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Autor: manuelpecellin
SOR CELINA
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Manuel Pecellín | 22-12-2016 | 12:39| 0

Cuentan que cuando Tierno Galván se hallaba en una clínica madrileña con el pie ya en el estribo, según expresión de Cervantes, acudieron a verlo dos monjas.
-D. Enrique, rezamos mucho por Vd., fue la despedida.
-Se lo agradezco, hermanas, respondió el alcalde de Madrid, agnóstico convicto y confeso.
Estoy seguro de que ninguna energía se pierde en el mundo, concluyó el profesor.
Esta suerte de “cuerpo místico” laico hubiera agradado sobremanera a personas como Arias Montano, quien enfatiza sobre ese dogma católico en su impagable Dictatum Christianum (Amberes, Plantino, 1575), obra que tradujo Pedro de Valencia, aunque el discípulo dejase inédita la versión (publicada dos siglos después) tal vez precavido contra la censura inquisitorial.
Me he acercado numerosas veces al convento de Sor Celina, casi siempre junto con la Dra. Carmen Araya – su ayuda a sor Celina ha sido fundamental -
para llevar ejemplares de obras como la citada antes, que me constaba eran muy bien recibidas en el cenobio pacense, auténtica joya arquitectónica de la ciudad. Nunca salí sin haber percibido algo de esa energía que Tierno elogiaba.
La trasmite a raudales Sor Celina, desde su arquitectura aparentemente frágil, mínima, nerviosa, una Edit Piaf gregoriana tras las sólidas rejas del locutorio, que la religiosa, próxima ya a los noventa años, traspasa a veces para mejor saludar al visitante. Bien informada de cuanto ocurre en el mundo, estudiosa infatigable, esta mujer de sólida formación, licenciada en Historia del Arte (“lo que más me costó al profesar, fue dejar la pintura”), es una ferviente defensora de la casa donde habita con hermanas procedentes de medio mundo, el edificio badajoceño del XVI mejor conocido y conservado merced en gran parte a las labores múltiples de la escritora. ( Defenderé la casa de mi padre, cantaba Gabriel Aresti en su emocionante poema “Nire aitaren etxea”).
Buena constancia de lo dicho queda patente en los dos volúmenes anteriores a éste, cuyo prólogo me demanda, aun conociendo de sobra mis limitaciones. ¿Qué hace un catedrático de Filosofía, bibliógrafo cuasi amateur, aunque apasionado por el estudio de todo lo que dice relación con Extremadura, suscribiendo el preliminar de un libro de Historia? Pues poco más que dar testimonio público de la admiración, el respeto, el cariño, que esa admirable clarisa me produce desde que la conocí, hace ya lustros, y que no han hecho sino aumentar a partir de entonces.
Son muchas las sugerencias que me nacen tras la lectura de esta obra poliédrica, un punto caótica, auténtica miscelánea (género típicamente renacentista, con el extremeño Luis Zapata como referente máximo), verdadero caleidoscopio donde captar las múltiples perspectivas que, a través de los años, una Casa de oración, contemplación, estudio y trabajo proporciona. Sin omitir que en el monasterio repercuten indefectiblemente las vicisitudes ciudadanas, por lo que estamos ante una muy valiosa contribución a la historia del viejo Bataliús.
Según verán los lectores, estas páginas, con indudable peso autobiográfico (¿cuáles no las tienen, por mucho que pretenda subsumirse el creador?), aunque con la sólida básica de las investigaciones en el muy abundoso archivo monacal, matizan y enriquecen cuanto las dos anteriores entregas ofrecían sobre los quinientos de años que pesan sobre Santa Ana. El afán de perfeccionismo de sor Celina la induce a ello. También los nuevos datos que no deja de rebuscar y no duda en confrontarlos numerosas veces con tesis sostenidas por otros historiadores locales. Ella se reconoce tozuda, audaz y constante para mantener las suyas (¿quién no se acordaría de Teresa de Ávila?), si bien distingue honestamente lo que considera como demostrable, de las meras conjeturas.
Pero este tercer tomo se ciñe casi por completo a la época contemporánea. Cuántas mujeres formidables nos permite conocer, retratadas con absoluto afecto, capacidad psicológica y sus puntos de humor por la autora, que las ha tratado durante lustros. Y, a través de tan gráciles como bien documentados apuntes, seguir el día a día la intrahistoria del convento. Si fuera preciso refutar el injusto apotegma de Voltaire sobre las personas consagradas – “Se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse –, la pluma de sor Celina se basta y sobra.
Por cierto, la atención se le desparrama a menudo para atender a otras féminas con las que se topó en sus investigaciones, digamos la primera alcaldesa de España (Julia Mayoral Márquez, que lo fue del emblemático pueblo de Santa Amalia, durante la II República); sucesos claves para nuestro devenir histórico, tal la Guerra de Secesión entre España y Portugal; las angustias sufridas por la Fraternidad durante la de la Independencia contra los franceses (1812) y la revolución de 1868, por no decir las vicisitudes de la contienda fratricida 1936-39. ¡Qué estampa la del albañil “Bocanegra”, el miliciano al frente del pelotón ocupante, capaz de jugársela ante los suyos por aliviarles el tránsito a las indefensas monjas! No menos enjundia tienen los pasajes en que se describe la incorporación de la Comunidad a las exigencias civiles del periodo democrático y los distintos gobiernos a partir de entonces.
Buffon, en su Discurso de ingreso en la Academia Francesa (1752), publicado por Manuel G. Revilla (México, Tipografía Económica, 1911), viene a decir que el estilo es el hombre. Y, naturalmente, el de la mujer, pudo añadir el gran naturalista galo. Desde luego el de la autora rezuma naturalidad, pulcritud y gracia. Como es sor Celina. No extraña que tenga tantos amigos. Estoy orgulloso de poder contarme entre ellos. ¿No soy muy subjetivo? Responderé con José Bergamín ante idéntica interrogación: Sin duda. Si yo fuese un objeto, podríais exigirme objetividad. Pero soy un sujeto y lo asumo. Lo que en forma alguna implica ligereza gratuita en mis afirmaciones. Creo que Vds. las compartirán cuando pasen página.

Sor Celina Sosa Monsalve, Historia del R. Monasterio de Santa Ana, Tomo III. Badajoz, Fundación CB.

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INMENSO NAUFRAGIO
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Manuel Pecellín | 17-12-2016 | 10:28| 0

 

Víctor Serge (Bruselas, 1890-México, 1947) fue una personalidad fascinante, prototipo del auténtico revolucionario, más proclive a la pluma que al fusil, capaz de reconocer los errores del proyecto utópico, aunque mantuvo hasta sus días últimos los ideales juveniles, pese a los terribles tropiezos sufridos. Su nombre real era el de Víctor Lvovich Kibalchic, como heredero de una familia rusa refugiada en Bélgica. Allí nació y se formó entre los defensores del anarquismo. Nunca perdería del todo sus raíces libertarias (junto al entusiasmo que mostró por la figura de Lenin). Su compromiso con los ideales revolucionarios lo condujo primero a España, durante la huelga general de 1917 (Medianoche en el siglo alude numerosas veces a nuestro país) y poco después a Rusia, donde los bolcheviques habían tomado el poder.
Serge se comprometió profundamente con el proceso soviético y con la Internacional comunista. No obstante, su lucidez y honestidad le descubren pronto, especialmente tras la subida al poder de Stalin, que la cosa pública no marcha según lo había soñado. Más próximo a las tesis de Trostki, también él será víctima de la represión que está llevándose incluso a los miembros más relevantes del PCUS. Sufre en carne propia las humillaciones concentracionarias del “gulag”, del que escapa en virtud de las presiones internacionales. El año 1936 abandona el presidio y puede salir de la Unión Soviética, convertida para entonces en una cárcel descomunal, y afincarse en Francia. Allí se decide a escribir la novela que presentamos.
S´il est minuit dans la nuit (1939), según el título original, denuncia paladinamente la terrible noche que ha caído sobre una tierra, Rusia, donde el triunfo del proletariado permitía encender las luces de un porvenir glorioso para la humanidad. Adelantándose a Koestler o Soljenitsin (Un día en la vida de Iván Denísovich, la admirable obra de este último, se halla aquí prefigurada), Serge presenta el régimen estaliniano como una horripilante máquina destructora de hombres y mujeres, en muchos casos a los que más debe la propia revolución, con métodos capaces de recordar otra odiosa estructura represiva, la Inquisición (delaciones, torturas, jueces inicuos, cárceles, abogados cómplices, hambrunas, autoinculpaciones humillantes, etc., están a la orden del día).
Pero Medianoche en el siglo es sobre todo un excelente ejercicio literario, texto en el que se combinan hábilmente con discurso narrativo, el monólogo interior, los diálogos sin marca, las canciones populares, las citas de Hegel y Marx, el feedback, la desconstrucción de las jergas políticas y carcelarias para describir el tremendo Caos en que millones de personas ignoran por dónde les asestarán el golpe último.
Enmarcada en Chernoé, campo de concentración a orillas del helado río Chiórnaya, magníficamente resuelto cada primavera, la obra nos traduce las angustias, ilusiones y sufrimientos de personajes prototípicos: Kostrov, miembro del partido desde 1917, profesor universitario de “Materialismo Histórico, que también cae en cae en desgracia y no se conducirá del modo más honorable; Fedossenko, jefe implacable en el trato con los deportados políticos, si bien lo veremos hundirse en el abismo ; el grupo de jóvenes “trotskistas” (Ryjik, Elkin, Avelii), cada uno representativo de diferentes posturas, que sufren allí las mayores miserias y entre los cuales destaca Rodion, el único capaz de eludir las alambradas, aunque su futuro sigue siendo igual de negro. Si hay algún atisbo de solidaridad en aquel gigantesco desbarajuste, en que la “Rusia eterna” de los zares no parece haber mejorado un punto, corre a cargo de los más humildes y de las mujeres allí concentradas (Várvara, Galia). Según apunta el escritor, entre Stalin y Hitler se puede establecer un estremecedor paralelismo. Los ideales comunistas eran tan sublimes como desastrosa su plasmación práctica.
Serge, ante la llegada de los nazis, consigue huir y refugiarse en México, donde el corazón le fallaría. El régimen colaboracionista de Vichy impide que circule su novela, por entender que critica en exceso a un aliado de Alemania, Rusia (tras el pacto Stalin-Hitler). Medianoche en el siglo no reaparecerá hasta 1979 (París, Livre de Poche). La edición de Alianza, con frecuentes notas a pie de página puestas por el traductor (Ramón García), que no es la primera en castellano, facilita la lectura de un libro imprescindible.

Víctor Serge, Medianoche en el siglo. Madrid, Alianza, 2016.

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EMERITA AUGUSTA
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Manuel Pecellín | 14-12-2016 | 2:18| 0

 

Espido Freire (Bilbao, 1974), licenciada en Filología Inglesa y diplomada en Edición y Publicación de Textos por la Universidad de Deusto, irrumpió espectacularmente al obtener con sólo 25 años el Premio Planeta, concedido a su obra Melocotones helados, distinguida por  Qué Leer como la mejor novela española editada durante el año anterior. Poco antes, los libreros franceses galardonaron la primera obra de Espido, Irlanda, como libro  revelación extranjero. La escritora, cuya presencia es frecuente en prensa y TV, ha ido  dando a luz numerosos títulos, con notable aceptación de la crítica y traducciones a los idiomas más hablados. Uno de aquellos, Soria Moria, le supuso el XXXIX Premio Ateneo de Sevilla (Algaida, 2007).

Esta obra, cuyos protagonistas son dos  adolescentes de la burguesía inglesa (instalados en el Tenerife decimonónico y escapados a una tierra mítica de la tradición noruega) estaba en línea con otro texto de literatura juvenil publicado antes por la  bilbaína, La última batalla de Vincavec el bandido.

Si bien  Espido Freire ha manifestado alguna vez su escasa voluntad por la historia como fuente de inspiración,  El chico de la flecha se enmarca en  Emerita Augusta durante el imperio de Vespasiano. Es verdad que su argumento es fruto fantástico, pero nunca entra en confrontación con lo que de la época se conoce. Más aún, puede decirse que el texto es sobre todo una presentación para jóvenes estudiantes de las “instituciones romanas”: familia, ejército,  religión,  comercio, judicatura, administración, esclavitud, etc., así como de los usos y costumbres llevadas e impuestas por las poderosas legiones a todos los confines dominados. Que Freire (apellido con ineludibles ecos pedagógicos) elija para enmarcar su relato la entonces recién fundada Mérida, capital de la Lusitania, nos gusta, pero para esta narración lo mismo pudo fijarse en otras urbes pujantes, como Tarraco. Lisboa, Itálica o Córdoba.

Junto al espectacular puente sobre el Guadiana se asienta la familia de los Albius, patricios latifundistas, de la que forman parte el joven Marco, huérfano, y su tío Julio, el tutor. Son los dos protagonistas de la novela, adolescente atolondrado uno; modelo de serenidad y virtud el otro. En torno a ellos pululan pedagogos, libertos, amas, soldados, brujas, bandidos, servidores de posadas, termas, taberneros, gladiadores,  comerciantes…, toda la fauna, en fin, de una sociedad tan compleja (e injusta) como la creada por Roma.

Una ingenua aventura ideada por Marco y su joven esclavo Aselo va a desencadenar la trama. El final feliz, según corresponde al género, no por previsible resulta inverosímil.  Julio, legado de Roma, asume el papel de instruir a cuantos le rodean, especialmente a los dos pupilos, amo y esclavo, en los valores éticos que elevaron al mundo latino, vigentes hasta hoy. De ahí que el ilustre hombre incluso arriesgue vida y fortuna por salvar a un pequeño esclavo.

Para mejor conducirse en la lectura, sin tener que echar mano a Internet, numerosas notas a pie de página explican los abundantes términos latinos utilizados (en cursivas). Algún anacronismo (v.c., presentar el ajedrez en la Hispania del s. I) o imprecisión (“las mulas relinchan”) no son ni lunares en una prosa tan limpia, precisa y ágil como la de la obra.

 

 

Espido Freire, El chico de la flecha. Madrid, Anaya, 2016

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CHIMEN ABRAMSKY
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Manuel Pecellín | 10-12-2016 | 11:59| 0

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

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JOSÉ AGUDO, POETA
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Manuel Pecellín | 08-12-2016 | 3:57| 0

 La Editora Regional de Extremadura, que Eduardo Moga ha comenzado a dirigir con tan buen tino, nos  acaba de sorprender con Acordes de una antigua canción, un excelente poemario, de cuyo autor no teníamos noticias. Nacido en Fregenal de la Sierra (1952),  la vida de José Agudo ha transcurrido en Mallorca y Barcelona, ciudad donde actualmente reside. En la red hemos encontrado la entrevista que le hizo (15-II-2015) Carmen Tomás,  distinguiéndolo entre los  “escriptors del baix Llobregat”. Agudo le que confiesa sentirse herido por la “nostalgia mediterránea”, esa que Serrat cantó de forma inolvidable.

Manuel Rico lo llevó a su Antología de Poetas Catalanes en Castellano, titulada Por Vivir Aquí: Antología de Poetas Catalanes en Castellano (2003), prologada por Manuel Vázquez Montalbán. (Su caso me recuerda al grandísimo José María Valverde, quien, aunque nacido e incluso criado en Valencia de Alcántara, siempre prefirió se incluido entre los escritores de Cataluña, si bien,  aun siendo  políglota, escribía en castellano).

Agudo, con apellido tan surextremeño,  no es un novel en el mundo de las letras. Entre sus publicaciones se señalan títulos como  Naufragios (1992), Conciencia de mí mismo (1995), Dibujando la Rosa de los Vientos (1996), Hombre desnudo (2006) y Esta frágil cadencia (2008), libro éste con el que obtuvo el XXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Que no es el único de sus galardones..

Entre los clásicos, se declara lector asiduo de  Manrique y Quevedo y de los contemporáneos admira sobre todo a Jaime Gil de Biedma, José Agustín y Caballero Bonald.

“Mi pulso poético tiende a la reflexión acerca de la vida y sus contornos, de los mínimos hechos cotidianos que pueden pasar desapercibidos, pero que analizados convenientemente suponen una carga emocional lo suficientemente importante como para tenerlos en cuenta y tratarlos poéticamente”, manifestaba en la entrevista que antes se citó.

Así se percibe en este libro, tan urbanita,  cuyos versos blancos y libres, con preferencia por los endecasílabos, llegan a lo más hondo por su perfección formal y las inquietudes que hacen compartir al lector. Escritos, real o figuradamente en octubre, se impregnan de  melancolía otoñal. Tópicos como la caída de las hojas, el mar al sin los ruidosos turistas, el frío que regresa, los charcos de la lluvia, la luz ya domesticada, las fantasmales neblinas, los pájaros erráticos del crepúsculo… se elevan a símbolos de la caducidad del existir, los  ineludibles estragos del tiempo, la conciencia de un yo que se extingue. El poema “Senectud” (pág. 45) lo resume perfectamente. Con todo, a pesar de los pasos fatigados, de las dudas que corroen a los dioses mismos (si es que existen), de que nos conducen como cantos rodados (Rolling Stones) rumbo a una orilla sin nada, reconforta la seguridad de que estuvimos aquí, junto a los otros, siquiera por un instante.

 

 

José Agudo, Acordes de una antigua canción. Mérida, ERE, 2016

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