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BRUJA Y FILÓSOFA
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Manuel Pecellín | 01-12-2012 | 20:07| 1

N. Hawthorne (Salem, 1804-Plymouth, 1864) está considerado uno de los grandes maestros de la literatura norteamericana. Nacido en una familia de colonos puritanos, representa bien al hombre hecho a sí
mismo. Realizó numerosos trabajos hasta que llegó como cónsul de su país a Liverpool, desde donde visitaría buena parte de Europa. (Ya decía Stevenson que sus auténticas Harvard y Yale había sido un barco carguero).
Aunque Hawthorne también compuso novelas, tal vez su mayor fama la lograría con relatos cortos, que le merecerán los máximos elogios por parte E.A.Poe, Melville, Beckett, H.P. Lovecraft o el propio Kafka.
Su reconocida capacidad para la metáfora resulta sobresaliente en El espantapájaros, un relato corto , admirablemente escrito, que él presentaba como una curiosa leyenda oída en la casa familiar. Mamá Rigby, bruja con todas las de la ley, se pone a construir un espantapájaros para el maizal, con viejos retales, bastones rotos y un trozo de su mágica escoba. Pero le sale tan atractivo que decide
dotarlo de vida insuflándole el humo de su propia pipa. De esta sustancia se nutrirá en adelante Feathertop (el nombre sugiere en inglés gesta o proeza). En tanto no deje de fumar, el tabaco lo
mantendrá tan erguido y bello como el más hermoso sir. Por uno de ellos lo van a tener quienes lo contemplen pasear las calles. Sus modales y expresiones superan a los de cualquier aristócrata. Un perro avispado, tipo el de Ulises, o a un niño igual que el descubridor de la desnudez del rey, serán los únicos que no se engañen. Confundirá incluso la bella Polly Gookin, a un paso de caer enamorada ante el apuesto espantapájaros. Hasta que un espejo, menos mentiroso que el de la famosa madrastra, los devuelve a la realidad.
El vidrio no miente y refleja lo que realmente es Feathertop: un pobre constructo de palos y retales, miserable y harapiento. Consciente de
su inanidad, el espantapájaros regresa a casa de la bruja, arroja la pipa y se destruye en sus propios andrajos. Mamá Rigby no se sorprende del todo, aunque no deja de admirar el ya roto constructo, pues, exclama, “como él hay miles y miles de mequetrefes y charlatanes en el mundo, hechos del mismo amasijo de resto y desperdicios inservibles!
“Hombres que, sin embargo, gozan de una elevada reputación y nunca se ven a sí mismos como lo que de verdad son! ” (pág. 49). La alegoría del relato queda así explicada por la bruja. Ella, tan poderosa,
podría rehabilitar el muñeco roto, pero prefiere no repetir y destinarlo para lo que realmente nació: espantar las aves, “una vocación inocente y servicial, la más apropiada para mi querido amigo.
Y si cada hombre tuviera su propia vocación, la humanidad ganaría con ello”, concluye la sabia mujer.
El volumen cierra con extenso postfacio, donde el traductor, Juan Sebastián Cárdenas, un colombiano residente en Madrid, analiza detenidamente la obra de Hawthorne.

Nathaniel Haethorne, El espantapájaros. Cáceres, Periférica, 2012

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FANTASÍA Y METALITERATURA
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Manuel Pecellín | 25-11-2012 | 16:46| 0

Cuando José María Merino publicó por vez primera Los invisibles (Madrid, Espasa Calpe, 2000), este gallego reciclado como leonés (n. A Coruña, 1941), era ya una de las voces más reconocidas de las letras hispánicas. La obra del hoy Académico de la R. Española, galardonado con premios tan importantes como el Nacional de la Crítica, el Castilla y León de las Letras o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, fue recibida con unánime aplauso. Los críticos destacarían la original composición, excelente prosa, derroche imaginativo, alcance gnoseológico y otros valores literarios y metaliterarios de la novela. Baste leer el excelente análisis que de la misma hizo San Villanueva en El Cultural de El Mundo (05/03/2000). “El juego de espejos practicado por José María Merino sirve para abordar el mundo desde la fertilidad de la imaginación. Los invisibles se acerca al relato fantástico, no elude la pura narración de aventuras y aprovecha para incorporar teoría literaria y narrativa. Pero ese agregado de materiales dispersos funciona a la perfección al encajarlos en una novela unitaria porque debajo de la historia externa -sea la de Adrián o la de su cronista- late un poso milenario de cuentos y mitos que hablan del eterno humano. Merino une el fondo legendario de remotas épocas con el tiempo presente por medio de la más eficaz soldadura literaria, la credibilidad”, leíamos allí.
La nueva edición de Cátedra añade a los méritos de la obra extensa la introducción (páginas 9-77) y notas explicativas que suscribe Santos Alonso. El profesor de la Complutense destaca los aspectos biobibliográficos de Merino más pertinentes para entender Los invisibles, pasando después a un minucioso análisis del texto. Desentraña así para el lector factores tan importantes como la formación del novelista en un terruño con ricas tradiciones orales de tipo fantástico; los estudios universitarios en Madrid; su decidido propósito de renovar las técnicas narrativas; la afición por incorporar elementos míticos, fabulosos e inefables; la búsqueda de la tensión expresiva y el gusto por transgredir los géneros clásicos, aun sin renunciar a evidentes dosis de crítica social. Pues, según bien percibe Santos Alonso, en las obras de Merino se confunden “los límites difusos entre lo vivido, lo imaginado y lo soñado que se borran con facilidad, lo misterioso e insólito que suplantan a la experiencia cotidiana y los contextos metaliterarios que equiparan a la escritura y la vida” (pág. 38).
La parte primera es la fantástica historia de Adrián, joven profesor universitario que se dirige desde Madrid a la montaña leonesa para felicitar al nonogenario abuelo una noche de San Juan y, paseando por el bosque a la luz de la luna (los elementos mágicos van acumulándose), tras recibir la picadura de cierta planta, se convierte en invisible, tanto él como todo cuanto que queda al alcance de sus manos. Principia así un cúmulo de fantásticas aventuras, que lo conducen por muy diferentes lugares, siempre deseoso de descubrir el talismán para volver al estado corpóreo. En vez de aprovechar las posibles ventajas de la invisibilidad (recordemos al protagonista de El hombre bicuadrado, de Francisco Vera; el hombre invisible de Wells; al W. Storitz de Jules Verles y tantos otros similares), Adrián sufre, más aún porque mantiene incólumes o sentidos tan corpóreos como los del gusto, sabor o tacto. De nada le sirven la antigua amante, el catedrático, el médico familiar ni la propia madre, que no consiguen entenderle. Sólo Gerardo, un ciego que representa a los “invisibles” de nuestra sociedad, le alivia de algún modo. Pero el encuentro con Rosa, joven sensible a los padecimientos ajenos, también sometida a idéntica metamorfosis, resultará definitivo. Ambos se unen a la comunidad de invisibles, cuyos miembros están siendo diezmados por un implacable Cazador, contra el que recaban la ayuda del propio novelista.
Comienza así la parte segunda de la novela, la metaliteraria, en la que el autor mismo se convierte el protagonista del relato. Ya dijo el gran Descartes, en su célebre Discurso del método, que siempre hay razones para dudar de cuanto creemos saber; una de ellas consiste en la imposibilidad de distinguir entre la vigilia y el sueño, por no recordar al espíritu maligno capaz de alegrarse haciéndonos caer en las máximas confusiones. En definitiva, que los límites entre la realidad y la imaginación no están nunca absolutamente marcados. Como Unamuno en las “nivolas”, Merino presenta personajes novelísticos que aspiran por sobrevivir al propio creador, con procedimientos estéticos sobre los que se nos ilustra adecuadamente. Incluso aunque pierdan el posible mensaje emancipatorio, según le ocurre a Adrián en la parte tercera y última, tan concisa, de la obra.

José María Merino, Los invislbles. Madrid, Cátedra, 2012.

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MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 24-11-2012 | 13:25| 0

Escasos hombres consiguen una identificación tan plena entre su misma
personalidad y el territorio donde vieron la primera luz como José
María Álvarez Martínez. Nacido en Mérida (1947), este doctor en
Filología Clásica ha pasado buena parte de su existencia dedicándola
al estudio de Emerita Augusta. Sus labores como historiador ,
arqueólogo y cronista de la capital de Extremadura hallan quizás la
expresión máxima en la dirección que ostenta del maravilloso Museo
Nacional de Arte Romano y las muchas actividades por este centro
desarrolladas. Si existen las moiras griegas o el fatum de los
latinos, se diría que Chema Álvarez , hijo de un prócer emeritense,
estaba genética y culturalmente vocacionado al estudio de las huellas
de Roma en su principal colonia lusitana, así como a establecer
documentadamente cuanto allí viene ocurriendo a través de los siglos.
Para comprobarlo, baste recorrer las páginas de los dos primeros
volúmenes (…Y los Reyes se fueron con la niebla. Retazos del tiempo de
Navidad, y Ahora que han florecido los cantuesos) de una tetralogía
proyectada, que culminará con el volumen dedicado al estío. La parte
tercera es la obra aquí presentada. Según bien se sabe, esta
modulación de la propia escritura acorde con las estaciones del
calendario cuenta con numerosos precedentes (inolvidables son las
Sonatas de Valle Inclán) y entre los autores extremeños la siguió ha
poco José J. Barriga en su formidable Calleja del altozano.
Luces de otoño recoge las evocaciones del autor en acontecimientos por
él vividos durante esa época de las “Autumn Leaves”. Si se exceptúan
los recuerdos de su formación universitaria en Sevilla y los viajes a
Berlín, por razones de estudio amistad, amén de alguna excursión
juvenil a Elvas, Madrid y Guadalupe, casi todas las páginas del libro
versan sobre Mérida. Seguro que allí ha de encontrar sus más
numerosos y emocionados lectores.
En efecto, José María Álvarez, nostálgico de épocas pasadas, como buen
aficionado al mundo grecolatino, va dando melancólica relación de los
usos y costumbres, personajes, sucesos, celebraciones, descubrimientos
arqueológicos, fiestas populares profanas y religiosas, gastronomía e
incluso corridas de toro o partidos de fútbol , fenómenos en todos los
cuales este emeritense convicto y confeso participó desde su niñez
con singular entusiasmo. Al referirlos, no pocas veces se deja
arrastrar por su enorme cultura clásica y lo mismo adjunta un apunte
sobre la historia del puente romano (tema de su tesis doctoral), que
ilumina los orígenes romanos de este festejo o señala los precedentes
culturales de tal y cual situación. Sin olvidar oportunas
referencias a otros escritores (Larra, Laborde, Jesús Delgado
Valhondo, Rafael Rufino Félix) que se ha ocupado también de Mérida.
Merced a su pluma, participaremos literariamente en el desarrollo de
las excavaciones del Templo de Diana; la inauguración del gran Museo;
las añoranzas gitanas de la Feria Chica; la dulzura iniciática de las
pitarras; el ágape vegetal de la chaquetía; una recogida de setas por
las dehesas de Cornalvo; las golosinas de los “tosantos” ; las
procesiones de Semana Santa; los alegres escarceos de la tuna, una
visita al mausoleo del gran Juan de Ávalos o los debates culturales
del Liceo. Y siempre acompañados por multitud de personas allí
comprometidas (profesores, hortelanos, músicos, políticos,
arqueólogos, cocineros, dulceras, comerciantes, deportistas médicos,
sacerdotes), que el memorialista trae cariñosamente a escena con
nombre y apellidos, rindiéndoles homenaje de amistad y consideración.
Para reforzar la palabra escrita, numerosas imágenes vienen a
enriquecer un libro tan personal como sugerente . Por último, no
conviene perderse el prólogo que, al menos en este caso, contra las
advertencias de Unamuno, es bastante más que una faena de aliño. Lo
suscribe José Luis de la Barrera, compañero del autor en labores
arqueológicas.

José María Álvarez Martínez, Luces de Otoño. Mérida, Gráficas Rejas, 2012.

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LA POLÉMICA MODERNISTA
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Manuel Pecellín | 19-11-2012 | 09:57| 0

Volumen colectivo, coordinado por el catedrático extremeño Luis de Llera y la profesora italiana Cristina Assumma (autores además de los dos trabajos más extensos”) , comprende una decena de estudios que tratan de exponer el alcance del modernismo religioso y literario en España e Hispanoamérica (ésta menos estudiada). No cabe sino agradecer la atención prestada a un periodo importante de nuestra historia por tan entusiastas hispanistas. Una mejor cuidada corrección de estilo habría evitado los numerosos italianismos en que prácticamente todos los autores incurren, incluso los de origen hispano, tal vez por su larga estancia en la península de la bota. También habría podido obviarse que cada uno haga su propia introducción al tema general, el Modernismo, lo que produce demasiadas repeticiones.
El primer trabajo, suscrito por Llera, ocupa casi un tercio de la obra. El autor analiza lo que supuso el movimiento modernista en el ámbito religioso y las condenas que recibió de los papas, especialmente por parte de Pio X en la encíclica Pascendi Dominici Gregis. A continuación, repasa la otra faceta del Modernismo, la literaria, deteniéndose en sus manifestaciones españolas y los autores que más lo cultivaron. Unamuno en los ámbitos de la fe y Juan Ramón Jiménez en el de la poesía, son sus máximos representantes y los autores aquí más y mejor estudiados.
Tras los apuntes, un tanto confusos, de Cristóbal Robles Muñoz, que se plantea si realmente hubo Modernismo en España (algo que tras la entrega anterior parecía ya resuelto), José L. Lemos Montaner recoge un conjunto de notas biobibliográficas del pensador gallego Amor Ruibal, cuyas principales tesis filosóficas y teológicas apenas logra insinuar.. Mucho más razonada nos parece la investigación de Alessia Cassani sobre Unamuno y las relaciones del Rector salmantino con Italia. Apoyándose en documentos poco o nada conocidos hasta ahora, pone de manifiesto las simpatías de D. Miguel hacia los milaneses de “Il Rinnovamento”, con los que se carteaba, aunque Unamuno mantuviera siempre su radical independencia. Giovanna Scocozza se ha ocupado del novelista cuya estética tal vez más difería de los modernistas, Pío Baroja, deteniéndose en El cura de Monleón, novela cuyo protagonista parece bien distinto de los clérigos coetáneos . (Aunque tal vez le habría dado más juego a la autora el Nazarín de Galdós). Cristina Assumma se ocupa de Manuel Machado, partiendo de un oximoron inicial: el poeta andaluz habría desarrollado un modernismo “tradicionista”. Apoyándola con un conjunto de notas realmente abrumador (y de no fácil lectura por la mínima letra adoptada), la investigadora argumenta su intuición exponiendo las numerosas contradicciones, temáticas y formales, en que incurriera el hermano de D. Antonio.
Finalmente, a Valeska Tronco corresponde el estudio de lo que ella llama “La Modernidad”, tanto religiosa como literaria, en Hispanoamérica durante los albores del siglo XX. Repaso que concluye Marjorie Sánchez con unas breves páginas en torno a la presencia de Rubén Darío en Guatemala.
El debate sobre lo que fue el Modernismo sigue abierto, si bien obras como ésta contribuyen a precisar el “universo de discurso” para la larga polémica.

Llera Esteban, Luis de y Assumma, Cristina (coord.), La “primera” modernidad. El modernismo religioso y literario en España e Hispanoamérica. Bogotá, Universidad Católica, 2012

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NOI DEL SUCRE
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Manuel Pecellín | 12-11-2012 | 09:02| 0

Salvador Seguí (Tornabous, 1886), llamado “Noi del sucre” por su afición a comer azucarillos, es figura mítica para los ácratas españoles. Recuerdo con qué veneración hablaban de él desde intelectuales ácratas como Juan Gómez Casa (autor en ZYX de una pionera Historia del anarcosindicalismo) o Abel Paz (biógrafo de Durruti), hasta trabajadores cultos y responsables, tal “El tío José”, andaluz que sentó cátedra rural en Entrerríos, donde falleció casi centenario. La muerte violenta del ya entonces célebre anarquista, abatido en Barcelona por los pistoleros del Sindicato Libre (1923), financiados por la patronal catalana, contribuyó sin duda a incrementar su fama entre los libertarios. Seguí, obrero de la pintura, fue uno de los principales impulsores de Solidaridad Obrera y secretario de la CNT en Cataluña. Más próximo a las tesis de Kropoktkin en El apoyo mutuo que a las violentas de Bakunin, admiraba la Escuela Moderna de Ferrer y defendía la formación intelectual como el arma más oportuna para la emancipación de la clase trabajadora. Sin discutir el de la huelga general revolucionaria, en principio pacífica, como la que ayudó a desatar el año 1917, aunque después se desarrollase por otros derroteros.
Menos conocido es que el templado noi compuso una novela corta, Escuela de rebeldía, en cuyas páginas daba libre curso a sus ideales. Lamentablemente, no pudo verla publicada. Lo mataron pocos días antes. Barcelona se había convertido en una ciudad temible, donde las pistolas entonaban sin tregua la canción de la muerte. Martínez Anido, el gobernador civil, las alentaba descaradamente (hubo días con más de treinta obreros asesinados) contra los líderes sindicales y pronto tuvo quien contestara.
En dicho ambiente se desarrolla la narración de Seguí. Juan Antonio, el protagonista, de espíritu romántico e inquieto (“es preciso que la gente luche, porque el que no lucha no vive: el agua encharcada se corrompe”) representa el tipo de militante obrero admirado por el autor. Para mayor identidad, según el paradigma de la muerte anunciada, lo hace morir junto a la Rierita en pleno auge del movimiento huelguístico. Justo en las proximidades, por el Raval, será también abatido Salvador Seguí. Aquel joven impresor, hijo de un terrateniente arruinado por ineptitud, emigrado desde Andalucía e irá convirtiéndose (la verdad es que no se explica muy bien cómo) en uno de los dirigentes populares con mayor prestigio. Las balas le partieron el corazón sin que él llegase a utilizarlas.
Escuela de rebeldía no es un relato de indiscutible calidad. El lenguaje es pulcro, diáfano y a veces pintoresco, pero la presentación de los personajes es excesivamente ingenua, estereotipada. Antes que a los imperativos literarios, su prosa responde a los expuestos por hombres como Felipe Aliz , otro revolucionario ácrata, en El arte de escribir sin arte reeditada , ha poco (Berenice, 2012). Lo que les importa no es tanto la belleza de la escritura, sino su virtud – real o imaginada – para defender ideas y conductas con un lenguaje y estructura narrativa llanos, al alcance de cualquiera. Con todo, resulta una novela interesante por su capacidad para componer un retrato sociológico de la capital catalana en aquellos convulsos años veinte del pasado siglo. Y, sin duda, para conocer mejor al Noi del Sucre y la ideología que encarnaba. Por cierto, un plus añadido en nuestros días es recordar cómo él, y lógicamente su trasunto, acordes con el lema de que los proletarios no tienen patria, se sitúan frente al independentismo catalán.

Salvador Seguí, Escuela de rebeldía. Cáceres, Periférica, 2012.

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CATÓLICO Y JUDÍO
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Manuel Pecellín | 05-11-2012 | 12:53| 0

El año 1487 aparecía en Salamanca uno de nuestros libros “incunables” de mayor interés. Según costumbre de la época, llevaba largo título:
Católica impugnación del herético libelo maldito y descomulgado, que en el año pasado del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y ochenta años fue divulgado en la ciudad de Sevilla…
Obra plena de interés, fue relativamente pronto incluida por la
Inquisición en el Índice de libros prohibidos (Valdés, 1559). La
reconocida eficacia del santo Tribunal hará que la obra quede borrada de la faz de la tierra. El célebre bibliógrafo Nicolás Antonio la cita
someramente, aunque da la impresión de que nunca ha visto ejemplar de la misma. Sólo se conserva uno de ellos, en la Biblioteca Vallicellana de Roma (Incun. 79). Los padres jesuitas Leturia y Batllori, profesors de la Universidad Gregoriana, lo tienen como un “incunable rarísimo y único. En España no existe otro ejemplar”. Eugenio Asensio lo utilizó por vez primea en un estudio ya clásico, “El erasmismos y
las corrientes españolas afines” (Revista de Filología española, 1952).
Pero fue el insigne investigador Francisco Márquez Villanueva, de la Universidad de Harvard, quien habría de preparar una edición de dicha obra (Barcelona, Juan Flors, 1961), que por su corto número se
agotaría prontamente. Acaba de reaparecer en Almuzara (Córdoba, 2012), con los dos estudios que dicho profesor le dedicase y una
excelente presentación de Stefania Pastore.
El autor del libro fue Hernando de Talavera, un fraile jerónimo (como los que por entonces regentaban Guadalupe) que debe ocupar con toda
justicia lugar preeminente en la historia española. Miembro de una familia judeoconversa, ligada a los condes de Oropesa, se formó en la Universidad de Salamanca. Prior del monasterio de Prado (Valladolid)
y obispo Ávila, puso el mayor empeño en reformar las costumbres de sus colegas y súbditos, aproximándolas a la pureza de la Iglesia
primitiva. La reina Isabel lo tuvo como confesor, distinguiéndose por saber y virtud entre el numeroso grupo de judeoconversos implicados en
la corte de la católica Reina. A él se deben las “Declaraciones de Toledo”, por las que se revocaban los enormes privilegios y descomunales rentas que Enrique IV había concedido a numerosos
señores y prelados, quienes nunca le perdonarían al buen fraile tamañas pérdidas. Estrechamente vinculado a la reina Isabel, fue el
primero que elevó la cruz sobre la Alhambra recién conquistada. Nombrado arzobispo de la ciudad, se esforzó al máximo por que se respetasen las Capitulaciones concedías por los Reyes, impidiendo que nadie fuese obligado a un bautismo forzoso. Al contrario, hizo todo lo posible para que se respetase la libertad de conciencia de todos sus
ciudadanos, musulmanes y hebreos incluidos, haciendo que fuesen convenientemente educados en la fe católica. Toda su pastoral resultó frustrada por las duras disposiciones de Cisneros y los
bautizos masivos, más aún tras la muerte de la Reina. Opuesto a la Inquisición, por entender que existían otros métodos más acordes con la teología paulina de la caridad para tratar a los posibles herejes,
él mismo (y todos sus familiares), fray Hernando caería en las garras del temido Tribunal, que lo detuvo y procesó. Sólo los buenos oficios del Papa Julio II lograron que se le declarase inocente … cuando acaba
de expirar el buen fraile.
Bien demostrada tenía su ortodoxia en los escritos que había ido dando a luz, entre los que sobresale (algunos se han perdido) la citada Católica impugnación. Es un tratado apologético, que compuso
para refutar las tesis defendidas por el autor, judío sin duda, de un opúsculo publicado en Sevilla (la primera ciudad con sede de la Inquisición) seguramente para defender a los hijos de Israel frente a las pesquisas inquisitoriales. Resumiéndolas tal vez en exceso,
venían a reducirse a éstas: 1) La ley de Moisés sigue estando vigente, pues el cristianismo no supone sino una modalidad, no necesariamente superior, de la misma.2) La ritualidad judía es más pura que la cristiana, infecta de prácticas supersticiosas múltiples.
3) Se puede estar bautizado y seguir fiel a la Torá.
Fray Hernando opone contra las mismas muy sólidas razones
escriturísticas y teológicas, no sin admitir que en la práctica popular de la religión católica han ido deslizándose numerosos defectos, cuya reforma se impone. Vale decir que el de Talavera se mostraba como un decidido defensor de medidas cuya puesta en efecto, a escala europea, tal vez habrían evitado la rebelión luterana.

Fray Hernando de Talavera, Católica Impugnación. Córdoba, Almuzara, 2012

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EL MONO SE ESTRESA
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Manuel Pecellín | 03-11-2012 | 08:46| 0

Natural de Cáceres (1948), médico, catedrático de Fisiología en la Universidad de Extremadura, especialista en nutrición y dietética, autor de dos ensayos tan felices como El mono obeso (2004) y la cadera de Eva (2005), Campillo trata en este nuevo libro el problema del estrés (homeostático, alostático y pantostático) , sus consecuencias para la salud, los mecanismos de prevención y las fórmulas para su tratamiento, explicándolo de forma asequible al gran público. Lo hace a la luz de las dos ciencias a las que ha dedicado su vida profesional: la fisiología y la medicina darwiniana o evolucionista. A su luz, analiza los fundamentos del estrés: los mecanismos neuroendocrinos que el organismo pone en marcha ante cualquier emergencia. (Campillo fue durante dos años investigador en la Unidad de Diabetología del Hospital Sart Tillman de la Universidad de Lieja, completando después sus estudios en la Unidad de Bioquímica Clínica del Hospital John Radcliff de la Universidad de Oxford).
Las discrepancias entre el diseño evolutivo de nuestro organismo y el (mal) uso que de este hacemos, especialmente en las sociedades opulentas, están el origen de la mayoría de las enfermedades. En los genes llevamos escrita la historia de miles de millones de años de evolución, desde la célula primigenia al hombre actual. (Seguimos siendo monos desnudos, con frecuencia obesos y tal vez estresados). Porque nuestro cerebro (paleolítico) no está preparado para las agresiones actuales, no sabe bien cómo reaccionar adecuadamente y nos estresamos. Es preciso controlar nuestras reacciones de estrés o minimizar sus efectos indeseables, ante agresiones reales o solo imaginadas.
Especial atención se presta al funcionamiento de las tres hormonas esenciales del estrés (cortisol, endorfinas y melanocito estimulante) secretadas por la hipófisis a señales del hipotálamo, así como el de las neuronas.
Para el estudio de factores claves como el colesterol , el azúcar y el ácido úrico, el autor sigue las pautas establecidas en sus dos ensayos anteriores. Como en ellos, propone una norma básica para la salud: ser lo más paleolíticos posible: alimentación sana, ejercicio y no ingerir tóxicos, De lo contrario, se rompe la homeostasis y surgen las enfermedades . Hay que comer y moverse igual que los cromañones. Lo que no resulta nada fácil en las sociedades del siglo XXI.
Campillo, que también es escritor de literatura, maneja una bien cuidada prosa, con grandes dosis de humor y sentido común. Si, pese a sus esfuerzos didácticos, algunas páginas pueden resultar difíciles para el lector medio, el conjunto de la obra logra sobradamente el objetivo que persigue.

José Enrique Campillo Álvarez, El mono estresado. Barcelona, Crítica, 2012.

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UN CRÍTICO ANARQUISTA
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Manuel Pecellín | 27-10-2012 | 06:35| 1

Entre las aficiones confesadas por el autor de Soldado de Salamina, sobresale una de honda raigambre extremeña: la bibliofilia. Sus caminatas entre los libros antiguos lo condujeron a un curioso
panfleto, editado en la España republicana (1938) y cuyo título le sedujo, “El arte de escribir sin arte”. Reaparece ahora, con preliminar (más bien corto) de Javier Cercas. Felipe Alaiz de Pablo
(Belver de Cinca, 1887- París, 1959) es hoy casi un desconocido, aunque fue periodista de gran presencia en nuestro país durante los
lustros anteriores a la Guerra Civil de 1936. Baste recordar que, invitado por el propio Ortega y Gasset, colaboraría en El Sol, para, más tarde, hacerlo en medios afines a sus ideales ácratas. De éstos,
llegó incluso a dirigir algunos tan notables como Tierra y Libertad o Solidaridad Obrera. Aunque se mantuvo hasta el fin fiel al anarquismo, lo haría con una radical independencia, lo que le indujo a
enfrentarse en ocasiones con sus propios correligionarios.
Aparte de una obra periodística gigantesca de carácter político, Alaiz desarrolló también abundante trabajos de crítica literaria, también siempre con criterios muy personales. Las Ediciones Umbral de París
publicaron (1962-1965), ya póstumos, dos volúmenes que recogían muchos de los apuntes editados por el periodista entre 1934-1935 bajo la reseña de “Tipos españoles”. Juan Bonilla ha elegido ocho de estos
apuntes para engrosar el volumen de Berenice, al que ha puesto un desenfadado epílogo. Estos artículos, donde Alaiz desarrolla las
concepciones estéticas adelantadas en la entrega inicial, analizan de forma casis siempre desconcertante las obras de Espronceda, Bécquer,
Campoamor, Azorín, Valle-Inclán, Benavente, García Lorca y Pío Baroja.
Habría sido conveniente recoger la fecha en que fueron publicados. Excepto el último, a quien juzga el más valioso novelista español (pese a las “quince mil faltas de sintaxis que tiene… y su innegable
antisemitismo”), todos los demás infringen la que Alaiz tiene como norma máxima de la buena literatura: expresarse con sencillez, el arte
de escribir sin artificios. Ateniéndose a ella, emite los más duros dictámenes este hombre que no era en modo alguno “un leñador practicando la crítica literaria”, según lo define Bonilla, pues
gozaba de extraordinaria cultura. “Si un párrafo no cabe en una conversación, si al recitar un párrafo resulta desplazado del diálogo,
es un texto artificioso”, proclama y condena ( pág. 30). Enemigo absoluto del “non serviam, aquel militante del movimiento obrero despreciaba a quien no supeditase su escritura a la defensa de la
causa popular. Basta ver , dice, el lenguaje que utilizan para darse cuenta de la opción que toman frente a las reivindicaciones sociales (casi
siempre a favor del Poder). Nada del arte por el arte, sino escritura alegremente humanizada. Alaiz, anticlerical hasta los tuétanos y
anticomunista por lógica y experiencia, dueño de una prosa magnífica, no duda al emitir los juicios más feroces, adobándolos a menudo con
butades ingeniosas. A su modo de ver, Rubén Darío y Valle-Inclán no fueron más que decadentes desastrosos; Azorín, un autor afectadísimo,
repleto de de sinónimos inútiles; Benavente, el dramaturgo casi siempre superficial, para quien Maura obtuvo el Nobel por los
servicios prestados; Alberti, alguien que “hace poesía bronca y soviética con hilos consabidos, cañamazo consabido y carga consabida de preciosismo detonante” (pág. 100); Juan Ramón Jiménez, un creador que “se extingue de puro suave en sus bordados de casulla” (pág. 101)
y en el mismo Lorca apenas ve más que al “poeta granadino, emigrante del Albaicín hacia las nóminas y hacia las candilejas”, autor que parece “se santigua para estar en gracia y que echa a escribir como
quien echa a andar conducido por un fuego frío, fatuo, sin parpadear, capaz de componer obras como Bodas de sangre, “una obra de campanadas lúgubres, de montaraz sentimiento, el dramón que nunca
debería imaginar un autor conocedor del drama, encapuchado rondador
por los vericuetos de la España pedante enemiga de la carcajada, medida o no, y del agua” , un frívolo para quien Andalucía es solo “ un redondel con gitanos y civiles” (pp. 101-102). Et sic de coeteris.
Alaiz no fue un ignorante, sino un crítico en circunstancias sociopolíticas encrespadísimas y tan dogmático como aquellos de los que él con razón abominaba.
La edición se ha hecho con el apoyo de la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo.

Felipe Aliz, El arte de escribir sin arte. Córdoba, Berenice, 2012.

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HUMANISTAS EXTREMEÑOS
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Manuel Pecellín | 20-10-2012 | 13:53| 0

Pedro de Valencia (Zafra, 1555-Madrid, 1620), alumno preferido de
Arias Montano, obtuvo en vida general reconocimiento por sus virtudes
y saberes. Prelados, príncipes, escritores, intelectuales y el propio
Felipe III, que se lo llevó a Madrid como Cronista del Reino,
solicitaban a menudo la opinión de aquel humilde hombre con saberes
enciclopédicos. Aunque solo vio publicada una de sus obras (según él,
incluso sin su anuencia explícita), Academica siue iudicium erga
uerum, excelente tratado de Historia de la Filosofía, su autoridad fue
enorme en áreas múltiples, como Sagradas Escrituras, Teología, Leyes,
Lenguas Clásicas, Política o lo que hoy llamamos Económica y
Sociología. Bien es verdad que todo ello apenas le sirvió para
mantener cómodamente a su numerosa prole.
Lo bien justificado de la fama que obtuvo ha ido comprendiéndose mejor
según aparecían las Obras Completas del zafrense, proyecto magnífico
delineado por el inolvidable Gaspar Morocho y ya a punto de concluir.
Nunca agradeceremos bastante los extremeños las labores de este
magnífico catedrático, prematuramente desaparecido, ni las que sus
discípulos continúan desarrollando en la Universidad de León para
sacar a luz los escritos todos del gran humanista. Por otra parte, los
estudios que sobre Pedro de Valencia vienen publicándose, como los de
los profesores Luis Gómez Canseco , Abdón Moreno o Juan Luis Suárez,
naturales también de Extremadura, ponen cada día más en relieve la
figura del segedano.
Esta entrega, un volumen con 662 páginas, está dedicado a Juan Gil,
por su nombramiento como miembro de la R. Academia de la Lengua,
insigne Investigador, que tan generosamente viene apoyando a los
editores. Prologado por Gómez Canseco, el tomo recoge una docena de
escritos, inéditos en su mayoría ahora, casi todos con amplias
introducciones. Versan sobre asuntos plurales, según indican los
propios títulos: salud, educación y crianza de los niños, moral,
literatura, arte , bibliografía, etc.
Nos importa destacar algunos de estos ensayos. Abdón Moreno cuida la
edición de dos sumamente interesantes, a los que pone el pertinente
preliminar y abundantes notas: la Descripción de la pintura de las
virtudes y Ejemplos de los príncipes, prelados y otros varones
ilustres que dejaron oficios y dignidades y se retiraron. Sus páginas
nos permiten percibir las concepciones estéticas del autor, así como
la indudable inclinación que sentía, por matizada que fuese, hacia la
escuela estoica.
De sumo interés es la carta de Pedro de Valencia (en sus dos
versiones) a Góngora, quien le había demando opinión técnica sobre
Polifemo y Soledades. Dadas a conocer por Dámaso Alonso, constituyen
un hito pionero, como bien explica aquí Raúl López López, en el
debate entre culteranos y clasicistas. El de Zafra tal vez no entendió
bien las innovaciones gongorinas, pero se percató pronto de la
extraordinaria valía del poeta cordobés, a quien no dudó en anotar
algunos versos descuidados, “aunque más me desatentan otras (poesías)
de demasiado cuidado que son las proceden de la afectación de
hincharse y decir estrañezas y grandezas , o por buscar gracias y
agudezas y otros afeites ambiciosos o pueriles ) o juveniles a o
menos, que aflojan y enfría y afean”, La polémica estaba servida, sin
solución de continuidad hasta hoy. Pero el extremeño sabía bien de qué
hablaba, como Góngora se lo supo reconocer.

Pedro de Valencia, Obras Completas. VI. Escritos varios. León, Universidad, 2012

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PERFUMES DEL LÍBANO
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Manuel Pecellín | 18-10-2012 | 10:09| 0

La figura de Amín Maalouf no ha hecho sino crecer durante los tres lustros últimos entre los lectores de lengua castellana, en la que están traducidas prácticamente todas sus obras (como en otros veinte idiomas más). Miembro reciente de la Academia Francesa, el escritor obtuvo poco antes (2010) el Premio Príncipe Asturias de las Letras, galardón al que suma otros anteriores, tan reconocidos como el Maison de Presse (por Samarkanda) o el Goncourt (por La roca de Tanios). Aunque su excelente formación – estudió economía, política y sociología, ejerciendo el periodismo en no pocos lugares “calientes”- le permite frecuentar con éxito el ensayo, es la novela el género que más éxito le proporciona, desde aquella inolvidable León el Africano. Con todo, Maalouf gusta introducir en sus textos de creación, por boca de personajes siempre creíbles, frecuentes consideraciones sobre historia o filosofía.
Nacido en el Líbano (1949), una tierra tan culta, hermosa y repleta de evocaciones miles, como desgarrada por múltiples guerras, donde durante milenios se han cruzado numerosas civilizaciones, optó por exiliarse a Francia con su familia, de ascendencia árabe cristiana. Se marcharían también otros amigos de juventud, si bien algunos decidieron quedarse en la tierra natal. Todos pagarán duro gravamen a las durísimas circunstancias por las que habría de atravesar el Próximo Oriente: los exiliados, sufriendo el conocido síndrome de quien pierde el territorio y la lengua originales; los otros, teniéndose que adaptar a circunstancias imprevisibles, para poder sobrevivir. Algunos incluso perderán la vida. ¿Dónde fueron las ilusiones juveniles, los primeros amores, las ganas de transformar el país, la convivencia por encima de credos y etnias? Están realmente “des-orientados”, tal vez ya sin remisión.
Son las inquietudes que corroen a Adam, el protagonista de Los desorientados, profesor libanés en París, trasunto del propio autor, que sin duda utiliza en la novela no pocos elementos autobiográficos, sin constreñirse a nombres (v.c., nunca aparece la palabra “Líbano”), hechos o fechas del todo reales. Malalouf lo ha declarado paladinamente: “Me inspiro con mucha libertad en mi propia juventud. La he pasado con amigos que creían en mundo mejor. E incluso si ninguno de los personajes del libro corresponde a una persona real, ninguno es enteramente imaginario. Me he nutrido de mis sueños, de mis fantasmas, de mis remordimientos, tanto como de mis recuerdos”.
Adam, un árabe educado con los jesuitas, pero más bien agnóstico, retorna a Beirut, a solicitud de Tania, mujer de Mourad, que agoniza tras una exitosa carrera (no sin concesiones morales muy discutibles) con los gobiernos locales. Antaño íntimo del dirigente, reñidos después porque el profesor repudia los métodos del político, no alcanzará a verlo en vida. Ni quiere asistir a sus funerales. Pero acompaña a la viuda, junto a la bella Semiramis, y les nace el deseo de volver a congregar a los antiguos amigos. Todos han triunfado en sus respectivas profesiones y, si ya tan distintos, aún conservan la añoranza de los antiguos tiempos: Naim, el judío exiliado en Brasil; Albert, que trabaja en USA para el pentágono; Ramez y Razci, cristiano uno, musulmán nada dogmático el otro, riquísimos socios de la misma empresa constructora, hasta que aquél decide ingresar en un monasterio; Nidal, islamita intransigente, aunque lúcido, hermano de un “mártir”, etc.
Es Adam quien inicia las gestiones para favorecer el encuentro, mientras vive un apasionado romance con Semiramis. Como buen historiador, conserva en su archivo personal cartas e emails cruzados, más o menos ocasionalmente, con todos ellos. Junto a sus notas personales, redactadas lógicamente en primera persona, más los apuntes en tercera del narrador para coser este corpus, constituyen el entramado lingüístico de la excelente novela. No adelantaré el trágico desenlace.
Los desorientados , aparte sus valores como obra literaria, supone una amarga reflexión sobre el difícil destino de un país poliédrico, donde cada vez rigen menos la tolerancia y la ayuda mutua, el respeto a la vida y la vieja hospitalidad, arrebatados por odios al parecer incontenibles. Aporta también agudas reflexiones sobre la historia, religión y la política. En resumen, en torno a la condición humana, cuyos parámetros todos se alteran, para corromperse sin remedio, cuando los hombres, incluso los más exquisitamente educados, deciden usar las armas en lugar de la razón.

Amin Malouf, Los desorientados. Madrid, Alianza Editorial, 2012

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