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Autor: manuelpecellin
LOS CUADERNOS DE BERLANGA
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Manuel Pecellín | 24-12-2011 | 12:52| 0

Nada se descubre diciendo que Luis García Berlanga (1921-2010) es un nombre clave de la cultura española contemporánea. Para la construcción de nuestro imaginario colectivo fueron claves algunas de sus películas, como Bienvenido Mr. Marshall (1952), Plácido (1961), El verdugo (1963) o La escopeta nacional (1977). El cineasta levantino, capaz de construir su obra en la España de la dictadura, bien resiste la comparación con Luis Buñuel, que filmará desde el exilio cintas también inolvidables. Se conocen menos otras aptitudes de Berlanga, en concreto sus aficiones poéticas, desveladas definitivamente merced a esta publicación.
Si un periodista y cinéfilo cacereño, José María Pérez Lozano, compuso allá por 1958 (Madrid, Visor) la biografía del gran director, un pacense hace ahora posible que salgan a la luz público los cuadernillos, inéditos hasta ahora, que Berlanga fue escribiendo entre 1939-1942, un periodo clave para la constitución de su personalidad. Conservados en la caja fuerte de la familia, el cineasta se los confió, poco antes de morir, a Basilio Cañada, demandándole seguramente un juicio sobre los muchos poemas que allí fue escribiendo en plena juventud (al parecer, llegaría a concurrir con ellos al Adonais), junto con otros textos de contenido plural. Se publican ahora, bajo la revisión de Miguel Losada, con comentarios de Gonzalo Suárez, Luis Alberto de Cuenta y Andrés Aberasturi, más un epílogo de Luis Eduardo Aute. No extrañe que el volumen haya conocido en pocas semanas el éxito de la reedición.
La mayor parte de los textos, que aquí se reproducen facsímiles (importante para ver las numerosas ilustraciones originales) y con la oportuna transcripción, se redactaron en Rusia. Hasta allí había ido el autor, como miembro de la División Azul. Hijo de un diputado de la República, condenado a muerte, Berlanga, decide alistarse en aquel apéndice español de la Wermacht principalmente por aliviar la situación carcelaria del padre. Esto no excluye posibles motivaciones de cariz romántico (obtener la admiración de la joven Rosario Mendoza) e incluso política (aunque próximo a los ideales libertarios, no ocultaba el atractivo que la personalidad de José Antonio Primo de Rivera le provocó). El autor, asignado a puestos de vigilancia, tuvo que sufrir todas las inclemencias del infierno ruso, pero asegura que de su fusil nunca salió un disparo homicida.
Entre los poemas aquí rescatados, los hay de muy diferente factura. Los abre la elegía de Federico García Lorca, escrita poco después del asesinato del granadino. Sobresalen también el “Soneto a una pistola”, que ya se conocía,, y un puñado de haikus (“hai-kais” se les llamaba entonces), algunos tan sugerentes en su concisión como “Aquel visillo rosa/de las últimas tardesde/de septiembre”. Hay también aproximaciones pioneras a la poesía visual, v.c., el recuadrado de letras de la palabra “Rosario”: “Rosa=belleza; Río=limpieza; Osario=tristeza; Ario=pureza; Osar=valentía;Osa=fortaleza; IO=independencia; Rosario=religiosa devoción.
En prosa, aparecen numerosa reflexiones sobre el cine (admiración por los toques surrealistas de los Hermanos Marx; el perfeccionismo comercial de Von Sternberg o la emotividad de Tourjanski) y la importancia del nuevo arte: “la más formidable fuerza de nuestra época” (pág. 37). No faltan, por supuesto, pasajes donde se percibe aquel “falangismo sentimental” que Berlanga tuvo en su juventud y del que más tarde renegaría, así como los relacionados con la política dominante en la España de la época.
Los responsables de la edición han tenido también el acierto de enriquecer el volumen con numerosas fotografías hechas a Berlanga, desde la juventud a la madurez, casi siempre en compañía de familiares o amigos de la profesión. “Estamos seguros que estos Cuadernos pueden aportar datos valiosos a los investigadores que en el futuro quieran profundizar en la obra berlanguiana, pero también a esa innumerable legión de seguidores que disfrutamos con una obra que es imprescindible para entender nuestra propia manera de ser individual y colectiva”, suscribe con acierto Miguel Losada.

Miguel Losada (ed.), Los Cuadernos inéditos de Berlanga. Madrid, SIAL, 2011.

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TERTULIA LITERARIA
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Manuel Pecellín | 21-12-2011 | 5:38| 0

” Página 72″ es el nombre de la tertulia constituida en Badajoz a mediados del 2010 según el modelo de otra emeritense, la ya consolidada “Gallos Quiebran Albores”. Según escribe uno de sus fundadores, Faustino Lobato, se propusieron desde el inicio “aunar inquietudes literarias, sin emular a nadie y menos engancharse al engranaje al uso de otros grupos literarios con más o menos fortuna. No queremos más que hablar de literatura y exponer nuestras propias creaciones para que la poda de los otros haga su parte. Este grupo, hasta el momento, tiene como divisa principal crecer en el respeto muuto y aprender de los otros como lo primero”.
Se reúnen cada mes, por lo común en la sala que generosamente les facilita el Ateno de Badajoz.
Como para conmemorar el primer año de existencia, acaban de sacar una edición notable, obra colectiva que han subtitulado “Cajaliteraria” . Esta exquisita carpeta, de tan atractivo diseño, contiene trece poemas de otros tantos autores, cada uno en su respectiva página, con las que alternan las nueve cartulinas dibujadas por Faustino Lobato. Se han hecho solamente 50 ejemplares, numerados, con las firmas de Mamen Alegre, María Blázquez, José Enrique Campillo, Antonio Castro Sánchez, Manuel Mansilla, Migue Ángel Navarro, Milagrosa Ortega, Plácido Ramírez, Trinidad Ródenas, Manuel Romero Higes, José Manuel Sito Lerate, José Manuel Vivas y el propio Lobato.
Poetas de bien distinta edad, formación e inclinaciones, constituye un conjunto de “letraheridos”. Si por la calidad humana de los componentes resulta emcionante compartir alguna de sus sesiones, leer versos como los facilitados en esta publicación testimonia el nivel creador de la aún joven tertulia.

AA.VV., Página 72. Badajoz, Imcrea Diseño Editorial, 2011

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EL MAQUIS EXTREMEÑO
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Manuel Pecellín | 18-12-2011 | 11:09| 0

Licenciado en filología hispánica y profesor de secundaria, José Luis Fernández vive en Aldehuela del Jerte, pequeño municipio norcacereño sito en el Valle del Alagón. Conoce bien el territorio donde ubica esta su segunda obra, como ya demostrase en la entrega inicial, el relato Y un Otoño fue primavera. “Todo por la Patria” es la consigna más famosa de la Guardia Civil, en cuyos cuarteles luce al parecer desde que la impuso (1937) uno de los generales sublevados contra la República. Sus connotaciones históricas son conocidas, como se sabe que en el propio Cuerpo fundado por el Duque de Ahumada ha tenido contestación al considerárselo al menos predemocrático. Conviene recordar que lemas muy similares distinguen a organizaciones izquierdistas, más próximas también ellas al fusil que a las urnas, como por ejemplo el Movimiento Argentino Todos Por la Patria (MTP), dirigido en su día por el revolucionario Enrique Gorriarán.
El profesor Fernández ha escrito una novela histórica sobre los guerrilleros que operaban en las estribaciones extremeñas de Gredos durante los años cuarenta del pasado siglo y las fuerzas militares encargadas de reprimirlos. Los dos bandos se distinguen por profundas convicciones sociopolíticas, aunque de contrapuesta orientación, apareciendo unos y otros disouestos a darlo “todo por la patria”, entidad cuasimetafísica que entienden de modo bien distinto. En ambas partes surgen auténticos indeseables, como pueden ser un comandante del maquis sanguinario e inmisericorde o el coronel de la Guardia Civil capaz matar con su propia pistola a tres números desarmados (y perdonados) una vez por la guerrilla. No sería difícil poner nombres verídicos a protagonistas de tamañas crueldades. Como real se anuncia en la entradilla de la novela la muerte de un jornalero, voluntario de la División Azul, a quien el maquis da muerte acusándolo de chivato. Y alguna base histórica tiene el atentado que se prepara y frustra contra el general Franco en tierras de Cáceres, si bien el autor se permite, lógicamente, licencias literarias para referir las circunstancias de los hechos, situados en lugares con topónimos ficticios (pero de fácil identificación).
Así ocurre con la historia de amor, bien conducida hasta su trágico final, que recorre las páginas de un texto nutrido también con abundantes referencias etnográficas. Tal vez resulten las menos convincentes, sobre todo las demasiado difundidas (¡otra vez la matanza del cochino y sus menudencias!). Tampoco se descubre la oportunidad de reproducir, entre otras canciones populares ciertamente curiosas, las letras completas del “Ay, Carmela” o del “Cara al sol”. Mucho más interesantes resultan los recursos lingüísticos, especialmente léxicos, que en tantas ocasiones se utilizan para mejor describir usos y costumbres, labores y creencias del entorno agropastoril, un acervo si no ya del todo perdido a punto de perecer. También atraen las descripciones del paisaje rural, “los perfumes de serranía” que trascienden de no pocas páginas, según se captaba en la novela de Justo Vila La agonía del búho chico, aún hoy la mejor de cuantas han abordado la historia de los guerrilleros en Extremadura. Como éste, José Luis Fernández se esfuerza por no ceder a interpretaciones de carácter maniqueo y expresar respetuosamente los móviles de las conductas enfrentadas. Buenos, malos y peores existen en cualquier parte, y de todo hay ejemplares en esta obra. Aunque el escritor no oculta sus empatías. Baste leer la sentencia con que se juzga a guerrilleros y guardias civiles, “los unos porque no se resignaron a la rendición y continuaron con la utopía en la recuperación de la democracia del pueblo; los otros, porque actuaban como guardia pretoriana, en defensa de un régimen vencedor de una contienda crudelísima y del que manifiestamente estaban ausentes las más esenciales libertades”, se anuncia en contraportada.

José Luis Fernández Martín, Todo por la Patria. Hinojal, Ediciones Luz de Luna, 2011.

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ORFEBRERÍA LITERARIA
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Manuel Pecellín | 14-12-2011 | 6:08| 0

Placentino de nacimiento (1975), Juan Ramón Santos tiene ya en su haber media docena de obras, publicadas durante el lustro último. No pocas de ellas recogen en el propio título el carácter más sobresaliente de su escritura: la afición por la prosa fragmentaria. Recordemos Cortometrajes (ERE, 2004), Relatos relámpagos (ERE, 2007) o Por favor, sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2009). Así ocurre también con estas Palabras menores, conjunto de 50 teselas o miniaturas lingüísticas que componen un atractivo mosaico. Independientes entre sí, soportan bien la lectura inividualizada, aunque en su mayor parte hacen referencia al amplio mundo del libro: bibliotecas, escritores, lectores voraces, campañas publicitarias, aulas, clases de letras, heterónimos, textos canónicos, enciclopedias, librerías, etc.
Sólo dos, “Cuestionario” y “Cábalas” (uno de los extensos) podrían entenderse como relatos consecutivos, aunque dispuestos con alguna separación (nnº 35 y 48). Ambos hacen recordar la entrega última del autor, Biblia apócrifa de Aracia (Del Oeste Ediciones), novela que tampoco rehúye completamente la estructaración tipo patchwork, alfombrada con narraciones más o menos autónomas.
Algunas de estas piezas podrían asemejarse a los cuentos clasicos (con evidente inspiración en Las mil y una noches, las fábulas, Perrault, Andersen, etc, en unos casos; originales o actualísimos la mayoría ). Otras, por lo común las más concisas, se aproximan a la prosa poética, al micro-relato fulgurante de final sorprendente. Aunque no en todas lo consigue con el mismo acierto, el autor se ha esforzado siempre por apurar la gramática, afilar el léxico, cincelar el estilo y cuidarlo como un orfebre, por decirlo como a él le gusta.

Juan Ramón Santos, Palabras menores. Mérida, De la luna libros, 2011.

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LA FAMILIA DE FÉLIX GRANDE
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Manuel Pecellín | 11-12-2011 | 8:57| 0

Metido ya en los setenta, airosamente llevados, Félix Grande (Mérida, 1937) prosigue su extraordinaria carrera literaria y la enriquece con obras cada vez más rotundas. Si hace bien poco facilitaba en el volumen Biografía (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011), aquí reseñado, toda su producción lírica, añadiéndole La cabellera de la Shoá, texto inédito hasta entonces, acaba de publicar otra entrega extraordinaria. Sale con un título poco original, pero muy expresivo. A estas alturas de la vida, el autor quiere rendir homenaje a cuantos constituyen el territorio más íntimo de los suyos por razones de sangre o admiración. Y lo ha hecho como mejor sabe este Premio Nacional de las Letras Españolas (2004): a través de la palabra poética. Porque poesía, y de la mejor, es lo que rezuma cada página de este Libro de familia, tanto en versos de bien diferente factura, como en prosa. El apéndice “La letra pequeña”, aunque redactado con los toques alógicos del surrealismo, permite recorrer con mayor facilidad esta arboleda en modo alguna perdida, antes bien aún airosa, fecunda y reconocible.
Por aquí irán transitando las personas que más peso han tenido en la vida de Félix Grande. Sus tres mujeres: Guadalupe, la hija, también escritora; Francisca Aguirre, la compañera Paca, recentísimo Premio Nacional de Poesía, y, sobre todo, la madre, figura a la que se recupera mediante recursos freudianos. Si, esposa sufrida de un represaliado por la dictadura militar, conoció desde bien joven “el papel principal que representan la piedad y el autoperdón en el oficio de vivir”, no siempre fueron fáciles las relaciones con el hijo, que ahora, al fin, consigue saldar un viejo pleito y besarla sin límites. Ya pueden decirse los madrigales del odio muerto. Todavía dentro de la consanguineidad, aparecen las poderosas figuras del padre, que finalmente pudo eludir el paredón, y del suegro, menos afortunado, a quien no sólo fusilan, sino que lo infaman con la “damnatio memoriae”: el pintor Lorenzo Aguirre fue desterrado del Espasa. De nada sirvieron las súplicas de sus tres hijitas ante la del General superlativo.
Pero Félix Grande tiene una familia acrecentada. Su música tribal es también para los dos autores a los que con mayor insistencia ha leído y admirado. En César Vallejo, el inolvidable Cholo, ve el prototipo de las personas junto a las cuales quiso aquél su suerte echar: los más humildes, los desheredados de la tierra, las víctimas de todos los “despojamientos”. ¿Y qué decir sobre Antonio Machado, la voz del inquietante hoy es siempre todavía? Más vale seguirlo por el exilio de Collioure, junto a la madre temblorosa que le recuerda primeros amores en las riberas de un Guadalquivir con delfines y pregunta insistentemente cuánto falta para llegar a Sevilla.
Ni podían faltar las gentes del cante jondo, los “jornaleros del flamenco”, bailaores y guitarristas (un guiño explícito a Luis Landero) que logran encontrar un lenguaje propio para expresar ese mundo de hambres, humillaciones, amoríos y poesía en el que se criaron. Un código con tamaña desnudez y belleza, que, no obstante – se irrita – algunos sabios (dígalo Andrés Segovia, por ejemplo) no han sabido entender. Félix Grande, que tan de cerca conoce ese mundo, les rinde la pleitesía más cálida, encarnándola especialmente en Tía Anica la Periñaca y sus turbadoras manifestaciones: “yo he tenío mu güeña estrella” (lo que a mí me recordó el “mi vida ha sido maravillosa”, del agonizante Wittgenstein, otro permanente sufridor) o “cuando canto a gusto me sabe la boca a sangre”, insuperable definición del oficio.
Por lo demás, el libro cabalga en buena compañía. Hace el número 16 de una colección donde también han publicado, entre otros, Juan Gelman, Luis García Montero, Ángel González, Joan Margarit, José Emilio Pacheco, Luis Alberto de Cuenca, Caballero Bonald y Francisco Brines.

Félix Grande, Libro de familia. Madrid, Visor Poesía, 2011.

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