Hoy

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Autor: manuelpecellin
ESTAMPAS DE MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 17-10-2015 | 5:20| 0

A mitad de los años cincuenta del pasado siglo, comenzó a publicarse Mérida, periódico semanal que patrocinaba José Fernández López y dirigían Sáez de Buruaga y Rabanal Brito. Allí comenzó a colaborar un joven con enormes inquietudes culturales, Rafael Rufino Félix, que suscribía la sección “Reloj de área”. Alternaba entonces estudios en Madrid, con estancias en el terruño. Su excelente prosa permitían augurarle un sólida carrera literaria. Se enfocó pronto más hacia el campo de la creación lírica, hasta convertirse en un magnífico poeta. (Premio Ciudad de Salamanca y Ciudad de Badajoz, la Universidad de Oxford lo ha incluye en su Tratado de Lengua castellana y literatura).

Lustros después, el escritor emeritense, tan apasionado por su ciudad, retomaba la fórmula juvenil. Durante los años 1989, 90 y 91 fue dando a luz en el periódico HOY  sus “reloj de arena”, que gozaban de gran seguimiento. Tecnigraf editó (1992) una antología de tales artículos. La prologaba Antonio Zoido, quien no dudó en encarecer “la originalidad e insólita factura expresiva” de unos textos muy acertadamente calificados por el tan sabio cuanto bondadoso crítico como crónicas sentimentales, donde alternan anécdotas de actualidad, evocaciones juveniles, apuntes cinéfilos, notas de lecturas, retratos paisajísticos o el eco de conversaciones con tertulianos inolvidables, tanto en Madrid como en el rincón nativo (Camilo J. Cela,  Dámaso Alonso, Adriano del Valle, Gloria Fuerte, Zamora Vicente, Robles Febré, Delgado Valhondo,  Álvarez Lencero, Oliart Sausol, Bernardo V. Carande, Sos Baynat y un largo etcétera. Tampoco falta la gente humilde, tal “Pajarito” o “Cascarilla”) .

Bastante más completa es esta segunda antología, para la que los editores acertaron al reproducir el prólogo de Zoido. Son 70 textos, ordenados cronológicamente, que seguimos leyendo con todo interés, sin duda porque en ellos lucen el corazón de un hombre de exquisita sensibilidad, tocado por la melancolía,  y la pluma de quien siempre persigue la palabra justa, la cadencia del discurso, los tropos e imágenes típicos de la  mejor prosa poética.

Rafael Rufino Félix es un hombre celoso de su libertad, amigo fiel, serio, pero con gran sentido del humor, poco amante del pasteleo y el arribismo, a quien le gusta referir un episodio revelador: fue expulsado del Instituto por enfrentarse a un profesor falangista, “de correa y pistola al cinto”, según sus propias palabras.

Así se le percibe en todo el volumen antológico, donde abundan también los pasajes dictados por ese imperativo ético al que procura atenerse: denuncias de múltiples atropellos urbanísticos, maltratadores de un milenario patrimonio; celebración de la caída del Muro del Berlín; recuerdo del homenaje a Antonio Machado en aquella Mérida ¡de 1964!; admiración hacia las personas capaces de proseguir sus labores pese a las carencias físicas (v.c., ceguera del historiador Navarro del Castillo); respeto, en fin, a los usos y  costumbres populares (a menudo descritos con el fervor de quien los viviera intensamente: carnavales, chaquetía, Semana Santa, cines de verano, toros, ferias y fiestas de la localidad).

Sin duda, serán sus conciudadanos quienes con mayor placer leerán el libro. Pero ningún amante de las buenas letras lo desdeñaría.

 

R. Rufino Félix Morillón, Reloj de Arena (Antología). Mérida, ERE, 2015

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LAS LUCES DE ANTAÑO
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Manuel Pecellín | 14-10-2015 | 7:56| 0

 

A estas alturas, nadie creerá a un escritor que, en tanto compone poemas, proclama serán los últimos de su actividad creadora. Ya el Ovidio joven, requerido por su padre para que abandonara la poesía y se dedicase a tareas más fructíferas (por ejemplo, las Leyes o la política), le respondió con aparente seriedad: “Iuro, iuro, pater, nunquam componere uersus”. Sólo que aquí  el doble juramento permitía percibir  pronto la falsedad del mismo: venía formulado en un precioso hexámetro latino.

De obedecer, seguramente Publio Ovidio Nasón se habría ahorrado penalidades múltiples, culminadas con el exilio a las fronteras de Ausonia que el César le impuso.  Pero el mundo habría perdido una maravillosa escritura, iniciada con Amores, plena en Metamorfosis y concluida con los conmovedores Tristia.

No sé cuánta obra nos perderíamos  nosotros si llegara a hacerse realidad la proclama de nuestro autor en “El sueño de unas rosas”: “Escribo estos versos, ya tal vez los últimos” (pág. 35). Grave sería, tratándose de una voz como la del autor de Si volviera mayo, más exacta en cada una de sus entregas.

Se aproximan ya a la veintena (casi a uno por año) sus libros, desde El arpa cercenada (1985) a Bóveda y estribo (2012), muchos de ellos editados merced a la obtención del premio correspondiente. La antología que le sacase la Diputación  giungerá l´oblio, publicada por el poeta y editor  de Bari, Emilio Coco.

Si volviera mayo nos confirma esa línea de creciente calidad en la poética de Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946). Compuesto ante las asechanzas del crepúsculo (ese “roto ya casi el navío”, de fray Luis, o “con el pie ya en el estribo”, de Machado) el libro propone una regreso a los años de plenitud, incluso de infancia, como antídoto contra la ineludible decadencia. Bien conoce Rodríguez Búrdalo que c´est bien court le temps des cerises, según cantaban en la Comuna de París. Pero, cuando los años ya han ardido; la noche nos trae los zapatos del óbito y uno se sabe sólo carne cansada hacia la muerte, resulta tan dulce regresar a los viejos encinares; al tiempo cereal de la belleza primigenia;  a los rastrojos amarillos ; las soledumbres de la dehesa o los barbechos abrasados… Siempre a la caza de esa luz , inasible ya, que  otrora tanto nos alumbrase.

Escrito en versos blancos y libres (sólo hay un poema asonantado, “La casa”, evocación del Cáceres pardal de los cuarenta, pág. 57), impresionan  especialmente los que se dedican a la memoria del padre caído a golpes de fusil o al recuerdo de la madre anciana,  recién muerta. Pero todo el texto, si se exceptúa acaso “Ciudad de Monipodio” (pp.49-51), un divertimento que conduce lúdicamente a la Pradera de San Isidro durante los años 70, está transido de las más profundas emociones, tan fáciles de compartir por lectores de similares vivencias.

 

 

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Si volviera mayo. Madrid, Beturia, 2015

 

 

 

 

 

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CEGUERA ÓNTICA
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Manuel Pecellín | 11-10-2015 | 9:49| 0

CEGUERA  ÓNTICA
Un jurado presidido por Lorenzo Silva otorgaba el  VI Premio Abogados de novela 2015 a Jesús Sánchez Adalid (Don Benito-Villanueva de la Serena, 1962). El escritor extremeño cambió esta vez su línea habitual de trabajo para mejor adaptarse a la trayectoria del galardón que convoca el Consejo General de la Abogacía Española. Aprovechando sus conocimientos jurídicos (ha sido juez), optó por alejarse literariamente de épocas  y personajes remotos (mozárabes, conquistadores, caballeros alcantarinos, inquisidores o santas renacentistas) para abandonar esta vez la novela histórica y asumir un asunto novedoso en el campo de las leyes.
Compuso así, al parecer con el mismo éxito, La mediadora, texto que sin embargo mantiene las características  ya clásicas en sus obras: máximo interés por el proceso narrativo, estructura sencilla, lenguaje cotidiano, personajes de escasa complicación psicológica,  referencias al  terruño, mínimos guiños culturales (los hay a la mística sufí, con la figura de Nasreddine, o al psicoanálisis) y final feliz. El resultado puede ser discutible, sobre todo para los críticos exigentes, pero de indudable eficacia.
Sánchez Adalid figura entre los escritores  españoles más vendidos y títulos suyos, según pude comprobar personalmente, lucen en las librerías de numerosos países hispanoamericanos.
También Mavi, exjuez cacereña, ha llegado a ser una novelista de éxito. El autor conoce bien las  vicisitudes que sufre el personaje (toda narración es en parte autobiográfica, se dice): carrera de presentaciones por doquier, presión de los medio, premura editorial para  extraerle nuevos originales, inquietud sobre las propias capacidades creadoras, abandono  forzado de los viejos amigos… Metida en torbellino tan absorbente, no extrañará que el matrimonio de “Laura White” (es su seudónimo) zozobre. Tampoco ayuda el carácter del marido, otro extremeño testarudo, capaz de jugarle alguna mala pasada. Resultan víctimas de esa “ceguera óntica” que con facilidad podemos padecer todos, “el oscurecimiento de la propia vida y la falta de luz” (pág. 229).
Es ahí donde aparece otra protagonista del relato, Marga, “la mediadora”. También licenciada en Leyes, descubre como disfruta mucho más esforzándose por conciliar partes en litigios que ganando pleitos a favor sólo de algunas. Para mejor servir a esta su auténtica vocación, sigue los cursos de la catedrática de Psicología catalana María Mut Abreu (otra mujer sabia de esta novela, con indudable marchamo femenino). Va enhebrándose así la trama, con abundantes feedbacks de la dorada juventud, vivida en la Facultad de Derecho de Cáceres. Las descripciones de la ciudad antigua, Patrimonio de la Humanidad, son excelentes, así como las del paisaje extremeño en primavera, y atestiguan las virtudes literarias de un autor al que no siempre se le percibe interesado en mantener esas cotas estéticas, más atento al atractivo de las historias personales o la vivacidad de los diálogos. Sin duda, sobresale también en el manejo del lenguaje, los hábitos y costumbres del “gremio de la justicia” (pág. 236) y reconoce en nota final la ayuda recibida de un grupo de abogados emeritenses para conseguir máxima verosimilitud en los planteamientos de “la mediadora”.
Por lo demás, aunque es cierto que el novelista rechaza una proyección moralizante, suscribimos las palabras de Jorge García en elimparcial.es (9.8.2015): “Con esta narración, Sánchez Adalid nos golpea en temas tan íntimos como la percepción del otro, la necesidad de valorar lo que realmente tiene importancia o vislumbrar lo positivo en momentos que cuesta encontrarlo. A fin de cuentas, se trata de que en nuestras vidas busquemos lo que prime la luz, que seamos capaces de ver y ser vistos por los que nos rodean, ya que eso es un síntoma de que suponemos algo para esa persona, siempre intentando huir de esa oscuridad que nos ciega a veces, que nos hace que busquemos donde sabemos a ciencia cierta que no vamos a encontrar. En esencia, caminar siempre viendo el camino que recorremos y a las personas con las que lo andamos”.
Jesús Sánchez Adalid, La Mediadora. Madrid, Martínez Roca, 2015

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NEBRIJA Y LA INQUISICIÓN
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Manuel Pecellín | 03-10-2015 | 1:08| 0

A la muerte de Isabel la Católica ( noviembre 1504), el aún casi neófito -apenas contaba con dos decenios de existencia – pero ya muy temido Tribunal de la Inquisición poseía un poder extraordinario frente a la vida y hacienda de los españoles. Baste recordar, según se hace en este libro, el caso de Córdoba: allí  ardieron (diciembre de 1504 ) 107 infelices, por instigación de Diego Rodríguez Lucero, con apoyo del dominico Diego de Deza, Inquisidor general, y del propio rey Fernando, cuyo interés por servirse del Santo Oficio a nadie se le oculta.
Como nadie podía estar seguro de que no sería procesado ante tan duros jueces por los motivos más insospechables. Lo sufrió Antonio de Nebrija, a quien acusarán curiosamente de  ¡“gramático”! (otra de las puyas que los inquisidores lanzarán años después contra El Brocense).  En su propia defensa, el autor de la primera Gramática española, escrita se dice en Zalamea, donde el catedrático andaluz estaba al servicio del último maestre de Alcántara, Zúñiga y Pimentel, en cuyo palacio descansaron los Reyes Católicos durante quince en la Semana Santa de 1502.  Allí se compuso esta Antología del Gramático Antonio de Nebrija con ciertos pasajes de la Sagradas Escrituras expuestos no a la manera corriente. Si tan apasionante opúsculo vio la luz, en latín (Logroño, c. 1507) se debe a la voluntad del cardenal Cisneros, amigo y admirador de Nebrija, sustituto del Deza al frente de aquel Tribunal.
Los lectores contemporáneos tenemos ahora la fortuna de conocer tan significativo texto según la reedición aparecida en la impagable “Biblioteca Montaniana”, que dirige el catedrático extremeño José Luis Gómez Canseco. Se publica  bilingüe, bajo los auspicios de dos especialistas: Baldomero Macías Rosendo, a quien se debe la versión al castellano (fue Premio Nacional de Traducción 2007 por la que hiciera, junto con F. Navarro, del Libro de José o el lenguaje arcano, obra de Arias Montano ) y Pedro Martín Baños, autor del estudio preliminar.
Se trata de un trabajo introductorio absolutamente recomendable por su lucidez, valentía y, sobre todo, abrumadora documentación, que, según acostumbra, él mismo ha localizado en la bibliografía al uso y en investigaciones archivísticas de primera mano. Discípulo del gran Pedro Cátedra y profesor en el IES Carolina Coronado de Almendralejo, Pedro Martín ha venido a ser bien pronto un maestro más que respetable, capacitado para iluminar los puntos más oscuros; rellenar lagunas; contextualizar un libro o hacer  matizaciones críticas a consagrados investigadores (aquí, a todo un Marcel Bataillon).
Conducidos por él, resulta más fácil deducir qué buscaban en este caso los inquisidores: atemorizar a Nebrija, induciéndolo a no proseguir sus estudios filológicos para devolver a los textos bíblicos la limpieza perdida tras tantos siglos de copias equívocas, cuando no de interesadas interpolaciones; en el caso del Antiguo Testamento, nada mejor que la ayuda de los rabinos para recomponer “la verdad hebraica”,  proclamaba el sabio andaluz (de cuyo posible origen judeoconverso no hay pruebas ). La Inquisición quiso dejar dicha tarea a los teólogos, si bien, argumentaba Nebrija, casi ninguno sabe hebreo; pocos, griegos y casi todos usan un latín deficiente. Para colmo, están quemándose antiguos e imprescindibles códices.
Por lo demás, el sabio andaluz se declara dispuesto “ a borrar con lengua” cuanto ha escrito si se le demostrase incurso en herejía. Pero defiende con orgullo tanto su  su libertad, como la importancia de los estudios gramaticales para la oportuna hermenéutica de cualquier escritura, con argumentos que adelantan lo que el siglo XX consagrará como “filosofía del lenguaje”.  “Soy catedrático de gramática en la Universidad de Salamanca con facultad para debatir, disertar, discernir y juzgar acerca de los asuntos concernientes a mi profesión”, concluye la Antología. Muy cara habría de pagarse esta encendida defensa de la libertad de cátedra.
Antonio de Nebrija, Apología. Huelva, Universidad, 2015

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MONTANO VISTO POR A. BELL
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Manuel Pecellín | 29-09-2015 | 10:06| 0

Los estudiosos de Arias Montano siempre pronunciarán con respeto el nombre de Aubrey Bell (1881-1950). Apasionado por España y Portugal, al gran hispanista inglés se le deben estudios definitivos sobre figuras, obras y escuelas literarias de ambos países, (especialmente del segundo, donde eligió residir por largo tiempo).  Su bibliografía al respecto es en verdad  impresionante. Escritores como Gil Vicente, Fernâo Lopes, Ferreira de Vasconcellos, Camôes, Eça de Queiroz o Damiâo de Góis fueron objeto de sus atenciones, junto con fray Luis de León, El Brocense, Baltasar Gracián o el escriturista de Fregenal.

Próxima ya la conmemoración del IV Centenario del nacimiento de Arias (c. 1525), en  la serie monográfica que auspicia la Hispanic  Society of America, saca la pequeña  biografía de Benito Arias Montano (Oxford University Press, 1922), que supuso el relanzamiento del genial renacentista español. La obra (apenas cien páginas en octavo) se nutre en dos fuentes: el trabajo de Tomás González de Carvajal, “Elogio histórico del Doctor Benito Arias Montano” (Memorias de la Real Academia de la Historia 7, 1832, pp. 1-199) y la “Correspondencia del Doctor Benito Arias Montano con Felipe II, el secretario Zayas y otros sujetos (sic), desde 1568 hasta 1580”, publicada en la Colección de documentos inéditos para la historia de España (vol. 41, 1862, pp. 127-418). Bell conocía también el estudio de R. Beer sobre las aportaciones de Montano a la Biblioteca de El Escorial, pero lamenta no haber podido hacerse con la obra pionera de  Carlos Doetsch, Benito Arias Montano; extractos de su vida (Madrid. Blass y Cía, 1920).

No obstante, logró una muy valiosa síntesis, de carácter divulgativo, pero rigurosa, que lógicamente ha sido superada por la multitud de investigaciones aparecidas después. Los esfuerzos de  Ben Rekers, Gaspar Morocho, Antonio Holgado, Melquíades Andrés, José Sánchez Lora, Juan Gil, José María Mestre, Violeta Pérez Custodio,  Natalio Fernández Marcos, Emilia  Fernández Tejero, Sylvaine Hänsel, Fernando Navarro Antolín,  Baldomero Macías Rosendo, Valentín Núñez , Sergio Fernández López, José Luis Gómez Canseco, Andrés Oyola y tantos otros montanistas ilustres  han hecho que, si bien aún queda terreno por desbrozar, la figura y obras del autor de la Políglota de Amberes nos resulten hoy mucho mejor conocidas.

Con todo, no parece inútil la reedición de Bell, ahora traducido al castellano por Eloy Navarro Domínguez, que adjunta un extenso preliminar sobre la biobibliografía del hispanista. Por otra parte, ha corregido erratas y transcripciones defectuosas de la edición inglesa. Los siete capítulos de la obra resumen bien lo que, cuando fue escrita, podía saberse de “El Jerónimo español”. Enamorado de la vida retirada, austero , bibliófilo empedernido, trabajador infatigable, honesto y pulcro, Bell no podía menos de identificarse  con alguien en quien veía esas virtudes elevadas casi hasta la heroicidad.

Aubrey F.G. Bell,  Benito Arias Montano. Huelva, Biblioteca Montaniana. Universidad, 2014.

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