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EL RETRATO DE LA REINA
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Manuel Pecellín | 19-12-2015 | 19:33| 0

 

 

El retrato de “ la Reina de los Bucles de Ceniza”  preside el dormitorio común del albergue madrileño donde cada noche refugian sus miserias un pintoresco conjunto de hombre sin hogar, oficio, ni esperanzas. A uno de ellos se lo encargó dibujar el protagonista de esta novela, Lázaro del Carpio, auténtico trasunto de su homónimo de Tormes, aunque se presente con retoque modernos y hasta explícitamente nietzscheanos.(“A partir de ahora, exclama ante su troupe de harapientos, acepto la vida y la nada, y estoy por encima del bien y del mal. El mundo y de la vida carecen de sentido; sólo me importa el eterno retorno; no existe, ni el valor, solo la apariencia, la materia”, pág. 238).

Si hemos de atribuirle alguna verosimilitud al personaje, habrá que conocer de dónde procede, cómo llegó hasta las alcantarillas, qué metamorfosis ha sufrido alguien evidentemente culto para transformarse de camello en león, acaso también en niño o superhombre.

Se lo preguntan, atónitos, los componentes de este coro griego, doce apóstoles enardecidos tal vez por el alcohol o la heroína, como Elías el Tímido, Oso Cigarrero, Manuel Rojero “el cojo”, El Metadona o La Guindilla, la única mujer en la zarrapastrosa comunidad. De todos ellos irán deslizándose apuntes existenciales a lo largo del discurso, nunca atenido a las leyes de la cronología lógica. Aunque el más próximo a Lázaro, quien lo mejor lo entiende y sobrelleva, es sin duda Santiago Ovando, el pintor, su amigo y cómplice, persona también educada en otros medios antes del derrumbe vital hacia la cloaca. Es el artista quien recibe el precioso diario –pieza básica de la narración- donde aquel reconstruye su propia historia, desde la infancia rural al entorno urbano, sin omitir alusiones a sus antecedentes familiares y el accidente que provocó su derrumbe definitivo. No desvelaré la conclusión, auténtico canto de cisne, tan cómico como trágico, con versión actualizada del timo de la estampita y criminales negocios de mafia milanesa.

Personaje sobresaliente de este libro plural, que tiene mucho de disquisición psicológica,  retrato sociológico, novela histórica e incluso thriller, es  la admirable abuela de Lázaro, Marina Alancastre, fallecida casi centenaria. La larga sombra de esta “reina de los bucles de ceniza”  constituye el telón de fondo de todo el relato. Procedente de familia con tradición liberal, tiene casa solariega en “Aldivieja”, falso topónimo de la Baja Extremadura.  Sus habitantes utilizan términos tan inconfundibles para nosotros como chinatos, repiones, ataharres, majanos, zangandón, repantigarse, jabados  y tantos otros de nuestra habla popular. Hasta allí nos conduce una y otra vez el Diario del nieto (compuesto en diferente grafía), merced al cual se dan conocer   las vicisitudes de la guerra civil, el maquis y la represión franquista, que talarán el frondoso árbol de esta saga extremeña entroncada con sangre lusa. Incluso podrán deslizarse a través de sus evocaciones historias tan tristes como las de las “Trece Rosas”,  grupo de jóvenes socialistas fusiladas en Madrid aquel horrible agosto de 1939.

La obra  forma parte de una trilogía, junto con El nieto de Vulcano Vuelta a la libertad. Su autor, natural de La Morera, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense, que tiene otras obras publicadas, obtuvo el Premio de Novela Corta José Luis Coll 2009 con Lo que necesitas es amor, es dueño de una prosa excelente, donde sobresale la descripción de los paisajes, rurales y urbanos. Notable resulta también su hábil manejo de materiales múltiples: poetas contemporáneos (Machado y Lorca), refranes y dichos del folklore regional, canciones populares, etc.).

No dejan de sorprender, en escritor tan experto, algunas caídas, como ese  desconcertante “bis a bis” de la página 178; la supuesta “aurora boreal” (pág. 175) o esos fusilamientos de la plaza de toros de Badajoz “en agosto del treinta  y siete” (pág. 201), ocurridos justo un año antes.

 

Alonso Carretero Caballero, La Reina de los bucles de ceniza. Madrid, Letraclara, 2015.

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LA MAJONA
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Manuel Pecellín | 14-12-2015 | 20:11| 0

 

 

Hace pocas semanas, se anunciaba en HOY para dentro de pocos meses la apertura al público  de la villa romana de “La Majona”. Descubierta el año 1995, próxima a Don Benito, posee una importancia indudable. Tras lustros de desidia, el yacimiento parece al fin en vías de plena recuperación merced a las últimas disposiciones del Gobierno autonómico.  Además de pinturas murales  y hermosos mosaicos, allí se encontró un bello busto labrado en mármol de Estremoz, que enriquece hoy los ricas existencias del Museo Arqueológico de Badajoz.  Datado en el siglo III después de Cristo, podría ser la figura del  dueño de la villa, sin duda un poderoso terrateniente, aunque los expertos le encuentran parecido con los retratos juveniles  del emperador Marco Aurelio Severo Alejandro (222-235).

En el mundo romano se inspira esta novela corta del  conocido escritor dombenitense (n. 1949), que viene cultivando varias disciplinas creativas, sobre todo el “libro objeto”, como Vberitas (1993), Amaltea (1994, Caligae (1995), Tierra de encinas (1996) , Sed de agua (1997) o Brisa de Alas (1998). Testimonio de su afición por la poesía visual- se le incluye en varias antologías del género- es el  volumen Voces y ecos (2003), compendio de lo que hasta entonces había creado, siendo incluido en la antología Poesía experimental Española (Calambur, 2012). Lo demuestran también las ilustraciones, inspiradas en la cultura latina, que enriquecen estas Nundinae.

Era éste el nombre de la jornada de descanso que cada ocho días acostumbraba a celebrarse en las poblaciones del Imperio, con carácter festivo y comercial. Una suerte de “mercadillo” sobresalía entre sus actividades lúdicas. El autor nos conduce rumbo al que tiene lugar cualquier semana en Éfeso. Hasta allí ha llegado Marco Ulpio Vero, para visitar a un matrimonio patricio amigo, Cayo y Casiedra, a los que lleva dos magníficos potros,  y coincidir con el séquito del emperador  (Marco Ulpio) Adriano, en visita a la  hermosa ciudad .

Nacido justamente en La Majona, el joven narrará en primera persona las vicisitudes del viaje, desde la Lusitania interior hasta las orillas del Egeo, con Cádiz, Roma y Atenas como etapas prominentes. A la vez, se permite la memoria de los años que estudiase en Emerita Augusta (donde obtuvo la toga virilis) o las excursiones por la cercana Metellinum (Medellín), sin olvidar los alegres días vividos en la villa propia. Si el padre procede de los soldados  de la Legión X Gemina, para los que se fundó Mérida, la madre pertenecía a una tribu de los iberos más comprometidos en la lucha contra Roma: sus antepasados vivieron, centurias antes, en las proximidades de un enorme palacio-santuario (Cancho Roano, se supone).

El novelista compone así un relato pleno de evocaciones, siempre verosímiles y respetuosas con el rigor histórico, incluso en detalles mínimos. No menos atrae la pulcritud de su prosa,  tan rica como concisa, con clara preferencia por el enunciado corto y el uso preciso de los términos, incluidas las frecuentes e inevitables expresiones en latín. Aunque resulte de interés para cualquiera, juzgo que la lectura de Nundinae posee singular valor didáctico, haciéndolo un libro especialmente apto para la enseñanza de las humanidades clásicas.

 

Juan Ricardo Montaña García, Nundinae. Don Benito, Ayuntamiento, 2015.

 

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POESÍA A RAUDALES
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Manuel Pecellín | 11-12-2015 | 17:26| 0

Hay antologías ya clásicas, que se han hecho imprescindibles en la historia de las letras. La que acaba de aparecer  en el número 24 de la revista La luna de Mérida se convertirá en un texto ineludible para los estudiosos de la poesía extremeña, es decir la que escriben los naturales de esta Comunidad o quienes, por residir en la misma, como extremeños se proponen.

Nace la obra de la magnífica serie que, al cuidado de Elías Moro Cuéllar y Marino González Montero ha venido publicando la editorial emeritense “De la luna libros” a lo largo del lustro último. Allí, presentándose de la A a la Z, fueron viendo la luz 27 poemarios (tampoco es irrelevante la cifra) de otros tantos autores. Cada uno de ellos está aquí presente con versos magníficos (hay también apuntes de prosa poética). La antología está dedicada al llorado  José Miguel Santiago Castelo (letra “I” de la colección, con el libro Esta luz sin contorno) y la prologa Enrique García Fuentes, con su acierto y gracia habituales.

Según ocure en toda selección, faltan nombres que a cualquiera se nos ocurren, tal vez porque no fueron invitados o, quizás, porque no tuvieron voluntad o posibililidades de responder a la demanda. Poetas extremeños como Rafael Rufino Félix Morillón, Benito Acosta, Ángel Sánchez Pascual, Pablo Jiménez García, Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Joaquín Araújo, José Luis García Martín, José Iglesias Benítez, Isabel Escudero, Ada Salas, Pureza Canelo, María José Flores, Irene Sánchez Carrón, Isla Correyero, Francisca Gata Amate, María José Fernández Sánchez, Pilar Fernández, Rosa Lencero, Luis Alfonso Limpo, Manuel Neila, Juan María Calles, Juan Calderón Matador, Andrés R. Blanco, Diego Doncel, Santos Domínguez, Benito Estrella, Diego Fernández González, José Antonio Llera, Antonio Méndez Rubio, Antonio Orihuela Parrales, Serafin Portillo, Basilio Sánchez, Javier y Julián Rodríguez (y aún se podrían añadir más) darían sobradamente para sustentar una segunda vuelta “lunática”, acaso amparada por las mismas letras en mayúscula.

¿Tendrán los esforzados editores ánimos y apoyos -tipo Ayuntamiento de Almaraz- para emprender una nueva aventura lírica? Por ahora, para confirmar el excelente momento que la literatura extremeña conoce, ahí están las creaciones de Jesús García Calderón, José A. Ramírez Lozano, AntoniomGómez, Antonio María Flórez, Antonio Reseco, Daniel Casado, Antonio Sáez, Álvaro Valverde, Álex Chico, Mario Lourtau, José A. Zambrano, José María Cumbreño,Carmen Hdez Zurbano, Teresa Guzmán, Emilia Oliva, Luis María Marina, Javier Pérez Walias, Pablo Guerrero, Efi Cubero, Juan Ramón Santos, David Rodríguez, Fernando de las Heras, Francisco Fuentes, Juan A. Bermúdez, José Luis Bernal y Elías Moro.

 

Ana Crespo Villarreal (dir.), La Luna de Mérida, 24. Mérida, De la luna libros, 2015

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PAISAJES DE OTOÑO
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Manuel Pecellín | 05-12-2015 | 12:58| 0

 

De cuantos goces aún nos resultan posibles, el placer de contemplar  el paisaje, especialmente en primavera y otoño,  es el más asequible, satisfactorio y completo, pues en él participan todos los sentido. Sólo hay que dejarse conducir por lo que la naturaleza pone ante nuestra vista, proclama  Joaquín Araújo, ese hombre, empeñado cada mañana en emboscarse, abrirse a los olores, colores y sonidos del hábitat rural,  permitir que los campos y bosques le besen los labios del espíritu., comulgar con gente como  el Einstein asombrado ante una simple brizna de hierba  tenida como el mayor de los prodigios.

Si Araújo escribe este auténtico tratado de mística profana con tanta autenticidad, es porque  viene practicando desde la juventud la admiración fervorosa ante el gran espectáculo de los entornos naturales, cuyos secretos bien conoce.  Autor de un largo centenar de libros e innumerables artículos, se vanagloria más por haber plantado hasta ahora 24.500 árboles, justo los días que lleva vividos. Primer español premiado con el GLOBAL 500 de la ONU, sólo él ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Medio Ambiente, aparte otras muchos galardones relacionados con la defensa de la biodiversidad. Es Medalla de Oro de Extremadura y miembro de su R. Academia de las Letras y las Artes.

“Mantengo que contemplar el paso de la vida sobre la piel del mundo es no sólo sosegante y hasta divertido, también culto y, por supuesto, éticamente insuperable… también uno de los mayores placeres que se puedan experimenta”, proclama en los preludios de esta obra. Dividida en siete partes (número no casual), cada una de ellas está dedicada a algunos de sus mejores amigos, entre los que figuran poetas de tan general reconocimiento como Jorge Riechman (a quien se debe el magnífico prólogo), Antonio Colinas, Luis García Montero o Juan Carlos Mestre, junto con el pensador José Antonio Marina.

Y es que El placer de confesar rezuma poesía y carga filosófica. En sus páginas alternan los aforismos, cargados de las más hondas reflexiones, con poemas de diferente composición, entre las que sobresalen los haikus.  A través de los primeros, siempre sumamente  incisivos, va desarrollando sus intuiciones, dejándose caer como mansa lluvia, para concentrarlas de repente en la suprema brevedad de la celebrada estrofa japonesa.

Dominado por la pasión lingüística  tanto como  por la red de redes que el bosque se le antoja, Araújo se deleita con el uso de voces telúricas, términos  ancestrales (mieras, piornal, besana, chisporroteo, lontananza, humus, esfayadero, cachorra, cárabo), a los que exprime toda su carga semántica en la construcción de bellísimas imágenes, con singular atención a las sinestesias múltiples. Junto a ellos, surgen sin  sobresalto los neologismos (coaching, kegel, fenología, icástico/estocástico), útiles unos y otros para facilitar “atalantarse” según las ocasiones(la palabra “testigo” , la más significativa del escritor).

Alguien capaz de percibir la sonrisa del aire entre los labios que las hojas del chopo se le figuran; cuyos tímpanos afinados son nidos de armonías y confiesa que la mejor almohada es el canto de las aves al amanecer, puede permitirse aleccionarnos sin caer en moralinas inhibidoras.  Sus proclamas contra el ruido, “la basura que no pesa”; las llamadas de atención ante un planeta al borde del abismo por la estupidez iconoclasta del hombre; el convencimiento de que ninguna de las redes sociales une a la trama de la vida como la  lenta contemplación de las luces de la dehesa, le surgen con la naturalidad de lo sinceramente practicado día tras día. Se agradece que nos facilite los caminos para obtener esas dieta visuales merced a una sabia, libre, solidaria contemplación.

 

Joaquín Araújo, El placer de contemplar. Barcelona, Eidtorial Carena, 2015

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SENTENCIA DE MUERTE
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Manuel Pecellín | 28-11-2015 | 09:36| 0

 

Cayó la sentencia como una guillotina. El diagnótisco no dejaba lugar a dudas. La muerte puso huevos en aquel enorme corpachón, cuyo amo sabía bien que para curar el cáncer no sirven las libélulas (Manuel Pacheco), ni tampoco las más modernas terapias, cuyos nombres hubo de aprender tardíamente. Se condolerá con amargura, según haría su paisano José Antonio Gabriel y Galán en ocasión semejante.

Buen vividor, católico y maldito, tuvo rápida conciencia del pronto final, aunque no dejara de rebelarse contra la parca hasta los últimos momentos. Consumido poco a poco por el cangrejo implacable, en la misma clínica donde hacía tres lustros su madre se había marchado definitivamente, recurrió a la escritura, alivio contra aquellos dolores casi insufribles. Nacen así los poemas de quien siempre anduvo a la búsqueda de la palabra exacta y ahora cada tarde ha de aprender vocablos ignotos (nefrostomía, neoplasia, hematuria, gammagrafía…), que no contribuyen sino a incrementar sus temores.

Va labrándose así, manuscrito con inconfundible caligrafía, un poemario repleto de angustias, esperanzas cada vez más remotas, ansias de vivir, nostalgias y melancolías. Un texto lírico donde sólo un par de veces localizo la palabra “Dios”  y cuyo aliento recuerda más el “sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt”  de Virgilio, o tal vez las trágicas lamentaciones del Cohelet hebreo. Sea como fuere, la belleza de estos versos escalofriantes convencerían “por unanimidad” al jurado del XXV premio  Gil de Biedma para atribuirle a José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948-Madrid, 2015) su último galardón literario, semanas después del adiós último.

Resulta difícil, imposible para quienes lo queríamos tanto, leer con un mínimo de serenidad este libro, no sé si el mejor del que con tanto tino dirigiera durante casi veinte años la Real Academia de Extremadura, pero ciertamente el más conmovedor de los suyos. Quien llevaba la tierra matria en la carne, aunque también mordido por el dulce veneno que da la cubanía, se vuelve una y otra vez a las nubes de la infancia, escapándose a los encinares y dehesas granjeños, los dulces juncos del Guadiana o el Zújar, su escuela de “los cagones”, para aliviar el envite diario del suplicio, el silencio de la noche helada, porque en su memoria el pueblo y la niñez jamás se fueron.

Cada poema, bien en métrica libre o apelando a las antiguas fórmulas (no faltan sonetos, romances, coplas, décimas, labrados con su habitual dominio), es una confesión de pesares crecientes, sustentados por quien ya apenas casi no se reconoce en el espejo. Sólo en ocasiones nos alivia la broma sobre la hermosa cabellera perdida por la quimio; la copla de la niña que sueña con trigales o la evocación de otros que adelantaron el camino (Leopoldo María Panero, Gastón Baquero, Emiliano Redondo “Nanín”).

No quería él que se le recordase, manifestaba en los días últimos, como el poeta de la muerte y el duelo. No ha de serlo para quienes conservamos testimonios miles sobre la jocundidad, la risa fácil, los besos cálidos, los ímpetus del bon vivant mieux buvant, las permanentes ganas de jolgorio e  incluso el espíritu pagano de Castelo. Será mucho más arduo sustraerse, tras leer La sentencia, de no haber sabido aliviarle mejor de tanto sufrimiento.

José Miguel Santiago Castelo, La sentencia. Madrid, Visor Libros, 201

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TARTESSOS
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Manuel Pecellín | 26-11-2015 | 11:21| 0

Todo lo relativo a Tartessos (significado del nombre, localización, posibles alusiones bíblicas o grecolatinas, escritura, historia, cultura) constituye aún un mundo tan atrayente como de dudosa interpretación. Más legendario, incluso mítico que bien documentado, esa civilización indígena suele ser situada en torno a la desembocadura de los dos grandes río sureños, el Guadiana y el Guadalquivir (no olvidar nunca Doñana), donde  existen multitud de restos arqueológicos que testimonian la presencia allí de los fenicios y otros colonizadores.

No es raro que a los andaluces les resulte especialmente atractiva la cultura tartésica, por orgullo propio, pues se habría extendido en torno a la mitad del primer milenio a.C. en buena parte de lo que hoy son sus provincias occidentales, bañadas por el Atlántico y el Mediterráneo, ricas en yacimientos mineros, muy aptas para la agroganadería y excelente situadas para el comercio internacional.

La propia Almuzara cuenta con numerosos títulos, como Las golondrinas de Tartessos (Ana María Vázquez Hoys), Tartessos desvelado (Araceli y Álvaro Fernández),  Viaje a Tartessos (Fernando Penco) y la reedición del ya clásico Tartessos de Schulten. Manuel Pimentel (Sevilla, 1961), que ya publicase aquí El librero dela Atlántida, nos conduce a aquel fantástico entorno con la recién aparecida Leyendas de Tartessos, significativamente subtitulada “Mitos, historias y leyendas de la primera civilización de Occidente”. Se trata de una obra de carácter literario, aunque se apoye en las referencias más rigurosas posibles; una texto de carácter iniciático para generar en el lector el interés, que no la formación estricta. El mismo prólogo resulta una confesión de partes.  Comienza así: “Tartessos es una civilizacoión que se oculta entre el mito y la historia, entre antiguas leyendas y el contraste con las evidencias arqueológicas ya descubiertas. Aún no existe un vivo debate científico sobre su realidad”.

Tal  vez contribuya a fomentarlo (muerto no está) la nueva publicación, dividida en doce capítulos. Los dos primeros aluden a la Atlántida, el misterioso continente hundido por las aguas oceánicas, que ya sedujo a Platón y cuyas huellas podrían rastrearse en las tierras más próximas, a saber,  las de Tartessos. Siguen después los dedicados a los “reyes” Gárgoris y Habidis, Gerión (cuyos bueyes habría robado Hércules, como las áureas frutas de las Hespérides, también sitas allí), Nórax y el gran Argantonio, acaso el menos desconocido.  Las páginas sobre Cancho Roano, el gran templo junto a nuestra actual Zalamea de la Serena, me parecen decepcionantes, escritas con un derroche de imaginación, sin apenas base en lo que los estudiosos han ido  descubriendo en aquel admirable santuario (¿tartésico?). El capítulo de Julio César es también puramente creativo. Sin duda, los más próximos a una relato histórico son los tres últimos, donde Pimentel nos presenta los afanes de Pelayo Quintero por sacar a luz el Gadir fenicio, así como las  frustradas labores del arqueólogo alemán Schulten – sin duda, el auténtico difusor del “topos” –  para descubrir la ciudad de Tartessos entre las marismas.  Cierra el libro la presentación del  célebre tesoro del Carambolo, el hallazgo hasta ahora más relevante,  en un cerro próximo a Sevilla, de lo que podrían ser joyas tartésicas.

 

Manuel Pimentel, Leyendas de Tartessos. Córdoba, Almuzara, 2015.

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TIERRA PATRIA
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Manuel Pecellín | 21-11-2015 | 05:54| 0

Fiel a la tierra patria (¿por qué no “matria”?), donde vino al mundo y reside se muestra en todas sus expresiones Isidoro Arroyo. Nacido en Navalvillar de Pela (1941, pueblo de marcada personalidad, aunque el desarrollo tecnocrático nos haga cada vez más uniformes, el autor sigue enamorado de aquel rincón extremeño, cuya historia, paisaje,  literatura  y medicina populares, usos y costumbres conoce perfectamente.  Sólo lo abandonaría,  de modo coyuntural y no ininterrumpido – para volver estaban las vacaciones o días de asueto – por razones de estudio (Magisterio en Badajoz); servicio militar (Base de Talavera)  docencia (corta estancia en Llera).  Pronto obtuvo plaza fija en Navalvillar y puede decirse que allí ha desarrollado toda su existencia.

Otros dos ilustres peleños tienen mucho que ver con este libro: Juan Moreno Aragoneses,  también escritor, que lo animó a publicarlo, y Basilio Rodríguez Cañada, hombre polifacético, que lo edita en Pigmalión, dentro de la  serie “Colección Extremadura”, codirigida por él y el no menos infatigable Ricardo Hernández Megías.

Según Arroyo declara en los preliminares, los  textos aquí recogidos, salvo los siete últimos, fueron viendo antes la luz, por entregas, como artículos de Báculo, periódico comarcal ya desaparecido donde él mantuvo la sección “Remanso”, título de este volumen recopilatorio.

Se trata de cuarenta  y dos composiciones, de similar extensión y modelo constructivo, aunque diferente temática. Abren con un texto en prosa y los concluye un poema de métrica distinta (sonetos, sobre todo) y correcta factura.  Por sus contenidos podrían reunirse en tres grupos: etnográficos, filosóficos y religiosos. Para mí, los de mayor impulso literario son los primeros. Arroyo conoce perfectamente las antiguos labores agroganaderas, pues él mismo trabajó en el campo de los doce a los diecisiete años, y las describe de la manera más vívida, con una competencia lingüística que hoy está al alcance de pocos. Los instrumentos, fases y  circunstancias de cada labor, casi siempre penosa desde el punto de vista físico (descuaje, arado, siembra, siega, saca, y limpia de las mieses;  vareo y recogida de la aceituna;  molida del fruto y obtención del aceite; plantación, riego y corte de los tomates, etc., etc.), son descritos con tanta exactitud, como respeto e incluso admiración hacia sus humildes trabajadores. El propio abuelo, tan amorosamente presentado en el capítulo XXXI, aparece como un paradigma de bonhomía. Así mismo, son de enorme interés los apuntes sobre las tradiciones locales, algunas tan curiosas como “el pelindongo” (cap. XXVII), que autor no duda denominar “joya folclórica”.

Él  reconoce, sin ocultar cuánto lo lamenta, el peligro de desaparición que corre esa cultura rural. Tal vez por eso se empeña con tanto cariño en presentarla a lectores formados ya con pantallas electrónicas, bien diferentes de las pizarras neolíticas de su escuela infantil. Si realmente todos los adelantos técnicos, capaces de reducir los duros esfuerzos, están haciéndonos mejores, a saber, más justos, honestos, libres y solidarios (acaso, ni siquiera más sabios), resulta cuestionable para Arroyo, hombre que no oculta su compromiso con la fe cristiana, confesada sin aspavientos ni complejos en numerosos pasajes.

El libro se ilustrada con bellos y muy apropiados dibujos de Juan Moreno Aragoneses y Antonio Gallego Cañamero, el pintor dombenitense ya desaparecido.

Isidoro Arroyo Masa, El remanso. Madrid, Pigmalión, 2015.

 

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CAMPESINOS EXTREMEÑOS
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Manuel Pecellín | 15-11-2015 | 15:05| 0

Entre luces y sombras (en verdad, muchísimo más abundantes las segundas que las primeras) discurre la vida en aquella Extremadura de los años veinte y treinta del pasado siglo. El hambre corroe los estómagos de gran parte de su población, tradicionalmente sometida a las máximas carencias. (No ha y otros términos que visite con mayor frecuencia los textos literarios extremeños que el de “hambre” o sus sinónimos). Añádanse las lacras del analfabetismo (un 70% no sabe leer ni escribir), mortalidad infantil desmesurada, enfermedades crónicas, omnipresencia de los caciques, falta de infraestructuras sanitarias y docentes, pésima distribución de la tierra y el consecuente paro obrero,  una iglesia asustadiza cuando no cómplice,  como sus intelectuales y políticos (valgan las excepciones),  fuerzas armadas siempre al servicio del poder…, convertían a nuestra región en un valle de lágrimas y un polvorín social.  Las brasas que tantas injusticias enciendes, producen con facilidad devastadores incendios.

Es el mundo por donde discurre esta obra, una novela dedicada “a todos aquellos que padecieron en sus carnes la plaga del hambre, a todos los que convivieron  con el trabajo sin horarios para poder sobrevivir, a los que conocieron el significado de las desigualdades sociales llevadas al máximo extremo, a todos los que padecieron las injusticias y las consecuencias de la intolerancia, y a todos aquellos que pese a las trabas encontradas en su vida fueron fuertes y supieron abrirse camino afrontando los problemas con optimismo”.

Entre tales personas figuraron los ancestros de la autora, según se nos dice. Es la existencia de sus mayores, adecuadamente contextualizada, la que Manuela Villa se propuso reconstruir con esta extensa narración (358 páginas). El protagonismo lo soportan dos mujeres: Ja abuela de la autora y la señora en cuya casa sirve. Curiosamente, entre ambas “enemigas de clase” surge el aprecio e incluso la amistad, sostenidos largo tiempo por las cualidades  que a las dos adornan, junto con un hondo secreto al fin confesado por la rica dama a la doncella.  En torno a las mismas se mueven otros personajes, pertenecientes al proletariado o la patronal, cada vez más enfrentados. La  proclamación de la II República conmoverá hasta los cimientos aquella sociedad agroganadera, destrozadas las ilusiones de unos y convertidos en implacables verdugos los otros, tras  el triunfo del “movimiento nacional” de 1936, alcanzado con absoluta rapidez en el Sur de Badajoz, donde su ubica el relato (Fregenal de la Sierra-Higuera de la Sierra).

Se conduce éste a dos voces, expresadas en distintos caracteres: cursivas, para la de la narradora (con mínimas apariciones, breves apuntes contextualizadores) y caja normal para la de la Josefa, quien irá contando en primera persona las duras vicisitudes sufridas casi desde su infancia a la madurez, todas sobrellevadas con admirable espíritu, elegancia,  valentía, lucidez y generosidad sin límites.  Sólo la señora para quien trabaja puede comparársele.  En torno a las dos se urden y destejen los  enredos, trabajos, ocupaciones y distracciones típicas (matanza del cerdo, bodas, ferias, rezos…), cuya minuciosa descripción ocupa luengas páginas. Ocasionalmente, surge el habla dialectal de la época, según se da entrada a personajes humildes (porqueros, pastores, yunteros, hortelanos, lavanderas, vendedores ambulantes, etc.).  La autora declara en el epílogo su gratitud a cuantos le han ayudado a reconstruir aquella cultura ya casi laminada. No del todo,  pues ella misma conserva viejos hábitos expresivos, como el uso constante del verbo “quedar”  en forma transitiva  (pp. 15, 58, 129) o de palabras con todo el sabor  de un patrimonio lingüístico amasado durante centurias, que reaparecen espléndidas al evocar antiguos refranes,   antiguas recetas gastronómicas , juegos infantiles, faenas agrícolas o  leyendas y supersticiones  populares. Es verdad que alguna vez “se pierde el oremus” y Josefa habla de “papá y mamá”, “ hipótesis”, “estereotipos”, “subconsciente”, etc., expresiones impropias de los hábitos lingüísticos que parecerían corresponderle. En todo caso, la novela, si a estas alturas no es original,  nos resulta de enorme interés pos sus capacidades de evocación.

 

 

Manuela Villa Galván, Entre luces y sombras. Badajoz, autoedición, 2015.

 

 

 

 

 

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HISTORIA DEL SEMINARIO
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Manuel Pecellín | 07-11-2015 | 07:54| 0

El Seminario de Badajoz se funda siguiendo las instrucciones de Trento (de ahí lo de “conciliar”) el año 1664, no sin alguna demora a causa de las dificultades sobrevenidas por la guerra contra Portugal y la escasa disposición del cabildo catedralicio. A partir de entonces se convertirá en un valioso referente de la cultura extremeña. Lo expresaba muy bien el Decreto 155/2013, por el que se le concedía la Medalla de la Comunidad: “…Es un centro formativo medio-superior que lleva impartiendo de forma ininterrumpida durante 350 años sus actividades docentes…Lo colegiales salidos de sus aulas, gracias a la sólida formación mora, intelectual y doctrinal proporcionada por el centro, contribuyeron a elevar el nivel cultural del pueblo extremeño a lo largo de los siglos”.

Existían dos obras fundamentales que lo demostraban, la pionera de Rubio Merino, El Seminario Conciliar de San Atón de Badajoz, 1664-1964 (Madrid, Maribel, 1964), y la de Mateo Blanco, El primer centro universitario de Extremadura. Badajoz 1793: Historia pedagógica del Seminario de San Atón (Cáceres, UEX, 1998). Complemento de las mismas es este volumen con 442 páginas (más un CD),  que prologa Guadalupe Pérez y cuyo autor tuvo la ventaja de manejar, aparte la bibliografía oportuna, el archivo de la Casa, una fuente tan abundante como poco atendida hasta hoy por los historiadores.

Francisco González Lozano (Don Benito, 1975), doctorado en Pedagogía con este estudio, es actualmente el rector de San Atón, donde también ejerce la docencia. No extrañará, pues, que su escritura rebose entusiasmo, sin detrimento de la rigurosidad exigible a este tipo de obras. El periodo que abarca la suya queda acotado por dos acontecimientos trascendentales para el devenir del Centro: El concordato entre el Gobierno de Isabel II (1851) con la Santa Sede y la convocatoria del Concilio Vaticano II (1962). Si aquel dejaba a los obispos de cada diócesis la regulación y el mantenimiento de sus propios seminarios, el segundo supondría un cambio  sensible de las directrices eclesiásticas. Por supuesto, durante esa larga centuria la historia de España conocerá extraordinarias transformaciones sociopolíticas y culturales, que habrían de repercutir por fuerzas en las instituciones pedagógicas,  religiosas incluidas. Las tiene en cuenta el autor, esforzándose por establecer e interpretar adecuadamente el contexto cambiante en que discurre la vida del Seminario.

Su tesis sobre la trayectoria del mismo es clara: “Ha jugado un papel crucial para el desarrollo de la cultura extremeña. Su influencia educativa, humanística y religiosa ha dejado una huella indeleble en la sociedad a la que sirvió como institución eclesial” (pág. 23). La demuestran argumentos incontestables relacionados con el número de alumnos, calidad de los profesores, régimen de vida, programaciones de estudios, materiales pedagógicos,  biblioteca, gabinetes de Ciencias Naturales  y Numismática, etc. del Seminario.

Recuérdese que allí estudiarían en ese siglo hasta 4.000 alumnos, casi todos procedentes de las clases más humildes. (Un solo dato: el 8.75% de los varones de la provincia de Badajoz en 1860 se formarían en dicho Centro). Entre sus catedráticos figurarán personalidades como Tomás Romero de Castilla, padre del krausismo extremeño o Ildefonso Serrano, el sabio de Segura, entre tantos hombres eminentes de los que aquí se da la biobibliografía (nómina no agotada, pues con gusto añadiríamos nombres como los de Carlos Nieto, el máximo conocedor de la Lengua Griega que he podido encontrar nunca).

Y no faltan las sorpresas. Si es lógico que las enseñanzas impartidas se adecuasen a los ideales del escolasticismo, entre los textos utilizados, de todos los cuales se hace relación, resulta que los seminaristas tuvieron para la asignatura de “Historia profana” el Compendio de la Historia universal compuesto por Fernando de Castro, figura clave del krausismo español. Y  en la de “Geografía” se impuso un manual de Verdejo Páez, que había escrito la obra La Inquisición por dentro, un drama de marcado carácter anticlerical. Cosas que pueden darse en mi tierra, según diría el bueno de Guareschi en su inefable Don Camilo.

 

Francisco González Lozano, Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón 1851-1962.  Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2015.

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LUGARES MÁGICOS
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Manuel Pecellín | 31-10-2015 | 10:21| 0

 

Suelen ser conocidos como lugares mágicos aquellos que por  su configuración orogénica,  rara arquitectura, frecuencia de determinados fenómenos , poblaciones que lo habitan o fauna y fauna singulares los distinguen de todos los demás.  Sus especiales características resultan inexplicables a la luz de la lógica y del pensamiento científico, según lo entendemos en la cultura occidental. Se adornan con un aura esotérica y suelen ser territorios amados por entidades mitológicas, legendarias o fantásticas, que los visitan con asiduidad, para terror o goce, según la índole específica, de las personas normales.

Es fácil localizar en ellos cuevas enormes,  túneles increíbles, fuentes inagotables, gigantescos árboles, tesoros deslumbrantes (de moros y templarios),  dólmenes (a veces, por decenas), petroglifos, rocas giratorias o arroyos  cristalinos. Brujos, hechiceras,  vírgenes negras,  santones, pantarujas, alquimistas, gigantas, encantadores,  princesas desdichadas,  príncipes caballerescos, dioses ibéricos reconvertidos (el romanos o cristianos),  etc., conviven junto a dragones, unicornios, ninfas, náyades y  demás animales monstruosos. La tradición popular reproduce en sus cuentos, leyendas , refranes y canciones huellas múltiples de ese patrimonio mágico.

Resulta éste tanto más rico, cuanto más alejadas están las poblaciones del desarrollo tecnocientífico, que encuentra con facilidad explicaciones positivas a eventos tradicionalmente achacados a entidades mistéricas. A nadie se le ocurre hoy apelar a fuerzas extranaturales para entender la lluvia, el relámpago, el trueno, el ciclo de las estaciones, la germinación de las plantas o la gravedad. Pero seguimos  aún muy lejos de poder explicarnos racionalmente multitud de fenómenos, por lo que las apelaciones a lo sobrenatural siguen siendo un recurso bien frecuentado. El campo de las “ciencias ocultas” no se agota con facilidad.

Extremadura, y muy especialmente sus comarcas hasta hace bien poco remotas y casi inaccesibles para el gran tráfago moderno (Las Hurdes, Sierra de Gata, La Siberia), abundó en tales manifestaciones,  tan atractivos para  lingüistas, antropólogos, etnógrafos o historiadores de las mentalidades. Díganlo los nombres  ya clásicos de  Ramón Matías Martínez, Publio Hurtado, o Roso de Luna, así como los más actuales de José Sendín,  Marcos Arévalo, Fermín Mayorga, Barroso Gutiérrez,  Víctor Chamorro, Rodríguez Pastor, Domínguez Moreno, Eloy Martos o Pedro Montero.

Entre ellos figura Israel J. Espino, que en su blog del periódico HOY tiene entregados centenares de escritos  sobre el particular. Periodista, especializada en antropología de las religiones, la autora ha seleccionado para este libro sus apuntes donde presenta hasta medio centenar de esos lugares extremeños con aura y fácilmente podría haber ampliado el número. Tentudía, Guadalupe, Granadilla, Montfragüe, Trujillo, Montánchez, Alange, Trampal, Alcántara,  Cañamero, San Vicente, Usagre, Gasco, Tormantos, los Barruecos, Capote, Cancho Roano, Magacela, Mérida, Azuaga, Alcazaba pacense, Cáceres… nombran rincones extraordinariamente ricos en mágicas evocaciones, que la autora va desgranando con su prosa fácil, de singular relevancia cuando de describir paisajes se ocupa . Se añaden las oportunas referencias historiográficas (sobre todo,  si alude yacimientos arqueológicos, tan abundantes en nuestra región) junto con la localización  por gps de cada lugar.

A veces, Espino, colaboradora habitual de programas como “La Escóbula de la Brújula” (Radio 4G) y “Cuarto Milenio” (TV Cuatro),  admite etimologías populares más que dudosas e incurre en numerosas erratas de las leyendas latinas, siempre con intención de reforzar los aires mistéricos. No era necesario.

Suscribe el prólogo Jesús Callejo, quien en su Guía de los seres mágicos de España ya se había ocupado de algunos de estos santuarios extremeños, como también lo hizo Sánchez Dragó en Gargoris y Habidis, deudores ambos de las firmas clásicas antes dichas.

Israel J. Espino, Lugares mágicos de Extremadura. Porriño, Ediciones Cydonia, 2015.

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