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Autor: manuelpecellin
ANA BLANDIANA
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Manuel Pecellín | 04-10-2011 | 9:40| 0

Según un fenómeno bien conocido, los creadores más capaces han logrado muchas veces romper el imperio de la censura de turno, eludiendo directrices oficiales, silencios ominosos o limitaciones múltiples merced al lenguaje indirecto, la metáfora y las alegorías. Tiranos, inquisidores, genocidas y caudillos se verán impotentes para reprimir tantas obras que les desagradaban y cuyo éxito radicó en las críticas allí sutilmente dispersas, imposibles de atajar ni siquiera por los máximos dictadores.
Ana Blandiana nació (1942) en Timisoara, la ciudad que iba a hacerse famosa por los levantamientos populares (1989) contra el régimen, entre trágico y ridículo, de Ceaucescu y su temible policía secreta (Securitate). Hoy es una de las escritoras rumanas más célebres, con medio centenar de obras publicadas y traducida a una larga veintena de idiomas. En todas ellas (ensayos, novelas, poesías, narraciones cortas) “recurre a la convención de lo fantástico para denunciar, de manera encubierta, la dimensión grotesca de la existencia en un estado totalitario. Nuestra autora explora la capacidad subversiva de lo fantástico y revitaliza mediante esta estrategia literaria la tradición de la literatura rumana”, expone la cotraductora Viorica Patea en el excelente epílogo (pág. 207).
Blandiana conoce como pocos de qué escribe. Su padre, comandante durante la Segunda Guerra Mundial, se hizo después sacerdote ortodoxo y profesor, muy crítico frente a la dictadura comunista, lo que le supuso varios años de cárcel. Ella va a sufrir una vigilancia policial continua, viendo prohibidos muchos de sus escritos. No obstante, consigue publicar (1977) obras como Las cuatro estaciones, seguramente por el carácter mismo de estos relatos alegóricos, donde la “polisemia, la concentración, la paradoja, la ambigüedad, las connotaciones y el juego de las sugerencias latentes” (Patea, p. 206-208) tal vez despistaron al censor.
El título remite inevitablemente a Vivaldi, el gran violinista sobre el que se anuncian dos próximas películas, músico tan libre como inclasificable (alguien lo ha llamado “el cura rojo”, por el color de su pelo y su espíritu crítico), sin olvidar las magníficas cuatro Sonatas de nuestro Valle-Inclán, pluma iconoclasta donde las haya habido. Es otro acierto de Periférica (que ya publicó , 2008. de Blandiana Proyectos de pasado) reeditar este magnífico conjunto de relatos, todos los cuales presentan notas comunes bien perceptibles.
Los abre “La capilla con mariposas” (el invierno), tal vez el de mayor poso fantástico. Compuesto de forma autobiográfica, la autora lo sitúa en un territorio onírico, donde lo imaginario (el reino de las libertades) se contrapone al mundo supuestamente real, el de la lógica y las leyes materialistas, repleto sin embargo de contradicciones innúmeras, éticas y estéticas. La denuncia de la situación rumana, si bien bajo los ropajes del discurso sugerido, prosigue en “Queridos espantapájaros” (la primavera). También impregnado de auras líricas, Blandiana lo sembrará de símbolos fácilmente traducibles (comitivas fúnebres, cabezas de niños, iglesias y cementerios), por no decir el propio artefacto del título, imagen ridícula del represor insensible. “La ciudad derretida” (el verano) no puede significar sino el inevitable hundimiento – según habría de producirse pronto – de una sociedad (un cementerio colectivo, se dice, pág. 134) fundada en la mentira y la opresión. Se anuncia un cataclismo tan maravilloso como repugnante (pág. 138), representado por la cría de delfín que aparece muerto en la playa. Lo concluye “Recuerdos de infancia” (el otoño), donde se nos ofrece como asunto central una inconfundible quema de libros a las afueras de Bucarest, mezclando, nuevamente, el perfume de los viejos tomos con el hedor de las hojas ardidas.
Unamuno , otro rebelde, escribió alguna vez sobre “la cochina lógica”. Blandiana sabe que “la fantasía, aprovechando la fatiga de la lógica, habrá podido completar apresuradamente estas lagunas con manchas de colores capaces de cambiar el aspecto de todos los acontecimientos… Lo fantástico no se opone a lo real, es sólo su representación más plena de significados” (pág. 55). Así lo demuestran estas narraciones.

Ana Blandiana, Las cuatro estaciones. Cáceres, Periférica, 2011.

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EL CRÍTICO POR EXCELENCIA
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Manuel Pecellín | 03-10-2011 | 12:29| 0

El crítico español por excelencia, según opinión unánime de sus coetáneos, lo fue Enrique Díez-Canedo y Reixa. Natural de Badajoz (1979), donde tiene calle y da nombre al Aula Literaria de la AEEX, falleció (1944) en el exilio de México dejando una obra plural, valiosísima y, por desgracia, bastante dispersa. Don Enrique sentó también cátedra como profesor, diplomático, antólogo, traductor, poeta e incluso humorista. Pero las cumbres del reconocimiento las alcanzó con sus artículos sobre el teatro y la poesía (también, más ocasionalmente, la prosa) que se hizo en España durante el primer tercio del siglo XX.
Vinculado existencialmente a tantos lugares, por nacimiento o residencia (Badajoz, Galicia, Cataluña, Francia, Argentina, Méjico), cuyas lenguas y culturas procuró dominar, sus labores críticas se adornan con rasgos muy específicos: método propio (el comparatista, facilitado por sus enormes conocimientos), claridad, rigor, benevolencia, suave ironía y compromiso (mantuvo indeclinable adhesión a la II República, lo que le forzará a exiliarse). Así lo percibían sus alumnos, los oyentes en un sinfín de conferencias y los incontables lectores de trabajos que entregaba sin reposo a las mejores revistas y periódicos hispanoamericanos. Puede decirse que ningún escritor en castellano, gallego o catalán dejó de rendir tributo de admiración a Díez-Canedo. Nadie como él impuso el canon de las literaturas españolas en la época. Max Aub, Juan Ramón Jiménez, Machado , Lorca, Alberti y tantos más así lo admitían.
No obstante, su inmensa, pero dispersada creación (que sigue estándolo, pese a las obras de recopilación como las de Joaquín Mortiz, José María Fernández Gutiérrez, Gregorio Torres Nebreda), seguía demandando un esfuerzo para reunir el corpus completo de tan extraordinaria productividad. Marcelino Jiménez León, profesor de la Universitat de Barcelona, había hecho valiosos adelantos con la obra Desde el exilio. Artículos y reseñas críticas (1939-1944) (Sevilla, Renacimiento, 2010) y otros estudios menores. La Editora Regional de Extremadura le publica ahora este magnífico volumen, sin duda ya imprescindible para cuantos se interesen por conocer las literaturas hispanas de la primera mitad del XX.
Se propuso ante todo compilar exhaustivamente la obra crítica de Canedo, ordenándola y describiéndola de forma que a cualquier estudioso le resulte fácil localizar determinada reseña. (Entre los de Extremadura, D. Enrique se interesó alguna vez por escritores como Gabriel y Galán, Felipe Trigo, Joaquín Montaner y Luis Chamizo, mientras mantuvo alguna relación personal con Francisco Valdés y Antonio Rodríguez-Moñino). El Dr. Jiménez se esfuerza asimismo por extraer las ideas principales de Díez-Canedo en torno a la creación literaria (especialmente, la poesía, la dramaturgia y la versión, aunque sin olvidar la novela), a la vez que va estableciendo la biografía intelectual del personaje.
El libro, con 620 páginas, lleva casi un millar de notas explicativas, algunas más extensas que el propio texto interesado. Se trata, no obstante, de una obra abierta, pues el propio autor reconoce que aún falta por hacer las investigaciones similares sobre otras dos facetas de aquel prolífico hombre: como traductor y crítico de arte, si bien ya se adelantan aquí importantes fundamentos.

Marcelino Jiménez León, La obra crítica de Enrique Díez-Canedo. Mérida, ERE, 2011

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PÓLVORA EN LA SANGRE
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Manuel Pecellín | 28-09-2011 | 6:21| 0

El nombre de Jules Vallès (Puy-en-Velay, 1832- París, 1885) ha quedado indisolublemente unido, junto con el de otros dos grandes de la literatura francesa, Lautréamont y Rimbaud, al de la Comuna parisina (1871). Acorde con sus ideales revolucionarios, a los que se adhirió en plena juventud, Vallès tomó parte activa en aquel las míticas jornadas, un hito insoslayable para la historia del movimiento obrero. Como otros líderes de esa insurrección popular, tras la derrota de la misma fue condenado a muerte. Pudo eludir la pena máxima y marchar al exilio de Londres, regresando a Francia tras la amnistía. Según Andreu Nin, que prologó la traducción catalana (19359 de El insurrecto, obra de carácter autobiográfico de Vallés, más de 60.000 trabajadores acompañaron hasta el Père Lachaise el cadáver de tan comprometido escritor.
La editorial Periférica completa ahora con El candidato de los pobres una de las triadas en que el francés recoge tantas referencias a su propia vida, junto con El testamento de un bromista y Recuerdos de un estudiante, también publicadas por la firma cacereña. Si la lectura de esta excelente obra nos conmueve al enfrentarnos con la dura condición de las clases humildes en la Francia decimonónica, no es menos verdad que nos admiran los valores literarios de un texto capaz de trascender la estética del Naturalismo entonces imperante. Acaso la prosa elegida por Inés Bértolo (apellido insigne en el mundo de las traducciones), conscientemente tocada de un aire arcaico, no sea la mejor para percibir toda la belleza del original. No obstante, resulta difícil evadirse del encanto que genera esta desgarradora narración suscrita por alguien que confesaba con orgullo: “No he sido cobarde. Al no poder ser periodista u oficial republicano, he querido, valientemente, quedarme con el pueblo y ser obrero” (pág. 15).
El realidad, según aquí nos cuenta, se malgana la vida como profesor (en instituciones pedagógicas donde nunca pudo estar cómodo) o docente privado, a la vez que escribe en los medios más progresistas de la época. Vallès denuncia las contradicciones de aquella sociedad, mientras describe las luchas cotidianas de los pobres para sobrevivir, tantas veces en circunstancias extremas, según le ocurre a él mismo. Rebelde, anticlerical, sensible y justiciero, el autor no sabe de concesiones al Poder y lo combate con lo que mejor sabe: la pluma. Por algo le gusta decir que él llevaba en la sangre la pólvora de los vencidos.

Jules Vallés, El candidato de los pobres. Cáceres, Periférica, 2011.

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AL BORDE DE LAS HURDES
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Manuel Pecellín | 26-09-2011 | 6:56| 0

AL BORDE DE LAS HURDES

Enrique Javier Jiménez nació (1955), en La Pesga, una “tierra con pan”, al menos hasta que las agua del pantano Gabriel y Galán inundase los terrenos más fértiles. Se crió allí, al borde de Las Hurdes, la mítica “tierra sin pan” según la clasificara Buñuel (1932). Criado en un hogar humilde, aunque bien sustentado por el padre, carpintero, vio los rictus del hambre en la cara de otros niños, como Pipotuna, que le robaba el trozo de morcilla para sobrevivir. Peor lo tenían los hurdanos, capaces trocar una saca de carbón por una cesta de higos para no morirse. Enrique Javier emigró con los suyos a Madrid, donde hizo Magisterio y Psicología. Pero no pudo olvidar el paisaje y el paisanaje que le nutrieron la infancia, ni los relatos de las largas noches invernales, por ejemplo los relacionados con la última guerra civil. Todo ese mundo, mantenido en los escondrijos de la memoria, es el que se le viene a la pluma al escribir su primer libro, si bien lo tamiza, acrisola e incluso funde en la matriz literaria. Lo explica el autor en los preliminares: “ Todavía hoy puedo recordar personajes de entonces, oír sus voces, sentir el drama de sus vidas, ordenar retazos en la frontera del olvido, en que lo real y lo onírico se confunden para saltar el tiempo, detalles y prejuicios, para dar sentido en la distancia al mosaico de aquellos días lejanos”.
Pablo Jiménez, que tanto sabe de música y poesía, le ha puesto extenso prólogo, lúcido análisis de un libro cuyo lenguaje cotidiano y aparente sencillez no están reñidos con la altura estética. Sin duda, ésta es mayor en los poemas menos descriptivos o narrativos (los más abundantes aquí), alguno como “Salamantiga” calificado acertadamente así por el prologuista: “síntesis feliz de lirismo y sensualidad expresiva: notable ejercicio de iluminación introspectiva al alcance de pocos poetas”.
La obra hace el número 25 de la colección “Dávila”, editada por Beturia, que ya por cierto cuenta ya con un largo centenar de socios.

Enrique Javier Jiménez Domínguez, Tierra con pan. Madrid, Beturia, 2011.

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JAIME SALINAS
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Manuel Pecellín | 23-09-2011 | 6:11| 0

JAIME SALINAS

Aunque su apellido conduce de modo inevitable al gran maestro del 27, Jaime Salinas (Argelina, 1925- Islandia, 2011) supo ganarse por méritos propios la estima unánime merced a sus plurales y acertadas dedicaciones. Entre ellas sobresale la de editor, sin olvidar que fue director general del Libro y Bibliotecas en el primer gabinete de Felipe González. A la memoria de tan honorable figura está dedicada esta quinta entrega de los “Pliegos La Sorpresa”, que edita la Fundación Gerardo Diego.
La coordina José Luis Bernal, quien también suscribe los preliminares. El profesor de la Universidad de Extremadura define a Jaime Salinas como un gentil, elegante y mesurado caballero “plurilingüe”, atribuyéndole un papel clave en la vida cultural española durante la segunda mitad de la pasada centuria. Como ejemplo aduce su decisiva contribución para que finalmente vieran la luz los cinco tomos de la “Prosa Completa” de Gerardo Diego.
Los avatares de esa aventura editorial fueron narrados por el propio Jaime en un atractivo texto que aquí se reproduce. Contiene sabrosas referencias a escritores como Jorge Guillén, Alberti, Lorca, Aleixandre, Altolaguirre, Bergamín y Dámaso Alonso, así como un vívido retrato del mundo editorial español en los albores de la democracia.
Esa edición fue preparada por la hija de Diego, Elena, a requerimiento de Jaime, quien le consiguió una generosa licencia de estudios para abordar la ardua labor. Ella misma evoca los apoyos indefectibles de Salinas hasta ver culminada la obra.
Por su parte, Pureza Canelo recuerda en un cálido apunte sus deudas con la escritura del fecundo escritor santanderino, al que comenzaría a leer desde bien joven, en ediciones sueltas, como lo hizo después “en las horas del estío extremeño aliviadas por una casa rodeada de hiedra, después de largos paseos nocturnos”, tras la publicación de los dos tomos con la poesía completa de Gerardo Diego.
Esa edición (Aguilar, 1989), también alentada por Salinas, estuvo a cargo de Francisco Javier Díaz de Revenga, aunque se utilizase el texto fijado por el propio poeta para un remiso y a la postre frustrado editor barcelonés. Revenga, que puso el prólogo y la bibliografía oportuna, concluye esta entrega con un denso artículo en el que describe sus relaciones con Jaime Salinas, a quien retrata así : “Dueño desde joven de la posibilidad de expresarse en tres lenguas, muestra en Travesías la riqueza de su espíritu y, sobre todo, su excelente formación intelectual, pero más aún su prodigiosa capacidad para revivir tiempos pasados, para emocionar revelando detalles de una vida sin duda novelesca, que le conduce a destinos personales tan diversos como pueden ser: estudiante en los más variados y divergentes sistemas educativos desde el cuarto de la plancha de su casa madrileña, en la que convive con la muchacha de servicio, desde la Escuela Internacional de Madrid, hasta el liceo francés de Argel y los centros educativos norteamericanos de secundaria y universitarios; o soldado pacifista en la II Guerra Mundial en las ambulancias del American Field Service; o estudiante de cinematografía en París, entre otras muchas y muy variadas actividades, que revelaban su inexcusable condición de trashumante contemporáneo”.
Por último, señalemos que se incluye también como atractivo inserto una fotografía procedente del Archivo de Gerardo Diego, tomada en Santander durante el verano de 1936, en la que se ven las figuras de Jaime y Solita Salinas, Germaine Marin y Margarita Bonmatti, así como la cabecita rubicunda de Elena Diego, hija del poeta.

José Luis Bernal (coord.), A Jaime Salinas. Santander, Fundación Gerardo Diego, 2011.

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