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POESÍA PORTUGUESA CONTEMPORÁNEA

Luis María Marina (Cáceres, 1978) es otro de los lusófilos nacidos en estas tierras rayanas. Ya declaró San Pedro de Alcántara (s. XVI) que, “caeteris paribus” (en condiciones iguales), prefería las cosas de Portugal a las de Castilla. Comparte esa afición con México, acrecido por sus trabajos en las Embajadas de este país (2006-2010) y Lisboa (2010-2015). Sobre acontecimientos, características y autores de ambas naciones tiene el extremeño numerosos estudios, que él  ha ido dando a luz junto con sus propios poemarios. También figura en su haber la traducción al castellano de escritores lusos, bastante de ellos atendidos en esta nueva obra, como António Ramos Rosa, Alberto de Lacerda, Nuno Júdice, Rui Knopfli, Ana Luísa Amaral o el infortunado Daniel Faria, “una especie de ángel herido en la raíz”. Por lo demás, según anota  Marina, versiones más o menos completas de algunos capítulos aparecieron antes en monografías o publicaciones periódicas.

La poesía portuguesa alcanzó en el siglo XX, siempre con la inmensa figura de Luis Camôens al fondo y el faro luminoso de Fernando Pessoa proyectándose hacia el futuro, una de las cimas de la literatura universal. Este ensayo se propone dos objetivos fundamentales: definir los rasgos comunes de dicha poética y presentar a los que fueron sus más notables figuras durante la segunda mitad del siglo XX.  Los extraordinarios conocimientos de Marina; su capacidad de análisis y la calidad de una prosa forjada en esa lucha de los creadores exigentes con el lenguaje, hacen que el libro instruya tanto como emociona. Consejo: no omitir la lectura de las abundantes notas a pie de página, pese a la pequeñez de los tipos, porque están repletas de sabiduría. Las traducciones de los textos  que se citan, salvo indicación contraria, pertenecen al estudioso. Ninguno tan relevante como  los del epílogo donde se recogen los seis poemas elegíacos que Alexandre O’ Neill dedicase al suicidio de Nora Mitrani (1961), la enigmática búlgara afincada en París, próxima al surrealismo y pronto también enamorada de Portugal.

A los nombres ya citados, deben añadirse otros muchos sobre los que recae la atención del ensayista, casi siempre con una “nótula” que los define, como Cesário Verde ( “el paseísta lisboeta), Camilo Pessanha (“orive simbolista”), Jorge de Sena (“inextinguile luz”), Sophia de Mello Breyner (“vocación mediterránea”), Carlos de Oliveira (“neorrelaismo superado”), Eugénio de Andrade ( ¿“el epígono portugués del 27 español?”),  el iconoclasta Mário Cesariny,  Herberto Helder (“bordón dionisíaco”), Ruy Belo y su verbo torrencial, el utópico F.H. Pais Brandâo y el polifacético Gastâo Cruz, ha poco fallecido (2014).

A bastantes de ellos se les dedican estudios monográficos y, aunque se salgan de la época acotada, dado el peso que han ejercido sobre sus paisanos, recordaré  igualmente dos lúcidos apuntes: “Fernando Pessoa, ¿un hombre feliz”? y “Mário de Sá-Carneiro” en la corda bamba de la modernidad”, con numerosas referencias a la mítica revista Orpheu (clave para el desarrollo de la literatura portuguesa contemporánea, aunque sólo se editaron dos números. Recuérdese la tesis doctoral que el  extremeño Antonio Sáez Delgado hizo sobre la misma).

Según cabía esperar, el apéndice bibliográfico aparece bien nutrido, así como, pese a su brevedad,  la relación de poetas lusos del s. XX  traducidos al castellano.

 

Luis María Marina, De la epopeya a la melancolía. Estudios de poesía portuguesa del siglo XX. Zaragoza, Prensas de la Universidad, 2017.

 

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PIONERO DE LA ECONOMIA POLÍTICA

Julián de Luna y de la Peña (Zarza Capilla, 1789 – Cabeza del Buey, 1848) fue abuelo de Mario Roso de Luna, el  célebre sabio extremeño, ateneísta, teósofo, masón y ensayista de renombre universal. No es raro que la fama del nieto haya eclipsado el nombre de aquél, aunque D. Julián tiene sobrados méritos para ser reconocido. A Esteban Cortijo, que tan bien domina la obra del “Mago rojo de Logrosán”, le cabe el mérito de darnos a conocer los escritos de su ilustre antecesor, un hombre cuyas tareas intelectuales y políticas estuvieron marcadas por el rigor, el espíritu  ilustrado y  el apego a Extremadura.
Este volumen, con casi seiscientas páginas, ofrece un tratado, hasta ahora inédito, en el que  D. Julián ensaya sobre Economía Política, así como un conjunto de artículos por él compuestos (algunos habían visto la luz: se reproducen facsímiles) en diferentes ocasiones, como  la inauguración de la cátedra de Economía (R. Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz, 1816);  informe sobre las operaciones militares en Extremadura (1837); discurso como Jefe político de Bilbao (1842); Memoria  sobre la Provincia  de Vizcaya (1842) o el Tratado sobre la Felicidad (inconcluso).
Naturalmente, el grueso de la publicación lo constituye el estudio sobre Economía Política, cuyo original guardaba Cortijo desde hace decenios. Para abordar la lectura de la obra, conviene leer el estudio que el editor le antepone (un largo centenar de páginas), donde establece la biografía del personaje, corrigiendo muchas imprecisiones que sobre el mismo vienen deslizándose. También ayuda el amplio preliminar de Francisco Manuel Parejo Moruno (Facultad de Económicas de la UEX) , quien resaltar el carácter crítico del ensayo -una refutación de las principales tesis sostenidas por la Economía Política clásica- , así como el  sucinto prólogo de Ana Córdoba (profesora de la Pompeu Fabra), centrado en la posible vigencia del tratado de Julián de Luna, ” a quien hoy tomaríamos, dice, por un individuo progresista muy preocupado por establecer un desarrollo humano armónico que alivie o elimine las grandes desigualdades sociales”.
Extremadura  fue extraordinariamente pródiga en escritores, políticos y filósofos que transitaron el siglo XIX. A una popular nómina, que distingue tantas calles de nuestras poblaciones (Espronceda,  Meléndez Valdés, Donoso Cortés, Carolina Coronado, Bartolomé J. Gallardo, Muñoz Torrero, José María Calatrava,  Lópe de Ayala, Bravo Murillo,  …  por no decir la fecunda  pléyade krausista), debe añadirse Julián de Luna y de la Peña.  Este hombre de marchamo renacentista (como también lo sería Roso), al que nada humano le pareció ajeno –botánico matemático, político, filósofo, profesor -,  compuso su  libro, una novedad entre los liberales españoles, “sin complejo alguno y con un gran conocimiento del contexto internacional, lo que permite ponerlo en relación con el resto de autores de la época” (Ana Córdoba). Si en ocasiones parece cercano al pensamiento socialista, mientras en otras se aproxima a los conservadores, quien tuvo capacidad para ser amigo de personalidades tan antagónicas  como Donoso Cortés o M. José Quintana (también de origen extremeño) bien merece nuestra lectura.  Más feliz respirará ahora Francisco Pedraja Chaparro, que le dedicó un estudio pionero, “La Hacienda Pública en el tratado de economía política de D. Julián de Luna: algunas consideraciones” (Revista de Estudios Extremeños, 1987-II).
Julián de Luna y de la Peña,  Economía politica. Edición de Esteban Cortijo. Badajoz, Diputación, 2016

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REALISMO MÁGICO EN RUMANÍA

Se considera a Anna Blandiana (seudónimo de Otilia Valeria Coman) una de las mejores representantes de la rica literatura rumana.  Sobran argumentos para este juicio. Pocos como esta escritora  (Timisoara, 1942) han logrado conjugar tan convincentemente sus virtudes literarias con las cívicas. Y así se ha mantenido hasta  hoy, desde los inicios en un régimen tan indefendible como el de  Nicolae Ceaucescu, el dictador comunista ridículo y sanguinario, que impuso vejaciones incontables (cárceles, crímenes, campos de concentración, vigilancia permanente, miedo generalizado e incluso la interesada corrupción del lenguaje) a su país,  con tantos silencios internacionales cómplices,  sin ser capaz, por otra parte, de  conseguir unos mínimos niveles de subsistencia económica.  A los cánones del “realismo socialista”, la rebelde Blandiana contrapuso una voz singular, una escritura metafórica repleta de símbolos y  aporías que, no obstante, los lectores saben interpretar perfectamente. Y también la censura, claro. De ahí que llovieran prohibiciones innúmeras a la hija de un “enemigo del pueblo”, cuyo padre, comandante durante la II Guerra Mundial y luego sacerdote ortodoxo, conoció  la amargura de las cárceles soviéticas.

Pese a cuantas limitaciones le impuso el Poder, Blandiana consiguió licenciarse en Filología e irse dando a conocer ante el público  como poeta y narradora merced a libros que irían difundiéndose contra viento y marea, a menudo por copias clandestinas antes de alcanzar la imprenta.

“Aunque la prosa de Blandiana (tomó este nombre de la aldea donde nació su madre) tiene un substrato realista, no está exenta de elementos oníricos, surrealistas y caricaturescos que deconstruyen el código de lo verosímil. Su ficción se inscribe dentro de la tradición fantástica (…) Los límites fluctuantes de su universo fantástico construyen una geografía imaginaria que denuncia una realidad político-social al tiempo que adquiere una dimensión filosófica y metafísica”, suscribe Viorica Platea  para el magnífico prólogo adjunto a esta edición de Periférica.

Proyectos de pasado (el oxímoron ya presente en el título) es un conjunto de once relatos cortos, casi todos perfectamente clasificables como “cuentos”), donde la imaginación, el ingenio, la ironía y la habilidad narrativa de la autora, combinada con numerosos elementos autobiográficos, alcanzan todo su esplendor.  A mi entender, algunos sobresalen de forma especial, aunque resulte difícil omitir el resto. Señalaré  “Una herida esquemática”, donde un delfín, ya muerto, descubre  sus peripecias vitales ante personas  cegadas por los prejuicios  y la lógica, sin que logre entenderlo más que un niño.  Más fantástico aún es el segundo, “Aves voladoras para el consumo”, cuya protagonista,  una filósofa encargada de enseñar  Histmat (materialismo histórico), tan hambrienta como para ponerse a criar gallinas en su balcón, verá que la clueca incuba auténticos angelitos.  Por no decir, el que da título a la obra, tal vez el más próximo al relato histórico,  una escalofriante narración de cuanto se pudo sufrir bajo la férula de Ceaucescu. Por último, destacaré “Reportaje”, con su tremenda carga simbólica, en que una periodista, trasunto de la autora, narra cómo  no  se puede detener la inundación de cierta isla artificial del Danubio (la propia Rumanía)  y  las fantasmagóricas evocaciones que se hacen en “La iglesia fantasma”, asunto recurrente en la escritora, que bien podría incluirse entre los cultivadores del realismo mágico.

Los traductores, Fernando Sánchez Miret y la prologuista, Viorica Patea, los han vertido en un castellano sin mácula. Se agradece el conjunto de notas explicativas, tan útiles para entender los guiños de la narradora, y  que, por no interrumpir la lectura, añaden en un rico apéndice.

Anna Blandiana, Proyectos de pasado. Cáceres, Periférica, 2017

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EL ÓRGANO DE GARROVILLAS

 

Garrovillas conserva el órgano más antiguo de Europa. Según frase de Gerard de Graaf,

en su iglesia de Santa María de la Consolación es de los pocos lugares europeos donde

aún resulta posible oír tan maravilloso instrumento con la entonación renacentista

original. Autoridad tiene para afirmarlo el maestro holandés, que en los años ochenta

del siglo último lo trabajó a fondo. Lugar estratégico para vadear el siempre difícil Tajo,

si no vio allí su luz primera nuestro autor (Santiago del Campo, 1943), sí lo tiene por su

pueblo. Hasta qué punto lo ama, bien lo ha plasmado en una obra anterior, Calleja del

Altozano (2012), de la que aquí se localizan numerosos ecos.

De su intensa biografía s recodaré algunos otros datos, cuyas huellas se perciben en El

maestro organero. Es ante todo periodista, habiendo ejercido la información política

desde 1966. Ha desempeñado cargos de responsabilidad en diferentes medios

nacionales. Fue director de los Servicios Informativos de la Presidencia del Gobierno

con Adolfo Suárez. ¿Cómo extrañar que el protagonista de la novela, un habilidoso

restaurador de órganos (sueña con que le encarguen uno nuevo, según ocurrirá al final

de su vida, ya en el extranjero), se vea forzado a dirigir el periódico el Villamencía

(trasunto aquí de Garrovillas), El Telégrafo, creado por las fuerzas progresistas

locales?

Barriga, bibliófilo contumaz, ha proclamado no pocas veces cuánto le debe a cierto

profesor del Seminario de Plasencia, sacerdote extraordinariamente culto, tolerante y

bondadoso. Tal vez sea homenaje a aquel presbítero la creación del otro gran

protagonista de la obra, D. Marceliano Villalobos, el arcipreste de Villamencía, digna

encarnación de tantos clérigos extremeños que en el XIX lucharon por modernizar

nuestro país: Muñoz Torrero, José Segundo Flórez, “El cura Mora” y muchos otros.

Hombre formado en universidades europeas, políglota, el ya maduro párroco de la

villa mantiene relaciones epistolares con otras mentes preclaras de varias naciones

para contrarrestar los ímpetus antimodernistas de Roma, triunfantes al fin con el

Vaticano I. Renunció a posibles sinecuras eclesiásticas para refugiarse en aquel

pueblecito cacereño, donde se dedica a aconsejar y enseñar, sin desdeñar las labores

manuales (carpintería, encuadernación, horticultura) y nutrir su magnífica biblioteca.

Es el mantenedor de la tertulia que acoge en la propia casa, donde sobresale su

contrapunto ideológico, el combativo “ Indiano” que le refuta la posible armonía entre

fe y razón, religión y ciencia ¡Qué bien desarrolladas están en estas páginas las

discusiones sobre las tesis de Darwin o documentos como el Syllabus, alucinante

condena firmada por Pío IX en 1864, donde se anatematizan “errores” tan temibles

como la libertad de pensamiento, la separación entre la iglesia y el estado, la

independencia de la Filosofía frente al magisterio eclesiástico o la libertad de

pensamiento, culto, imprenta y conciencia!

Otro rasgo de Barriga, latente en las páginas todas, es la pasión por Extremadura,

tierra cuya historia no deja de estudiar; que le duele tanto como la ama y por la que

viene esforzándose desde plataformas múltiples

Escrita en primera persona, El maestro organero se conduce como las memorias

compuestas por el músico singular: retoño último de una familia con raíces

holandesas, de etnia sefardí, afincado junto a Villamencía, va y viene por toda la

provincia – más frecuentes excursiones a los Países Bajos – dedicándose a reparar

instrumentos musicales, órganos especialmente, destrozados a consecuencia de la

incuria e ignorancia, amén de los procesos desamortizadores (que, eso sí, hicieron aún

más rico al Cabildo catedralicio, bajo la batuta de un Arcediano sin escrúpulos). Los

viajes le permiten también servir de correo y “cosario” para introducir o sacar

materiales sensibles (sean libros prohibidos o informes peligrosos).

Sin duda, el núcleo de la narración lo ocupan los acontecimientos que más marcaron la

vida del músico – trasunto en buena medida del propio autor- , sus vivencias junto al

Arcipreste en torno al año 1868, fecha de la Revolución “Gloriosa”. El músico

–hombre pacífico, cordial, nada dogmático, más bien incluible en la “tribu de los

perplejos”- se ve sumergido en la vorágine que convierte la novela en un thriller: la

misteriosa muerte (¿natural?, ¿provocada?) del buen párroco, hombre sin duda

molesto al estamento clerical y a los detentadores del poder sociopolítico, provoca la

detención y enjuiciamiento del organista. Masones y ultramontanos se esfuerzan a fin

de atraerlo a las respectivas causas, intentonas en la que alcanzarán algún

protagonismo las misteriosas mujeres de la Casa Murana, mansión cuyos entresijos no

se desvelan.

El ingenuo “naim” – término que funciona en contraposición a “goyim”: judíos

creyentes versus gentiles – comprende que más le vale recurrir al tiro de sus caballos

frisones y, repitiendo la diáspora sufrida por tanta gente de la tierra “abandonar aquel

territorio de gente áspera e intolerante” (pág. 189), según hicieron sus ancestros

sefarditas. Se refugia en la Grande Chartreuse, junto a Grenoble. Allí, se encuentra

con el arzobispo de Malinas, desposeído por Roma de su sede diocesana por oponerse

a los aires ultramontanos. Descubrimos que entre el prelado belga y el arcipreste

extremeño no sólo hubo amistad, sino numerosas complicidades.

El maestro organero, narración con virtudes para aproximarla al texto histórico, el

relato autobiográfico, el cuadro sociológico e incluso la novela negra, se lee

placenteramente, seducido por la complicidad con el autor.

 

José Julián Barriga Bravo, El maestro organero. Madrid, Beturia, 2017

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EL ESPLENDOR DE LA DEHESA

 

Nacido en Villanueva de la Serena (1919), doctorado en Filología Hispánica, Mario Martín ha sido profesor en las universidades de Marburgo y Brno,  ahora en la cacereña Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Extremadura. Ha escrito numerosos ensayos, como Una poesía de la presencia. José Herrera Petere en el surrealismo, la guerra y el exilio (Premio Gerardo Diego de Investigación Literaria, 2009), Entre la fantasía y el compromiso. La obra narrativa y dramática de José Herrera Petere (2010), Los (anti)intelectuales de la derecha en España. De Giménez Caballero a Jiménez Losantos (2011) y La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios (Premio Amado Alonso de Crítica Literaria, 2012) y Una historia compartida. La resistencia franco-española (1936/1950) (Premio Arturo Barea 2013).
Atento también a la creación literaria, el hermano de la escritora Susana Martín Gijón,  ha publicado las novelas  Inconvenientes del turismo en Praga y otros cuentos europeos (Premio Tigre Juan 2012) y  Un día en la vida del inmortal Mathieu (2013), más  dos libros de poesía: Latidos y desplantes (2011) y Rendición (2012).
Con Un otoño extremeño, el autor, tan alejado de cualquier chovinismo, según muestran los títulos citados, rinde homenaje a la tierra que lo vio nacer, cuya riqueza paisajística (la dehesa, sobre todo) lo asombra. Como le ocurriese al profesor alemán Thomas Jung, protagonista de este supuesto diario, un gran experto en patologías forestales,  que pasó un curso en Extremadura para combatir las plagas de plagas fitóftoras capaces de secar sus muy admirados encinares y alcornocales. Al partir, deja  en unos cuadernos manuscritos  Ein Herbs in Extremadura, en realidad el viejo recurso que Cervantes consagró merced a Cide Hamete Benengeli. El libro no sería sino la traducción de tales memorias a cargo de Esteban Carrasco Villanueva, miembro del departamento universitario que contratase  temporalmente al investigador alemán. Anota aquel en los preliminares como el meticuloso muniqués “se enamoró desesperadamente de Extremadura, con un amor sin duda trágico,  porque sabía que no podía durar y que tenía una fecha de caducidad improrrogable”. Por supuesto, algún personaje femenino, la joven Cristina, influirá no poco en el idilio.

No sorprenden tanto los conocimientos técnicos del apasionado fitólogo (Martín Gijón ha debido hacer notables esfuerzos para documentarse), cuanto el voltaje lírico de sus apuntes. Como si siguiera a su paisano Nietzsche, defensor de que las metáforas son preferibles a los conceptos, el memorialista nos regala una y otra vez tropos excelentes.  Así, nos dice su admiración ante “los montes de tierra rojiza cortados por las líquidas cimitarras de los aspersores” (pág. 21); se conmueve junto al alcornoque desollado por el descorchador o “las manchas relucientes de los viñedos, como apenas oasis domesticados en la inmensa extensión de los breñales” (pág. 88); abomina de su actual gobierno, “encabezado por una matrona rígida e implacable con quienes no concuerdan con su credo de acariciar al capitalista y flagelar al necesitado (pp. 112-113) y no oculta que  en ocasiones la región también puede mostrársele “arisca, incomprensible e impermeable” (pág. 121). Intuye, sin embargo, que ya nunca podrá acostumbrarse a otros territorios, digamos “la recatada y pacata luz de Múnich, tan ridícula frente a la avalancha solar de Extremadura” (pp. 127-128). Tal vez por eso parte rumbo a Australia, a la búsqueda de territorios similares.

Para nosotros, la reivindicación de un paisaje único, con una prosa tan deslumbrante como la flora y fauna que lo habitan.

 

Mario Martín Gijón, Un otoño extremeño. Mérida, ERE, 2017

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RELIGIOSIDAD POPULAR AFROAMERICANA

 

 

Los autores de este volumen con 360 páginas e ilustraciones generosas (una imagen vale más que mil palabras) son siete, número que, tratándose de estudios dedicados a dioses, orishas, santería y vudú, acaso no resulte ocasional o, al menos, insignificante.

Son sus editores y coautores José Ignacio Urquijo Valdiveso (Laudio-LLodio, 1960), antiguo profesor de Sociología en la Universidad de Extremadura, y Tomás Calvo Buezas (Tornavacas, 1936), catedrático emérito de Antropología de la Complutense. Ambos son también licenciados en Teología. La obra constituye un homenaje a Ildefonso Gutiérrez Azopardo, tal vez el mejor afroamericanista español, fallecido en Madrid el año 2011, tras  seis lustros de estancia en Latinoamérica; se reproducen tres trabajos suyos. El volumen recoge también estudios de  los antropólogos Félix Báez-Jorge (México, 1944),  la catedrática brasileña Rita Laura Segato, la cubana Aída Esther Bueno Sarduy y Narciso J. Hidalgo,  nacido también en Cuba, profesor hoy de la Universidad de St. Petersburg (Florida).

La obra ofrece así un atractivo “mapa iris étnico”,  donde se configura el extraordinario simbolismo que encierra la religiosidad popular vigente en los países centro y suramericanos, cuya población indígena, antiguos esclavos traídos de África y colonos blancos, darán origen sincréticamente, en un contexto sociocultural plagado de tensión múltiple, a manifestaciones culturales únicas. Su análisis, merced a las herramientas que las ciencias sociales proporcionan, permite entender los orígenes, desarrollo y riqueza de esta cultura religiosa, muchas veces vivida como signo de identidad, centrándose en trabajos de campo hechos en Brasil, Colombia, Cuba y República Dominicana (más un apunte sobre la actual “migración” de los orishas a la antigua metrópolis).

Tomás Calvo suscribe dos colaboraciones. La primera, redactada en prosa coloquial, de la que el texto se resiente (la obra toda habría requerido una más atenta corrección de pruebas), es de carácter panorámico, con múltiples flashs sobre los países por él recorridos, cámara en ristre, atento a cualquier fenómeno etnográfico que se le presente. La segunda se titula  “Indios, negros y hacendados: un caso paradigmático compulsivo en el siglo XVIII”. Basándose en el informe manuscrito por Fr. Joseph Palacios de la Vega, exmilitar profeso con los franciscanos, que funciona  en Cartagena de Indias  a la vez como soldado, colonizador y misionero, el autor pondera el papel que la Iglesia tuvo en la aculturación de la sociedad iberoamericana.

Proceso en absoluto pacífico, explicaba Gutiérrez Azopardo, quien en un primer trabajo describe  la “cultura de la resistencia”, ocupándose de los negros alzados, huidos de la esclavitud, los cimarrones refugiados en “palenques” (zonas libres, inaccesibles a los “dueños”, con especial trascendencia en Haití), a la búsqueda de tierra y libertad. “Lo único que no pudo ser secuestrado ni sometido del africano, esclavizado por la inhumana trata negrera en el expolio de cinco siglos, fueron sus dioses”, escribe el llorado antropólogo al inicio de su  artículo sobre los cultos afrocaribeños (con atención especial al vudú), tema también abordado por Urquijo.

Magnífica muestra de la fusión entre los “orishas” (hasta treinta divinidades africanas) y las figuras del santoral católico es la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, que ha resistido los embates de la revolución, según analiza Félix Báez-Jorge, tan experto en los “caminos de Ochún”. Algo parecido ocurre en Brasil, donde R. Laura Salgado presenta diosas como Iemanjá, que yo conocí en las magníficas novelas de Jorge Amado, rezumantes de erotismo, según Aída E. Bueno y Narciso J. Hidalgo  nos descubren en la Santería cubana, la Regla de Ochá (Cuba) o el Xangó de Recife.

El libro ha contado con una ayuda para la edición del Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica (CEXECI) de la Junta de Extremadura.

José Ignacio Urquijo Valdivieso y Tomás Calvo Buezas, Cultos afroamericanos. Navarra, Ediciones Eunate, 2016.

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