Aunque también conocido como Siglo de la Razón, de la Revolución (francesa), de las Luces y de la Enciclopedia – denominaciones todas concomitantes -, el XVIII fue para Europa el Siglo de la Ilustración. Nadie definió mejor este movimiento que un coetáneo entusiasta del mismo, Manuel Kant. Según el filósofo alemán, una persona ilustrada es la que se atreve a pensar por su propia cuenta, habiendo alcanzado la mayoría de edad psíquica (algo que no todos alcanzan, optando cobarde y perezosamente por permanecer bajo tutores). “Sapere aude”, es decir, atrévete a degustar por ti mismo los asuntos, sería el lema del ilustrado.
Uno de sus seguidores españoles (hubo aquí bastantes más de lo que la historiografía clásica reconoció) fue Antonio Ponz Piquer (Castellón, 1725-1792). Este abate levantino recogió el fruto de sus observaciones en los dieciocho volúmenes del famoso “Viage de España”. El octavo, correspondiente a Extremadura, lo reeditó Universitas (Badajoz, 2000) en dos tomitos.
Esta es la obra que tomó como guía para la suya otra personalidad ilustrada, José María Peña (Llerena, 1939), sin olvidar las orientaciones que también dejó, ya en el siglo XX, el ilustrado Luis Bello, atento sobre todo al estado de las escuelas españolas. Subdirector General en distintos Ministerios hasta su jubilación el año 2004, el llerenense es otros de esos extremeños arrastrados a la diáspora, pero que nunca ha perdido su pasión por la tierra natal, cuyas viisitudes sociopolíticas, económicas y culturales nunca ha dejado de seguir desde la distancia. Lo saben bien cuantos han seguido sus colaboraciones en HOY. Lo confirman rotundamente estas 350 páginas. Las ha ido escribiendo in situ , ya septuageniario, a raíz de diferentes excursiones por Extremadura realizadas tras las rutas de Ponz. Su objetivo básico fue contrastar hasta qué punto continúan vigentes o han sido superadas las observaciones que el clérigo castellonés anotó. Para ello, reproduce los textos de Ponz sobre los múltiples pueblos, caminos, paisajes, posadas, monumentos, etc. visitados y los apostilla oportunamente, más de una vez apoyándose igualmente en otros autores que le son queridos. Sobre todo a partir de la primera mitad, las citas se nos antojan sobradas y se prefiere la escritura del autor, a quien uno querría menos pudoroso, más atrevido a la hora de describir situaciones conflictivas y proponer remedios.
Sin seguir una metodología rigurosa, dejándose llevar por las emociones o el imperativo de circunstancias no previstas, según supuso también para Ponz el periplo extremeño, Peña se detiene más en determinados lugares que en otros acaso de mayor importancia; recuerda en ocasiones, silencia otras, los nombres de los hijos ilustres; anota las heridas sangrantes de la emigración; le admiran los vestigios de la arquitectura vernácula más que la monumental; escucha y recoge, no siempre crédulo, los testimonios de la gente humilde; se entusiasma con el espectáculo de las dehesas, parques naturales y montes casi vírgenes. Reconoce los avances alcanzados, los signos de la modernidad (la obra se escirbió antes de “la crisis del ladrillo”), sin dejar de establecer la “crítica de corte y alabanza de aldea”, o, si se quiere, la atracción de las “slow cities, aquí forzosamente abundantes . Según ya proclamase Ponz, Extremadura sigue siendo una gran desconocida. Obras como la de Peña contribuyen a descubrir sus innumerables encantos.
Peña Vázquez, José María, Volver a Extremadura. Madrid, Beturia, 2013
Según la jerga hampona y carcelaria, un “mojado” es alguien a quien, culpable ya por homicidio, poco le importa reincidir en conductas delictivas. El que está empapado de agua, no le teme a la lluvia, pues poco se agravará con ella su situación. Ni le importa caer en bajeza alguna aquel que ya ha perdido el honor. Eso produce una falta total de escrúpulos, que puede convertir a tales personas en sujetos
extraordinariamente eficaces y peligrosos dentro del mundo de la delincuencia organizada.
Así es uno de los personajes creados por Juan Madrid (Málaga, 1947) en su última novela, cuyo trasfondo son las actividades de la ´Nndrangeta, organización mafiosa nacida en Calabria, región pobre y periférica de los poderes centrales, durante la dominación española de
Sicilia y Nápoles en la baja edad media. Acaso la más antigua y temible de todas las existentes (Cosa Nostra, Camorra, Sacra Corona Unita), con notable implantación en España, habría sido la máxima responsable durante los últimos decenios del tráfico internacional de
narcóticos, cuyas inmensas ganancias blanquearía sobre todo en construcciones, “el ladrillo”. Su bien engrasado funcionamiento se debería de modo muy especial al silencio cómplice de propios y
extraños, la estricta moralidad que en sus vidas públicas exige dicha organización a todos los miembros (también cuenta con mujeres, como las que aparecen en la novela) y la implacable venganza contra
los infractores del código. Sin duda, el escalofriante mecanismo puesto en pie por la ´Ndrangeta (voz procedente del griego arcaico, que significa “hombre de honor”), no habría sido posible sin la existencia de paraísos fiscales, jueces y políticos corruptos, la
colaboración de la banca en el lavado de dinero e incluso la pluma venal de escritores más o menos famosos. La actual crisis de la economía europea, más aún la española, estará intrínsecamente
condicionada por avatares de este tipo.
Es el mundo donde se desenvuelven los protagonistas de la obra, con un abogado madrileño, Liberto Ruano, como principal figura. En torno a él, mujeriego y un punto romántico, se organiza la compleja trama, por mor de unos CD´s acusatorios, en la que se verán envueltos
expresidiarios, banqueros, constructores, prostitutas,
liquidadores, drogadictos y, naturalmente, hombres y mujeres de la -honorable sociedad. Ninguno tan atractivo como Aurelio Pescador, el calabrés a la postre estrechamente vinculado a Liberto. También el
socio de este último, Feiman, un muy inteligente argentino antiguo miembro vinculado a la guerrilla de su país, por lo que sufrió cárcel y tortura, paradigma hoy de la honradez, pero en definitiva otro “mojado”, aporta sus dosis de suspense.
Porque, según ocurre con toda novela negra que se precie, en Los
hombres mojados no temen la lluvia nada es según podría parecer al principio. El autor irá manejando hábilmente las claves del relato hasta el no previsible final. Maestro del género, gran creador de
caracteres, Madrid se maneja en una prosa limpia y sobresale de modo muy especial en la construcción de los diálogos, con los que construye la mayor parte del texto. Resulta difícil interrumpir la lectura.
“Los escritores de novela negra en España somos tan pocos, que Juan Madrid es uno de los dos”, decía con su retranca tópica Manuel Vázquez Montalbán. Algunos más podrían añadirse (por ejemplo, el del admirado
Eugenio Fuentes). Pero, fallecido el charnego-catalán, sin duda el gran clásico vivo es el malagueño.
Juan Madrid, Los hombres mojados no temen la lluvia. Madrid, Alianza Editorial, 2013
FLUIDO DE CONCIENCIA
Juan Manuel Barrado es poeta y profesor en el IES El Brocense de Cáceres, y ha publicado, entre otros, los libros Texto azul del Café Rocco (Col. Alcazaba, Badajoz, 1997), Suite Celan (Ed. Autor, 2002) o Fragmentos de cal (El Gaviero, 2008). Como poeta experimental su obra ha sido recogida en catálogos (Galería Dasto, Oviedo, 2002; Instituto español, Lisboa, 2008) y está incluido en antologías como Poesía visual española (Calambur, Madrid, 2007).
Trece de nieve rinde homenaje a la revista del mismo título que se publicó en Madrid desde 1970 a 1977, dirigida por Gonzalo Armero y Mario Hernández. Aunque Barrado declare que no existe relación entre su libro y las ideas y estética de dicha publicación – tan proclive a rescatar los lenguajes de las vanguardias españolas de la centuria última -, más parece proclama pudorosa que real. Lemos lo que escribe el también poeta y ensayista Antonio Orihuela en el excelente prólogo: “Estamos ante un poemario, por paradójico que parezca, cuya máxima virtud es haber desplegado para la contemporaneidad un fértil diálogo con algunos de los menores hallazgos de la poesía española del siglo pasado. Un trabajo limpio, desnudo, brillante y no por ello menos intenso y más contenido” (pág. 10).
Las citas intertextuales conducen a los escritores que el autor considera sus maestros: Shakespeare, Rimbaud , Pessoa, Neruda, Alberti, Miguel Hernández, Aleixandre, Labordeta o John Berger, entre otros. Como dedica respetivas poemas a tres autores extremeños a los que sin duda se siente más próximo: el novelista Jesús Alviz, sorprendido en un café de Lisboa (pág. 26); el ilustrador Javier Alcaíns, que en los mapas del siglo XIII pinta caballitos de mar /pág. 28) y el propio Orihuela (pág. 27). Enamorado de las ideas revolucionarias (“creo en las estrellas del firmamento/y en la utopía del socialismo”, pág. 24), no oculta su admiración por Kropoktin y su inolvidable obra, La conquista del pan, que tantos anarquistas tuvieron como libro de cabecera.
Escritura de claro compromiso social (al parecer, nuevamente recuperada, como en toda época de crisis), aunque sin estridencias ni alharacas trasnochadas, atenta al cuidado de la forma, se nutre también de un profundo intimismo. Así, son muchos los poemas que se inician con el pronombre “yo”. Hombre cosmopolita, el autor evoca a menudo los días infantiles, “y la expedición en burro hasta el pozo, y el candil de aceite en el dormitorio” (pág. 36). Quien desde joven quiso “un caballo verde para la poesía” (pág. 27), aunque reconoce que “los grandes días han pasado” (pág. 40) y le resulta difícil soportar la política, sabe recordar “la espesa sangre de los profesores fusilados” (pág. 36) a la vez que “los alcornocales de mi tierra, sobre los que gira el águila/y el futuro” (pág. 42).
Entre las muchas y magníficas imágenes, no faltan las que se sostienen en elementos de la cultural rural. Y es que entre las sensaciones del poeta siguen un escándalo de grillos (pág. 49), la hermosura de la planta del garbanzo (ibídem), el perfume de las margaritas silvestres (pág. 37), la tozudez del escarabajo que quería ser pez espada (pág. 41), o la sombra fresca de los naranjales. Las sigue percibiendo, incluso cuando se halle sentado en una roca de Sesimbra o en los bares azules de la ciudad donde habita.
Concluye el libro con una serie de poemas visuales, juegos gráficos próximos al caligrama, pues no todo va a ser memoria del tiempo pasado (“pensaba en mi abuelo Manuel/ y en la pobreza de nuestra infancia”, pág. 25) o “la dialéctica social de los obreros” (pág. 51).
Juan Manuel Barrado, Trece de nieve. Mérida, ERE, 2012.
Natural de Plasencia (n.1980) y residente en Barcelona, donde trabaja
como profesor de Instituto, Álex Chico es licenciado en Filología
Hispánica, DEA en Literatura Española y codirector de la Revista de
Humanidades Kafka, publicación digital muy recomendable. Ha ejercido
la crítica literaria en medios prestigiosos, como Ínsula, Revista de
Letras y El Libris.. Tiene publicados La tristeza del eco (ERE,
2008), Dimensión de a frontera (La Isla de Siltolá, 2011) y las
plaquettes Escritura, Nuevo alzado de la ruina y Las esquinas del mar
Un lugar para hace la letra J de la colección codirigida por Elías
Moro y Marino González Montero, una referencia ya ineludible para los
estudios de la literatura hecha en Extremadura. Con su nuevo libro, el
autor confirma la calidad de su joven y ya madura voz. Construido con
poemas de amplio aliento y verso libre (son ocasonales los breves, más
un par de textos en prosa lírica), Chico da cauce a las emociones que
le conmovieran en lugares específicosde Francia, Italia o Cataluña,
rincones también transitados por autores, poetas, pinto res y
cineastas, especialmente aprciados por él: Nimes, Paris, Vaucluse, el
Sorgue (Fonollosa, René Char, Camus, Beckett); Ischia, Nápoles, Roma
(Auden, Eduardo Moga, Truman Capote, Yeats, Moravia) y, sobre todo,
la barcelonesa calle Menorca (Basiiio Sánchez, Javier Pérez Andújar),
repleta para él de evocaciones.
Hay tantas formas de observar el mundo y dar cuenta de las
percepciones en cada momento y lugar nacidas, como personas. La
sensibilidad del poeta y su dominio del lenguaje, capaz de ver lo que
los demás no captan y expresarlo como nadie dijera, converten su
testimonio en especialmente atractivo. Por algo los auténticos ). son
“especie única” (Unamuno). Así ocurre con estos poemas, escritos como
fe de vida.
Entrevistado por Iván Humanes (Revista de Letras, 6-02-13) a propósito de esta obra, el autor extremeño responde: “Un lugar para nadie es, al final, el lugar de la escritura. Pensemos en nuestros espacios de escritura, en lo que ocurre cuando estamos en ellos. El acto de escribir es solitario, sin embargo pocas veces se convocan a tantos seres. Invisibles, memorizados, intuidos. La soledad, por eso, nunca podrá existir para un escritor. La ficción le acompañará siempre”. Es una suerte que los lectores podamos también compartir de alguna manera esos territorios.
Álex Chico, Un lugar para nadie. Mérida, De la luna libros, 2013
Cuando la Filosofía corre el riesgo de ser la la gran damnificada de la reforma educativa que prepara el ministro Wert (parece como si la vieja dama, fomentadora de la conciencia crítica, desagradase lo mismo a las autoproclamadas izquierdas y derechas españolas, dado el tratamiento que le asignan), se publican en Extremadura dos ensayos filosóficos. Uno lo suscribe Tirso Baeza, profesor de la cosa en Cáceres, que hizo su tesis doctoral sobre el polifacético José María Valverde, famoso catedrático de Estética, y ahora resume sus principales conclusiones en este libro publicado por la ERE. Del otro, Ella, nos ocupamos aquí.
Lo edita el Ateneo cacereño, cuyas actividades cada curso nos admiran más, en colaboración con la Universidad de Extremadura. En aquella institución funciona un Seminario de Filosofía. Al frente del mismo ha estado durante el lustro último Antonio Salido Fernández, el autor de esta obra. Lleva prólogo de Esteban Cortijo, que resalta el carácter dialógico de la misma, pues mantiene (sólo en parte, que a menudo no elude formalismos academicistas) el tono coloquial de las conversaciones con los contertulios, donde se halla su génesis.
Se intuye que a Salido, como a su admirado Kant, más que enseñar Filosofía, le interesa enseñar a filosofar, si es que lo segundo puede hacerse seriamente sin conocer bien la Historia de dicho saber. (Él demuestra dominarla). En cualquier caso, este libro, si bien hace un estudio de los pensadores relevantes, desde los orígenes hasta hoy, dista mucho de parecerse a obras tipo El mundo de Sofía “No hay aquí didáctica, formación filosófica, moraleja, bondad o maldad, sólo búsqueda: la mía. Sólo una obsesió.. Ella” (pág. 19), advierte pronto el autor
Lo que a él le pre-ocupa es la situación que padecemos, tras la fracasada experiencia de la cultura postmoderna . Por más que Nietzsche y, mucho más próximo, Foucault – los dos grandes inspiradores de estas páginas – ya anunciasen la imposibilidad de establecer una base sólida, lo humano continúa siendo pura ficción. No hay posibilidad de fundamentarlo, pese al pavor que la hondura abisal de lo a-humano produce. Bajo ese prisma ( el de los intentos a la postre inútiles, si no es para los intereses del Poder ) , va recorriendo el ensayista la historia. La razón, la sustancia, Dios (Salido siempre lo escribe con minúscula), la ciencia, el espíritu, la moral, la economía, la revolución social, el arte, el lenguaje.. .que los más señalados pensadores han ido erigiendo como base de sus repectivos sistemas filosóficos, no son más que “caretas” consecutivas , llamadas cada uno a ser vaciadas por la de más reciente invención. Hasta concluir, propone Salido, en que el estado inevitabe de nuestros días es la nihilidad frente a cualquier “subiectum” posible. Ya anunciaba en los preliminares que las suyas iban a ser página de fracaso y, llegados al final de ellas, de renuncia y frustración ( p. 17). Ésa es la radical soledad que recoge el subtítulo: el hombre es un individuo ónticamente solo, aunque, como este Yo-Soledad resulta insufrible, para “tirar p´adelante” (pág. 101) y sobrevivir se vea inducido a sueños consoladores, Como el de creer que aún es posible el humanismo.
Antonio Salido Fernández, Ella. Ensayo filosófico sobre la soledad. Cáceres, Ateneo/UEX, 2012.
Según el propio Landero (Alburquerque, 1948) ha declarado alguna vez, Absolución tiene mucho de “novela de aprendizaje”. ( La “Bildungroman, como dicen los alemanes, muestra, cómo va conformándose la personalidad de su protagonista, desde la infancia hasta la madurez, física, moral, psicológica y socialmente). Sin duda, a través de estas páginas podemos seguir el desarrollo del personaje principal, merced a sus propias evocaciones, a partir de los años juveniles hasta los treinta y dos que ahora tiene. Pero es también novela que tiene mucho de análisis psicológico, reflexiones filosóficas e incluso toques existencialistas
Lino (nombre del que escribiera la única Historia de Alburquerque conocida), licenciado en historia antigua, hijo de un padre orgulloso e imperativo, aunque casi inculto, se nos muestra como tantos otros creados por la pluma del escritor extremeño: origen humilde, galán ya más bien maduro, soltero, pobretón, agnóstico, con escasa decisión, algo iluso , timorato, inestable, reflexivo, aburrido, lánguido, soñador, apasionado por el lenguaje (contingencia,, permanencia, ironía, valor y cobardía, absurdo, destino: son temas sobre los que a menudo filosofa) y, sobre todo, mordido por ese tedio vital que lo hace huir de cualquier situación más o menos consolidada: trabajos, residencia o amores.
La parte primera de la obra, enmarcada en Madrid, con excelentes descripciones del viejo paisaje urbano, nos da conocer su curiosa relación con Don Gregory, un viejo emigrante regresado de Australia, donde a él le habría gustado irse. La segunda, su interlocutor será otro anciano, Levin, mientras en la tercera y última es otro hombre mayor, Gálvez, quien le comprende y ayuda a buscar esa absolución de sí mismo, sin la que nunca será feliz.
Entre tantas huidas y defecciones, conoceremos sus amores frustrados, especialmente el de Clara, con que vive un rápido e intenso romance, cuyos orígenes, desarrollo y desenlace permiten al novelista agudos análisis del tema. Sin duda, todo estará condicionado por la fatal aventura en la que Lino se ve envuelto pocos días antes de su proyectada boda, todo por defender a una joven desconocida y no querer sentirse cobarde.
Pero lo que más llama la atención es el extraordinario dominio del lenguaje que Landero exhibe en una prosa impoluta, donde alternan la narración, el monólogo interior y los diálogos (pocos, salvo la parte 3ª, quizás la menos brillante). La riqueza léxica es abrumadora, tanto como la siempre atinada elección de los materiales lingüísticos. Esta cualidad, mostrada ya desde su obra primera, Juegos de la edad tardía, y proyectada igualmente en las posteriores, es lo que, a nuestro parecer, hacen del extremeño uno de los más cualificados escritores del idioma castellano. Si en Absolución no abundan como en Caballeros de fortuna los elementos mágicos, fantásticos o surrealistas, la finura de sus introspecciones psicológicas, junto con los apuntes, como caídos al desgaire, de alcance sociológico, resultan excelentes.
Es verdad que, en ocasiones, el texto es tan minucioso, insiste tanto sobre detalles aparentemente nimios, v.c., a la hora de describir una comida, un paisaje o un rostro, que el lector puede sentirse abrumado. No debe caer en defección alguna y así comprenderá mejor – tal vez con ideas de Pascal, Nietzsche, Kant o Kafka, pues a menudo van deslizándose – que vida es un sinsentido, un absurdo, donde pueden ocurrir “milagros” laicos.
Luis Landero, Absolución. Barcelona, Tusquets, 2012
Hace dos largos lustros que el poeta extremeño (Cáceres, 1946) no publica ningún libro nuevo .A partir de 2002, sólo ha facilitado varias antologías de sus escritos anteriores (Cuando llegue el olvido, las oscuras brasas, Notas a pie de vida), aunque tenemos el placer de contar con la edición de sus Obras Completas (2006), en volumen prologado por Miguel Ángel Lama. Bóveda y Estribo es también una entrega de carácter antológico, si bien a los versos elegidos libremente por Rafael Guillén se suma un conjunto de diez poemas hasta ahora inéditos, muestra de que el escritor se mantenía silencioso, pero no inactivo.
Según sus propias declaraciones, Rodríguez Búrdalo concibe el quehacer poético “como razón de vida y como intento de explicar lo inexplicable del ser transitivo que somos, criatura para pasar que busca en la belleza redención de ese destino inexorable”. De ahí el carácter autobiográfico que ineludiblemente impregna su escritura lírica, bien que vocaciones existenciales distan mucho de ser un aséptica memoria de lo vivido. Impregnado de melancolía, herido por el discurrir impenitente de las horas (omnes feriunt; ultima necat) el poeta busca siquiera este refugio en los momentos, personas, circunstancias que de algún modo marcaron su vida, tal vez ya durante la infancia o la adolescencia. Licenciado en derecho y profesor de la materia, general de división de la Guardia Civil y lector empedernido de los más grandes (la obra se introduce con entradillas de Luis Cernuda, W.B. Yeats y José Ángel Valente), resulta fácil imaginar el enorme cúmulo de vivencias que nutren la pluma de un hombre por otra parte tan próximo a los amigos, como sensible al dolor ajeno, el paisaje y las llamadas de un territorio nunca olvidado.
De los poemas que el antólogo elige cabe recordar tres pertenecientes al libro Al sur de las estrellas ( Madrid, Beturia, 1991), homenaje al Cáceres natal; “El alba”, cálida evocación de un encuentro erótico, ” Las tórtolas”, magnífica recreación de los veranos tórridos de la adolescencia , y “El tuétano del tiempo”, que rezuma mística terrenal y panenteísmo cósmico. De los más recientes distinguiría “Si vis pacem”, con sus insistencia sobre la fugacidad de cuanto nos habita.
Rafael Guillén se duele en los preliminares de haberse visto obligado, por razones lógicas, a dejar fuera de la pequeña antología (100 páginas) tantos otros con los que también se sentía plenamente identificado. Sírvale de consuelo que atinó en sus opciones para hacernos llegar nítida la voz lúcida, amorosa, serena, nostálgica y desnuda de Rodríguez Búrdalo.
Rodríguez Búrdalo, Juan Carlos, Bóveda y estribo. Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 2012
CABALLERO MURCIÉLAGO
Salas Barbadillo (Madrid, 1581-1635) figura con todo derecho en el canon de nuestra prosa áurea, aunque sea mucho más leídos por los especialistas que por el gran público. Ediciones como la realizada por Enrique García Santo-Tomás, realmente magnífica, tras la investigación llevada a cabo en la Harlan Hatcher Graduaty Library de la Universidad de Michigan (más la Biblioteca Nacional de Madrid), contribuyen sin duda a que los lectores contemporáneos se interesen por aquel escritor. Fue la suya una vida ligada estrechamente a la capital del Reino, donde bullía el tráfago de un Imperio inmenso, que él retratará admirablemente, con sus luces y sombras, sobre todo bajo el tercer Felipe. Convecino fue de la pléyade que constituye la más gloriosa generación de escritores españoles, no pocos de los cuales le honraron con su amistad e incluso pluma: Lope de Vega, Cervantes, Calderón, Góngora, Tirso de Molina o Quevedo. Sobre todo este último es con quien mayor similitud guarda, hasta el punto de que alguna obra de Barbadillo será atribuida erróneamente al genial cojo. Las densas cien páginas del estudio preliminar, tan documentado, así como el casi medio millar de notas que adjunta el editor, reconocido especialista, contribuyen de forma sustancial a la más provechosa lectura de Don Diego de noche.
Obra miscelánea, poliédrica, con indudables apuntes autobiográficos, es básicamente una narración, donde también se recogen otros materiales literarios que tal vez Salas había ido escribiendo hasta encontrar la forma de reunirlos y darlos a luz (Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1623), dedicándoselos a Doña Policena Spínola, dama de la Reina. Cuatro son sus contenidos principales: los relatos de aventuras, con episodios costumbristas y picarescos, sin duda lo más valioso del libro; un conjunto de composiciones poéticas, de temática plural y metro variado, inferiores en calidad a la prosa; la larga historia, de carácter alegórico, situada en el Monte Parnaso (más bien aburrida) y un epistolario en cuyas piezas halla mejor acomodo la vena satírica del autor, que, si de ideología moderada e incluso conservadora (se precia de castellano viejo), no deja de lanzar puyas contra los males sociales de la época.
Ya Aureliano Fernández Guerra (Granada, 1816- Madrid, 1891) describió genialmente al protagonista en Anotaciones a Quevedo: “Es Don Diego de noche figura imaginada para significar cualquier paseante embozado de los que viven de la gorra, susto perpetuo de los transeúntes, coco de los padres y maridos y acíbar nocturno de los saraos y bailes de candil”. La verdad es que este “caballero murciélago”, según los describe su creador, ocioso y melancólico, tan preocupado por el lenguaje como para emprender aventuras con el fin de saber cómo hablan determinados grupos más o menos marginales del entorno madrileño, tiene también su punto de Quijote urbano, si bien le falta la correspondiente Dulcinea. Resulta un manjar intenso (Salas Barbadillo apreciaba las fórmulas gastronómica en su barroco discurso) acompañar a su personaje por las oscuras, a veces temibles calles de un Madrid repleto de hampones, cortesanos, aspirantes, cómicos, damas insatisfechas, artistas, maridos cornudos, clérigos vagos, poetas miles y gente de orden, todos con relaciones variadas e intereses a menudo comunes o contrapuestos, que tan bien conocía el autor. La suya es ya una novela espejo de la vida cotidiana y hasta hay quien ha visto en sus páginas otros adelantos estéticos de alcance prerromántico.
Leída en Extremadura, cabe señalar ciertas notas. El novelista, que más tarde incluirá en La estafeta del Dios Momo (1627), frente a este interlocutor satírico, otro más serio y concienzudo, de nombre Montano (si ya difunto, el escriturista frexnense seguía siendo muy apreciado) , dedicó al obispo de Plasencia y gran Inquisidor Diego de Arce y Reinoso (Zalamea de la Serena, 1587) el primero de sus Platos de las Musas (1635 – sin olvidar en estas fábulas poéticas al poderoso zafrense Leonardo Ramírez de Prado – y tuvo por sus correrías nocturnas en el “Madrid la nuit” a un tal Fernández Méndez de Olivenza . No consta que tuviese relación con Pedro de Valencia, que pasó en la capital los tres últimos lustros de su vida y era amigo de otros bien próximos a los de Salas. Lo que sí hace éste en la novela es utilizar generosamente, como tantos en el Siglo de Oro, los materiales lingüísticos dispuestos por Gonzalo Correas (Jaraíz, 1571).
Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Don Diego de noche. Madrid, Cátedra, 2013.
CABALLERO MURCIÉLAGO
Salas Barbadillo (Madrid, 1581-1635) figura con todo derecho en el canon de nuestra prosa áurea, aunque sea mucho más leídos por los especialistas que por el gran público. Ediciones como la realizada por Enrique García Santo-Tomás, realmente magnífica, tras la investigación llevada a cabo en la Harlan Hatcher Graduaty Library de la Universidad de Michigan (más la Biblioteca Nacional de Madrid), contribuyen sin duda a que los lectores contemporáneos se interesen por aquel escritor. Fue la suya una vida ligada estrechamente a la capital del Reino, donde bullía el tráfago de un Imperio inmenso, que él retratará admirablemente, con sus luces y sombras, sobre todo bajo el tercer Felipe. Convecino fue de la pléyade que constituye la más gloriosa generación de escritores españoles, no pocos de los cuales le honraron con su amistad e incluso pluma: Lope de Vega, Cervantes, Calderón, Góngora, Tirso de Molina o Quevedo. Sobre todo este último es con quien mayor similitud guarda, hasta el punto de que alguna obra de Barbadillo será atribuida erróneamente al genial cojo. Las densas cien páginas del estudio preliminar, tan documentado, así como el casi medio millar de notas que adjunta el editor, reconocido especialista, contribuyen de forma sustancial a la más provechosa lectura de Don Diego de noche.
Obra miscelánea, poliédrica, con indudables apuntes autobiográficos, es básicamente una narración, donde también se recogen otros materiales literarios que tal vez Salas había ido escribiendo hasta encontrar la forma de reunirlos y darlos a luz (Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1623), dedicándoselos a Doña Policena Spínola, dama de la Reina. Cuatro son sus contenidos principales: los relatos de aventuras, con episodios costumbristas y picarescos, sin duda lo más valioso del libro; un conjunto de composiciones poéticas, de temática plural y metro variado, inferiores en calidad a la prosa; la larga historia, de carácter alegórico, situada en el Monte Parnaso (más bien aburrida) y un epistolario en cuyas piezas halla mejor acomodo la vena satírica del autor, que, si de ideología moderada e incluso conservadora (se precia de castellano viejo), no deja de lanzar puyas contra los males sociales de la época.
Ya Aureliano Fernández Guerra (Granada, 1816- Madrid, 1891) describió genialmente al protagonista en Anotaciones a Quevedo: “Es Don Diego de noche figura imaginada para significar cualquier paseante embozado de los que viven de la gorra, susto perpetuo de los transeúntes, coco de los padres y maridos y acíbar nocturno de los saraos y bailes de candil”. La verdad es que este “caballero murciélago”, según los describe su creador, ocioso y melancólico, tan preocupado por el lenguaje como para emprender aventuras con el fin de saber cómo hablan determinados grupos más o menos marginales del entorno madrileño, tiene también su punto de Quijote urbano, si bien le falta la correspondiente Dulcinea. Resulta un manjar intenso (Salas Barbadillo apreciaba las fórmulas gastronómica en su barroco discurso) acompañar a su personaje por las oscuras, a veces temibles calles de un Madrid repleto de hampones, cortesanos, aspirantes, cómicos, damas insatisfechas, artistas, maridos cornudos, clérigos vagos, poetas miles y gente de orden, todos con relaciones variadas e intereses a menudo comunes o contrapuestos, que tan bien conocía el autor. La suya es ya una novela espejo de la vida cotidiana y hasta hay quien ha visto en sus páginas otros adelantos estéticos de alcance prerromántico.
Leída en Extremadura, cabe señalar ciertas notas. El novelista, que más tarde incluirá en La estafeta del Dios Momo (1627), frente a este interlocutor satírico, otro más serio y concienzudo, de nombre Montano (si ya difunto, el escriturista frexnense seguía siendo muy apreciado) , dedicó al obispo de Plasencia y gran Inquisidor Diego de Arce y Reinoso (Zalamea de la Serena, 1587) el primero de sus Platos de las Musas (1635 – sin olvidar en estas fábulas poéticas al poderoso zafrense Leonardo Ramírez de Prado – y tuvo por sus correrías nocturnas en el “Madrid la nuit” a un tal Fernández Méndez de Olivenza . No consta que tuviese relación con Pedro de Valencia, que pasó en la capital los tres últimos lustros de su vida y era amigo de otros bien próximos a los de Salas. Lo que sí hace éste en la novela es utilizar generosamente, como tantos en el Siglo de Oro, los materiales lingüísticos dispuestos por Gonzalo Correas (Jaraíz, 1571).
Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Don Diego de noche. Madrid, Cátedra, 2013.
Salas Barbadillo (Madrid, 1581-1635) figura con todo derecho en el canon de nuestra prosa áurea, aunque sea mucho más leídos por los especialistas que por el gran público. Ediciones como la realizada por Enrique García Santo-Tomás, realmente magnífica, tras la investigación llevada a cabo en la Harlan Hatcher Graduaty Library de la Universidad de Michigan (más la Biblioteca Nacional de Madrid), contribuyen sin duda a que los lectores contemporáneos se interesen por aquel escritor. Fue la suya una vida ligada estrechamente a la capital del Reino, donde bullía el tráfago de un Imperio inmenso, que él retratará admirablemente, con sus luces y sombras, sobre todo bajo el tercer Felipe. Convecino fue de la pléyade que constituye la más gloriosa generación de escritores españoles, no pocos de los cuales le honraron con su amistad e incluso pluma: Lope de Vega, Cervantes, Calderón, Góngora, Tirso de Molina o Quevedo. Sobre todo este último es con quien mayor similitud guarda, hasta el punto de que alguna obra de Barbadillo será atribuida erróneamente al genial cojo. Las densas cien páginas del estudio preliminar, tan documentado, así como el casi medio millar de notas que adjunta el editor, reconocido especialista, contribuyen de forma sustancial a la más provechosa lectura de Don Diego de noche.
Obra miscelánea, poliédrica, con indudables apuntes autobiográficos, es básicamente una narración, donde también se recogen otros materiales literarios que tal vez Salas había ido escribiendo hasta encontrar la forma de reunirlos y darlos a luz (Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1623), dedicándoselos a Doña Policena Spínola, dama de la Reina. Cuatro son sus contenidos principales: los relatos de aventuras, con episodios costumbristas y picarescos, sin duda lo más valioso del libro; un conjunto de composiciones poéticas, de temática plural y metro variado, inferiores en calidad a la prosa; la larga historia, de carácter alegórico, situada en el Monte Parnaso (más bien aburrida) y un epistolario en cuyas piezas halla mejor acomodo la vena satírica del autor, que, si de ideología moderada e incluso conservadora (se precia de castellano viejo), no deja de lanzar puyas contra los males sociales de la época.
Ya Aureliano Fernández Guerra (Granada, 1816- Madrid, 1891) describió genialmente al protagonista en Anotaciones a Quevedo: “Es Don Diego de noche figura imaginada para significar cualquier paseante embozado de los que viven de la gorra, susto perpetuo de los transeúntes, coco de los padres y maridos y acíbar nocturno de los saraos y bailes de candil”. La verdad es que este “caballero murciélago”, según los describe su creador, ocioso y melancólico, tan preocupado por el lenguaje como para emprender aventuras con el fin de saber cómo hablan determinados grupos más o menos marginales del entorno madrileño, tiene también su punto de Quijote urbano, si bien le falta la correspondiente Dulcinea. Resulta un manjar intenso (Salas Barbadillo apreciaba las fórmulas gastronómica en su barroco discurso) acompañar a su personaje por las oscuras, a veces temibles calles de un Madrid repleto de hampones, cortesanos, aspirantes, cómicos, damas insatisfechas, artistas, maridos cornudos, clérigos vagos, poetas miles y gente de orden, todos con relaciones variadas e intereses a menudo comunes o contrapuestos, que tan bien conocía el autor. La suya es ya una novela espejo de la vida cotidiana y hasta hay quien ha visto en sus páginas otros adelantos estéticos de alcance prerromántico.
Leída en Extremadura, cabe señalar ciertas notas. El novelista, que más tarde incluirá en La estafeta del Dios Momo (1627), frente a este interlocutor satírico, otro más serio y concienzudo, de nombre Montano (si ya difunto, el escriturista frexnense seguía siendo muy apreciado) , dedicó al obispo de Plasencia y gran Inquisidor Diego de Arce y Reinoso (Zalamea de la Serena, 1587) el primero de sus Platos de las Musas (1635 – sin olvidar en estas fábulas poéticas al poderoso zafrense Leonardo Ramírez de Prado – y tuvo por sus correrías nocturnas en el “Madrid la nuit” a un tal Fernández Méndez de Olivenza . No consta que tuviese relación con Pedro de Valencia, que pasó en la capital los tres últimos lustros de su vida y era amigo de otros bien próximos a los de Salas. Lo que sí hace éste en la novela es utilizar generosamente, como tantos en el Siglo de Oro, los materiales lingüísticos dispuestos por Gonzalo Correas (Jaraíz, 1571).
La reedición de Cátedra sigue la princeps, con la ortografía modernizada.
Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Don Diego de noche. Madrid, Cátedra, 2013.
Aún recuerdo con emoción la visita que hicimos un grupo de participantes en los Encuentros/Encontros de Ajuda (1985). Al frente, administrando los asombros, el maestro de historiadores D. Ramón Carande, ya por entonces nonagenario, pero aún con asombradas facultades mentales y físicas. Ante aquellos muñones de argamasa mordidos por la pólvora, el imprevisible Guadiana lamiendo las sólidas bases del puente bajo los arcos rotos, era fácil percibir el aura de una historia grandiosa y trágica a la vez. Hemos repetido las visitas, en diferentes épocas del año, a tan fantástica como sobrecogedora arquitectura derruida por imperativos estratégicos, sin poder evitar las más hondas emociones.
Bien lo entenderán quienes lo hagan tras haber saboreados la formidable obra que Luis Alfonso Limpo acaba de publicar sobre Ajuda, cálido homenaje a José Antonio Fernández Ordóñez, el gran paladín de su posible restauración, aunque no siempre comparta el autor las tesis todas de aquel ingeniero y humanista, catedrático en la madrileña Escuela de Caminos., buen amigo de Ramón Rocha, casi perpetuo alcalde de Olivenza y contumaz alentador de aproximaciones entre los dos países rayanos. Nadie como Limpo para componer un texto tan contundente, en cuya elaboración ha invertido lustros. Natural de Olivenza (1958), donde reside tras sus estudios universitarios en Barcelona, Luis Alfonso lleva toda su vida dedicado a conocer mejor y entablar diálogos fecundos entre la cultura española y portuguesa, sin ocultar discrepancias con las tesis “nacionalistas” ocasionalmente dominantes a uno y otro lado de la frontera. Podríamos recordar aquí su compromiso con los antes mencionados Encontros de Ajuda, el Centro de Estudios Agostinho da Silva, la revista Encuentros/Encontros, el Fondo Bibliográfico Portugués o el Fondo de Estudios Ibéricos.
Este volumen, con 362 páginas de gran formato y generosas ilustraciones, magníficamente impreso por Indugrafic, constituye un exhaustivo estudio del malogrado Puente de Olivença, nombre sustituido después por el de la ermita aledaña, dedicada a la Virgen de Ajuda. Limpo desmenuza la historia de la gigantesca construcción manuelina; establece sus características técnicas y lo compara con los homólogos de España y Europa, en un extraordinario ejercicio de contextualización socioeconómica, política y artística. Entre las muchas ideas desarrolladas en tan sugerente ensayo (por tal lo juzga el propio autor), destaca sobre todas la que el propio subtítulo recoge: Ajuda debe ser considerado como el último puente-fortaleza del Antiguo Continente. Así fue concebido y a tal fin se subordinaron sus características originales (¡y el trágico final!). Lo que el rey D. Manuel se propuso, al ordenar construirlo a expensas de todo el país luso, no fue sino reforzar el enclave portugués de Olivenza, auténtica punta de lanza frente a los territorios de Castilla (en especial, Extremadura). El destino del poderoso constructo era fundamentalmente bélico, aunque facilitase también operaciones de tránsito y comercio entre ambas orillas. De ahí sus rasgos arcaizantes, si bien cuenta con otros renacentistas. (Idéntico fin, sólo que al revés, inspiraría a su antagonista, el de Palmas en Badajoz): facilitar el paso de las tropas hacia las tierras enemigas. Cuando las españolas comandadas por el Marqués de Bay, durante la Guerra de Sucesión, lo vuelen (1709), Olivenza quedará sin mayor interés estratégico y , cual naranja madura, caerá fácilmente en poder de Godoy, reintegrándose a sus orígenes castellanos.
Prologada con brillantez por Antonio Sáenz de Miera, director de la Fundación San Benito de Alcántara, la obra de Luis Alfonso Limpo nos parece un estudio modélico que cumple con creces las exigencias metodológicas de la historia local con las demandas de una investigación globalizadora. Sin olvidar las calidades literarias que el autor, también poeta, sabe poner en su escritura.
Luis Alfonso Limpo, Ajuda. Último puente-fortaleza de Europa. Badajoz, Diputación y otras, 2012.
Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) trabajó en oficios varios, entre ellos de carpintero, antes de doctorarse en Pedagogía y terminar jubilándose como profesor de Instituto. Personalidad relevante entre los que más han luchado por la renovación de la enseñanza española, encarecimos en su día la lectura de su ensayo Un extraño en mi escuela. Reflexiones sobre la crisis de la enseñanza en la sociedad de la información (2002), donde desarrolla las propias convicciones al hilo del magisterio de Antonio Rodríguez de las Heras, los dos tan vinculados a la asociación “Escuela de Verano de Extremadura”.
Como poeta, se dio a conocer con La soledad y el silencio (1972), poco después de terminar Magisterio (Premio Nacional Fin de Carrera, 1969), tan amigo entonces de otra prometedora voz, Joaquín Calvo. Mucho después rompió un inexplicable silencio mediante la publicación del Libro de la memoria y el olvido (1992) y El lugar que cura (X Premio García de la Huerta, 2008). Entretanto, vio también luz Valdargar (VI Premio La Serena, 2007), novela con explícitos referentes autobiográficos, sobre todo los de infancia y adolescencia.
Los hay en este nuevo libro, que cabe entender como un único y extenso poema alegórico, aunque es lógico que el discurso lírico resulte mucho menos obvio que el narrativo. Más aún si estamos ante un autor de confesada devoción por los mundos de la mística (órfica, gnóstica, cristiana, sufí, hindú, teosófica), empeñado en dar a la a caza alcance (lee con asiduidad a S. Juan de la Cruz), sin desconocer los imperativos lingüísticos de lo inefable. Sólo una aproximación metafórica permite este tratamiento y, para construir la ingente cantidad de tropos que nutren sus versos, Estrella recurre a la cultura agropastoril, que bien conoce. Sus versos abundan en imágenes soportadas sobre árboles, animales y plantas de nuestros campos. Aneas, aliagas, glicinias, musgos, rastrojos y trigos compiten una y otra vez con sus colegas de similares campos semánticos. Identificándose con ellos, el escritor percibe en la naturaleza ecos similares a los por él sufridos tras la persecución de Icaza, ese pájaro símbolo del amor y también del propio “karma” personal, que el poeta busca desde su juventud y al que ha procurado ser siempre fiel.
Otro rasgo de esta escritura es la constante apelación al hipérbaton, recurso sintáctico tan idóneo para construir versos que nos dicen el desasosiego, la permanente inquietud generados por la búsqueda de una Realidad (el Pájaro) inasible incluso cuando se lo intuye tan próximo como el cuerpo de la mujer amada.
Por último, señalaré que el autor no rehúye los préstamos, si bien los reconoce debidamente. Ahí están las citas intertextuales Juan Ramón Jiménez, Farid Uddin Attar, los Evangelios de Jesús, los Upanisahd, San Juan de la Cruz, Simone Weil o su entrañable José Antonio Zambrano.
El Pájaro de Izana (nombre vasco de mujer, de fuente y que también se refiere al Ser) nos convoca a la libertad, el eros, la utopía, la fidelidad a las voces interiores. Cuando presta sus plumas a alguien como Benito Estrella, resulta imposible permanecer indiferente.
Benito Estrella Pavo, Izana, El Pájaro. Mérida, ERE, 2012.



