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Autor: manuelpecellin
VIAJE POR EXTREMADURA
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Manuel Pecellín | 11-03-2017 | 11:31| 0

 

Conscientes del atractivo, e incluso la importancia que supone  “la mirada del otro”  para cuantos se interesan por establecer la identidad de un pueblo, región o país, los responsables de la fundación Ortega Muñoz vienen fomentando un sólido proyecto: cada año invitan a un personaje para que visite nuestra Comunidad y recoja sus impresiones en un texto a tenor del gusto del huésped elegido. Cada uno de los que hasta ahora habían visto la luz constituye un canto a los valores paisajísticos, culturales, humanos que aún se conservan en Extremadura, o en determinadas zonas de tan dilatado territorio, así como un estímulo para seguir esforzándose por mejorar este sufrido terruño.

Así lo lograron el escritor húngaro László Krasznahorkai con El último lobo; el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en El Reino de la Fortuna (más el ensayo adjunto de Isidoro Reguera, Extremadura, Renacimiento, Fortuna) o el catedrático salmantino Fernando R. de la Flor con Las Hurdes, el texto del mundo. No me parece que la obra de Antonio Moreno esté  (Alicante, 1964) a la altura de las anteriores. El título mismo, “Estar no estando”, sugiere que vino, no vio mucho y, desde luego, apenas supo vencer sus propios fantasmas interiores. Es decir, que su relato del viaje desde Mérida a Baños de Montemayor viene a contar casi lo mismo que si lo hubiera hecho por otros lugares, más o menos parecidos, de la geografía española. Porque lo que al autor le interesa sobre todo no es cuanto a su alrededor surge según asciende la Vía de la Plata, sino lo que en él se ilumina ante estímulos apenas atendidos. O sea que, terminada la lectura, conocemos mucho mejor la infancia, familia,  amistades, aficiones literarias, inquietudes espirituales del autor, que el paisaje y el paisanaje ocasionalmente visitados. Poco ayuda su desinterés intelectual hacia posibles fuentes de información, manejando tan escasa como añeja bibliografía, reducida al viejo Madoz y poco más.

Indudablemente, la escritura de Antonio Moreno es de alta calidad, con una prosa pulida a lo largo de su afortunada carrera lírica. La luce las pocas veces que se decide por describir dehesas, lagunas, bosques, ríos o poblaciones y, bastante menos, al evocar sus antiguas vivencias o reproducir las mínimas conversaciones que decide mantener con gentes del lugar o compañeros de camino.

“Extremadura o la soledad” fue lema que acuñó Pedro de Lorenzo, hace lustros. Más lo proclamaría hoy el olvidado novelista, considerando la despoblación creciente de las áreas rurales. Esa sensación de vacío  humano es lo que impresiona a Moreno,  capaz de recorrer   los caminos de la dehesa durante horas sin toparse con persona alguna. El asunto se agrava por su propia decisión de dedicarle horas mínimas a Mérida; casi ninguna a Cáceres y cero a Plasencia. Para colmo, la fecha elegida (septiembre 2014) fue inusualmente lluviosa en Extremadura, fenómeno que favorece los  pastos, cultivos y montanera,  pero induce al recogimiento del personal.

Los que él encuentra, salvo cierto pastor,  algún tahonero, están en los bares, tiendas o refugios para peregrinos, amén de un puñado de  animosos extranjeros  que suben hacia Santiago. Salvo excepciones,  la percepción del caminante, incómodo ante la pobreza e insalubridad de casi todos los establecimientos, es claramente negativa. Mejor impresión parecen producirle las personas que lo atienden, cuya serenidad e incluso competencia lingüística elogia. Lástima no se decidiese a romper más a menudo sus propias elucubraciones y compartir detenidamente la palabra con tantos como podrían ilustrarlo sobre los avatares de la vida cotidiana. “Estuvo no estando”. Pero para ese viaje no hacen falta alforjas.

 

Antonio Moreno, Estar no estando. Badajoz, Fundación Ortega Muñoz, 2016

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FRANCISCANOS EXTREMEÑOS EN FILIPINAS
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Manuel Pecellín | 09-03-2017 | 10:59| 0

 

 

No deja de poner asombros la nómina de personajes extraordinarios nacidos en Extremadura (ya se perfilaba bien  así el territorio) nacidos en Extremadura durante el siglo XVI: Cortés, Pizarro, Hernando de Soto, Orellana,  Núñez de Balboa, Nicolás de Obando,  Torres Naharro, Arias Montano, Casiodoro de Reina, El  Brocense, Rui Lope de Segura, Pedro de Valencia, Luis de Morales, Zurbarán, Gregorio López, Juan Vázquez, Pedro de Alcántara…son nombres que cualquiera puede evocar entre las máximas figuras de centuria renacentistas.

Hay otra segunda nómina de extremeños formidables, menos conocidos, aunque marcaron la historia de la tierra donde les tocó vivir (casi siempre fuera de Extremadura). Uno de ellos fue fray Juan de Garrovillas (1535 aprox.-1612). Para cerciorarse, baste leer la biografía de este franciscano descalzo, recién publicada por Beturia, con prólogo de fr. Sebastián Ruiz Muñoz, ofm., guardián del Monasterio de Guadalupe entre 2010-2013.

El autor (Salamanca, 1945), ingeniero de Caminos, con prolífica numerosos trabajos profesionales, viene colaborando estrechamente en los movimientos culturales que, bajo la entusiasta batuta de J.J. Barriga, se desarrollan para el estudio de la historia de Garrovillas.  Allí nació Domingo Marcos Durán, quien  a finales del siglo XV daría a luz los tres primeros tratados musicales escritos en castellano: Lux Bella, Comento sobre Lux Bella y Súmula de cantos de órgano contrapunto y composición vocal práctica y especulativa.

Fue siguiendo el aura de este músico como Norberto Díez González se toparía con otra personalidad,  también nacida allí donde el Tajo tumultuoso permite que lo pasen más o menos fácilmente quienes discurren por la Vía de la Plata. El libro, tal vez demasiado profuso, contextualiza los lugares donde fr. Juan vivió (el pueblo natal, Madrid, Nueva España y, sobre todo, diferentes lugares de Filipinas, donde murió). Como muchos de sus correligionarios, el buen fraile se ocupó no solamente de instruir religiosamente a los habitantes de la colonia, sino a fomentar su desarrollo cultural e incluso material, defendiéndolos según mejor supieron  de las exacciones a que a menudo los someten los conquistadores. Para alcanzar tales objetivos, se esforzaron por aprender las lenguas nativas; publicar en las mismas  diferentes tratados; organizar asentamientos saneados, escuelas, hospitales, vías de comunicación, etc. y dirigir a la metrópolis memoriales reivindicativos.

En el caso de fray Juan, un defensor absoluto de la descalcez y honestidad franciscanas, dos elementos son especialmente memorables: su compromiso con la Escuela de Música de Lumbang, fundada para instruir a los alumnos en “los rudimentos de nuestra Santa Fe y buenas costumbres, a leer y escribir y cantar los Oficios Divinos” (una de las 64 instituciones análogas creadas en Filipinas por los franciscanos durante el s. XVI, promovidas ardientemente por otro extremeño,  fr. Juan de Plasencia) y la atenciones que el de Garrovillas prestase a la difusión de la fe cristiana en el imperio del Sol naciente.

Como apéndice documental se reproduce la “Relación y certificación de las cosas y estado del Japón”, que fray Juan suscribe el 29 de abril de 1595. Publicado antes por la revista Archivo Ibero-Americano  (nº 9, 1918, pp. 212-243), constituye un magnífico análisis de lo que eran la situación sociopolítica, económica, religiosa e incluso etnográfico de los reinos nipones bajo el dominio de Cuanbacondono, según el extremeño llama al Emperador que por entonces decidiese perseguir a los misioneros Jesuitas y favorecer a los franciscanos, cuya absoluta pobreza y sencillez mucho  admiraba. Pocas veces disfruté tanto un texto de la época como con este ponderadísimo informe.

Otros numerosos personajes  (una larga veintena de franciscanos nacidos en Garrovillas pasaron a las colonias españolas) hacen también su aparición en estas apretadas páginas.

 

Norberto Díez González, Fray Juan de Garrovillas. La aventura de los franciscanos en Oriente.  Madrid, Beturia, 2017

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EXACTITUD DE LA FILOSOFÍA
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Manuel Pecellín | 03-03-2017 | 4:25| 0

 

“Llegar a la hora es lo único exacto” escribió Charles Péguy.  Estas palabras, que Finkielkraut sitúa como entradilla para su nuevo libro, bien puede ilustrar sobre la concepción del hacer filosófico que le inspira. Si, según Hegel, la lechuza de Minerva sólo levanta el vuelo a la caída de la tarde, el filósofo se aboca a repensar el pasado. Por  contra, pretender descubrir, según hace el Materialismo histórico, etapas futuras a tenor de supuestas leyes ineludibles, conduce inevitablemente a la teleología. Ninguna de las dos escuelas complace al intelectual parisino (n. 1949), miembro de la Academia Francesa. Más parece gustarle la línea socrática: encarar los asuntos que agitan la demos y pasar revista, como tábano zumbón o mosca cojonera, a las tesis habituales, las conductas presuntuosas o las falsas seguridades. No es raro que se atraiga así la enemiga de muchos.

A  Finkielkraut lo conocimos formando parte de los “nouveaux philosophes”, grupo de pensadores iconoclastas en el que también se incluyeron personajes como Pascal Bruckner, Andrés Gluksman o Bernard-Henry Lévy. Nacido en una familia polaca cuyo padre fue deportado a Auschwitz (“el atolladero moral”, según lo define), el hoy profesor de la Escuela Politécnica de París  no oculta su admiración por Foucault, Kundera, Lévinas o Hannah Harendt. Esta es, junto con el católico Péguy, la escritora más citada en la obra que presentamos

Quien ya en La derrota del pensamiento (1987) advertía sobre los peligros que se abaten sobre Europa (fragilidad social, falso progreso, pérdida de la memoria colectiva, actitudes infantiloides), insiste en los mismos, resaltando otros no menos amenazadores. Fiel a su compromiso con la comunidad judía, denuncia ante todo el crecimiento de un islam nada pacifista y del nuevo antisemitismo (alentado incluso por personas de izquierda).

Lo hace con un lenguaje periodístico, lejano al de la jerga filosófica tradicional, con numerosos neologismo y siempre  partiendo de realidades acontecidas en los tiempos últimos: evacuación de campamentos de refugiados, cifras del fracaso escolar, conductas racistas, emporio de las redes sociales, la matanza en Charlie Hebdo, la inauguración del Museo judío de Polonia, la conflictividad de los barrios periféricos franceses, la tragedia del pequeño Aylam Kurdi, el ímpetu de la Yihad y el ascenso de “la calle árabe”…, por no decir  la renuncia de Benedicto XVI o las declaraciones del papa Francisco sobre la emigración (“simplismo humanitario”, a su entender).

Finkielkraut, que se declara heredero de las Luces, aunque amante de las paradojas (pág. 211), se conduele de que el debate intelectual ya no existe en su país (más bien, el odio) y denuncia rotundamente: ”Cuando se ha optado por la causa de los oprimidos, de los desfavorecidos, de los condenados de la tierra, cuando se ha tomado partido por los más débiles, cuando se defienden los valores de igualdad y fraternidad, no se encuentran interlocutores, ni siquiera antagonistas, sino siempre y por todas partes canallas” ( pág. 302).

Los traductores, Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños, se esfuerzan por dejar fluir en castellano el empuje verbal de un escritor de raza. No siempre lo consiguen. Menos aún cuando se empeñan en usos tan chocantes como olvidar que el verbo “abolir” es defectivo, castigándonos con construcciones como “la comunicación abole” (pág. 14) o  “Hessel…abole el cuestionamiento” (pág. 39), tan chocantes cuanto fácilmente sustituibles.

 

Alain, Finkielkraut, Lo único exacto.  Madrid, Alianza, 2016.

 

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TERRITORIO TEMPLARIO
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Manuel Pecellín | 25-02-2017 | 10:43| 0

Un hexámetro  dactílico de Horacio luce en el exlibris del autor, puesto al final de la obra: Nihil sine magno vita labore dedit mortalibus (La vida no da nada a los mortales sin gran esfuerzo). Adornan el lema dos caballeros medievales que cruzan lanzones. Palabras e imágenes nos ponen en camino: muchas horas de investigación en territorio templario. Efectivamente, el libro estudia el discurrir de los latifundios en la España meridional, tomando como referencia “El Señorío de la Granja”, castillo que fue centro de una enorme extensión, importante desde la Orden del Temple. Utilizado dede entonces como fortín defensivo y granero (de ahí su nombred: granium, grano, granja), los Caballeros ocuparían el sitio enclavado en una llanura, a pesar de estar rodeado el alcázar de colinas.

Correa explica las curiosas razones que llevaron a situar ahí la Casa-Fuerte, en una explanada aparentemente vulnerable. Resulta curioso el proceso de restauración que se nos cuenta, y de cómo un industrial en el siglo XX acomete a sus propias expensas la elevación de semejante fortaleza tomando como referencia los cimientos, asunto poco común. El cronista de Jerez de los Caballeros y académico lo  refiere con minuciosidad por haber sido testigo del hecho, aportando imágenes del proceso restaurador tomadas hace casi medio siglo.

Cabe destacar que por primera vez se analiza en su conjunto el frondoso Valle de Brovales, donde se asienta el Señorío de La Granja: extenso espacio tempranamente habitado por el hombre, existen allí importantes restos arqueológicos como el Dolmen de Toriñuelo, declarado monumento nacional en los años veinte, junto a oratorios del siglo XIII (de probable origen visigodo). Feliciano Correa los  estudia a pie de obra y manejando diversos manuscritos como fuentes.

Siguiendo su ya viejas inquietudes, el autor se ocupa de la ardua cuestión de la conservación del patrimonio, preocupación de la que ha dado muestras en su discurrir como historiador, avalado todo ello por su trabajo como profesor de tal materia en la Universidad Internacional de Andalucía en “La Rábida”, donde dirigió tesis sobre esa disciplina.

La referencia al empresario Alfonso Gallardo, como promotor de una factoría siderúrgica situada frente al castillo, así como sus diferencias con el propietario, son aspectos que nunca se había explicado con tanto detalle. Sin duda ha debido resultar esforzado el estudio genealógico que se nos ofrece, donde Correa da cuenta de las labores loables que realizaron en la ciudad de Jerez de los Caballeros esos patronos, junto a los agravios que sufrieron los campesinos que dependían de tan influyentes apellidos. El libro resulta de interés para apreciar con estos ejemplos lo que era la vida de las clases humildes en el Antiguo Régimen.

Correa nos ofrece un texto muy cuidado literariamente. El prólogo lleva la firma del actual propietario de la fortaleza, Juan de Dios Rodríguez-Pina.  Resulta muy expresivo por su interpretación de semejante mansión defensiva, hoy acondicionada como casa singular para ser habitada.  el patrocinio a la obra de la Fundación Caja Badajoz.

La edición de Tecnigraf-Editores, con el patrocinio a la obra de la Fundación Caja Badajoz, se presenta en formato 24, X 24,  excelente papel y cuidadas ilustraciones, esmerada encuadernación. Están muy trabajados los pies de fotos que ayudan al lector a seguir con más comodidad la enjundiosa investigación que aquí se nos ofrece. Señalemos que hace el nº 14 (especial) de la colección “Libretillas jerezanas”.

 

 

Feliciano Correa, Razón e historia de una Casa-Fuerte. El Señorío de La Granja. Badajoz, Tecnigraf, 2016.

 

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CARTAS DE BARTOLOMÉ J. GALLARDO
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Manuel Pecellín | 22-02-2017 | 9:25| 0

Cronista de Campanario, el profesor Bartolomé Díaz no ceja en las  labores por recuperar cuanto atañe al patrimonio histórico de su pueblo. Homónimo del gran bibliófilo allí nacido, Bartolomé J. Gallardo ha sido para él desde hace lustros objeto de especial atención.
A tan polémica como importantísima figura para las letras hispanas está dedicado este folleto, cuyo largo título responde bien al contenido: Correspondencia de Don Bartolomé José  Gallardo durante los años que estuvo en prisión en Castro del Río y breve resumen de lo ocurrido en estos años (1827-1832).
Según se sabe, más aún después de las aportaciones de D. Antonio Rodríguez-Moñino, el hombre que consiguió montar, en condiciones extraordinariamente difíciles, una formidable biblioteca para las Cortes de Cádiz, fue  desde su juventud  fervoroso defensor de las ideas liberales. Caro lo pagaría: persecuciones y exilio en Londres, entre 1814-1820 (cosa que le sirvió para incrementar sus conocimientos bibliográficos en el British Museum y otras instituciones inglesas), amén del destierro en Castro del Río (1827-1832), tras el restablecimiento del absolutismo con ayuda de los Cien mil hijos de San Luis.  Y suerte tuvo, porque la voluntad de Fernando VII habría sido eliminar físicamente a tan molesto apóstol de la Constitución de 1812, según hizo con otros correligionarios del bibliófilo.
A éste, casi estuvieron a punto de quitarle el pellejo (valga su propia confesión) los lacayos  del rey absolutista mientras cumple una especie de “arresto domiciliario” en la villa cordobesa de Castro del Río.
El infatigable enamorado de los libros  seguía esforzándose, contra viento y marea, por recuperar las obras  y documentos que los anticonstitucionalistas  le robasen, tras la fatídica jornada de San Antonio (1823), sin perder contacto, aunque fuese solo epistolar, con sus numerosos deudos, entre ellos su muy querido sobrino  Juan Antonio (Gallardo no tuvo hijos),paradigma de inepcia e ingratitud (malvendió buena parte de la formidable biblioteca del tío).
Merced a la  ayuda de distintas personas, como Joaquín González Manzanares, presidente de honor de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños ), Bartolomé Diaz  reproduce algunas cartas dirigidas por Gallardo, desde el exilio cordobés, a varias de sus amistades. Sólo una de las cuatro que aquí se incluyen , había sido editada anteriormente por Moñino. Todas tienen la singular ortografía que el de Campanario propuso (igualación máxima de escritura y fonética; eliminación de grafemas inútiles, etc.), a la vez que testimonian tanto el espíritu libérrimo del autor del  iconoclasta Diccionario crítico-burlesco (obra  inspirada en Voltaire , perseguida por la ya decadente Inquisición), como sus irrefrenables intereses bibliófilos. Los apuntes adjuntos de Bartolomé Díaz contribuyen atinadamente a la  contextualización y más fructífera lectura de estas piezas coloquiales.
Bartolomé Díaz Díaz, Correspondencia de Don Bartolomé  J. Gallardo. Campanario, Universidad Popular, 2016

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