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RECETAS LITERARIAS
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Manuel Pecellín | 22-12-2012 | 10:14| 1

El fecundo escritor extremeño (Nogales, 1950), reconocido con tantos
galardones de nivel nacional en poesía y novela, nunca ha desdeñado la
literatura juvenil. Baste recordar su “Sopa de sueño y otras recetas
de cocina”, libro editado por esta misma editorial sevillana, que
tanto cuida sus colecciones., exquisitamente impresas, como vuelve a
demostrarse en La cocina de Toto Murube.
El protagonista es otro de esos personajes típicos en la literatura de
Ramírez Lozano, cuya capacidad creadora nunca elogiaremos bastante.
Toto Murube, un mendigo ambicioso y analfabeto, que sueña con
convertirse en cocinero famoso, se descubre un día tan rara como
productiva virtud: al ingerir papeles impresos, no sólo aprende a leer
y escribir, sino que se vuelve capaz de componer fabulosas recetas
cuya simple ingestión obra como si se comiesen los platos descritos.
Baste leer una de las propuestas, “Habas con verbos para tres: se toma
el verbo haber y se pone a hervir como media hora. Escoger luego el
presente, más tierno, y arrancarle todos los perfectos y
pluscuamperfector, más recios y espigados. Añadir luego un puñado de
habitas verdes del tiempo aliñadas con sal y aceite. De manera que
resulte yo haba, tú habas, él haba”.
Con ayuda de otro homeless, el cínico Piquero, y de don Pablo, un
importante restaurador, Murube monta todo un imperio gastronómico.
Por desgracia, su fantástica empresa se derrumbará tan aceleradamente
como surgió, a causa de la desmesura fotomecánica incontrolada. No
obstante, innumerables ciudadanos pudieron disfrutar antes de platos
sorprendentes: renglones al roquefort, hipo frito, sopa de risas,
bigote al gusto, corbatas a la plancha, huevos al almohadón, cocido de
madroños o ceros, sopa de suspiros, lentillas al colirio o habas con
versos.
La extraordinaria inventiva de Murube corre pareja con la del autor,
siempre a punto de sorprender a los lectores más avezados, agradecidos
ante este derroche de ingenio y regocijante lozanía. Pocos escritores
se divierten tanto y hacen gozan al lector tan intensamente al
lectores como el extremeño. Aunque, en realidad, su fantástica
narración, es homenaje e incitación a la literatura sin distinguir
edades: las letras pueden nutrir tanto como el alimento más
consistente, según bien podrían comprobar los seguidores de Toto
Murube. Tal podría ser el mensaje del libro, tanto más convincente,
como es el caso, si se recibe con ilustraciones tan oportunas y
hermosas como los dibujos de Pablo Otero (Ourense, 1970) que
enriquecen estas páginas.

Ramírez Lozano, José Antonio, La cocina de Toto Murube. Sevilla,
Kalandraka, 2012

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LLANTO Y POESÍA
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Manuel Pecellín | 15-12-2012 | 12:20| 0

Natural de Cuenca (1951) y residente en Mérida desde 1978, Antonio Gómez es una de las personalidades más distinguidas entre los autores extremeños. En tanto creador de poesía visual, concreta, objeto, experimental – modalidades en la que cuenta con una treintena de obras- , figura como uno de los españoles más apreciados. Su desbordante imaginación, siempre original y marcadamente crítica, produce estampas hermosísimas y provocadoras con extraordinario acierto. Animador cultural incansable, ha puesto en marcha multitud de iniciativas que llevan su sello inconfundible, sobre todo en el campo de las ediciones y las performances.
Nuestro hombre cultiva también la poesía discursiva, según demuestran sus libros Caminar por caminar cansa, Me acuerdo de Cuenca, Cruce de caminos, sumo y sigo, Mérida cercana y Todas las islas lejos. A los mismos hay que añadir este Como una piedra puntiaguda en el zapato,
publicado por la joven y dinámica editorial cacereña, que coordina Santiago Tobar.
Inspirados en los grandes temas tradicionales de la lírica (el amor, el tiempo, la memoria, la nostalgia, la muerte), los poemas del libro presentan la misma estructura: una parte primera, donde el escritor da vía libre a sus sentimientos, muchas veces dirigidos a la persona
amada; la segunda, más breve, sentenciosa y reflexiva, como un ideario sin grandes pretensiones, pero en absoluto convencional de aquel que siente “roto ya casi el navío”, mas todavía continúa encendiéndose, sin hacerse grandes ilusiones, con los brotes y retoños surgidos a su alrededor. Tal vez los versos serían aún mejores si renunciase definitivamente a ciertas asonancias que ocasionalmente se permite. No faltan las composiciones construidas con ese toque experimental que distingue al autor, tales un poema escrito en primera persona utilizando sólo palabras que comienzan por “s” (pág. 64) o el juego anafórico de otro cuyos versos todos se inician con un adverbio de duda o de negación (pág. 65). Y no podían faltar las ilustraciones, esas páginas verdes adjuntas, donde Gómez vuelve a jugar merced la
caligrafía de las letras que, hábilmente distorsionadas, interrumpen y refuerzan la lectura .
Si “llorar es la primera actividad/sin necesidad de aprendizaje”, según confiesa quien proclama hacerlo, solo o acompañado, ” de miedo, de dolor/de pena, de tristeza/de felicidad, por injusticia/, de cobardía o de impotencia/ (..) de pavor, de rabia/ o de placer”, el llanto se soporta mejor con poesía.

Antonio Gómez, Como una piedra puntiaguda en el zapato. Cáceres,
Rumorvisual, 2012

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Manuel Pecellín | 13-12-2012 | 11:43| 0

Natural de Cáceres (1976), donde ejerce la docencia, licenciado Inglés y autor de otros tres poemarios (Donde gravita el hombre, 2008; Catálogo de deudores, 2009, y Quince días de fuego, accésit del Adonais 2010), Lourteau ofrece en La mirada del cóndor su particular “bestiario”. Según una constante de la literaruta en todas las lenguas y épocas, el escritor percibe en cada animal sentimientos y situaciones perfectamente transferibles a la especie humana. Cada poema está dedicado al ave, reptil , mamífero o incluso insecto que por algún motivo atrae la atención del poeta. “Al cabo compartirmos/las sombras y el sigilo,/el agua y las cenizas/la soledad y el miedo/un lenguaje común de viento y de tristeza” con todos ellos. Con versos libres que más de una vez nos recuerdan la voz de Ramírez Lozano (véase, v.c., el poema “Gárgola”, título de una obra del de Nogales), aunque Lourtau los prefiere de arte mayor, evoca que los elefantes lloran a sus muertos como hermanos; las hienas enseñan la resignación ante los despojos; el lenguaje silencioso de las panteras; la hermosura invisible de lo efímero mecida por la libélula; la búsqueda de la eternidad en el canto de los grillos; el milagro de la vida ante la tozudez del escarabajo el arrojo de las hormigas, capaces de apostrofar al mismo Dios
Sólo se pecisa la mirada del cóndor para percibir hasta qué punto hombres y animales (también plantas, minerales y árboles) formamos parte de un mismo Todo, según Seattle, el lúcido Jefe Indio, trataba de enseñar a todo un presidente de USA. La obra se publica en la colección “Luna Poniente”, que con tan buen tino dirigen Elías Moro y Marino González Montero.

Mario Lourtau, La mirada del cóndor. Mérida, De la luna libros, 2012

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ME QUEDA LA ESPERANZA
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Manuel Pecellín | 10-12-2012 | 08:07| 1

Nacido en Badajoz (1963), periodista, cinéfilo, autor de varios libros de poesía, cuentos y ensayo, jefe del Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Badajoz y profesor asociado en el Área de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Extremadura, doctorado con una tesis sobre la llegada del cine sonoro a Badajoz y su repercusión en la sociedad badajocense de los años treinta, presidente desde 1992 de la Asociación de la Prensa de Badajoz, Cardoso es una personalidad casi inevitable del panorama mediático extremeño. Por fortuna, tantos compromisos no le impiden continuar madurando su obra poética. Lo vuelve a demostrar con el volumen Encerrado en una cáscara de nuez, título de resonancias shakesperianas, (“encerrado en una cáscara de nuez/me tendría por rey del espacio inifinito/si no fuera porque tengo malos sueños”, se lee en Hamlet),que agrupa tres obras bien distintas, aunque con ineludibles aires comunes.
La primera, Donde los gusanos se alimentan de escombros, es una evocación de la muerte, dejándose conducir por multitud de citas cuyos autores se han conmovido (¿quién no?) ante la presencia, más o menos próxima, de la dama de la guadaña. Los hay de todo tiempo y condición, sin excluir algunos bíblicos: A. Machado, Cioran, Borges, Góngora, Claudel, León Felipe, Heine, Kavafis, Horacio, Blas de Otero, Lorca, Cernuda, Celaya… son algunos nombres de esta rica nómina, que justamente encabeza el extremeño Fernando León. Los versos de Cardoso, con innumerables apoyaturas en la mitología grecolatina, se cargan también de neologismos e incluso expresiones de las jergas juveniles, enfatizando el “vermis sum et non homo” del salterio.
La parte segunda, Itinerarios de la insolencia, se construye en poemas muy extensos de arte mayor, que seguramente ganarían con más concisión e intensidad eexpresiva. El autor canta los caminos por donde él se conduce y busca antídotos contra la muerte. Ningunos tan eficaces como el culto a la palabra y la entrega al cuerpo de la mujer. Impregnado de un permente pesimismo, Cardoso todavía eencuentras ánimos para la crítica social e insiste en las contradicciones de nuestra éépoca. Baste leer los versos iniciales del poema “Historia del mundo contemporáneo” : ” Políticos que se mueren de rencor y soberbia./Periodistas que escriben sin ama y entre líneas./Gobernantes que no arrojan ni la toalla./hambrientos qque se mueren de hambre”.,..
Por último, “El tiempo del juego y las palabras”, obra bien distinta a las anteriores. Sus poemas son de corta entensión (hasta de un solo verso en ocasiones), todos dirigidos a la amada ausente, cuya persona va evocándose de forma pormenorizada, en sus componentes físicos (miradas, manos, ojos,labios, párpados, pelo, piel) y psicológicos (fantasías, sueños, juventud, historias, el alma misma). Los juegos gráficos, omnipresentes ahora, contribuyen a resaltar los contenidos. Concluye con el mejor y más extenso de todos, distribuido en cinco partes, anafóricamente iniciadas cada una con el pronombre “ella”. En definitiva, según sellara Goethe tras los pasos de Dante, es una vez más el eterno femenino quien nos dirige al cielo.

Juan Manuel Cardoso, Encerrado en una cáscara de nuez. Badajoz, autoedición, 2012

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BRUJA Y FILÓSOFA
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Manuel Pecellín | 01-12-2012 | 20:07| 1

N. Hawthorne (Salem, 1804-Plymouth, 1864) está considerado uno de los grandes maestros de la literatura norteamericana. Nacido en una familia de colonos puritanos, representa bien al hombre hecho a sí
mismo. Realizó numerosos trabajos hasta que llegó como cónsul de su país a Liverpool, desde donde visitaría buena parte de Europa. (Ya decía Stevenson que sus auténticas Harvard y Yale había sido un barco carguero).
Aunque Hawthorne también compuso novelas, tal vez su mayor fama la lograría con relatos cortos, que le merecerán los máximos elogios por parte E.A.Poe, Melville, Beckett, H.P. Lovecraft o el propio Kafka.
Su reconocida capacidad para la metáfora resulta sobresaliente en El espantapájaros, un relato corto , admirablemente escrito, que él presentaba como una curiosa leyenda oída en la casa familiar. Mamá Rigby, bruja con todas las de la ley, se pone a construir un espantapájaros para el maizal, con viejos retales, bastones rotos y un trozo de su mágica escoba. Pero le sale tan atractivo que decide
dotarlo de vida insuflándole el humo de su propia pipa. De esta sustancia se nutrirá en adelante Feathertop (el nombre sugiere en inglés gesta o proeza). En tanto no deje de fumar, el tabaco lo
mantendrá tan erguido y bello como el más hermoso sir. Por uno de ellos lo van a tener quienes lo contemplen pasear las calles. Sus modales y expresiones superan a los de cualquier aristócrata. Un perro avispado, tipo el de Ulises, o a un niño igual que el descubridor de la desnudez del rey, serán los únicos que no se engañen. Confundirá incluso la bella Polly Gookin, a un paso de caer enamorada ante el apuesto espantapájaros. Hasta que un espejo, menos mentiroso que el de la famosa madrastra, los devuelve a la realidad.
El vidrio no miente y refleja lo que realmente es Feathertop: un pobre constructo de palos y retales, miserable y harapiento. Consciente de
su inanidad, el espantapájaros regresa a casa de la bruja, arroja la pipa y se destruye en sus propios andrajos. Mamá Rigby no se sorprende del todo, aunque no deja de admirar el ya roto constructo, pues, exclama, “como él hay miles y miles de mequetrefes y charlatanes en el mundo, hechos del mismo amasijo de resto y desperdicios inservibles!
“Hombres que, sin embargo, gozan de una elevada reputación y nunca se ven a sí mismos como lo que de verdad son! ” (pág. 49). La alegoría del relato queda así explicada por la bruja. Ella, tan poderosa,
podría rehabilitar el muñeco roto, pero prefiere no repetir y destinarlo para lo que realmente nació: espantar las aves, “una vocación inocente y servicial, la más apropiada para mi querido amigo.
Y si cada hombre tuviera su propia vocación, la humanidad ganaría con ello”, concluye la sabia mujer.
El volumen cierra con extenso postfacio, donde el traductor, Juan Sebastián Cárdenas, un colombiano residente en Madrid, analiza detenidamente la obra de Hawthorne.

Nathaniel Haethorne, El espantapájaros. Cáceres, Periférica, 2012

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FANTASÍA Y METALITERATURA
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Manuel Pecellín | 25-11-2012 | 16:46| 0

Cuando José María Merino publicó por vez primera Los invisibles (Madrid, Espasa Calpe, 2000), este gallego reciclado como leonés (n. A Coruña, 1941), era ya una de las voces más reconocidas de las letras hispánicas. La obra del hoy Académico de la R. Española, galardonado con premios tan importantes como el Nacional de la Crítica, el Castilla y León de las Letras o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, fue recibida con unánime aplauso. Los críticos destacarían la original composición, excelente prosa, derroche imaginativo, alcance gnoseológico y otros valores literarios y metaliterarios de la novela. Baste leer el excelente análisis que de la misma hizo San Villanueva en El Cultural de El Mundo (05/03/2000). “El juego de espejos practicado por José María Merino sirve para abordar el mundo desde la fertilidad de la imaginación. Los invisibles se acerca al relato fantástico, no elude la pura narración de aventuras y aprovecha para incorporar teoría literaria y narrativa. Pero ese agregado de materiales dispersos funciona a la perfección al encajarlos en una novela unitaria porque debajo de la historia externa -sea la de Adrián o la de su cronista- late un poso milenario de cuentos y mitos que hablan del eterno humano. Merino une el fondo legendario de remotas épocas con el tiempo presente por medio de la más eficaz soldadura literaria, la credibilidad”, leíamos allí.
La nueva edición de Cátedra añade a los méritos de la obra extensa la introducción (páginas 9-77) y notas explicativas que suscribe Santos Alonso. El profesor de la Complutense destaca los aspectos biobibliográficos de Merino más pertinentes para entender Los invisibles, pasando después a un minucioso análisis del texto. Desentraña así para el lector factores tan importantes como la formación del novelista en un terruño con ricas tradiciones orales de tipo fantástico; los estudios universitarios en Madrid; su decidido propósito de renovar las técnicas narrativas; la afición por incorporar elementos míticos, fabulosos e inefables; la búsqueda de la tensión expresiva y el gusto por transgredir los géneros clásicos, aun sin renunciar a evidentes dosis de crítica social. Pues, según bien percibe Santos Alonso, en las obras de Merino se confunden “los límites difusos entre lo vivido, lo imaginado y lo soñado que se borran con facilidad, lo misterioso e insólito que suplantan a la experiencia cotidiana y los contextos metaliterarios que equiparan a la escritura y la vida” (pág. 38).
La parte primera es la fantástica historia de Adrián, joven profesor universitario que se dirige desde Madrid a la montaña leonesa para felicitar al nonogenario abuelo una noche de San Juan y, paseando por el bosque a la luz de la luna (los elementos mágicos van acumulándose), tras recibir la picadura de cierta planta, se convierte en invisible, tanto él como todo cuanto que queda al alcance de sus manos. Principia así un cúmulo de fantásticas aventuras, que lo conducen por muy diferentes lugares, siempre deseoso de descubrir el talismán para volver al estado corpóreo. En vez de aprovechar las posibles ventajas de la invisibilidad (recordemos al protagonista de El hombre bicuadrado, de Francisco Vera; el hombre invisible de Wells; al W. Storitz de Jules Verles y tantos otros similares), Adrián sufre, más aún porque mantiene incólumes o sentidos tan corpóreos como los del gusto, sabor o tacto. De nada le sirven la antigua amante, el catedrático, el médico familiar ni la propia madre, que no consiguen entenderle. Sólo Gerardo, un ciego que representa a los “invisibles” de nuestra sociedad, le alivia de algún modo. Pero el encuentro con Rosa, joven sensible a los padecimientos ajenos, también sometida a idéntica metamorfosis, resultará definitivo. Ambos se unen a la comunidad de invisibles, cuyos miembros están siendo diezmados por un implacable Cazador, contra el que recaban la ayuda del propio novelista.
Comienza así la parte segunda de la novela, la metaliteraria, en la que el autor mismo se convierte el protagonista del relato. Ya dijo el gran Descartes, en su célebre Discurso del método, que siempre hay razones para dudar de cuanto creemos saber; una de ellas consiste en la imposibilidad de distinguir entre la vigilia y el sueño, por no recordar al espíritu maligno capaz de alegrarse haciéndonos caer en las máximas confusiones. En definitiva, que los límites entre la realidad y la imaginación no están nunca absolutamente marcados. Como Unamuno en las “nivolas”, Merino presenta personajes novelísticos que aspiran por sobrevivir al propio creador, con procedimientos estéticos sobre los que se nos ilustra adecuadamente. Incluso aunque pierdan el posible mensaje emancipatorio, según le ocurre a Adrián en la parte tercera y última, tan concisa, de la obra.

José María Merino, Los invislbles. Madrid, Cátedra, 2012.

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MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 24-11-2012 | 13:25| 0

Escasos hombres consiguen una identificación tan plena entre su misma
personalidad y el territorio donde vieron la primera luz como José
María Álvarez Martínez. Nacido en Mérida (1947), este doctor en
Filología Clásica ha pasado buena parte de su existencia dedicándola
al estudio de Emerita Augusta. Sus labores como historiador ,
arqueólogo y cronista de la capital de Extremadura hallan quizás la
expresión máxima en la dirección que ostenta del maravilloso Museo
Nacional de Arte Romano y las muchas actividades por este centro
desarrolladas. Si existen las moiras griegas o el fatum de los
latinos, se diría que Chema Álvarez , hijo de un prócer emeritense,
estaba genética y culturalmente vocacionado al estudio de las huellas
de Roma en su principal colonia lusitana, así como a establecer
documentadamente cuanto allí viene ocurriendo a través de los siglos.
Para comprobarlo, baste recorrer las páginas de los dos primeros
volúmenes (…Y los Reyes se fueron con la niebla. Retazos del tiempo de
Navidad, y Ahora que han florecido los cantuesos) de una tetralogía
proyectada, que culminará con el volumen dedicado al estío. La parte
tercera es la obra aquí presentada. Según bien se sabe, esta
modulación de la propia escritura acorde con las estaciones del
calendario cuenta con numerosos precedentes (inolvidables son las
Sonatas de Valle Inclán) y entre los autores extremeños la siguió ha
poco José J. Barriga en su formidable Calleja del altozano.
Luces de otoño recoge las evocaciones del autor en acontecimientos por
él vividos durante esa época de las “Autumn Leaves”. Si se exceptúan
los recuerdos de su formación universitaria en Sevilla y los viajes a
Berlín, por razones de estudio amistad, amén de alguna excursión
juvenil a Elvas, Madrid y Guadalupe, casi todas las páginas del libro
versan sobre Mérida. Seguro que allí ha de encontrar sus más
numerosos y emocionados lectores.
En efecto, José María Álvarez, nostálgico de épocas pasadas, como buen
aficionado al mundo grecolatino, va dando melancólica relación de los
usos y costumbres, personajes, sucesos, celebraciones, descubrimientos
arqueológicos, fiestas populares profanas y religiosas, gastronomía e
incluso corridas de toro o partidos de fútbol , fenómenos en todos los
cuales este emeritense convicto y confeso participó desde su niñez
con singular entusiasmo. Al referirlos, no pocas veces se deja
arrastrar por su enorme cultura clásica y lo mismo adjunta un apunte
sobre la historia del puente romano (tema de su tesis doctoral), que
ilumina los orígenes romanos de este festejo o señala los precedentes
culturales de tal y cual situación. Sin olvidar oportunas
referencias a otros escritores (Larra, Laborde, Jesús Delgado
Valhondo, Rafael Rufino Félix) que se ha ocupado también de Mérida.
Merced a su pluma, participaremos literariamente en el desarrollo de
las excavaciones del Templo de Diana; la inauguración del gran Museo;
las añoranzas gitanas de la Feria Chica; la dulzura iniciática de las
pitarras; el ágape vegetal de la chaquetía; una recogida de setas por
las dehesas de Cornalvo; las golosinas de los “tosantos” ; las
procesiones de Semana Santa; los alegres escarceos de la tuna, una
visita al mausoleo del gran Juan de Ávalos o los debates culturales
del Liceo. Y siempre acompañados por multitud de personas allí
comprometidas (profesores, hortelanos, músicos, políticos,
arqueólogos, cocineros, dulceras, comerciantes, deportistas médicos,
sacerdotes), que el memorialista trae cariñosamente a escena con
nombre y apellidos, rindiéndoles homenaje de amistad y consideración.
Para reforzar la palabra escrita, numerosas imágenes vienen a
enriquecer un libro tan personal como sugerente . Por último, no
conviene perderse el prólogo que, al menos en este caso, contra las
advertencias de Unamuno, es bastante más que una faena de aliño. Lo
suscribe José Luis de la Barrera, compañero del autor en labores
arqueológicas.

José María Álvarez Martínez, Luces de Otoño. Mérida, Gráficas Rejas, 2012.

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LA POLÉMICA MODERNISTA
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Manuel Pecellín | 19-11-2012 | 09:57| 0

Volumen colectivo, coordinado por el catedrático extremeño Luis de Llera y la profesora italiana Cristina Assumma (autores además de los dos trabajos más extensos”) , comprende una decena de estudios que tratan de exponer el alcance del modernismo religioso y literario en España e Hispanoamérica (ésta menos estudiada). No cabe sino agradecer la atención prestada a un periodo importante de nuestra historia por tan entusiastas hispanistas. Una mejor cuidada corrección de estilo habría evitado los numerosos italianismos en que prácticamente todos los autores incurren, incluso los de origen hispano, tal vez por su larga estancia en la península de la bota. También habría podido obviarse que cada uno haga su propia introducción al tema general, el Modernismo, lo que produce demasiadas repeticiones.
El primer trabajo, suscrito por Llera, ocupa casi un tercio de la obra. El autor analiza lo que supuso el movimiento modernista en el ámbito religioso y las condenas que recibió de los papas, especialmente por parte de Pio X en la encíclica Pascendi Dominici Gregis. A continuación, repasa la otra faceta del Modernismo, la literaria, deteniéndose en sus manifestaciones españolas y los autores que más lo cultivaron. Unamuno en los ámbitos de la fe y Juan Ramón Jiménez en el de la poesía, son sus máximos representantes y los autores aquí más y mejor estudiados.
Tras los apuntes, un tanto confusos, de Cristóbal Robles Muñoz, que se plantea si realmente hubo Modernismo en España (algo que tras la entrega anterior parecía ya resuelto), José L. Lemos Montaner recoge un conjunto de notas biobibliográficas del pensador gallego Amor Ruibal, cuyas principales tesis filosóficas y teológicas apenas logra insinuar.. Mucho más razonada nos parece la investigación de Alessia Cassani sobre Unamuno y las relaciones del Rector salmantino con Italia. Apoyándose en documentos poco o nada conocidos hasta ahora, pone de manifiesto las simpatías de D. Miguel hacia los milaneses de “Il Rinnovamento”, con los que se carteaba, aunque Unamuno mantuviera siempre su radical independencia. Giovanna Scocozza se ha ocupado del novelista cuya estética tal vez más difería de los modernistas, Pío Baroja, deteniéndose en El cura de Monleón, novela cuyo protagonista parece bien distinto de los clérigos coetáneos . (Aunque tal vez le habría dado más juego a la autora el Nazarín de Galdós). Cristina Assumma se ocupa de Manuel Machado, partiendo de un oximoron inicial: el poeta andaluz habría desarrollado un modernismo “tradicionista”. Apoyándola con un conjunto de notas realmente abrumador (y de no fácil lectura por la mínima letra adoptada), la investigadora argumenta su intuición exponiendo las numerosas contradicciones, temáticas y formales, en que incurriera el hermano de D. Antonio.
Finalmente, a Valeska Tronco corresponde el estudio de lo que ella llama “La Modernidad”, tanto religiosa como literaria, en Hispanoamérica durante los albores del siglo XX. Repaso que concluye Marjorie Sánchez con unas breves páginas en torno a la presencia de Rubén Darío en Guatemala.
El debate sobre lo que fue el Modernismo sigue abierto, si bien obras como ésta contribuyen a precisar el “universo de discurso” para la larga polémica.

Llera Esteban, Luis de y Assumma, Cristina (coord.), La “primera” modernidad. El modernismo religioso y literario en España e Hispanoamérica. Bogotá, Universidad Católica, 2012

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NOI DEL SUCRE
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Manuel Pecellín | 12-11-2012 | 09:02| 0

Salvador Seguí (Tornabous, 1886), llamado “Noi del sucre” por su afición a comer azucarillos, es figura mítica para los ácratas españoles. Recuerdo con qué veneración hablaban de él desde intelectuales ácratas como Juan Gómez Casa (autor en ZYX de una pionera Historia del anarcosindicalismo) o Abel Paz (biógrafo de Durruti), hasta trabajadores cultos y responsables, tal “El tío José”, andaluz que sentó cátedra rural en Entrerríos, donde falleció casi centenario. La muerte violenta del ya entonces célebre anarquista, abatido en Barcelona por los pistoleros del Sindicato Libre (1923), financiados por la patronal catalana, contribuyó sin duda a incrementar su fama entre los libertarios. Seguí, obrero de la pintura, fue uno de los principales impulsores de Solidaridad Obrera y secretario de la CNT en Cataluña. Más próximo a las tesis de Kropoktkin en El apoyo mutuo que a las violentas de Bakunin, admiraba la Escuela Moderna de Ferrer y defendía la formación intelectual como el arma más oportuna para la emancipación de la clase trabajadora. Sin discutir el de la huelga general revolucionaria, en principio pacífica, como la que ayudó a desatar el año 1917, aunque después se desarrollase por otros derroteros.
Menos conocido es que el templado noi compuso una novela corta, Escuela de rebeldía, en cuyas páginas daba libre curso a sus ideales. Lamentablemente, no pudo verla publicada. Lo mataron pocos días antes. Barcelona se había convertido en una ciudad temible, donde las pistolas entonaban sin tregua la canción de la muerte. Martínez Anido, el gobernador civil, las alentaba descaradamente (hubo días con más de treinta obreros asesinados) contra los líderes sindicales y pronto tuvo quien contestara.
En dicho ambiente se desarrolla la narración de Seguí. Juan Antonio, el protagonista, de espíritu romántico e inquieto (“es preciso que la gente luche, porque el que no lucha no vive: el agua encharcada se corrompe”) representa el tipo de militante obrero admirado por el autor. Para mayor identidad, según el paradigma de la muerte anunciada, lo hace morir junto a la Rierita en pleno auge del movimiento huelguístico. Justo en las proximidades, por el Raval, será también abatido Salvador Seguí. Aquel joven impresor, hijo de un terrateniente arruinado por ineptitud, emigrado desde Andalucía e irá convirtiéndose (la verdad es que no se explica muy bien cómo) en uno de los dirigentes populares con mayor prestigio. Las balas le partieron el corazón sin que él llegase a utilizarlas.
Escuela de rebeldía no es un relato de indiscutible calidad. El lenguaje es pulcro, diáfano y a veces pintoresco, pero la presentación de los personajes es excesivamente ingenua, estereotipada. Antes que a los imperativos literarios, su prosa responde a los expuestos por hombres como Felipe Aliz , otro revolucionario ácrata, en El arte de escribir sin arte reeditada , ha poco (Berenice, 2012). Lo que les importa no es tanto la belleza de la escritura, sino su virtud – real o imaginada – para defender ideas y conductas con un lenguaje y estructura narrativa llanos, al alcance de cualquiera. Con todo, resulta una novela interesante por su capacidad para componer un retrato sociológico de la capital catalana en aquellos convulsos años veinte del pasado siglo. Y, sin duda, para conocer mejor al Noi del Sucre y la ideología que encarnaba. Por cierto, un plus añadido en nuestros días es recordar cómo él, y lógicamente su trasunto, acordes con el lema de que los proletarios no tienen patria, se sitúan frente al independentismo catalán.

Salvador Seguí, Escuela de rebeldía. Cáceres, Periférica, 2012.

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CATÓLICO Y JUDÍO
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Manuel Pecellín | 05-11-2012 | 12:53| 0

El año 1487 aparecía en Salamanca uno de nuestros libros “incunables” de mayor interés. Según costumbre de la época, llevaba largo título:
Católica impugnación del herético libelo maldito y descomulgado, que en el año pasado del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y ochenta años fue divulgado en la ciudad de Sevilla…
Obra plena de interés, fue relativamente pronto incluida por la
Inquisición en el Índice de libros prohibidos (Valdés, 1559). La
reconocida eficacia del santo Tribunal hará que la obra quede borrada de la faz de la tierra. El célebre bibliógrafo Nicolás Antonio la cita
someramente, aunque da la impresión de que nunca ha visto ejemplar de la misma. Sólo se conserva uno de ellos, en la Biblioteca Vallicellana de Roma (Incun. 79). Los padres jesuitas Leturia y Batllori, profesors de la Universidad Gregoriana, lo tienen como un “incunable rarísimo y único. En España no existe otro ejemplar”. Eugenio Asensio lo utilizó por vez primea en un estudio ya clásico, “El erasmismos y
las corrientes españolas afines” (Revista de Filología española, 1952).
Pero fue el insigne investigador Francisco Márquez Villanueva, de la Universidad de Harvard, quien habría de preparar una edición de dicha obra (Barcelona, Juan Flors, 1961), que por su corto número se
agotaría prontamente. Acaba de reaparecer en Almuzara (Córdoba, 2012), con los dos estudios que dicho profesor le dedicase y una
excelente presentación de Stefania Pastore.
El autor del libro fue Hernando de Talavera, un fraile jerónimo (como los que por entonces regentaban Guadalupe) que debe ocupar con toda
justicia lugar preeminente en la historia española. Miembro de una familia judeoconversa, ligada a los condes de Oropesa, se formó en la Universidad de Salamanca. Prior del monasterio de Prado (Valladolid)
y obispo Ávila, puso el mayor empeño en reformar las costumbres de sus colegas y súbditos, aproximándolas a la pureza de la Iglesia
primitiva. La reina Isabel lo tuvo como confesor, distinguiéndose por saber y virtud entre el numeroso grupo de judeoconversos implicados en
la corte de la católica Reina. A él se deben las “Declaraciones de Toledo”, por las que se revocaban los enormes privilegios y descomunales rentas que Enrique IV había concedido a numerosos
señores y prelados, quienes nunca le perdonarían al buen fraile tamañas pérdidas. Estrechamente vinculado a la reina Isabel, fue el
primero que elevó la cruz sobre la Alhambra recién conquistada. Nombrado arzobispo de la ciudad, se esforzó al máximo por que se respetasen las Capitulaciones concedías por los Reyes, impidiendo que nadie fuese obligado a un bautismo forzoso. Al contrario, hizo todo lo posible para que se respetase la libertad de conciencia de todos sus
ciudadanos, musulmanes y hebreos incluidos, haciendo que fuesen convenientemente educados en la fe católica. Toda su pastoral resultó frustrada por las duras disposiciones de Cisneros y los
bautizos masivos, más aún tras la muerte de la Reina. Opuesto a la Inquisición, por entender que existían otros métodos más acordes con la teología paulina de la caridad para tratar a los posibles herejes,
él mismo (y todos sus familiares), fray Hernando caería en las garras del temido Tribunal, que lo detuvo y procesó. Sólo los buenos oficios del Papa Julio II lograron que se le declarase inocente … cuando acaba
de expirar el buen fraile.
Bien demostrada tenía su ortodoxia en los escritos que había ido dando a luz, entre los que sobresale (algunos se han perdido) la citada Católica impugnación. Es un tratado apologético, que compuso
para refutar las tesis defendidas por el autor, judío sin duda, de un opúsculo publicado en Sevilla (la primera ciudad con sede de la Inquisición) seguramente para defender a los hijos de Israel frente a las pesquisas inquisitoriales. Resumiéndolas tal vez en exceso,
venían a reducirse a éstas: 1) La ley de Moisés sigue estando vigente, pues el cristianismo no supone sino una modalidad, no necesariamente superior, de la misma.2) La ritualidad judía es más pura que la cristiana, infecta de prácticas supersticiosas múltiples.
3) Se puede estar bautizado y seguir fiel a la Torá.
Fray Hernando opone contra las mismas muy sólidas razones
escriturísticas y teológicas, no sin admitir que en la práctica popular de la religión católica han ido deslizándose numerosos defectos, cuya reforma se impone. Vale decir que el de Talavera se mostraba como un decidido defensor de medidas cuya puesta en efecto, a escala europea, tal vez habrían evitado la rebelión luterana.

Fray Hernando de Talavera, Católica Impugnación. Córdoba, Almuzara, 2012

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