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Autor: manuelpecellin
ESCRITORES PERIFÉRICOS
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Manuel Pecellín | 07-01-2017 | 10:25| 0

ESCRITORES PERIFÉRICOS

 

Durante los días 13-15 marzo 2015, tuvo lugar en el Mercado de Abastos de Plasencia el “Primer encuentro de literatura periférica”, excelente iniciativa alentada por José María Cumbreño . Director  de la editorial que publica el libro, dedicado in memoriam a Ángel Campos Pámpano, y donde se recogen las intervenciones de los escritores participantes, él mismo aclara en los preliminares algunas circunstancias que rodearon el encuentro. “El nombre, Centrifugados, fue idea de la poeta malacitana Isabel Bono y creo que definía muy b bien lo que pretendía ser: la demostración de que la periferia es un espacio en el que pueden confluir maneras muy diferentes de entender la creación literaria”. Así lo expresaba el coordinador, quien,  en el capítulo de gratitudes, recordaba el apoyo del poeta Juan Ramón Santos, actual presidente de la Asociación de Escritores Extremeños. Junto a nombres conocidos de las letras castellanas, figuraban en dicha entrega  un notable elenco de paisanos (de ninguno se adjunta nota biográfica): Cisco Bellabestia, Marino González Mantero, Gonzalo Hidalgo Bayal, Álvaro Valverde, Javier Pérez Walias, Elías Moro y  Víctor Peña Dacosta, entre otros.

La segunda convocatoria de “Centrifugados” tuvo lugar los días 26-27-28 febrero 2016, también en Plasencia. Representantes de una treintena de editoriales independientes y hasta cien escritores procedentes de México, Chile, Argentina, Uruguay y  España  llegaron al norte de Extremadura para “debatir, intercambiar conocimientos y conseguir que esta región, tan alejada tradicionalmente de los circuitos culturales, cuente con un acontecimiento literario del primer nivel”. Así lo proclama Cumbreño en la introducción a este segundo  volumen antológico, cuya dedicatoria incluye el nombre de Fernando T. Pérez González junto al de Campos Pámpano, ángel titular de estos simposios. Las numerosas fotografías adjuntas (la tercera parte del libro) testimonian el amistoso ambiente que allí se impuso a base de complicidades creativas. O de puro músculo, según trasmiten las imágenes de Rosario Gortari y Patxi Larretxea.

Asistieron no pocas de las editoriales privadas extremeñas , (sorprendentemente, hay muchas), al menos las más dinámicas e innovadoras, como Aristas Martínez, De la luna libros, La Rosa Blanca, El verano del  cohete, Javier Martín Santos, Letras Cascabeleras y, claro está, Ediciones Liliputienses (echándose en falta la más desarrollada de todas, Periférica).

Casi todos los textos aquí reunidos recogen, con contagioso entusiasmo, las vivencias experimentadas por sus respectivos autores en aquellas jornadas junto al Jerte. De los extremeños (pocos), destacaré el de Carmen Hernández Zurbano, evocación en prosa de sus años por Argentina; el poema bilingüe “Thes best greek God is us/Somos el mejor de los dioses”, de Fernando Pérez González, y los desenfadados versos de Víctor Manuel Jiménez Andrada. Pocos conocerán tan bien las riberas de aquel como David Marías, según las describe en  unas páginas de Principio de incertidumbre  (Mérida, ERE, 2013). Por lo demás, siempre agrada  sumirse en una prosa como la de Urbano Pérez Sánchez con sus “Tres momentos casi navideños”.

De otras firmas (todas interesantes: no es tópico), destacaré el canto a Lisboa, que suscribe Pablo Fidalgo Lareo y el leve apunte en que Pablo García Casado reconoce, según declara le expuso Eduardo Moga, que “hay excelentes poemas melancólicos”. Como lo serán, sin duda, muchos inspirados en esas Jornadas placentinas.

Hacen muy bien las entidades concitadas (Ayuntamiento de Plasencia, Ministerio de Cultura de Argentina, Junta de Extremadura, Vicerrectorado de Extensión Universitaria y Facultad de Filosofía y Letras de la UEX) apoyando tales encuentros. Larga vida para los mismos.

 

José María Cumbreño, Centrifugados. Segundo encuentro de literatura periférica. Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2016.

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SÁTIRA MISÓGINA
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Manuel Pecellín | 29-12-2016 | 6:49| 0

 

Según los historiadores, el XV fue un siglo espléndido para la literatura valenciana.  En esa época pendular, a caballo entre la cultura medieval, ya en trances de superación, y la renacentista, que se anunciaba de múltiples formas, compuso Jaume Roig (Valencia, circa 1400-Benimámet, 1478) su Llibre de les dones, más conocido como  Espill. Lo debió de escribir hacia 1460, justo cuando Joanot Martorell empezaba su célebre Tirant lo Blanc, el libro de caballería salvado de la quema por Don Quijote, que lo juzga “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. Por lo demás, ambas obras difieren en aspectos múltiples, testimonio de la emergente cultura burguesa una, prototipo del amor cortesano, la otra.

Roig, médico famoso, unido en feliz matrimonio con Isabel Pellicer, virtuosa dama a la que admiró y quiso profundamente, se muestra aquí acérrimo debelador del género femenino. En línea con Juvenal (el mundo clásico estaba “renaciendo”), es el autor de una sátira inmisericorde contra las mujeres. A excepción de la suya y, claro está, de la Virgen María (el libro incluye un tratado mariano, defendiendo el futuro dogma de la Inmaculada Concepción), todas la merecen los mayores reproches. Desde Eva acá, ninguna escapa a su lengua viperina, en verdadero diluvio de improperios.

Como para predicar con el ejemplo propio, da a Espejo  un (falso) aire autobiográfico: el autor, ya muy viejo, narra a un sobrino cuánto tuvo que sufrir en sus matrimonios, a cual más infelices. Tal vez el peor de todos lo vivió con una  novicia, lo que le sirve para explayarse sobre las licenciosas costumbres vigentes en los conventos, retrato que haría las delicias del propio Voltaire. (Tampoco los sacerdotes salen bien parados por parte de quien se declara defensor del celibato clerical, aunque, según la obra, pocos lo vivan. Inútil añadir que rechaza cualquier posibilidad de que las mujeres, corruptas por naturaleza, alcancen el presbiterado).

Cabe discutir hasta dónde Roig, excelente conocedor de la Biblia y un punto antisemita,  está convencido de sus tesis misóginas, o busca sólo  efectos cómicos, tantos son los argumentos como  acumula, verosímiles algunos, realmente descabellados muchos: madres devoradoras de hijos infantes; hembras fatales que mataron hasta veinticinco maridos; pasteleras de París que guisan cadáveres; las tres damas que parieron en Siena ciento veintiocho hijo de un solo hombre et sic de coeteris, aunque los venga a confirmar el mismo rey Salomón. No extrañan así sus improperios sobre las brujas, tan diferentes a las opiniones de un Pedro de Valencia, apelando a que se las ajusticie (pp. 133-34).

Sin duda, lo más atractivo de la obra son sus aspectos formales. Inspirándose en el lenguaje de la huerta valenciana,  tan vívido, con especial dominio de algunos campos (medicina, judicatura, comercio, agricultura) el lector contemporáneo se abrumará con la auténtica catarata léxica que le cae en cada página. Mérito grande del traductor es haber logrado que estos aluviones expresivos resulten agradables, allende el rechazo que pueda sentirse ante las opiniones así vertidas. Moga ha hecho una labor impecable, más valiosa si estima la apuesta de poner en prosa actual un texto poético del XV, con las características de Espill. El original, del que solo se conserva un manuscrito (fue impreso numerosas veces) es un descomunal producto de más de 16.000 versos, que riman de dos en dos. Para colmo, estos son tetrasílabos, lo que, dada la estrechez del metro, impone limitaciones estilísticas y distorsiones sintácticas a cada paso. Tal vez hubiese sido oportuno reproducir algunos pasajes facsímiles para poderlo comprobar. Tampoco habrían sobrado notas a pie de página para entender los más dificultosos o las apoyaturas culturales que hoy se nos escapan.

 

Jaume Roig, Espejo. Traducción y prólogo de Eduardo Moga.Valencia, Pre-Textos, 2016

 

 

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SOR CELINA
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Manuel Pecellín | 22-12-2016 | 12:39| 0

Cuentan que cuando Tierno Galván se hallaba en una clínica madrileña con el pie ya en el estribo, según expresión de Cervantes, acudieron a verlo dos monjas.
-D. Enrique, rezamos mucho por Vd., fue la despedida.
-Se lo agradezco, hermanas, respondió el alcalde de Madrid, agnóstico convicto y confeso.
Estoy seguro de que ninguna energía se pierde en el mundo, concluyó el profesor.
Esta suerte de “cuerpo místico” laico hubiera agradado sobremanera a personas como Arias Montano, quien enfatiza sobre ese dogma católico en su impagable Dictatum Christianum (Amberes, Plantino, 1575), obra que tradujo Pedro de Valencia, aunque el discípulo dejase inédita la versión (publicada dos siglos después) tal vez precavido contra la censura inquisitorial.
Me he acercado numerosas veces al convento de Sor Celina, casi siempre junto con la Dra. Carmen Araya – su ayuda a sor Celina ha sido fundamental -
para llevar ejemplares de obras como la citada antes, que me constaba eran muy bien recibidas en el cenobio pacense, auténtica joya arquitectónica de la ciudad. Nunca salí sin haber percibido algo de esa energía que Tierno elogiaba.
La trasmite a raudales Sor Celina, desde su arquitectura aparentemente frágil, mínima, nerviosa, una Edit Piaf gregoriana tras las sólidas rejas del locutorio, que la religiosa, próxima ya a los noventa años, traspasa a veces para mejor saludar al visitante. Bien informada de cuanto ocurre en el mundo, estudiosa infatigable, esta mujer de sólida formación, licenciada en Historia del Arte (“lo que más me costó al profesar, fue dejar la pintura”), es una ferviente defensora de la casa donde habita con hermanas procedentes de medio mundo, el edificio badajoceño del XVI mejor conocido y conservado merced en gran parte a las labores múltiples de la escritora. ( Defenderé la casa de mi padre, cantaba Gabriel Aresti en su emocionante poema “Nire aitaren etxea”).
Buena constancia de lo dicho queda patente en los dos volúmenes anteriores a éste, cuyo prólogo me demanda, aun conociendo de sobra mis limitaciones. ¿Qué hace un catedrático de Filosofía, bibliógrafo cuasi amateur, aunque apasionado por el estudio de todo lo que dice relación con Extremadura, suscribiendo el preliminar de un libro de Historia? Pues poco más que dar testimonio público de la admiración, el respeto, el cariño, que esa admirable clarisa me produce desde que la conocí, hace ya lustros, y que no han hecho sino aumentar a partir de entonces.
Son muchas las sugerencias que me nacen tras la lectura de esta obra poliédrica, un punto caótica, auténtica miscelánea (género típicamente renacentista, con el extremeño Luis Zapata como referente máximo), verdadero caleidoscopio donde captar las múltiples perspectivas que, a través de los años, una Casa de oración, contemplación, estudio y trabajo proporciona. Sin omitir que en el monasterio repercuten indefectiblemente las vicisitudes ciudadanas, por lo que estamos ante una muy valiosa contribución a la historia del viejo Bataliús.
Según verán los lectores, estas páginas, con indudable peso autobiográfico (¿cuáles no las tienen, por mucho que pretenda subsumirse el creador?), aunque con la sólida básica de las investigaciones en el muy abundoso archivo monacal, matizan y enriquecen cuanto las dos anteriores entregas ofrecían sobre los quinientos de años que pesan sobre Santa Ana. El afán de perfeccionismo de sor Celina la induce a ello. También los nuevos datos que no deja de rebuscar y no duda en confrontarlos numerosas veces con tesis sostenidas por otros historiadores locales. Ella se reconoce tozuda, audaz y constante para mantener las suyas (¿quién no se acordaría de Teresa de Ávila?), si bien distingue honestamente lo que considera como demostrable, de las meras conjeturas.
Pero este tercer tomo se ciñe casi por completo a la época contemporánea. Cuántas mujeres formidables nos permite conocer, retratadas con absoluto afecto, capacidad psicológica y sus puntos de humor por la autora, que las ha tratado durante lustros. Y, a través de tan gráciles como bien documentados apuntes, seguir el día a día la intrahistoria del convento. Si fuera preciso refutar el injusto apotegma de Voltaire sobre las personas consagradas – “Se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse –, la pluma de sor Celina se basta y sobra.
Por cierto, la atención se le desparrama a menudo para atender a otras féminas con las que se topó en sus investigaciones, digamos la primera alcaldesa de España (Julia Mayoral Márquez, que lo fue del emblemático pueblo de Santa Amalia, durante la II República); sucesos claves para nuestro devenir histórico, tal la Guerra de Secesión entre España y Portugal; las angustias sufridas por la Fraternidad durante la de la Independencia contra los franceses (1812) y la revolución de 1868, por no decir las vicisitudes de la contienda fratricida 1936-39. ¡Qué estampa la del albañil “Bocanegra”, el miliciano al frente del pelotón ocupante, capaz de jugársela ante los suyos por aliviarles el tránsito a las indefensas monjas! No menos enjundia tienen los pasajes en que se describe la incorporación de la Comunidad a las exigencias civiles del periodo democrático y los distintos gobiernos a partir de entonces.
Buffon, en su Discurso de ingreso en la Academia Francesa (1752), publicado por Manuel G. Revilla (México, Tipografía Económica, 1911), viene a decir que el estilo es el hombre. Y, naturalmente, el de la mujer, pudo añadir el gran naturalista galo. Desde luego el de la autora rezuma naturalidad, pulcritud y gracia. Como es sor Celina. No extraña que tenga tantos amigos. Estoy orgulloso de poder contarme entre ellos. ¿No soy muy subjetivo? Responderé con José Bergamín ante idéntica interrogación: Sin duda. Si yo fuese un objeto, podríais exigirme objetividad. Pero soy un sujeto y lo asumo. Lo que en forma alguna implica ligereza gratuita en mis afirmaciones. Creo que Vds. las compartirán cuando pasen página.

Sor Celina Sosa Monsalve, Historia del R. Monasterio de Santa Ana, Tomo III. Badajoz, Fundación CB.

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INMENSO NAUFRAGIO
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Manuel Pecellín | 17-12-2016 | 10:28| 0

 

Víctor Serge (Bruselas, 1890-México, 1947) fue una personalidad fascinante, prototipo del auténtico revolucionario, más proclive a la pluma que al fusil, capaz de reconocer los errores del proyecto utópico, aunque mantuvo hasta sus días últimos los ideales juveniles, pese a los terribles tropiezos sufridos. Su nombre real era el de Víctor Lvovich Kibalchic, como heredero de una familia rusa refugiada en Bélgica. Allí nació y se formó entre los defensores del anarquismo. Nunca perdería del todo sus raíces libertarias (junto al entusiasmo que mostró por la figura de Lenin). Su compromiso con los ideales revolucionarios lo condujo primero a España, durante la huelga general de 1917 (Medianoche en el siglo alude numerosas veces a nuestro país) y poco después a Rusia, donde los bolcheviques habían tomado el poder.
Serge se comprometió profundamente con el proceso soviético y con la Internacional comunista. No obstante, su lucidez y honestidad le descubren pronto, especialmente tras la subida al poder de Stalin, que la cosa pública no marcha según lo había soñado. Más próximo a las tesis de Trostki, también él será víctima de la represión que está llevándose incluso a los miembros más relevantes del PCUS. Sufre en carne propia las humillaciones concentracionarias del “gulag”, del que escapa en virtud de las presiones internacionales. El año 1936 abandona el presidio y puede salir de la Unión Soviética, convertida para entonces en una cárcel descomunal, y afincarse en Francia. Allí se decide a escribir la novela que presentamos.
S´il est minuit dans la nuit (1939), según el título original, denuncia paladinamente la terrible noche que ha caído sobre una tierra, Rusia, donde el triunfo del proletariado permitía encender las luces de un porvenir glorioso para la humanidad. Adelantándose a Koestler o Soljenitsin (Un día en la vida de Iván Denísovich, la admirable obra de este último, se halla aquí prefigurada), Serge presenta el régimen estaliniano como una horripilante máquina destructora de hombres y mujeres, en muchos casos a los que más debe la propia revolución, con métodos capaces de recordar otra odiosa estructura represiva, la Inquisición (delaciones, torturas, jueces inicuos, cárceles, abogados cómplices, hambrunas, autoinculpaciones humillantes, etc., están a la orden del día).
Pero Medianoche en el siglo es sobre todo un excelente ejercicio literario, texto en el que se combinan hábilmente con discurso narrativo, el monólogo interior, los diálogos sin marca, las canciones populares, las citas de Hegel y Marx, el feedback, la desconstrucción de las jergas políticas y carcelarias para describir el tremendo Caos en que millones de personas ignoran por dónde les asestarán el golpe último.
Enmarcada en Chernoé, campo de concentración a orillas del helado río Chiórnaya, magníficamente resuelto cada primavera, la obra nos traduce las angustias, ilusiones y sufrimientos de personajes prototípicos: Kostrov, miembro del partido desde 1917, profesor universitario de “Materialismo Histórico, que también cae en cae en desgracia y no se conducirá del modo más honorable; Fedossenko, jefe implacable en el trato con los deportados políticos, si bien lo veremos hundirse en el abismo ; el grupo de jóvenes “trotskistas” (Ryjik, Elkin, Avelii), cada uno representativo de diferentes posturas, que sufren allí las mayores miserias y entre los cuales destaca Rodion, el único capaz de eludir las alambradas, aunque su futuro sigue siendo igual de negro. Si hay algún atisbo de solidaridad en aquel gigantesco desbarajuste, en que la “Rusia eterna” de los zares no parece haber mejorado un punto, corre a cargo de los más humildes y de las mujeres allí concentradas (Várvara, Galia). Según apunta el escritor, entre Stalin y Hitler se puede establecer un estremecedor paralelismo. Los ideales comunistas eran tan sublimes como desastrosa su plasmación práctica.
Serge, ante la llegada de los nazis, consigue huir y refugiarse en México, donde el corazón le fallaría. El régimen colaboracionista de Vichy impide que circule su novela, por entender que critica en exceso a un aliado de Alemania, Rusia (tras el pacto Stalin-Hitler). Medianoche en el siglo no reaparecerá hasta 1979 (París, Livre de Poche). La edición de Alianza, con frecuentes notas a pie de página puestas por el traductor (Ramón García), que no es la primera en castellano, facilita la lectura de un libro imprescindible.

Víctor Serge, Medianoche en el siglo. Madrid, Alianza, 2016.

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EMERITA AUGUSTA
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Manuel Pecellín | 14-12-2016 | 2:18| 0

 

Espido Freire (Bilbao, 1974), licenciada en Filología Inglesa y diplomada en Edición y Publicación de Textos por la Universidad de Deusto, irrumpió espectacularmente al obtener con sólo 25 años el Premio Planeta, concedido a su obra Melocotones helados, distinguida por  Qué Leer como la mejor novela española editada durante el año anterior. Poco antes, los libreros franceses galardonaron la primera obra de Espido, Irlanda, como libro  revelación extranjero. La escritora, cuya presencia es frecuente en prensa y TV, ha ido  dando a luz numerosos títulos, con notable aceptación de la crítica y traducciones a los idiomas más hablados. Uno de aquellos, Soria Moria, le supuso el XXXIX Premio Ateneo de Sevilla (Algaida, 2007).

Esta obra, cuyos protagonistas son dos  adolescentes de la burguesía inglesa (instalados en el Tenerife decimonónico y escapados a una tierra mítica de la tradición noruega) estaba en línea con otro texto de literatura juvenil publicado antes por la  bilbaína, La última batalla de Vincavec el bandido.

Si bien  Espido Freire ha manifestado alguna vez su escasa voluntad por la historia como fuente de inspiración,  El chico de la flecha se enmarca en  Emerita Augusta durante el imperio de Vespasiano. Es verdad que su argumento es fruto fantástico, pero nunca entra en confrontación con lo que de la época se conoce. Más aún, puede decirse que el texto es sobre todo una presentación para jóvenes estudiantes de las “instituciones romanas”: familia, ejército,  religión,  comercio, judicatura, administración, esclavitud, etc., así como de los usos y costumbres llevadas e impuestas por las poderosas legiones a todos los confines dominados. Que Freire (apellido con ineludibles ecos pedagógicos) elija para enmarcar su relato la entonces recién fundada Mérida, capital de la Lusitania, nos gusta, pero para esta narración lo mismo pudo fijarse en otras urbes pujantes, como Tarraco. Lisboa, Itálica o Córdoba.

Junto al espectacular puente sobre el Guadiana se asienta la familia de los Albius, patricios latifundistas, de la que forman parte el joven Marco, huérfano, y su tío Julio, el tutor. Son los dos protagonistas de la novela, adolescente atolondrado uno; modelo de serenidad y virtud el otro. En torno a ellos pululan pedagogos, libertos, amas, soldados, brujas, bandidos, servidores de posadas, termas, taberneros, gladiadores,  comerciantes…, toda la fauna, en fin, de una sociedad tan compleja (e injusta) como la creada por Roma.

Una ingenua aventura ideada por Marco y su joven esclavo Aselo va a desencadenar la trama. El final feliz, según corresponde al género, no por previsible resulta inverosímil.  Julio, legado de Roma, asume el papel de instruir a cuantos le rodean, especialmente a los dos pupilos, amo y esclavo, en los valores éticos que elevaron al mundo latino, vigentes hasta hoy. De ahí que el ilustre hombre incluso arriesgue vida y fortuna por salvar a un pequeño esclavo.

Para mejor conducirse en la lectura, sin tener que echar mano a Internet, numerosas notas a pie de página explican los abundantes términos latinos utilizados (en cursivas). Algún anacronismo (v.c., presentar el ajedrez en la Hispania del s. I) o imprecisión (“las mulas relinchan”) no son ni lunares en una prosa tan limpia, precisa y ágil como la de la obra.

 

 

Espido Freire, El chico de la flecha. Madrid, Anaya, 2016

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