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CAMPESINOS EXTREMEÑOS
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Manuel Pecellín | 15-11-2015 | 15:05| 0

Entre luces y sombras (en verdad, muchísimo más abundantes las segundas que las primeras) discurre la vida en aquella Extremadura de los años veinte y treinta del pasado siglo. El hambre corroe los estómagos de gran parte de su población, tradicionalmente sometida a las máximas carencias. (No ha y otros términos que visite con mayor frecuencia los textos literarios extremeños que el de “hambre” o sus sinónimos). Añádanse las lacras del analfabetismo (un 70% no sabe leer ni escribir), mortalidad infantil desmesurada, enfermedades crónicas, omnipresencia de los caciques, falta de infraestructuras sanitarias y docentes, pésima distribución de la tierra y el consecuente paro obrero,  una iglesia asustadiza cuando no cómplice,  como sus intelectuales y políticos (valgan las excepciones),  fuerzas armadas siempre al servicio del poder…, convertían a nuestra región en un valle de lágrimas y un polvorín social.  Las brasas que tantas injusticias enciendes, producen con facilidad devastadores incendios.

Es el mundo por donde discurre esta obra, una novela dedicada “a todos aquellos que padecieron en sus carnes la plaga del hambre, a todos los que convivieron  con el trabajo sin horarios para poder sobrevivir, a los que conocieron el significado de las desigualdades sociales llevadas al máximo extremo, a todos los que padecieron las injusticias y las consecuencias de la intolerancia, y a todos aquellos que pese a las trabas encontradas en su vida fueron fuertes y supieron abrirse camino afrontando los problemas con optimismo”.

Entre tales personas figuraron los ancestros de la autora, según se nos dice. Es la existencia de sus mayores, adecuadamente contextualizada, la que Manuela Villa se propuso reconstruir con esta extensa narración (358 páginas). El protagonismo lo soportan dos mujeres: Ja abuela de la autora y la señora en cuya casa sirve. Curiosamente, entre ambas “enemigas de clase” surge el aprecio e incluso la amistad, sostenidos largo tiempo por las cualidades  que a las dos adornan, junto con un hondo secreto al fin confesado por la rica dama a la doncella.  En torno a las mismas se mueven otros personajes, pertenecientes al proletariado o la patronal, cada vez más enfrentados. La  proclamación de la II República conmoverá hasta los cimientos aquella sociedad agroganadera, destrozadas las ilusiones de unos y convertidos en implacables verdugos los otros, tras  el triunfo del “movimiento nacional” de 1936, alcanzado con absoluta rapidez en el Sur de Badajoz, donde su ubica el relato (Fregenal de la Sierra-Higuera de la Sierra).

Se conduce éste a dos voces, expresadas en distintos caracteres: cursivas, para la de la narradora (con mínimas apariciones, breves apuntes contextualizadores) y caja normal para la de la Josefa, quien irá contando en primera persona las duras vicisitudes sufridas casi desde su infancia a la madurez, todas sobrellevadas con admirable espíritu, elegancia,  valentía, lucidez y generosidad sin límites.  Sólo la señora para quien trabaja puede comparársele.  En torno a las dos se urden y destejen los  enredos, trabajos, ocupaciones y distracciones típicas (matanza del cerdo, bodas, ferias, rezos…), cuya minuciosa descripción ocupa luengas páginas. Ocasionalmente, surge el habla dialectal de la época, según se da entrada a personajes humildes (porqueros, pastores, yunteros, hortelanos, lavanderas, vendedores ambulantes, etc.).  La autora declara en el epílogo su gratitud a cuantos le han ayudado a reconstruir aquella cultura ya casi laminada. No del todo,  pues ella misma conserva viejos hábitos expresivos, como el uso constante del verbo “quedar”  en forma transitiva  (pp. 15, 58, 129) o de palabras con todo el sabor  de un patrimonio lingüístico amasado durante centurias, que reaparecen espléndidas al evocar antiguos refranes,   antiguas recetas gastronómicas , juegos infantiles, faenas agrícolas o  leyendas y supersticiones  populares. Es verdad que alguna vez “se pierde el oremus” y Josefa habla de “papá y mamá”, “ hipótesis”, “estereotipos”, “subconsciente”, etc., expresiones impropias de los hábitos lingüísticos que parecerían corresponderle. En todo caso, la novela, si a estas alturas no es original,  nos resulta de enorme interés pos sus capacidades de evocación.

 

 

Manuela Villa Galván, Entre luces y sombras. Badajoz, autoedición, 2015.

 

 

 

 

 

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HISTORIA DEL SEMINARIO
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Manuel Pecellín | 07-11-2015 | 07:54| 0

El Seminario de Badajoz se funda siguiendo las instrucciones de Trento (de ahí lo de “conciliar”) el año 1664, no sin alguna demora a causa de las dificultades sobrevenidas por la guerra contra Portugal y la escasa disposición del cabildo catedralicio. A partir de entonces se convertirá en un valioso referente de la cultura extremeña. Lo expresaba muy bien el Decreto 155/2013, por el que se le concedía la Medalla de la Comunidad: “…Es un centro formativo medio-superior que lleva impartiendo de forma ininterrumpida durante 350 años sus actividades docentes…Lo colegiales salidos de sus aulas, gracias a la sólida formación mora, intelectual y doctrinal proporcionada por el centro, contribuyeron a elevar el nivel cultural del pueblo extremeño a lo largo de los siglos”.

Existían dos obras fundamentales que lo demostraban, la pionera de Rubio Merino, El Seminario Conciliar de San Atón de Badajoz, 1664-1964 (Madrid, Maribel, 1964), y la de Mateo Blanco, El primer centro universitario de Extremadura. Badajoz 1793: Historia pedagógica del Seminario de San Atón (Cáceres, UEX, 1998). Complemento de las mismas es este volumen con 442 páginas (más un CD),  que prologa Guadalupe Pérez y cuyo autor tuvo la ventaja de manejar, aparte la bibliografía oportuna, el archivo de la Casa, una fuente tan abundante como poco atendida hasta hoy por los historiadores.

Francisco González Lozano (Don Benito, 1975), doctorado en Pedagogía con este estudio, es actualmente el rector de San Atón, donde también ejerce la docencia. No extrañará, pues, que su escritura rebose entusiasmo, sin detrimento de la rigurosidad exigible a este tipo de obras. El periodo que abarca la suya queda acotado por dos acontecimientos trascendentales para el devenir del Centro: El concordato entre el Gobierno de Isabel II (1851) con la Santa Sede y la convocatoria del Concilio Vaticano II (1962). Si aquel dejaba a los obispos de cada diócesis la regulación y el mantenimiento de sus propios seminarios, el segundo supondría un cambio  sensible de las directrices eclesiásticas. Por supuesto, durante esa larga centuria la historia de España conocerá extraordinarias transformaciones sociopolíticas y culturales, que habrían de repercutir por fuerzas en las instituciones pedagógicas,  religiosas incluidas. Las tiene en cuenta el autor, esforzándose por establecer e interpretar adecuadamente el contexto cambiante en que discurre la vida del Seminario.

Su tesis sobre la trayectoria del mismo es clara: “Ha jugado un papel crucial para el desarrollo de la cultura extremeña. Su influencia educativa, humanística y religiosa ha dejado una huella indeleble en la sociedad a la que sirvió como institución eclesial” (pág. 23). La demuestran argumentos incontestables relacionados con el número de alumnos, calidad de los profesores, régimen de vida, programaciones de estudios, materiales pedagógicos,  biblioteca, gabinetes de Ciencias Naturales  y Numismática, etc. del Seminario.

Recuérdese que allí estudiarían en ese siglo hasta 4.000 alumnos, casi todos procedentes de las clases más humildes. (Un solo dato: el 8.75% de los varones de la provincia de Badajoz en 1860 se formarían en dicho Centro). Entre sus catedráticos figurarán personalidades como Tomás Romero de Castilla, padre del krausismo extremeño o Ildefonso Serrano, el sabio de Segura, entre tantos hombres eminentes de los que aquí se da la biobibliografía (nómina no agotada, pues con gusto añadiríamos nombres como los de Carlos Nieto, el máximo conocedor de la Lengua Griega que he podido encontrar nunca).

Y no faltan las sorpresas. Si es lógico que las enseñanzas impartidas se adecuasen a los ideales del escolasticismo, entre los textos utilizados, de todos los cuales se hace relación, resulta que los seminaristas tuvieron para la asignatura de “Historia profana” el Compendio de la Historia universal compuesto por Fernando de Castro, figura clave del krausismo español. Y  en la de “Geografía” se impuso un manual de Verdejo Páez, que había escrito la obra La Inquisición por dentro, un drama de marcado carácter anticlerical. Cosas que pueden darse en mi tierra, según diría el bueno de Guareschi en su inefable Don Camilo.

 

Francisco González Lozano, Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón 1851-1962.  Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2015.

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LUGARES MÁGICOS
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Manuel Pecellín | 31-10-2015 | 10:21| 0

 

Suelen ser conocidos como lugares mágicos aquellos que por  su configuración orogénica,  rara arquitectura, frecuencia de determinados fenómenos , poblaciones que lo habitan o fauna y fauna singulares los distinguen de todos los demás.  Sus especiales características resultan inexplicables a la luz de la lógica y del pensamiento científico, según lo entendemos en la cultura occidental. Se adornan con un aura esotérica y suelen ser territorios amados por entidades mitológicas, legendarias o fantásticas, que los visitan con asiduidad, para terror o goce, según la índole específica, de las personas normales.

Es fácil localizar en ellos cuevas enormes,  túneles increíbles, fuentes inagotables, gigantescos árboles, tesoros deslumbrantes (de moros y templarios),  dólmenes (a veces, por decenas), petroglifos, rocas giratorias o arroyos  cristalinos. Brujos, hechiceras,  vírgenes negras,  santones, pantarujas, alquimistas, gigantas, encantadores,  princesas desdichadas,  príncipes caballerescos, dioses ibéricos reconvertidos (el romanos o cristianos),  etc., conviven junto a dragones, unicornios, ninfas, náyades y  demás animales monstruosos. La tradición popular reproduce en sus cuentos, leyendas , refranes y canciones huellas múltiples de ese patrimonio mágico.

Resulta éste tanto más rico, cuanto más alejadas están las poblaciones del desarrollo tecnocientífico, que encuentra con facilidad explicaciones positivas a eventos tradicionalmente achacados a entidades mistéricas. A nadie se le ocurre hoy apelar a fuerzas extranaturales para entender la lluvia, el relámpago, el trueno, el ciclo de las estaciones, la germinación de las plantas o la gravedad. Pero seguimos  aún muy lejos de poder explicarnos racionalmente multitud de fenómenos, por lo que las apelaciones a lo sobrenatural siguen siendo un recurso bien frecuentado. El campo de las “ciencias ocultas” no se agota con facilidad.

Extremadura, y muy especialmente sus comarcas hasta hace bien poco remotas y casi inaccesibles para el gran tráfago moderno (Las Hurdes, Sierra de Gata, La Siberia), abundó en tales manifestaciones,  tan atractivos para  lingüistas, antropólogos, etnógrafos o historiadores de las mentalidades. Díganlo los nombres  ya clásicos de  Ramón Matías Martínez, Publio Hurtado, o Roso de Luna, así como los más actuales de José Sendín,  Marcos Arévalo, Fermín Mayorga, Barroso Gutiérrez,  Víctor Chamorro, Rodríguez Pastor, Domínguez Moreno, Eloy Martos o Pedro Montero.

Entre ellos figura Israel J. Espino, que en su blog del periódico HOY tiene entregados centenares de escritos  sobre el particular. Periodista, especializada en antropología de las religiones, la autora ha seleccionado para este libro sus apuntes donde presenta hasta medio centenar de esos lugares extremeños con aura y fácilmente podría haber ampliado el número. Tentudía, Guadalupe, Granadilla, Montfragüe, Trujillo, Montánchez, Alange, Trampal, Alcántara,  Cañamero, San Vicente, Usagre, Gasco, Tormantos, los Barruecos, Capote, Cancho Roano, Magacela, Mérida, Azuaga, Alcazaba pacense, Cáceres… nombran rincones extraordinariamente ricos en mágicas evocaciones, que la autora va desgranando con su prosa fácil, de singular relevancia cuando de describir paisajes se ocupa . Se añaden las oportunas referencias historiográficas (sobre todo,  si alude yacimientos arqueológicos, tan abundantes en nuestra región) junto con la localización  por gps de cada lugar.

A veces, Espino, colaboradora habitual de programas como “La Escóbula de la Brújula” (Radio 4G) y “Cuarto Milenio” (TV Cuatro),  admite etimologías populares más que dudosas e incurre en numerosas erratas de las leyendas latinas, siempre con intención de reforzar los aires mistéricos. No era necesario.

Suscribe el prólogo Jesús Callejo, quien en su Guía de los seres mágicos de España ya se había ocupado de algunos de estos santuarios extremeños, como también lo hizo Sánchez Dragó en Gargoris y Habidis, deudores ambos de las firmas clásicas antes dichas.

Israel J. Espino, Lugares mágicos de Extremadura. Porriño, Ediciones Cydonia, 2015.

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CENSURA DE LIBROS
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Manuel Pecellín | 28-10-2015 | 15:26| 0

 

El Poder (escribámoslo así, para abarcar las instancias de cualquier tipo que lo detentan) estuvo siempre especialmente interesado por asumir el control de las obras escritas, sabedor de la importancia que la literatura supone para el desarrollo y difusión de las ideas, acaso no siempre propicias para las intenciones de quienes mandan.  La relevancia de los textos se multiplicaría de forma exponencial desde que se crease la imprenta (si bien las copias manuscritas siguen jugando notable papel  a lo largo de los siglos XVI-XVII) . Desde entonces, la censura fue incrementando  poderoso tentáculos para impedir que no se publicase nada al margen de su control o incluso  para que, si por ventura impresos, pudiesen quedar fuera de circulación caso de ser tenidos como contrarios a las fuerzas dominantes.

Ningún instrumentos más eficaz en esta línea que los famosos Índices de libros prohibidos, reelaborados una y otra vez por la Iglesia católica cada poco tiempo a partir de la primera entrega, el Index de 1564 (Venecia, Paolo Manuzio), hasta épocas recientes (fue suspendido el año 1966). La romana Congregación del Índice, así como la Inquisición, fueron los principales valedores de este instrumento represivo, compuesto no siempre con la misma rigurosidad. (No es lo mismo u Diego de Deza que Arias Montano).

A las actuaciones de la censura inquisitorial durante nuestro Siglo de Oro está dedicada esta obra de Manuel Peña Díaz, auténtico especialista en el tema, sobre el que tiene publicadas numerosas investigaciones.  Lo más importante del libro son seguramente los apuntes sobre el sistema de la “expurgación”, auténtico triunfo de la “cultura del pacto”, en la que no siempre hemos sobresalido los españoles.  Ante la auténtica ruina que  para editores, libreros, autores, etc. produce la condena absoluta de una publicación, destinada  quedar incursa en los “infiernos” de las bibliotecas o destruida por el fuego (recuérdese el pasaje del Quijote, aquí analizado), se alcanza una solución intermedia (más apoyada por la propia Inquisición hispana que por Roma), el famoso “donec expurguetur”. Según esta calificación, determinados títulos (muchos), sometidos a censura previa o alcanzados por las delaciones ante el santo Tribunal, encuentran una vía para: eliminar los pasajes que la Inquisición considere peligrosos, tras lo cual pueden recibir el placet para su libre venta y lectura.

El mayor problema, también tratado ampliamente a lo largo de estas páginas, consistía en la escasa preparación intelectual que se les reconoce a los encargados de las fórmulas expurgatorias, tantas veces escandalosamente lentas y equívocas. Desde luego, según ha ocurrido hasta nuestros días, los interesados en la libre circulación de sus obras harán todo lo posible para poner arena en la maquinaria represiva de los Inquisidores.  Entre estos mismos, los hubo de muy distinto comportamiento a la hora de elaborar los respectivos índices y las consecuentes actuaciones. Sin duda, el fenómeno que mayores desajustes produjo fue el de la delación, muy practicado,  capaz de inducir dudas, temores y autocensura incluso en las personalidades más recias.  Fenómeno ineludible fueron las múltiples estrategias de lectura que irán apareciendo para eludir los impositivos inquisitoriales.  Bien las supieron utilizar, según aquí se demuestra, la astuta Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes, tan habilidosos para encontrar cómplices (sobre todo, la primera) que facilitasen la libre marcha de sus escritos. También ayudaron sobremanera, según ocurriese con las obras de Erasmo y otras semejantes (v.c.,  las de los clásicos “obscenos”) , las traducciones “encráticas” de las mismas, realizadas de modo que oculten, silencien o reproduzca de modo eufemístico los pasajes peligrosos.

En resumen, un trabajo apasionante para introducirse en aquel mundo de las publicaciones a lo largo de los decenios con mayor brillo (y control) de nuestra literatura.

 

Manuel Peña Díaz, Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro. Madrid, Cátedra, 2015.

 

 

 

 

 

 

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TEATRO MALDITO
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Manuel Pecellín | 24-10-2015 | 11:34| 0

 

Pasión por el teatro es la que siente y trasmite José Manuel Villafaina (Badajoz, 1942), hombre que ha vivido desde su juventud para las representaciones escénicas. Licenciado por la R. Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (1968-1972), nos consta su participación en numerosas actividades del género realizadas en Suecia, Puerto Rico Venezuela, Costa Rica y, naturalmente, España.

Entre sus muchas labores, recordemos que Villafaina fundó y dirigió la cátedra “Torres Naharro” de la Diputación badajoceña y  ha estado al frente del Centro Dramático de Badajoz (1977-1987) y del Festival Internacional de Teatro y Danza Contemporáneos de Badajoz ( (1974-1993) . Ha intervenido como autor, director o intérprete en innumerables representaciones. El arte de Melpómene y Talía, con tanta presencia en la historia de Extremadura, habrá encontrado pocos cultivadores tan fervorosos como el autor de este Teatro maldito y bendito.

Así tuvo a bien titular el volumen en el que se recogen cuatro piezas dramáticas de su creación, todas ellas marcadas con claros tintes autobiográficos. La primera, Historias de Filemón, es sin duda la más ambiciosa. Constituye una acerada crítica a la forma en que ha venido desarrollándose el Festival de Teatro Clásico de Mérida. El dramaturgo reparte mandobles no sólo contra los responsables directos de la  pretenciosamente presentada como “gran fiesta de la grecolatinidad”, sino contra los políticos, periodistas y críticos que de una forma u otra sostuvieron durante lustros una mistificación cara y a veces incluso ridícula, sólo factible en esa colonia cultural que es Extremadura. Los personajes  de la obra son personajes fácilmente reconocibles de la política regional.

La segunda pieza, Una hoja de parra para el Emperador,  tiene origen en las numerosas campañas que Villafaina organizó dentro del Plan de Acción Teatral Educativo en la Extremadura Rural. (Memorias de La Barraca lorquiana). Una primera versión de la misma ya se recogía en una obra publicada por el Ayuntamiento pacense.  La reescribe el dramaturgo a raíz del eco mediático que tuvo el   infausto real safari de elefantes  en Botsuana el año 2012 y el desarrollo del Carnaval de Badajoz, en franca decadencia.  Inspirada en un cuento oriental anónimo, reescrito por Andersen, El rey desnudo, pone en solfa a la clase política de  nuestra Comunidad autónoma.

A continuación, nos sorprende La estrella de Belén,  un “auto de Navidad”, que al parecer ha contado con las bendiciones del cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificium Consilium vaticano de Cultura.  El ilustre prelado otorga sus bendiciones en carta, cuyo núcleo reproduce el preliminar,  dirigida al poeta Bartolomé Collado, amigo y contertulio de Villafaina, a quien se deben los bien cortados versos de los diálogos. Se apunta contra las celebraciones organizadas con motivo de la Cabagalta de los Reyes Magos, según habían venido dándose durante la legislatura del alcalde Miguel Celdrán, vulgares y caóticas, en opinión de Villafaina.

Pone un toque exótico la entrega última, El coquí enlatado, escrita  por éste al calor de sus experiencias. Amante de los símbolos, que utiliza con generosidad, el extremeño recurre al coquí, pequeña rana cantarina considerada representación cultural de Puerto Rico, para criticar los desastres  socioeconómicos generados en la hermosa isla caribeña.

Dedicada a José María Pagador, Miguel Murillo y Bartolomé Collado, “valiosos escritores y grandes amigos” extremeños, la publicación rezuma ironía, humor, denuncia y amor a las tablas.

José Manuel Villafaina, Teatro maldito y bendito. Madrid, ViveLibros, 2015

 

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DESNUDA POESÍA
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Manuel Pecellín | 21-10-2015 | 17:14| 0

Antonio Pacheco (Olivenza, 1955) se dio a conocer en la república de las letras al ganar el III Premio de la Prensa de Badajoz con el poemario En la ciudad del agua, aparecido en 1983. El año siguiente se otorgaba el I Premio Constitución de poesía a su obra Tú para tristes momentos tristes. Después iría dando a luz otros títulos, entre los que cabe recordar Estaciones para una ceremonia (Diputación de Badajoz), Abril impronta primavera (Universitas Editorial) o Madrugada de los Ferrocarriles (I.C. El Brocense).

Solitaria rosa de tu aliento es un libro de absoluta unidad, legible todo él como una larga pieza amorosa en la que la voz lírica se conduele por la pérdida de la mujer amada. Lo prologa Manuela Holgado Flores, cuyo texto recuerda las fuentes en las que más gusta beber el autor: San Juan de la Cruz, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y García Lorca, hasta conformar una voz personalísima en la que se conjugan emotividad, desnudez y riqueza metafórica. Yo añadiría al Quevedo enamorado y consciente de la decadencia última, junto con el Borges admirador de la poesía oriental. De todos ellos se perciben aquí marcas indudables.

Pacheco ha optado por poemas muy breves (algunos son auténticos haikus o tankas), ciñéndose a los materiales expresivos imprescindibles. Así, elimina de raíz las comas y en numerosas ocasiones reduce la estructura superficial de los enunciados a un solo sintagma, preferentemente el sustantivo, induciendo la comprensión de los lectores cómplices, atrapados de principio a fin por la belleza de los versos. “He perdido la brújula/de tus ojos. Ahora no sé/en qué lágrima habito”, concluye el poemario, en el que ha sido posible gozar multitud de imágenes bellísimas, tales como éstas, evocaciones de hermosas vivencias comunes, aún fulgentes en la memoria: “Se ha desmayado/tu ropa/entre mis manos” (pág. 39); “En ti/me desbordan/todas las nostalgias” (pág. 46) ; “Ante la cruel/metáfora del silencio/pulcramente doblado en las maletas” (pág. 59) o “Mi corazón/sobre finísimo horizonte de lenguas/se desangra” (pág. 82). El pulso del poeta, que se reconoce en latidos crepusculares (“Sólo queda deshilvanar/ríos y veredas/para saber que ya comenzó el regreso/de este viaje apresurada y definitivo”), se vuelve a acelerar con la memoria de los labios, las arenas, las almohadas compartidas. Trasmite así emociones tan cálidas como reconocibles, cuya hermosa formulación nos entusiasma.

Antonio Pacheco, Solitaria rosa de tu aliento. Sevilla, Punto Rojo, 2015.

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ESTAMPAS DE MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 17-10-2015 | 16:20| 0

A mitad de los años cincuenta del pasado siglo, comenzó a publicarse Mérida, periódico semanal que patrocinaba José Fernández López y dirigían Sáez de Buruaga y Rabanal Brito. Allí comenzó a colaborar un joven con enormes inquietudes culturales, Rafael Rufino Félix, que suscribía la sección “Reloj de área”. Alternaba entonces estudios en Madrid, con estancias en el terruño. Su excelente prosa permitían augurarle un sólida carrera literaria. Se enfocó pronto más hacia el campo de la creación lírica, hasta convertirse en un magnífico poeta. (Premio Ciudad de Salamanca y Ciudad de Badajoz, la Universidad de Oxford lo ha incluye en su Tratado de Lengua castellana y literatura).

Lustros después, el escritor emeritense, tan apasionado por su ciudad, retomaba la fórmula juvenil. Durante los años 1989, 90 y 91 fue dando a luz en el periódico HOY  sus “reloj de arena”, que gozaban de gran seguimiento. Tecnigraf editó (1992) una antología de tales artículos. La prologaba Antonio Zoido, quien no dudó en encarecer “la originalidad e insólita factura expresiva” de unos textos muy acertadamente calificados por el tan sabio cuanto bondadoso crítico como crónicas sentimentales, donde alternan anécdotas de actualidad, evocaciones juveniles, apuntes cinéfilos, notas de lecturas, retratos paisajísticos o el eco de conversaciones con tertulianos inolvidables, tanto en Madrid como en el rincón nativo (Camilo J. Cela,  Dámaso Alonso, Adriano del Valle, Gloria Fuerte, Zamora Vicente, Robles Febré, Delgado Valhondo,  Álvarez Lencero, Oliart Sausol, Bernardo V. Carande, Sos Baynat y un largo etcétera. Tampoco falta la gente humilde, tal “Pajarito” o “Cascarilla”) .

Bastante más completa es esta segunda antología, para la que los editores acertaron al reproducir el prólogo de Zoido. Son 70 textos, ordenados cronológicamente, que seguimos leyendo con todo interés, sin duda porque en ellos lucen el corazón de un hombre de exquisita sensibilidad, tocado por la melancolía,  y la pluma de quien siempre persigue la palabra justa, la cadencia del discurso, los tropos e imágenes típicos de la  mejor prosa poética.

Rafael Rufino Félix es un hombre celoso de su libertad, amigo fiel, serio, pero con gran sentido del humor, poco amante del pasteleo y el arribismo, a quien le gusta referir un episodio revelador: fue expulsado del Instituto por enfrentarse a un profesor falangista, “de correa y pistola al cinto”, según sus propias palabras.

Así se le percibe en todo el volumen antológico, donde abundan también los pasajes dictados por ese imperativo ético al que procura atenerse: denuncias de múltiples atropellos urbanísticos, maltratadores de un milenario patrimonio; celebración de la caída del Muro del Berlín; recuerdo del homenaje a Antonio Machado en aquella Mérida ¡de 1964!; admiración hacia las personas capaces de proseguir sus labores pese a las carencias físicas (v.c., ceguera del historiador Navarro del Castillo); respeto, en fin, a los usos y  costumbres populares (a menudo descritos con el fervor de quien los viviera intensamente: carnavales, chaquetía, Semana Santa, cines de verano, toros, ferias y fiestas de la localidad).

Sin duda, serán sus conciudadanos quienes con mayor placer leerán el libro. Pero ningún amante de las buenas letras lo desdeñaría.

 

R. Rufino Félix Morillón, Reloj de Arena (Antología). Mérida, ERE, 2015

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LAS LUCES DE ANTAÑO
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Manuel Pecellín | 14-10-2015 | 06:56| 0

 

A estas alturas, nadie creerá a un escritor que, en tanto compone poemas, proclama serán los últimos de su actividad creadora. Ya el Ovidio joven, requerido por su padre para que abandonara la poesía y se dedicase a tareas más fructíferas (por ejemplo, las Leyes o la política), le respondió con aparente seriedad: “Iuro, iuro, pater, nunquam componere uersus”. Sólo que aquí  el doble juramento permitía percibir  pronto la falsedad del mismo: venía formulado en un precioso hexámetro latino.

De obedecer, seguramente Publio Ovidio Nasón se habría ahorrado penalidades múltiples, culminadas con el exilio a las fronteras de Ausonia que el César le impuso.  Pero el mundo habría perdido una maravillosa escritura, iniciada con Amores, plena en Metamorfosis y concluida con los conmovedores Tristia.

No sé cuánta obra nos perderíamos  nosotros si llegara a hacerse realidad la proclama de nuestro autor en “El sueño de unas rosas”: “Escribo estos versos, ya tal vez los últimos” (pág. 35). Grave sería, tratándose de una voz como la del autor de Si volviera mayo, más exacta en cada una de sus entregas.

Se aproximan ya a la veintena (casi a uno por año) sus libros, desde El arpa cercenada (1985) a Bóveda y estribo (2012), muchos de ellos editados merced a la obtención del premio correspondiente. La antología que le sacase la Diputación  giungerá l´oblio, publicada por el poeta y editor  de Bari, Emilio Coco.

Si volviera mayo nos confirma esa línea de creciente calidad en la poética de Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946). Compuesto ante las asechanzas del crepúsculo (ese “roto ya casi el navío”, de fray Luis, o “con el pie ya en el estribo”, de Machado) el libro propone una regreso a los años de plenitud, incluso de infancia, como antídoto contra la ineludible decadencia. Bien conoce Rodríguez Búrdalo que c´est bien court le temps des cerises, según cantaban en la Comuna de París. Pero, cuando los años ya han ardido; la noche nos trae los zapatos del óbito y uno se sabe sólo carne cansada hacia la muerte, resulta tan dulce regresar a los viejos encinares; al tiempo cereal de la belleza primigenia;  a los rastrojos amarillos ; las soledumbres de la dehesa o los barbechos abrasados… Siempre a la caza de esa luz , inasible ya, que  otrora tanto nos alumbrase.

Escrito en versos blancos y libres (sólo hay un poema asonantado, “La casa”, evocación del Cáceres pardal de los cuarenta, pág. 57), impresionan  especialmente los que se dedican a la memoria del padre caído a golpes de fusil o al recuerdo de la madre anciana,  recién muerta. Pero todo el texto, si se exceptúa acaso “Ciudad de Monipodio” (pp.49-51), un divertimento que conduce lúdicamente a la Pradera de San Isidro durante los años 70, está transido de las más profundas emociones, tan fáciles de compartir por lectores de similares vivencias.

 

 

Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Si volviera mayo. Madrid, Beturia, 2015

 

 

 

 

 

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CEGUERA ÓNTICA
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Manuel Pecellín | 11-10-2015 | 08:49| 0
CEGUERA  ÓNTICA
Un jurado presidido por Lorenzo Silva otorgaba el  VI Premio Abogados de novela 2015 a Jesús Sánchez Adalid (Don Benito-Villanueva de la Serena, 1962). El escritor extremeño cambió esta vez su línea habitual de trabajo para mejor adaptarse a la trayectoria del galardón que convoca el Consejo General de la Abogacía Española. Aprovechando sus conocimientos jurídicos (ha sido juez), optó por alejarse literariamente de épocas  y personajes remotos (mozárabes, conquistadores, caballeros alcantarinos, inquisidores o santas renacentistas) para abandonar esta vez la novela histórica y asumir un asunto novedoso en el campo de las leyes.
Compuso así, al parecer con el mismo éxito, La mediadora, texto que sin embargo mantiene las características  ya clásicas en sus obras: máximo interés por el proceso narrativo, estructura sencilla, lenguaje cotidiano, personajes de escasa complicación psicológica,  referencias al  terruño, mínimos guiños culturales (los hay a la mística sufí, con la figura de Nasreddine, o al psicoanálisis) y final feliz. El resultado puede ser discutible, sobre todo para los críticos exigentes, pero de indudable eficacia.
Sánchez Adalid figura entre los escritores  españoles más vendidos y títulos suyos, según pude comprobar personalmente, lucen en las librerías de numerosos países hispanoamericanos.
También Mavi, exjuez cacereña, ha llegado a ser una novelista de éxito. El autor conoce bien las  vicisitudes que sufre el personaje (toda narración es en parte autobiográfica, se dice): carrera de presentaciones por doquier, presión de los medio, premura editorial para  extraerle nuevos originales, inquietud sobre las propias capacidades creadoras, abandono  forzado de los viejos amigos… Metida en torbellino tan absorbente, no extrañará que el matrimonio de “Laura White” (es su seudónimo) zozobre. Tampoco ayuda el carácter del marido, otro extremeño testarudo, capaz de jugarle alguna mala pasada. Resultan víctimas de esa “ceguera óntica” que con facilidad podemos padecer todos, “el oscurecimiento de la propia vida y la falta de luz” (pág. 229).
Es ahí donde aparece otra protagonista del relato, Marga, “la mediadora”. También licenciada en Leyes, descubre como disfruta mucho más esforzándose por conciliar partes en litigios que ganando pleitos a favor sólo de algunas. Para mejor servir a esta su auténtica vocación, sigue los cursos de la catedrática de Psicología catalana María Mut Abreu (otra mujer sabia de esta novela, con indudable marchamo femenino). Va enhebrándose así la trama, con abundantes feedbacks de la dorada juventud, vivida en la Facultad de Derecho de Cáceres. Las descripciones de la ciudad antigua, Patrimonio de la Humanidad, son excelentes, así como las del paisaje extremeño en primavera, y atestiguan las virtudes literarias de un autor al que no siempre se le percibe interesado en mantener esas cotas estéticas, más atento al atractivo de las historias personales o la vivacidad de los diálogos. Sin duda, sobresale también en el manejo del lenguaje, los hábitos y costumbres del “gremio de la justicia” (pág. 236) y reconoce en nota final la ayuda recibida de un grupo de abogados emeritenses para conseguir máxima verosimilitud en los planteamientos de “la mediadora”.
Por lo demás, aunque es cierto que el novelista rechaza una proyección moralizante, suscribimos las palabras de Jorge García en elimparcial.es (9.8.2015): “Con esta narración, Sánchez Adalid nos golpea en temas tan íntimos como la percepción del otro, la necesidad de valorar lo que realmente tiene importancia o vislumbrar lo positivo en momentos que cuesta encontrarlo. A fin de cuentas, se trata de que en nuestras vidas busquemos lo que prime la luz, que seamos capaces de ver y ser vistos por los que nos rodean, ya que eso es un síntoma de que suponemos algo para esa persona, siempre intentando huir de esa oscuridad que nos ciega a veces, que nos hace que busquemos donde sabemos a ciencia cierta que no vamos a encontrar. En esencia, caminar siempre viendo el camino que recorremos y a las personas con las que lo andamos”.
Jesús Sánchez Adalid, La Mediadora. Madrid, Martínez Roca, 2015
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NEBRIJA Y LA INQUISICIÓN
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Manuel Pecellín | 03-10-2015 | 12:08| 0
A la muerte de Isabel la Católica ( noviembre 1504), el aún casi neófito -apenas contaba con dos decenios de existencia – pero ya muy temido Tribunal de la Inquisición poseía un poder extraordinario frente a la vida y hacienda de los españoles. Baste recordar, según se hace en este libro, el caso de Córdoba: allí  ardieron (diciembre de 1504 ) 107 infelices, por instigación de Diego Rodríguez Lucero, con apoyo del dominico Diego de Deza, Inquisidor general, y del propio rey Fernando, cuyo interés por servirse del Santo Oficio a nadie se le oculta.
Como nadie podía estar seguro de que no sería procesado ante tan duros jueces por los motivos más insospechables. Lo sufrió Antonio de Nebrija, a quien acusarán curiosamente de  ¡“gramático”! (otra de las puyas que los inquisidores lanzarán años después contra El Brocense).  En su propia defensa, el autor de la primera Gramática española, escrita se dice en Zalamea, donde el catedrático andaluz estaba al servicio del último maestre de Alcántara, Zúñiga y Pimentel, en cuyo palacio descansaron los Reyes Católicos durante quince en la Semana Santa de 1502.  Allí se compuso esta Antología del Gramático Antonio de Nebrija con ciertos pasajes de la Sagradas Escrituras expuestos no a la manera corriente. Si tan apasionante opúsculo vio la luz, en latín (Logroño, c. 1507) se debe a la voluntad del cardenal Cisneros, amigo y admirador de Nebrija, sustituto del Deza al frente de aquel Tribunal.
Los lectores contemporáneos tenemos ahora la fortuna de conocer tan significativo texto según la reedición aparecida en la impagable “Biblioteca Montaniana”, que dirige el catedrático extremeño José Luis Gómez Canseco. Se publica  bilingüe, bajo los auspicios de dos especialistas: Baldomero Macías Rosendo, a quien se debe la versión al castellano (fue Premio Nacional de Traducción 2007 por la que hiciera, junto con F. Navarro, del Libro de José o el lenguaje arcano, obra de Arias Montano ) y Pedro Martín Baños, autor del estudio preliminar.
Se trata de un trabajo introductorio absolutamente recomendable por su lucidez, valentía y, sobre todo, abrumadora documentación, que, según acostumbra, él mismo ha localizado en la bibliografía al uso y en investigaciones archivísticas de primera mano. Discípulo del gran Pedro Cátedra y profesor en el IES Carolina Coronado de Almendralejo, Pedro Martín ha venido a ser bien pronto un maestro más que respetable, capacitado para iluminar los puntos más oscuros; rellenar lagunas; contextualizar un libro o hacer  matizaciones críticas a consagrados investigadores (aquí, a todo un Marcel Bataillon).
Conducidos por él, resulta más fácil deducir qué buscaban en este caso los inquisidores: atemorizar a Nebrija, induciéndolo a no proseguir sus estudios filológicos para devolver a los textos bíblicos la limpieza perdida tras tantos siglos de copias equívocas, cuando no de interesadas interpolaciones; en el caso del Antiguo Testamento, nada mejor que la ayuda de los rabinos para recomponer “la verdad hebraica”,  proclamaba el sabio andaluz (de cuyo posible origen judeoconverso no hay pruebas ). La Inquisición quiso dejar dicha tarea a los teólogos, si bien, argumentaba Nebrija, casi ninguno sabe hebreo; pocos, griegos y casi todos usan un latín deficiente. Para colmo, están quemándose antiguos e imprescindibles códices.
Por lo demás, el sabio andaluz se declara dispuesto “ a borrar con lengua” cuanto ha escrito si se le demostrase incurso en herejía. Pero defiende con orgullo tanto su  su libertad, como la importancia de los estudios gramaticales para la oportuna hermenéutica de cualquier escritura, con argumentos que adelantan lo que el siglo XX consagrará como “filosofía del lenguaje”.  “Soy catedrático de gramática en la Universidad de Salamanca con facultad para debatir, disertar, discernir y juzgar acerca de los asuntos concernientes a mi profesión”, concluye la Antología. Muy cara habría de pagarse esta encendida defensa de la libertad de cátedra.
Antonio de Nebrija, Apología. Huelva, Universidad, 2015
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