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Autor: manuelpecellin
AL BORDE DE LAS HURDES
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Manuel Pecellín | 26-09-2011 | 6:56| 0

AL BORDE DE LAS HURDES

Enrique Javier Jiménez nació (1955), en La Pesga, una “tierra con pan”, al menos hasta que las agua del pantano Gabriel y Galán inundase los terrenos más fértiles. Se crió allí, al borde de Las Hurdes, la mítica “tierra sin pan” según la clasificara Buñuel (1932). Criado en un hogar humilde, aunque bien sustentado por el padre, carpintero, vio los rictus del hambre en la cara de otros niños, como Pipotuna, que le robaba el trozo de morcilla para sobrevivir. Peor lo tenían los hurdanos, capaces trocar una saca de carbón por una cesta de higos para no morirse. Enrique Javier emigró con los suyos a Madrid, donde hizo Magisterio y Psicología. Pero no pudo olvidar el paisaje y el paisanaje que le nutrieron la infancia, ni los relatos de las largas noches invernales, por ejemplo los relacionados con la última guerra civil. Todo ese mundo, mantenido en los escondrijos de la memoria, es el que se le viene a la pluma al escribir su primer libro, si bien lo tamiza, acrisola e incluso funde en la matriz literaria. Lo explica el autor en los preliminares: “ Todavía hoy puedo recordar personajes de entonces, oír sus voces, sentir el drama de sus vidas, ordenar retazos en la frontera del olvido, en que lo real y lo onírico se confunden para saltar el tiempo, detalles y prejuicios, para dar sentido en la distancia al mosaico de aquellos días lejanos”.
Pablo Jiménez, que tanto sabe de música y poesía, le ha puesto extenso prólogo, lúcido análisis de un libro cuyo lenguaje cotidiano y aparente sencillez no están reñidos con la altura estética. Sin duda, ésta es mayor en los poemas menos descriptivos o narrativos (los más abundantes aquí), alguno como “Salamantiga” calificado acertadamente así por el prologuista: “síntesis feliz de lirismo y sensualidad expresiva: notable ejercicio de iluminación introspectiva al alcance de pocos poetas”.
La obra hace el número 25 de la colección “Dávila”, editada por Beturia, que ya por cierto cuenta ya con un largo centenar de socios.

Enrique Javier Jiménez Domínguez, Tierra con pan. Madrid, Beturia, 2011.

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JAIME SALINAS
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Manuel Pecellín | 23-09-2011 | 6:11| 0

JAIME SALINAS

Aunque su apellido conduce de modo inevitable al gran maestro del 27, Jaime Salinas (Argelina, 1925- Islandia, 2011) supo ganarse por méritos propios la estima unánime merced a sus plurales y acertadas dedicaciones. Entre ellas sobresale la de editor, sin olvidar que fue director general del Libro y Bibliotecas en el primer gabinete de Felipe González. A la memoria de tan honorable figura está dedicada esta quinta entrega de los “Pliegos La Sorpresa”, que edita la Fundación Gerardo Diego.
La coordina José Luis Bernal, quien también suscribe los preliminares. El profesor de la Universidad de Extremadura define a Jaime Salinas como un gentil, elegante y mesurado caballero “plurilingüe”, atribuyéndole un papel clave en la vida cultural española durante la segunda mitad de la pasada centuria. Como ejemplo aduce su decisiva contribución para que finalmente vieran la luz los cinco tomos de la “Prosa Completa” de Gerardo Diego.
Los avatares de esa aventura editorial fueron narrados por el propio Jaime en un atractivo texto que aquí se reproduce. Contiene sabrosas referencias a escritores como Jorge Guillén, Alberti, Lorca, Aleixandre, Altolaguirre, Bergamín y Dámaso Alonso, así como un vívido retrato del mundo editorial español en los albores de la democracia.
Esa edición fue preparada por la hija de Diego, Elena, a requerimiento de Jaime, quien le consiguió una generosa licencia de estudios para abordar la ardua labor. Ella misma evoca los apoyos indefectibles de Salinas hasta ver culminada la obra.
Por su parte, Pureza Canelo recuerda en un cálido apunte sus deudas con la escritura del fecundo escritor santanderino, al que comenzaría a leer desde bien joven, en ediciones sueltas, como lo hizo después “en las horas del estío extremeño aliviadas por una casa rodeada de hiedra, después de largos paseos nocturnos”, tras la publicación de los dos tomos con la poesía completa de Gerardo Diego.
Esa edición (Aguilar, 1989), también alentada por Salinas, estuvo a cargo de Francisco Javier Díaz de Revenga, aunque se utilizase el texto fijado por el propio poeta para un remiso y a la postre frustrado editor barcelonés. Revenga, que puso el prólogo y la bibliografía oportuna, concluye esta entrega con un denso artículo en el que describe sus relaciones con Jaime Salinas, a quien retrata así : “Dueño desde joven de la posibilidad de expresarse en tres lenguas, muestra en Travesías la riqueza de su espíritu y, sobre todo, su excelente formación intelectual, pero más aún su prodigiosa capacidad para revivir tiempos pasados, para emocionar revelando detalles de una vida sin duda novelesca, que le conduce a destinos personales tan diversos como pueden ser: estudiante en los más variados y divergentes sistemas educativos desde el cuarto de la plancha de su casa madrileña, en la que convive con la muchacha de servicio, desde la Escuela Internacional de Madrid, hasta el liceo francés de Argel y los centros educativos norteamericanos de secundaria y universitarios; o soldado pacifista en la II Guerra Mundial en las ambulancias del American Field Service; o estudiante de cinematografía en París, entre otras muchas y muy variadas actividades, que revelaban su inexcusable condición de trashumante contemporáneo”.
Por último, señalemos que se incluye también como atractivo inserto una fotografía procedente del Archivo de Gerardo Diego, tomada en Santander durante el verano de 1936, en la que se ven las figuras de Jaime y Solita Salinas, Germaine Marin y Margarita Bonmatti, así como la cabecita rubicunda de Elena Diego, hija del poeta.

José Luis Bernal (coord.), A Jaime Salinas. Santander, Fundación Gerardo Diego, 2011.

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LA PRIMERA AVENTURA POR EL AMAZONAS
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Manuel Pecellín | 17-09-2011 | 11:05| 0

Entre la más atractiva literatura a que dio lugar el descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo por los españoles figuran las “cartas de relación”. Se trata de escritos que a menudo componen los propios participantes en los acontecimientos, para dar cuenta (más o menos interesada) de cuando han contemplado, como testigos de excepción. Las más famosas son seguramente las redactadas por el mismo Hernán Cortés, quien las dirige al Emperador Carlos. Pero no resultan menos atractivas otras, como la Relación del nuevo descubrimiento del famoso río grande de las Amazonas, que el dominico trujillano escribió para dejar memoria de una de las mayores gestas hasta entonces habidas y, a la vez, salir en defensa de su paisano Orellana, el Capitán que la dirigió. Éste y una larga cincuenta de hombres entran en el gran río para buscar comida con que socorrer las huestes de Gonzalo Pizarro, a quien sirven en la búsqueda del “país de la canela” . No serán desertores, sino marineros forzosos. El ímpetu de la corriente les impide volver atrás y optan por buscar la lógica salida el Océano, que nunca creyeron tan distante. Lo alcanzan al fin, pero no sin pérdidas de vida, enfermedades, lesiones y sufrimientos miles. Y también tras haber experimentado emociones iinigualables.
De todo da cuenta detallada el buen fraile, que acompañaba y asistía espiritualmente a tan esforzados hombres. Su relato manuscrito (1547), perteneció al gran bibliófilo extremeño Duque de T´Serclaes y se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. Vio la luz ( Sevilla, 1895) merced a la transcripción (discutible) hecha por José Toribio Medina. El Consejo de la Hispanidad lo reeditó el año 1944 y también se publicó otra en Cáceres (1952), como folleto humilde y de corta tirada. Esta nueva edición, a cargo de Ignacio Rubio, sigue la del benemérito historiador chileno (Santiago de Chile, 1852-1930) considerado el más importante bibliógrafo de Hispanoamérica, aunque mejorándola merced al mejor desarrollo de las técnicas paleográficas.
“Yo, el menor de los religiosos de la Orden de nuestro religioso padre Santo Domingo, he querido tomar este poco trabajo y suceso de nuestro camino y navegación, así para decirla y notificar la verdad en todo ello; como para quitar ocasiones a muchos que quieran contar esta nuestra peregrinación o al revés de cómo lo hemos pasado y visto. Y es verdad en todo lo que yo he escrito y contado, y porque la prodigalidad engendra fastidio, así, superficial y sumariamente, he relatado lo pasado por el Capitán Francisco de Orellana y por los hidalgos de su compañía y compañeros que salimos con él del real de Gonzalo Pizarro, hermano de don Francisco Pizarro, marqués y gobernador del Perú. Sea Dios loado. Amén”, avisaba el autor, que perdería un ojo por certero flechazo.
Sigue valiendo la pena leer aquella aventura, en la que sufren hambres imposibles (“no comíamos sino cueros, cintas y suelas de zapato cocidos con algunas yerbas”); construyen casi de la nada un resistente bergantín; se enfrentan a millares de indios (“los arcabuces y ballestas, después de Dios, eran nuestro amparo” ; descubren y luchan contra las amazonas; se admiran y describen una flora y fauna riquísimas; se hacen pasar por “hijos del sol” ante los pueblos menos belicosos (“defienden sus personas muy como hombres”) ; ponen nombre también al Río Negro (“que corría tanto y con tanta ferocidad”), afluente del Amazonas, y sobre todo, se da cuenta de su gigantesca caudal (“”las olas más trabajosas y más que en el mar andaban”).

Gaspar de Carvajal, Relación del nuevo descubrimiento del famoso río grande de las Amazonas. Trujillo, Ayuntamiento, 2011

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BIOGRAFÍAS
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Manuel Pecellín | 14-09-2011 | 6:55| 0

BIOGRAFÍAS

El nuevo volumen de los Cuadernos de Çafra, excelente revista anual , supera los tres centenares de páginas, que dan cabida a una decena de trabajos. Los hay sobre arte, arqueología, historia, arquitectura y religiosidad popular, todos dignos de atención. Nosotros vamos a incidir solamente en cuatro de ellos, con una nota común: su carácter biográfico. Se ocupan de personajes nacidos en Zafra o estrechamente vinculados con dicha ciudad.
El autor del primero, Francisco Tejada, rinde homenaje al que fue obispo de Badajoz, Félix Soto Mancera (Zafra, 1849- Badajoz, 1910), en el centenario del fallecimiento. Hombre de mentalidad conservadora, aunque muy sensible a los problemas sociales de sus diocesanos, destacó sobre todo por su bibliofilia, como tantos extremeños ilustres. El legado de su biblioteca, que se guarda (no muy bien) en la del Seminario de Badajoz, alcanza el millar y medio de obras, con títulos realmente valiosos. Tejada selecciona y estudia un conjunto los publicados en los siglos XVI-XVII, interesándose por las marcas de sus editores e impresores. Destaca el ejemplar (uno de los pocos conservados) del célebre Catecismo de Carranza (Amberes, 1558), mordido por las plumas censoras de la Inquisición.
Durante la segunda mitad del siglo XVII, el cirujano (no forzosamente licenciado en medicina) Pedro López Pinna se esforzaba por curar a los sifilíticos, al parece con notables éxitos, en el Hospital de Gálicos de San Miguel, institución que los Condes de Feria habían donado a Zafra. Para que otros galenos pudieran aprovechar sus saberes, construidos sobre una larga y feliz experiencia clínica, compuso un Tratado de Morbo Gallico (Sevilla, 1664). Dedicada a Francisco Ossorio, regidor perpetuo de la Fuente del Maestre, donde López Pinna había nacido, la obra conocerá varias reediciones. Miguel Ángel Amador da cuenta de los principales contenidos, aportando las noticias que en torno al autor pudo recoger.
Según Fermín Mayorga Huertas, Amador Merino Malaguilla gustaba hacer visitas pastorales a los conventos de Fregenal y Zafra con asiduidad sospechosa, tanta que hubo de intervenir la propia Inquisición. Y no es que el prelado picase de hereje, según lo califica el autor en el título del trabajo. Si bien el obispo pacense mostraba algún interés por las tesis de Molina, las suyas eran atracciones asaz más carnavales. A instancias de una monja, se le abriría un proceso, cuyas actas reproduce el investigador. Sólo en parte, lo que nos impide conocer las conclusiones al respecto del Tribunal de Llerena, que ya a mediados del XVIII actuaba de forma bastante más moderada.
También vino a Zafra, donde puso residencia definitiva, un militar polaco de nombre casi imposible, Ludwik Tarszensky Konarzensky, más conocido como el Conde de Lipa. José María Lama y Pedro J. Miguel reconstruyen la biografía de este trotamundos (1805?-1871), pionero de la fotografía en España. Maestro del daguerrotipo, fue fotógrafo de cámara de la reina Isabel II y de la Casa Real portuguesa. Recorrió también media España como artista ambulante, hasta decidir asentarse con su familia en la calle Tetuán de Zafra, donde falleció poco después. Había viajado por buena parte de nuestra Región, hasta el punto de que “raro es el patrón, el santo, la procesión, la iglesia o el ex voto que no ha sido fotografiado en Extremadura por el conde de Lipa”, según Matilde Muros (La fotografía en Extremadura, 1847-1951, Badajoz, MEIAC, 2000 2ª). Antes de morir tuvo tiempo de recoger para la posteridad la imagen de un hombre pescando en la charca o albuhera del Campo de Sevilla, con el alcázar de los Duques al fondo, composición prototípica de la Zafra decimonónica.

José María Moreno González y Juan Carlos Rubio Masa (dir.), Cuadernos de Çafra, IX. Zafra, Centro de Estudios del Estado de Feria/Museo de Santa Clara, 2011.

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