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RAFAEL ALBERTI VERSUS GAYA NUÑO
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Manuel Pecellín | 29-01-2017 | 21:49| 0

 

Nacido en Montánchez (1974), población de la que es cronista oficial y a la que ha dedicado los libros Historia de Montánchez. Desde sus orígenes hasta el siglo XXI (2008) y Montánchez: otro tiempo, otras gentes (2009), Hilario Jiménez Gómez es profesor de lengua y literatura. Bloguero activo (sus páginas más personales aparecieron reunidas el año 2013 en la obra Exprimiendo limones de madrugada), cuenta también con una notable obra poética: En un triángulo de ausencias (2003), Versos color naranja (2003), Delirio in extremis de un aguador con sed (2004), Diario de un abrazo (2008), De la noche a los espejo (2015) y fue incluido en   diferentes obras  colectivas, desde Cuatro poetas en un tobogán (2006) a Generación Subway. Nada es lo que parece (2016). Una amplia selección de sus versos vio la luz en Antología (im)personal (2013).

Licenciado en Filología Hispánica, Jiménez Gómez posee también una importante producción ensayística, con títulos como Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo (2001, 2003) o Alberti y García Lorca, la difícil compañía (2009), o Juan Gaya Nuño. Entre el espectador y el arte (1913-1976) (1990) y  Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976). Historia del cautivo (2013).

Nuevamente se ocupa del gran hombre de la bahía gaditana, esta vez relacionándolo con el madrileño Juan Antonio Gaya Nuño. Los dos son son figuras de máxima relevancia para la cultura española. Aunque laboraran en áreas distintas, tuvieron no pocos ragos comunes, que forzosamente los llevarían a relacionarse, con menos fortuna, eso sí, de lo esperado en tan valiosas personalidades. Figura sobresaliente de su Generación el andaluz, también conocido por aficiones pictóricas juveniles, el segundo se convertiría en uno de los críticos de arte más famosos, no exento de veleidades poéticas.  Los dos fueron leales a la II República, lo que condujo al exilio durante cuarenta años a Alberti, miembro del PCE; a la cárcel y al no menos duro exilio interior, al ensayista.

Uno y otro fueron profundos admiradores de Pablo Picasso, según demuestran los testimonios aquí recogidos por Jiménez. No obstante, lo que pudo convertirse en el más estrecho vínculo entre el poeta y el crítico, con el propósito de componer entre los dos una gran obra sobre el pintor malagueño, atractiva propuesta nunca finalmente realizada, terminaría convirtiéndose más bien en fuente de desacuerdos. Nadie lo ha explicado mejor que la esposa de Gaya, Concha de Marco, también escritora, cuya lucidez la condujo a ser muy dura con el Alberti regresado a España, más soberbio y fatuo que nunca,  como un mito de la transición democrática.

Hilario Jiménez, apoyándose en documentación de primera mano, cuyas piezas fundamentales reproduce su libro, analiza esos episodios de encuentros y separaciones, tratando de iluminar el carácter de los dos protagonistas y, trascendiendo las coyunturas existenciales, la relación entre arte y literatura. La obra se enriquece también con numerosas ilustraciones, bastantes de ellas  poco conocidas: portadas de primeras ediciones, personajes, textos manuscritos o mecanografiados, dibujos, grabados, estampas, carteles, postales, epístolas, etc. , junto con una abundante bibliografía. Dos publicaciones constituyen el trasfondo básico de la investigación, A la pintura. Poema del color y la línea (1945-1948), de Rafael Alberti (quien en los frondosos volúmenes de  La arboleda perdida, ignora a Gaya Nuño) y Picasso (Madrid, Aguilar, 1975), trabajo que el segundo logró finalmente concluir.

Tenemos así un sustancioso estudio sobre “la historia de dos perdedores que lucharon contra aquella ignominia disfrazada  de golpe de estado y que años más tarde, desde la distancia, volverán a acercarse gracias a las páginas de un libro. Ésta es la grandeza de la palabra poética, de la pintura, de la admiración y de la amistad”, adelanta en el prólogo el autor, quien, no obstante, no ocultará los desencuentros (o, por mejor decir, los desdenes de Alberti).

 

Hilario Jiménez Gómez, Juan Antonio Gaya Nuño y Rafael Alberti, entre la firmeza y el vuelo. Soria, Diputación, 2016.

 

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MADRESELVA
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Manuel Pecellín | 27-01-2017 | 18:53| 0

 

                                                              MADRESELVA

 

“Madreselva” nos parece término hermoso, repleto de connotaciones. Designa una parra trepadora, que se puede encontrar en nuestras sierras, aunque también la cultivan y venden, baratita, los viveros. Se la ve a menudo a hombros de paredes o pérgolas,  perfumando los rincones más protegidos.  Madreselva es también el nombre de una curiosa publicación, que ya alcanza ya la veintena de números. La edita en Zafra Madreselva Servicios Culturales, C.C. y se imprime en los talleres segedanos Rayego. Constituye todo un paradigma  de supervivencia, solamente explicable por la tozudez de su director, José Juan Martínez Bueso, filólogo. La revista, que consta de 26 páginas de formato mayor ( 30×21   ), generosamente ilustradas, responde bien al subtítulo: “Cultura y turismo en Extremadura”. Cada número se elabora en torno a un núcleo temático, si bien todos recogen colaboraciones plurales. Voy a referirme a las dos entregas últimas.

La que hace el número 19 corresponde a septiembre-octubre 2016, donde se aborda el tema de la construcción, según las nuevas perspectivas que en este terreno se dibujan. Sobresalen los artículos de Rafi Benítez sobre las artes aplicadas;  el de Jacinto Salas, arquitecto, un análisis del edificio enfermo, y  el de Lucile Couvreur/Alejandro Buzo en torno a las posibilidades de las alpacas de paja como alternativa eficiente, económica y ecológica para la construcción. No faltan apuntes relacionados con la educación, la música, la literatura e incluso la gastronomía (receta de la humilde, pero siempre eficaz sopa de cebolla, presentada por David Salazar, chef-propietario del restaurante Manrô).

El nº 20 (noviembre-diciembre 2016) propone un abanico de novedosas reflexiones en torno a cuestiones que a todos nos pueden interesar para una época tan crítica y cambiante como la nuestra. Por ese camino se conduce el trabajo de Alberto Arroyo, Presidente en Extremadura de AMCES (Asociación Española de Mentoría), quien presenta las ventajas del “mentoring”, frente al “coaching”, así como el de Raúl Martínez, profesor de tai chi, centrado en las posibles aportaciones cognoscitivas de los procesos intuitivos. Muy interesante es lo que escribe Agustín Iglesias, dramaturgo y director artístico del Teatro Guirigay, sobre El pícaro Ruzante (un espectáculo nacido dentro del marco del Círculo Ibérico, estructura de compañías profesionales de España y Portugal, creada hace dos meses). Tras las páginas de creación, suscritas por varios componentes del Taller Club Literario Madreselva (Raúl Martínez, Carmita Chacón, Claudia Vázquez, Antonio Garfia y Olga Alfonso), el director analiza la obra La habitación de Nona  (Barcelona, Tusquets, 2015),  conjunto de relatos al que da nombre el primero, con los  que Cristina Fernández Cubas obtuvo el premio Dulce Chacón 2016.  Para concluir con buen sabor de boca, Helioro del Campo propone su receta para elaborar carne de membrillo.

El ejemplar de Madreselva se vende al módico precio de 1 euro. Para quienes  opten por leerla on line o enviar colaboraciones, se ofrece la dirección electrónica : revista madreselva@gmail.com

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ZENOBIA SE ENCELA
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Manuel Pecellín | 21-01-2017 | 07:38| 0

Juan Ramón Jiménez Mantecón (tal era el apellido materno, que al parecer provocaba  en aquel exquisito auténtico alipori), es probablemente, si no el más leído, el más respetado de los poetas españoles contemporáneos. Respeto que el futuro premio Nobel supone ganarse por su indudable altura lírica, pero también basándose en ese cóctel de seriedad, lucidez, auto y heteroexigencia, alejamiento, exotismo y sarcasmo que lo caracterizaban.

No extraña que su singularísima figura atraiga a un escritor como Ramírez Lozano, que tan bien conoce al genial onubense, hasta el punto de hacerlo el personaje de su novela última. Premiada con otro de los incontables galardones que adornan al extremeño, en Los celos Zenobia el gran maestro comparte protagonismo con la extraordinaria mujer sin cuyos apoyos apenas conseguía resolver los más simples asuntos domésticos digamos encender la cafetera heredada de Bobita, la antigua esclava de los abuelos de Zenobia.

Según bien se sabe, ésta hizo para Juan Ramón de esposa, madre, amiga, mecanógrafa, cocinera, chófer (fue una de las primeras mujeres españolas que tuvo carnet de conducir), crítica, traductora, cicerone, banquera, azafata, intérprete, consejera y enfermera (al parecer, la responsable de preparar a su depresivo hombre las tisanas de pasiflora con ciprés o las inyecciones de morfina…). Arrebatada por el cáncer que venía padeciendo desde antes, el poeta, ya consagrado mundialmente por la Academia sueva, la sobrevive  sólo un par de años.

No obstante, el enamoradizo andaluz (flirteó con numerosas damas, aunque rechazase a otras y hubo quien llegó al suicido por sus desdenes) se entregó  siempre, por encima de cualesquiera otras motivación y con un afán de perfeccionismo rayano en la obsesión, al cultivo de su propia obra poética. Todo lo demás quedaba para él en segundo plano.

Si a Zenobia la inoportunan los celos, no se le originan por la competencia de alguna rival, sino en la dedicación casi absoluta que el esposo viene dedicándoles, desde que se conocen, a las labores creativas.

Experimentaron éstas, señalan los estudiosos diferentes etapas: desde los tiempos iniciales (1900), hasta aproximadamente 1912, Juan Ramón se atuvo a los cánones de la estética modernista, cuyo gran vate era Rubén Darío. Enfermo desde muy joven, vive en distintos hospitales y sanatorios, en la mítica Residencia de Estudiantes e incluso en la casa del doctor Simarro, quién pondrá a Juan Ramón en relación con Joaquín Sorolla, la Institución Libre de Enseñanza y con don Francisco Giner de los Ríos. De entonces proceden libros como Arias tristes, Jardines lejanos o Pastorales, tan citados en estas páginas. El creador de Platero y yo dice avergonzarse de cuanto publicase antes de este genial poema en prosa y Ramírez Lozano nos lo muestra persiguiendo  obsesivamente ediciones de los primeros poemarios para destruirlos. Incluso se los demanda con tal fin  los amigos que pudieran poseerlos (Unamuno Azorín, o los dos Machado). Juan Guerrero, personaje real, quizás el único que se le mantuvo fiel hasta el final, lo ayuda generosísimo en tales inquisiciones.

Unidos ya en matrimonio (1916), la publicación de Diario de un poeta recién casado certifica que el de Huelva conduce su númen por otros senderos, abandonando la fase sensitiva por otra preferentemente intelectual. Está dispuesto a conseguir una dicción cada vez más pura,  una lírica de absoluta desnudez. Las traducciones que él y Zenobia realizan del Nobel indio Rabindranath Tagore le proporcionan no poco nutrimentos.

Autor de numerosos títulos, se convierte en el gran mentor de la brillante e innovadora Generación del 27. No obstante, se opone con acidez a los excesos gongorinos de tanto joven a su entender sobrevalorado, según leemos en la novela.  Juan Ramón publica varias revistas poéticas: Índice, Sí y Ley, en las que colaboraron un grupo muy selecto de poetas y escritores ya consagrados: Azorín, Gómez de la Serna, los hermanos Machado, Ortega y Gasset. En ellas aparecieron publicados también los primeros versos de los más jóvenes: Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Carmen Conde, Antonio Espina, Corpus Barga. Y junto a ellos artistas tales como Benjamín Palencia, Juan Bonafé, Francisco Bores y Salvador Dalí. Muchos de ellos transitan por Los celos de Zenobia.

Se encuadra nuestra obra en aquel frenético Madrid albores de la II República. (Por cierto, ambos permanecerán leales al Gobierno legítimo tras la sublevación militar. Los Jiménez convierten en guardería de niños huérfanos uno de los pisos que Zenobia realquilaba a extranjeros y diplomáticos. Para sufragar la manutención de estos niños, el matrimonio empeña en el Monte de Piedad diversos objetos de valor que poseían).  Pero no adelantemos, que  nuestra novela no pasa de 1932.

Por entonces, la vida se les complicó: en julio de ese año, tras esculpir el busto de Zenobia, se suicidaba Marga Gil Roësset, joven escultora enamorada de Juan Ramón con un amor que sabe imposible; su fulminante ruptura con Jorge Guillén, en marzo de 1933, cuando  deja de cumplir lo pactado con Juan Ramón respecto a una colaboración solicitada para la revista Los Cuatro Vientos; su meditada e irrevocable decisión de no autorizar la inclusión de ninguno de sus versos en ninguna antología de poesía española que se publique a partir de 1934 (tras la famosa de Gerardo Diego); y su segunda rotunda negativa a ser elegido académico, cuando en junio de 1935 es llamado a ocupar un sillón en la Real Academia Española y declina el honor para sorpresa de todos.

Ramírez Lozano nos presenta a Juan Ramón como realmente debía ser, ajeno a todo lo que fuese la persecución de la pura, desnuda belleza literaria. Sólo las increíbles dosis de paciencia de la siempre enamorada Camprubí, tan ágil a lomos de su Ford, sufren tamaños desplantes. El discurso narrativo se desarrolla a través de una brillante alegoría o, mejor, ingeniosa prosopopeya: la poesía pura se confunde con la libérrima joven alojada en una de las habitaciones del domicilio familiar. Ella es quien provoca las celotipias e incluso malos modos de una señora tan refinada como Zenobia. Por el contrario,  la moza-poesía parece ser el ojito derecho del escritor, más celoso incluso que su mujer cuando percibe que la libérrima becaria puede escapársele para vivir la noche madrileña; dejarse seducir por hombres sin escrúpulos, como Pablo Neruda, Manuel Machado (Don Antonio  es distinto) o Ignacio Sánchez Mejías. Creyendo que los traiciona y se refugia junto a ellos, desnudándose en brazos espurios, Juan Ramón  dirige hasta Marruecos- paradigma máximo de ese “veneno del Sur”, cuna o refugia de tantos rivales del 27: Lorca, Cernuda, Alberti, Villalón, Salinas, Altolaguirre, Emilio Prados,  Moreno Villa y, por supuesto, de Góngora – a la búsqueda de la joven-poesía, tal vez  ahora en compañía del torero que Lorca tan genialmente llorará.

No conoceremos el desenlace. Pero al terminar un texto que no alcanza el centenar y medio de páginas, escritas con el inconfundible estilo de nuestro más fecundo novelista-poeta, los lectores tendrás nuevas claves para entender la  arrolladora pasión juanramoniana por el lenguaje lírico. Que el jurado del XXV Premio de Novela Breve Juan March le otorgase su máxima distinción seguro que n fue sino un acto de justicia.6.

 

José Antonio Ramírez Lozano, Los celos de Zenobia. Valencia, Pre-Textos, 201

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UN SIRIO CON LA TIARA DE PEDRO
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Manuel Pecellín | 14-01-2017 | 10:24| 0

 

El sentido de la oportunidad que Jesús Sánchez Adalid (Villanueva, 1962) viene demostrando, resulta evidente y, sin duda, encomiable. La historia de la literatura demuestra como los grandes autores gustaron llevar a sus libros temas que inquietaban a sus coetáneos, desde la Guerra de Troya (la Iliada de Homero) al “bulling” mediante internet (Cicatriz, de la prometedora Sara Mesa. Anagrama, 2016). El escritor extremeño abordó en sus dos obras últimas, De repente, Teresa  (2015) y La mediadora (2015) asuntos  de actualidad: la biografía de  la recia mujer, cuyo centenario se conmemoraba, y la inteligente gestión de los divorcios. Lo mismo hace  El tiempo del Papa sirio, donde aborda uno de los fenómenos sociopolíticos más relevantes en los tiempos recientes: las oleadas de personas que huyen de Siria para refugiarse en los países occidentales. Y lo hace con un espíritu de insoslayable generosidad con tantas personas forzadas al exilio. La misma mostrada, a comienzos del s. VIII, por el papa Constantino I cuando acogió en Roma a los godos hispanos huidos ante la invasión agarena. El pontífice no podía cerrarles las murallas de la ciudad: también él, nacido y criado en Siria, tuvo que  escaparse un día para eludir los horrores de la  “yihad”. El convencimiento de que sólo  el emperador cristiano de Oriente podía frenar los alfanjes de la media luna, le indujo a visitar Bizancio. Allí permaneció durante diez meses, no sin mantener  relaciones con numerosos compatriotas también acogidos a los muros protectores de Constantinopla.

Y allí lo habría conocido el personaje central de la novela: Efrén, culto  joven nacido en Damasco, donde fomentó una fracasada insurrección contra el Califa con la complicidad de cristianos, maronitas, mardaítas  y otras comunidades no islámicas, pese al apoyo (leve) de mercenarios griegos. Tras la previsible derrota, aquel retoño de sangre patricia enraizada con Alejandro Magno, fiel al evangelio pese servir al Islam (al menos, hasta la sublevación), consigue evadirse y, unido al séquito de Papa visitante, refugiarse en la Ciudad Eterna. Junto al Aventino compondrá esta crónica, redactada en primera persona, alternando la narración de lo que ocurre con los visigodos exiliados  y cuanto él  hubo de vivir en Siria. Pero no será un simple cronista. A ejemplo de S. Agustín  ante la caída del Imperio Romano (La ciudad de Dios), filósofo de la historia, se interroga cómo explicar los fulminantes triunfos de la religión musulmana, extendida en pocos decenios hasta el Finis terrae de Iberia. Los lugares más antiguos de la Cristiandad  son el epicentro desde donde parten las columnas musulmanas más aguerridas para ocupar, en oleaje al parecer incontenible, todos los territorios conocidos.

Sánchez Adalid acumula multitud ingente de materiales para documentar su narración, que por fuerza se resiente de tamaños apoyos. En pocas ocasiones se permite traslucir su innegable vena lírica, describiendo la brillantez la noche entre los cedros del Líbano; el maremágnum de los zocos orientales o la espiritualidad que rezuman muros junto a los cuales cabalgó  el impetuoso Saulo para perseguir a los “seguidores del Camino”. Tiene, no obstante, el reciente miembro de la R. Academia de Extremadura virtud sobrada para interesar al lector, sobrecogerlo incluso, presentándole el presumible desarrollo de espectáculos medievales cuyo revival contemporáneo nos inquieta.

El novelista ha proclamado numerosas veces que considera la literatura herramienta para hacernos mejores. A esa intencionalidad didáctica somete a menudo  parte de sus textos, que así pueden írseles a las casi 400 páginas de este libro. Por lo demás, su mensaje (él lo busca) coincide bien con las declaraciones que  colgaba en la red la  Plataforma “Pro Refugiados Extremadura” (19 mayo 2016):

La mayoría de las veces el sentimiento que está detrás es el miedo a lo desconocido, pero ese temor se cura con información veraz: el 40% de los refugiados sirios son niños;  dos de cada tres adultos tienen nivel de Secundaria y uno de cada tres, estudios universitarios. Es falso que la mayoría esté bajo el umbral de la pobreza: una plaza en una patera cuesta entre 1.000 y 3.000 euros. Las personas realmente pobres siguen muriendo en Siria. Es falso que sean terroristas : huyen del ISIS, de lo mismo que aterra a los países de la Unión Europea.

 

Jesús Sánchez Adalid, En tiempos del Papa sirio. Barcelona, Ediciones B, 2016

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ESCRITORES PERIFÉRICOS
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Manuel Pecellín | 07-01-2017 | 21:25| 0

ESCRITORES PERIFÉRICOS

 

Durante los días 13-15 marzo 2015, tuvo lugar en el Mercado de Abastos de Plasencia el “Primer encuentro de literatura periférica”, excelente iniciativa alentada por José María Cumbreño . Director  de la editorial que publica el libro, dedicado in memoriam a Ángel Campos Pámpano, y donde se recogen las intervenciones de los escritores participantes, él mismo aclara en los preliminares algunas circunstancias que rodearon el encuentro. “El nombre, Centrifugados, fue idea de la poeta malacitana Isabel Bono y creo que definía muy b bien lo que pretendía ser: la demostración de que la periferia es un espacio en el que pueden confluir maneras muy diferentes de entender la creación literaria”. Así lo expresaba el coordinador, quien,  en el capítulo de gratitudes, recordaba el apoyo del poeta Juan Ramón Santos, actual presidente de la Asociación de Escritores Extremeños. Junto a nombres conocidos de las letras castellanas, figuraban en dicha entrega  un notable elenco de paisanos (de ninguno se adjunta nota biográfica): Cisco Bellabestia, Marino González Mantero, Gonzalo Hidalgo Bayal, Álvaro Valverde, Javier Pérez Walias, Elías Moro y  Víctor Peña Dacosta, entre otros.

La segunda convocatoria de “Centrifugados” tuvo lugar los días 26-27-28 febrero 2016, también en Plasencia. Representantes de una treintena de editoriales independientes y hasta cien escritores procedentes de México, Chile, Argentina, Uruguay y  España  llegaron al norte de Extremadura para “debatir, intercambiar conocimientos y conseguir que esta región, tan alejada tradicionalmente de los circuitos culturales, cuente con un acontecimiento literario del primer nivel”. Así lo proclama Cumbreño en la introducción a este segundo  volumen antológico, cuya dedicatoria incluye el nombre de Fernando T. Pérez González junto al de Campos Pámpano, ángel titular de estos simposios. Las numerosas fotografías adjuntas (la tercera parte del libro) testimonian el amistoso ambiente que allí se impuso a base de complicidades creativas. O de puro músculo, según trasmiten las imágenes de Rosario Gortari y Patxi Larretxea.

Asistieron no pocas de las editoriales privadas extremeñas , (sorprendentemente, hay muchas), al menos las más dinámicas e innovadoras, como Aristas Martínez, De la luna libros, La Rosa Blanca, El verano del  cohete, Javier Martín Santos, Letras Cascabeleras y, claro está, Ediciones Liliputienses (echándose en falta la más desarrollada de todas, Periférica).

Casi todos los textos aquí reunidos recogen, con contagioso entusiasmo, las vivencias experimentadas por sus respectivos autores en aquellas jornadas junto al Jerte. De los extremeños (pocos), destacaré el de Carmen Hernández Zurbano, evocación en prosa de sus años por Argentina; el poema bilingüe “Thes best greek God is us/Somos el mejor de los dioses”, de Fernando Pérez González, y los desenfadados versos de Víctor Manuel Jiménez Andrada. Pocos conocerán tan bien las riberas de aquel como David Marías, según las describe en  unas páginas de Principio de incertidumbre  (Mérida, ERE, 2013). Por lo demás, siempre agrada  sumirse en una prosa como la de Urbano Pérez Sánchez con sus “Tres momentos casi navideños”.

De otras firmas (todas interesantes: no es tópico), destacaré el canto a Lisboa, que suscribe Pablo Fidalgo Lareo y el leve apunte en que Pablo García Casado reconoce, según declara le expuso Eduardo Moga, que “hay excelentes poemas melancólicos”. Como lo serán, sin duda, muchos inspirados en esas Jornadas placentinas.

Hacen muy bien las entidades concitadas (Ayuntamiento de Plasencia, Ministerio de Cultura de Argentina, Junta de Extremadura, Vicerrectorado de Extensión Universitaria y Facultad de Filosofía y Letras de la UEX) apoyando tales encuentros. Larga vida para los mismos.

 

José María Cumbreño, Centrifugados. Segundo encuentro de literatura periférica. Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2016.

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SÁTIRA MISÓGINA
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Manuel Pecellín | 29-12-2016 | 17:49| 0

 

Según los historiadores, el XV fue un siglo espléndido para la literatura valenciana.  En esa época pendular, a caballo entre la cultura medieval, ya en trances de superación, y la renacentista, que se anunciaba de múltiples formas, compuso Jaume Roig (Valencia, circa 1400-Benimámet, 1478) su Llibre de les dones, más conocido como  Espill. Lo debió de escribir hacia 1460, justo cuando Joanot Martorell empezaba su célebre Tirant lo Blanc, el libro de caballería salvado de la quema por Don Quijote, que lo juzga “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. Por lo demás, ambas obras difieren en aspectos múltiples, testimonio de la emergente cultura burguesa una, prototipo del amor cortesano, la otra.

Roig, médico famoso, unido en feliz matrimonio con Isabel Pellicer, virtuosa dama a la que admiró y quiso profundamente, se muestra aquí acérrimo debelador del género femenino. En línea con Juvenal (el mundo clásico estaba “renaciendo”), es el autor de una sátira inmisericorde contra las mujeres. A excepción de la suya y, claro está, de la Virgen María (el libro incluye un tratado mariano, defendiendo el futuro dogma de la Inmaculada Concepción), todas la merecen los mayores reproches. Desde Eva acá, ninguna escapa a su lengua viperina, en verdadero diluvio de improperios.

Como para predicar con el ejemplo propio, da a Espejo  un (falso) aire autobiográfico: el autor, ya muy viejo, narra a un sobrino cuánto tuvo que sufrir en sus matrimonios, a cual más infelices. Tal vez el peor de todos lo vivió con una  novicia, lo que le sirve para explayarse sobre las licenciosas costumbres vigentes en los conventos, retrato que haría las delicias del propio Voltaire. (Tampoco los sacerdotes salen bien parados por parte de quien se declara defensor del celibato clerical, aunque, según la obra, pocos lo vivan. Inútil añadir que rechaza cualquier posibilidad de que las mujeres, corruptas por naturaleza, alcancen el presbiterado).

Cabe discutir hasta dónde Roig, excelente conocedor de la Biblia y un punto antisemita,  está convencido de sus tesis misóginas, o busca sólo  efectos cómicos, tantos son los argumentos como  acumula, verosímiles algunos, realmente descabellados muchos: madres devoradoras de hijos infantes; hembras fatales que mataron hasta veinticinco maridos; pasteleras de París que guisan cadáveres; las tres damas que parieron en Siena ciento veintiocho hijo de un solo hombre et sic de coeteris, aunque los venga a confirmar el mismo rey Salomón. No extrañan así sus improperios sobre las brujas, tan diferentes a las opiniones de un Pedro de Valencia, apelando a que se las ajusticie (pp. 133-34).

Sin duda, lo más atractivo de la obra son sus aspectos formales. Inspirándose en el lenguaje de la huerta valenciana,  tan vívido, con especial dominio de algunos campos (medicina, judicatura, comercio, agricultura) el lector contemporáneo se abrumará con la auténtica catarata léxica que le cae en cada página. Mérito grande del traductor es haber logrado que estos aluviones expresivos resulten agradables, allende el rechazo que pueda sentirse ante las opiniones así vertidas. Moga ha hecho una labor impecable, más valiosa si estima la apuesta de poner en prosa actual un texto poético del XV, con las características de Espill. El original, del que solo se conserva un manuscrito (fue impreso numerosas veces) es un descomunal producto de más de 16.000 versos, que riman de dos en dos. Para colmo, estos son tetrasílabos, lo que, dada la estrechez del metro, impone limitaciones estilísticas y distorsiones sintácticas a cada paso. Tal vez hubiese sido oportuno reproducir algunos pasajes facsímiles para poderlo comprobar. Tampoco habrían sobrado notas a pie de página para entender los más dificultosos o las apoyaturas culturales que hoy se nos escapan.

 

Jaume Roig, Espejo. Traducción y prólogo de Eduardo Moga.Valencia, Pre-Textos, 2016

 

 

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SOR CELINA
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Manuel Pecellín | 22-12-2016 | 11:39| 1

Cuentan que cuando Tierno Galván se hallaba en una clínica madrileña con el pie ya en el estribo, según expresión de Cervantes, acudieron a verlo dos monjas.
-D. Enrique, rezamos mucho por Vd., fue la despedida.
-Se lo agradezco, hermanas, respondió el alcalde de Madrid, agnóstico convicto y confeso.
Estoy seguro de que ninguna energía se pierde en el mundo, concluyó el profesor.
Esta suerte de “cuerpo místico” laico hubiera agradado sobremanera a personas como Arias Montano, quien enfatiza sobre ese dogma católico en su impagable Dictatum Christianum (Amberes, Plantino, 1575), obra que tradujo Pedro de Valencia, aunque el discípulo dejase inédita la versión (publicada dos siglos después) tal vez precavido contra la censura inquisitorial.
Me he acercado numerosas veces al convento de Sor Celina, casi siempre junto con la Dra. Carmen Araya – su ayuda a sor Celina ha sido fundamental -
para llevar ejemplares de obras como la citada antes, que me constaba eran muy bien recibidas en el cenobio pacense, auténtica joya arquitectónica de la ciudad. Nunca salí sin haber percibido algo de esa energía que Tierno elogiaba.
La trasmite a raudales Sor Celina, desde su arquitectura aparentemente frágil, mínima, nerviosa, una Edit Piaf gregoriana tras las sólidas rejas del locutorio, que la religiosa, próxima ya a los noventa años, traspasa a veces para mejor saludar al visitante. Bien informada de cuanto ocurre en el mundo, estudiosa infatigable, esta mujer de sólida formación, licenciada en Historia del Arte (“lo que más me costó al profesar, fue dejar la pintura”), es una ferviente defensora de la casa donde habita con hermanas procedentes de medio mundo, el edificio badajoceño del XVI mejor conocido y conservado merced en gran parte a las labores múltiples de la escritora. ( Defenderé la casa de mi padre, cantaba Gabriel Aresti en su emocionante poema “Nire aitaren etxea”).
Buena constancia de lo dicho queda patente en los dos volúmenes anteriores a éste, cuyo prólogo me demanda, aun conociendo de sobra mis limitaciones. ¿Qué hace un catedrático de Filosofía, bibliógrafo cuasi amateur, aunque apasionado por el estudio de todo lo que dice relación con Extremadura, suscribiendo el preliminar de un libro de Historia? Pues poco más que dar testimonio público de la admiración, el respeto, el cariño, que esa admirable clarisa me produce desde que la conocí, hace ya lustros, y que no han hecho sino aumentar a partir de entonces.
Son muchas las sugerencias que me nacen tras la lectura de esta obra poliédrica, un punto caótica, auténtica miscelánea (género típicamente renacentista, con el extremeño Luis Zapata como referente máximo), verdadero caleidoscopio donde captar las múltiples perspectivas que, a través de los años, una Casa de oración, contemplación, estudio y trabajo proporciona. Sin omitir que en el monasterio repercuten indefectiblemente las vicisitudes ciudadanas, por lo que estamos ante una muy valiosa contribución a la historia del viejo Bataliús.
Según verán los lectores, estas páginas, con indudable peso autobiográfico (¿cuáles no las tienen, por mucho que pretenda subsumirse el creador?), aunque con la sólida básica de las investigaciones en el muy abundoso archivo monacal, matizan y enriquecen cuanto las dos anteriores entregas ofrecían sobre los quinientos de años que pesan sobre Santa Ana. El afán de perfeccionismo de sor Celina la induce a ello. También los nuevos datos que no deja de rebuscar y no duda en confrontarlos numerosas veces con tesis sostenidas por otros historiadores locales. Ella se reconoce tozuda, audaz y constante para mantener las suyas (¿quién no se acordaría de Teresa de Ávila?), si bien distingue honestamente lo que considera como demostrable, de las meras conjeturas.
Pero este tercer tomo se ciñe casi por completo a la época contemporánea. Cuántas mujeres formidables nos permite conocer, retratadas con absoluto afecto, capacidad psicológica y sus puntos de humor por la autora, que las ha tratado durante lustros. Y, a través de tan gráciles como bien documentados apuntes, seguir el día a día la intrahistoria del convento. Si fuera preciso refutar el injusto apotegma de Voltaire sobre las personas consagradas – “Se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse –, la pluma de sor Celina se basta y sobra.
Por cierto, la atención se le desparrama a menudo para atender a otras féminas con las que se topó en sus investigaciones, digamos la primera alcaldesa de España (Julia Mayoral Márquez, que lo fue del emblemático pueblo de Santa Amalia, durante la II República); sucesos claves para nuestro devenir histórico, tal la Guerra de Secesión entre España y Portugal; las angustias sufridas por la Fraternidad durante la de la Independencia contra los franceses (1812) y la revolución de 1868, por no decir las vicisitudes de la contienda fratricida 1936-39. ¡Qué estampa la del albañil “Bocanegra”, el miliciano al frente del pelotón ocupante, capaz de jugársela ante los suyos por aliviarles el tránsito a las indefensas monjas! No menos enjundia tienen los pasajes en que se describe la incorporación de la Comunidad a las exigencias civiles del periodo democrático y los distintos gobiernos a partir de entonces.
Buffon, en su Discurso de ingreso en la Academia Francesa (1752), publicado por Manuel G. Revilla (México, Tipografía Económica, 1911), viene a decir que el estilo es el hombre. Y, naturalmente, el de la mujer, pudo añadir el gran naturalista galo. Desde luego el de la autora rezuma naturalidad, pulcritud y gracia. Como es sor Celina. No extraña que tenga tantos amigos. Estoy orgulloso de poder contarme entre ellos. ¿No soy muy subjetivo? Responderé con José Bergamín ante idéntica interrogación: Sin duda. Si yo fuese un objeto, podríais exigirme objetividad. Pero soy un sujeto y lo asumo. Lo que en forma alguna implica ligereza gratuita en mis afirmaciones. Creo que Vds. las compartirán cuando pasen página.

Sor Celina Sosa Monsalve, Historia del R. Monasterio de Santa Ana, Tomo III. Badajoz, Fundación CB.

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INMENSO NAUFRAGIO
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Manuel Pecellín | 17-12-2016 | 21:28| 0

 

Víctor Serge (Bruselas, 1890-México, 1947) fue una personalidad fascinante, prototipo del auténtico revolucionario, más proclive a la pluma que al fusil, capaz de reconocer los errores del proyecto utópico, aunque mantuvo hasta sus días últimos los ideales juveniles, pese a los terribles tropiezos sufridos. Su nombre real era el de Víctor Lvovich Kibalchic, como heredero de una familia rusa refugiada en Bélgica. Allí nació y se formó entre los defensores del anarquismo. Nunca perdería del todo sus raíces libertarias (junto al entusiasmo que mostró por la figura de Lenin). Su compromiso con los ideales revolucionarios lo condujo primero a España, durante la huelga general de 1917 (Medianoche en el siglo alude numerosas veces a nuestro país) y poco después a Rusia, donde los bolcheviques habían tomado el poder.
Serge se comprometió profundamente con el proceso soviético y con la Internacional comunista. No obstante, su lucidez y honestidad le descubren pronto, especialmente tras la subida al poder de Stalin, que la cosa pública no marcha según lo había soñado. Más próximo a las tesis de Trostki, también él será víctima de la represión que está llevándose incluso a los miembros más relevantes del PCUS. Sufre en carne propia las humillaciones concentracionarias del “gulag”, del que escapa en virtud de las presiones internacionales. El año 1936 abandona el presidio y puede salir de la Unión Soviética, convertida para entonces en una cárcel descomunal, y afincarse en Francia. Allí se decide a escribir la novela que presentamos.
S´il est minuit dans la nuit (1939), según el título original, denuncia paladinamente la terrible noche que ha caído sobre una tierra, Rusia, donde el triunfo del proletariado permitía encender las luces de un porvenir glorioso para la humanidad. Adelantándose a Koestler o Soljenitsin (Un día en la vida de Iván Denísovich, la admirable obra de este último, se halla aquí prefigurada), Serge presenta el régimen estaliniano como una horripilante máquina destructora de hombres y mujeres, en muchos casos a los que más debe la propia revolución, con métodos capaces de recordar otra odiosa estructura represiva, la Inquisición (delaciones, torturas, jueces inicuos, cárceles, abogados cómplices, hambrunas, autoinculpaciones humillantes, etc., están a la orden del día).
Pero Medianoche en el siglo es sobre todo un excelente ejercicio literario, texto en el que se combinan hábilmente con discurso narrativo, el monólogo interior, los diálogos sin marca, las canciones populares, las citas de Hegel y Marx, el feedback, la desconstrucción de las jergas políticas y carcelarias para describir el tremendo Caos en que millones de personas ignoran por dónde les asestarán el golpe último.
Enmarcada en Chernoé, campo de concentración a orillas del helado río Chiórnaya, magníficamente resuelto cada primavera, la obra nos traduce las angustias, ilusiones y sufrimientos de personajes prototípicos: Kostrov, miembro del partido desde 1917, profesor universitario de “Materialismo Histórico, que también cae en cae en desgracia y no se conducirá del modo más honorable; Fedossenko, jefe implacable en el trato con los deportados políticos, si bien lo veremos hundirse en el abismo ; el grupo de jóvenes “trotskistas” (Ryjik, Elkin, Avelii), cada uno representativo de diferentes posturas, que sufren allí las mayores miserias y entre los cuales destaca Rodion, el único capaz de eludir las alambradas, aunque su futuro sigue siendo igual de negro. Si hay algún atisbo de solidaridad en aquel gigantesco desbarajuste, en que la “Rusia eterna” de los zares no parece haber mejorado un punto, corre a cargo de los más humildes y de las mujeres allí concentradas (Várvara, Galia). Según apunta el escritor, entre Stalin y Hitler se puede establecer un estremecedor paralelismo. Los ideales comunistas eran tan sublimes como desastrosa su plasmación práctica.
Serge, ante la llegada de los nazis, consigue huir y refugiarse en México, donde el corazón le fallaría. El régimen colaboracionista de Vichy impide que circule su novela, por entender que critica en exceso a un aliado de Alemania, Rusia (tras el pacto Stalin-Hitler). Medianoche en el siglo no reaparecerá hasta 1979 (París, Livre de Poche). La edición de Alianza, con frecuentes notas a pie de página puestas por el traductor (Ramón García), que no es la primera en castellano, facilita la lectura de un libro imprescindible.

Víctor Serge, Medianoche en el siglo. Madrid, Alianza, 2016.

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EMERITA AUGUSTA
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Manuel Pecellín | 14-12-2016 | 13:18| 0

 

Espido Freire (Bilbao, 1974), licenciada en Filología Inglesa y diplomada en Edición y Publicación de Textos por la Universidad de Deusto, irrumpió espectacularmente al obtener con sólo 25 años el Premio Planeta, concedido a su obra Melocotones helados, distinguida por  Qué Leer como la mejor novela española editada durante el año anterior. Poco antes, los libreros franceses galardonaron la primera obra de Espido, Irlanda, como libro  revelación extranjero. La escritora, cuya presencia es frecuente en prensa y TV, ha ido  dando a luz numerosos títulos, con notable aceptación de la crítica y traducciones a los idiomas más hablados. Uno de aquellos, Soria Moria, le supuso el XXXIX Premio Ateneo de Sevilla (Algaida, 2007).

Esta obra, cuyos protagonistas son dos  adolescentes de la burguesía inglesa (instalados en el Tenerife decimonónico y escapados a una tierra mítica de la tradición noruega) estaba en línea con otro texto de literatura juvenil publicado antes por la  bilbaína, La última batalla de Vincavec el bandido.

Si bien  Espido Freire ha manifestado alguna vez su escasa voluntad por la historia como fuente de inspiración,  El chico de la flecha se enmarca en  Emerita Augusta durante el imperio de Vespasiano. Es verdad que su argumento es fruto fantástico, pero nunca entra en confrontación con lo que de la época se conoce. Más aún, puede decirse que el texto es sobre todo una presentación para jóvenes estudiantes de las “instituciones romanas”: familia, ejército,  religión,  comercio, judicatura, administración, esclavitud, etc., así como de los usos y costumbres llevadas e impuestas por las poderosas legiones a todos los confines dominados. Que Freire (apellido con ineludibles ecos pedagógicos) elija para enmarcar su relato la entonces recién fundada Mérida, capital de la Lusitania, nos gusta, pero para esta narración lo mismo pudo fijarse en otras urbes pujantes, como Tarraco. Lisboa, Itálica o Córdoba.

Junto al espectacular puente sobre el Guadiana se asienta la familia de los Albius, patricios latifundistas, de la que forman parte el joven Marco, huérfano, y su tío Julio, el tutor. Son los dos protagonistas de la novela, adolescente atolondrado uno; modelo de serenidad y virtud el otro. En torno a ellos pululan pedagogos, libertos, amas, soldados, brujas, bandidos, servidores de posadas, termas, taberneros, gladiadores,  comerciantes…, toda la fauna, en fin, de una sociedad tan compleja (e injusta) como la creada por Roma.

Una ingenua aventura ideada por Marco y su joven esclavo Aselo va a desencadenar la trama. El final feliz, según corresponde al género, no por previsible resulta inverosímil.  Julio, legado de Roma, asume el papel de instruir a cuantos le rodean, especialmente a los dos pupilos, amo y esclavo, en los valores éticos que elevaron al mundo latino, vigentes hasta hoy. De ahí que el ilustre hombre incluso arriesgue vida y fortuna por salvar a un pequeño esclavo.

Para mejor conducirse en la lectura, sin tener que echar mano a Internet, numerosas notas a pie de página explican los abundantes términos latinos utilizados (en cursivas). Algún anacronismo (v.c., presentar el ajedrez en la Hispania del s. I) o imprecisión (“las mulas relinchan”) no son ni lunares en una prosa tan limpia, precisa y ágil como la de la obra.

 

 

Espido Freire, El chico de la flecha. Madrid, Anaya, 2016

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CHIMEN ABRAMSKY
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Manuel Pecellín | 10-12-2016 | 22:59| 0

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

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