Hoy

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Autor: manuelpecellin
LA MAJONA
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Manuel Pecellín | 14-12-2015 | 9:11| 0

 

 

Hace pocas semanas, se anunciaba en HOY para dentro de pocos meses la apertura al público  de la villa romana de “La Majona”. Descubierta el año 1995, próxima a Don Benito, posee una importancia indudable. Tras lustros de desidia, el yacimiento parece al fin en vías de plena recuperación merced a las últimas disposiciones del Gobierno autonómico.  Además de pinturas murales  y hermosos mosaicos, allí se encontró un bello busto labrado en mármol de Estremoz, que enriquece hoy los ricas existencias del Museo Arqueológico de Badajoz.  Datado en el siglo III después de Cristo, podría ser la figura del  dueño de la villa, sin duda un poderoso terrateniente, aunque los expertos le encuentran parecido con los retratos juveniles  del emperador Marco Aurelio Severo Alejandro (222-235).

En el mundo romano se inspira esta novela corta del  conocido escritor dombenitense (n. 1949), que viene cultivando varias disciplinas creativas, sobre todo el “libro objeto”, como Vberitas (1993), Amaltea (1994, Caligae (1995), Tierra de encinas (1996) , Sed de agua (1997) o Brisa de Alas (1998). Testimonio de su afición por la poesía visual- se le incluye en varias antologías del género- es el  volumen Voces y ecos (2003), compendio de lo que hasta entonces había creado, siendo incluido en la antología Poesía experimental Española (Calambur, 2012). Lo demuestran también las ilustraciones, inspiradas en la cultura latina, que enriquecen estas Nundinae.

Era éste el nombre de la jornada de descanso que cada ocho días acostumbraba a celebrarse en las poblaciones del Imperio, con carácter festivo y comercial. Una suerte de “mercadillo” sobresalía entre sus actividades lúdicas. El autor nos conduce rumbo al que tiene lugar cualquier semana en Éfeso. Hasta allí ha llegado Marco Ulpio Vero, para visitar a un matrimonio patricio amigo, Cayo y Casiedra, a los que lleva dos magníficos potros,  y coincidir con el séquito del emperador  (Marco Ulpio) Adriano, en visita a la  hermosa ciudad .

Nacido justamente en La Majona, el joven narrará en primera persona las vicisitudes del viaje, desde la Lusitania interior hasta las orillas del Egeo, con Cádiz, Roma y Atenas como etapas prominentes. A la vez, se permite la memoria de los años que estudiase en Emerita Augusta (donde obtuvo la toga virilis) o las excursiones por la cercana Metellinum (Medellín), sin olvidar los alegres días vividos en la villa propia. Si el padre procede de los soldados  de la Legión X Gemina, para los que se fundó Mérida, la madre pertenecía a una tribu de los iberos más comprometidos en la lucha contra Roma: sus antepasados vivieron, centurias antes, en las proximidades de un enorme palacio-santuario (Cancho Roano, se supone).

El novelista compone así un relato pleno de evocaciones, siempre verosímiles y respetuosas con el rigor histórico, incluso en detalles mínimos. No menos atrae la pulcritud de su prosa,  tan rica como concisa, con clara preferencia por el enunciado corto y el uso preciso de los términos, incluidas las frecuentes e inevitables expresiones en latín. Aunque resulte de interés para cualquiera, juzgo que la lectura de Nundinae posee singular valor didáctico, haciéndolo un libro especialmente apto para la enseñanza de las humanidades clásicas.

 

Juan Ricardo Montaña García, Nundinae. Don Benito, Ayuntamiento, 2015.

 

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POESÍA A RAUDALES
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Manuel Pecellín | 11-12-2015 | 6:26| 0

Hay antologías ya clásicas, que se han hecho imprescindibles en la historia de las letras. La que acaba de aparecer  en el número 24 de la revista La luna de Mérida se convertirá en un texto ineludible para los estudiosos de la poesía extremeña, es decir la que escriben los naturales de esta Comunidad o quienes, por residir en la misma, como extremeños se proponen.

Nace la obra de la magnífica serie que, al cuidado de Elías Moro Cuéllar y Marino González Montero ha venido publicando la editorial emeritense “De la luna libros” a lo largo del lustro último. Allí, presentándose de la A a la Z, fueron viendo la luz 27 poemarios (tampoco es irrelevante la cifra) de otros tantos autores. Cada uno de ellos está aquí presente con versos magníficos (hay también apuntes de prosa poética). La antología está dedicada al llorado  José Miguel Santiago Castelo (letra “I” de la colección, con el libro Esta luz sin contorno) y la prologa Enrique García Fuentes, con su acierto y gracia habituales.

Según ocure en toda selección, faltan nombres que a cualquiera se nos ocurren, tal vez porque no fueron invitados o, quizás, porque no tuvieron voluntad o posibililidades de responder a la demanda. Poetas extremeños como Rafael Rufino Félix Morillón, Benito Acosta, Ángel Sánchez Pascual, Pablo Jiménez García, Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Joaquín Araújo, José Luis García Martín, José Iglesias Benítez, Isabel Escudero, Ada Salas, Pureza Canelo, María José Flores, Irene Sánchez Carrón, Isla Correyero, Francisca Gata Amate, María José Fernández Sánchez, Pilar Fernández, Rosa Lencero, Luis Alfonso Limpo, Manuel Neila, Juan María Calles, Juan Calderón Matador, Andrés R. Blanco, Diego Doncel, Santos Domínguez, Benito Estrella, Diego Fernández González, José Antonio Llera, Antonio Méndez Rubio, Antonio Orihuela Parrales, Serafin Portillo, Basilio Sánchez, Javier y Julián Rodríguez (y aún se podrían añadir más) darían sobradamente para sustentar una segunda vuelta “lunática”, acaso amparada por las mismas letras en mayúscula.

¿Tendrán los esforzados editores ánimos y apoyos -tipo Ayuntamiento de Almaraz- para emprender una nueva aventura lírica? Por ahora, para confirmar el excelente momento que la literatura extremeña conoce, ahí están las creaciones de Jesús García Calderón, José A. Ramírez Lozano, AntoniomGómez, Antonio María Flórez, Antonio Reseco, Daniel Casado, Antonio Sáez, Álvaro Valverde, Álex Chico, Mario Lourtau, José A. Zambrano, José María Cumbreño,Carmen Hdez Zurbano, Teresa Guzmán, Emilia Oliva, Luis María Marina, Javier Pérez Walias, Pablo Guerrero, Efi Cubero, Juan Ramón Santos, David Rodríguez, Fernando de las Heras, Francisco Fuentes, Juan A. Bermúdez, José Luis Bernal y Elías Moro.

 

Ana Crespo Villarreal (dir.), La Luna de Mérida, 24. Mérida, De la luna libros, 2015

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PAISAJES DE OTOÑO
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Manuel Pecellín | 05-12-2015 | 1:58| 0

 

De cuantos goces aún nos resultan posibles, el placer de contemplar  el paisaje, especialmente en primavera y otoño,  es el más asequible, satisfactorio y completo, pues en él participan todos los sentido. Sólo hay que dejarse conducir por lo que la naturaleza pone ante nuestra vista, proclama  Joaquín Araújo, ese hombre, empeñado cada mañana en emboscarse, abrirse a los olores, colores y sonidos del hábitat rural,  permitir que los campos y bosques le besen los labios del espíritu., comulgar con gente como  el Einstein asombrado ante una simple brizna de hierba  tenida como el mayor de los prodigios.

Si Araújo escribe este auténtico tratado de mística profana con tanta autenticidad, es porque  viene practicando desde la juventud la admiración fervorosa ante el gran espectáculo de los entornos naturales, cuyos secretos bien conoce.  Autor de un largo centenar de libros e innumerables artículos, se vanagloria más por haber plantado hasta ahora 24.500 árboles, justo los días que lleva vividos. Primer español premiado con el GLOBAL 500 de la ONU, sólo él ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Medio Ambiente, aparte otras muchos galardones relacionados con la defensa de la biodiversidad. Es Medalla de Oro de Extremadura y miembro de su R. Academia de las Letras y las Artes.

“Mantengo que contemplar el paso de la vida sobre la piel del mundo es no sólo sosegante y hasta divertido, también culto y, por supuesto, éticamente insuperable… también uno de los mayores placeres que se puedan experimenta”, proclama en los preludios de esta obra. Dividida en siete partes (número no casual), cada una de ellas está dedicada a algunos de sus mejores amigos, entre los que figuran poetas de tan general reconocimiento como Jorge Riechman (a quien se debe el magnífico prólogo), Antonio Colinas, Luis García Montero o Juan Carlos Mestre, junto con el pensador José Antonio Marina.

Y es que El placer de confesar rezuma poesía y carga filosófica. En sus páginas alternan los aforismos, cargados de las más hondas reflexiones, con poemas de diferente composición, entre las que sobresalen los haikus.  A través de los primeros, siempre sumamente  incisivos, va desarrollando sus intuiciones, dejándose caer como mansa lluvia, para concentrarlas de repente en la suprema brevedad de la celebrada estrofa japonesa.

Dominado por la pasión lingüística  tanto como  por la red de redes que el bosque se le antoja, Araújo se deleita con el uso de voces telúricas, términos  ancestrales (mieras, piornal, besana, chisporroteo, lontananza, humus, esfayadero, cachorra, cárabo), a los que exprime toda su carga semántica en la construcción de bellísimas imágenes, con singular atención a las sinestesias múltiples. Junto a ellos, surgen sin  sobresalto los neologismos (coaching, kegel, fenología, icástico/estocástico), útiles unos y otros para facilitar “atalantarse” según las ocasiones(la palabra “testigo” , la más significativa del escritor).

Alguien capaz de percibir la sonrisa del aire entre los labios que las hojas del chopo se le figuran; cuyos tímpanos afinados son nidos de armonías y confiesa que la mejor almohada es el canto de las aves al amanecer, puede permitirse aleccionarnos sin caer en moralinas inhibidoras.  Sus proclamas contra el ruido, “la basura que no pesa”; las llamadas de atención ante un planeta al borde del abismo por la estupidez iconoclasta del hombre; el convencimiento de que ninguna de las redes sociales une a la trama de la vida como la  lenta contemplación de las luces de la dehesa, le surgen con la naturalidad de lo sinceramente practicado día tras día. Se agradece que nos facilite los caminos para obtener esas dieta visuales merced a una sabia, libre, solidaria contemplación.

 

Joaquín Araújo, El placer de contemplar. Barcelona, Eidtorial Carena, 2015

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SENTENCIA DE MUERTE
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Manuel Pecellín | 28-11-2015 | 10:36| 0

 

Cayó la sentencia como una guillotina. El diagnótisco no dejaba lugar a dudas. La muerte puso huevos en aquel enorme corpachón, cuyo amo sabía bien que para curar el cáncer no sirven las libélulas (Manuel Pacheco), ni tampoco las más modernas terapias, cuyos nombres hubo de aprender tardíamente. Se condolerá con amargura, según haría su paisano José Antonio Gabriel y Galán en ocasión semejante.

Buen vividor, católico y maldito, tuvo rápida conciencia del pronto final, aunque no dejara de rebelarse contra la parca hasta los últimos momentos. Consumido poco a poco por el cangrejo implacable, en la misma clínica donde hacía tres lustros su madre se había marchado definitivamente, recurrió a la escritura, alivio contra aquellos dolores casi insufribles. Nacen así los poemas de quien siempre anduvo a la búsqueda de la palabra exacta y ahora cada tarde ha de aprender vocablos ignotos (nefrostomía, neoplasia, hematuria, gammagrafía…), que no contribuyen sino a incrementar sus temores.

Va labrándose así, manuscrito con inconfundible caligrafía, un poemario repleto de angustias, esperanzas cada vez más remotas, ansias de vivir, nostalgias y melancolías. Un texto lírico donde sólo un par de veces localizo la palabra “Dios”  y cuyo aliento recuerda más el “sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt”  de Virgilio, o tal vez las trágicas lamentaciones del Cohelet hebreo. Sea como fuere, la belleza de estos versos escalofriantes convencerían “por unanimidad” al jurado del XXV premio  Gil de Biedma para atribuirle a José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948-Madrid, 2015) su último galardón literario, semanas después del adiós último.

Resulta difícil, imposible para quienes lo queríamos tanto, leer con un mínimo de serenidad este libro, no sé si el mejor del que con tanto tino dirigiera durante casi veinte años la Real Academia de Extremadura, pero ciertamente el más conmovedor de los suyos. Quien llevaba la tierra matria en la carne, aunque también mordido por el dulce veneno que da la cubanía, se vuelve una y otra vez a las nubes de la infancia, escapándose a los encinares y dehesas granjeños, los dulces juncos del Guadiana o el Zújar, su escuela de “los cagones”, para aliviar el envite diario del suplicio, el silencio de la noche helada, porque en su memoria el pueblo y la niñez jamás se fueron.

Cada poema, bien en métrica libre o apelando a las antiguas fórmulas (no faltan sonetos, romances, coplas, décimas, labrados con su habitual dominio), es una confesión de pesares crecientes, sustentados por quien ya apenas casi no se reconoce en el espejo. Sólo en ocasiones nos alivia la broma sobre la hermosa cabellera perdida por la quimio; la copla de la niña que sueña con trigales o la evocación de otros que adelantaron el camino (Leopoldo María Panero, Gastón Baquero, Emiliano Redondo “Nanín”).

No quería él que se le recordase, manifestaba en los días últimos, como el poeta de la muerte y el duelo. No ha de serlo para quienes conservamos testimonios miles sobre la jocundidad, la risa fácil, los besos cálidos, los ímpetus del bon vivant mieux buvant, las permanentes ganas de jolgorio e  incluso el espíritu pagano de Castelo. Será mucho más arduo sustraerse, tras leer La sentencia, de no haber sabido aliviarle mejor de tanto sufrimiento.

José Miguel Santiago Castelo, La sentencia. Madrid, Visor Libros, 201

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TARTESSOS
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Manuel Pecellín | 26-11-2015 | 12:21| 0

Todo lo relativo a Tartessos (significado del nombre, localización, posibles alusiones bíblicas o grecolatinas, escritura, historia, cultura) constituye aún un mundo tan atrayente como de dudosa interpretación. Más legendario, incluso mítico que bien documentado, esa civilización indígena suele ser situada en torno a la desembocadura de los dos grandes río sureños, el Guadiana y el Guadalquivir (no olvidar nunca Doñana), donde  existen multitud de restos arqueológicos que testimonian la presencia allí de los fenicios y otros colonizadores.

No es raro que a los andaluces les resulte especialmente atractiva la cultura tartésica, por orgullo propio, pues se habría extendido en torno a la mitad del primer milenio a.C. en buena parte de lo que hoy son sus provincias occidentales, bañadas por el Atlántico y el Mediterráneo, ricas en yacimientos mineros, muy aptas para la agroganadería y excelente situadas para el comercio internacional.

La propia Almuzara cuenta con numerosos títulos, como Las golondrinas de Tartessos (Ana María Vázquez Hoys), Tartessos desvelado (Araceli y Álvaro Fernández),  Viaje a Tartessos (Fernando Penco) y la reedición del ya clásico Tartessos de Schulten. Manuel Pimentel (Sevilla, 1961), que ya publicase aquí El librero dela Atlántida, nos conduce a aquel fantástico entorno con la recién aparecida Leyendas de Tartessos, significativamente subtitulada “Mitos, historias y leyendas de la primera civilización de Occidente”. Se trata de una obra de carácter literario, aunque se apoye en las referencias más rigurosas posibles; una texto de carácter iniciático para generar en el lector el interés, que no la formación estricta. El mismo prólogo resulta una confesión de partes.  Comienza así: “Tartessos es una civilizacoión que se oculta entre el mito y la historia, entre antiguas leyendas y el contraste con las evidencias arqueológicas ya descubiertas. Aún no existe un vivo debate científico sobre su realidad”.

Tal  vez contribuya a fomentarlo (muerto no está) la nueva publicación, dividida en doce capítulos. Los dos primeros aluden a la Atlántida, el misterioso continente hundido por las aguas oceánicas, que ya sedujo a Platón y cuyas huellas podrían rastrearse en las tierras más próximas, a saber,  las de Tartessos. Siguen después los dedicados a los “reyes” Gárgoris y Habidis, Gerión (cuyos bueyes habría robado Hércules, como las áureas frutas de las Hespérides, también sitas allí), Nórax y el gran Argantonio, acaso el menos desconocido.  Las páginas sobre Cancho Roano, el gran templo junto a nuestra actual Zalamea de la Serena, me parecen decepcionantes, escritas con un derroche de imaginación, sin apenas base en lo que los estudiosos han ido  descubriendo en aquel admirable santuario (¿tartésico?). El capítulo de Julio César es también puramente creativo. Sin duda, los más próximos a una relato histórico son los tres últimos, donde Pimentel nos presenta los afanes de Pelayo Quintero por sacar a luz el Gadir fenicio, así como las  frustradas labores del arqueólogo alemán Schulten – sin duda, el auténtico difusor del “topos” –  para descubrir la ciudad de Tartessos entre las marismas.  Cierra el libro la presentación del  célebre tesoro del Carambolo, el hallazgo hasta ahora más relevante,  en un cerro próximo a Sevilla, de lo que podrían ser joyas tartésicas.

 

Manuel Pimentel, Leyendas de Tartessos. Córdoba, Almuzara, 2015.

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