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PROTESTANTES ESPAÑOLES
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Manuel Pecellín | 29-04-2017 | 08:22| 0

 

 

El siglo XIX fue pródigo en grandes figuras españolas de las letras, las artes, la política y el pensamiento. Todas ellas han sido objeto de estudio (yo mismo dediqué mi tesis doctoral a los Krausistas). No obstante, continúan bajo las capas del olvido otros protagonistas de nuestra historia, personajes, si se quiere, “secundarios”, pero sin cuya contribución a la sociedad no podrían entenderse los avances experimentados en la castigada piel de toro durante dicha centuria. Uno de estos hombres fue Luis de Usoz y Río, “el discreto heterodoxo” según lo llama Manuel Serrano Vélez (Cariñena, 1942), autor de esta excelente biografía.

Aunque nacido en Sucre (1805), quien habría de convertirse en el infatigable editor de los españoles próximos a la Reforma, vivió casi siempre en la Península (salvo los años de estudio en Italia, becado en el  célebre Colegio Español de Bolonia, y los viajes por Europa, sobre todo Inglaterra). Hombre de buen patrimonio, acrecido mrced la boda con una rica y ejemplar mujer, María Sandalia del Acebal y Arratia, Usoz pudo dedicarse a su pasión más absorbente: la bibliofilia. Formó en la época un magnífico cuarteto de “bibliómanos” decimonónicos (según le gustaba definirse) Junto a Estébanez Calderón, Pascual Gayangos y Bartolomé J. Gallardo. Como también al extremeño, lo distinguirían rasgos comunes: acendrado amor a la obra escrita, gusto por la ortografía fonética, espíritu liberal, patriotismo sin mácula, luchas en defensa del idioma castellano puro y hasta buenas dosis de anticlericalismo. Usoz se comprometió también en la lucha por la democracia del país y la abolición de la esclavitud (¡todavía legal en España, por el interés económico de los grandes azucareros y otros oligarcas! Eso lo indujo a aproximarse a los cuáqueros ingleses, aunque nunca se adscribiera formalmente a esa Comunidad.

Pero la máxima solicitud en tiempo y dinero fue para  cumplimentar un muy ambicioso y nada fácil proyecto: hacer imprimir la Colección Reformistas Españoles, para cuyo buen término contaría con la ayuda de numerosos agentes (entre otros, un abuelo de Pío Baroja, novelista que retrataría a Usoz, no muy felizmente, en Diario de un protestante español). Ninguno lo apoyó más que Benjamín Wiffen, a quien había visitado en Mount Plesant, cerca de Woburn. El cuáquero inglés fue determinante para llevar a cabo la idea, que previamente requería la adquisición de las obras “protestantes”, duramente castigadas y casi  ilocalizables en España por culpa de la Inquisición.

Usoz se haría con los ejemplares oportunos a costa de mil fatigas. Fue dándolas a imprenta (en San Sebastián), hasta publicar una treintena de lo que él consideraba un patrimonio hispano valiosísimo. Suyos son también los preliminares, notas y, en su caso, versión castellana (fue notable políglota). Entre los títulos de aquel fondo cabe destacar los libros de Juan Valdés (el escritos a quien más apreciaba); algunos tratados de Cipriano de Valera y las Artes de la Inquisición Española (con entrega también en el latín original), cuyo enigmático autor firmaba Reginaldus Gonsavius Montanus, seudónimo  bajo el cual, según los mejores críticos actuales, se ocultaba el extremeño Casiodoro de Reina, el primer traductor al castellano de las Sagradas Escrituras completas (Biblia del Oso).

Usoz, que coleccionaría miles de romances, había hecho reeditar  el  Cancionero de burlas provocantes a risa (s. XVI), por él descubierto en la Biblioteca del Museo Británico, como muestra de que en nuestro Siglo de Oro hubo cabida para la literatura más procaz. Murió (1867) si conseguir publicar una Biblia en castellano, según procuraba.

Su viuda donó  (1873) a la Biblioteca Nacional de Madrid la que él había ido formando con tantos esfuerzos y costos, más de 11.000 volúmenes y un importante archivo (no bien conservado por dicha Institución). Con aquellos fondos pudo escribir el joven Menéndez y Pelayo su impagable, aunque tantas veces injusta, Historia de los heterodoxos españoles.

 

Manuel Serrano Vélez, El discreto heterodoxo Luis de Usoz. Córdoba, Almuzara, 2016

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DIEGO DONCEL
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Manuel Pecellín | 25-04-2017 | 11:17| 0

 

 

Como en cursos anteriores, subimos a la Biblioteca de Extremadura, junto a la cual lucen más cada día los impresionante restos de la Alcazaba árabe, para celebrar el Día del Libro 2017. Cada año, los organizadores invitan a un escritor de la tierra, que hace allí el elogio de la lectura. La BIEX imprime  un folleto con el pertinente discurso. A partir de 2002, por aquella tribuna han pasado Álvaro Valverde (Elogio de los libros), José Luis García Martín (El festín de Alejandría), Javier Rodríguez Marcos (Tampoco a mí me gusta), Antonio Sáez Delgado (Quijotes), Isaac Rosa (La lectura salvaje), Ada Salas (La vida silenciosa), José Antonio Zambrano (Sitio de todos), Irene Sánchez Carrón (La lectura como recompensa), María Rosa Vicente Oliva (En el principio fue el sonido), Basilio Sánchez (La vida que nos damos), Antonio Orihuela (Las palabras y las cosas), Pilar Galán (La lectura, qué gran misterio), Laura Rosa Tardío (Un libro, una pasión) y Elías Moro Cuéllar (¡Desenfunda, forastero!).

Estos títulos constituyen una preciosa colección ensayística, de carácter metapoético, donde cada autor lo que hace sobre todo es expresar cómo concibe su propio proceso creativo. Resulta impagable para cuantos estén interesados por  literatura que labran nuestros escritores.

A tan significativa nómina se une este año Diego Doncel. El poeta y novelista de Montánchez (también profesor y crítico) nos deleitó con sus reflexiones sobre El libro en la era del consumismo, texto que, según sus declaraciones, podría incorporarse a su obra próxima. Es una reflexión sobre el barrio donde vive, el mítico Malasaña de la movida madrileña, transformado ahora en “McLasaña”, ingenioso neologismo para designar la metamorfosis allí experimentada, símbolo de cuanto ocurre por tantos lugares: el antiguo espacio de luchas y provocaciones callejeras, se ha transformado hoy en “un libro ilustrado por grafiteros, modernos de la última modernidad, gastronomía cosmopolita, tiendas de topa alternativa con un leve aire londinense y bares diseñados según los cánones de los folletos turísticos”.

El ensayista proclama que también la literatura ha sucumbido a ese proceso de comercialización creciente. Los autores buscan apenas más que entretener al lector; sueñan con  acaparar portadas y pantallas, convertirse quizás en best-sellers, antes que innovar el lenguaje, denunciar injusticias o inducir conductas rebeldes. “Desde los altavoces neoliberales se nos dice que el escritor no debe tener ideología, no debe aspirar a influir en la sociedad, debe perder su carácter de pensar nuestro mundo. Escribe sólo para crear ocio, no aspira a tener lectores sino público”, según sus análisis.

Por el contrario, Doncel urge a volver hacia territorios que nunca debieron ser abandonados. En lugar de escribir libros débiles, menores, masivamente aceptados por los canales, nada conflictivos para el lector, estéticamente tradicionalistas y conceptualmente tópicos, él apela a la gran tradición, que ve las palabras como forma de aproximarse a la verdad, al sentimiento y fraternidad de los hombres, pues: “somos hijos de la razón de Galileo, de los puntos de fuga de Cervantes, del corazón que late en cada página de Shakespeare. Estamos enamorados de Anna Karenina o de Madame Bovary. Hemos visitado muchas veces el Nueva York de Lorca o la Venecia de Josef Brodsky. Creemos que un libro es una forma de salvación”.

Como para confirmarnos en la vigencia de las virtudes clásicas, la joven Mercedes Trigo Navarro puso broche de oro interpretando la Suite para violonchelo solo nº 1 en Sol mayor  de Juan S. Bach.

 

Diego Doncel, El libro en era del consumo. Mérida, Dirección General de Bibliotecas, 2017

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JESUITAS EN BARCARROTA
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Manuel Pecellín | 23-04-2017 | 11:47| 0

Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Autónoma de Madrid, ya jubilado, el Dr. García Iglesias (Barcarrota, 1943) es autor de muy apreciadas publicaciones sobre su especialidad. A partir de 1990. fue incrementándose su interés por los estudios eclesiásticos y la Historia de la Iglesia, obteniendo la licenciatura en ambas modalidades.

Desde entonces, ha trabajado de modo especial sobre la Compañía de Jesús, a la que tiene dedicada cuatro obras y numerosos artículos. Importa recordar aquí  su libro Los jesuitas en Badajoz (1971-1976).

Este opúsculo (pequeño volumen con medio centenar de páginas) hace el nº 23 de la colección “Altozano”, serie de la que Francisco Joaquín Pérez González es meritorio artífice y mantenedor, según reconoce el sabio Académico.(García Iglesias fue elegido miembro de la Real de Extremadura el 31 de diciembre de 1997).

Su trabajo rezuma por doquier “cultura jesuítica”, aunque se centre en la presencia ocasional en Barcarrota de los padres de la Compañía, por razones  pastorales, durante el periodo acotado.

Para escribirlo, el autor obtuvo un privilegio que a muy pocos conceden los seguidores de San Ignacio: consultar los diarios domésticos (en este caso, tres volúmenes con 1.200 páginas) redactados en la Residencia jesuítica de Badajoz por distintos comitentes (no todos atentos), según se acostumbra en  las Casas de los Religiosos. Allí ha ido barriendo el historiador, con su conocida pulcritud, las noticias localizadas sobre su pueblo natal, que él adoba graciosamente con sus sabrosos recuerdos de infancia y adolescencia en la villa.

 Según cabe esperar de tan sesudo investigador, las va ofreciendo debidamente contextualizadas, lo que convierte el conciso texto en un enriquecedor apunte para la historia de la Diócesis pacense (con singular atención a los años de la II República y la Guerra Civil). Si a todo esto añadimos la cuidada prosa en que está compuesto, explican que con esta publicación se eleve la valía de una serie donde abundan los títulos realmente valiosos. (Aquí mismo reseñé el penúltimo, un atrevido ensayo del Dr. Esteban Mira en torno a las raíces judeoconversas de  Hernando de Soto).

Lo edita la Universidad Popular barcarroteña, que lleva el nombre de Hilario Álvarez. En la misma colección acaba de aparecer un el nº 26, donde se recoge una antología de artículos que este catedrático de Literatura, llegado un día desde su Asturias natal  (n. 1927) para afincarse entre nosotros, fue dando a luz en la Revista de Ferias de  Barcorrota.

 

 

 

García Iglesias, Luis, Los Jesuitas y Barcarrota (1943-1973). Barcarrota, Universidad Popular, 2017

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FUNDAMENTALISMOS IDEOLÓGICOS
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Manuel Pecellín | 08-04-2017 | 07:05| 0

 

 

Javier de Lorenzo es una de las personalidades españolas más respetadas en el espinoso campo de la “filosofía de la ciencia”, área tradicionalmente de escaso culto para nuestros compatriotas. Hijo del escritor Pedro de Lorenzo y natural de Cáceres (1939), cuenta con una excelente preparación para abordar las difíciles labores que su especialidad comporta: es licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía, además de titulado en Periodismo. Una larga carrera docente (50 años) lo conduce desde la cátedra del madrileño instituto Ramiro de Maeztu, hasta la Universidad de Valladolid, donde se jubiló  (2010). Autor de una muy abundante bibliografía, ha participado también en la fundación, dirección o mantenimiento de revistas, sociedades e instituciones relacionadas especialmente con el estudio, desarrollo y enseñanza de la Matemática y su historia.

Javier de Lorenzo dedicó la tesis doctoral a  J. H. Poincaré (1854-1912), a quien calificó como “matemático visionario y politécnico escéptico”. Nunca ha desistido en su respeto por el genial polímata, si bien ha prestado igualmente atención a otras grandes figuras europeas de las pretendidas “ciencias exactas” (que, a la postre no son tan firmes y seguras como otros pretenden). Por nombrar algunos de los más relevantes: Frege, Peano, Hilbert,  Brouwer,  Russell,  Gödel, Weyl, Heyting, Skolem, Wittgenstein o N. Bourbaky (en realidad, un colectivo francés, con hasta tres generaciones de sabios).

Una de las grandes preocupaciones intelectuales de nuestro filósofo, resaltada por Poincaré, es que se formula como “crisis de fundamentos”. Singularmente sentida por los matemáticos desde finales del XIX, aunque afectara en realidad a todas las ciencias, la   Grundlagenkrise der Mathematik fue agudizándose a medida que las “paradojas” emergentes sembraban el desconcierto en los espíritus más lúcidos, al tratar de establecer  bases sólidas a partir de las cuales construir el edificio del saber, sin miedo a incurrir en nuevas contradicciones o lagunas insalvables. Sin duda, esta preocupación (con viejos antecedentes en la historia de la Filosofía), fue una de las raíces más fructíferas para el desarrollo de la Matemática durante el último siglo, a la que se deben extraordinarios avances.

Mucho ha escrito Javier de Lorenzo sobre el tema. Si incide nuevamente en la cuestión con este extenso ensayo (440 páginas), que ha querido subtitular “Fundamentalismos matemáticos del siglo XX”, es sin duda por las razones sugeridas en los preliminares: el creciente ascenso experimentado durante los lustros últimos (derruidos ya los acerados muros en los “paraísos comunistas”)  de dogmas político-sociales, con base religiosa, cuyo radicalismo dogmático parece poner en peligro, apocalipsis no desechable,  al mundo contemporáneo.

Ante el peligro fundamentalista, tal vez no resulte inútil repasar los denodados esfuerzos de los científicos más lúcidos por descubrir verdades y métodos de validez universal, viéndose enfrentados unos a otros, sin ponerse de acuerdo. Hombres y mujeres de las escuelas formalistas, intuicionistas, lógicas, estructuralistas, analíticas, neopositivistas, eclécticas, etc.,  polemizarán entre sí, viéndose forzados a relativizar sus tesis básicas. Conociendo esta historia de las mentalidades, cuyos hitos fundamentales expone el autor, ¿cómo pretenderse poseedores de verdades absolutas, más aún en áreas que superan los límites de lo empírico o racionalmente verificable, dispuestos a eliminar físicamente a cuantos discrepen?

De todos los capítulos del libro, quizás el más asequible, también más próximo a nuestros intereses, sea el dedicado a N. Bourbaki, el colectivo que más ha marcado la Matemática durante el medio siglo último. Un primer esbozo de este texto fue el tema de la conferencia que el autor pronunciase al inaugurar el XVI Congreso Nacional de Matemáticas (Medellín, Colombia, 2009). Por su benevolencia, una versión ampliada del mismo se publicó en el Boletín, que por entonces yo dirigía, de la R. Academia de Extremadura (Tomo XVII, 2009, pp. 71-108).

Javier de Lorenzo no sólo es un sabio, sino un gran comunicador. Su prosa impecable, con indudable voluntad de estilo, en la que abundan los recursos literarios, sobre todo las anáforas y anadiplosis concatenativas, contribuyen a mantener la atención de los lectores en temas no fácilmente comprensibles para los no iniciados.

 

Javier de Lorenzo, Matemática e ideología. Madrid, Plaza y Valdés editores, 2017.

 

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HOMENAJE A LA MÚSICA
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Manuel Pecellín | 29-03-2017 | 22:15| 0

 

 

Sin música, la vida sería un error, escribe Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos (tremenda obra, a la que puso por subtítulo Cómo filosofar a martillazos). “Todo lo que no es música se confunde en el silencio”, sugería Gregorio González Perlado, alineándose con la demanda de Verlaine: “De la musique avant tout”.  El más iconoclasta de los pensadores alemanes pensó primero que las composiciones de R. Wagner encarnaban su propio ideal, aborreciéndole después para entusiasmarse con creadores como Bizet, cuya Carmen representaría mucho mejor sus ideas sobre la voluntad de poder, el eterno retorno, el entusiasmo por la vida o el superhombre (niño que juega siempre, sin conciencia del mal), el triunfo de lo báquico sobre lo dionisíaco.

El lema nietzscheano figura en la entradilla de la obra que ganó el XVIII Certamen de Relatos Cortos “Rafael González-Castell”, premio anual mantenido contra viento y marea merced a la solicitud del Ayuntamiento de Montijo y los afanes de la familia que le da nombre, con la insustituible Piedad González-Castell en cabeza. Carlos del Pozo (Madrid, 1963), su autor, es licenciado en Derecho y pertenece al Cuerpo Superior de la Administración de Justicia, para la que trabaja desde Cataluña, sin omitir el cultivo de la literatura. Tiene publicados libros de viaje (Raíles sobre la mar), crónicas periodísticas (Los años del Abreviado), biografías (Lo que Pilar(Narvión) ha dicho), así como un notable conjunto de novelas, algunas también premiadas: La vida que se cumplió; Mercedes, el joven poeta y una comedia de Miguel Mihura; Mudanzas y despedidas; Háblame del paraíso azul y Montevideo no se acaba. Sus textos figuran también en diferentes antologías.

Que, según ocurre cada año, escritores de esta proyección se decidan a participar en el concurso montijano dice mucho a favor de los organizadores del evento. Según resaltaban al presentar la obra Manuel Gómez Rodríguez, alcalde del municipio, y su concejala de Cultura, María Jesús Rodríguez Villa,  tanto su Corporación como las que le precedieron (aunque de diferente adscripción política) vienen apoyando decididamente este Premio porque todos se enorgullecen de Rafael González-Castell – personaje digno de estudio- como una seña de identidad de Montijo.

Están tocando nuestra canción es la compilación de ocho relatos homogéneos, cada uno de los cuales se construye en torno a una composición más o menos famosa y su respectivo intérprete: “La mujer que yo quiero”, “Ramito de violetas”, “El muerto vivo”, “Procuro olvidarte”, “Vivir así es morir de amor”, “La flor de la canela”, “Gwendoline” y “La chica de ayer”. Redactadas en primera persona, para incrementar el aire autobiográfico que las impregna (aunque Del Pozo proclame el carácter ficcional de las misma), el sujeto literario evoca anécdotas que ha vivido junto a algunos de los cantantes, amigos o compañeros/as en determinados conciertos, recitales, tertulias y guateques, al son de sus músicas preferidas. Es, sin duda, donosa evocación de la dorada juventud, con apuntes sociológicos de la España que le tocó vivir.

Todos llevamos dentro canciones con las que nos identificamos por encima de las demás, capaces de  pellizcarnos el corazón, estremecernos, irritarnos o hacernos soñar con tantas cosas.  Constituyen algo así como la “banda sonora” de nuestra existencia. Seguramente las de Carlos del Pozo son las antes señaladas.  En ellas nos reconocemos varias generaciones de españoles. Y si es verdad,  en atisbo de Javier Cercas, que todo relato tiene un “punto ciego” en el que creador y lectores coinciden, estas narraciones abundan en los mismos, más perceptibles quizás si se las repasa con la oportuna música de fondo.

El volumen se ha impreso en los talleres de la Diputación provincial.

 

Carlos del Pozo, Están tocando nuestra canción. Montijo, Ayuntamiento, 2017

 

 

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EL DRAMA DEL EXILIO
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Manuel Pecellín | 25-03-2017 | 09:15| 0

El exilio es un fenómeno seguramente tan antiguo como la humanidad, más identificable desde que en el neolítico el hombre se asienta en lugares que va a considerar propios: tribus, agrupaciones sociales, pueblos que se ven forzados por otros a salir del hogar de sus mayores para salvar la vida o encontrar mejores fórmulas de subsistencia.  Entre nosotros, así lo sufrirían hispanogodos, andalusíes, judíos, moriscos, constitucionalistas, liberales, republicanos … por no decir las multitudes emigradas durante siglos al Nuevo Continente o las contemporáneas rumbo a Europa, por no decir el continuo flujo interior desde las regiones pobres a las más ricas (no siempre las mismas a lo largo de la historia).

Mucho sabe de exilios Velbor Côlic, natural (1964) de Modrica, pequeña población al norte de Bosnia-Herzegovina, en la antigua Yugoslavia. La locura bélica que arrasó buena parte de los Balkanes, también hubo de sufrirla este hombre, que había estudiado literatura en Sarajevo y Zagreb. Periodista, trabajaba en la radio como responsable de las emisiones de rock y jazz, sin omitir la creación. Redujeron su casa a cenizas; perdió los originales de algunas obras y, alistado por fuerza en el ejército, vio morir, muchas veces en las circunstancias más horribles, a innumerables personas. Su novela Los bosnios (Le Serpent à Plumes, 1994),  también editada por Periférica, 2013, constituye un testimonio escalofriante de aquella locura.

Côlic desertó (1992), fue encarcelado, pudo huir y, tras duro peligro, logró llegar a Francia, : “Tengo veintiocho años y llego a Rennes con tres palabras de francés por todo equipaje: Jean, Paul y Sartre. También llevo mi cartilla militar, cincuenta Deutsche Mark, un boli y una gran bolsa de deporte, color verde aceituna, de marca yugoslava. Su contenido es escaso: una manuscrito, algunos calcetines, un jabón deforme (parece una rana muerta), una foto de Emily Dickinson, una camisa…, un rosario, dos postales de Zagreb (sin usar) y una cepillo de dientes”. Así comienza su obra sobre el exilio, donde evocará lo más relevante de cuanto le acaece hasta convertirse en un  escritor famoso.

Sin duda, quien tras atravesar Croacia, Eslovenia, Austria y Alemania, acude al centro de acogida para solicitantes de asilo en Rennes, llega mucho mejor preparado que la mayoría, pero no sin tremendos desgarrones psicológicos.  No mucho le ayudarán a recomponerse el recurso al alcohol, el sexo, los viajes u otras evasiones, de las que se van dando cuenta en estas páginas, no sin un enorme sentido del humor. (Abundan los chistes, algunos bastante malos o muy conocidos). Poco a poco, este “Hemingway de los Balkanes” – recuerda irónicamente que así lo calificaba la crítica- , que se dice poeta y filósofo, amén de narrador, va a convertirse en figura de las letras. Contribuyen la buena acogida, como la estancia durante un año en el Parlamento de los escritores de Estrasburgo, y el rápido éxito editorial. Hoy reside en Bretaña, impartiendo talleres de escritura.

No obstante, tendrá que convivir con los fantasmas invasores de su espíritu, un aluvión de huesos secos y fosas comunes, de torturas, violaciones y horrores miles desencadenados por la guerra (con más de 100.00 víctimas y 1.800.000 de personas desplazadas). Se comprende que lo asalten y nos los dibuje en cualquier pasaje de Manual de exilio, texto fragmentario,  donde historia, periodismo, poesía y filosofía alternan con el relato autobiográfico. Y eso pese a que el autor se dice ya reconciliado con la humanidad.  Para sobrevivir, son impagables las lecciones recibidas de gente como de los gitanos Mehmet Bairami o Joszef Farkas; el hábil carterista José Miguel “El Mariposa”; el sabio Nikola o tantas amigas encontradas en París, Milán, etc. También algún encuentro ocasional, como el que tuvo con S. Rushhdie, otro que tanto sabe de persecuciones y de quien se hacen un magnífico retrato.

 

Velibor Côlic, Manual de exilio. Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones. Cáceres, Periférica, 2017

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ROMANCES DEL CID
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Manuel Pecellín | 22-03-2017 | 07:22| 0

 

El 23 de abril de 2010, día bien idóneo,  asistíamos en la Biblioteca de Extremadura, bajo la dirección entonces de  Justo Vila, a un acto singular: Fernando Serrano Mangas (+) entregó a la Consejera de Cultura, Leonor Flores, una joya bibliográfica, un ejemplar desconocido hasta la fecha de la Hystoria del muy noble y valeroso caballero Ruy Díez de Bivar en romances, en lenguaje antiguo  (Lisboa, Antonio Álvarez, 1605), recopilación preparada por Juan de Escobar.

Al parecer, el Dr. Serrano, que no quiso desvelar a los curiosos periodistas los intríngulis de la compra, había adquirido a buen precio tan rara pieza en la tienda de un “alfarrabista” de Lisboa y tuvo a bien donarla a los cada vez más ricos fondos de la BIEX. (“Sebo o alfarrabista é o nome popular dado a livrarias que compram, vendem e trocam libros usados”, leemos en Wikipédia).

La editorial Castalia había publicado, ya póstuma (1973),  la edición que de dicha obra dejase dispuesta D. Antonio Rodríguez-Moñino para la “Colección de Romanceros de los Siglos de Oro”. Llevaba un prefacio de otro gran especialista, Arthur Lee-Francis Askins, hoy profesor emérito de la prestigiosa Universidad de Berkeley y autor de numerosos estudios sobre el tema.

La reedición que ahora presentamos recoge aquel texto, precedido por un breve apunte de dicho investigador, amén de un preámbulo que firma José J. Labrador Herraiz, coordinador de la serie Romanceros patrocinada por el Frente de Afirmación Hispanista. Ha tenido a bien incluir un extenso pasaje en que Justo Vila evoca sus amistosas relaciones con Fernando Serrano.

Sigue el facsímil del volumen que preparase Escobar, reproduciéndolo no del ejemplar que guarda la BIEX (con lagunas, pese a la magnífica labor restauradora hecha por Pedro Barbáchano a partir de la donación), sino según el otro ejemplar de la princeps hasta hoy localizado. Lo conservan en la Biblioteca Houghton de Harvard, donde llegaría el año 1922, donado por J.B. Stetson, procedente de la colección de Fernando Palha.  (Aunque Moñino habla de otro ejemplar, que estaría en la Universidad de Gotinga, al parecer nunca ha figurado allí. Ni se conoce el paradero de otro, subastado el 1996 en Londres por Christie`s, al nada módico precio de remate de 5.290 libras). Sólo se ha aumentado ligeramente el tamaño de las letras, para facilitar su lectura.

Se dice que el romance constituye la poesía española por excelencia, en sus modalidades múltiples. Sin duda, los denominados de “gesta” y con protagonismo del mayor de nuestros héroes medievales tuvieron que ser forzosamente muy numerosos, más aún tras la invención de la imprenta. “El conocimiento de los textos, respaldado en esencia por las publicaciones de Rodríguez-Moñino y sin duda facilitado por la actual sencillez de acceso a ellos, sumado al cada vez más amplio repertorio de materiales de trabajo que aparece en revistas y libros, ha favorecido enormemente el estudio del romancero desde las perspectivas literarias y bibliográficas”, escribe Lee-Francis Askins (pág. 28).

La compilación de Escobar (tal vez un andaluz residente en Lisboa) fue la antología del Siglo de Oro que tuvo más reimpresiones. Askins pergeña en su estudio el núcleo de las peripecias y antecedentes bibiográficos de la misma. Ahora podemos disfrutar de la edición princeps (facsimilada) merced a la generosidad de Serrano, la clarividencia de Vila y los buenos oficios de mecenas, investigadores y editores.

 

Hystoria del muy noble y valeroso caballero El Cid Ruy de Biuar…México, Frente de Afirmación Hispanista, 2017.

 

 

 

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LA FORTUNA DE PIZARRO
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Manuel Pecellín | 16-03-2017 | 20:15| 0

Francisco Pizarro y los suyos (cuatro hermanos y otros familiares pasarían con él a América) consiguieron amasar en Perú una inmensa fortuna,  oportunamente invertida en la Península (Trujillo y su alfoz, sobre todo), acrecentada por razones matrimoniales.

Cuenta minuciosa de sus bienes han establecido en este volumen de 360 páginas los investigadores Francisco Cillán, Julio Esteban Ortega, José Antonio Ramos Rubio y Óscar de San Macario Sánchez, cada uno de los cuales  cuenta con numerosas publicaciones, tanto individuales como colectivas. Lleva prólogo de Hernando Orellana-Pizarro González, presidente del Patronato de la Fundación Obra Pía de los Pizarro y está dedicado a un amigo común, ya fallecido, Manuel Vaz-Romero Nieto.

Los autores no se limitan a dar cuenta de tan rico patrimonio atendiendo especialmente a la “recopilación de los inmuebles monumentales vinculados a la familia, algunos verdaderas joyas arquitectónicas, con amplias referencias a su historia, cronología, arquitectos y canteros, y con un abundante y detallado material gráfico, testimonio, más importante si cabe, para aquellos en peligro de perderse definitivamente”, según destaca el prologuista.

La obra constituye también una revisión de las leyendas y tópicos, por supuesto negativos, cuando no errores de bulto,  que la leyenda negra propala sobre la figura principal, Francisco Pizarro. Hasta dónde pueden erigirse los enemigos del conquistador del Tawantinsuyu  (el enorme imperio de Atahualpa, tan cruel como el que más) lo expresan  los versos  de Neruda en el Cántico general:

                                   Diez mil peruanos caen

                                      bajo cruces y espadas,  la sangre

                                      moja las  vestiduras de Atahualpa.

                                     Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura
hace amarrar los delicados brazos
del Inca. La noche ha descendido
sobre el Perú como una brasa negra…

 

Mucho más respetuoso con el gran guerrero se mostraría el norteamericano Charles Cay Ramsey (1879-1922), a quien se debe la gigantesca estatua que, donada por su viuda María Harriman, preside desde 1929 la bellísima plaza de Trujillo. Tanto de ésta, como de la broncínea figura allí asentada, se incluyen sendos estudios.

En algunas páginas se echa de menos una labor de lima, que elimine incorrecciones sintácticas;  datos erróneos (v.c. “el andaluz Hernando de Soto”, pág. 80) y conceptos repetidos (algunos con párrafos idénticos, v.c. páginas 124-25). Por no decir ese “se representaba a Francisco Pizarro no ha caballo…” (pág. 268).

El apéndice documental  permite conocer textos tan sugerentes  como el testamento de Pizarro (diferentes versiones); la larga epístola de su hermano Hernando a Carlos V (1535) o las impagables escrituras  (1537)  para la erección  en Trujillo de una iglesia y una capellanía  (Hospital de la Concepción) en Trujillo.

 

Cillán Cillán, Francisco y otros, Los Pizarro conquistadores y su hacienda. Trujillo, Palacio de los Barrantes-Cervantes, 2016.

 

 

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VIAJE POR EXTREMADURA
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Manuel Pecellín | 11-03-2017 | 22:31| 0

 

Conscientes del atractivo, e incluso la importancia que supone  “la mirada del otro”  para cuantos se interesan por establecer la identidad de un pueblo, región o país, los responsables de la fundación Ortega Muñoz vienen fomentando un sólido proyecto: cada año invitan a un personaje para que visite nuestra Comunidad y recoja sus impresiones en un texto a tenor del gusto del huésped elegido. Cada uno de los que hasta ahora habían visto la luz constituye un canto a los valores paisajísticos, culturales, humanos que aún se conservan en Extremadura, o en determinadas zonas de tan dilatado territorio, así como un estímulo para seguir esforzándose por mejorar este sufrido terruño.

Así lo lograron el escritor húngaro László Krasznahorkai con El último lobo; el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en El Reino de la Fortuna (más el ensayo adjunto de Isidoro Reguera, Extremadura, Renacimiento, Fortuna) o el catedrático salmantino Fernando R. de la Flor con Las Hurdes, el texto del mundo. No me parece que la obra de Antonio Moreno esté  (Alicante, 1964) a la altura de las anteriores. El título mismo, “Estar no estando”, sugiere que vino, no vio mucho y, desde luego, apenas supo vencer sus propios fantasmas interiores. Es decir, que su relato del viaje desde Mérida a Baños de Montemayor viene a contar casi lo mismo que si lo hubiera hecho por otros lugares, más o menos parecidos, de la geografía española. Porque lo que al autor le interesa sobre todo no es cuanto a su alrededor surge según asciende la Vía de la Plata, sino lo que en él se ilumina ante estímulos apenas atendidos. O sea que, terminada la lectura, conocemos mucho mejor la infancia, familia,  amistades, aficiones literarias, inquietudes espirituales del autor, que el paisaje y el paisanaje ocasionalmente visitados. Poco ayuda su desinterés intelectual hacia posibles fuentes de información, manejando tan escasa como añeja bibliografía, reducida al viejo Madoz y poco más.

Indudablemente, la escritura de Antonio Moreno es de alta calidad, con una prosa pulida a lo largo de su afortunada carrera lírica. La luce las pocas veces que se decide por describir dehesas, lagunas, bosques, ríos o poblaciones y, bastante menos, al evocar sus antiguas vivencias o reproducir las mínimas conversaciones que decide mantener con gentes del lugar o compañeros de camino.

“Extremadura o la soledad” fue lema que acuñó Pedro de Lorenzo, hace lustros. Más lo proclamaría hoy el olvidado novelista, considerando la despoblación creciente de las áreas rurales. Esa sensación de vacío  humano es lo que impresiona a Moreno,  capaz de recorrer   los caminos de la dehesa durante horas sin toparse con persona alguna. El asunto se agrava por su propia decisión de dedicarle horas mínimas a Mérida; casi ninguna a Cáceres y cero a Plasencia. Para colmo, la fecha elegida (septiembre 2014) fue inusualmente lluviosa en Extremadura, fenómeno que favorece los  pastos, cultivos y montanera,  pero induce al recogimiento del personal.

Los que él encuentra, salvo cierto pastor,  algún tahonero, están en los bares, tiendas o refugios para peregrinos, amén de un puñado de  animosos extranjeros  que suben hacia Santiago. Salvo excepciones,  la percepción del caminante, incómodo ante la pobreza e insalubridad de casi todos los establecimientos, es claramente negativa. Mejor impresión parecen producirle las personas que lo atienden, cuya serenidad e incluso competencia lingüística elogia. Lástima no se decidiese a romper más a menudo sus propias elucubraciones y compartir detenidamente la palabra con tantos como podrían ilustrarlo sobre los avatares de la vida cotidiana. “Estuvo no estando”. Pero para ese viaje no hacen falta alforjas.

 

Antonio Moreno, Estar no estando. Badajoz, Fundación Ortega Muñoz, 2016

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FRANCISCANOS EXTREMEÑOS EN FILIPINAS
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Manuel Pecellín | 09-03-2017 | 09:59| 0

 

 

No deja de poner asombros la nómina de personajes extraordinarios nacidos en Extremadura (ya se perfilaba bien  así el territorio) nacidos en Extremadura durante el siglo XVI: Cortés, Pizarro, Hernando de Soto, Orellana,  Núñez de Balboa, Nicolás de Obando,  Torres Naharro, Arias Montano, Casiodoro de Reina, El  Brocense, Rui Lope de Segura, Pedro de Valencia, Luis de Morales, Zurbarán, Gregorio López, Juan Vázquez, Pedro de Alcántara…son nombres que cualquiera puede evocar entre las máximas figuras de centuria renacentistas.

Hay otra segunda nómina de extremeños formidables, menos conocidos, aunque marcaron la historia de la tierra donde les tocó vivir (casi siempre fuera de Extremadura). Uno de ellos fue fray Juan de Garrovillas (1535 aprox.-1612). Para cerciorarse, baste leer la biografía de este franciscano descalzo, recién publicada por Beturia, con prólogo de fr. Sebastián Ruiz Muñoz, ofm., guardián del Monasterio de Guadalupe entre 2010-2013.

El autor (Salamanca, 1945), ingeniero de Caminos, con prolífica numerosos trabajos profesionales, viene colaborando estrechamente en los movimientos culturales que, bajo la entusiasta batuta de J.J. Barriga, se desarrollan para el estudio de la historia de Garrovillas.  Allí nació Domingo Marcos Durán, quien  a finales del siglo XV daría a luz los tres primeros tratados musicales escritos en castellano: Lux Bella, Comento sobre Lux Bella y Súmula de cantos de órgano contrapunto y composición vocal práctica y especulativa.

Fue siguiendo el aura de este músico como Norberto Díez González se toparía con otra personalidad,  también nacida allí donde el Tajo tumultuoso permite que lo pasen más o menos fácilmente quienes discurren por la Vía de la Plata. El libro, tal vez demasiado profuso, contextualiza los lugares donde fr. Juan vivió (el pueblo natal, Madrid, Nueva España y, sobre todo, diferentes lugares de Filipinas, donde murió). Como muchos de sus correligionarios, el buen fraile se ocupó no solamente de instruir religiosamente a los habitantes de la colonia, sino a fomentar su desarrollo cultural e incluso material, defendiéndolos según mejor supieron  de las exacciones a que a menudo los someten los conquistadores. Para alcanzar tales objetivos, se esforzaron por aprender las lenguas nativas; publicar en las mismas  diferentes tratados; organizar asentamientos saneados, escuelas, hospitales, vías de comunicación, etc. y dirigir a la metrópolis memoriales reivindicativos.

En el caso de fray Juan, un defensor absoluto de la descalcez y honestidad franciscanas, dos elementos son especialmente memorables: su compromiso con la Escuela de Música de Lumbang, fundada para instruir a los alumnos en “los rudimentos de nuestra Santa Fe y buenas costumbres, a leer y escribir y cantar los Oficios Divinos” (una de las 64 instituciones análogas creadas en Filipinas por los franciscanos durante el s. XVI, promovidas ardientemente por otro extremeño,  fr. Juan de Plasencia) y la atenciones que el de Garrovillas prestase a la difusión de la fe cristiana en el imperio del Sol naciente.

Como apéndice documental se reproduce la “Relación y certificación de las cosas y estado del Japón”, que fray Juan suscribe el 29 de abril de 1595. Publicado antes por la revista Archivo Ibero-Americano  (nº 9, 1918, pp. 212-243), constituye un magnífico análisis de lo que eran la situación sociopolítica, económica, religiosa e incluso etnográfico de los reinos nipones bajo el dominio de Cuanbacondono, según el extremeño llama al Emperador que por entonces decidiese perseguir a los misioneros Jesuitas y favorecer a los franciscanos, cuya absoluta pobreza y sencillez mucho  admiraba. Pocas veces disfruté tanto un texto de la época como con este ponderadísimo informe.

Otros numerosos personajes  (una larga veintena de franciscanos nacidos en Garrovillas pasaron a las colonias españolas) hacen también su aparición en estas apretadas páginas.

 

Norberto Díez González, Fray Juan de Garrovillas. La aventura de los franciscanos en Oriente.  Madrid, Beturia, 2017

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