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Autor: manuelpecellin
TARTESSOS
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Manuel Pecellín | 26-11-2015 | 12:21| 0

Todo lo relativo a Tartessos (significado del nombre, localización, posibles alusiones bíblicas o grecolatinas, escritura, historia, cultura) constituye aún un mundo tan atrayente como de dudosa interpretación. Más legendario, incluso mítico que bien documentado, esa civilización indígena suele ser situada en torno a la desembocadura de los dos grandes río sureños, el Guadiana y el Guadalquivir (no olvidar nunca Doñana), donde  existen multitud de restos arqueológicos que testimonian la presencia allí de los fenicios y otros colonizadores.

No es raro que a los andaluces les resulte especialmente atractiva la cultura tartésica, por orgullo propio, pues se habría extendido en torno a la mitad del primer milenio a.C. en buena parte de lo que hoy son sus provincias occidentales, bañadas por el Atlántico y el Mediterráneo, ricas en yacimientos mineros, muy aptas para la agroganadería y excelente situadas para el comercio internacional.

La propia Almuzara cuenta con numerosos títulos, como Las golondrinas de Tartessos (Ana María Vázquez Hoys), Tartessos desvelado (Araceli y Álvaro Fernández),  Viaje a Tartessos (Fernando Penco) y la reedición del ya clásico Tartessos de Schulten. Manuel Pimentel (Sevilla, 1961), que ya publicase aquí El librero dela Atlántida, nos conduce a aquel fantástico entorno con la recién aparecida Leyendas de Tartessos, significativamente subtitulada “Mitos, historias y leyendas de la primera civilización de Occidente”. Se trata de una obra de carácter literario, aunque se apoye en las referencias más rigurosas posibles; una texto de carácter iniciático para generar en el lector el interés, que no la formación estricta. El mismo prólogo resulta una confesión de partes.  Comienza así: “Tartessos es una civilizacoión que se oculta entre el mito y la historia, entre antiguas leyendas y el contraste con las evidencias arqueológicas ya descubiertas. Aún no existe un vivo debate científico sobre su realidad”.

Tal  vez contribuya a fomentarlo (muerto no está) la nueva publicación, dividida en doce capítulos. Los dos primeros aluden a la Atlántida, el misterioso continente hundido por las aguas oceánicas, que ya sedujo a Platón y cuyas huellas podrían rastrearse en las tierras más próximas, a saber,  las de Tartessos. Siguen después los dedicados a los “reyes” Gárgoris y Habidis, Gerión (cuyos bueyes habría robado Hércules, como las áureas frutas de las Hespérides, también sitas allí), Nórax y el gran Argantonio, acaso el menos desconocido.  Las páginas sobre Cancho Roano, el gran templo junto a nuestra actual Zalamea de la Serena, me parecen decepcionantes, escritas con un derroche de imaginación, sin apenas base en lo que los estudiosos han ido  descubriendo en aquel admirable santuario (¿tartésico?). El capítulo de Julio César es también puramente creativo. Sin duda, los más próximos a una relato histórico son los tres últimos, donde Pimentel nos presenta los afanes de Pelayo Quintero por sacar a luz el Gadir fenicio, así como las  frustradas labores del arqueólogo alemán Schulten – sin duda, el auténtico difusor del “topos” –  para descubrir la ciudad de Tartessos entre las marismas.  Cierra el libro la presentación del  célebre tesoro del Carambolo, el hallazgo hasta ahora más relevante,  en un cerro próximo a Sevilla, de lo que podrían ser joyas tartésicas.

 

Manuel Pimentel, Leyendas de Tartessos. Córdoba, Almuzara, 2015.

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TIERRA PATRIA
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Manuel Pecellín | 21-11-2015 | 6:54| 0

Fiel a la tierra patria (¿por qué no “matria”?), donde vino al mundo y reside se muestra en todas sus expresiones Isidoro Arroyo. Nacido en Navalvillar de Pela (1941, pueblo de marcada personalidad, aunque el desarrollo tecnocrático nos haga cada vez más uniformes, el autor sigue enamorado de aquel rincón extremeño, cuya historia, paisaje,  literatura  y medicina populares, usos y costumbres conoce perfectamente.  Sólo lo abandonaría,  de modo coyuntural y no ininterrumpido – para volver estaban las vacaciones o días de asueto – por razones de estudio (Magisterio en Badajoz); servicio militar (Base de Talavera)  docencia (corta estancia en Llera).  Pronto obtuvo plaza fija en Navalvillar y puede decirse que allí ha desarrollado toda su existencia.

Otros dos ilustres peleños tienen mucho que ver con este libro: Juan Moreno Aragoneses,  también escritor, que lo animó a publicarlo, y Basilio Rodríguez Cañada, hombre polifacético, que lo edita en Pigmalión, dentro de la  serie “Colección Extremadura”, codirigida por él y el no menos infatigable Ricardo Hernández Megías.

Según Arroyo declara en los preliminares, los  textos aquí recogidos, salvo los siete últimos, fueron viendo antes la luz, por entregas, como artículos de Báculo, periódico comarcal ya desaparecido donde él mantuvo la sección “Remanso”, título de este volumen recopilatorio.

Se trata de cuarenta  y dos composiciones, de similar extensión y modelo constructivo, aunque diferente temática. Abren con un texto en prosa y los concluye un poema de métrica distinta (sonetos, sobre todo) y correcta factura.  Por sus contenidos podrían reunirse en tres grupos: etnográficos, filosóficos y religiosos. Para mí, los de mayor impulso literario son los primeros. Arroyo conoce perfectamente las antiguos labores agroganaderas, pues él mismo trabajó en el campo de los doce a los diecisiete años, y las describe de la manera más vívida, con una competencia lingüística que hoy está al alcance de pocos. Los instrumentos, fases y  circunstancias de cada labor, casi siempre penosa desde el punto de vista físico (descuaje, arado, siembra, siega, saca, y limpia de las mieses;  vareo y recogida de la aceituna;  molida del fruto y obtención del aceite; plantación, riego y corte de los tomates, etc., etc.), son descritos con tanta exactitud, como respeto e incluso admiración hacia sus humildes trabajadores. El propio abuelo, tan amorosamente presentado en el capítulo XXXI, aparece como un paradigma de bonhomía. Así mismo, son de enorme interés los apuntes sobre las tradiciones locales, algunas tan curiosas como “el pelindongo” (cap. XXVII), que autor no duda denominar “joya folclórica”.

Él  reconoce, sin ocultar cuánto lo lamenta, el peligro de desaparición que corre esa cultura rural. Tal vez por eso se empeña con tanto cariño en presentarla a lectores formados ya con pantallas electrónicas, bien diferentes de las pizarras neolíticas de su escuela infantil. Si realmente todos los adelantos técnicos, capaces de reducir los duros esfuerzos, están haciéndonos mejores, a saber, más justos, honestos, libres y solidarios (acaso, ni siquiera más sabios), resulta cuestionable para Arroyo, hombre que no oculta su compromiso con la fe cristiana, confesada sin aspavientos ni complejos en numerosos pasajes.

El libro se ilustrada con bellos y muy apropiados dibujos de Juan Moreno Aragoneses y Antonio Gallego Cañamero, el pintor dombenitense ya desaparecido.

Isidoro Arroyo Masa, El remanso. Madrid, Pigmalión, 2015.

 

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CAMPESINOS EXTREMEÑOS
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Manuel Pecellín | 15-11-2015 | 4:05| 0

Entre luces y sombras (en verdad, muchísimo más abundantes las segundas que las primeras) discurre la vida en aquella Extremadura de los años veinte y treinta del pasado siglo. El hambre corroe los estómagos de gran parte de su población, tradicionalmente sometida a las máximas carencias. (No ha y otros términos que visite con mayor frecuencia los textos literarios extremeños que el de “hambre” o sus sinónimos). Añádanse las lacras del analfabetismo (un 70% no sabe leer ni escribir), mortalidad infantil desmesurada, enfermedades crónicas, omnipresencia de los caciques, falta de infraestructuras sanitarias y docentes, pésima distribución de la tierra y el consecuente paro obrero,  una iglesia asustadiza cuando no cómplice,  como sus intelectuales y políticos (valgan las excepciones),  fuerzas armadas siempre al servicio del poder…, convertían a nuestra región en un valle de lágrimas y un polvorín social.  Las brasas que tantas injusticias enciendes, producen con facilidad devastadores incendios.

Es el mundo por donde discurre esta obra, una novela dedicada “a todos aquellos que padecieron en sus carnes la plaga del hambre, a todos los que convivieron  con el trabajo sin horarios para poder sobrevivir, a los que conocieron el significado de las desigualdades sociales llevadas al máximo extremo, a todos los que padecieron las injusticias y las consecuencias de la intolerancia, y a todos aquellos que pese a las trabas encontradas en su vida fueron fuertes y supieron abrirse camino afrontando los problemas con optimismo”.

Entre tales personas figuraron los ancestros de la autora, según se nos dice. Es la existencia de sus mayores, adecuadamente contextualizada, la que Manuela Villa se propuso reconstruir con esta extensa narración (358 páginas). El protagonismo lo soportan dos mujeres: Ja abuela de la autora y la señora en cuya casa sirve. Curiosamente, entre ambas “enemigas de clase” surge el aprecio e incluso la amistad, sostenidos largo tiempo por las cualidades  que a las dos adornan, junto con un hondo secreto al fin confesado por la rica dama a la doncella.  En torno a las mismas se mueven otros personajes, pertenecientes al proletariado o la patronal, cada vez más enfrentados. La  proclamación de la II República conmoverá hasta los cimientos aquella sociedad agroganadera, destrozadas las ilusiones de unos y convertidos en implacables verdugos los otros, tras  el triunfo del “movimiento nacional” de 1936, alcanzado con absoluta rapidez en el Sur de Badajoz, donde su ubica el relato (Fregenal de la Sierra-Higuera de la Sierra).

Se conduce éste a dos voces, expresadas en distintos caracteres: cursivas, para la de la narradora (con mínimas apariciones, breves apuntes contextualizadores) y caja normal para la de la Josefa, quien irá contando en primera persona las duras vicisitudes sufridas casi desde su infancia a la madurez, todas sobrellevadas con admirable espíritu, elegancia,  valentía, lucidez y generosidad sin límites.  Sólo la señora para quien trabaja puede comparársele.  En torno a las dos se urden y destejen los  enredos, trabajos, ocupaciones y distracciones típicas (matanza del cerdo, bodas, ferias, rezos…), cuya minuciosa descripción ocupa luengas páginas. Ocasionalmente, surge el habla dialectal de la época, según se da entrada a personajes humildes (porqueros, pastores, yunteros, hortelanos, lavanderas, vendedores ambulantes, etc.).  La autora declara en el epílogo su gratitud a cuantos le han ayudado a reconstruir aquella cultura ya casi laminada. No del todo,  pues ella misma conserva viejos hábitos expresivos, como el uso constante del verbo “quedar”  en forma transitiva  (pp. 15, 58, 129) o de palabras con todo el sabor  de un patrimonio lingüístico amasado durante centurias, que reaparecen espléndidas al evocar antiguos refranes,   antiguas recetas gastronómicas , juegos infantiles, faenas agrícolas o  leyendas y supersticiones  populares. Es verdad que alguna vez “se pierde el oremus” y Josefa habla de “papá y mamá”, “ hipótesis”, “estereotipos”, “subconsciente”, etc., expresiones impropias de los hábitos lingüísticos que parecerían corresponderle. En todo caso, la novela, si a estas alturas no es original,  nos resulta de enorme interés pos sus capacidades de evocación.

 

 

Manuela Villa Galván, Entre luces y sombras. Badajoz, autoedición, 2015.

 

 

 

 

 

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HISTORIA DEL SEMINARIO
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Manuel Pecellín | 07-11-2015 | 8:54| 0

El Seminario de Badajoz se funda siguiendo las instrucciones de Trento (de ahí lo de “conciliar”) el año 1664, no sin alguna demora a causa de las dificultades sobrevenidas por la guerra contra Portugal y la escasa disposición del cabildo catedralicio. A partir de entonces se convertirá en un valioso referente de la cultura extremeña. Lo expresaba muy bien el Decreto 155/2013, por el que se le concedía la Medalla de la Comunidad: “…Es un centro formativo medio-superior que lleva impartiendo de forma ininterrumpida durante 350 años sus actividades docentes…Lo colegiales salidos de sus aulas, gracias a la sólida formación mora, intelectual y doctrinal proporcionada por el centro, contribuyeron a elevar el nivel cultural del pueblo extremeño a lo largo de los siglos”.

Existían dos obras fundamentales que lo demostraban, la pionera de Rubio Merino, El Seminario Conciliar de San Atón de Badajoz, 1664-1964 (Madrid, Maribel, 1964), y la de Mateo Blanco, El primer centro universitario de Extremadura. Badajoz 1793: Historia pedagógica del Seminario de San Atón (Cáceres, UEX, 1998). Complemento de las mismas es este volumen con 442 páginas (más un CD),  que prologa Guadalupe Pérez y cuyo autor tuvo la ventaja de manejar, aparte la bibliografía oportuna, el archivo de la Casa, una fuente tan abundante como poco atendida hasta hoy por los historiadores.

Francisco González Lozano (Don Benito, 1975), doctorado en Pedagogía con este estudio, es actualmente el rector de San Atón, donde también ejerce la docencia. No extrañará, pues, que su escritura rebose entusiasmo, sin detrimento de la rigurosidad exigible a este tipo de obras. El periodo que abarca la suya queda acotado por dos acontecimientos trascendentales para el devenir del Centro: El concordato entre el Gobierno de Isabel II (1851) con la Santa Sede y la convocatoria del Concilio Vaticano II (1962). Si aquel dejaba a los obispos de cada diócesis la regulación y el mantenimiento de sus propios seminarios, el segundo supondría un cambio  sensible de las directrices eclesiásticas. Por supuesto, durante esa larga centuria la historia de España conocerá extraordinarias transformaciones sociopolíticas y culturales, que habrían de repercutir por fuerzas en las instituciones pedagógicas,  religiosas incluidas. Las tiene en cuenta el autor, esforzándose por establecer e interpretar adecuadamente el contexto cambiante en que discurre la vida del Seminario.

Su tesis sobre la trayectoria del mismo es clara: “Ha jugado un papel crucial para el desarrollo de la cultura extremeña. Su influencia educativa, humanística y religiosa ha dejado una huella indeleble en la sociedad a la que sirvió como institución eclesial” (pág. 23). La demuestran argumentos incontestables relacionados con el número de alumnos, calidad de los profesores, régimen de vida, programaciones de estudios, materiales pedagógicos,  biblioteca, gabinetes de Ciencias Naturales  y Numismática, etc. del Seminario.

Recuérdese que allí estudiarían en ese siglo hasta 4.000 alumnos, casi todos procedentes de las clases más humildes. (Un solo dato: el 8.75% de los varones de la provincia de Badajoz en 1860 se formarían en dicho Centro). Entre sus catedráticos figurarán personalidades como Tomás Romero de Castilla, padre del krausismo extremeño o Ildefonso Serrano, el sabio de Segura, entre tantos hombres eminentes de los que aquí se da la biobibliografía (nómina no agotada, pues con gusto añadiríamos nombres como los de Carlos Nieto, el máximo conocedor de la Lengua Griega que he podido encontrar nunca).

Y no faltan las sorpresas. Si es lógico que las enseñanzas impartidas se adecuasen a los ideales del escolasticismo, entre los textos utilizados, de todos los cuales se hace relación, resulta que los seminaristas tuvieron para la asignatura de “Historia profana” el Compendio de la Historia universal compuesto por Fernando de Castro, figura clave del krausismo español. Y  en la de “Geografía” se impuso un manual de Verdejo Páez, que había escrito la obra La Inquisición por dentro, un drama de marcado carácter anticlerical. Cosas que pueden darse en mi tierra, según diría el bueno de Guareschi en su inefable Don Camilo.

 

Francisco González Lozano, Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón 1851-1962.  Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2015.

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LUGARES MÁGICOS
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Manuel Pecellín | 31-10-2015 | 11:21| 0

 

Suelen ser conocidos como lugares mágicos aquellos que por  su configuración orogénica,  rara arquitectura, frecuencia de determinados fenómenos , poblaciones que lo habitan o fauna y fauna singulares los distinguen de todos los demás.  Sus especiales características resultan inexplicables a la luz de la lógica y del pensamiento científico, según lo entendemos en la cultura occidental. Se adornan con un aura esotérica y suelen ser territorios amados por entidades mitológicas, legendarias o fantásticas, que los visitan con asiduidad, para terror o goce, según la índole específica, de las personas normales.

Es fácil localizar en ellos cuevas enormes,  túneles increíbles, fuentes inagotables, gigantescos árboles, tesoros deslumbrantes (de moros y templarios),  dólmenes (a veces, por decenas), petroglifos, rocas giratorias o arroyos  cristalinos. Brujos, hechiceras,  vírgenes negras,  santones, pantarujas, alquimistas, gigantas, encantadores,  princesas desdichadas,  príncipes caballerescos, dioses ibéricos reconvertidos (el romanos o cristianos),  etc., conviven junto a dragones, unicornios, ninfas, náyades y  demás animales monstruosos. La tradición popular reproduce en sus cuentos, leyendas , refranes y canciones huellas múltiples de ese patrimonio mágico.

Resulta éste tanto más rico, cuanto más alejadas están las poblaciones del desarrollo tecnocientífico, que encuentra con facilidad explicaciones positivas a eventos tradicionalmente achacados a entidades mistéricas. A nadie se le ocurre hoy apelar a fuerzas extranaturales para entender la lluvia, el relámpago, el trueno, el ciclo de las estaciones, la germinación de las plantas o la gravedad. Pero seguimos  aún muy lejos de poder explicarnos racionalmente multitud de fenómenos, por lo que las apelaciones a lo sobrenatural siguen siendo un recurso bien frecuentado. El campo de las “ciencias ocultas” no se agota con facilidad.

Extremadura, y muy especialmente sus comarcas hasta hace bien poco remotas y casi inaccesibles para el gran tráfago moderno (Las Hurdes, Sierra de Gata, La Siberia), abundó en tales manifestaciones,  tan atractivos para  lingüistas, antropólogos, etnógrafos o historiadores de las mentalidades. Díganlo los nombres  ya clásicos de  Ramón Matías Martínez, Publio Hurtado, o Roso de Luna, así como los más actuales de José Sendín,  Marcos Arévalo, Fermín Mayorga, Barroso Gutiérrez,  Víctor Chamorro, Rodríguez Pastor, Domínguez Moreno, Eloy Martos o Pedro Montero.

Entre ellos figura Israel J. Espino, que en su blog del periódico HOY tiene entregados centenares de escritos  sobre el particular. Periodista, especializada en antropología de las religiones, la autora ha seleccionado para este libro sus apuntes donde presenta hasta medio centenar de esos lugares extremeños con aura y fácilmente podría haber ampliado el número. Tentudía, Guadalupe, Granadilla, Montfragüe, Trujillo, Montánchez, Alange, Trampal, Alcántara,  Cañamero, San Vicente, Usagre, Gasco, Tormantos, los Barruecos, Capote, Cancho Roano, Magacela, Mérida, Azuaga, Alcazaba pacense, Cáceres… nombran rincones extraordinariamente ricos en mágicas evocaciones, que la autora va desgranando con su prosa fácil, de singular relevancia cuando de describir paisajes se ocupa . Se añaden las oportunas referencias historiográficas (sobre todo,  si alude yacimientos arqueológicos, tan abundantes en nuestra región) junto con la localización  por gps de cada lugar.

A veces, Espino, colaboradora habitual de programas como “La Escóbula de la Brújula” (Radio 4G) y “Cuarto Milenio” (TV Cuatro),  admite etimologías populares más que dudosas e incurre en numerosas erratas de las leyendas latinas, siempre con intención de reforzar los aires mistéricos. No era necesario.

Suscribe el prólogo Jesús Callejo, quien en su Guía de los seres mágicos de España ya se había ocupado de algunos de estos santuarios extremeños, como también lo hizo Sánchez Dragó en Gargoris y Habidis, deudores ambos de las firmas clásicas antes dichas.

Israel J. Espino, Lugares mágicos de Extremadura. Porriño, Ediciones Cydonia, 2015.

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