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Autor: manuelpecellin
CHIMEN ABRAMSKY
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Manuel Pecellín | 10-12-2016 | 11:59| 0

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

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JOSÉ AGUDO, POETA
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Manuel Pecellín | 08-12-2016 | 3:57| 0

 La Editora Regional de Extremadura, que Eduardo Moga ha comenzado a dirigir con tan buen tino, nos  acaba de sorprender con Acordes de una antigua canción, un excelente poemario, de cuyo autor no teníamos noticias. Nacido en Fregenal de la Sierra (1952),  la vida de José Agudo ha transcurrido en Mallorca y Barcelona, ciudad donde actualmente reside. En la red hemos encontrado la entrevista que le hizo (15-II-2015) Carmen Tomás,  distinguiéndolo entre los  “escriptors del baix Llobregat”. Agudo le que confiesa sentirse herido por la “nostalgia mediterránea”, esa que Serrat cantó de forma inolvidable.

Manuel Rico lo llevó a su Antología de Poetas Catalanes en Castellano, titulada Por Vivir Aquí: Antología de Poetas Catalanes en Castellano (2003), prologada por Manuel Vázquez Montalbán. (Su caso me recuerda al grandísimo José María Valverde, quien, aunque nacido e incluso criado en Valencia de Alcántara, siempre prefirió se incluido entre los escritores de Cataluña, si bien,  aun siendo  políglota, escribía en castellano).

Agudo, con apellido tan surextremeño,  no es un novel en el mundo de las letras. Entre sus publicaciones se señalan títulos como  Naufragios (1992), Conciencia de mí mismo (1995), Dibujando la Rosa de los Vientos (1996), Hombre desnudo (2006) y Esta frágil cadencia (2008), libro éste con el que obtuvo el XXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Que no es el único de sus galardones..

Entre los clásicos, se declara lector asiduo de  Manrique y Quevedo y de los contemporáneos admira sobre todo a Jaime Gil de Biedma, José Agustín y Caballero Bonald.

“Mi pulso poético tiende a la reflexión acerca de la vida y sus contornos, de los mínimos hechos cotidianos que pueden pasar desapercibidos, pero que analizados convenientemente suponen una carga emocional lo suficientemente importante como para tenerlos en cuenta y tratarlos poéticamente”, manifestaba en la entrevista que antes se citó.

Así se percibe en este libro, tan urbanita,  cuyos versos blancos y libres, con preferencia por los endecasílabos, llegan a lo más hondo por su perfección formal y las inquietudes que hacen compartir al lector. Escritos, real o figuradamente en octubre, se impregnan de  melancolía otoñal. Tópicos como la caída de las hojas, el mar al sin los ruidosos turistas, el frío que regresa, los charcos de la lluvia, la luz ya domesticada, las fantasmales neblinas, los pájaros erráticos del crepúsculo… se elevan a símbolos de la caducidad del existir, los  ineludibles estragos del tiempo, la conciencia de un yo que se extingue. El poema “Senectud” (pág. 45) lo resume perfectamente. Con todo, a pesar de los pasos fatigados, de las dudas que corroen a los dioses mismos (si es que existen), de que nos conducen como cantos rodados (Rolling Stones) rumbo a una orilla sin nada, reconforta la seguridad de que estuvimos aquí, junto a los otros, siquiera por un instante.

 

 

José Agudo, Acordes de una antigua canción. Mérida, ERE, 2016

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LA JUDÍA DE HERRERA
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Manuel Pecellín | 03-12-2016 | 1:52| 0

 

 

A mitad de 1499, mientras los aires milenaristas azuzaban todo tipo de inquietudes, en la sede de la Inquisición de Toledo se abre causa contra una joven visionaria nacida en Herrera, proceso que pronto implicará a muchos de sus seguidores. Inés Esteban, con sólo doce años, criada en una familia de judeconversos  falsamente convertidos a la fe católica, vino a ser un fenómeno social en las poblaciones  de la “Real Dehesa de la Serena” para cuantos seguían fieles a la ley de Moisés incluso tras aceptar bautizarse (para eludir la expulsión decretada por los Reyes Católicos).

Su figura atrajo el interés de no pocos historiadores, entre ellos el inolvidable H. Beinart. El catedrático de la Universidad de Jerusalén, gran especialista en el estudio del mundo judeoespañol (recordamos bien su presencia en Hervás durante la celebración del ya lejano I Congreso sobre los Judíos en Extremadura) le dedicaría el estudio “Inés of Herrera. The Prophetes of Extremadura (en Giles, M. E, ed., Women in the Inquisition: Spain and the New World, Baltimore, Johns Hopkins Univesity Press, 1999).

Las actas del proceso levantado contra Inés no han podido aún ser localizadas, por lo que en realidad no se conoce bien cómo terminó. Sí  las de otros que el Santo Tribunal (por entonces todavía casi neófito, pero ya temible) tuvo como cómplices de la adolescente y a quienes ella, con sus visiones y profecías, reconfortó en sus esperanzas mesiánicas.  Los buenos oficios de Antonio Blázquez, también natural de Herrera y empleado en el Archivo  Histórico Nacional de Madrid, dieron a conocer los expedientes de varios de los autos de fe derivados de la causa seguida a la “Moza de Herrera” y sus acólitos. A las gestiones de búsqueda se sumó otro paisano, Desiderio Vaquerizo (n. 1959), catedrático de Arqueología en la Universidad de Córdoba.  Autor de otras novelas históricas (El árbol del pan, 2004; Callejón del lobo, 2006; Chocolate con veneno. 2009; El cerro de los cráneos, 2011 y Alfileres de cristal, 2013), vio pronto las enormes posibilidades literarias de esta figura adolescente, capaz de enfrentarse a las más duras persecuciones en defensa de sus ideales.

Combinando  lo históricamente comprobado con su fantasía creadora (gran acierto con el personaje Diego Martínez O.P. , fiscal inquisidor, hijo bastardo del Conde de Belalcázar, a la postre también convencido e incluso enamorado de la adolescente encausada), Vaquerizo construye una sólida y extensa narración (427 páginas). La dirige a evocar una historia terrible y, sobre todo, a poner de manifiesto la pésima opinión que le merece el Tribunal creado por los Reyes Católicos para reprimir “la herética pravedad” (y con ello sostener  los poderes del Altar y del Trono, tan bien avenidos). Se sirve sobre todo de una obra pionera y  mítica, Sanctae Inquisitionis Hispanicae artes… (Heidelberg, 1569), compuesta por el gran  Casiodoro de Reina (Montemolín, c. 1520) tras huir de Sevilla, huyendo de la Inquisición,  y refugiarse en territorios de la Reforma (donde tampoco lo tratarían precisamente con  mucho respeto).

El relato se sirve de las supuestas memorias que habría compuesto el joven dominico, también encarcelado por desobedecer al Inquisidor General Diego de Deza e incluso tramar la liberación de Inés. Se utiliza, no obstante, el castellano actual, por lo que surgen no pocos anacronismos (histeria, huracán, linchamiento…).  Un glosario de términos ayuda a mejor entender las costumbres y prácticas judías, tan presentes en estas páginas, muy esclarecedoras de lo que fue aquella pugna entre “cristianos nuevos” y “cristianos viejos”, cuyas víctimas fueron en resumen todos los españoles (unos más que otros, claro está).

 

Desiderio Vaquerizo Gil,  Inés de Herrera. La niña profeta. Córdoba, Ediciones El Almendro, 2016.

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LÁPICES MÁGICOS
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Manuel Pecellín | 27-11-2016 | 2:14| 0

 

Quienes venimos de la piedra pulimentada neolítica (pizarra y pizarrín escolares), hemos asimilado  experiencias múltiples en el arte de la escritura. Desde aquellos humildes útiles, en alternancia con los plumines de acero al final de mangos  y los frágiles tinteros de anilina, a menudo derramada sobre el pupitre (¿quién tenía una estilográfica?),  amén de las febles tizas (¡las había de colores!), hasta la pantalla y el lápiz electrónico, hemos vivido descubrimientos impactantes. Para mí, niño rural, supuso toda una revelación descubrir aquella tarde de otoño cómo el Sr. Feliciano,  residente en Sevilla, de visita a Monesterio,  trazaba incansables renglones sin tener que acudir al tintero. Se llama bolígrafo, nos ilustró, y puede trazar miles de líneas sin alejarse del papel.

Aquello no era magia, sino ciencia. Lo que no puede decirse de las propuestas que Ramírez Lozano nos lanza en Lápices primos. La imaginación del extremeño realiza aquí otro tour de force, con ayuda de la  ilustradora Natalie Pudalov, que traduce a imágenes oníricas, en línea con las visiones de El Bosco, las intuiciones  surrealistas del escritor.

Asentado a orillas del Betis, que riega la Argónida de Caballero Bonald y ha visto sus caudales surcados por tartesios,  romanos, musulmanes, wikingos, genoveses y navegantes miles, hasta los yanquis de la VI Flota, la fantasía del autor no conoce fronteras. Merced a un discurso limítrofe entre el verso y la prosa poética, irá desgranando todo un cursillo de nuevas grafías, cada una más original que la anterior. Así, se nos induce a escribir con un peine (las palabras se trenzan mucho mejor, facilitando el poema); una caña de pescar (con la que obtener escamitas de sílabas de todos los colores); una corbata (la lengua del corazón); la humilde cerilla, capaz de meter fuego al discurso;  la espina de un pez volador, tan útil para enhebrar suspiros; el pico de un jilguero, cuya endiablada voracidad abruma a la razón; la pata de cualquier araña, experta en entretejer términos mágicos o la punta de una sombrilla, que incluso en invierno hace florecer vocablos inauditos. Por no decir linternas (iluminan el pensamiento), pinzas de tender (útiles para el decir cotidiano), llaves (las cerraduras han sido tinteros en vidas anteriores), gomas de borrar (imprescindibles en labores de lima, a la búsqueda de la desnudez), agujas de reloj (útiles para hacer ganchillo con las horas perdidas y tricotar poemas de segundos) o vulgares sacacorchos (que imponen trazos en espiral,  barrocos bucles expresivos, espuma de la imaginación desbordante).

¿No le convencen las propuestas de Ramírez Lozano, ni siquiera como las traduce plásticamente la Pudalov en este maravilloso álbum?  Quizá porque Vd. no se decir a sobrepasar las rutinas, el canon consabido, los juegos habituales. Atrévase (sapere aude, recomendaba  el Kant de la Ilustración) a descubrir otras posibilidades expresivas, a romper los moldes clásicos, a experimentar las enormes sugerencias que hasta el objeto más simple provoca con sólo mirarlo de modo distinto. Un mundo como el nuestro, tan cargado de imposiciones, seguridades (falsas), hábitos y decálogos (discutibles) se lo agradecerá.

Si lo desea, cabe esperar a la edición que se anuncia en gallego. Tal vez la lengua de las cantigas le resulte más convincente.

 

José Antonio Ramírez Lozano, Lápices primos. OQO editora. Galicia, 2016

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CUERDOS DE ATAR
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Manuel Pecellín | 19-11-2016 | 10:21| 0

CUERDOS  DE  ATAR

 

Sánchez Alcón (Guijo de Coria, 1967) enseña Filosofía en un Instituto de la Comunidad valenciana.  Pero sus intereses van mucho más allá de la docencia, al menos según los parámetros habituales.  Así, viene colaborando desde hace lustros con “Plena Inclusión”, grupo que apoya las actividades de personas intelectualmente discapacitadas. Es cofundador de la “Escuela de Pensamiento Libre”, donde personas “con retraso” enseñan a otras a razonar valiéndose del método Lipman (ver su ensayo Pensamiento libre, Pirámide, 2011). Al mismo tiempo, no descuida el trabajo de creación, según testimonian las novelas El telefonista pirado que desenterraba filósofos (Anaya, 1999), Las aventuras filosóficas de Toni Tonel (Aljibe, 2004) o El octavo maestro (Sapere Aude, 2016).

A este género pertenece su libro último. “Nargoniem” remite al estremecedor mundo de la locura, cuyos límites han sido tan variables en la historia: cada época ha tenido por dementes, enajenados, locos, orates, insensatos, idiotas, imbéciles, alienados, maníacos, atolondrados, chalados, desequilibrados, excéntricos, trastornados  (por no decir histéricos, esquizofrénicos,  psicópatas, paranoicos y otros cultismos) a personas cuya conducta no coincidía con los cánones de la época. Por supuesto, el tratamiento a que fueron sometidos ha ido variando sustancialmente. Dígalo Foucault en su impagable Historia de la locura (1961), citado aquí más de una vez. Como lo es otro clásico del género, La nave de los necios, publicada a finales del XV por Sebastián Brant, con célebre repercusiones entre los humanistas (Elogio de la locura, de Erasmo) y pintores (La nave de los locos, de El Bosco). Si esto se recuerda es porque también lo hace Sánchez Alcón. Por lo demás, la obra de Brant, cuyas hermosas xilografías se deben en buena parte a Durero,  no era  solo  una alegoría crítica contra la sociedad de su época y la Iglesia católica (a menudo presentada como “nave de salud”), sino clara alusión a una perversa costumbre, históricamente documentable: la de introducir a los enfermos mentales en navíos -¡qué bien si naufragaban!- por los cauces del Rin, el Ródano o el Danubio, alejándolos de la ciudadanía “cuerda”. Si realmente  existiese “Narraganiem”, el land utópico para los privados de razón, hasta allí los llevarían sus familiares y deudos, con el apoyo de los responsables políticos, tan diligentes en la defensa de la ciudadanía “normal”… y de su propio peculio.

Difícil concebir a nadie con mayor preocupación por el bienestar de la patria que el protagonista de la novela. Hijo de un cacique, terrateniente provinciano, a mitad de los cincuenta del pasado siglo, se elevará a puestos de máximo poder en la dictadura franquista.  Sus tremendas, criminales a veces, actuaciones, acordes con aquel régimen, rayan en la vesania. Para  referirlas, el autor se sirve de un viejo recurso, consagrado por Cervantes: el político deja sus memorias a quien las publicará, una vez él se haya suicidado, eso sí, tras cometer  (por mano ajena) asesinatos horrorosos. Él mismo es consciente de sus desequilibrios, cosa que, pintor amateur, lo induce a entablar  en distintos museos de Europa  diálogos surrealistas con hasta ocho orates célebres, consagrados por  los pinceles de Velázquez, Goya, Sorolla,  De Kooning, etc. Junto a las notas de su diario, los informes secretos que recaba de  oscuros súbditos  y los propios apuntes del narrador omnisciente (que declara no serlo: no consigue entender la conducta del hábil político), constituyen el material léxico de la novela. Combinarlo adecuadamente, a pesar de las numerosas caídas (repeticiones, fallos sintácticos y estilísticos numerosos) supone el gran mérito de Narragoniem, inquietante reflexión sobre la especie humana.

 

Chema Sánchez Alcón, Narragoniem. Aranjuez, Ediciones Atlantis, 2016

 

 

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