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Autor: manuelpecellin
Poemas de Montano y el P. Sigüenza
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Manuel Pecellín | 14-03-2015 | 10:02| 0

En la inmensa obra de Arias Montano (1525-1598), cuantitativa y cualitativamente sin parangón, apenas ocupa lugar la lengua española. Siempre lamentaremos que la Biblia Políglota de Amberes, edición dirigida por el extremeño con encomiable  tino y no menor audacia, no incluya entre sus idiomas el castellano. (Será Casiodoro de Reina, nacido en Montemolín hacia 1523, quien realice la primera versión del Antiguo y Nuevo Testamento a nuestra lengua vernácula).
Si el de Fregenal fue pronto elogiado por sus cualidades para la creación, y hasta obtuvo alguno de lo máximo galardones de la época, sus magníficos versos estaban escritos casi todos en latín. Varias razones pueden explicar la preferencia hacia los clásicos que los humanistas europeo mostraban, con Erasmo al frente. (Se dice que el de Rotterdam abandonó el holandés incluso en la vida diaria, recuperándolo sólo a la hora de morir).
No obstante, Montano nos dejó varias composiciones poéticas en romance, suficientes para hacernos deplorar la escasez de las mismas. Las ha editado Ignacio García Aguilar, agrupándolas junto a las  de José de Sigüenza, discípulo predilecto del biblista, en una obra con 548 páginas que aparece, cómo no, en la ya impagable “Biblioteca Montaniana”. La extensión del volumen se debe a los estudios que de los autores y sus respectivos poemas se adjuntan.
La poesía castellana de D. Benito, aparte algunos sonetos ocasionales (excelentes, por lo demás), se suscribe a su maravillosa Paráfrasis del Cantar de los Cantares en modo pastoril, que tanto entusiasmaría a figuras como Fray Luis de León o Francisco de Aldana, no sin levantar las sospechas de la  siempre vigilante Inquisición. Dicho trabajo, que permaneció manuscrito hasta  el siglo XX, ha sido objeto de numerosas reediciones contemporáneas (recordemos las de Rodríguez-Moñino, Abdón Moreno, Gómez Canseco/Núñez Rivera o Ricardo Cabezas de Herrera, la de este último preparada para la Unión de Bibliógrafos Extremeños). Sin duda, la de Ignacio García Aguilar, que añade un aparato crítico muy completo y se sirve de numerosos estudios sobre el particular, mejora las anteriores. Resalta especialmente la formalización textual que, a imagen de las églogas de Garcilaso, realiza el extremeño, situándolo así en la vanguardia lírica de su época.
José de Sigüenza, fraile de El Escorial, fue allí discípulo y, más tarde, seguidor fiel e incluso defensor acérrimo de Montano. Aunque más reconocido como historiador de su Orden, compuso también un notable  y variado corpus de poesía castellana. Sonetos (uno, “A la muerte del doctor Arias Montano, su maestro”), villancicos, canciones marianas, coplas religiosas, himnos, paráfrasis en verso a los salmos, elegías, romances, panegíricos y hasta traducciones rimadas de partes de la Eneida fueron saliendo de tan bien cortada pluma. Salvado a la postre por la propia Inquisición frente a asechanzas malévolas de sus compañeros Jerónimos, Sigüenza no oculta sus deudas con Montano (a quien literalmente copia en no pocas ocasiones).
Los apuntes del editor ayudarán a conocer  los intríngulis de  ambas poéticas, depurándolas de atribuciones equívocas y  bien contextualizadas en aquel polémico reinado de  Felipe II.
Arias Montano, Benito y Sigüenza, fray José de, Poesía castellana. Huelva, Universidad, 2014

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ARIAS MONTANO
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Manuel Pecellín | 07-03-2015 | 10:59| 0

Vamos entendiendo mejor la inmensa celebridad  que en Europa tuvo Arias Montano, a medida que siguen reeditándose sus obras, oportunamente traducidas y anotadas. Para este recuperación del gran humanista extremeño han sido fundamentales las labores realizadas por la Universidad de León (larga mano del inolvidable Gaspar Morocho) con sus publicaciones  de y sobre los Humanistas españoles, así como la Universidad de Huelva. Aquí dirige el catedrático José Luis Gómez Canseco (n. Don Benito) la “Biblioteca Montaniana”, en la que ya han visto la luz numerosos textos del escriturista frexnense.
Sin duda, el trabajo  por el que mayor  fama obtuvo fue por la edición de la maravillosa Biblia Poliglota de Amberes, también  conocida como Regia (fue Felipe II quien la pagó), de Plantino (que la imprimió en sus magníficos talleres) o de Montano, pues éste fue el artífice intelectual de la empresa, para muchos el mayor monumento filológico del siglo XVI.
Como se sabe, dicha obra consta de ocho volúmenes, nunca reeditados conjuntamente, aunque sí volvieron a ver la luz parte de ellos por separado. Los cinco primeros reproducen las Sagradas Escrituras, en diferentes idiomas: hebreo,  caldeo, siriaco, griego y latín (este último con doble versión: la Vulgata de San Jerónimo, oficial para Roma, y la de S. Pagnini, tenida como sospechosa).  En la fijación de sus textos colaborarían muchos de los mejores lingüistas europeos,   católicos  unos, próximos al protestantismo otros. Cuatro recogen los libros Veterotestamentarios; el quinto, los del Nuevo Testamento. Los tres tomos últimos conforman el “Apparatus”, un impresionante conjunto de Gramáticas, Diccionarios, Glosas, Historias, etc., casi todos compuestos por Montano para que los estudiosos pudiesen interpretar correctamente las Sagradas Escrituras, orientándose según las interpretaciones fijadas por la tradición hebrea.
Estos tratados generarían la dura  oposición que la Políglota de Amberes iba a encontrar, acusada sobre todo de “judaizante” por muchos (impugnación en la que también pesaron intereses económicos, pues, tras el concilio de Trento, se impuso renovar todos los libros litúrgicos, un inmenso negocio editorial). El más polémico resultó el volumen octavo, donde Arias incluye hasta diez libros, entre ellos el más polémico, que él titulo El libro de José o Sobre el lenguaje oculto, con indudables resonancias de la cábala judía.
Excepto éste, que ya se publicó (2006) como obra exenta en la “Biblioteca Montaniana”, los otros nueve que constituyen las “Antigüedades Hebraicas”, conforman la impresionante entrega coeditada por el citado Dr. Gómez Canseco y el sapientísimo hebraísta Sergio Fernández López, con quienes colaboran expertos tan rigurosos como Baldomero Macías Rosendo, Fernando Navarro Antolín (premio nacional de traducción), Eulogio Baeza Angulo, Fuensanta Garrido Domené, José Solís de los Santo y Eulogio Baeza Angulo. Un equipo de absoluta garantía.
La obra (770 páginas gran formato) ofrece cinco partes fundamentales (que no únicas): la reproducción facsímil del texto montaniano; las transcripción latina del mismo; su versión al castellano; las notas a pie de página  y los oportunos estudios introductorios.
Resulta imposible encarecer  debidamente una publicación como ésta, que tantos esfuerzos ha debido comportar, pero que tantas satisfacciones ha de permitir a los admiradores del inagotable Arias Montano. Nuestra más cálida enhorabuena a sus artífices.
Arias Montano, Benito, Antigüedades Hebraicas. Huelva, Universidad, 2013.

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SEPULTURERO DE LIBROS
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Manuel Pecellín | 01-03-2015 | 8:06| 0

SEPULTURERO DE LIBROS

Ese raro espécimen que constituyen los bibliófilos (amantes del libro, según la etimología griega del término), abarca distintas variedades, no todas bien conocidas. Las hay de más larga proyección histórica, como el bibliógrafo, que se ocupa de describir las características y contenidos de las obras; el bibliómano o ladrón de libros (Periférica tiene en su fondo editorial Los amores de un bibliómano, de Eugene Field); el bibliocasta, empeñado en destrozar escritos propios y ajenos (tal vez para componer con los retales algún inaudito volumen); el bibliófago, que se los come o el bibliodoro, cuya placer consiste en regalarlos. A tan curiosa ralea, capaz de combinar en un mismo sujeto distintas subespecies, vale añadir el bibliótafo o sepulturero de libros.
Tal es el protagonista de esta curiosa narración, no exenta de  fundamentos reales  y que ahora se publica en castellano, traducida por Ángeles de los Santos. Su autor, L. H. Vincent (1859-1941), tuvo sobradas virtudes para escribirla. Natural de Chicago, fue crítico, editor y profesor de Literatura en varia universidades estadounidenses. Entre sus numerosas publicaciones, cabe recordar un conjunto de ensayos sobre creadores tan relevantes como W. Irving, E. A. Poe, W. Whitman, R.L. Stevenson o J. Keats.
Según demuestra en el primer capítulo de esta obra, conocía el caso de un “bibliótafo”, que bien pudo servirle como  trasunto real  del protagonista. Se trata de Richard Heber (1773-1833), hombre apasionado por formar y  enriquecer una fantástica colección que llegaría a alcanzar los 150. 000 ejemplares. Infatigable hasta la muerte, ésta lo encontró catálogo en  mano, redactando la solicitud de nuevos títulos. Dueño de distintas bibliotecas donde albergar tan enorme depósito, fue alguien de reconocida generosidad: “el culto y curioso, ya sea rico o pobre, tiene acceso libre a mi biblioteca”, dice que fue para él norma de conducta. Pero su máximo placer consistía en llevar a un enorme almacén las piezas codiciadas, sobre todo si eran ediciones especiales (no necesariamente las primeras), “sepultándolas” allí, como en una gran tumba.
Así se conduce también el personaje central de esta novela corta (cien páginas), un cazalibros obseso, con enorme cultura, trabajador infatigable y gran sentido del humor. Al hilo de peripecias experimentadas por medio mundo, sobre todo en las librerías de antiguo y de lance, el lector va siendo placenteramente informado de cuanto hace referencia a las apreciadas frutas de Gutenberg. Tenía también otra singularidad: buscaba con la misma pasión el autógrafo de los grandes escritores, siempre que éstos se lo firmasen en obras propias (no en cuadernos, folios u otros soportes ocasionales).
En realidad, quien abruma con los conocimientos sobre libros, poesía, historia y otras ramas del saber es León H. Vincent, sin hacerse en modo alguno pesado. Algunas de las observaciones son realmente ingeniosas, como cuando describe al arquetipo del “depositario involuntario”  (pp. 78-81), la persona a quien otros le endosan un libro urgiéndole pronta lectura para obtener la opinión, tal vez la crítica o el apoyo (enfadándose quizá si no recibe del asaltado lo que de él esperaba).
No sé qué habría sido de figuras como Heber o su trasunto literario en los tiempos del ordenador, los catálogos por email, el libro electrónico, las bibliotecas virtuales o la nube informática.  Lo cierto es que la novela, publicada en 1898 (el año que da nombre a toda una generación hispana) e inédita hasta hoy en castellano, demuestra poseer suficientes virtudes para ser tenida como un pequeño gran clásico de las letras norteamericanas. (Y cuántas veces me ha traído a la memoria las figuras de grandes “bibliótafos” extremeños, como Arias Montano,  Bartolomé J. Gallardo , Vicente Barrantes,  A. Rodríguez-Moñino o Mariano Encomienda, constructores de  impagables “tumbas” de papel en El Escorial, La Alberquilla, Guadalupe, la madrileña calle San Justo o los sótanos de Santa Ana en Almendralejo ).
Leon H. Vincent, El bibliótafo. Cáceres, Periférica, 2015.

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MAQUIS HISPANOFRANCÉS
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Manuel Pecellín | 22-02-2015 | 9:49| 0

Historia común fue la que labraran tantos miles de  españoles y franceses antifascistas entre 1936 y 1945. Miles de hombres y mujeres de ambas nacionalidades lucharon con denuedo para impedir el triunfo del franquismo en la península (sin conseguir su propósito) y derrotar allende los Pirineos (lo que sí lograrían) a los ejércitos alemanes que habían encontrado cómplices  múltiples en ambas partes del país vecino (la ocupada directamente y la también subyugada bajo el débil gobierno Pétain). El  estudio de tan apasionante  como complejo fenómeno le merecería  a Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979) el Premio Arturo Barea 2013. Aparece ahora en un volumen de 532 páginas, enriquecidas  con hasta 1124 notas y en un minucioso índice onomástico. Dedicada a Gregorio Torres Nebreda, la obra aprovecha la  bibliografía existente – ya abundante, luego de tanto lustros sin reconocer la aportación española a la lucha contra los nazis en territorio francés – y, más aún, las consultadas realizadas  durante años por el autor en archivos y bibliotecas de París, Ámsterdam, Madrid, Barcelona y Alcalá de Henares. Bien aprovechada fue la beca  para investigadores extranjeros que  obtuvo con este fin obtuvo del Ayuntamiento parisino.
El maquis contra las fuerzas del III Reich terminó generalizándose por todo el territorio francés, pero no desde el primer momento de la invasión, ni del mismo modo e intensidad en todas partes. Lo que sí parece innegable es el protagonismo que para el nacimiento, coordinación y desarrollo de los núcleos resistentes alcanzaron dos colectivos, es verdad que entre otros muchos (maestros, estudiantes, cristianos de izquierda,  escritores célebres,  sindicalistas, patriotas conservadores, emigrantes polacos, judíos,  etc.): los franceses que habían apoyado a la República española,  miembros no pocos de las Brigadas Internacionales, y los republicanos que tuvieron que pasar el Pirineo para salvar la vida. Ya curtidos en el manejo de armas y explosivos, encuadrados muchos en organizaciones clásicas de la izquierda,  deseosos de devolver a su país las libertades perdidas y vengar la muerte de tantos compañeros, conscientes de que los nazis se esforzaban por eliminarlos tanto como los agentes del franquismo, crearon o se unieron a los batallones de la Resistencia con absoluta dedicación.  No siempre les fue reconocido que e la liberación de París, Toulouse, Lyon y muchas otras poblaciones jugaron papel determinante. En este se podrán leer sus acciones más significativas.
Pero la lucha contra la Wehrmacht  y sus cómplices casi nunca comenzó con el fusil o las granadas. Antes de pasar al atentado o el sabotaje, los resistentes comenzaban manifestándose contra aquellos a través de la escritura: periódicos, revistas, panfletos, octavillas, etc., impresos clandestinamente y perseguidos con saña por los hitlerianos irán dando rienda suelta a la indignación popular. En torno a los medios más sólidos, aquí minuciosamente analizados, van grupos de opinión, solidaridad y compromiso, que conformarán una red cada día más tupida, consolidada y animosa. Por supuesto, junto a tantos héroes, no faltarán delatores, cobardes, sumisos o personas excesivamente apegadas a las consignas de los partidos clásicos, que tardan más de lo oportuno en tomar decisiones radicales frente al invasor. Tras el triunfo de los aliados, tampoco llegarían a fructificar las esperanzas revolucionarias, o al menos renovadoras, que la Resistencia, con tanta sangre propia y ajena derramada, había hecho nacer. El estudioso no oculta sus opiniones, discutibles por supuesto, sobre las causas de tamaña frustración, ensayando incluso sobre la actualidad de algunas. Todo ello hace del libro una lectura apasionante y enriquecedora.
Mario Martín Gijón, La Resistencia franco-española (1936-1950). Badajoz, Diputación, 2014

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MUJERES
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Manuel Pecellín | 18-02-2015 | 5:59| 0

Raquel Sánchez (Plasencia, 1973) es una periodista con amplia trayectoria profesional en el mundo de la televisión, como reportera y presentadora. Su primer libro fue Cambio príncipe por lobo feroz (2008). La crítica lo calificó como obra desenfadada, compuesta en clave de humor para enfrentarse a los estereotipos de moda, perteneciente al género del “chick- lit”. Se incluyen en esta categoría literaria, claramente made in USA, textos inspirados en series televisivas, cuyo protagonismo conducen mujeres de recia personalidad, libres y bien situadas, capaces de dirigir sus propias vidas, enfrentándose a las situaciones más comprometidas, sin miedo a romper los principios tradicionales. Para ellas, el sexo no tiene nada de tabú y pueden ser más duras, en cualquier sentido, que sus compañeros sentimentales, sin perder, no obstante, un cierto espíritu romántico.

Así es el personaje principal de Mañana, a las seis. Alta ejecutiva en Madrid, soltera y sin hijos, a sus cuarenta años decide romper la brillante pareja que ya no la satisface y vivir experiencias hasta entonces desacostumbradas. El relato de esas nuevas relaciones, rotundamente erótico, alterna con la evocación de la infancia vivida en una población sin nombre, pero bien reconocible como la capital del Jerte. La madre, lúcida, tolerante y generosa, es el nexo que une los dos territorios, asistida en su enfermedad terminal por una sorprendente joven, empeñada en oír la música de las estrellas ( terapia tal vez de antiguas desazones). Al fin, resulta que tan liberada mujer, cuyo éxito profesional se impone, ha vuelto a ser doble víctima: de un hombre, presuntamente enamorado y de un depredador profesional. No obstante, aún encuentra ánimos para salir sin excesivo destrozo de las trampas. La argentina del piso aledaño contribuye con su doble juego y lenguaje típico a poner notas de humor, lucidez y perversión. Y, después de todo, siempre quedará un astuto gato para desahogarse contándole lo que resulta difícil decirle a familiares o amigos.

Escrita en una prosa lozana, donde abundan los tecnicismos de la informática (cada día más populares), Mañana a las seis – título tomado de la hora para las citas amorosas – es una novela de indiscutible actualidad y sello propio.

Raquel Sánchez Silva, Mañana a las seis. Barcelona, Planeta, 2014

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