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AMOR Y NOSTALGIA
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Manuel Pecellín | 03-06-2014 | 20:55| 0

Pintora y poeta, con un padre también conocido por sus creaciones literarias, la montijana Piedad González-Castella participó desde muy joven en las tertulias pacenses donde Manuel Monterrey, Manuel Pacheco y Jesús Delgado Valhondo abrían sendas a los nuevos creadores. Estudió Arte Dramático en Madrid, estableciendo amistad con personas relavantes de la farándula, como Miguel Narros, William Layton o Mercedes. Vuelta a Badajoz, estudia Teología, colabora estrechamente con el Teléfono de la Esperanza y no deja de escribir, aunque publique poco de lo que compone. Suyas son El silencio y la palabra (2003), con la que quedó finalista del Premio de Poesía Mística Fernando Rielos, y Ana González Zoydo, que le editó (2007) el Ayuntamiento de Montijo
Con Cuarenta días de junio, subtitulada “Experimento poético virtual”, demuestra que es una voz profunda y sugerente, capaz de sorprender a los lectores por la extraordinaria plasticidad de sus imágenes . Aunque en el preliminar la autora indique que el texto le nació al impulso de las nuevas tecnologías, capaces de irrumpir vorazmente sobre nuestra vida cotidiana, alterando hábitos y arraigadas costumbres, el discurso poético se conduce por mucho más tradicionales que el de los experimentalismos anunciados. Las alusiones a pantallas, ordenadores, redes o chateo apenas son sino excusas para aludir a las nostalgias de la ausencia.
La obra se divide en tres “libros”. El primero, “Versos (punto)com. Chat. Poesía de am@ virtual” , apenas toma del lenguaje informático más que esta denominación. Bastantes de sus poemas fueron ya recogidos en la antología “Poesía amorosa”. Editada (2005) por el Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca. Son composiciones de amplio aliento, con versos blancos y libres (salvo algún recurso ocasional a las asonancias), a través de los cuales la autora se dirige a su amor perdido, evocando con absoluta libertad los encuentros eróticos entre ambos. Abundan las atrevidas metáforas para describir los momentos más álgidos , hasta alcanzar el éxtasis, “la petite mort” que dicen los franceses.
El libro segundo, “Septiembre imposible. SMS. Mensaje a móvil”, también escrito sin recurrir a la jerga telemática, intensifica si cabe la sensualidad, el clamor de los cuerpos que se reclaman, aunque los poemas sean ahora mucho más breves y depurados.
En el tercer libro, “Versos de la sinrazón”, que abre con una larga cita de Pessoa, se pierde un punto de equilibrio y la calidad decae, sobre todo con las paráfrasis líricas de Quevedo, Nicanor Parra o incluso Rocío Jurado (“Se me perdió el amor..”). Menos convincentes aún son esos poemas de rima burlona, tipo “Oda perversa a mi teléfono móvil” (pág. 85), tan lejanos de otros como el que le antecede, iniciado de forma admirable: “En el blando vientre de una lágrima/engendraré a mis hijos”.
Un poemario, en resumen, digno de atención, que debe alentar a González-Castell para seguir en la brecha.

González-Castell Zoydo, Piedad, Cuarenta días de junio. Madrid, Huerga&Fierro, 2014

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PIZARRA VERSUS ORDENADOR
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Manuel Pecellín | 31-05-2014 | 05:32| 0

Un ensayo sobre las tareas pedagógicas será siempre bienvenido, más aún si lo escribe alguien que dedicó toda su vida a la labor de la enseñanza. Si, además, lo adornan también la pasión por el lenguaje, típico de los poetas, miel sobre hojuelas.
Tal es el caso de Benito Estrella (n. Higuera de la Serena, 1946) quien aún continúa activo como profesor del Programa de Mayores de la UEX.
Maestro, doctor en Pedagogía, fue cofundador y presidente de la innovadora Escuela de Verano de Extremadura ; Jefe de la Unidad de Programas Educativos de Badajoz y ha ejercido la docencia en diferentes escuelas e institutos de la Región. Suyos son los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura e Izama, el Pájaro; la novela de carácter autobiográfico Valdargar y el ensayo Un extraño en mi escuela. Reflexiones sobre la crisis de la enseñanza en la sociedad de la información.
Vuelve a plantearse ahora el papel que pueden desempeñar las nuevas tecnologías en el aula, mostrándose muy desconfiado sobre el uso acrítico y hasta bobalicón de las mismas, por desgracia tan frecuente. Creer en que ordenadores, tabletas, pizarras y libros electrónicos van a conseguir sin más la mejora del rendimiento académico es una ingenuidad (muchas veces interesadamente aireada por los políticos de turno). El autor no se opone por principio a la utilización de las mismas para facilitar el trabajo de los alumnos. Juzga sencillamente (y podría haberse apoyado en las pésimas calificaciones del Informe Pisa y otros similares por lo que a España, más concretamente a Extremadura, atañe) que se necesitan otras cosas más fundamentales si se quiere elevar la formación del alumnado. Por ejemplo, un buen profesorado , así como el cultivo de la escala de valores, frente al vacío axiológico hoy dominante en nuestra sociedad. Carlos Díaz y Antonio Rodríguez de las Heras, con quienes le une antigua amistad, proporcionan al autor las claves interpretativas, que él gusta presentar recurriendo a paradigmas literarios clásicos de distintas culturas, desde la grecolatina y judeocristiana a las asiáticas. El primero de dichos catedráticos es hombre fundamental en la Fundación Emmmanuel Mounier, donde el libro se publica y cuyo objeto es difundir las tesis del “Personalismo comunitario” planteadas por el filósofo francés que le da nombre y al menos en parte aquí evocadas. “Desde mi punto de vista, concluye Estrella, las TIC (Tecnologías Información y Comunicación), hasta el momento, han aportado bien poco a la educación. Yo diría que, en general, más bien han supuesto un estorbo y un factor de distorsión y escapismo, añadiendo más problemas a los que ya tiene por sí misma la tarea educativa de hoy” (pág. 71). Frente a tanto artilugio (caros y pronto obsolescentes), cabe añorar las antiguas pizarras (de piedra pulimentada, como en el neolítico), en torno a las cuales era tal vez más fácil el diálogo socrático, el fomento de la creatividad, la interacción profesor-alumnos, la economía de medios y otras virtudes imprescindibles”.

Benito Estrella Pavo, Loa a la vieja pizarra. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2014

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POESÍA ESENCIAL
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Manuel Pecellín | 26-05-2014 | 17:55| 0

Será siempre de agradecer una antología bien seleccionada, con iluminador estudio preliminar, que facilite seguir la escritura de un gran poeta, desde sus orígenes hasta los libros últimos. Tal es el caso de la preparada por Tomás Sánchez Santiago, tan profundo conocedor de José Ángel Valente (Orense, 1929-Ginebra, 2000). Desde luego, según reconoce con las oportunas citas de la introducción, mucho le han servido las investigaciones realizadas por otros interesados en las obras del autor, sobre todo los apuntes de Andrés Sánchez Robayna, Fernando García Lara, Miguel Casado, Claudio Rodríguez Fer y José Manuel Diego, en cuya memoria se hace la edición.
A estas alturas, parece indiscutible que el creador orensano ha sido hombre clave de las letras españolas durante la segunda mitad del s. XX. Atento siempre a cuanto ocurría a su alrededor (vivió en Orense, Madrid, Oxford, Ginebra, París y Almería), incluso a los problemas generales de sus coetáneos (japoneses de Hiroshima, indios de Brasil, pueblo de Israel, etc.), se mantuvo indefectiblemente libre de cualquier atadura que pudiera constreñirle el discurso… o el silencio. Cabe recordar que su cuento El uniforme del general lo condujo a un consejo de guerra acusado de ofender al ejército franquista (1972).
Cada vez más esencial, depurada y provocadora, la voz de Valente nos sigue conmoviendo. Interesado por la mística, sea la cábala, el sufismo, el taoísmo, el budismo zen y, cómo no, el cristianismo (especial atención a San Juan de la Cruz y Miguel de Molino), corrientes en las que apreciaba el interés por los problemas de la inefabilidad, los orígenes del ser, el misterio, los “armonicae mundi”, el vacío, la nada y la muerte, se opuso a ser encuadrado en grupo generacional o escuela alguna. Prefería el “desierto” a las camarillas, pesebres o estrados ostentosos. Tal vez por eso es más de todos que cualquier otro coetáneo suyo. Nunca ocultó, sin embargo, deudas con los más grandes de la tradición literaria, críticamente asumida, y muy singularmente con María Zambrano.
Así se percibe en los poemas antologados en este volumen. ¿Cómo no conmoverse leyendo el homenaje a los maquis enterrados en el cementerio de Morette-Glières (con explícita mención a Félix Belloso Colmenar, de Hervás); el recreado “Dies irae”; la ridiculización de los “Procesos de Moscú” ; la prosa lírica de “Tres lecciones de tinieblas”, genial paráfrasis del alefato hebreo; las geniales interpretaciones del Sur andalusí o el haikú con el que se cierra el libro: “Cima del canto./El ruiseñor y tú/ya soy lo mismo”?
“Borrarse.
Solo en la ausencia de todo signo
se posa el dios”,
proponía el autor como norma máxima. Pero quedará indefectible en la memoria de cuantos lo lean.

José Ángel Valente, Antología poética. Madrid, Alianza editorial, 2014.

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FANTASÍA ALEGÓRICA
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Manuel Pecellín | 24-05-2014 | 08:08| 0

Manuel Pecellín Lancharro

Novela corta, que narra como si de un hecho confirmado por testigos solventes se tratase, la maravillosa metamorfosis acaecida a una dulce esposa inglesa, constituye un relato pleno de fantasía y significaciones. Según se ha dicho de otros libros de su fecundo autor, no se trata de un texto fabuloso, pues oculta numerosas cargas de profundidad bajo capa ingenua. Al socaire de los cambios que dos esposos experimentan – físicas las de ellas; morales en ambos- La dama que se transformó en zorro constituye una turbadora alegoría de la condición humana. Por lo demás, las propias vicisitudes existenciales del escritor no dejan de resonar en estas ingeniosas páginas.
Natural de Brighton (1892), Garnett, que moriría nonagenario (Montcup, Francia, 1981), tuvo una vida bien accidentada. Hijo de padres cultos, se une sentimentalmente al pintor Duncan Grant, pacifista como él. Juntos trabajaron en una granja durante la I Guerra Mundial e ingresarían en el famoso “Grupo de Bloomsbury”, cuyos distinguidos miembros (Virginia Woolf, G. Brenan, B. Russell, J.M. Keynes, Duncan Grant, Vanessa Bell et alii) no ocultaban el desprecio por la moral victoriana, la religión tradicional y la estética realista. Abre después una librería en el Soho. Adquiere pronta notoriedad merced a la obra que presentamos. La había ilustrado Rachel Alice Marshall, con quien se casa y tuvo dos hijos. Bisexual confeso, obtuvo numerosos galardones literarios y no deja de sorprender a los amigos, desposando nuevamente, ya cincuentón, a una veinteañera que él conocía desde que nació. La ruptura del matrimonio – tuvieron cuatro hijas- lo conduce a pasar su últimos años en Francia, sin dejar de escribir.
Por factores inexplicables, como tantos hechos maravillosos que ocurren a menudo, la señora Tebrick, hermosa mujer, exquisitamente educada, se convirtió en zorra (no se olviden las connotaciones del término) poco después de casarse. Cierto es que de soltera se apellidaba “Fox” y que, siendo niña, según costumbre en la campiña inglesa del XIX, la habían sometido a la ceremonia del “blooding” (ritual de iniciación en el que se unta el rostro del novel con la sangre del zorro cazado, ilustra la traductora, Laura Salas Rodríguez). Pero nunca podrá entender el paciente, enamoradísimo esposo cambio tan tremendo. Como no oculta las ilusiones de que la cosa vuelva atrás. Aunque la dama va desnaturalizándose rápidamente y se torna más zorruna cada día -, el señor Tebrick, un terrateniente conservador, rehace vida y hacienda para no perder de modo definitivo al animal que un día desposara. Si su abnegada conducta comienza recibiendo algunas compensaciones, el otrora dulce animal va asilvestrándose irremisiblemente; desencadena pronto los ímpetus crueles, olores fétidos, modales egoístas y falaces, los comportamientos antihumanos a los que su nuevo ser lo inducen. Su auténtico yo irá imponiéndose a los normas antaño adquiridas.
Pese a todo, aún roído por la angustia e incluso los celos, el marido, sin importarle cuanto puedan decir los allegados, capaz incluso de admitir como propios a los cachorros que un día le presenta la zorra, estará dispuesto a recibirla siempre en casa, de donde huye una y otra vez al bosque en busca de libertad, hasta el trágico desenlace, no exento de romanticismo. Porque, aun sepultada en aquel cuerpo de bestia, cuyo carácter él se esforzaba por entender y respetar, sigue amándola hasta el fin.
Según recuerda John Burnside en el postfacio adjunto, las historias de transformaciones humanas en animales (imposible olvidar la Metamorfosis de Kafka, pese a que las angustias del checo ante el absurdo no tengan lugar aquí), son un intento de conferir sentido al mundo, un universo en contante transformación. Por demás, como aclara el escritor mencionado, la novela de Garnet sirve para demostrar que “el amor realmente lo conquista todo, desde la diferencia entre las especies (se manifieste como se manifieste) hasta las destructivas costumbres de una sociedad educada y represiva en la que los burgueses se transforman en animales por no tener lo bastante de bestias”.

David Garnett, La dama que se transformó en zorro. Cáceres, Periférica, 2014

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POÉTICA DE RESISTENCIA
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Manuel Pecellín | 17-05-2014 | 06:54| 0

Vuelve J.A. Zambrano (Fuente del Maestre, 1946) a Calambur, donde ya publicase algunos de sus poemarios: Después de la noche (2000), Treinta minutos de libertad (2006) y Apócrifos de marzo (2009), libro con el que obtuvo el Premio Extremadura a la Creación 2010. Cada obra de este escritor es un paso adelante hacia mayores índices de hondura, desnudez lingüística, sinceridad y perfección literaria, virtudes bien perceptibles en Lo que dejó la lluvia, que lleva un fino estudio preliminar de Ramón Pérez Parejo.
Lo primero que llama la atención es la meditada estructura del poemario, donde nada se deja al azar o capricho de la inspiración. Se compone de tres partes bien definidas, cada una de las cuales está formada por diez poemas de similar extensión, para concluir con un mensaje final y la oportuna nota explicativa. Refuerzan el carácter unitario del texto la singularidad temática y la figura de un personaje femenino, supuesta interlocutora del poeta (que ya recurriese a esta figura simbólica en el cuaderno Coplas de la bella Edinda, editado por los inolvidables Cuadernos Kylix de Juan Mª. Robles. Badajoz, 1987).
Abre la parte primera oportuna cita de Julio Cortázar, uno de los creadores a quien más admira Zambrano, que también irá haciendo guiños más o menos visibles a otros de sus predilectos: Rilke, Cernuda, Huidobro, Vallejo, Bioy Casares, Valente o Ángel Campos. Desde los poemas iniciales, se desencadena esta inquisición en torno al propio sujeto lírico, que se interroga implacable sobre la persona que ha llegado a ser, sin renunciar a cuantas también ha sido a lo largo de su ya madura existencia. Importa, sin embargo, ante todo, mantener el pulso, sobrevivir a la mordida inexorable de las horas e intentar sostener “lo que dejó la lluvia”. La palabra poética justa, siempre perseguida con obstinación, continúa siendo el supremo compromiso, aunque dicha tarea no impide mantenerse atento a cuanto ocurre en nuestro alrededor.
En efecto, lo que más preocupa al escritor extremeño es lo real, según las palabras de Philippe Jaccottet, el poeta y traductor afincado en Francia, con las que se abre la parte segunda. Todo “para contar al mundo/lo que envejece como un fruto indefenso”. Zambrano no alardea de nada, pero insiste en que su lenguaje estará siempre próximo al dolor, el desamparo, incluso la misericordia, ese grito consagrado por Camarón ante el sufrimiento de los otros. Ahí radica su lealtad inconmovible, ese es su sitio, pese a cuantas paradojas puedan argüirle, le confiesa a Edinda, declarándole que siempre lo encontrarán “en la monotonía sutil del coraje/en los posos de la contradicción/ y en el paisaje mustio de las horas/que no pertenecen a nadie más que a mí”. A quien elige libremente el pan que come, no será fácil obligarlo a abandonar el hombre que es.
Con cita de la polaca Wislawa Szymborska abocamos a la parte última. Habitar el olvido de Cernuda o sufrir el aguacero vallejiano, cuando ya las voces del otoño y las luces del crepúsculo llaman a nuestra puerta, parece el destino del poeta resistente. Bien sabe, como Rilke, la lejanía de la victoria, pues de nada somos vencedores, pero se resiste a perder “la última migaja/del candor que habitamos” o a dejar de oír las voces de los niños recogidas por Brel. Lo suyo es – le insiste a Edinda en el epílogo- continuar buscando el olor de la tierra, la rabia de la cal apagada en la umbría de las calles. “Si enim fallor, sum” (pues si me equivoco, existo), adelantaba Agustín de Hipona un milenio antes de Descartes. “Deja mis historia equivocada”, concluye Zambrano, que se obstina en perseguir hasta la consumación ese “latido extraño en los acordes de las cosas/donde se fijan os murmullos/como anclas a los vaivenes del amor”.

Jose Antonio Zambrano, Lo que dejó la lluvia. Madrid/Mérida, Calambur/ERE, 2014.

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CULTURA CLÁSICA
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Manuel Pecellín | 12-05-2014 | 14:52| 0

Catedrático de IES y miembro correspondiente de la R. Academia de Extremadura, Juan García fue un colaborador asiduo del periódico HOY durante las décadas 80 y 90 del pasado siglo. Trabajos suyos han visto también la luz en prestigiosas revistas como Nuevo Índice, Nova Renascença, Revista de Estudios Extremeños, Boletín de la RAEX y otros. Suyos son los libros Zafra y los demás pueblos del Ducado de Feria, celebrados por Enrique Cock (siglo XVI), Poemas panegíricos latinos de Vicente García de la Huerta a los primeros Reyes Borbones y De la Vida a la Teoría.
Este volumen recoge un buen conjunto de artículos que el profesor de Cultura Clásica fue sacando durante los últimos decenios en distintas publicaciones, fundamentalmente nuestro periódico regional HOY. Los ofrece ahora agrupados temáticamente en estos cinco capítulos: De re ecologia, De re erotica, De re poetica, De republica y De rebus diversis.
Aunque el paso implacable del tiempo no perdona, aún resulta instructivo releer estos breves ensayos, donde se pueden encontrar agudos apuntes sobre personajes, reales o mitológicos, del mundo grecolatino (Homero, Virgilio, Casandra, Apolo, Faetón); los grandes poetas hispanos (San Juan de la Cruz, Rubén Darío, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, escritores extremeños (Arias Montano, Cristóbal de Mesa, Francisco Cañamero, Moreno Guerrero) y las más variadas cuestiones sociopolíticas, algunas de rabiosa actualidad. El autor, sabio y humilde, de finos modales, nunca pretende “sentar cátedra”, pero tampoco oculta sus fobias y filias, templadas por el franciscano espíritu que jamás parece abandonarlo.

Juan García Gutiérrez, Artículos de Ayer y de HOY. Zafra, autoedición, 2014

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CELEBRACIÓN DE LA PALABRA
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Manuel Pecellín | 05-05-2014 | 13:35| 0

Nacida en Granja de Torrehermosa (1949), Efi Cubero se fue (o la llevaron) pronto  a Cataluña. Allí realizó estudios; formó familia y fue haciéndose una voz importante en los campos de la creación y el ensayo, sin romper nunca sus raíces extremeñas. Incluso parece que, situada en ese doble territorio, el de los orígenes y la diáspora, sus versos se impregnan de modo creciente de la conciencia de la patria perdida, sobre todo el mundo rural de la infancia feliz junto a las senaras y los alcornocales. Todo sin voces desgarradas ni alharacas estridentes, sino con el fino pespunteo de los espíritus pudorosamente melancólicos.
Fragmentos de exilio, Altano, Borrando Márgenes, La mirada en el limo, Estados sucesivos y el muy reciente Condición del extraño (La isla de Siltolá, 2014) son algunas de las obras que ha ido dando a luz, pausada y responsablemente. Punto de apoyo, donde no podía faltar un poema en homenaje a Arquímedes, prosigue la búsqueda de su autora , siempre deseosa de alcanzar “el íntimo equilibrio/del lenguaje que no admite jamás palabrería” (pág.16). Lo suyo es la celebración de la palabra exacta con el fin de expresar los contenidos de la memoria (el oro amontonado de las eras, el vaho que azulea los bancales de pizarra; los goterones que empapan las encinas; la ebriedad viva del descorche y la roja desnudez desprotegida de los alcornoques tras el hacha; los acordes y la mirada pacífica del del trigo), sin dejar de atender la gris aleación de los asfaltos; el río con afluentes sinuosos que forma la ciudad donde resides; los rascacielos donde se agobia el sol.
Con esta dual sinfonía va componiendo la obra, con poemas de amplio alcances en versos blancos y libres, sin permitirse recursos fáciles ni decaimientos ocasionales.

Efi Cubero, Punto de Apoyo. Mérida, De la luna libros, 2014

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MÍNIMA POÉTICA
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Manuel Pecellín | 03-05-2014 | 06:35| 0

Cuando uno se encuentra con publicaciones como este pequeño libro, auténtica joya, no puede menos de evocar los versos del más famoso arcipreste de nuestra literatura:

Quiero abreviar, señores, esta predicación
porque siempre gusté de pequeño sermón
y de mujer pequeña y de breve razón,
pues lo poco y bien dicho queda en el corazón.

Según le ocurre al bueno de Juan Ruiz en su Elogio de la mujer chica, también a mí me gustaría componer un texto convincente para encomiar el valor de este volumen antológico, opúsculo de apenas cuarenta páginas en tamaño menor, que alguno podría clasificar como sencilla “plaquette”. Pese a su brevedad, permite aproximarse a la escritura de uno de los creadores extremeños jóvenes más valiosos, abriendo el apetito de conocer su obra completa. Por lo demás, las austeras páginas no ofrecen información alguna sobre la biobibliografía del mismo, como si él hubiera optado por la invisibilidad que el título sugiere. Son cinco los lustros de creación poética aquí tan económicamente representados, los que van de 1998 a 2012, suficientes para confirmar la valía de este escritor.
A cuantos siguen las polifacéticas actividades de Cumbreño ( profesor, editor de las exquisitas Liliputienses -reincidencia en lo mínimo-, poeta, animador cultural, bloguero fecundo), nada voy a descubrirles. Sólo animarlos a mantener la paciencia hasta que puedan adquirir libros como éste (aún sigo esperando el ejemplar encargado hace meses en Universitas). Al fin he logrado leerlo en la tan magnífica como poco visitada Biblioteca de Extremadura (Javier, Rosario, gracias).
El autor, que gusta practicar la fusión de géneros hoy tan frecuente, abre con un conjunto de textos próximos al aforismo e incluso a la greguería. Son como relámpagos ingeniosos, donde brillan conceptos y enunciados verbales para “definir” líricamente los objetos más: la peonza, el lápiz, el dedal, la rueda, la cama o unos simples pendiente, que así recreados por la palabra.
Sigue, en contraposición con las elogiadas listas de “mis pequeños placeres”, la nómina de “cosas que me sacan de quicio”, tan sugerente como las que componen las “demoliciones”. Después, un conjunto de magníficos poemas, como “Cadena de montaje”, auténtica declaración metaliteraria.
Tras el apunte en prosa que da título a la antología, dedicado a A. Valverde, se recogen las composiciones más extensas, cuyos versos blancos, libres y de arte mayor seducen por su belleza formal y originalidad de los contenidos, que nos conducen con la misma frescura al mundo de los dibujos animados, las realidades virtuales o los juegos de niño . Concluye un texto de “Made in China”, especie de microrrelato que evoca a la lúcida e interrogativa Irene, musa infantil del poeta.
Terminaré , según empezaba, con el Libro de Buen Amor:

” Es muy pequeño el grano de la buena pimienta,
pero más que la nuez reconforta y calienta”.

Así le ocurre a este Curso práctico de invisibilidad.

José María Cumbreño, Curso práctico de invisibilidad (Poesía 1998-2012). Logroño, Ediciones del 4 de agosto, 2013.

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VACA DE ESPAÑA
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Manuel Pecellín | 30-04-2014 | 06:01| 0

Son innumerables los escritores que han recurrido al símil consagrado por Lorca en el célebre llanto a la muerte del amigo lidiador: “¡Oh blanco muro de España! ¡Oh negro toro de pena!”. Lejos siempre del espíritu elegíaco, el poeta extremeño ha preferido apelar a otro símil para referirse a nuestro país, evocándolo bajo la imagen de una vaca. Animal no menos feroz que el macho, aunque imposible para el toreo en plaza, funciona más bien como símbolo del esperpento trágicocómico tantas veces desarrollado por los rincones de Iberia. La vaca española, bravía e iracunda a menudo, capaz también de tiernos y solidarios lametones, con generosas ubres, llena de mugidos polifónicos los extraordinarios poemas -conocidos unos; inéditos hasta ahora otros- con que Ramírez Lozano nos vuelve a regalar. Natural de Nogales (1950) y residente en Sevilla, donde se ha jubilado como profesor de Literatura, son pocos los premios importantes de poesía y novela que no obran en su poder. Con más de setenta títulos ya publicados, su escritura es fácil de identificar por los singuales rasgos de estilo que la distinguen y ese mundo onírico (a caballo entre la sierra de Monsalud y el barrio deTriana), con protagonistas allende las normas espaciotemporales, que pueblan la prosa y los versos -fácilmente transmutados los dos géneros- de tan divertido creador. Según dice en nota preliminar, el libro recoge los poemas que participan “de esa visión solanesca, entre desgarrada e indulgente, de una España esperpéntica, patria de las catacumbas”. Para más luz, siguen dos conocidos versos de todo un Antonio Molina, prototipo de la imagen folklórica y desgarrada del país: “Qué lejos te vas quedando/España de mi querer..”. Próximos a las letras del cante jondo son numerosos de los poemas aquí recogidos, modelos de coplas y canciones que numerosas veces recuerdan al mejor Machado. (Incluso se incluye una paráfrasis, “La herencia de Don Guido”, del famoso poema que la música de Serrat clavó definitivamente). Pero junto a las levedades de una “soleá”, encontramos la sólida arquitectura de extensos diálogos líricos, en los que Miguel (de Mañara) se erige como personaje central, conversando con difuntos, pintores barrocos (Valdés Leal) o el propio escritor. El libro se publica en la colección “Extraversos”, que “pretende sacar a la luz poemarios de autores de hoy y que realizan una poesía de calidad, a la vez que cercana a cualquier público. Una poesía actual y con algo nuevo que transmitir, de poetas que llevan sus versos a todos aquellos espacios donde se los requiere,”, según declaran los editores. Pocas veces atinarán mejor que con Ramírez Lozano. Ramírez Lozano, José Antonio, Vaca de España. Sevilla, Guadalturia, 2014

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LA VOZ DE LA TIERRA
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Manuel Pecellín | 28-04-2014 | 09:51| 0

Nacido en Hervás (1950), villa que en la memoria colectiva ha quedado como asentamiento judío por excelencia, el autor tiene un curioso apellido. La de “Neila” es la oración que concluye el día de Iom Kipur. “En esta hora se sella definitivamente el veredicto de los seres humanos. Esta última oración es recitada en medio de un profundo sentimiento de sobrecogimiento religioso, y en él se pide a Dios que nos aplique un buen veredicto. Se comienza a pronunciar esta oración en el momento en que el sol llega a los topes de los árboles, es decir, un poco antes de la puesta del sol. La oración de Neila concluye con la pronunciación del Shemá, la recitación de otros versículos adicionales y el toque del Shofar. El toque del Shofar constituye un signo de la partida de la Presencia Divina, y por esta razón es tocado al concluir este día santo”, leemos en la www.judaismovirtual.com.
Luis Alberto de Cuenca, que suscribe el preliminar de este volumen antológico, donde el autor ofrece sus poemas predilectos escritos entre 1980-2012, subraya las características principales de la escritura de Neila: observación de la naturaleza, sensibilidad delicada ante el paso del tiempo, talento constructivo, sencillez de lenguaje, perfección métrica y toque melancólico. Se perciben todas en los versos aquí seleccionados, donde tanta presencia ocupan los paisajes de Hervás (con sus castaños, cerezos, viñedos, higueras, olivos, roble, retamas, mimbreras, “gañafotes”, nieves del Pinajarro) y la recuperación nostálgica de la niñez. Así ocurre tanto en los poemas de amplio aliento, como en la levedad de sus exquisitos haikus.
Neila, que estudió Filología Románica en la Universidad de Oviedo, se dio a conocer con Clamor de la inocencia (1978) y fue incluido por José Luis García Martín en la ya mítica antología Las voces y los ecos (1980). Pasa por ser escritor cauteloso y semisecreto, esencial, que también ha cultivado la prosa aforística y las traducciones. Cuenta con una importante obra édita, más relevante por calidad que por el número de títulos. Entre sus publicaciones recientes cabe recordar El silencio roto (1998), Las palabras y los días (2000), Cantos de frontera (2003), El sol que sigue (2005), Huésped de la vida (su poesía reunida 1980-2005) y Pensamiento de intemperie (2012), volumen de aforismos que ya tuve el honor de reseñar.
Equidistante de la antología poética y la poesía reunida, El camino original agrupa los poemas escritos durante poco más de tres décadas, en los que el autor todavía se reconoce, declara éste en nota bibliográfica final. También el lector percibe en los mismos ese nimbo trémulo donde Cernuda coloca la auténtica poesía.

Manuel Neila, El camino original. Sevilla, Renacimiento, 2014

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