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Autor: manuelpecellin
CENSURA DE LIBROS
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Manuel Pecellín | 28-10-2015 | 4:26| 0

 

El Poder (escribámoslo así, para abarcar las instancias de cualquier tipo que lo detentan) estuvo siempre especialmente interesado por asumir el control de las obras escritas, sabedor de la importancia que la literatura supone para el desarrollo y difusión de las ideas, acaso no siempre propicias para las intenciones de quienes mandan.  La relevancia de los textos se multiplicaría de forma exponencial desde que se crease la imprenta (si bien las copias manuscritas siguen jugando notable papel  a lo largo de los siglos XVI-XVII) . Desde entonces, la censura fue incrementando  poderoso tentáculos para impedir que no se publicase nada al margen de su control o incluso  para que, si por ventura impresos, pudiesen quedar fuera de circulación caso de ser tenidos como contrarios a las fuerzas dominantes.

Ningún instrumentos más eficaz en esta línea que los famosos Índices de libros prohibidos, reelaborados una y otra vez por la Iglesia católica cada poco tiempo a partir de la primera entrega, el Index de 1564 (Venecia, Paolo Manuzio), hasta épocas recientes (fue suspendido el año 1966). La romana Congregación del Índice, así como la Inquisición, fueron los principales valedores de este instrumento represivo, compuesto no siempre con la misma rigurosidad. (No es lo mismo u Diego de Deza que Arias Montano).

A las actuaciones de la censura inquisitorial durante nuestro Siglo de Oro está dedicada esta obra de Manuel Peña Díaz, auténtico especialista en el tema, sobre el que tiene publicadas numerosas investigaciones.  Lo más importante del libro son seguramente los apuntes sobre el sistema de la “expurgación”, auténtico triunfo de la “cultura del pacto”, en la que no siempre hemos sobresalido los españoles.  Ante la auténtica ruina que  para editores, libreros, autores, etc. produce la condena absoluta de una publicación, destinada  quedar incursa en los “infiernos” de las bibliotecas o destruida por el fuego (recuérdese el pasaje del Quijote, aquí analizado), se alcanza una solución intermedia (más apoyada por la propia Inquisición hispana que por Roma), el famoso “donec expurguetur”. Según esta calificación, determinados títulos (muchos), sometidos a censura previa o alcanzados por las delaciones ante el santo Tribunal, encuentran una vía para: eliminar los pasajes que la Inquisición considere peligrosos, tras lo cual pueden recibir el placet para su libre venta y lectura.

El mayor problema, también tratado ampliamente a lo largo de estas páginas, consistía en la escasa preparación intelectual que se les reconoce a los encargados de las fórmulas expurgatorias, tantas veces escandalosamente lentas y equívocas. Desde luego, según ha ocurrido hasta nuestros días, los interesados en la libre circulación de sus obras harán todo lo posible para poner arena en la maquinaria represiva de los Inquisidores.  Entre estos mismos, los hubo de muy distinto comportamiento a la hora de elaborar los respectivos índices y las consecuentes actuaciones. Sin duda, el fenómeno que mayores desajustes produjo fue el de la delación, muy practicado,  capaz de inducir dudas, temores y autocensura incluso en las personalidades más recias.  Fenómeno ineludible fueron las múltiples estrategias de lectura que irán apareciendo para eludir los impositivos inquisitoriales.  Bien las supieron utilizar, según aquí se demuestra, la astuta Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes, tan habilidosos para encontrar cómplices (sobre todo, la primera) que facilitasen la libre marcha de sus escritos. También ayudaron sobremanera, según ocurriese con las obras de Erasmo y otras semejantes (v.c.,  las de los clásicos “obscenos”) , las traducciones “encráticas” de las mismas, realizadas de modo que oculten, silencien o reproduzca de modo eufemístico los pasajes peligrosos.

En resumen, un trabajo apasionante para introducirse en aquel mundo de las publicaciones a lo largo de los decenios con mayor brillo (y control) de nuestra literatura.

 

Manuel Peña Díaz, Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro. Madrid, Cátedra, 2015.

 

 

 

 

 

 

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TEATRO MALDITO
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Manuel Pecellín | 24-10-2015 | 12:34| 0

 

Pasión por el teatro es la que siente y trasmite José Manuel Villafaina (Badajoz, 1942), hombre que ha vivido desde su juventud para las representaciones escénicas. Licenciado por la R. Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (1968-1972), nos consta su participación en numerosas actividades del género realizadas en Suecia, Puerto Rico Venezuela, Costa Rica y, naturalmente, España.

Entre sus muchas labores, recordemos que Villafaina fundó y dirigió la cátedra “Torres Naharro” de la Diputación badajoceña y  ha estado al frente del Centro Dramático de Badajoz (1977-1987) y del Festival Internacional de Teatro y Danza Contemporáneos de Badajoz ( (1974-1993) . Ha intervenido como autor, director o intérprete en innumerables representaciones. El arte de Melpómene y Talía, con tanta presencia en la historia de Extremadura, habrá encontrado pocos cultivadores tan fervorosos como el autor de este Teatro maldito y bendito.

Así tuvo a bien titular el volumen en el que se recogen cuatro piezas dramáticas de su creación, todas ellas marcadas con claros tintes autobiográficos. La primera, Historias de Filemón, es sin duda la más ambiciosa. Constituye una acerada crítica a la forma en que ha venido desarrollándose el Festival de Teatro Clásico de Mérida. El dramaturgo reparte mandobles no sólo contra los responsables directos de la  pretenciosamente presentada como “gran fiesta de la grecolatinidad”, sino contra los políticos, periodistas y críticos que de una forma u otra sostuvieron durante lustros una mistificación cara y a veces incluso ridícula, sólo factible en esa colonia cultural que es Extremadura. Los personajes  de la obra son personajes fácilmente reconocibles de la política regional.

La segunda pieza, Una hoja de parra para el Emperador,  tiene origen en las numerosas campañas que Villafaina organizó dentro del Plan de Acción Teatral Educativo en la Extremadura Rural. (Memorias de La Barraca lorquiana). Una primera versión de la misma ya se recogía en una obra publicada por el Ayuntamiento pacense.  La reescribe el dramaturgo a raíz del eco mediático que tuvo el   infausto real safari de elefantes  en Botsuana el año 2012 y el desarrollo del Carnaval de Badajoz, en franca decadencia.  Inspirada en un cuento oriental anónimo, reescrito por Andersen, El rey desnudo, pone en solfa a la clase política de  nuestra Comunidad autónoma.

A continuación, nos sorprende La estrella de Belén,  un “auto de Navidad”, que al parecer ha contado con las bendiciones del cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificium Consilium vaticano de Cultura.  El ilustre prelado otorga sus bendiciones en carta, cuyo núcleo reproduce el preliminar,  dirigida al poeta Bartolomé Collado, amigo y contertulio de Villafaina, a quien se deben los bien cortados versos de los diálogos. Se apunta contra las celebraciones organizadas con motivo de la Cabagalta de los Reyes Magos, según habían venido dándose durante la legislatura del alcalde Miguel Celdrán, vulgares y caóticas, en opinión de Villafaina.

Pone un toque exótico la entrega última, El coquí enlatado, escrita  por éste al calor de sus experiencias. Amante de los símbolos, que utiliza con generosidad, el extremeño recurre al coquí, pequeña rana cantarina considerada representación cultural de Puerto Rico, para criticar los desastres  socioeconómicos generados en la hermosa isla caribeña.

Dedicada a José María Pagador, Miguel Murillo y Bartolomé Collado, “valiosos escritores y grandes amigos” extremeños, la publicación rezuma ironía, humor, denuncia y amor a las tablas.

José Manuel Villafaina, Teatro maldito y bendito. Madrid, ViveLibros, 2015

 

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DESNUDA POESÍA
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Manuel Pecellín | 21-10-2015 | 6:14| 0

Antonio Pacheco (Olivenza, 1955) se dio a conocer en la república de las letras al ganar el III Premio de la Prensa de Badajoz con el poemario En la ciudad del agua, aparecido en 1983. El año siguiente se otorgaba el I Premio Constitución de poesía a su obra Tú para tristes momentos tristes. Después iría dando a luz otros títulos, entre los que cabe recordar Estaciones para una ceremonia (Diputación de Badajoz), Abril impronta primavera (Universitas Editorial) o Madrugada de los Ferrocarriles (I.C. El Brocense).

Solitaria rosa de tu aliento es un libro de absoluta unidad, legible todo él como una larga pieza amorosa en la que la voz lírica se conduele por la pérdida de la mujer amada. Lo prologa Manuela Holgado Flores, cuyo texto recuerda las fuentes en las que más gusta beber el autor: San Juan de la Cruz, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y García Lorca, hasta conformar una voz personalísima en la que se conjugan emotividad, desnudez y riqueza metafórica. Yo añadiría al Quevedo enamorado y consciente de la decadencia última, junto con el Borges admirador de la poesía oriental. De todos ellos se perciben aquí marcas indudables.

Pacheco ha optado por poemas muy breves (algunos son auténticos haikus o tankas), ciñéndose a los materiales expresivos imprescindibles. Así, elimina de raíz las comas y en numerosas ocasiones reduce la estructura superficial de los enunciados a un solo sintagma, preferentemente el sustantivo, induciendo la comprensión de los lectores cómplices, atrapados de principio a fin por la belleza de los versos. “He perdido la brújula/de tus ojos. Ahora no sé/en qué lágrima habito”, concluye el poemario, en el que ha sido posible gozar multitud de imágenes bellísimas, tales como éstas, evocaciones de hermosas vivencias comunes, aún fulgentes en la memoria: “Se ha desmayado/tu ropa/entre mis manos” (pág. 39); “En ti/me desbordan/todas las nostalgias” (pág. 46) ; “Ante la cruel/metáfora del silencio/pulcramente doblado en las maletas” (pág. 59) o “Mi corazón/sobre finísimo horizonte de lenguas/se desangra” (pág. 82). El pulso del poeta, que se reconoce en latidos crepusculares (“Sólo queda deshilvanar/ríos y veredas/para saber que ya comenzó el regreso/de este viaje apresurada y definitivo”), se vuelve a acelerar con la memoria de los labios, las arenas, las almohadas compartidas. Trasmite así emociones tan cálidas como reconocibles, cuya hermosa formulación nos entusiasma.

Antonio Pacheco, Solitaria rosa de tu aliento. Sevilla, Punto Rojo, 2015.

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ESTAMPAS DE MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 17-10-2015 | 5:20| 0

A mitad de los años cincuenta del pasado siglo, comenzó a publicarse Mérida, periódico semanal que patrocinaba José Fernández López y dirigían Sáez de Buruaga y Rabanal Brito. Allí comenzó a colaborar un joven con enormes inquietudes culturales, Rafael Rufino Félix, que suscribía la sección “Reloj de área”. Alternaba entonces estudios en Madrid, con estancias en el terruño. Su excelente prosa permitían augurarle un sólida carrera literaria. Se enfocó pronto más hacia el campo de la creación lírica, hasta convertirse en un magnífico poeta. (Premio Ciudad de Salamanca y Ciudad de Badajoz, la Universidad de Oxford lo ha incluye en su Tratado de Lengua castellana y literatura).

Lustros después, el escritor emeritense, tan apasionado por su ciudad, retomaba la fórmula juvenil. Durante los años 1989, 90 y 91 fue dando a luz en el periódico HOY  sus “reloj de arena”, que gozaban de gran seguimiento. Tecnigraf editó (1992) una antología de tales artículos. La prologaba Antonio Zoido, quien no dudó en encarecer “la originalidad e insólita factura expresiva” de unos textos muy acertadamente calificados por el tan sabio cuanto bondadoso crítico como crónicas sentimentales, donde alternan anécdotas de actualidad, evocaciones juveniles, apuntes cinéfilos, notas de lecturas, retratos paisajísticos o el eco de conversaciones con tertulianos inolvidables, tanto en Madrid como en el rincón nativo (Camilo J. Cela,  Dámaso Alonso, Adriano del Valle, Gloria Fuerte, Zamora Vicente, Robles Febré, Delgado Valhondo,  Álvarez Lencero, Oliart Sausol, Bernardo V. Carande, Sos Baynat y un largo etcétera. Tampoco falta la gente humilde, tal “Pajarito” o “Cascarilla”) .

Bastante más completa es esta segunda antología, para la que los editores acertaron al reproducir el prólogo de Zoido. Son 70 textos, ordenados cronológicamente, que seguimos leyendo con todo interés, sin duda porque en ellos lucen el corazón de un hombre de exquisita sensibilidad, tocado por la melancolía,  y la pluma de quien siempre persigue la palabra justa, la cadencia del discurso, los tropos e imágenes típicos de la  mejor prosa poética.

Rafael Rufino Félix es un hombre celoso de su libertad, amigo fiel, serio, pero con gran sentido del humor, poco amante del pasteleo y el arribismo, a quien le gusta referir un episodio revelador: fue expulsado del Instituto por enfrentarse a un profesor falangista, “de correa y pistola al cinto”, según sus propias palabras.

Así se le percibe en todo el volumen antológico, donde abundan también los pasajes dictados por ese imperativo ético al que procura atenerse: denuncias de múltiples atropellos urbanísticos, maltratadores de un milenario patrimonio; celebración de la caída del Muro del Berlín; recuerdo del homenaje a Antonio Machado en aquella Mérida ¡de 1964!; admiración hacia las personas capaces de proseguir sus labores pese a las carencias físicas (v.c., ceguera del historiador Navarro del Castillo); respeto, en fin, a los usos y  costumbres populares (a menudo descritos con el fervor de quien los viviera intensamente: carnavales, chaquetía, Semana Santa, cines de verano, toros, ferias y fiestas de la localidad).

Sin duda, serán sus conciudadanos quienes con mayor placer leerán el libro. Pero ningún amante de las buenas letras lo desdeñaría.

 

R. Rufino Félix Morillón, Reloj de Arena (Antología). Mérida, ERE, 2015

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LAS LUCES DE ANTAÑO
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Manuel Pecellín | 14-10-2015 | 7:56| 0

 

A estas alturas, nadie creerá a un escritor que, en tanto compone poemas, proclama serán los últimos de su actividad creadora. Ya el Ovidio joven, requerido por su padre para que abandonara la poesía y se dedicase a tareas más fructíferas (por ejemplo, las Leyes o la política), le respondió con aparente seriedad: “Iuro, iuro, pater, nunquam componere uersus”. Sólo que aquí  el doble juramento permitía percibir  pronto la falsedad del mismo: venía formulado en un precioso hexámetro latino.

De obedecer, seguramente Publio Ovidio Nasón se habría ahorrado penalidades múltiples, culminadas con el exilio a las fronteras de Ausonia que el César le impuso.  Pero el mundo habría perdido una maravillosa escritura, iniciada con Amores, plena en Metamorfosis y concluida con los conmovedores Tristia.

No sé cuánta obra nos perderíamos  nosotros si llegara a hacerse realidad la proclama de nuestro autor en “El sueño de unas rosas”: “Escribo estos versos, ya tal vez los últimos” (pág. 35). Grave sería, tratándose de una voz como la del autor de Si volviera mayo, más exacta en cada una de sus entregas.

Se aproximan ya a la veintena (casi a uno por año) sus libros, desde El arpa cercenada (1985) a Bóveda y estribo (2012), muchos de ellos editados merced a la obtención del premio correspondiente. La antología que le sacase la Diputación  giungerá l´oblio, publicada por el poeta y editor  de Bari, Emilio Coco.

Si volviera mayo nos confirma esa línea de creciente calidad en la poética de Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946). Compuesto ante las asechanzas del crepúsculo (ese “roto ya casi el navío”, de fray Luis, o “con el pie ya en el estribo”, de Machado) el libro propone una regreso a los años de plenitud, incluso de infancia, como antídoto contra la ineludible decadencia. Bien conoce Rodríguez Búrdalo que c´est bien court le temps des cerises, según cantaban en la Comuna de París. Pero, cuando los años ya han ardido; la noche nos trae los zapatos del óbito y uno se sabe sólo carne cansada hacia la muerte, resulta tan dulce regresar a los viejos encinares; al tiempo cereal de la belleza primigenia;  a los rastrojos amarillos ; las soledumbres de la dehesa o los barbechos abrasados… Siempre a la caza de esa luz , inasible ya, que  otrora tanto nos alumbrase.

Escrito en versos blancos y libres (sólo hay un poema asonantado, “La casa”, evocación del Cáceres pardal de los cuarenta, pág. 57), impresionan  especialmente los que se dedican a la memoria del padre caído a golpes de fusil o al recuerdo de la madre anciana,  recién muerta. Pero todo el texto, si se exceptúa acaso “Ciudad de Monipodio” (pp.49-51), un divertimento que conduce lúdicamente a la Pradera de San Isidro durante los años 70, está transido de las más profundas emociones, tan fáciles de compartir por lectores de similares vivencias.

 

 

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Si volviera mayo. Madrid, Beturia, 2015

 

 

 

 

 

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