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Autor: manuelpecellin
POESIA VIVA
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Manuel Pecellín | 03-02-2015 | 12:27| 0

José Manuel Vivas Hernández (Badajoz, 1958), que trabaja como diseñador gráfico y es vocal de Literatura en el Ateneo de Badajoz, no se ha prodigado mucho hasta ahora, aunque su producción o fortuna editorial parecen intensificarse últimamente. Era autor de varias obras publicadas a un ritmo cadencioso: Los bordes del abismo (Premio Adolfo Vargas Cienfuego 1998), Olvídate de Ítaca (2006), Algo que nos salve de todo rubor (2006), Breve catálogo de insectos y otros seres menudos (2008) y Crónicas del vértigo (Beca a la creación literaria de la Junta de Extremadura, 2009).

Ahora bien, en el 2014 ha visto salir a la luz tres poemarios, entregas sin duda maceradas lentamente y que eclosionan de golpe, para deleite de los que admiran la voz de este hombre sosegado, maduro, más amigo de silencios reflexivos que de vanas ostentaciones. De puertas adentro (Madrid, Mandala ediciones) fue premiado por el colectivo Entresescritores.com como mejor poemario de dicha plataforma en el 2014. Se imprime con un interesante preliminar que firma el iconoclasta David Benedicte. Cuerpo en ruinas (Olivenza, Herákleion), inspirado en el paralelismo quevedesco entre la decadencia física y la de la casa propia, más el pesar por el amor ausente, fue finalista del Ciudad de Badajoz 2012. Por último, Los labios quemados (Madrid, Celesta), un libro de carnalidad explícita , lleva depósito legal del 2014, aunque se editase ya en el 2015.

Más sensible al paso de las horas según el reloj vital se apresura, pero capaz aún de encenderse con la sangre y los flujos compartidos, sobresale la voz lírica, profunda y armoniosa del poeta, que no renuncia a territorios trascendentes, sin perder por ello la serenidad ni incurrir en proclamas obvias o lugares comunes cansinos. Vivas, cuyas obras exhiben absoluta unidad, trabaja el verso libre, con poemas de largo alcance, permitiéndose determinadas licencias ( v.c., suprimir En cuerpo en ruinas los signos todos de puntuación, cosa que no empece la lectura, acertadamente dirigida por el ritmo de las palabras; o concluir Los labios quemados con una prosa repleta de metáforas). Su consigna, según la entiende Benedicte en el prólogo citado, consiste en “sobrevivir, mantenerse leal a un modo de hacer poesía, a esa fórmula, más o menos mágica, que resulta de integrar en una misma pared de ladrillos siempre recién levantada el ideal del poeta Arthur Rimbaud (cambiar la vida) con la columna vertebral del pensamiento de Carlos Marx (cambiar la historia, transformar la sociedad)”. A ello podrían sumarse otros hilos que la enriquecen: la pasión por el lenguaje, la conciencia de la levedad del ser, el erotismo, los agujeros negros de cada día. Por todo ello, según bien saben sus animosos contertulios de “Página 72”, estamos una escritura que merece toda nuestra atención.

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HOMBRES CON HONOR
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Manuel Pecellín | 31-01-2015 | 10:00| 0

“Hombres sin frontera” no son precisamente para el autor los apátridas (constituirían un anacronismo para la época en que se sitúa la narración: el siglo XVII), sino personas que, sintiéndose patriotas convencidos, se mostrarán capaces de anteponer el honor y respeto hacia el contrario más allá de los intereses nacionalistas. Así ocurre con Álvaro de Ovando, capitán (destituido) de los tercios españoles, y el teniente Mendoça Furtado, uno de los líderes de la insurrección lusa contra Felipe IV a favor Joâo IV, Duque de Braganza. Víctima de las maquiavélicas artimañas del Conde Duque de Olivares, Ovando cae prisionero de Mendoça, que lo recluye en el castillo de Elvas. Se inicia allí una curiosa relación entre los dos jóvenes militares, en presencia de la tan hermosa como desgraciada Catalina de Silva, cuyos encantos seducen a los dos valientes soldados. El desenlace tiene su punto de suspense, que no desvelaremos.

Con esta obra ganaría Salvador Vaquero el V Certamen Literario Hispano-Luso de Novela Corta “José Antonio de Saravia” 2004, convocado en Villanueva del Fresno Aparece publicada dos lustros después en la colección “Vincapervinca” de la ERE. Natural de Plasencia (1966), licenciado en Derecho y diplomado en Gestión Inmobiliaria, Vaquero ha trabajado como redactor en distintos diarios, y también como abogado y profesor. Actualmente, publica cada semana en el Periódico Extremadura la sección “Letras desnudas” en la que entrevista a otros escritores de raíces o arraigo extremeño, con el fin de difundir sus libros y darlos a conocer a los lectores. Tiene publicadas obras como El hombre olvidado, premio Cáceres de Novela Corta en 2012; Aprendiz de hombre, becada por la Dirección General de Promoción Cultural del Gobierno extremeño en 2003; La fuerza de las espigas o La leyenda de la guadaña oxidada.

Hombre sin fronteras puede calificarse como novela histórica, aunque con amplio margen para la imaginación. Sus casi cien páginas muestran las repercusiones, tan negativas para Extremadura, de la Guerra hispanoportuguesa que, al fin, terminaría con la independencia del país vecino, No obstante, el autor, de claras adhesiones lusófilas, sin desatender los aspectos históricos, opta atinadamente por los ficcionales (pero verosímiles). Construye así un relato emotivo, en el que los valores de la amistad, el honor y el amor adquieren primacía sobre los avatares bélicos o políticos. Escrita en una prosa bien cuidada, con un notable esfuerzo por respetar el habla de la época, algunas caídas (abundancia de leísmos, repetición de términos, dudosa puntuación en ciertos pasajes) constituyen pequeños lunares que no enturbian el resultado final. Un extenso apéndice bibliográfico aclara las abundantes lecturas hechas por el novelista para documentar el texto.

Vaquero, Salvador, Hombres sin fronteras. Mérida, ERE, 2014

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HISTORIA EN TRUJILLO
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Manuel Pecellín | 29-01-2015 | 9:33| 0

Iniciados el año 1971 en Trujillo, merced a su Centro de Iniciativas turísticas, estos Coloquios han venido organizándose ininterrumpidamente, ahora a cargo de la Asociación Cultural creada al efecto y que preside Rosario Alvarado Hoyas. Casi un millar de investigadores han colaborado en estos encuentros, cuyas actas son ya imprescindibles para conocer la historia de Extremadura. El presente volumen (548 páginas, más índice), coordinado por Manuel Rubio Andrade y Vicente Pastor González, recoge los trabajos defendidos durante el simposio de 2013. Según imponía la efemérides, estuvo dedicado a Vasco Núñez de Balboa por conmemorarse el V centenario del descubrimiento del Océano Pacífico. Bien es verdad que de la larga veintena de estudios aquí recogidos, sólo tres versan sobre el célebre conquistador. El más valioso lo suscribe Esteban Mira, con su habitual sentido crítico. Insistiendo en las lagunas documentales – previsoramente originadas por los enemigos del jerezano, con Pedrarias a la cabeza-, el historiador se opone a la exaltación hagiográfica de quien, después de todo, destruyó la cultura indígena del actual Panamá. Nada, pues, de un conquistador pacífico (lo que repugna in terminis). Aunque se le reconocen otras cualidades, no se encontraban entre ellas la tolerancia ni la compasión hacia el indio, por decirlo con palabras de María del Carmen Mena García, la profesora andaluza que al articulista le merece el mayor respeto. Las relaciones, nada fáciles, de Balboa con otros conquistadores son analizadas por Francisco Rivero (Nicolás de Ovando) y Manuel Rubio Andrada/Francisco Javier Rubio Muñoz (Francisco Pizarro).

Según costumbre, sigue una rica miscelánea, de la que destacaré algunas entregas, sin relación entre sí. Antonio Manuel Barragán Lancharro aborda el tema de cómo fueron gestándose las instituciones para facilitar el crédito agrícola, imprescindibles en la lucha contra los usureros que imposibilitaban el desarrollo de nuestros labradores. Lo ejemplifica con el estudio, bien argumentado como todos los suyos, de fundación de las cajas rurales extremeñas (Fuente de Cantos y Monesterio). Por su parte, Rafael Luis Carballo se ocupa de algunas maestras cuyos esfuerzos por elevar la cultura de los lugares donde trabajaron son dignos de todo reconocimiento: María Josefa Rubio López (Esparragalejo), Carmen González Guerrero (Los Guadalperales), Antonia Eulalia Pajuelo Díaz (Campillo de Llerena), Isabel Casablanca Casablanca (Villagonzalo) y María Josefa Barainca (Valdelacalzada).

Por último, sin desmerecer en manera alguna de otros trabajos, quiero destacar dos que tratan la presencia judía en Extremadura. Resumiendo otros suyos, Marciano Martín denuncia las interesadas manipulaciones que del tema han venido haciéndose en Hervás (donde la población hebrea no pasó de 45 familias, casi todas agrupadas exclusivamente en la calle Perulero). Finalmente, del muy documentado texto de Serafín Martín sobre la sinagoga de Cáceres, transformada después en capilla de la Santa Cruz de Jerusalén del palacio de la Isla, se desprende cuán importante fue la aljama judía en dicha ciudad (la segunda mayor de Extremadura, tras la de Trujillo).

Lamentablemente, la pobre encuadernación del volumen hace que sus hojas se desprendan al mínimo contacto.

AA. VV., XLII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, Asociación Coloquios Históricos de Extremadura, 2014.

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MONESTERIO Y SU FONDA
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Manuel Pecellín | 27-01-2015 | 8:40| 0

La fonda de Monesterio, primera obra publicada por su autor, responde a ese tipo de “literatura fuzzy” (lo diré con categorías lógicas) que se percibe en tantas novelas contemporáneas. Es un texto construido sobre varios soportes, cuya alternancia va produciendo fusiones continuas: historia, sociología, antropología filosófica y autobiografía contribuyen a presentar unos personajes ligados familiarmente entre sí, cuyas existencias discurren a lo largo del siglo XX en aquel pueblo de la Baja Extremadura vinculados a su célebre fonda. Manuel Bayón con recursos suficientes para manejar los oportunos mimbres. Natural de Monesterio (1949), antiguo seminarista, militante de ZYX , pintor vocacional, residente en Sevilla desde su juventud, se ha licenciado en Filosofía tras jubilarse luego de ejercer profesiones varias. Para escribir esta “antropología familiar”, según ha querido subtitular su obra, ha elegido un entorno dominante: la casona solariega, con gasolinera adjunta, donde ofrecían cama y comida; se cobraban arbitrios municipales y se expendían los billetes del L.E.D.A (lo decíamos así, en masculino), bajo la supervisión de una admirable mujer, Pepa Flores, cuya generosidad, buen carácter, profundo sentido religioso y laboriosidad (” La Pringona” fue su mote) estaban popularmente reconocidos. A su alrededor irá formándose toda una saga de hijos, consortes, sobrinas, nietos, sirvientes y demás allegados, todos los cuales reciben allí de una forma u otro acogida. Quien no pudo aclimatarse en aquel techo protector fue Elías Torres, casado con una de las hijas y abuelo de Bayón. Hombre de arraigadas convicciones socialistas, Alcalde de la localidad durante la República, su figura y actuaciones vienen levantando encendidas polémicas entre los historiadores locales. El autor le dedica un cálido capítulo y reproduce el texto reivindicativo, publicado por el concejal Villalba Donoso en respuesta a otros, muy críticos, de Antonio M. Barragán Lancharro. Verdad es que si en Monesterio a las izquierdas no se les puede imputar muerte alguna (hubo dos jóvenes milicianos caídos en el asalto al cuartel de la Guardia Civil), fue porque Elías Torres decidió que las personas de derechas detenidas quedasen libres, ante la inminente llegada de la columna de Yagüe y Castejón, cuando él ya no podía garantizarles la vida. Para salvar la suya, huyó con otros a la sierra, donde pronto fue detenido Lo fusilaron en las tapias del cementerio, suerte que correrían también otros huidos, su compañera Águeda y su hijo Miguel (con sólo veinte años). Sin duda, las páginas más conmovedoras son las que Manuel Bayón dedica a su madre, “Felisina la de la fonda”, que ha muerto casi centenaria en el domicilio sevillano. Otra mujer entrañable, extraordinariamente trabajadora, de infalible sonrisa, cuya conciencia hubo de sufrir los sinsabores de una huérfana de rojo; la incomprensión de los allegados hacia las actuaciones del padre y el miedo a que el hijo se iniciara también en los ideales revolucionarios de su progenitor. Así lo recuerda el novelista, que al final de la obra, tras disquisiciones múltiples de carácter filosófico, nos deleita con el apéndice autobiográfico y los recuerdos infantiles más sentidos. Tal vez le sobran reiteraciones, preguntas retóricas y filosofemas, pero el cuadro que de un pueblo rural proporciona y la fuerza de los personajes presentados son realmente atractivos. Bayón Torres, Manuel, La fonda de Monesterio. Antropología familiar. Badajoz, Diputación, 2014

La fonda de Monesterio, primera obra publicada por su autor, responde a ese tipo de “literatura fuzzy” (lo diré con categorías lógicas) que se percibe en tantas novelas contemporáneas. Es un texto construido sobre varios soportes, cuya alternancia va produciendo fusiones continuas: historia, sociología, antropología filosófica y autobiografía contribuyen a presentar unos personajes ligados familiarmente entre sí, cuyas existencias discurren a lo largo del siglo XX en aquel pueblo de la Baja Extremadura vinculados a su célebre fonda. Manuel Bayón con recursos suficientes para manejar los oportunos mimbres. Natural de Monesterio (1949), antiguo seminarista, militante de ZYX , pintor vocacional, residente en Sevilla desde su juventud, se ha licenciado en Filosofía tras jubilarse luego de ejercer profesiones varias. Para escribir esta “antropología familiar”, según ha querido subtitular su obra, ha elegido un entorno dominante: la casona solariega, con gasolinera adjunta, donde ofrecían cama y comida; se cobraban arbitrios municipales y se expendían los billetes del L.E.D.A (lo decíamos así, en masculino), bajo la supervisión de una admirable mujer, Pepa Flores, cuya generosidad, buen carácter, profundo sentido religioso y laboriosidad (” La Pringona” fue su mote) estaban popularmente reconocidos. A su alrededor irá formándose toda una saga de hijos, consortes, sobrinas, nietos, sirvientes y demás allegados, todos los cuales reciben allí de una forma u otro acogida. Quien no pudo aclimatarse en aquel techo protector fue Elías Torres, casado con una de las hijas y abuelo de Bayón. Hombre de arraigadas convicciones socialistas, Alcalde de la localidad durante la República, su figura y actuaciones vienen levantando encendidas polémicas entre los historiadores locales. El autor le dedica un cálido capítulo y reproduce el texto reivindicativo, publicado por el concejal Villalba Donoso en respuesta a otros, muy críticos, de Antonio M. Barragán Lancharro. Verdad es que si en Monesterio a las izquierdas no se les puede imputar muerte alguna (hubo dos jóvenes milicianos caídos en el asalto al cuartel de la Guardia Civil), fue porque Elías Torres decidió que las personas de derechas detenidas quedasen libres, ante la inminente llegada de la columna de Yagüe y Castejón, cuando él ya no podía garantizarles la vida. Para salvar la suya, huyó con otros a la sierra, donde pronto fue detenido Lo fusilaron en las tapias del cementerio, suerte que correrían también otros huidos, su compañera Águeda y su hijo Miguel (con sólo veinte años). Sin duda, las páginas más conmovedoras son las que Manuel Bayón dedica a su madre, “Felisina la de la fonda”, que ha muerto casi centenaria en el domicilio sevillano. Otra mujer entrañable, extraordinariamente trabajadora, de infalible sonrisa, cuya conciencia hubo de sufrir los sinsabores de una huérfana de rojo; la incomprensión de los allegados hacia las actuaciones del padre y el miedo a que el hijo se iniciara también en los ideales revolucionarios de su progenitor. Así lo recuerda el novelista, que al final de la obra, tras disquisiciones múltiples de carácter filosófico, nos deleita con el apéndice autobiográfico y los recuerdos infantiles más sentidos. Tal vez le sobran reiteraciones, preguntas retóricas y filosofemas, pero el cuadro que de un pueblo rural proporciona y la fuerza de los personajes presentados son realmente atractivos.

 

Torres, Manuel, La fonda de Monesterio. Antropología . Badajoz, , 2014

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SÍNODO DE 1630
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Manuel Pecellín | 17-01-2015 | 11:03| 0

 

Según recoge el colofón de Las constituciones del Sínodo celebrado en Badajoz por el obispo don Juan  Roco Campofrío. Año 1630, un volumen con 422 páginas, su autor fallecería poco después de corregir pruebas. Estamos, pues, ante un libro póstumo, aunque por razones de ordenamiento bibliográfico, la obra lleve la fecha de 2010. Francisco Tejada Vizuete (Granja de Torrehermosa, 1940 – Badajoz, 16 de mayo de 2014) me había contado en varias ocasiones la ilusión puesta en esta obra con la que muy razonadamente pensaba cumplimentar otras de las lagunas bibliográficas existentes en la historia de la ciudad y obispado de Badajoz, por decirlo con el título de Juan Solano de Figueroa, de quien el académico recién  fallecido  había hecho una excelente reedición crítica.
Roco fue obispo de Badajoz durante el lustro 1627-1631. Natural deAlcántara (1568), tras recibir el hábito en el convento de San Benito (1583) y doctorarse  en cánones por Salamanca (1592), se puso al servicio del cardenal Alberto, Archiduque de Austria. Con él estuvo en Portugal y Flandes, siendo presentado por Felipe IV como obispo de Zamora (1624), desde donde vino, vía Alburquerque,  a Badajoz. Pasaría después a Coria, falleciendo en Alcántara el año 1635.
De espíritu irenista, tuvo a bien convocar para su diócesis un nuevo Sínodo, que dio comienzos en enero de 1630. Las constituciones emanadas de tan importante encuentro tienen en cuenta, según era costumbre, otras anteriores, sobre todo las del gran Alonso Manrique (1501). Nunca habían visto la luz. Su manuscrito se halla en el Archivo Diocesano de Badajoz, aunque estuvo dispuesto para la imprenta. No pocos lo habían dado por inexistente o perdido. Se reeditan ahora merced a los buenos oficio del Dr. Vizuete, que transcribe fielmente el texto original, con algunas actualizaciones gráficas, y adjunta oportunas notas explicativas a pie de página en los pasajes dudosos.
Eficaces herramientas para el gobierno diocesano, los sínodos constituyen una fuente impagable para historiadores, teólogos, antropólogos, lingüistas y cuantos se interesan por el estudio de las mentalidades. Lo es el de Roco, por razones múltiples revelador espejo de la sociedad extremeña durante el primer tercio del XVII. Sus páginas ilustran sobre cuestiones normativas, como el número y la preparación del clero parroquial; las celebraciones festivas religiosas (especialmente, la del Corpus);  la regulación de las labores productivas;  los diezmos;  las formas de testar; los libros sacramentales;  la acogida a sagrado de los presuntos culpables; la enseñanza de niños y jóvenes; la elección de las sepulturas; la tenaz supervivencia de prácticas una y otra vez prohibidas por las autoridades eclesiásticas (supersticiones, hechicerías, adivinanzas, desmanes en  el “toro de San Marcos”, infracción del celibato clerical, abusos de los poderosos, prácticas simoníacas, usuras y otros  pecados públicos, etc.).
En fin, todo lo que lógicamente puede deducirse de los debates y disposiciones para conseguir los objetivos que el prelado se proponía con aquel simposio en  el templo catedralicio: “comunicar, consultar, conferir y determinar las cosas tocantes al servicio de Dios, culto divino, reformación de costumbres, composición de pleitos y controversias y demás cosas tocantes a la buena administración de justicia y buen gobierno de este obispado y bien de sus iglesias y de los fieles cristianos”.
Tejada Vizuete, Francisco, Las constituciones del Sínodo celebrado en Badajoz por el obispo don Juan Roco Campofrío. Año 1630- Roma, Instituto Español de Historia Eclesiástica, 2010 (2014).

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