles para vender los sencillos productos labrados por los  pastores montañeses (cazos, cuencos, cucharas, cucharones, etc.). Los transporta en un carro del que tira la recia Mariutine,  sorprendentemente hábil también para el cante, la danza y el trato con los clientes. Arriba aguarda el tío (tal vez, algo más) Barbe , tan capaz de las mayores grandezas, como de la conducta más vil, sobre todo si el vino o la “grappa” (el aguardiente de esta versión) se cruzan por medio. Caro lo pagará, de quien menos lo esperaba. Ni la anciana “veora”, también hundida en el silencioso de los bosques, lo pudo prever. Por su parte, Rosùte, la  muy querida hermana pequeña, aporta dosis de ternura al desnudo relato y acabará teniendo, pese a su inocencia, papel básico en el fatal desenlace.

En aquella comarca deprimida de la Italia decimonónica, donde el hambre y las carencias no impiden las conductas solidarias, incluso la fiesta (magníficas evocaciones del Carnaval), las mujeres tenían todas las de perder. Contra ese fatal destino se rebelará la lúcida Mariutine, decidida a que no vuelvan a repetirse en la hermana menor las humillaciones sufridas por la madre y ella misma. Aunque para ello tenga que manchar con sangre sus jóvenes e inocentes manos.

La obra sobresale por introducirnos en las entretelas de aquel mundo agroganadero, donde la mujer, ominosamente oprimida, sobrevive por su fuerza de espíritu y capacidad de perdón. Hasta que juzga sobrepasados todos los límites y opta por tomar ella misma la venganza que tal vez la redima, impidiendo la reproducción  de las circunstancias vergonzosas.  Difícil se hace abandonar la lectura sin llegar al término de un discurso tan vívido como bien elaborado.

 

Paola Drigo, María Zef. Cáceres, Periférica, 2016

 

CONDENADA SIN CULPA           

 

En dos ocasiones ha sido llevada al cine esta impactante novela, que un año antes de morir su autora fue distinguida con Premio Viareggio (1937). Luigi De Marchi dirigió la primera película (1953), a la que puso el título Condannata senza colpa. Vittorio Cottafavi respetó después (1981) el de la obra publicada por Paola Drigo (Castelfranco 1876- Padova, 1938), un texto de enorme fuerza.

Según los historiadores de la literatura italiana, la novelista, hija de un partidario de Garibaldi, se distingue por su estilo realista;  capacidad para describir los ambientes sociales; la agudeza en el análisis psicológico de sus personajes, casi siempre mujeres de humilde condición, maltratadas –evidentemente sin culpa- por el destino, y la descripciones del paisaje, que ella bien conocía.

Así ocurre con María Zef, enmarcada  a final del siglo XIX en la comarca montañosa de Friuli, junto al Véneto, cuyas condiciones socioeconómicas y culturales de la época nos recuerdan las vividas por entonces en Las Hurdes. El protagonismo del relato lo soporta una joven quinceañera, tan valerosa como lúcida (pese a su analfabetismo), junto al hermano de su padre emigrado y fallecido en América. Entre los dos se originan unas relaciones muy especiales, que terminarán según nos acostumbran a leer los trágicos griegos.

Como la “madre coraje” de Bertolt Brecht, la de Mariutine (nombre de la protagonista en el dialecto del Friuli, muy utilizado aquí, para castigo de las diligentes traductoras, Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García), exhausta por el hambre y enferma de sífilis, abandona cada años su mísera cabaña y desciende a los valles para vender los sencillos productos labrados por los  pastores montañeses (cazos, cuencos, cucharas, cucharones, etc.). Los transporta en un carro del que tira la recia Mariutine,  sorprendentemente hábil también para el cante, la danza y el trato con los clientes. Arriba aguarda el tío (tal vez, algo más) Barbe , tan capaz de las mayores grandezas, como de la conducta más vil, sobre todo si el vino o la “grappa” (el aguardiente de esta versión) se cruzan por medio. Caro lo pagará, de quien menos lo esperaba. Ni la anciana “veora”, también hundida en el silencioso de los bosques, lo pudo prever. Por su parte, Rosùte, la  muy querida hermana pequeña, aporta dosis de ternura al desnudo relato y acabará teniendo, pese a su inocencia, papel básico en el fatal desenlace.

En aquella comarca deprimida de la Italia decimonónica, donde el hambre y las carencias no impiden las conductas solidarias, incluso la fiesta (magníficas evocaciones del Carnaval), las mujeres tenían todas las de perder. Contra ese fatal destino se rebelará la lúcida Mariutine, decidida a que no vuelvan a repetirse en la hermana menor las humillaciones sufridas por la madre y ella misma. Aunque para ello tenga que manchar con sangre sus jóvenes e inocentes manos.

La obra sobresale por introducirnos en las entretelas de aquel mundo agroganadero, donde la mujer, ominosamente oprimida, sobrevive por su fuerza de espíritu y capacidad de perdón. Hasta que juzga sobrepasados todos los límites y opta por tomar ella misma la venganza que tal vez la redima, impidiendo la reproducción  de las circunstancias vergonzosas.  Difícil se hace abandonar la lectura sin llegar al término de un discurso tan vívido como bien elaborado.

 

Paola Drigo, María Zef. Cáceres, Periférica, 2016

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¿QUIÉN SABE LEER?
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Manuel Pecellín | 03-10-2016 | 10:51| 0

 

Profesor de Lengua y Literatura ya jubilado, doctor en Pedagogía, Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) se distingue por sus esforzadas contribuciones para la renovación de la enseñanza en Extremadura, sobre todo a partir de las inolvidables “Escuelas de Veranos”, donde tantos centenares de docentes llegaríamos a participar.  Ha sido también Jefe de la Unidad de Programas en la Dirección P. de Badajoz; miembro del Forum Europeo de Administradores de la Educación y patrono de la Fundación “Juan Uña”  (nombre dado a dicho ente como homenaje al que fuese rector de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyos principios se inspira).

La pedagogía y el lenguaje son las dos áreas predilectas del autor, que ha publicado asimismo los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura (X Premio de Poesía García de la Huerta) e Izana, el Pájaro. De ellos se ocupó Virginie Jean en una tesis editada por la Sorbonne. Autor de la novela de carácter autobiográfico Valdargar (VI Premio a la Creación Literaria “La Serena”), suyas son las obras ensayísticas Un extraño en mi escuela… y Loa a la vieja pizarra, en las que se muestra muy crítico con las directrices pretendidamente renovadoras que durante los lustros últimos han ido proyectándose a partir de las Administraciones públicas en el campo de la educación (tantas veces para aburrimiento de maestros y alumnos) .

La Fundación Emmanuel Mounier, que ya le editase el último libro, saca ahora en su colección “Sinergia” este nuevo ensayo del extremeño. Estrella no oculta su empatía con las orientaciones de dicha  entidad, dirigida por Julia Pérez Ramírez y alentada por pensadores tan comprometidos como Carlos Díaz. (Precisamente de este filósofo han ido apareciendo en la misma serie trabajos tan reveladores como De la simple indignación a la democracia moral o Economía de mercado y enseñanza de Cristo, amén de monografías sobre Unamuno, Erasmo, Kierkegaard o Antonio Machado).

El mismo título recoge ya la tesis básica que nuclea la obra aquí presentada: “No vemos el mundo, lo leemos”. Recuerda inevitablemente otra de Galileo, si bien con distinta proyección. “La filosofía -decía Galileo (en Il Saggitario, 1963)- está escrita en ese grandísimo libro que contínuamete está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos, etc”.

Buen lector de otros lenguajes como el bíblico, platónico,  místico sufí, taoísta o el poético en sus múltiples recreaciones, Estrella está lejos del reduccionismo consagrado por los neoposivistas o analistas lógicos.  Se sitúa más cerca del Wittgenstein de las Investigaciones lógicas que del célebre Tractatus (si bien el filósofo austríaco no es citado ni una sola vez, sorprendentemente, en un libro que exalta las relaciones entre lenguaje y pensamiento). Sí lo es en numerosas ocasiones I. Kant, quien ya en el siglo XVIII realizase la auténtica “revolución copernicana” en el campo epistemológico: es el sujeto, no el objeto, quien tiene la primacía en la ineludible complicidad del conocer. Son las “categoría” subjetivas aprióricas las que estructuran realmente el juicio, si bien no pueden operar al margen del aporte objetivo sin incurrir en sentencias vacías sobre un “Incognitum X”.

No existe, o no la podemos conocer, “realidad”  alguna al margen del sujeto. Es éste quien las constituye, según “lee” los contenidos sensoriales.  Pero para “leer” correctamente el mundo, “empalabrarlo” y “apalabrarlo”, la persona necesita una buena formación; adquirir habilidades y valores: interés, tradición, apertura, comprensión y apropiación son los más importantes. El ensayista expone el significado, génesis y desarrollo de los mismos, apelando con frecuencia a alegorías y otros recursos que toma de tanto de la literatura popular como de los grandes poetas, desde Homero hasta hoy mismo.

 

Benito Estrella, No vemos el mundo, lo leemos. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2016.

 

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