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CONTRA ERRORES Y HORRORES
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Manuel Pecellín | 03-01-2016 | 11:14| 1

Agustín Romero, nacido en Llerena, profesor jubilado, poeta y novelista (así como bloguero infatigable), lleva  lustros proclamando la insubordinación contra el Poder y quienes le sirven o lo aguantan sin rebelarse. Ese espíritu insurreccional, acorde con las convicciones ácratas que profesa, nutre la pluma del escritor, siempre presto a poner en solfa libros, declaraciones, discurso, programas, artículos o cualquier clase de manifiesto donde él crea percibir intereses espurios, aunque se articulen bajo el disfraz más sublime.

Si la denuncia la articula en versos, ateniéndose a una tradición literaria que el autor conoce como pocos, suele preferir el soneto para expresarla, si bien su rebelde efervescencia le hagan romper a menudo la normativa de tan exigente estrofa. Como se lleva por delante, cual recurso estilístico, cualquier imposición gramatical, sobre todo en aras de mantener los endecasílabos.

Esta  publicación, antología (132) de tantos otros “sonetos satíricos” como ha ido sembrando por numerosos medios, on line o sobre papel,  a partir del año 2000 hasta hoy, aparece en las “hediziones salbages, sal  (sociedad anónima libertaria)”. Así ha querido llamar a su propia empresa, manifestando ya con el nombre el nulo respeto que siente hacia todo tipo de imposición.

“La sátira no es ni la humillación, ni el desprecio o minusvaloración del ser humano. Es la burla de sus errores y, tal vez, terrores y horrores. De sus ignorancias, miedos y odios”, se justifica el poeta en un epílogo. Más aún, insiste, si se hace con ese humor que nos enseñaron tantos grandes críticos, desde el Arcipreste de Hita, hasta nuestros días, pasando por Cervantes, Quevedo, Góngora o Alberti.

Claro que una cosa es la intencionalidad del poeta y otra cómo puedan recibir sus versos los aludidos. Pocas son las autoridades políticas, sindicales, económicas, eclesiásticas, etc.,  de relieve nacional, y más singularmente autonómicas,  a los que no alcanzan los agudos dardos. Y si en alguna ocasión se les dirigen de modo implícito, las más les llegan con nombre expreso.  Se puede decir que, cuanto más altas responsabilidades han desempeñado en España o en Extremadura, determinadas personas, mayor cantidad de sátira soportan. Y como el poder ha estado repartido a diestra y siniestra, al menos para determinadas estructuras, también los mandobles se dirigen tanto a  las derechas como a las izquierdas que lo han detentado.

El lenguaje, tan políticamente incorrecto de estas composiciones, enriquece su capacidad irónica con recursos múltiples, entre los que figuran el uso de expresiones castizas  o escatológicas (al modo de nuestro B. J. Gallardo decimonónico o el actual fray Josepho), los neologismos de creación propia (tipo “rajoyería”, “votambra”, “putambre”) y los muy abundantes juegos de palabras (paranomásicos, muy especialmente).

Esta “mosca cojonera” (ver inicio del soneto 51), incordiante versión del tábano socrático, también ha recibido lo suyo. Basta repasar internet para comprobarlo. Y, si el libro se difunde más allá de los límites locales, habrá de disponerse a que le repliquen voces tal vez cargadas con el  mismo acíbar. Ojalá también el ingenio, jocundidad y cultura que caracterizan a este llerenense selvático, tan enemigo de inquisidores, caciques y déspotas, como de mariposones, borregos, bueyes y  demás especímenes de la mamandurria.

 

Agustín Romero Barroso, Sonetos satírico. Llerena, hediziones salvages, sal, 2014

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BADAJOZ AFTÁSIDA
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Manuel Pecellín | 31-12-2015 | 10:44| 0

Durante los días 13 y 14 de marzo de 2014 tuvo lugar en las antiguas Casas Consistoriales pacenses un ciclo de conferencias, impartidas dentro del marco conmemorativo del Milenio del Reino Taifa de Badajoz. Diversos arqueólogos e historiadores del legado andalusí, españoles y lusos, ofrecerían sus visiones de aquel periodo, actualizadas a tenor de los descubrimientos más recientes. Se recogen en este volumen de actas, que prologa la entonces Consejera de Cultura Trinidad Nogales.

Tras los apuntes de J. Zozaya sobre el fenómeno taifa, a los que adjunta una bibliografía exhaustiva, la catedrática llerenense María Jesús Viguera ofrece una panorámica sintética, con especial atención al reino aftasí. Lo más importante es la traducción que ofrece del capítulo que el escritor y visir granadino Ibn al-Jatib dedicó al la taifa de Badajoz en su compendio cronístico A´mal al-a´lam.

Fernando Díaz Esteban, catedrático emérito de lengua hebrea en la Complutense, trata someramente sobre la presencia de los judíos, apoyándose en una lápida hallada en el cementerio romano de Mértola y en cartas remitidas (s.XI) por el israelita Ismael Ben Isaac el-Badagusí (de Badajoz) y su hijo Judah ben Semuel al-Badagusí al-Qastilí (el Castellano).

Miguel Alba Calzado, miembro del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida, sugiere que la Mérida visigoda y paleoislámica bien pudo servir como precedente urbano para la fundación de Badajoz en el siglo IX, cuando Mérida, según Santiago Feijoo y Miguel Alba Calzado pasaba por su mayor crisis, con una enorme sangría demográfica.

De analizar cómo se llegó hasta allí, desde que se incorporase al Califato Omeya de Damasco la antigua provincia de Lusitania, se ocupa Bruno Franco Moreno. Alberto J. Canto, de la Autónoma madrileña, con los escasos apoyos que la Numismática aporta, ofrece un esbozo de la economía aftásida, si bien reconoce que son más las dudas que las certezas en este terreno.

Mª Antonia Martínez Núñez, profesora de estudios árabes en la Universidad de Málaga, repasa la epigrafía andalusí, con especial atención al epitafio del hàyib Sábúr;el friso funerario de al.Mansür y otros soportes líticos conservados en el Museo Arqueológico de Badajoz.

Susana Gómez Martínez, de la Universidade do Algarve, presta atención a las cerámicas taifas del sudeste peninsular, cerrando Sophie Gilotte, profesora en Lyon, con un estudio del yacimiento de Albalat, bastión estratégico sobre el Tajo, aún no completamente excavado.

 

Zozaya Stabel-Hansen, Juan y Kurtz, Guillermo, Batalius III. Badajoz, Ayuntamiento, 2014

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JOSÉ LUIS BERNAL, POETA
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Manuel Pecellín | 28-12-2015 | 13:03| 0

José Luis Bernal (Cáceres, 1959) podría ser otro ejemplo de un paradigma repetido en la literatura contemporánea: el de los profesores que, dados pronto a la creación poética, van retirándose paulatinamente hacia el mundo de las investigaciones filológicas, el estudio crítico y  el análisis de obras ajenas, más silenciada la voz lírica  propia según se acrecienta su magisterio lingüístico. El actual Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UEX, reconocido experto en las investigaciones sobre la Vanguardia histórica y la Generación del 27, Premio Internacional de Investigación Gerardo Diego (2007), levantaba  pronto sólidas expectativas en el campo poético con dos libros Primavera invertida y El alba de las rosas, que fueron, respectivamente, Premio Constitución de Poesía (1983) y Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad (1989). Fue asimismo editor de diferente colecciones poéticas (Palinodia y Ediciones Norba 1004), además de dirigir la Revista de literatura Gálibo, donde tanto espacio ocuparían los versos.

Como su inolvidable amigo y mentor Juan Manuel Rozas, Bernal, que también sería un bibliófilo consumado (presidente de la UBEx durante un cuatrienio),  ha seguido siempre fiel a las Musas, aunque fuera de manera tácita. Rompe ahora el largo silencio con este poemario, que se publica  en la impagable “Luna de poniente”,  colección dirigida por Elías Moro y Marino González Moreno.

El título, “Tratado de la ignorancia”, nos sitúa ya en uno de los ámbitos europeos de mayor prosapia intelectual, el del quod nihil scitur  (Francisco Sánchez),o Que sais-je? (Montaigne) documentado hasta hoy bajo distintas fórmulas desde el “yo sé que no sé nada” socrático.

“He destinado algunos de mis trabajos al juicio”, proclama  el agudo jesuita Baltasar Gracián en su excelente Arte de ingenio, palabras que sirven de entradilla a este poemario. “He destinado algunos trabajos al juicio/, este se lo dedico a la ignorancia”, principia Bernal.

Pero la hay de dos géneros: la rayana con la estupidez cerril, desconocedora e ignorante de cuanto le rodea e incluso le atañe, y la del sabio verdadero, la del que, tras arduas fatigas intelectuales, reconoce y admite los límites del conocimiento.  Quizás nadie la expresó mejor que Nicolás de Cusa, en obra  con título paradójico, pero acertadísimo: De docta ignorantia.

Es a esta segunda a la que se adscribe, desentrañándonos , un hombre tan sabio como Bernal,  capaz e sobrevivir al pulso debilísimo del tiempo por encima de dudas, ilusiones recónditas, meditaciones silenciosas, cicatrices ocultas, llantos íntimos y tanteos a ciegas. En este decurso vital ocurre que se pierden certezas, rostros, citas, aniversarios,  agendas, lecturas e incluso  amigos. Aunque permanezcan el melancólico sentir, el espíritu libre, el afán de búsqueda, las vigilias lúcidas y el legado, tal vez inefable, pero indeleble, de lo vivido.  Y, cómo no, el verbo. “Solo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás; muchas son las lagunas de mi memoria”, son palabras que se atribuyen a Machado. La nuestra, esa capacidad de evocación, tan a menudo sostenida por una simple magdalena dentro de una taza de té (Proust), quedará permanentemente impregnada por estos poemas. Nos facilitarán situarnos “allí donde los inocentes nada piden,/comparten la pobreza perfumad/las sonrisas del hambre, con la muerte”.

Acorde con su carácter, tan mesurado en gestos y palabras, los poemas de este autor brotan siempre de manantial sereno. Y si tampoco a él le faltan gotas de sangre jacobina, nunca apela al grito o a la expresión abrupta. Su  voz rehúye  estridencias y desgarros, seguro de comprometer a los lectores por la honestidad que los versos trasmiten y la limpieza misma de la expresión.

 

José Luis Bernal Salga, Tratado de ignorancia. Mérida, De la luna libros, 2015.

 

 

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ANDRÉS R. BLANCO
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Manuel Pecellín | 26-12-2015 | 15:31| 0

No acaba uno de terminar de sorprenderse con el tema de los escritores extremeños. Cuando crees conocer a los cultivadores de las letras nacidos o residentes en esta Comunidad, al menos aquellos que poseen ya una obra consolidada, de pronto surge la agradable sorpresa. Me ha ocurrido esta vez última  en el encuentro que organizaron Juan Calderón y Javier Bueno (Madrid, Salón Telefónica) el 13 de noviembre para conceder los premios  otorgados por la Plataforma Cultural “Raíces de Papel”, que ellos mantienen.

Allí tuvieron la bondad de presentarme al escritor Andrés  Francisco Rodríguez Blanco.  Es funcionario y trabaja en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Días después, me llegaba un paquete con sus últimas publicaciones, realmente valiosas. Blanco nació en Mérida (1956), trasladándose a Madrid con sólo diez años. En la capital reside desde entonces, tras cortas estancias en Badajoz y Plasencia.

El Ministerio de Cultura le concedió el año 1989 una Ayuda a la Creación Literaria, que le permite escribir su primer poemario, Luz y lejanía en los espejos. Poco después, publica La semilla del mito (1991), La mirada de plata (1993) y Álbum crepuscular (1994). Más tarde, y casi siempre al calor de premios de poesía obtenidos, saca a luz Las alas condenadas (2010) y Farolillos (2012). Ha sido seleccionado  dos veces en el Premio de Poesía Experimental (2011, 2013) que convoca la Diputación de Badajoz. Blanco uenta en su haber con otras numerosas distinciones literarias.

Con Farolillos (Vigo Ediciones Cardeñosa, 2012) ganó el XXIII Certamen  de Poesía “Hermanos Caba” 2011, que  se organiza en el municipio extremeño Arroyo de la Luz. Se trata de una plaquette en la que el versolibrismo se conjuga con las asonancias e incluso el soneto. Es un canto amoroso, encendida exaltación del cuerpo de la amada, que mantiene la dignidad de los “Breviarios” publicados por “Raíces de papel”.

Lienzo del bosque que espejea (Mislata, Ajuntament, 2014) obtuvo el XII Premio de Literatura Breve “Vila de Mislata”. Son siete las composiciones incluidos en esta delicada entrega. En sus versos, cargados de erotismo, se percibe la profunda identificación que el poeta siente con la naturaleza virgen, “donde hay duelos de alquitrán/ni ruidos que te aturdan”.

Líneas de expresión (Espiel, Ayuntamiento, 2015) le hizo ganar el XXII Premio de Poesía Acordes 2014. La obra se estructura en dos partes. La primera, que le da título, está escrita en versos blanco. La segunda, “Bótox lírico”, más breve, en prosa poética, si bien al final recupera de nuevo el verso libre.  Ambas parten del mismo ángulo vivencial: el mundo de la mujer, desde una conciencia femenina. Luce prólogo de Milagros Salvador, que resalta con tino el perfecto cierre de los poemas.

Por último, “Movimientos”, un extenso poema, incluido en el Cuaderno Literario que, con nombre tan de Cernuda, Habitando el olvido,  se publicó (Iniesta, 2015) para conmemorar la XXVI Feria del Libro en el Ayuntamiento conquense. Con estos versos había logrado el autor el 1ª Premio de Poesía del XXIV Certamen Literario que dicha entidad convoca. El poeta abandona aquí sus frecuentadas intimidades para abrirse al mundo, enfrentado líricamente las contradicciones de una sociedad donde aún cabe la esperanza.

 

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MANUEL NEILA
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Manuel Pecellín | 25-12-2015 | 18:26| 0

 

Nacido en Hervás (1950), criado en Asturias y residente en Madrid, licenciado en Filología Románica, Neila ha ejercido como profesor, crítico literario, director de colecciones, periodista, traductor y otros oficios relacionados con la escritura. Dueño de una voz personal y libre, que algunos tienen como cautelosa y casi secreta (a mí no me lo parece tanto), es verdad que ama la desnudez en poesía y la concisión de la prosa, con manifiesto gusto por los aforismos. Lector preferente  de creadores como Vicente Aleixandre, Claudio Rodríguez, Eugénio de Andrade y Cristóbal Serra, sin abandonar nunca a los grandes románticos tipo Hölderlin o Novalis, Luis Alberto de Cuenca le reconoce en el prólogo que puso al libro del cacereño El camino original (Sevilla,  Renacimiento, 2014):

“Todo en él está hecho de observación de la naturaleza, de temblor delicado ante el paso del tiempo, de trazos y de signos sencillísimo que ocultan una rara sabiduría milenaria, de talento constructivo, de perfección métrica (sus haikus y sus tankas son, siempre, magistrales), del bisbiseo susurrante que caracteriza su dicción. Hay en él una clara voluntad de versificar a partir de lo mínimo, de lo elemental. Pero del montón de nada pasajera sobre el que levanta sus versos se alza una brisa redentora que calma la sed, vivifica el alma y depura la mente. A modo de vacuna, la poesía de Neila nos inyecta la dosis de melancolía necesaria para superar la tristeza. Y lo hace de un modo tan sutil, tan etéreo, tan exquisito que nos hace flotar, como en deliquio hipnótico, sobre las cosas de allá abajo, felizmente eclipsadas por la belleza de sus versos.”

Con dedicación plena a la literatura, nuestro paisano nos regaló este 2015 ya  punto de desaparecer con tres obras que me place registrar aquí.

Pensamientos desmandados (Sevilla, La Isla de Siltolá) viene a ser una prolongación de otro libro suyo, que nosotros tuvimos el placer de reseñar, Pensamientos de intemperie (2012). Son un enjambre de aforismos – “Breverdad enunciado con donaire”, en  ingeniosa definición suya, – donde los neologismos alternan con apostillas a lugares comunes, frases encendidas compuestas  en diferentes  idiomas (latinas, inglesas, francesas, alemanas), dictados tópicos y comentarios a otros grandes del género (Epicuro, Nietzsche, Chamfort, Baudelaire). Se rinde homenaje explícito a Antonio Machado, “uno de los pocos autores españoles cuya escritura sigue hablándonos sin dogmatismo y con provecho”.

Clima de riesgo (Sevilla, Renacimiento) es una antología de anotaciones personales compuestas por el autor a lo largo de 2012. Ofrece apuntes de lecturas, comentarios a noticias de actualidad de fuerte carácter crítico, reflexiones filosóficas, obituarios (Tabuchi, Mingote, Szymborska, Carlos Fuente, Agustín García Calvo), descripciones paisajísticas, efemérides (1ª huelga de Asturias en época franquista), viajes (Soria) y, claro está, aforismos, siempre con la sombra de Machado como telón de fondo. Este profesor indignado, que detesta las contradicciones del hombre moderno y el sectarismo de las políticas educativas, constata la disolución del sujeto burgués sin que realmente se le haya sustituido con otro paradigma válido.

Por último,  El escritor y sus máscaras (Madrid, Pigmalion), que aparece en la colección “Extremadura”, fundada por Ricardo Hernández Basilio Rodríguez Cañada para los extremeños de la diáspora poco atendidos por las editoras institucionales. La obra lleva prólogo deRogelio Blanco Martínez. Recoge un conjunto de ensayos que antes vieron la luz en diferentes medios de alcance nacional, desde el ya lejano 1999 hasta 2008. Casi todos son estudios incisivos de grandes autores, entre los cuales Neila suele elegir sus libros autobiográficos (diarios, soliloquios, memorias). Se ocupa tanto de grandes maestros de la literatura universal , como de creadores contemporáneos, españoles muchos de éstos. Tales miradas poliédricas conforman un caleidoscopio sumamente atractivo y enriquecedor.

 

 

 

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EL RETRATO DE LA REINA
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Manuel Pecellín | 19-12-2015 | 19:33| 0

 

 

El retrato de “ la Reina de los Bucles de Ceniza”  preside el dormitorio común del albergue madrileño donde cada noche refugian sus miserias un pintoresco conjunto de hombre sin hogar, oficio, ni esperanzas. A uno de ellos se lo encargó dibujar el protagonista de esta novela, Lázaro del Carpio, auténtico trasunto de su homónimo de Tormes, aunque se presente con retoque modernos y hasta explícitamente nietzscheanos.(“A partir de ahora, exclama ante su troupe de harapientos, acepto la vida y la nada, y estoy por encima del bien y del mal. El mundo y de la vida carecen de sentido; sólo me importa el eterno retorno; no existe, ni el valor, solo la apariencia, la materia”, pág. 238).

Si hemos de atribuirle alguna verosimilitud al personaje, habrá que conocer de dónde procede, cómo llegó hasta las alcantarillas, qué metamorfosis ha sufrido alguien evidentemente culto para transformarse de camello en león, acaso también en niño o superhombre.

Se lo preguntan, atónitos, los componentes de este coro griego, doce apóstoles enardecidos tal vez por el alcohol o la heroína, como Elías el Tímido, Oso Cigarrero, Manuel Rojero “el cojo”, El Metadona o La Guindilla, la única mujer en la zarrapastrosa comunidad. De todos ellos irán deslizándose apuntes existenciales a lo largo del discurso, nunca atenido a las leyes de la cronología lógica. Aunque el más próximo a Lázaro, quien lo mejor lo entiende y sobrelleva, es sin duda Santiago Ovando, el pintor, su amigo y cómplice, persona también educada en otros medios antes del derrumbe vital hacia la cloaca. Es el artista quien recibe el precioso diario –pieza básica de la narración- donde aquel reconstruye su propia historia, desde la infancia rural al entorno urbano, sin omitir alusiones a sus antecedentes familiares y el accidente que provocó su derrumbe definitivo. No desvelaré la conclusión, auténtico canto de cisne, tan cómico como trágico, con versión actualizada del timo de la estampita y criminales negocios de mafia milanesa.

Personaje sobresaliente de este libro plural, que tiene mucho de disquisición psicológica,  retrato sociológico, novela histórica e incluso thriller, es  la admirable abuela de Lázaro, Marina Alancastre, fallecida casi centenaria. La larga sombra de esta “reina de los bucles de ceniza”  constituye el telón de fondo de todo el relato. Procedente de familia con tradición liberal, tiene casa solariega en “Aldivieja”, falso topónimo de la Baja Extremadura.  Sus habitantes utilizan términos tan inconfundibles para nosotros como chinatos, repiones, ataharres, majanos, zangandón, repantigarse, jabados  y tantos otros de nuestra habla popular. Hasta allí nos conduce una y otra vez el Diario del nieto (compuesto en diferente grafía), merced al cual se dan conocer   las vicisitudes de la guerra civil, el maquis y la represión franquista, que talarán el frondoso árbol de esta saga extremeña entroncada con sangre lusa. Incluso podrán deslizarse a través de sus evocaciones historias tan tristes como las de las “Trece Rosas”,  grupo de jóvenes socialistas fusiladas en Madrid aquel horrible agosto de 1939.

La obra  forma parte de una trilogía, junto con El nieto de Vulcano Vuelta a la libertad. Su autor, natural de La Morera, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense, que tiene otras obras publicadas, obtuvo el Premio de Novela Corta José Luis Coll 2009 con Lo que necesitas es amor, es dueño de una prosa excelente, donde sobresale la descripción de los paisajes, rurales y urbanos. Notable resulta también su hábil manejo de materiales múltiples: poetas contemporáneos (Machado y Lorca), refranes y dichos del folklore regional, canciones populares, etc.).

No dejan de sorprender, en escritor tan experto, algunas caídas, como ese  desconcertante “bis a bis” de la página 178; la supuesta “aurora boreal” (pág. 175) o esos fusilamientos de la plaza de toros de Badajoz “en agosto del treinta  y siete” (pág. 201), ocurridos justo un año antes.

 

Alonso Carretero Caballero, La Reina de los bucles de ceniza. Madrid, Letraclara, 2015.

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LA MAJONA
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Manuel Pecellín | 14-12-2015 | 20:11| 0

 

 

Hace pocas semanas, se anunciaba en HOY para dentro de pocos meses la apertura al público  de la villa romana de “La Majona”. Descubierta el año 1995, próxima a Don Benito, posee una importancia indudable. Tras lustros de desidia, el yacimiento parece al fin en vías de plena recuperación merced a las últimas disposiciones del Gobierno autonómico.  Además de pinturas murales  y hermosos mosaicos, allí se encontró un bello busto labrado en mármol de Estremoz, que enriquece hoy los ricas existencias del Museo Arqueológico de Badajoz.  Datado en el siglo III después de Cristo, podría ser la figura del  dueño de la villa, sin duda un poderoso terrateniente, aunque los expertos le encuentran parecido con los retratos juveniles  del emperador Marco Aurelio Severo Alejandro (222-235).

En el mundo romano se inspira esta novela corta del  conocido escritor dombenitense (n. 1949), que viene cultivando varias disciplinas creativas, sobre todo el “libro objeto”, como Vberitas (1993), Amaltea (1994, Caligae (1995), Tierra de encinas (1996) , Sed de agua (1997) o Brisa de Alas (1998). Testimonio de su afición por la poesía visual- se le incluye en varias antologías del género- es el  volumen Voces y ecos (2003), compendio de lo que hasta entonces había creado, siendo incluido en la antología Poesía experimental Española (Calambur, 2012). Lo demuestran también las ilustraciones, inspiradas en la cultura latina, que enriquecen estas Nundinae.

Era éste el nombre de la jornada de descanso que cada ocho días acostumbraba a celebrarse en las poblaciones del Imperio, con carácter festivo y comercial. Una suerte de “mercadillo” sobresalía entre sus actividades lúdicas. El autor nos conduce rumbo al que tiene lugar cualquier semana en Éfeso. Hasta allí ha llegado Marco Ulpio Vero, para visitar a un matrimonio patricio amigo, Cayo y Casiedra, a los que lleva dos magníficos potros,  y coincidir con el séquito del emperador  (Marco Ulpio) Adriano, en visita a la  hermosa ciudad .

Nacido justamente en La Majona, el joven narrará en primera persona las vicisitudes del viaje, desde la Lusitania interior hasta las orillas del Egeo, con Cádiz, Roma y Atenas como etapas prominentes. A la vez, se permite la memoria de los años que estudiase en Emerita Augusta (donde obtuvo la toga virilis) o las excursiones por la cercana Metellinum (Medellín), sin olvidar los alegres días vividos en la villa propia. Si el padre procede de los soldados  de la Legión X Gemina, para los que se fundó Mérida, la madre pertenecía a una tribu de los iberos más comprometidos en la lucha contra Roma: sus antepasados vivieron, centurias antes, en las proximidades de un enorme palacio-santuario (Cancho Roano, se supone).

El novelista compone así un relato pleno de evocaciones, siempre verosímiles y respetuosas con el rigor histórico, incluso en detalles mínimos. No menos atrae la pulcritud de su prosa,  tan rica como concisa, con clara preferencia por el enunciado corto y el uso preciso de los términos, incluidas las frecuentes e inevitables expresiones en latín. Aunque resulte de interés para cualquiera, juzgo que la lectura de Nundinae posee singular valor didáctico, haciéndolo un libro especialmente apto para la enseñanza de las humanidades clásicas.

 

Juan Ricardo Montaña García, Nundinae. Don Benito, Ayuntamiento, 2015.

 

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POESÍA A RAUDALES
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Manuel Pecellín | 11-12-2015 | 17:26| 0

Hay antologías ya clásicas, que se han hecho imprescindibles en la historia de las letras. La que acaba de aparecer  en el número 24 de la revista La luna de Mérida se convertirá en un texto ineludible para los estudiosos de la poesía extremeña, es decir la que escriben los naturales de esta Comunidad o quienes, por residir en la misma, como extremeños se proponen.

Nace la obra de la magnífica serie que, al cuidado de Elías Moro Cuéllar y Marino González Montero ha venido publicando la editorial emeritense “De la luna libros” a lo largo del lustro último. Allí, presentándose de la A a la Z, fueron viendo la luz 27 poemarios (tampoco es irrelevante la cifra) de otros tantos autores. Cada uno de ellos está aquí presente con versos magníficos (hay también apuntes de prosa poética). La antología está dedicada al llorado  José Miguel Santiago Castelo (letra “I” de la colección, con el libro Esta luz sin contorno) y la prologa Enrique García Fuentes, con su acierto y gracia habituales.

Según ocure en toda selección, faltan nombres que a cualquiera se nos ocurren, tal vez porque no fueron invitados o, quizás, porque no tuvieron voluntad o posibililidades de responder a la demanda. Poetas extremeños como Rafael Rufino Félix Morillón, Benito Acosta, Ángel Sánchez Pascual, Pablo Jiménez García, Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Joaquín Araújo, José Luis García Martín, José Iglesias Benítez, Isabel Escudero, Ada Salas, Pureza Canelo, María José Flores, Irene Sánchez Carrón, Isla Correyero, Francisca Gata Amate, María José Fernández Sánchez, Pilar Fernández, Rosa Lencero, Luis Alfonso Limpo, Manuel Neila, Juan María Calles, Juan Calderón Matador, Andrés R. Blanco, Diego Doncel, Santos Domínguez, Benito Estrella, Diego Fernández González, José Antonio Llera, Antonio Méndez Rubio, Antonio Orihuela Parrales, Serafin Portillo, Basilio Sánchez, Javier y Julián Rodríguez (y aún se podrían añadir más) darían sobradamente para sustentar una segunda vuelta “lunática”, acaso amparada por las mismas letras en mayúscula.

¿Tendrán los esforzados editores ánimos y apoyos -tipo Ayuntamiento de Almaraz- para emprender una nueva aventura lírica? Por ahora, para confirmar el excelente momento que la literatura extremeña conoce, ahí están las creaciones de Jesús García Calderón, José A. Ramírez Lozano, AntoniomGómez, Antonio María Flórez, Antonio Reseco, Daniel Casado, Antonio Sáez, Álvaro Valverde, Álex Chico, Mario Lourtau, José A. Zambrano, José María Cumbreño,Carmen Hdez Zurbano, Teresa Guzmán, Emilia Oliva, Luis María Marina, Javier Pérez Walias, Pablo Guerrero, Efi Cubero, Juan Ramón Santos, David Rodríguez, Fernando de las Heras, Francisco Fuentes, Juan A. Bermúdez, José Luis Bernal y Elías Moro.

 

Ana Crespo Villarreal (dir.), La Luna de Mérida, 24. Mérida, De la luna libros, 2015

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PAISAJES DE OTOÑO
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Manuel Pecellín | 05-12-2015 | 12:58| 0

 

De cuantos goces aún nos resultan posibles, el placer de contemplar  el paisaje, especialmente en primavera y otoño,  es el más asequible, satisfactorio y completo, pues en él participan todos los sentido. Sólo hay que dejarse conducir por lo que la naturaleza pone ante nuestra vista, proclama  Joaquín Araújo, ese hombre, empeñado cada mañana en emboscarse, abrirse a los olores, colores y sonidos del hábitat rural,  permitir que los campos y bosques le besen los labios del espíritu., comulgar con gente como  el Einstein asombrado ante una simple brizna de hierba  tenida como el mayor de los prodigios.

Si Araújo escribe este auténtico tratado de mística profana con tanta autenticidad, es porque  viene practicando desde la juventud la admiración fervorosa ante el gran espectáculo de los entornos naturales, cuyos secretos bien conoce.  Autor de un largo centenar de libros e innumerables artículos, se vanagloria más por haber plantado hasta ahora 24.500 árboles, justo los días que lleva vividos. Primer español premiado con el GLOBAL 500 de la ONU, sólo él ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Medio Ambiente, aparte otras muchos galardones relacionados con la defensa de la biodiversidad. Es Medalla de Oro de Extremadura y miembro de su R. Academia de las Letras y las Artes.

“Mantengo que contemplar el paso de la vida sobre la piel del mundo es no sólo sosegante y hasta divertido, también culto y, por supuesto, éticamente insuperable… también uno de los mayores placeres que se puedan experimenta”, proclama en los preludios de esta obra. Dividida en siete partes (número no casual), cada una de ellas está dedicada a algunos de sus mejores amigos, entre los que figuran poetas de tan general reconocimiento como Jorge Riechman (a quien se debe el magnífico prólogo), Antonio Colinas, Luis García Montero o Juan Carlos Mestre, junto con el pensador José Antonio Marina.

Y es que El placer de confesar rezuma poesía y carga filosófica. En sus páginas alternan los aforismos, cargados de las más hondas reflexiones, con poemas de diferente composición, entre las que sobresalen los haikus.  A través de los primeros, siempre sumamente  incisivos, va desarrollando sus intuiciones, dejándose caer como mansa lluvia, para concentrarlas de repente en la suprema brevedad de la celebrada estrofa japonesa.

Dominado por la pasión lingüística  tanto como  por la red de redes que el bosque se le antoja, Araújo se deleita con el uso de voces telúricas, términos  ancestrales (mieras, piornal, besana, chisporroteo, lontananza, humus, esfayadero, cachorra, cárabo), a los que exprime toda su carga semántica en la construcción de bellísimas imágenes, con singular atención a las sinestesias múltiples. Junto a ellos, surgen sin  sobresalto los neologismos (coaching, kegel, fenología, icástico/estocástico), útiles unos y otros para facilitar “atalantarse” según las ocasiones(la palabra “testigo” , la más significativa del escritor).

Alguien capaz de percibir la sonrisa del aire entre los labios que las hojas del chopo se le figuran; cuyos tímpanos afinados son nidos de armonías y confiesa que la mejor almohada es el canto de las aves al amanecer, puede permitirse aleccionarnos sin caer en moralinas inhibidoras.  Sus proclamas contra el ruido, “la basura que no pesa”; las llamadas de atención ante un planeta al borde del abismo por la estupidez iconoclasta del hombre; el convencimiento de que ninguna de las redes sociales une a la trama de la vida como la  lenta contemplación de las luces de la dehesa, le surgen con la naturalidad de lo sinceramente practicado día tras día. Se agradece que nos facilite los caminos para obtener esas dieta visuales merced a una sabia, libre, solidaria contemplación.

 

Joaquín Araújo, El placer de contemplar. Barcelona, Eidtorial Carena, 2015

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SENTENCIA DE MUERTE
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Manuel Pecellín | 28-11-2015 | 09:36| 0

 

Cayó la sentencia como una guillotina. El diagnótisco no dejaba lugar a dudas. La muerte puso huevos en aquel enorme corpachón, cuyo amo sabía bien que para curar el cáncer no sirven las libélulas (Manuel Pacheco), ni tampoco las más modernas terapias, cuyos nombres hubo de aprender tardíamente. Se condolerá con amargura, según haría su paisano José Antonio Gabriel y Galán en ocasión semejante.

Buen vividor, católico y maldito, tuvo rápida conciencia del pronto final, aunque no dejara de rebelarse contra la parca hasta los últimos momentos. Consumido poco a poco por el cangrejo implacable, en la misma clínica donde hacía tres lustros su madre se había marchado definitivamente, recurrió a la escritura, alivio contra aquellos dolores casi insufribles. Nacen así los poemas de quien siempre anduvo a la búsqueda de la palabra exacta y ahora cada tarde ha de aprender vocablos ignotos (nefrostomía, neoplasia, hematuria, gammagrafía…), que no contribuyen sino a incrementar sus temores.

Va labrándose así, manuscrito con inconfundible caligrafía, un poemario repleto de angustias, esperanzas cada vez más remotas, ansias de vivir, nostalgias y melancolías. Un texto lírico donde sólo un par de veces localizo la palabra “Dios”  y cuyo aliento recuerda más el “sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt”  de Virgilio, o tal vez las trágicas lamentaciones del Cohelet hebreo. Sea como fuere, la belleza de estos versos escalofriantes convencerían “por unanimidad” al jurado del XXV premio  Gil de Biedma para atribuirle a José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948-Madrid, 2015) su último galardón literario, semanas después del adiós último.

Resulta difícil, imposible para quienes lo queríamos tanto, leer con un mínimo de serenidad este libro, no sé si el mejor del que con tanto tino dirigiera durante casi veinte años la Real Academia de Extremadura, pero ciertamente el más conmovedor de los suyos. Quien llevaba la tierra matria en la carne, aunque también mordido por el dulce veneno que da la cubanía, se vuelve una y otra vez a las nubes de la infancia, escapándose a los encinares y dehesas granjeños, los dulces juncos del Guadiana o el Zújar, su escuela de “los cagones”, para aliviar el envite diario del suplicio, el silencio de la noche helada, porque en su memoria el pueblo y la niñez jamás se fueron.

Cada poema, bien en métrica libre o apelando a las antiguas fórmulas (no faltan sonetos, romances, coplas, décimas, labrados con su habitual dominio), es una confesión de pesares crecientes, sustentados por quien ya apenas casi no se reconoce en el espejo. Sólo en ocasiones nos alivia la broma sobre la hermosa cabellera perdida por la quimio; la copla de la niña que sueña con trigales o la evocación de otros que adelantaron el camino (Leopoldo María Panero, Gastón Baquero, Emiliano Redondo “Nanín”).

No quería él que se le recordase, manifestaba en los días últimos, como el poeta de la muerte y el duelo. No ha de serlo para quienes conservamos testimonios miles sobre la jocundidad, la risa fácil, los besos cálidos, los ímpetus del bon vivant mieux buvant, las permanentes ganas de jolgorio e  incluso el espíritu pagano de Castelo. Será mucho más arduo sustraerse, tras leer La sentencia, de no haber sabido aliviarle mejor de tanto sufrimiento.

José Miguel Santiago Castelo, La sentencia. Madrid, Visor Libros, 201

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