Hoy

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JUGUETES ROTOS
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Manuel Pecellín | 01-03-2016 | 16:59| 0

 

Según la expresión que la literatura, el cine y los medios contemporáneos han hecho famosa, “juguetes rotos” son aquellos deportistas elevados a la cumbre de la celebridad y rápidamente, sin apenas tiempo para consolidarse, caídos de nuevo en el anonimato, cuando no en la miseria e incluso la abyección absolutas.  Tal sería el caso de Humberto da Silva dos Purísima Concepçio, el personaje principal de esta excelente novela, que no sin sólidas razones llegó a las finales del premio Fernando Lara.

Su autor, José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), viajero infatigable, se ha venido inspirando en los países que frecuenta para escribir obras como La Frontera Sur (México), Lluvia de níquel (USA), Patpong (Tailandia), Llueve sobe La Habana (Cuba) o La cariqueña del Maní (Venezuela). Una visita a Salvador de Bahía, cálida urbe del Brasil más sensual y festivo, auténtico puzzle  de culturas indígenas, africanas y europeas, lo induce a componer esta narración, que tan bien retrata ese efervescente “melting pot”, crisol de razas, religiones y  etnias diferentes.

El protagonista de la narración asume referir en primera persona las vicisitudes autobiográficas que lo condujeron desde la favela inmunda a la cima de la sociedad, para volverlo a sumir bien pronto en el cañizo, la degradación  y la miseria originales. Sólo el éxito en un deporte como el fútbol permite al hijo del Angoleño (un negro borrachucio, perezoso, violador de su propia hija) escapar de la miseria y ascender  las cumbres de la fama nacional, hasta convertirse en el héroe momentáneo de Brasil.  Más dura será la caída, cuando, víctima de sus propios desmanes (el alcohol, el sexo y, sobre todo, la coca), el absoluto descontrol   le haga perder las cualidades que un día lo erigieron en ídolo del deporte nacional por excelencia, privándole de cuantas riquezas consideraba haber obtenido.

La novela tiene muy atractivas dosis de denuncia social (el sórdido submundo de las chabolas que constituyen Os Alagados); etnología (ritos del candombé, la oxirá, mâe de santo, carnaval, etc.,  amén de los usos, costumbres y ritos futboleros),  junto con los análisis de la condición humana (banalidad de éxito y contundencia del fracaso). En torno al héroe del  balón pululan personajes secundarios tan bien definidos como el entrenador alemán, “Herr” ; el señor Vasco, su vampiresco representante;  Bebeto, el rudo físico atleta que cuida la forma física de Humberto… a la vez que le proporciona , a precio de oro, las cada vez más imprescindibles dosis  de polvo blanco, o Jaidy, prostituta de insaciable sexualidad con quien el delantero establece desafortunado matrimonio. Ocasionalmente, el  autor hace intervenir a escritores deslumbrados por los chuts de Humberto, a quien se aproximan con admiración. Ninguno como el mismísimo Jorge Amado, para mí el mejor novelista contemporáneo en lengua portuguesa, quien habría dedicado una obra al sucesor de Pelé, (también presente en estas páginas).

Víctima ocasional, a la postre feliz, de un atraco que recuerda al que Sabina cantase en “Pacto entre caballeros”, el mago de la pelota no supera otros trances  y va convirtiéndose de modo acelerado en una piltrafa humana. Tras envenenar, accidentalmente, a su propia mujer, proporcionándole un filtro amoroso letal;  herido por duras lesiones,  sólo le queda el regreso a los orígenes.  Tan difícil resulta eludir el círculo que trazan los genes, las condiciones socioeconómicas y la pura mala cabeza.

 

José Luis Muñoz, Ascenso y caída de Humberto da Silva. Barcelona, Ediciones Carena, 2016.

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REVISTA ESPAÑOLA
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Manuel Pecellín | 27-02-2016 | 17:01| 1

Corto fue el decurso editorial de la Revista Española. No obstante, ha quedado con todo merecimiento como un referente ineludible de nuestra literatura.  Sólo llegarían a publicarse seis números, en Madrid, entre los años 1953 y 1954. Un epílogo doloroso de la entrega  última aclaraba el ineludible cierre: “…Al cabo de un año de vida no se han conseguido más que veintisiete suscripciones, no se ha logrado vender más que ochenta ejemplares”.

Sin embargo, aquella publicación bimensual, de tan efímero discurrir, fue clave para el desarrollo de la denominada Generación de los 50. Allí se darían a conocer figuras tan distinguidas como Ignacio Aldecoa, Rafael  Sánchez  Ferlosio, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Carmen Martín Gaite, Josefina Rodríguez, Manuel  Sacristán , Víctor Sánchez de Zavala, Luis de Castresana, Antonio Pérez Gómez,  Castillo Puche, Gaya Nuño, Edmundo de  Ory, o Juan Benet, entre otras plumas más tarde consagradas, por no decir extranjeros como Fernando Namora, Cesare Zavattini  o Truman Capote.

Hemos de recordar que fue una iniciativa del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970). Víctima de un interminable proceso de depuración política, privado de su cátedra de instituto,  se ganaba la vida como bibliotecario de la Lázaro Galdeano, sin interrumpir nunca sus labores investigadoras que lo encumbraron como el “Príncipe de los bibliógrafos españoles” (M. Bataillon). Su autoridad era máxima entre los escritores españoles e hispanistas extranjeros, a muchos de los cuales recibía y aconsejaba en tertulias de café como las  madrileñas del Lhardy, Gijón o Lyon, auténticas “universidades libres” donde D. Antonio, aún tan joven y ya tan ilustre, ejercía como infalible decano.

Gracias a sus buenas relaciones con la editorial Castalia, la Revista Española se imprimirá en la prestigiosa Tipografía Moderna de Valencia. Moñino le encarga la dirección a tres jóvenes, que rondan los veinticinco años, pero cuyas enormes potencialidades intuye: Ferlosio, Aldecoa y Sastre. Tanto ellos, como los futuros colaboradores, reconocerán que sin el mecenazgo del  extremeño, aquella aventura, tan importante pese a todo en sus respectivas carreras, no hubiera sido posible. (La costeará de su propio peculio).  “El gran acierto de Rodríguez-Moñino al fundar Revista Española – escribirá José Luis Cano- fue detectar, en un momento crítico de nuestra literatura, dónde se hallaban los talentos jóvenes, los valores que prometían, que tenían cosas que decir y sabían decirlas bien” (Ínsula, nº 287, octubre 1970, pág. 4).

En la Revista Española se puede consultar un acervo impagable de narraciones,  cuentos, teatro, ensayo y crítica (ausente casi por completo la poesía, a la que Moñino juzgó se le prestaba suficiente atención en otros medios). Sin embargo, dada su escasa difusión, nunca resultó fácil consultarla. De ahí la importancia que encierra esta reedición facsímil  de sus seis números, realizada al cuido de José Jurado Morales, que adjunta en cuadernillo exento un excelente estudio. La colaboración de la Consejería de Economía, Innovación y Ciencia de la Junta de Andalucía ha sido fundamental para este rescate.

Entre las 636 páginas que conforman los seis números de la revista (la suscripción anual importaba setenta pesetas), sólo hemos localizado la firma de un autor extremeño. Se trata de Alfonso Alabalá, que suscribe el relato “Marie” en la entrega última (pp. 560-576), cuyo protagonista es un piano parisino al que se presta voz para que narre en primera persona sus avatares hasta recalar en Madrid.

 

José Jurado Morales (ed.), Revista Española. Valencina de la Concepción (Sevilla), Ediciones Ulises, 2015.

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RELATINUS
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Manuel Pecellín | 20-02-2016 | 09:24| 0
Lo primero que me importa destacar al escribir sobre este conjunto de “relatos extremeños”, así los califica el subtítulo, es la formación académica de sus autores, los dos hermanos y naturales de Ceclavín, donde vivieron su infancia impregnándose de una cultura rural cuyas huellas aún mantienen. Miguel es ingeniero informático, desarrollador de sistemas; doctor en Inteligencia Artificial y profesor de la Universidad Complutense. Elisa está doctorada en Biología e Ingeniería Informática.
Aunque es lógico que dominen los distintos lenguajes telemáticos (y el inglés, supongo), resulta que los seduce el habla dialectal extremeña, en la que oyeron expresarse a sus mayores y cuyas capacidades elogian, acaso hiperbólicamente, en el preliminar puesto a la obra. No es la primera en la que la utilizan, pues ya lo hicieron en Ceborrincho (2013), otro conjunto de relatos extremeños del que Mamaeña es continuación. Conscientes de las dificultades que entraña este código, adjuntan como epílogo un pequeño vocabulario, “El nuestro parlar”, precedido de apuntes discutibles desde el punto de vista filológico.
Son doce las narraciones aquí reunidas, bajo un título procedente de la fusión de dos palabras (“mamá” y “Eugenia”), según llamaban en Ceclavín sus nietos a una abuela de la localidad. Esta mujer, sabia y dulce, funciona como la transmisora de todo un acervo etnográfico, tesoro en trance de extinción si escritores como los hermanos Herrero no consiguen conservarlo. Sin duda, el supuesto “castúo” (así lo llaman también ellos, remitiéndose a Chamizo, aunque este habla está mucho más cerca de las “Extremeñas” de Gabriel y Galán), de tan difícil manejo en poemas  realmente valiosos, se adapta mejor a la narrativa. Y no sólo cuando  determinados autores lo reservan a personajes secundarios, siempre de clase humilde, o lo hacen ateniéndose fundamentalmente a materiales lexicográficos, recurriendo a ese rico cúmulo de palabras, muchas bellísimas y de origen clásico, imprescindibles para designar con precisión labores y útiles de la cultura agroganadera. El gran reto es conseguir hacer auténtica literatura escribiéndola toda de modo dialectal, sin incurrir en vulgarismos, errores prosódicos y sintácticos u otras deformaciones más o menos groseras de la gramática castellana, que nunca nos permitiríamos ni en los momentos más coloquiales de nuestra conversación cotidiana. De otra parte, puesto que casi nadie se atiene en estos trabajos a las normas del Alfabético Fonético Internacional, cada uno transcribe a su modo los posibles rasgos diferenciadores, haciendo imposible un mínimo común.
Estos relatos se sitúan en un pueblo de Cáceres (Ceclavín, Zarza la Mayor, Arroyo de la Luz, Torrejoncillo, El Gasco, Acehúche, Serradilla, Portaje, Segura de Toro), inspirándose en leyendas propias de cada lugar, aunque evidentemente resulte arriesgado atribuir a dichas poblaciones la misma forma de expresarse. Todos llevan por  entradilla unos versos, castellanos o dialectales, así como muy atinadas ilustraciones, casi siempre dibujos de objetos, monumentos o prototipos de la tierra, que aportan otros dos hermanos, Ton y Fran. Aunque no pocos pasajes resulten de difícil lectura, aún recurriendo al glosario del epílogo (lógicamente, limitado), estos “relatinus de Mamaeña” responden bien a los propósitos de sus creadores: mostrar el mundo, las costumbres, los saberes de antaño. Vale la pena leerlos.
Herrero Uceda, Miguel y Elisa, Mamaeña. Madrid, Elam Editores, 2015
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HACERSE NADIE
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Manuel Pecellín | 16-02-2016 | 09:17| 0

 

Todo cuanto  se refiere (más bien poco)  en las 285 páginas, distribuidas en teselas (131) de esta densísima obra (casi no hay puntos), ocurre en una pequeña, provinciana ciudad. Nunca se la nombra, pero se recoge que tiene río, muralla y casonas; perviven aún los oficios tradicionales; todo el mundo se conoce  y en su plaza (anillo) los mozos continúan la añosa costumbre de comer juntos el “calbote”, suerte de comunión laica,  como un rito de amistad. El sitio más visitado (de “Murania”, sin duda) es la bodega, donde bajo la imperiosa mirada del mesonero se reúnen cada día los personajes secundarios de la novela,  tipos populares  que pueden simbolizar algunos de los defectos o virtudes características de la especie humana: el herrero, el ermitaño, el guardián de la casi derruida fortaleza, el carpintero, los dos mellizos,  el viejo lúcido, el borrachucio Fiat, el Papagallo (sic) y otros singulares especímenes.

En aquella tertulia etílica se bebe el vino de cosecha y se habla sobre lo que sucede (insignificancias) por los alrededores. Todo irá transformándose con la llegada de un forastero, cuya conducta desconcierta a la parroquia, muy especialmente por el rasgo más chocante: practica un absoluto silencio, negándose a hablar por mucho que se le provoque o incite. Carente de nombre, edad, oficio y pasado, busca allí refugio, tras prescindir, no se sabe por qué razones, de cualquier tipo de lenguaje, hablado, escrito e incluso gestual. Resulta imposible establecer con tan extraño personaje ningún género de comunicación, ni él la busca de los demás, si bien poco a poco va habituándose a compartir espacios comunes. No obstante, este Nemo (en latín “nadie) se convertirá en el factor clave de las metamorfosis que irán experimentado bastantes vecinos, hasta el punto de que varios de ellos, tan locuaces hasta entonces, se sumarán también a las “taciturnidades del labio”. Sólo la conmoción de Nemo ante una paloma herida o el desconsuelo de su llanto final, impensable en tal hombre, lo asimilan a los otros mortales.

De este singular proceso irá dando cuenta el escribano de la villa. Trasunto sin duda del propio autor, irá refiriendo en primera persona, cual narrador omnisciente,  hasta los más mínimos detalles, a la vez que añade referencias a acontecimientos  anteriores  similares (tremebundo el del predicador  suicida) o, convertido en filósofo, discurre una y otra vez (abundan las reiteraciones) sobre la vida y la muerte, la trascendencia, los factores determinantes de la conducta, la entidad y funcionamiento de las palabras y, cómo no,  los  límites del lenguaje. Asunto éste de antigua raigambre (recuérdese al viejo Gorgias afirmando que nada existe;  y, si existe, no lo podemos conocer; y, si lo conociéramos, no lo podríamos decir); fomentado por el spleen romántico y convertido en tema central de la filosofía  y la literatura contemporáneas, es seguramente el núcleo central de esta novela. Algunos poemitas ocasionales (más bien ripiosos) resumen las “senectas” (otro de los frecuentes neologismos del novelista, versado en latines y cultura bíblica).

Parece inútil a estas alturas un elogio del escritor, que viene recabando las calificaciones más altas de plumas como Luis Landero,  Sánchez Ferlosio, Ángel Harguindey, J.M. Pozuelos o Rafael Reig. (Por cierto, ésTe ha escrito que Hidalgo Bayal es el Nabokov extremeño”. No obstante, en Nemo (“Nimú”)  no se percibe la más mínima alusión al erotismo, resultando todos sus personajes absolutamente asexuados).

Hace casi seis  lustros, Ángel Campos me entregó un original que no dudé en llevar a imprenta. Fue así como saldría a luz la primera novela de este autor (n. Higuera de Albalat, 1950), Mísera fue señora la osadía. Cada uno de sus libros posteriores, y son numerosos, no han hecho sino confirmar lo que ya entonces se captaba y Ricardo Senabre consagrase en El Cultural de El Mundo: “Hora es ya de proclamar la excelencia de un autor que habría que situar en la primera línea de nuestros narradores actuales. En la línea de Julio Cortázar, Raymond Queneau, G. Cabrera Infante o Julián Ríos”. Magister dixit.

 

Gonzalo Hidalgo Bayal, Nemo. Barcelona, Tusquets, 2016.

 

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LUCILIO VANINI
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Manuel Pecellín | 13-02-2016 | 09:16| 1

 

 

                    

 

 

El 9 de febrero de 1619 moría en Toulouse, alevosamente ejecutado, un joven filósofo que firmaba como Giulio Cesare Vanini o Pompeo Ugilio. El Parlamento de dicha ciudad francesa lo condenó a que le cortasen la lengua, le dieran garrote, lo  quemaran y arrojasen al viento sus cenizas, por “atéiste et blasphemateur du nom de Dieu”. Sostenía la acusación un poderoso noble, Francon, declarando ante el tribunal que Vanini “le había negado a menudo la existencia de Dios y se había mofado de los misterios de la fe cristiana”. Para nada le serviría al reo la confesión que hizo declarando su fe “en un solo Dios con tres personas, tal como la Iglesia lo proclama, y que la naturaleza misma prueba evidentemente que Dios existe”.

Vanini vivió una existencia bien azarosa. Natural de Taurisano (n. 1585), en la Puglia (Italia),  hijo de Beatriz López de Noguera, su familia tenía origen español.  Pronto obtuvo en Nápoles la licenciatura “in utroque iure” (en Derecho civil y canónico), si bien no iba a dedicarse a las leyes. Optó por profesar con los Carmelitas (la orden que ofrecía mayor margen de libertad intelectual), haciéndose sacerdote.  Después se dedicará, como tantos grandes del Renacimiento y el Barroco, a estudios múltiples, incluyendo la astronomía, la matemática y la medicina. Enfrentado a sus superiores y cada vez más crítico con la autoridad del Papa, Vanini viajará por media Europa a la búsqueda de quien pudiese asumir sus tesis y defenderlo. Padua, Venecia, Londres (donde se hizo durante algún tiempo anglicano, hasta romper con el poderoso e intolerante Primado de Inglaterra, Abbot), Bruselas, Ginebra, Lyon y Paris, son algunas de las ciudades a las que acudió, hasta decidir venirse a la entonces muy conservadora Toulouse.

Aunque este notable humanista escribió, al parecer, una larga docena de obras, solamente conservamos dos de su autoría, compuestas en latín y con bien diferente metodología, el Anfiteatro de la providencia eterna,  divino-mágico, cristiano-físico y astrológico-católico (Lyon, 1615), dedicada al español Francisco de Castro, y Sobre los admirables misterios de la naturaleza, reina y diosa de los mortales (París, 1616). Si no son del todo originales (cuenta con abundantes “préstamos” de otros pensadores clásicos y coetáneos), llevan sin duda su sello inconfundible.

Precisamente en la Sorbona de París se presentaba el año 1997, bajo la dirección de M. Pierre Magnard, una exhaustiva tesis, J.C, Vanini: Averroïsme de Padoue et pensé libertine (une philosophie de la crise á l´age baroque), publicada luego por el A.N.R.T (Taller Nacional de Reproducción de Tesis). Un jurado internacional le había concedido mención honorífica. El doctorando era Marcial Caballero, nacido y criado en Calera de León, estudiante que fue de humanidades y filosofía en el pacense seminario de San Atón, más tarde profesor  de la UNED y los Institutos San Isidro (Madrid), liceo español de París, Juan Ramón Jiménez (Casablanca) y Nª Srª del Pilar (Tetuán), hasta su reciente jubilación.

Es el libro que aconsejamos a quienes tengan interés por el intelectual quemado en Toulouse, como había ardido tres lustros antes  su admirado Giordano Bruno en una hoguera romana.  Furiosamente antiescolásticos los dos, tal vez la idea común de ambos más temible para los defensores del dogma procedía del maestro Pomponazzi: los fenómenos que se perciben (astrofísicos, sociales, psicológicos) han de ser atribuidos y explicados sin recurrir a fuerza alguna de carácter sobrenatural, sino exclusivamente en virtud de causas naturales. Lo que de ningún modo implica por fuerza una profesión de ateísmo. Vanini hasta llegaría a proponer nociones evolucionistas, haciendo provenir del mono al hombre (no para todas las razas). Sostuvo también, adelantándose nuevamente a la Modernidad, otra tesis poco grata a los detentadores del Poder en su época: es posible conformar una Ética laica, sin  tener que fundamentarlo sobre bases religiosas. Por desgracia, no  estaban sus tiempos para la tales ideas.

 

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LA SOMBRA DEL HOLOCAUSTO
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Manuel Pecellín | 09-02-2016 | 10:52| 0

 
Es tan extensa la sombra del Holocausto, la Shoah o eliminación de los judíos llevada a cabo por los nazis, que no dejan de sorprendernos una y otra vez nuevas noticias sobre aquella barbarie. Desde luego, sigue sin estar completa la lista de israelíes sacrificados en los campos de exterminio (casi siete millones). Pero hay que sumarles otros muchos cientos de miles pertenecientes a colectivos que, según los devotos del hoy en alza Mein Kampf, deberían desaparecer de la faz de la tierra para no impedir la implantación del único Reich salvífico, asentado sobre las esencias del espíritu ario: homosexuales, gitanos, minusválidos, enfermos mentales, testigos de Jehová, republicanos españoles, anarquistas , comunistas y demás especímenes desacordes con el supuesto patrón de la sublime gran raza, deberían ser sencillamente eliminados.
Pero se requería una gigantesca maquinaria, atendida por un gran número de cómplices, para localizar, detener, clasificar, conducir a los paredones de fusilamiento, horcas y cámaras de gas; a quemar después o enterrar a tantos millones de personas, extendidas por muy numerosos países controlados entonces por las milicias de Hitler (Alemania, sí, pero también Austria, Polonia, Hungría, Ucrania, Rumanía, Grecia, Italia, Checoslovaquia, Francia, Países Bajos, etc.). Sin duda, muchas de las personas que contribuyeron eficazmente a tamaña barbarie, lograrán después del derrumbe nacionalsocialista, sin arrepentirse jamás, camuflarse, sobrevivir con comodidad e incluso hacer gala de su nunca por ellos denostado antisemitismo.

Así resulta demostrado en esta novela de Erich Hackl, basada sobre hechos reales, las vicisitudes que hubo de sufrir la familia Salzmann (Die Familie Salzman. Erzählung aus unsere Mitte, según el título original), originaria de Estiria, cuyos miembros son obligados a distribuirse por la Europa central a consecuencias de las persecuciones que contra ellas van desencadenándose incluso mucho después de 1945. Compuesta en alemán hace un lustro, aparece ahora en castellano merced a la cuidadosa versión realizada por Richard Gross y a los buenos oficios de la editorial cacereña, que vuelve a demostrar tan buen criterio a la hora de enriquecer sus fondos.
El austríaco Erich Hackl (Steyr, 1954), licenciado en Filología Germánica e Hispánica, ha sido profesor de español en la Universidad de Viena. Autor muy reconocido, lo es de obras tan interesantes, vertidas a nuestra lengua, como Sara y Simón. Una historia sin fin (Galaxia Gutenberg, 1998), Adiós a Sidonie (Pre-Textos, 2002, La boda en Auschwitz (Destino, 2004) o Esbozo de un amor a primera vista (Laertes, 2010). En El lado vacío del corazón el nombre de la gran infamia es Ravensbrück, campo de concentración conocido como “el infierno de las mujeres”. Hasta allí conduce a Julianne Salzmann la Gestapo, que realmente a quien perseguía es al marido, destacado líder comunista refugiado en Francia. La pobre aguanta hasta poco antes de que lleguen los rusos (tampoco eran unos benditos, aficionados a robar y violar), cuando el tifus le impone  la cremación, ya cadáver. Los esfuerzos de su único hijo por recomponer la historia familiar constituyen la trama de la novela.

 

Hackl, Erich, El lado vacío del corazón. Cáceres, Periférica, 2015

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HURDES, DE INFIERNO A PARAÍSO
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Manuel Pecellín | 06-02-2016 | 15:30| 0

 

Seguramente, ninguna otra comarca extremeña, y pocas más en la Piel de Toro, tienen rasgos identificadores tan definidos como Las Hurdes, Jurdes, as Hurdes o Hurdes, sin artículo ni aspiración fonética, según se la denomina. Con un territorio bien definido, usos y costumbres seculares, población que se autorreconoce en tanto miembros de una colectividad con rasgos propios, marcada por singular historia, no del todo conocida, el país hurdano y sus gentes han sufrido una auténtica “leyenda negra”, en cuyas antípodas parece hoy situada: de infierno a paraíso. Luis Buñuel, que con sus denostados fotogramas tanto contribuiría a difundir la degradante imagen de una “tierra sin pan”, debiera tener hoy otro documentalista homólogo que pasase un film contenidos como el de la webmancomunidadhurdes.org/index:
“Al norte de Extremadura, ya al límite de Salamanca, donde la provincia cacereña deja que su lisa meseta arrugue su frente y convierta la tierra en abruptas montañas, encontramos la comarca de Las Hurdes. Bañada por 5 ríos que dan nombre a sus valles, crean un magnífico ecosistema de hondonadas de espesa vegetación, combinación de pinos, antiguas madroñeras centenarias, castaños y olivos, que ejercen durante años de economía a sus habitantes. Y un monte bajo compuesto de brezo, romero, jara y cantueso del cual obtener productos apícolas de excelente calidad como la miel y el polen.
Éstos, junto con los que producen los huertos que visten las riberas de sus ríos, las pequeñas praderas que alimentan sus rebaños de cabras, y la abundante caza tanto mayor como menor existente en la zona, proporcionan los ingredientes necesarios para que la imaginación haga el efecto oportuno en la creación de una original y exquisita gastronomía. El cúmulo de una orografía montañosa y una constante presencia de agua que riega cada rincón, son los factores que trazan por las faldas de sus sierras, espectaculares meandros y erosionan con los años la negra pizarra con chorros de enérgicas corrientes que arrastran consigo la historia de sus hurdanos. Arquitectura, naturaleza, gastronomía, orografía, cultura y tradición, se funden como una única entidad de identificación de sus gentes. Un conjunto de emociones que este paraíso ofrece a todo aquel que pretende descubrirlo, con tantas variantes como gustos se hizo el hombre. Hacen de esta comarca una tierra ideal donde los sueños se pueden llegar a realizar”.
Fernando R. de la Flor, catedrático en la Universidad de Salamanca, que ya se aproximase a las Hurdes con otro libro (De las Batuecas a las Hurdes. Fragmentos de una historia mítica de Extremadura. Mérida, ERE, 1989 y 1999), vuelve a la misma por encargo de la Fundación Ortega Muñoz. Su nueva obra aparece en la colección “Territorios escritos”, que atinadamente coordina Antonio Franco, director del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Objetivo primordial de la misma es que autores de conocida relevancia pongan por escrito sus experiencias sobre determinados lugares de Extremadura, a los que vienen invitados por algún tiempo. En dicha serie han aparecido obras tan importantes como El último lobo, del húngaro László Krasznahorkai o El reino de la fortuna, de alemán Peter Sloterdijk, texto sugestivamente implementado por Isidoro Reguera, catedrático de Filosofía en la UBEX, con su ensayo sobre Extremadura.
No desmerece de las mismas la del profesor salmantino. Lo primero que la distingue es su abrumadora documentación. En un apéndice de medio centenar de páginas se pasa revista a cuanto se ha escrito sobre las Hurdes. Una bibliografía tan abundante, testimonio de la atracción que viene ejerciendo desde épocas antiguas, sólo puede explicarse porque esta tierra es un auténtica “metáfora de España”, a saber, supone para la patria hispana lo que nuestro país para Europa: el territorio más pobre, occidental, al margen del progreso técnico, hambriento, atrasado, caciquil, periférico, “africano”, pero también el más puro, virgen, sin ruidos, incontaminado, el más propicio para soledades creativas, para el desarrollo del espíritu. Sin duda, la voz más escuchada es la de Maurice Legendre en su demoledor Viaje a las Hurdes. Tal vez se eche en falta el uso de fuentes “emic” (compuestas por los propios habitantes), digamos publicaciones periódicas como As-Hurdes.
En segundo lugar, llama la atención el lenguaje en que la obra está escrita, que realmente facilita poco su lectura, forzándola a convertirse en pieza para antropólogos.
Por otra parte, De la Flor analiza pormenorizadamente el proceso creativo de Buñuel en su famoso documental hurdano y añade datos como la fascinación por aquellas tierras que experimentase el equipo del cineasta aragonés y él mismo, que lo tenía tono dispuesto para comprarse una finca en Las Batuecas.
Por último, resaltaré la apuesta del ensayista a favor de un prometedor futuro para Hurdes, ese rincón con un nombre cuya etimología continúa misteriosa: “casa de piedra”, “río Jordán”, “cerdo” (así lo pretendió Sabino Arana, remitiéndose al vascuence, en un artículo que aquí no se cita), etc. etc. Nos hubiese encontrado leer cuáles son los factores determinantes que han roto la tradición maldita de aquel terruño, así como los que pueden ser definitivos para confirmar el brillante futuro que se le augura.

Fernando de la Flor, Las Hurdes, el texto del mundo. Badajoz, Fundación Ortega Muñoz, 2015.

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¿FECHA DE CADUCIDAD?
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Manuel Pecellín | 02-02-2016 | 07:55| 0

Natural de Salvaleón (1951), Doctora en Filología, Licenciada en Periodismo y Catedrática de Literatura, Juana Vázquez ha escrito ensayos (El Madrid de Carlos III, El costumbrismo español en el siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social, San Juan de la Cruz, Las costumbres de la Ilustración, El Madrid cotidiano del siglo XVIII); novelas (Con olor a naftalina, Tú serás Virginia Woolf) y poemarios (Signos de sombra, En el conflicto del nombre, Nos+otros, Gramática de la Luna, Escombros de los días, Tiempo de caramelos). Ha ejercido la crítica literaria y el análisis sociológico en importantes medios nacionales (Diario 16, ABC, El País, Cuadernos del Sur y, por supuesto, en HOY), siendo frecuente su presencia en congresos, tertulias, mesas redondas, recitales y todo tipo de encuentros culturales. Colaboró asiduamente en Oeste Gallardo, el boletín de la Unión de Bibliófilos Extremeños, para el que llegaría a entrevistar a un gran número de los más importantes escritores nacionales. Alguna vez sugerí que, reuniendo dichas colaboraciones se tendría una muy enjundiosa Historia de la Literatura española contemporánea.

Lo primero que llama la atención de esta su nueva obra es la contundencia formal de la misma. Impresiona enfrentarse a esos dos largos millares de versos, distribuidos  en casi un centenar de poemas, todos los cuales guardan rigurosa unidad: la propia Juana Vázquez es el tema único. Mujer que venía acumulando multitud de horas semanales de aula, archivos, estrados, pupitres, ordenador y calle (sin olvidar las de mercado, cocina, cafés y tabernas), el reloj de la sangre parece exigirle un alto en tan frenética actividad. Y como, ante todo, se sabe “poeta por prescripción facultativa” (pág. 13), no puede menor de recurrir a la voz lírica para componer estas reflexiones sobre su propio yo y cuanto le está sucediendo. Es verdad que todo no va ser ese “yo, mí, me, conmigo” ahora casi ineludible, esforzándose a veces por percibir los ecos del mundanal ruido. Pero serán momentos coyunturales, para volver casi de inmediato al autoanálisis, la investigación de la propia intimidad, ese ego que todos hemos confirmando a lo largo de nuestra más o menos feliz existencia.

Sorprenderá que la autora se perciba una y otra vez como un sujeto sumido en la melancolía (el término más recurrente del texto), las dudas, la indolencia, el tedio, la autocompasión y demás sentimientos negativos. ¿Cómo convivir con esos estados psicológicos alguien que se reconoce “brusca reivindicativa insolente/descarada transgresora/políticamente incorrecta” (pág. 46), según los parámetros que han ido conformando su conducta? Desde luego, no será fácil convertir en Penélope a quien se intuye mucho más cercana a Ulises, “lujuriosamente viajera”. La cafeína, el tabaco, el whisky, algún cubatita sola o acompañada, un paseo por ciertas calles de Madrid, ayudarán tal vez a restablecer los ánimos y resistir las lides de todo los días. Y, sin duda, tendrá siempre a mano la pasión por el lenguaje, el impulso irresistible de la palabra poética (la minúscula, por favor), que vuelve a suscitarse con entera pujanza incluso cuando se la pudo dar por definitivamente ensordecida, un bullicio desenfrenado  que se impone como el relámpago en el cielo.

Y es que Juana Vázquez confiesa: “No sé acompasarme a las horas de luz y oscuridad/ a lo vertical y horizontal/ pues no vivo/ Yo no vivo/. Mi vida la vive la errática y loca poesía” (pág. 115). ¿Quién querrá perderse confesiones como éstas?

 

Juana Vázquez Marín, El incendio de las horas. Madrid, Huerga&Fierro, 2015.

 

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NEKROMICON
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Manuel Pecellín | 30-01-2016 | 11:09| 0
El novelista estadounidense H.P.Lovecraft (1890-1937), considerado uno de los maestros de la literatura de terror, fue quien introdujo en las letras contemporáneas la ficción de un grimonio (libro mágico) cuyo nombre se hará célebre: el “Nekronomicón” o “Libro de los muertos”, según su etimología griega. Otros autores del círculo lovecraftiano recurrirán también a esta obra fantástica, hasta el punto de que no faltarán investigadores dispuestos a descubrir si realmente ha existido una obra semejante, capaz de conmover radicalmente al osado lector. Se trataría de un texto escrito en el siglo IX por un santón musulmán (Abdul Hazred) en la Arabia Saudí al dictado de terribles fuerzas demoníacas,  tal vez antiguos dioses egipcios, que siempre pulularán sobre la obra, controlándola a su antojo. Repleta de sortilegios y fórmulas taumatúrgicas, puede generar horribles metamorfosis a quienes la ojeen, como devolver a la vida a cualquier muerto en cuyo favor se invoquen. Una apasionante carrera, entre reyes, inquisidores, bibliófilos y magnates, habría conducido al Nekronomicon por medio mundo, aunque hoy se le siga buscando afanosamente con las más variadas intenciones, desde servirse del mismo a lograr eliminarlo de la faz de la tierra.
Enrique Laso (Badajoz, 1972), quien se diera a conocer con la novela Desde el infierno, adaptada ha poco al cine (la película se presentó el 2014 en el Festival de Sitges), ha compuesto esta segunda tomando el misterioso manuscrito (se habría hecho una edición española de mínima tirada en el XVI) como núcleo de su apasionante relato. Poniéndolo en relación con el célebre y aún no inteligible “Manuscrito Voynich”, conservado en la Biblioteca Beinecke de libros raros de la Universidad de Yale (lugar relevante en la novela), el autor construye una trama de enorme interés en torno al esotérico volumen, en sus orígenes árabes Kitab Al-Aziz, o Libro del Rumor de los insectos nocturnos (símbolos de las fuerzas sobrenaturales destructivas).
Laso tiene la habilidad de descomponer la urdimbre narrativa en numerosos hilos, sin atenerse a la consecución espaciotemporal lógica, conduciéndonos  en un baile discontinuo desde los escritorios medievales (no se olvide El nombre de la Rosa, de Umberto Eco, ni la ficticia Poética II de Aristóteles) a la Feria de Frankfurt;  del desierto arábigo a la Constantinopla grecocristiana; desde un monasterio castellano, a la Escuela de Traductores de Toledo o las mansiones de gente como D. Álvaro de Luna, el valido afecto a la nigromancia, pasando por Londres, París, Japón , Berlín o  Madrid, lugares todos donde la búsqueda y posesión, más o menos duradera, del libro produce las más fantásticas transformaciones en quienes con él se relacionan, muertes y resurrecciones incluidas. Un periodista español, Sebastián Madrigal, personaje con escasas luces, más bien frívolo, se convertirá poco a poco en pieza básica de la investigación  bibliofílica, pagado por un inglés riquísimo: Henry Newman quiere conseguir, a toda costa, devolver a la existencia a su difunta esposa y sabe que los sortilegios contenidos en la obra se lo pueden permitir (ya se produjo en otros casos). Sus intereses chocarán con los de la Hermandad para el Triunfo de la Luz, cuyos socios, curas exorcistas, están dispuestos a cualquier cosa para destruir la demoníaca escritura e incluso a quienes con ella se relacionen.
En resumen, una obra realmente atractiva, con mucho de novela histórica y thriller, combinados con dosis de  sólida bibliografía .
Enrique Laso, El rumor de los muertos. Ediciones Planeta, Madrid, 2014.
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SEMANA SANTA EN SEVILLA
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Manuel Pecellín | 23-01-2016 | 09:00| 0

 

Pertenece Antonio Núñez Cabezas de Herrera a ese curioso grupo de extremeños que se han distinguido como lúcidos intérpretes de las manifestaciones culturales andaluzas. Vienen a mi memoria escritores como los hermanos Pedro y Carlos Caba (Andalucía, su comunismo libertario y su cante jondo), Antonio y Florencio Zoido Naranjo (Doce teorías para Sevilla) , Juan José Poblador (Conil de la Frontera) o José Antonio Ramírez Lozano (Bata de cola), por no decir el mismo Félix Grande y sus ensayos sobre el flamenco.

La vez primera que encontré su nombre fue en el periódico pacense La Libertad, donde a lo largo de 1927 mantuvo interesantísima polémica con quien firmaba “Un bibliófilo extremeño”, el por entonces casi adolescente Antonio Rodríguez Moñino (que a partir de 1944 uniría con guión sus dos apellidos). Ambos discuten en torno a “la poesía del 27” (utilizando ya  esa categoría), mostrándose el primero más partidario que el segundo de lo que por entonces escribían los grandes de la época. Para ejemplificar cómo era aquella poética, el periódico de Badajoz publicaba el 4 de noviembre de ese año poemas de Dámaso Alonso, Alberti, Salinas, Gerardo Diego, Garfias, García Lorca y otros de la generación, ofreciendo así a los lectores extremeños una sorprendente y temprana antología.  Di cuenta de estos embates en mi artículo “Colaboraciones del joven Antonio Rodríguez-Moñino en la RCEEX”, que publiqué en el Boletín de la RAEX y está colgado en la red. (No se recogen estos artículos en el volumen que presentamos).

Antonio Núñez podía contraer sus apellidos como Núñez de Herrera, acaso por así parecer de familia más humilde. Nació en Campanario (1900), donde también viera la luz Antonio Reyes Huertas (1887), con quien coincidirá en la maestría para componer estampas populares, si bien de muy diferente inspiración: aquel fue pronto un republicano confeso, en tanto el segundo militaba en las filas del catolicismo más conservador.  Como funcionario del cuerpo de Telégrafos, Núñez pasa a residir desde 1916 en Sevilla, ciudad que llegaría a conocer perfectamente. Tras la declaración de la II República, se integra en las primeras corporaciones municipales de la, poniendo en marcha, como gran aficionado que era al periodismo, dos cabeceras, pronto fallidas: el semanario republicano Críticas El Pueblo. Diario Republicano de Andalucía. Pero tal vez su proyecto más querido fue erigir la Hemeroteca municipal, organismo al que se vincula hasta el fin de sus días. Cortos fueron, pues una neumonía lo fulminó (1935) mientras veraneaba en El Algarve.

Tuvo tiempo para escribir (Publicaciones Mediodía, 1934) un ensayo que los entendidos juzgan obra imprescindible, Sevilla. Teoría y realidad de la Semana Santa.Este estudio antropológica causó notable impacto, si bien el régimen nacido tras 1939  le impone una losa de silencio. Merced al empeño de sus familiares, será reeditado el 1981, 1993 y 2006. Reaparece ahora de manera mucho más ambiciosa. En efecto, el responsable de la edición ha ido recopilando y adjunta una enorme cantidad de materiales periodísticos que Núñez diese en numerosos medios (La Libertad, Heraldo de Madrid, El Noticiero Sevillano, La Gaceta Literaria, etc.,etc.) y sirven bien para entender la diagénesis del admirable libro. Como extremeños, aunque resulten un poco colaterales al tema principal, nos han interesado los textos que el autor (también crítico literario) dedica al triunfo en Sevilla de la pieza dramática de Chamizo, Las brujas.

Por otra parte,  el volumen (400 páginas) reproduce también como apéndice un “Cuaderno de poemas”, inédito hasta hoy,  compuesto por el de Campanario y que su familia supo conservar celosamente. David González lo califica como conjunto de “piezas breves, deudoras del gusto por Gustavo Adolfo Bécquer, de la influencia de Fernando Villalón, de la copla popular, y presenta llamativos ribetes de cierto imaginismo vanguardista”. Sin duda, están en líneas con la poética del 27, que Núñez había defendido frente al joven Moñino en el artículo antes citado.

Un cuadernillo de imágenes ofrece singulares fotografía del autor y sus amigos, entre ellas la tomada el 25 de abril de 1935 en la Venta de los Gatos, reunión organizada por la Tertulia del Arenal, donde también se distinguen personalidades como Manuel Chaves Nogales, Joaquín Romero Murube, Jorge Guillén y Federico García Lorca.

Antonio Núñez de Herrera, Sevilla. Teoría y realidad de la Semana Santa. Córdoba, Almuzara, 2015.

 

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