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POESÍA HABITABLE
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Manuel Pecellín | 19-04-2014 | 07:30| 0

El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros, maestro y licenciado en Geografía e Historia, emigró a Madrid, donde ejerce la enseñanza, labor que combina con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños, UBEx, Gudalupex, AEEX o Beturia Ediciones – por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa – lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced su bonhomía a toda prueba.
Aun así, ha encontrado tiempo para labrar una obra lírica importante, conformada hasta hoy por seis poemarios y numerosas publicaciones dispersas en revistas, periódicos, boletines trabajos colectivos e incluso hojas volanderas. Cuando el amor me llama (Madrid, 1984), En esta lenta soledad del día (Madrid, 1988), Clamor de la memoria (Madrid, 1998), Retablo de amor profano (Badajoz, 2003), Ritual de la inocencia (Madrid, 2005) y Revelaciones (Cáceres, AbeZetario, 2007) son los libros a los que pertenecen los poemas aquí seleccionados. Se añaden también otros hasta ahora desperdigados en páginas de casi imposible acceso.
El volumen lleva un amplio preliminar suscrito por Pablo Jiménez, el poeta, ensayista y músico moralo, excelente conocedor de la obra de Iglesias. La extensión del prólogo proviene del estudio que se hace sobre la escritura del autor antologado y de cada de sus libros, amén las digresiones múltiples, todas interesantes pero quizás no imprescindibles aquí. Según el prologuista, dos rasgos distinguen la poética de su hermano-amigo: la búsqueda creciente de la desnudez expresiva y la claridad que, pese al cada vez más depurado lenguaje, mantuvo desde los orígenes (tan próximo entonces a sus maestros: Miguel Hernández, Blas de Otero o Luis Álvarez Lencero), hasta épocas últimas (más próximo a Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Pessoa, Borges, M. Pacheco, Leopoldo M. Panero y otros también aquí reconocibles). Son notas especialmente relevantes cuando se escriben composiciones de amplio aliento, según acostumbra el autor (véanse poemas suyos como “Álvaro de Campos y Fernando Pessoa exponen a Ofélia de Queirós las opuestas razones de sus vidas”, o “Justiniano en presencia de Procopio, evoca a Teodora, en un club de carretera”, tan abundantes en Revelaciones). Iglesias difícilmente se ciñe al poema corto, a veces reducido casi a la mínima expresión, al chispazo expresivo, por relampagueante que resulte. Sin embargo, cultiva también con acierto fórmulas tan breves como el haikús, de los que aquí se seleccionan algunos publicados por la ERE en la colección 3X3 (2013). Si bien no desdeña el verso blanco y libre, mostró siempre clara predilección por los serventesios alejandrinos, tan sonoros, y los sonetos (de estos últimos pasan de 70 los antologados, casi todos de impecable factura).
Si los paisajes y personajes extremeños, la historia y problemas de la región, junto con la temática amorosa, resultan hegemónicos en las obras iniciales, Iglesias, sin renunciar a los mismos, ha ido abriendo cada vez más el abanico de sus intereses. Aunque se pueda decir que nada humano le es ajeno, es fácil percibir una atención creciente a las intimidades del propio sujeto lírico e incluso el mundo de la trascendencia.
El volumen se publica en la colección que, al cuido de Basilio Rodríguez Cañada y Ricardo Hernández Megías, ha reservado la editorial madrileña para los creadores extremeños.

José Iglesias Benítez, La voz y el tiempo. Antología poética 1983-2013. Madrid, Pigmalión, 2014.

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MÉRIDA TARDOMEDIEVAL
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Manuel Pecellín | 12-04-2014 | 09:00| 0

Natural de Villanueva de Yeltes (1954), formado en la Universidad de Salamanca, Bernal vino muy joven a Extremadura, donde reside y labora ininterrumpidamente desde entonces. Catedrático de Instituto, es autor de numerosas e importantes publicaciones sobre el medievo y la época moderna, con obras como Vida campesina en Extremadura: Montemolín a comienzos de la Edad Moderna; Poblamiento, transformación y organización social del espacio extremeño (siglos XIII al XV); El concejo de Ciudad Rodrigo y su tierra durante el siglo XV o La encomienda de Los Santos en el tránsito del siglo XV al XVI.
Julián Clemente Ramos, catedrático de la UEX, que prologa este Mérida, capital y encomienda de la Orden de Santiago (1490-1530), no deja de admirarse ante un trabajo tan fecundo, hecho al margen del recinto universitario pese a las limitadoras exigencias de la enseñanza secundaria.
Este estudio monográfico se apoya sobre todo en las actas municipales y las de los visitadores santiaguistas, conservadas por el Archivo Municipal emeritense , amén de una muy completa bibliografía. Obsérvese que sus tres centenares de páginas llevan casi mil notas. Tiene un doble objetivo: dar a conocer cómo funcionaba tan importante concejo y la forma de relacionarse con la estructura superior a la que pertenecía, la poderosa Orden militar, durante el periodo acotado, tránsito de la época medieval a la moderna, cuando estructuras económicas, políticas y jurídicas seculares fenecen para dejar paso a otras más acordes con los nuevos tiempos. El investigador estima haber contribuido a resolver satisfactoriamente, al menos en parte, otra de las lagunas que sigue presentando la historia de nuestras más importantes poblaciones.
Abre el libro el “diálogo con el medio”, minucioso análisis del medio físico (un término de 1.950 km2), la propiedad de la tierra (notable patrimonio común, permanente deseo para los usurpadores : ejidos, pastizales, bosques, dehesas), y las formas como la explotaban los vecinos (fiebre roturadora en esas décadas), de cuyos estratos y comportamientos sociales se dan cumplidas noticias (apuntes sobre las minorías religiosas y a la emigración hacia el Nuevo Mundo).
Se describen después el espacio urbano, edificios sacros o profanos, el funcionamiento de sus órganos principales y las condiciones socioeconómicas (abastecimientos, salubridad, organización administrativa, fiscalidad) del vecindario, una compleja maquinaria que las relaciones con la Orden santiaguista, omnipresente, condicionan de modo sustancial. Incluso en los mínimos detalles de la vida cotidiana se dejaría sentir. Sin duda, es este un estudio que “se convertirá para el medievalismo extremeño en una imprescindible y reiterada herramienta de trabajo”, según asevera el prologuista.

Bernal Estévez, Ángel, Mérida, capital y encomienda de la Orden de Santiago. Badajoz, Diputación, 2013.

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JUAN QUINTANA, POETA
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Manuel Pecellín | 05-04-2014 | 07:51| 6

Es ya tópico en nuestra tierra reclamar atención hacia autores injustificadamente desatendidos. (Acaba de hacerlo Martín Gijón en la Revista de Estudios Extremeños 2013-III, disgustado por la escasa atención prestada a la poética de Pérez Walias). En ocasiones, es el propio cuasi ignorado autor quien protesta. Podría hacerlo con toda justicia Juan Quintana, cuya obra suelen ignoran estudiosos, antólogos y críticos, pese a constituir un muy valioso referente de la literatura escrita por extremeños. Natural de Villanueva de la Serena (1945), residió en Madrid de 1962 a 1981, años claves de las luchas contra el tardofranquismo y los esfuerzos por una transición convincente a la democracia. Se trasladó después a Migueláñez (Segovia), dedicado a la creación, con colaboraciones asiduas en publicaciones como La Estafeta Literaria o Cuadernos Hispanoamericanos, que dirigía su amigo Félix Grandes, donde suscribiría artículos en torno a algunos de sus autores más admirados: Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti y Carlos Droguet, el chileno antipinochetista a quien le unión honda amistad.
Quintana obtuvo el premio Sitges de Poesía con Memorial del Noctámbulo (Barcelona, 1972) y el Cáceres de Novela Corta 1987 con Los Póstumos Ganados. Preparó para la inolvidable editorial ZYX una antología de otro amigo entrañable, Manuel Pacheco, Nunca se ha vivido como se muere ahora (Madrid, 1977), a la que puso prólogo Camilo J. Cela. Desde finales de 2009 reside en Llerena, desde donde nos llegó este Libro de escorzos, un poemario absolutamente recomendable.
Abre con un preliminar del mencionado Félix Grande, que no sé si llegó a verlo impreso. El escritor recién desaparecido, a cuya familia espiritual pertenece sin duda Quintana, uno y otro amantes del gran César Vallejo, sostiene que el sarcasmo es una forma viril de amargura; el verso, un bastión de la justicia y el candor; el posible exabrupto, una protesta ante la congoja de los hombres; el verso, un clamor por los “seres cálidos que tiritan de frío, que llenan las aceras de honra desde su soledad conjunta (…)un espeso mar humano que ocupa las calles y las noches, con mucho miedo y mucha cólera contra el la horrenda oligofrenia de tanto deshonor como ensucia a la vida maravillosa, con mucho amor por este presente castigado al que se le derrama el sufrimiento por su carita enjuta, y con muchísima nostalgia por un futuro sin malvados, sin satisfechos y sin cursis”.
Es el universo de discurso en el que se mueven los poemas de Juan Quintana, en realidad quizá uno sólo desarrollado en todo el libro. Los juegos paronomásticos, las atrevidas sinestesias, las fusiones de términos, el polisíndeton, los neologismos y las metáforas de corte surrealista colman estos versos, siempre de arte mayor, blancos y libres, de donde se suprimen todos los signos de puntuación. La voz lírica de este “huraño vate suburbial”, según gusta definirse, percute sin descanso para herir la sensibilidad del lector y forzarlo al compromiso cómplice.
Cierra la obra, con abundantes alusiones al paisaje extremeño, un epílogo donde se recogen cinco excelentes poemas de Manuel Pacheco dedicados a Quintana, entre los que figura un “insoneto”, estrofa que el cantor del Rivillas cultivó generosamente.

Juan Quintana, Libro de escorzos. Badajoz, Diputación, 2013.

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CIENCIA Y TERROR
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Manuel Pecellín | 31-03-2014 | 10:15| 0

El estadounidense Howard Phillips Lovecraft (Providence,1890- 1937) ha pasado a la historia como uno de los grandes innovadores en la literatura de terror, cuyas dosis incrementaba en sus escritos utilizando los descubrimientos de la época, sin omitir la ciencia ficción. Así ocurre con esta novela corta. Su principal protagonista, Herbert West, es un médico muy bien formado, que desde los años de Universidad sueña con conseguir el elixir de la vida, un producto inyectable en vena capaz de devolver la existencia a los fallecidos. Para lograrlo, necesita una serie de elementos imposibles de conseguir sin la complicidad de otro colega amigo, precisamente quien se encarga de narrar en primera persona las vicisitudes de los experimentos realizados por los dos durante tres largos lustros. Decidido a todo el primero, pudibundo el otro, aunque igualmente responsable de la infernal mecánica que desencadenan, ambos están dispuestos a infringir cualquier norma moral o jurídica para lograr su propósitos.
West, de enorme potencia intelectual pese a su físico feble, enemigo del viejo catedrático conservador, el Dr. Halsey, parte de un tesis básica, mecanicista y atea: la vida nos es más que un feliz conjunción de fluidos, un proceso físico-químico que mantiene a los animales (también al hombre, por supuesto) hasta que la armonía se descompone. Bastaría inocular al fallecido los productos oportunos para resucitarlo, devolviéndole la perdida homeostasis. Claro que eso solo será posible contando con cadáveres muy frescos, sin pizca de putrefacción. Los galenos no dudará en adquirirlos con cualquier maña, robos en los cementerios incluidos, e incluso matando a los sujetos más idóneos (fuertes e inteligentes) para inyectarles sus productos. Excelente ocasión les presta al ofrecerse como cirujanos de las tropas americanas desplazadas a Europa durante la I Guerra Mundial.
Ahora bien, las reanimaciones no se producen según lo que calculan. Lovecraft derrocha ingenio literario para describir los monstruos nacidos de aquellas manipulaciones médicas, más temibles si los propios taumaturgos no acaban con ellos antes de que, según ocurre finalmente, el gran aprendiz de brujo resulte víctima de sus misma creación. Justa venganza contra quien había ido convirtiéndose en un galeno sin escrúpulos, que no duda en matar para reanimar y volver a matar.
La obra, escrita en los años veinte del pasado siglo (seguramente, la época más revolucionaria de la civilización europea), se publicó primero por entregas en una revista, lo que quizá condiciona su estructura en seis capítulos, cada uno de los cuales comienza resumiendo el anterior, una suerte de feedback nada desdeñable, donde el horror impera. La versión castellana se debe a Juan Cárdenas, que consigue una prosa limpia, que solamente incomoda alguna expresión tipo “es por ello que” (pág. 46).

H.P. Lovecraft, El resucitador. Cáceres, Periférica, 2014.

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ESQUIVA ESPERANZA
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Manuel Pecellín | 28-03-2014 | 16:30| 0

Natural de Don Benito y médico de profesión, Flórez se crió junto a los Andes de Marquetalia, lugar profundamente marcado por las actuaciones de los guerrilleros comunistas. Ha sido docente universitario y consultor del gobierno de Colombia, habiendo trabajado también como redactor para distintos periódicos latinoamericanos. Actualmente reside en Extremadura trabajando como especialista en drogas y deportes, a la vez que continúa su obra poética que le ha merecido distinciones numerosas. En ella figuran títulos como Desplazados del paraíso (2003), Dalí. El arte de escandalizar (2004) y Bajo tus pies la ciudad (2012).
En las fronteras del miedo, que publica la colección “Alcazaba”, ya en su tercer formato, se perciben los ecos de tan comprometido curso existencial.
La obra se divide en seis partes, con diferente factura temática y formal. Abren la primera, “Arden las sombras”, con sendas citas de Álvaro Mutis y José Antonio Gabriel y Galán, cuyos versos adelantan la denuncia social recogida en los suyos por Flórez, especialmente sensible a los sufrimientos de la niñez. “Los gallos de la medianoche/clavan en su corazón/escuelas de óxido”: así resume el poeta el malestar que le turba ante tantas violencias, basuriegos y bazuqueros, tantas desgracias “de un país vertical en su lenguaje/de odiosancestrales/y muertes clandestinas”.
¿Hacia dónde huir?, se pregunta quien se duele de ser sólo poeta, solidarizándose con todos los forzados al exilio, en la parte segunda, que cierra un magnífico prosema. Sigue, con entradilla de A. Valverde, “En la frontera”, cuyos poemas se contraen en breves estrofas de arte menor, para dejar paso a la cuarta, “El miedo”, escrita toda en prosa poética y marcada por un hondo sentimiento de frustración ante la imposible esperanza, que fuerza tal vez a esta dolorosa actitud: “sin otra opción que el silencio, me aislo para el sombrío sacrificio del rencor. Mis dedos se agarran al frío sintagma de una palabra horizontal. Desisto de mí”.
No es raro que esto conduzca a una situación vital semejante a la cantada por el descorazonado Cohelet, según expresa la parte quinta, “Destino”. La introduce desgarradamente Nuno Júdice (“Ninguna certeza sustituye la convicción de la nada..”), apenas aliviado por el bosque del lenguaje de Basilio Sánchez. Ni la memoria de la infancia feliz sirve como refugio, porque el poeta sabe “que nunca más/podrá regresar/a esa su desvastada casa/donde soñaba países lejanos/y se aromaba de brisas de mar”.
Concluye la parte última “Corazón de piedra”, desdoblada en dos secciones:
La piedra y la ceniza y Desolación, que sorprende con diálogos padre/hijo, acaso no lo mejor de un poemario conmovedor, repleto de aciertos.

Antonio María Flórez, En las fronteras del miedo. Badajoz, Diputación, 2014

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RELATOS CORTOS
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Manuel Pecellín | 15-03-2014 | 08:22| 0

Natural de Badajoz (1960), Alonso Ayala es licenciado en Ciencias Económicas y auditor de cuentas, presidente de Auren y del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España y profesor de Contabilidad en la Universidad de Alcalá de Henares. Fue también un participante activo de la movida madrileña con su grupo “Mario Tenia y los Solitarios”. Autor de varias obras profesionales, esta es la primera que publica en el campo de la creación. Se trata de un conjunto de microrrelatos, que
prologa Eduardo Torres-Dulce Lifante, Fiscal General del Estado y miembro numerario del Opus Dei, quien percibe agudamente las diversas fórmulas utilizadas en la construcción de tan provocativo mosaico: con sorpresa final, vertiginosos desde el comienzo, pausados otros, sin intriga algunos, todos destacan por la finura psicológica en la presentación de los personajes y el control del discurso narrativo.
El autor explica así en el preliminar la estructura de la obra, donde dice haber conseguido dar curso libre a relatos que llevaba mucho tiempo recluidos en su propia intimidad: “Los cuentos (así los llama él) están agrupados por colores en cuatro capítulos (..). El gris contiene historias duras, relacionadas con la muerte o con un sufrimiento en el que no se atisba esperanza. El blanco reúne semblanzas, sueños, biografías imaginadas y reflexiones, marcados con el sello de un optimismo contenido. El rojo recoge relatos apasionados, salpicados en ocasiones con gotas de sexo, sangre o miedo. Por último, el azul lo conforman ocurrencias y humoradas”.
Tómense estas indicaciones sólo a modo indicativo, pues en cualquiera de las cuatro partes se podrían encontrar relatos fácilmente incluibles en otra. Y en todas los hay de distinta factura: anécdotas personales referidas con gracia, relaciones de viajes (por Cuba, Perú, México, Venezuela, Uruguay, África, Portugal o, ya en España, Galicia, Madrid y Extremadura), homenajes a algún autor predilecto (Jodorowsky, H.G. Wells ), comentarios irónicos a ciertas noticias de prensa, denuncias de la doble moral y las desigualdades sociales o burla de los supuestos avances tecnocráticos . Pero los mejores son meras creaciones imaginativas, auténticos cuentos (eróticos, burlones, negros, etnográficos, etc. ) de finales inesperados, como “La dama del río”, “Concierto sentido”, “Mar urbano”, o esos “Marea negra” y “La escritora”, realmente inquietantes.
Excelente conocedor del mundo de los negocios, la caza, la pesca y la música, cuyos léxicos domina, es comprensible que los personajes se muevan en dichos ámbitos. (La entrega última es una explícita evocación de la “movida madrileña”, fundamentada en los títulos de las canciones de época). Para quienes gusten compartir con este autor cosmopolita y, a la vez, terruñero, la admiración por las dehesas trujillanas, recomendaríamos relatos como “Perros y lobos” o “Destino”.
Una mayor intensidad narrativa y la eliminación de laísmos y leísmos hubiesen mejorado su rica prosa.

Mario Alonso Ayala, Relatos liberados. Córdoba, Almuzara, 2013.

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REPRESENTACIÓN POLÍTICA.
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Manuel Pecellín | 21-03-2014 | 16:13| 0

Aunque cuenta con 1.550 páginas, este volumen recoge sólo en parte la tesis doctoral de su autor (2010), que promete incluir en otro lo referido a Extremadura, recortado aquí (aunque no faltan múltiples referencias a la Región). Lo prologa I.A.A. Thompson, miembro del tribunal académico que juzgó el trabajo, cuya calidad encomia en términos rotundos: “Tenemos ante nosotros una obra bien escrita, construida sobre una base bibliográfica y documental impresionante, obra original madura, equilibrada, juiciosa y siempre estimulante”, concluye el profesor inglés.
El Dr. Lorenzana enseña en el IES de Fuente de Cantos y preside la Sociedad Extremeña de Historia, siendo autor de numerosas publicaciones. Ha coordinado también importantes obras colectivas, según podemos consultar en dialnet.rioja.es.
La obra viene a llenar una laguna bibliográfica, con un muy documentado estudio (más de dos mil notas a pie de página) de lo que fue la representación del Reino ante el monarca español durante el periodo comprendido entre 1665, cuando se aplazaron las Cortes convocadas para ese año, hasta 1834, cuando fallecido Fernando VII, se restablecen las cámaras según el Estatuto Real..
“La representación política castellana a mediados del siglo XVII seguía teniendo en las Cortes, corporación compartida entre el Rey y el Reino, su plataforma de actuación más importante. Las últimas convocatorias de Felipe IV, la de 1655 y sobre todo la de 1660, mostraron una asamblea aún poderosa, si bien el discurso parlamentario daba síntomas de agotamiento. Tras la desconvocatoria d 1665, y hasta el final del Antiguo Régimen en 1834, el Reino como cuerpo político hubo de buscar vías alternativas de expresión y de comunicación con la parte del rey: la Diputación, la Sala de Millones y el circuito privilegiado de las ciudades con derecho a voto, incluyendo las aragonesas desde 1709, intentaron sustituir a las Cortes en un contexto político muy desfavorable a sus intereses. Las Cortes, o más bien la idea de Cortes, subsistieron: lo hicieron bajo mínimos, pero lo suficiente para trasmitir al liberalismo las tradiciones constitucionales del Reino y evitar así que la ruptura fuese demasiado traumática”, leemos en la sinopsis editorial.

Felipe Lorenzana, La representación política en el Antiguo Régimen. Madrid, Congreso de los Diputados, 2013.

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CON HERNÁN CORTÉS.
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Manuel Pecellín | 21-03-2014 | 16:14| 0

La bibliografía sobre Hernán Cortés resulta realmente abrumadora y no deja de incrementarse, en algunos casos con aportaciones tan llamativas y discutibles como la última de Christian Duverger (Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”? México, Taurus, 2012) . Adelanto que la tesis del francés – el auténtico autor de dicha obra habría sido el mismo Cortés, pues Bernal Díaz del Castillo, a quien siempre se la atribuye, sería un analfabeto sin historia hasta fecha muy tardía, que habría prestado sólo el nombre a tan magnífica narración- aquí desmontada.
Lo ha hecho María del Carmen Martínez, especialista en los estudios cortesianos, quien adelanta una investigación suya en curso sobre el conquistador extremeño. Profesora en la Universidad de León, la realiza dentro de un proyecto que dirige con su habitual sapiencia el Dr. Jesús Paniagua Pérez. Su fruto más sustancioso es enriquecer el conocimiento que se tiene de lo que algunos ha llamado “la compañía de Cortés”. La formaban los varios centenares de soldados, marinos, artesanos, criados, sacerdotes y escribas (no eran funciones excluyentes) que salieron de Cuba bajo la dirección del de Medellín y pisaron por vez primera territorio continental, los arenales de Chalchiuhcuecan, donde, bien acogidos por los admirados indígenas, fundarían la ciudad de Veracruz. Decisión polémica la de poblar, por no estar claro si se contaba con el necesario permiso de Diego Velázquez. Con razón se les tendrá como los “primeros conquistadores”, título que pronto sería motivo de orgullo y base para la reclamación de interesadas mercedes ante la Corona.
La autora reconstruye aquellas actuaciones fundacionales; expone la estrategia organizada por Cortés para justificarlas, siempre apoyándose en su indefectible afición a asentarlas por escrito; establece la secuencia cronológica de los acontecmientos (refutando no pocos lugares comunes) y, sobre todo, identifica a los componentes de aquel belicoso grupo, donde figuraban personas de numerosas nacionalidades, entre las que lógicamente abundan las naturales de Extremadura. (Por cierto, a mí me encanta la advertencia, recogida por López de Gómara, que los partidarios de Velázquez le remiten advirtiéndole no se fíe de Cortés, porque “era extremeño, mañoso,altivo, amador de honras y hombre que se vengaría en aquello de lo pasado”).
Martínez utiliza fundamentalmente un documento hasta ahora apenas explotado, que reconoce encontró Martínez Cabral (1989) y dio a conocer M. Baracs (2005). Se trata de la Petición al cabildo de Veracruz, entidad recién instituida a impulso del propio Cortés, y que el procurador Álvarez Chico presentase en nombre de la comunidad (20 de junio de 1519), escindida entre partidarios de Velázquez y del extremeño, donde se solicita para éste, en una medida realmente revolucionaria, los cargos de capitán general y justicia mayor.
Este documento, que se guarda en el Archivo de Indias y aquí se reproduce facsímil, llevaba casi 400 rúbricas, algunas simples garabatos. Contrastándolo con otros, la investigadora establece la personalidad de cada uno de los firmantes, enriqueciendo así notablemente el “Diccionario de los conquistadores de México”, hecho por Bernard Grunberg (2001), a la vez que da nuevas luces sobre los inicios de aquella gesta y sus principales protagonistas.

Martínez Martínez, María del Carmen, Veracruz 1519. Los hombres de Cortés. León, Universidad, 2013.

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BARTOLOMÉ J. GALLARDO
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Manuel Pecellín | 14-03-2014 | 09:19| 0

Escribir “Zervantes” no es en este caso una errata, sino producto lógico de seguir la ingeniosa ortografía propuesta por Bartolomé José Gallardo. El gran bibliófilo extremeño es el personaje principal de esta novela histórica, que también tiene no poco de psicología, espionaje, suspense e incluso metaliteratura. El de Campanario reparte protagonismo con su criado Matías Donoso, también nacido en aquel pueblo de la Serena. Los dos constituyen un dúo tan antitético, y tal vez por lo mismo complementario, como el de Don Quijote y Sancho Panza, a quienes se recuerda aquí una y otra vez en virtud de los ecos cervantinos de la narración.
Jaime Aguilera (Villanueva del Trabuco, 1970), licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica, quedó finalista con esta obra en el I Premio de Novela Histórica, sin duda merecidamente. Entusiasmado con la figura del gran bibliófilo extremeño, el autor compone la biografía del mismo durante la década más convulsa que le tocó vivir, desarrollando una enorme actividad: desde la llegada a Madrid de los ejércitos napoleónicos(1808), contra los que Gallardo combatirá pese a su admiración por los “philosophes” franceses, hasta el fracaso del Trienio Liberal (1824) y las nuevas persecuciones de los liberales constitucionalistas. Cádiz, Londres, Madrid y Gibraltar (éste ya de forma indirecta), más inevitables alusiones al pueblo de origen, serán los escenarios de la narración.
Aguilera la va construyendo con diferentes aportes, basados en la realidad unos, frutos de su imaginación otros, combinando así historia y literatura. Donoso, el supuesto fámulo, en quien el bibliófilo enciende la pasión cervantina, tras enseñarlo a leer, habría ido alternando sus servicios con la lectura del Quijote y la composición de unas memorias donde irá recogiendo las peripecias vividas junto a Gallardo. Constituyen el eje del libro. La búsqueda de ese diario, más otras anécdotas y consideraciones del novelista (no siempre justificadas), aportan también sus mimbres.
Resulta tan divertido como ilustrador seguir a los dos personajes, el real y el imaginado, por el Cádiz que el francés asediaba y donde se cuece “La Pepa”; aquel Londres repleto de exiliados españoles bien recibidos, en cuyo inagotable Museo encuentra el bibliógrafo su mejor paraíso; las logias secretas de masones, comuneros o carbonarios, con sus ritos de iniciación notablemente expuestos, aptas para conspirar frente a los poderes absolutos y favorecer a los revolucionarios, o ese Gibraltar (ya únicamente Donoso), asilo más o menos acogedor de los perseguidos en España.
Aunque entusiasta de la Enciclopedia y enemigo acérrimo del Antiguo Régimen, polémico e iconoclasta irremediable, mujeriego y sin aliño, a Gallardo lo que más le conmueve es la pasión por los escritos, mejores cuanto más viejos. Sus máximos afanes, que logra trasmitir a Donoso, se dirigen a la implantación nacional de la “libropoesía”. En pro de ella está dispuesto a victimar tiempo, dinero, salud y amistades. Tanta pasión se centra sobre todo en Cervantes (perdón, Zervantes) y su inmortal Quijote, que Donoso va leyendo y comentando paulatinamente. El extremeño sueña con hacer edición deslumbrante de la obra. Para ilustrarla demandará, sin lograrlo, la colaboración de su amigo Goya; un excelente editor inglés y los papeles encontrados en el Achivo de Indias, que supondrían una auténtica revolución para la biografía cervantina. Se constituyen también en elemento clave del relato, aunque se nos dirá en qué consiste su contenido.
Duro resulta seguir la ortografía gallardiana, que también sigue Donoso en su diario, pero tiene su sentido: identificar lexemas y grafemas castellanos, con la mayor economía posible. Más grave aún si, por lo que parecen precipitaciones en la escritura (especial mal uso de los relativos) y falta de corrección de pruebas (¡cuántas sílabas mal partidas!), las erratas proliferan en exceso. El buen lector sabrá excusarlo, por los atractivos de la narración.

Jaime Aguilera, El criado que descubrió a Zervantes. Ediciones Áltera, Barcelona, 2013

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TESORO LINGÜÍSTICO
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Manuel Pecellín | 14-03-2014 | 09:19| 2

Hace ya casi sesenta años (1956), una filóloga recién licenciada por Salamanca, nacida en San Pedro de Ceque (Zamora) llegaba al Instituto de Almendralejo. Pronto se enamoró de sus gentes y paisajes, a los que quiso dedicar la tesis doctoral (1961), “El habla de Almendralejo . Contribución al vocabulario extremeño de la Comarca de barros”, dos volúmenes que han permanecido inéditos hasta ahora. Catedrática de Lengua y Literatura Españolas desde 1966, Matilde Martínez no ha abandonado el lugar de acogida, donde ha formado a miles de alumnos, sin desatender la generosa participación en numerosas actividades culturales. Otros investigadores (Miguel Becerra Pérez, Purificación Suárez Zarallo, Manuel Rodrigo Asensio) complementarán sus investigaciones.
El Centro de Iniciativas Turísticas de Almendralejo, que preside Antonio Díaz Rodríguez, con ayuda de la Diputación de Badajoz, ha conseguido publicar aquel trabajo de la entonces joven profesora. Y lo ha hecho con doble fórmula:
1) Un opúsculo con 74 páginas, en el que Antonio Salvador Plan, catedrático de la Universidad de Extremadura y experto dialectólogo, resume ponderativamente los dos volúmenes de la tesis. Se adjunta un muestra del folclore popular: canciones religiosas, romances (de moros y cautivos, satíricos, burlescos, históricos), cantares de gira y carnaval, dictados tópicos, etc., seleccionados de la rica cosecha que Matilde agavillase in situ merced a trabajos de campo y oportunos informantes.
2)Un CD donde se reproducen las páginas mecanografiadas de los dos tomos originales (con numerosos apuntes manuscritos de la propia autora). Próximo siempre a la metodología de Zamora Vicente en su clásico estudio sobre el habla de Mérida (lógicamente, hoy superada en no pocos aspectos), el primer volumen busca establecer los aspectos diferenciales de la fonética morfología ,sintaxis y “, sobre todo, el léxico de los hablantes comarcanos. El Dr. Salvador destaca las aportaciones de este estudio para la sociolingüística y la historia de la lengua, más aún considerando que en este medio siglo muchos de aquellos materiales salieron ya del uso habitual ante el empuje del español normativo.
El tomo segundo “analiza el léxico ofrecido ya en el primer volumen, pero en este caso por materias: fenómenos atmosféricos, agricultura, ganadería, fauna y flora. Léxico de oficios como la panadería, la construcción, la matanza, la vida familiar y social, la medicina popular, los nombres dados a las personas, los topónimos o los apodos y nombres en diminutivo”, resume Salvador Plan, quien encarece también el capítulo último, dedicado al folclore.
Entre las personas que han contribuido a la edición, Matilde Martínez señala de modo sobresaliente a Carmen Fernández-Daza. Se ha impreso en el recién inaugurado taller gráfico de Efezeta, a cuyos responsables rendimos desde aquí admiración.
y deseamos suerte.

Martínez Pérez, Matilde, El habla de Almendralejo. Almedralejo, CIT, 2013

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