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REPRESENTACIÓN POLÍTICA.
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Manuel Pecellín | 21-03-2014 | 16:13| 0

Aunque cuenta con 1.550 páginas, este volumen recoge sólo en parte la tesis doctoral de su autor (2010), que promete incluir en otro lo referido a Extremadura, recortado aquí (aunque no faltan múltiples referencias a la Región). Lo prologa I.A.A. Thompson, miembro del tribunal académico que juzgó el trabajo, cuya calidad encomia en términos rotundos: “Tenemos ante nosotros una obra bien escrita, construida sobre una base bibliográfica y documental impresionante, obra original madura, equilibrada, juiciosa y siempre estimulante”, concluye el profesor inglés.
El Dr. Lorenzana enseña en el IES de Fuente de Cantos y preside la Sociedad Extremeña de Historia, siendo autor de numerosas publicaciones. Ha coordinado también importantes obras colectivas, según podemos consultar en dialnet.rioja.es.
La obra viene a llenar una laguna bibliográfica, con un muy documentado estudio (más de dos mil notas a pie de página) de lo que fue la representación del Reino ante el monarca español durante el periodo comprendido entre 1665, cuando se aplazaron las Cortes convocadas para ese año, hasta 1834, cuando fallecido Fernando VII, se restablecen las cámaras según el Estatuto Real..
“La representación política castellana a mediados del siglo XVII seguía teniendo en las Cortes, corporación compartida entre el Rey y el Reino, su plataforma de actuación más importante. Las últimas convocatorias de Felipe IV, la de 1655 y sobre todo la de 1660, mostraron una asamblea aún poderosa, si bien el discurso parlamentario daba síntomas de agotamiento. Tras la desconvocatoria d 1665, y hasta el final del Antiguo Régimen en 1834, el Reino como cuerpo político hubo de buscar vías alternativas de expresión y de comunicación con la parte del rey: la Diputación, la Sala de Millones y el circuito privilegiado de las ciudades con derecho a voto, incluyendo las aragonesas desde 1709, intentaron sustituir a las Cortes en un contexto político muy desfavorable a sus intereses. Las Cortes, o más bien la idea de Cortes, subsistieron: lo hicieron bajo mínimos, pero lo suficiente para trasmitir al liberalismo las tradiciones constitucionales del Reino y evitar así que la ruptura fuese demasiado traumática”, leemos en la sinopsis editorial.

Felipe Lorenzana, La representación política en el Antiguo Régimen. Madrid, Congreso de los Diputados, 2013.

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CON HERNÁN CORTÉS.
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Manuel Pecellín | 21-03-2014 | 16:14| 0

La bibliografía sobre Hernán Cortés resulta realmente abrumadora y no deja de incrementarse, en algunos casos con aportaciones tan llamativas y discutibles como la última de Christian Duverger (Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”? México, Taurus, 2012) . Adelanto que la tesis del francés – el auténtico autor de dicha obra habría sido el mismo Cortés, pues Bernal Díaz del Castillo, a quien siempre se la atribuye, sería un analfabeto sin historia hasta fecha muy tardía, que habría prestado sólo el nombre a tan magnífica narración- aquí desmontada.
Lo ha hecho María del Carmen Martínez, especialista en los estudios cortesianos, quien adelanta una investigación suya en curso sobre el conquistador extremeño. Profesora en la Universidad de León, la realiza dentro de un proyecto que dirige con su habitual sapiencia el Dr. Jesús Paniagua Pérez. Su fruto más sustancioso es enriquecer el conocimiento que se tiene de lo que algunos ha llamado “la compañía de Cortés”. La formaban los varios centenares de soldados, marinos, artesanos, criados, sacerdotes y escribas (no eran funciones excluyentes) que salieron de Cuba bajo la dirección del de Medellín y pisaron por vez primera territorio continental, los arenales de Chalchiuhcuecan, donde, bien acogidos por los admirados indígenas, fundarían la ciudad de Veracruz. Decisión polémica la de poblar, por no estar claro si se contaba con el necesario permiso de Diego Velázquez. Con razón se les tendrá como los “primeros conquistadores”, título que pronto sería motivo de orgullo y base para la reclamación de interesadas mercedes ante la Corona.
La autora reconstruye aquellas actuaciones fundacionales; expone la estrategia organizada por Cortés para justificarlas, siempre apoyándose en su indefectible afición a asentarlas por escrito; establece la secuencia cronológica de los acontecmientos (refutando no pocos lugares comunes) y, sobre todo, identifica a los componentes de aquel belicoso grupo, donde figuraban personas de numerosas nacionalidades, entre las que lógicamente abundan las naturales de Extremadura. (Por cierto, a mí me encanta la advertencia, recogida por López de Gómara, que los partidarios de Velázquez le remiten advirtiéndole no se fíe de Cortés, porque “era extremeño, mañoso,altivo, amador de honras y hombre que se vengaría en aquello de lo pasado”).
Martínez utiliza fundamentalmente un documento hasta ahora apenas explotado, que reconoce encontró Martínez Cabral (1989) y dio a conocer M. Baracs (2005). Se trata de la Petición al cabildo de Veracruz, entidad recién instituida a impulso del propio Cortés, y que el procurador Álvarez Chico presentase en nombre de la comunidad (20 de junio de 1519), escindida entre partidarios de Velázquez y del extremeño, donde se solicita para éste, en una medida realmente revolucionaria, los cargos de capitán general y justicia mayor.
Este documento, que se guarda en el Archivo de Indias y aquí se reproduce facsímil, llevaba casi 400 rúbricas, algunas simples garabatos. Contrastándolo con otros, la investigadora establece la personalidad de cada uno de los firmantes, enriqueciendo así notablemente el “Diccionario de los conquistadores de México”, hecho por Bernard Grunberg (2001), a la vez que da nuevas luces sobre los inicios de aquella gesta y sus principales protagonistas.

Martínez Martínez, María del Carmen, Veracruz 1519. Los hombres de Cortés. León, Universidad, 2013.

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BARTOLOMÉ J. GALLARDO
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Manuel Pecellín | 14-03-2014 | 09:19| 0

Escribir “Zervantes” no es en este caso una errata, sino producto lógico de seguir la ingeniosa ortografía propuesta por Bartolomé José Gallardo. El gran bibliófilo extremeño es el personaje principal de esta novela histórica, que también tiene no poco de psicología, espionaje, suspense e incluso metaliteratura. El de Campanario reparte protagonismo con su criado Matías Donoso, también nacido en aquel pueblo de la Serena. Los dos constituyen un dúo tan antitético, y tal vez por lo mismo complementario, como el de Don Quijote y Sancho Panza, a quienes se recuerda aquí una y otra vez en virtud de los ecos cervantinos de la narración.
Jaime Aguilera (Villanueva del Trabuco, 1970), licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica, quedó finalista con esta obra en el I Premio de Novela Histórica, sin duda merecidamente. Entusiasmado con la figura del gran bibliófilo extremeño, el autor compone la biografía del mismo durante la década más convulsa que le tocó vivir, desarrollando una enorme actividad: desde la llegada a Madrid de los ejércitos napoleónicos(1808), contra los que Gallardo combatirá pese a su admiración por los “philosophes” franceses, hasta el fracaso del Trienio Liberal (1824) y las nuevas persecuciones de los liberales constitucionalistas. Cádiz, Londres, Madrid y Gibraltar (éste ya de forma indirecta), más inevitables alusiones al pueblo de origen, serán los escenarios de la narración.
Aguilera la va construyendo con diferentes aportes, basados en la realidad unos, frutos de su imaginación otros, combinando así historia y literatura. Donoso, el supuesto fámulo, en quien el bibliófilo enciende la pasión cervantina, tras enseñarlo a leer, habría ido alternando sus servicios con la lectura del Quijote y la composición de unas memorias donde irá recogiendo las peripecias vividas junto a Gallardo. Constituyen el eje del libro. La búsqueda de ese diario, más otras anécdotas y consideraciones del novelista (no siempre justificadas), aportan también sus mimbres.
Resulta tan divertido como ilustrador seguir a los dos personajes, el real y el imaginado, por el Cádiz que el francés asediaba y donde se cuece “La Pepa”; aquel Londres repleto de exiliados españoles bien recibidos, en cuyo inagotable Museo encuentra el bibliógrafo su mejor paraíso; las logias secretas de masones, comuneros o carbonarios, con sus ritos de iniciación notablemente expuestos, aptas para conspirar frente a los poderes absolutos y favorecer a los revolucionarios, o ese Gibraltar (ya únicamente Donoso), asilo más o menos acogedor de los perseguidos en España.
Aunque entusiasta de la Enciclopedia y enemigo acérrimo del Antiguo Régimen, polémico e iconoclasta irremediable, mujeriego y sin aliño, a Gallardo lo que más le conmueve es la pasión por los escritos, mejores cuanto más viejos. Sus máximos afanes, que logra trasmitir a Donoso, se dirigen a la implantación nacional de la “libropoesía”. En pro de ella está dispuesto a victimar tiempo, dinero, salud y amistades. Tanta pasión se centra sobre todo en Cervantes (perdón, Zervantes) y su inmortal Quijote, que Donoso va leyendo y comentando paulatinamente. El extremeño sueña con hacer edición deslumbrante de la obra. Para ilustrarla demandará, sin lograrlo, la colaboración de su amigo Goya; un excelente editor inglés y los papeles encontrados en el Achivo de Indias, que supondrían una auténtica revolución para la biografía cervantina. Se constituyen también en elemento clave del relato, aunque se nos dirá en qué consiste su contenido.
Duro resulta seguir la ortografía gallardiana, que también sigue Donoso en su diario, pero tiene su sentido: identificar lexemas y grafemas castellanos, con la mayor economía posible. Más grave aún si, por lo que parecen precipitaciones en la escritura (especial mal uso de los relativos) y falta de corrección de pruebas (¡cuántas sílabas mal partidas!), las erratas proliferan en exceso. El buen lector sabrá excusarlo, por los atractivos de la narración.

Jaime Aguilera, El criado que descubrió a Zervantes. Ediciones Áltera, Barcelona, 2013

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TESORO LINGÜÍSTICO
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Manuel Pecellín | 14-03-2014 | 09:19| 2

Hace ya casi sesenta años (1956), una filóloga recién licenciada por Salamanca, nacida en San Pedro de Ceque (Zamora) llegaba al Instituto de Almendralejo. Pronto se enamoró de sus gentes y paisajes, a los que quiso dedicar la tesis doctoral (1961), “El habla de Almendralejo . Contribución al vocabulario extremeño de la Comarca de barros”, dos volúmenes que han permanecido inéditos hasta ahora. Catedrática de Lengua y Literatura Españolas desde 1966, Matilde Martínez no ha abandonado el lugar de acogida, donde ha formado a miles de alumnos, sin desatender la generosa participación en numerosas actividades culturales. Otros investigadores (Miguel Becerra Pérez, Purificación Suárez Zarallo, Manuel Rodrigo Asensio) complementarán sus investigaciones.
El Centro de Iniciativas Turísticas de Almendralejo, que preside Antonio Díaz Rodríguez, con ayuda de la Diputación de Badajoz, ha conseguido publicar aquel trabajo de la entonces joven profesora. Y lo ha hecho con doble fórmula:
1) Un opúsculo con 74 páginas, en el que Antonio Salvador Plan, catedrático de la Universidad de Extremadura y experto dialectólogo, resume ponderativamente los dos volúmenes de la tesis. Se adjunta un muestra del folclore popular: canciones religiosas, romances (de moros y cautivos, satíricos, burlescos, históricos), cantares de gira y carnaval, dictados tópicos, etc., seleccionados de la rica cosecha que Matilde agavillase in situ merced a trabajos de campo y oportunos informantes.
2)Un CD donde se reproducen las páginas mecanografiadas de los dos tomos originales (con numerosos apuntes manuscritos de la propia autora). Próximo siempre a la metodología de Zamora Vicente en su clásico estudio sobre el habla de Mérida (lógicamente, hoy superada en no pocos aspectos), el primer volumen busca establecer los aspectos diferenciales de la fonética morfología ,sintaxis y “, sobre todo, el léxico de los hablantes comarcanos. El Dr. Salvador destaca las aportaciones de este estudio para la sociolingüística y la historia de la lengua, más aún considerando que en este medio siglo muchos de aquellos materiales salieron ya del uso habitual ante el empuje del español normativo.
El tomo segundo “analiza el léxico ofrecido ya en el primer volumen, pero en este caso por materias: fenómenos atmosféricos, agricultura, ganadería, fauna y flora. Léxico de oficios como la panadería, la construcción, la matanza, la vida familiar y social, la medicina popular, los nombres dados a las personas, los topónimos o los apodos y nombres en diminutivo”, resume Salvador Plan, quien encarece también el capítulo último, dedicado al folclore.
Entre las personas que han contribuido a la edición, Matilde Martínez señala de modo sobresaliente a Carmen Fernández-Daza. Se ha impreso en el recién inaugurado taller gráfico de Efezeta, a cuyos responsables rendimos desde aquí admiración.
y deseamos suerte.

Martínez Pérez, Matilde, El habla de Almendralejo. Almedralejo, CIT, 2013

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GUADALUPE
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Manuel Pecellín | 14-03-2014 | 09:19| 0

Fundada en 1916, mientras la Comunidad Franciscana se debatía por devolver al Santuario de las Villuercas parte al menos de su perdido esplendor, la revista “Guadalupe” mantiene casi un siglo después encomiable regularidad, no sin haber adaptado formato y contenidos a las exigencias del tiempo. Dirigida ahora, tras el inolvidable fr. Sebastián García, por Antonio Arévalo, prior también del cenobio mariano, consta de 40 páginas, bien maquetadas e impresas, con un grupo de expertos colaboradores habituales.
Abre este número una décima con estrambote, compuesta por Diego de Ocaña (c. 1570-1608), fraile jerónimo de Guadalupe enviado a Indias, quien no duda en hablar de la “nación extremeña” (hasta dos veces en la misma estrofa) y sostener que la Morenita es su “Matrona” (¡buen guiño para los animosos de “Guadalupex”!).
Tras varios apuntes anónimos sobre la devoción mariana en la Llerena medieval; la fiesta de “La Encamisá” de Torrejoncillo y la ermita portuguesa de Sagres dedicada a la Virgen de Guadalupe desde Enrique el Navegante (1394-1460), encontramos la pluma del director en “La jiguera”, con razonables enojos contra la derogación de la “doctrina Parot” y la puesta en calle de decenas de terroristas nunca arrepentidos.
El joven Emmanuel R. Fernández suscribe la necrológica de Juan Gelman (1930-2014), el poeta argentino familiar de judíos ucranianos, que se enroló en las Fuerzas Armadas Revolucionarias para combatir la dictadura peronista y hubo de exiliarse, dejando atrás hijo y nuera embarazada, hasta el indulto (1989) decretado por C. Medem, conmoviéndonos la búsqueda de su nieta Andrea.
El P. Oterino narra las peripecias sufridas hasta localizar el Crucificado primitivo del extraordinario grupo escultórico “Espasmo de la Virgen, san Juan y la Magdalena”, que labrara la gubia del flamenco Koeman (s. XVI) y salvase de los xilófagos el celo del buen fraile.
Manuel Herrera Vázquez, basándose en seis documentos de la época, ofrece una primera entrega sobre las actuaciones de la neófita Inquisición (1485) en el entonces monasterio jerónimo, Comunidad que aún no aplicaba el “Estatuto de Limpieza de Sangre” para aceptar a sus miembros. Las actuaciones del temible Tribunal contra supuestos “judaizantes”. Se reproduce la carta que dirige el Inquisidor sevillano Francisco Sánchez de la Fuente dirige al prior Nuño de Arévalo (2-III-1485) para entender contra los legos de la puebla guadalupana. El autor promete un próximo libro.
No menos interesante resulta el artículo del siempre bien informado Arturo Álvarez sobre los bienes de Hernán Cortés, según se deducen del inventario recogido en el volumen XXVII de las “Publicaciones del Archivo General de la Nación” (México, 1935),
Finalmente, quiero destacar otras tres colaboraciones: Elisa Rovira concluye sus trabajos en torno a los visitantes famosos que han subido hasta Guadalupe, deteniéndose en la figura de Unamuno; Enrique Cordero continúa ocupándose de la música y tradiciones guadalupenses (en este caso, la matanza, el aguinaldo y las canciones navideñas), mientras Antonio Ramiro no deja de recoger en “Crónica de la Puebla” cuanto acontece por aquellos alrededores.

Arévalo, Antonio (dir.), Gudalupe, nº 837. Guadalupe, Ediciones Guadalupe, 2014

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LA CÓPULA
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Manuel Pecellín | 14-03-2014 | 09:19| 0

Hijo de jornaleros, Rueda nació (1857) en Benaque, una aldea de la Axarquía malagueña. Autodidacta, aunque con abundantes lecturas, ejerció numerosas labores, hasta que pasó a la capital de España en la Gaceta de Madrid merced a los buenos oficios de Núñez de Arce. Volvería a Málaga, donde viviría modestamente, si bien ya era un escritor fecundo y famoso. Allí murió el año 1933.
“Aunque de niño – según él mismo recuerda- en mi casa pobre yo no servía más que para vagar a todas horas por los campos, pretendiendo descifrar los profundos misterios y las grandes maravillas. Mi padre siempre me amparó por desgraciado y me tuvo un sitio en su corazón. Aprendí administración de las hormigas; música, oyendo los aguaceros; escultura buscando parecido a los seres en las líneas de las rocas; color, en la luz; poesía, en toda la naturaleza.”
Justamente la Naturaleza forma parte de la tríada ontológica que constituye el Universo, derivada de Dios mismo, proclamó el “panenteísmo” propuesto por Krause en su “racionalismo armónico”. Bien se conoce el éxito que en nuestro país tendría dicha escuela filosófica. Si de manera difusa, las tesis krausistas alcanzaron entre nosotros extraordinaria influencia entre pensadores, sociólogos, políticos, escritores y, claro está, pedagogos. La In situación Libre de Enseñanza consagrará el contacto con la Naturaleza como uno de los principios didácticos fundamentales.
Creo que bajo ese prisma hay que leer La cópula, obra cuya publicación (1906) recordaba inevitablemente otras de Felipe Trigo, por entonces la gran figura de la novela erótica española y también próximo a la estética modernista que el de Málaga cultivase en prosa y verso.
Gómez Yebra, quien ya le puso una breve introducción en la reedición de Clan (Madrid, 2010), ha preparado ésta de Cátedra. El catedrático extremeño suscribe el extenso estudio preliminar (pp. 11-70) y pone tres centenares de notas al texto de Rueda (pp. 73-187), que se reproduce por la segunda edición (1908), con algunas modificaciones: se suprimen los laudatorios “juicios de los contemporáneos” y las notas biográficas; se moderniza la ortografía; se corrigen las erratas y desaparecen decenas de esas molestas comas que separaban sin sentido sujeto y predicado.
Rosalía, soñadora joven andaluza, y el ya maduro David, un cíclope de origen mauritano, protagonizan la narración, culminada con la cópula carnal de ambos personajes. El autor, tan amante de los eufemismos, la presenta como un episodio más de ese trascendentalismo cósmico que todo lo impregna, salva y justifica en orden a la reproducción de las especies. Gómez Yebra pone de relieve el sincretismo artístico y los numerosos recursos literarios que se utilizan en la obra, posible versión contemporánea de un cuento oriental. A juicio de Guillermo Carnero, La cópula constituye “uno de los universos más extensos, variopintos y sorprendentes que pueda ofrecer la historia de las Letras españolas”.

Salvador Rueda, La cópula. Madrid, Cátedra, 2014

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SABER POPULAR
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Manuel Pecellín | 11-02-2014 | 13:37| 0

Son 276 las páginas, con gracioso y renovado formato, de la “Revista Extremeña de Folklore”, según se intitula la revista de la Federación Extremeña de Folklore, publicación que alcanza así la respetable edad de cinco lustros, habiendo superado periodos realmente difíciles (incluso estuvo sin aparecer durante un tiempo). Ahora cuenta con el patrocinio de la Diputación pacense y está dirigida por Juan Rodríguez, autor de numerosas investigaciones etnográficas. En el consejo de redacción figuran Mª del Pilar Barrios, Rafael Caso (secretario), Francisco Muñoz (presidente de la Federación), José Antonio Nieto, Andrés Oyola, Ismael Expósito y Juan Andrés Serrano. Todos ellos tienen dadas muestras de interés investigador por los rasgos diferenciadores de la cultura popular extremeña, a cuya especificación y estudio ha estado siempre dedicada la revista.
Así lo demuestra el artículo del propio director, que hace un recorrido por cada uno de los números publicados. Reproduce también cartas, trabajos perdidos y otros documentos en relación con su historia.
Sigue la colaboración de José María Domínguez Moreno sobre las brujas de Ahigal, según las referencias populares. Trabajo extenso, más expositivo que analítico, aparece justo cuando Mikel Azurmendi acaba de ofrecer en Las brujas de Zugarramurdi un apasionante estudio del fenómeno brujeril, puesto de actualidad con la película del mismo nombre.
Dignas de lectura son igualmente las páginas en que José Luis Rodríguez Plasencia
se ocupa de los gentilicios familiares e individuales extremeños. Ofrece una primera nómina (de la A a la C) con apellidos y motes, adjuntando la explicación de los mismos.
José Antonio Ramos Rubio expone el pasado, presente y futuro de la vieja cañada Dalmacia a su paso por Extremadura, proponiendo un recorrido “ecológico” por la misma, para descubrir bellos rincones de la Sierra de Gata.
Cierra el número una sección miscelánea con apuntes históricos (“Los toros de ayer en Casatejada”, de Carlos Mª Rodríguez), noticias ( “La danza tradicional extremeña fuera de Extremadura”, de Víctor Jesús Cobo), recuperaciones (como los que se habían traspapelado de Félix Barroso, “Andanzas y saberes de las Jurdes” o María Jesús Moro, “Los batanes hidráulicos”) y reseñas bibliográficas.
Se ha publicado también un opúsculo de 77 páginas en las que Rafael Caso Amador y María Rodríguez Sánchez recogen los cuatro índices de los números 1 al 31 (1987-2012) de Saber Popular: de artículos, autores, materias y topónimos.

Rodríguez Pastor, Juan (dir.), Saber Popular, nº 32. Talavera la Real, Federación Extremeña de Folklore. 2013

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FÁBULA MITOLÓGICA
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Manuel Pecellín | 09-02-2014 | 14:37| 0

Pureza Canelo, que tan acertadamente dirige la Fundación Gerardo Diego, y Elena, hija del poeta santanderino, han tenido parte fundamental en la edición de esta obra, preparada por Rosa Durán Navarro. Catedrática de la Universidad y gran especialista en Literatura Española de la Edad de Oro. Se ha ocupado, con general reconocimiento, de autores como nuestro Aldana, Luis Carrillo Sotomayor, Alfonso de Valdés (a quien atribuyó el Lazarillo de Tormes) o el propio Cervantes. Seguramente era la persona más indicada para establecer la autoría, cuidar los facsímiles, transcribir, anotar, valorar y referir las peripecias bibliográficas de la “Fábula de Alfeo y Aretusa”.
Diego localizó (1919) el manuscrito, bastante deteriorado, de este hermosísimo poema mitológico -una silva con casi mil versos- en la Biblioteca de Menéndez Pelayo. Consciente de la valía del poema, hizo copia manual y un estudio del mismo, aunque no los llegó a publicar. El pronto catedrático de Instituto (lo será por oposición meses después , ante un tribunal que presidía Emilia Pardo Bazán), no dudó en reconocer la pluma de Pedro Soto de Rojas (uno de los grandes seguidores de Góngora, que tanto lo seducían) tras aquellos heptasílabos y endecasílabos tan admirablemente labrados. Lo confirma su editora, merced a un minucioso análisis comparativo de la pieza
Otro valor de este manuscrito autógrafo es que “no es una versión definitiva, sino una obra en marcha; podríamos calificarlo de taller del poeta. En él vemos palabras y versos tachados, sustituidos por otros que están al margen del texto; pero también variantes, distintas posibilidades y versos que seguramente pensó en añadir .. Se ve el poema creándose, imperfecto aún en el folio escrito” (pág. 22).
Ya D. Gerardo en el estudio que no publicó, advertía sobre la importancia de las adiciones, enmiendas, tachaduras y anotaciones superpuestas al margen.
Por fortuna, el mimo de Elena Diego, más las buenas gestiones de los bibliotecarios de la Menéndez y Pelayo, han hecho llegar a la investigadora catalana las dos piezas que parecían perdidas (la fábula de Rojas y el estudio de Gerardo). Se reproducen aquí facsimilares, amén de la oportuna transcripción del primero.
El volumen hace el nº 5 de la colección “Bodega y azotea” (un guiño al santanderino del 27), dirigida por Pureza Canelo y Elena Diego bajo el cuido de Andrea Puente.

Navarro Durán, Rosa, Gerardo Diego y la Fábula de Alfeo y Aretusa de Pedro Soto de Rojas. Santander, Fundación Gerardo Diego, 2013.

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INQUISICIÓN Y BRUJERÍA
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Manuel Pecellín | 07-02-2014 | 09:21| 0

Hay un hecho histórico incontrovertible, que incluso los más acérrimos propagandistas de la “leyenda negra” española no pueden rechazar: la Inquisición hispana fue mucho más benévola con el fenómeno de la brujería que los tribunales civiles europeos. De hecho, nadie fue relajado al brazo secular por los inquisidores, como brujo/a, a partir de la segunda década del XVII, mientras que miles de hombres y, sobre todo, mujeres eran ejecutadas en Europa como reos de prácticas demoníacas. (Recomendamos la lectura del bien documentado estudio de Barbero Richart “La represión de la brujería en Alemania”, en Memorias de la Real Academia de Extremadura, III. Trujillo).
Ahora bien, no siempre fue así, como demuestra lo ocurrido con las llamadas “brujas de Zugarramurdi” por el lugar navarro de habla euskalduna donde surgió el inquietante fenómeno, al que Álex de la Iglesia acaba de dedicar su última película. Mucho más ajustado a los hechos que el fin, es el estudio de Mikel Azurmendi. El conocido antropólogo vasco, apoyándose en las investigaciones previas de Caro Baroja y las definitivas del danés G. Hennigsen (autor de El abogado de las brujas y The Salazar Documents), suscribe una relación de lo acontecido en aquellos valles pirenaicos, junto con el convincente análisis de las causas que lo provocaron, hasta culminar en el auto de fe de Logroño (noviembre 1610) donde arderían once cristianos de origen humilde, produciendo una enorme convulsión social que fue in crescendo cual una erupción incontenible y sólo el buen sentido de algunas autoridades religiosas alcanzarían a contener, por fortuna de forma definitiva.
Fueron cuatro las personalidades que contribuirían a terminar con aquella “locura brujeril” desatada en territorio vascuence: Salazar, un honesto y valiente inquisidor, que se opuso a las manipulaciones de otros colegas, hasta conseguir que el Santo Tribunal dictase la oportuna retractación pos las malas actuaciones practicadas, torturas incluidas, y el “edicto de silencio” sobre las juntas diabólicas (sabbat o aquelarres, según el término interesadamente inventado) como explicación de los maleficios. Venegas de Figueroa, obispo pamplonica, que se opuso a las decisiones del tribunal de Logroño y a la vesania del juez galo DeLancre, mucho más cruel que los inquisidores españoles, mientras apoyaba a sus clérigos “negacionistas” (los curas que negaban la existencia de brujos). El jesuita Hernando de Solarte, que predicó en las poblaciones pirenaicas afectadas y señaló pronto a la pobreza, la ignorancia y la dependencia social como factores desencadenantes del fenómeno brujeril. Y, finalmente, el extremeño Pedro de Valencia quien, desde la lejanía, conducido por su sentido común y muy escéptico con los relatos de los supuestos aquelarres y actuaciones demoníacas, propondrá en su “Discurso de acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a magia”, dirigido a la Inquisición, explicaciones basadas en factores naturales: sueños, fantasía, hambre, drogas, locura o mala voluntad. Sus víctimas habrían de ser tratadas como personas enfermas, más que como herejes o posesos.
Gracias a ellos, y seguramente a otros que quedarían en segundo plano, las hogueras judiciales para brujos/as se apagaron pronto en España, aunque las heridas provocadas por las primeras actuaciones permanecerán largo tiempo. La obra de Azurmendi, compuesta con tanto rigor como amenidad, es un magnífico análisis de lo acontecido.

Azurmendi, Mikel, Las brujas de Zugarramurdi. Córdoba, Almuzara, 2013.

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SER PARA LA MUERTE
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Manuel Pecellín | 05-02-2014 | 08:29| 0

Natural de Monesterio, Francisca Gata reside en Albacete, dedicada por completo a la creación literaria, en prosa y verso, con obras que están consolidándola como una voz absolutamente original. Entre sus títulos cabe recordar La celda del mar, El bar de los vagabundos, Fuera del tiempo, El felino dormido, Desterrados, Creación, Cine negro o Despiece de la infancia, obra ésta que recordábamos aquí hace escasos meses. La calidad de su escritura ha sido reconocida con la obtención de premios como el Paul Beckett, Ciega de Manzanares, Felipe Trigo, García Pavón o Ciudad de Ronda.
” La noche del condenado -proclaman acertadamente los editores- es casi un soliloquio entre el poeta y la muerte, la condena como metáfora de una sociedad y de una condición humana. Poesía siempre sutil, confesional y grave, Gata ha vuelto a escribir desde el interior de sí misma con una crudeza y una intensidad sorprendentes”.
En efecto, el libro propone desde la apertura y final del primer poema (“Si no viera la muerte en esos ojos/ Si no fuera un hombre detrás de una lágrima”) una desgarrada memoria sobre la condición humana tal como la autopercibe el sujeto lírico, sin concesiones ni consuelo. Sólo al final de la obra (“Soy yo quien paga con la vida todo el morir/aguardando de Dios la fe de erratas”), se abre una vía a la trascendencia, si no es pura retórica lo escrito.
Porque somos “solo una vida con resultado de muerte”, parafrasea a Heidegger la autora. También lo hace en numerosas momentos al Cernuda que anhelaba únicamente convertirse en piedra sepultada entre ortigas sobre la cual el viento pasee sus insomnios.
Los suyos nos los entrega Gata en estos versos turbadores, de amplio aliento, que a menudo se transforman en versículos prolongados, donde el repique inquietante de las anáforas percute una y otra vez. Al mismo tiempo, el cúmulo de imágenes, tan inesperadas como deslumbrantes, hace de cada poema una epifanía desgarradora.
Términos del mismo campo semántico (, patíbulo, sudario, ataúd, tumba, osario, sepultura, epitafio, crepúsculo, noche, gangrena, lepra, difunto) inducen insistentes a la misma fatal conclusión: “una sombra soy con arrugas de cadáver”.
Con todo, preciso es vivir mientras dure la débil llama que un día se alumbró, apoyándose en la virtud del lenguaje, sin olvidar nunca que “estoy más que perdido si duermo sin palabras”. Es lo que mejor puede darnos la poesía.

Francisca Gata Amate, La noche del condenado. Madrid, Ediciones Vitruvio, 2014.

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