Hoy

img
INMENSO NAUFRAGIO
img
Manuel Pecellín | 17-12-2016 | 21:28| 0

 

Víctor Serge (Bruselas, 1890-México, 1947) fue una personalidad fascinante, prototipo del auténtico revolucionario, más proclive a la pluma que al fusil, capaz de reconocer los errores del proyecto utópico, aunque mantuvo hasta sus días últimos los ideales juveniles, pese a los terribles tropiezos sufridos. Su nombre real era el de Víctor Lvovich Kibalchic, como heredero de una familia rusa refugiada en Bélgica. Allí nació y se formó entre los defensores del anarquismo. Nunca perdería del todo sus raíces libertarias (junto al entusiasmo que mostró por la figura de Lenin). Su compromiso con los ideales revolucionarios lo condujo primero a España, durante la huelga general de 1917 (Medianoche en el siglo alude numerosas veces a nuestro país) y poco después a Rusia, donde los bolcheviques habían tomado el poder.
Serge se comprometió profundamente con el proceso soviético y con la Internacional comunista. No obstante, su lucidez y honestidad le descubren pronto, especialmente tras la subida al poder de Stalin, que la cosa pública no marcha según lo había soñado. Más próximo a las tesis de Trostki, también él será víctima de la represión que está llevándose incluso a los miembros más relevantes del PCUS. Sufre en carne propia las humillaciones concentracionarias del “gulag”, del que escapa en virtud de las presiones internacionales. El año 1936 abandona el presidio y puede salir de la Unión Soviética, convertida para entonces en una cárcel descomunal, y afincarse en Francia. Allí se decide a escribir la novela que presentamos.
S´il est minuit dans la nuit (1939), según el título original, denuncia paladinamente la terrible noche que ha caído sobre una tierra, Rusia, donde el triunfo del proletariado permitía encender las luces de un porvenir glorioso para la humanidad. Adelantándose a Koestler o Soljenitsin (Un día en la vida de Iván Denísovich, la admirable obra de este último, se halla aquí prefigurada), Serge presenta el régimen estaliniano como una horripilante máquina destructora de hombres y mujeres, en muchos casos a los que más debe la propia revolución, con métodos capaces de recordar otra odiosa estructura represiva, la Inquisición (delaciones, torturas, jueces inicuos, cárceles, abogados cómplices, hambrunas, autoinculpaciones humillantes, etc., están a la orden del día).
Pero Medianoche en el siglo es sobre todo un excelente ejercicio literario, texto en el que se combinan hábilmente con discurso narrativo, el monólogo interior, los diálogos sin marca, las canciones populares, las citas de Hegel y Marx, el feedback, la desconstrucción de las jergas políticas y carcelarias para describir el tremendo Caos en que millones de personas ignoran por dónde les asestarán el golpe último.
Enmarcada en Chernoé, campo de concentración a orillas del helado río Chiórnaya, magníficamente resuelto cada primavera, la obra nos traduce las angustias, ilusiones y sufrimientos de personajes prototípicos: Kostrov, miembro del partido desde 1917, profesor universitario de “Materialismo Histórico, que también cae en cae en desgracia y no se conducirá del modo más honorable; Fedossenko, jefe implacable en el trato con los deportados políticos, si bien lo veremos hundirse en el abismo ; el grupo de jóvenes “trotskistas” (Ryjik, Elkin, Avelii), cada uno representativo de diferentes posturas, que sufren allí las mayores miserias y entre los cuales destaca Rodion, el único capaz de eludir las alambradas, aunque su futuro sigue siendo igual de negro. Si hay algún atisbo de solidaridad en aquel gigantesco desbarajuste, en que la “Rusia eterna” de los zares no parece haber mejorado un punto, corre a cargo de los más humildes y de las mujeres allí concentradas (Várvara, Galia). Según apunta el escritor, entre Stalin y Hitler se puede establecer un estremecedor paralelismo. Los ideales comunistas eran tan sublimes como desastrosa su plasmación práctica.
Serge, ante la llegada de los nazis, consigue huir y refugiarse en México, donde el corazón le fallaría. El régimen colaboracionista de Vichy impide que circule su novela, por entender que critica en exceso a un aliado de Alemania, Rusia (tras el pacto Stalin-Hitler). Medianoche en el siglo no reaparecerá hasta 1979 (París, Livre de Poche). La edición de Alianza, con frecuentes notas a pie de página puestas por el traductor (Ramón García), que no es la primera en castellano, facilita la lectura de un libro imprescindible.

Víctor Serge, Medianoche en el siglo. Madrid, Alianza, 2016.

Ver Post >
EMERITA AUGUSTA
img
Manuel Pecellín | 14-12-2016 | 13:18| 0

 

Espido Freire (Bilbao, 1974), licenciada en Filología Inglesa y diplomada en Edición y Publicación de Textos por la Universidad de Deusto, irrumpió espectacularmente al obtener con sólo 25 años el Premio Planeta, concedido a su obra Melocotones helados, distinguida por  Qué Leer como la mejor novela española editada durante el año anterior. Poco antes, los libreros franceses galardonaron la primera obra de Espido, Irlanda, como libro  revelación extranjero. La escritora, cuya presencia es frecuente en prensa y TV, ha ido  dando a luz numerosos títulos, con notable aceptación de la crítica y traducciones a los idiomas más hablados. Uno de aquellos, Soria Moria, le supuso el XXXIX Premio Ateneo de Sevilla (Algaida, 2007).

Esta obra, cuyos protagonistas son dos  adolescentes de la burguesía inglesa (instalados en el Tenerife decimonónico y escapados a una tierra mítica de la tradición noruega) estaba en línea con otro texto de literatura juvenil publicado antes por la  bilbaína, La última batalla de Vincavec el bandido.

Si bien  Espido Freire ha manifestado alguna vez su escasa voluntad por la historia como fuente de inspiración,  El chico de la flecha se enmarca en  Emerita Augusta durante el imperio de Vespasiano. Es verdad que su argumento es fruto fantástico, pero nunca entra en confrontación con lo que de la época se conoce. Más aún, puede decirse que el texto es sobre todo una presentación para jóvenes estudiantes de las “instituciones romanas”: familia, ejército,  religión,  comercio, judicatura, administración, esclavitud, etc., así como de los usos y costumbres llevadas e impuestas por las poderosas legiones a todos los confines dominados. Que Freire (apellido con ineludibles ecos pedagógicos) elija para enmarcar su relato la entonces recién fundada Mérida, capital de la Lusitania, nos gusta, pero para esta narración lo mismo pudo fijarse en otras urbes pujantes, como Tarraco. Lisboa, Itálica o Córdoba.

Junto al espectacular puente sobre el Guadiana se asienta la familia de los Albius, patricios latifundistas, de la que forman parte el joven Marco, huérfano, y su tío Julio, el tutor. Son los dos protagonistas de la novela, adolescente atolondrado uno; modelo de serenidad y virtud el otro. En torno a ellos pululan pedagogos, libertos, amas, soldados, brujas, bandidos, servidores de posadas, termas, taberneros, gladiadores,  comerciantes…, toda la fauna, en fin, de una sociedad tan compleja (e injusta) como la creada por Roma.

Una ingenua aventura ideada por Marco y su joven esclavo Aselo va a desencadenar la trama. El final feliz, según corresponde al género, no por previsible resulta inverosímil.  Julio, legado de Roma, asume el papel de instruir a cuantos le rodean, especialmente a los dos pupilos, amo y esclavo, en los valores éticos que elevaron al mundo latino, vigentes hasta hoy. De ahí que el ilustre hombre incluso arriesgue vida y fortuna por salvar a un pequeño esclavo.

Para mejor conducirse en la lectura, sin tener que echar mano a Internet, numerosas notas a pie de página explican los abundantes términos latinos utilizados (en cursivas). Algún anacronismo (v.c., presentar el ajedrez en la Hispania del s. I) o imprecisión (“las mulas relinchan”) no son ni lunares en una prosa tan limpia, precisa y ágil como la de la obra.

 

 

Espido Freire, El chico de la flecha. Madrid, Anaya, 2016

Ver Post >
CHIMEN ABRAMSKY
img
Manuel Pecellín | 10-12-2016 | 22:59| 0

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

CHIMEN ABRAMSKY

 

 

El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman’s College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony’s College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.

 

Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 

Ver Post >
JOSÉ AGUDO, POETA
img
Manuel Pecellín | 08-12-2016 | 14:57| 0

 La Editora Regional de Extremadura, que Eduardo Moga ha comenzado a dirigir con tan buen tino, nos  acaba de sorprender con Acordes de una antigua canción, un excelente poemario, de cuyo autor no teníamos noticias. Nacido en Fregenal de la Sierra (1952),  la vida de José Agudo ha transcurrido en Mallorca y Barcelona, ciudad donde actualmente reside. En la red hemos encontrado la entrevista que le hizo (15-II-2015) Carmen Tomás,  distinguiéndolo entre los  “escriptors del baix Llobregat”. Agudo le que confiesa sentirse herido por la “nostalgia mediterránea”, esa que Serrat cantó de forma inolvidable.

Manuel Rico lo llevó a su Antología de Poetas Catalanes en Castellano, titulada Por Vivir Aquí: Antología de Poetas Catalanes en Castellano (2003), prologada por Manuel Vázquez Montalbán. (Su caso me recuerda al grandísimo José María Valverde, quien, aunque nacido e incluso criado en Valencia de Alcántara, siempre prefirió se incluido entre los escritores de Cataluña, si bien,  aun siendo  políglota, escribía en castellano).

Agudo, con apellido tan surextremeño,  no es un novel en el mundo de las letras. Entre sus publicaciones se señalan títulos como  Naufragios (1992), Conciencia de mí mismo (1995), Dibujando la Rosa de los Vientos (1996), Hombre desnudo (2006) y Esta frágil cadencia (2008), libro éste con el que obtuvo el XXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Que no es el único de sus galardones..

Entre los clásicos, se declara lector asiduo de  Manrique y Quevedo y de los contemporáneos admira sobre todo a Jaime Gil de Biedma, José Agustín y Caballero Bonald.

“Mi pulso poético tiende a la reflexión acerca de la vida y sus contornos, de los mínimos hechos cotidianos que pueden pasar desapercibidos, pero que analizados convenientemente suponen una carga emocional lo suficientemente importante como para tenerlos en cuenta y tratarlos poéticamente”, manifestaba en la entrevista que antes se citó.

Así se percibe en este libro, tan urbanita,  cuyos versos blancos y libres, con preferencia por los endecasílabos, llegan a lo más hondo por su perfección formal y las inquietudes que hacen compartir al lector. Escritos, real o figuradamente en octubre, se impregnan de  melancolía otoñal. Tópicos como la caída de las hojas, el mar al sin los ruidosos turistas, el frío que regresa, los charcos de la lluvia, la luz ya domesticada, las fantasmales neblinas, los pájaros erráticos del crepúsculo… se elevan a símbolos de la caducidad del existir, los  ineludibles estragos del tiempo, la conciencia de un yo que se extingue. El poema “Senectud” (pág. 45) lo resume perfectamente. Con todo, a pesar de los pasos fatigados, de las dudas que corroen a los dioses mismos (si es que existen), de que nos conducen como cantos rodados (Rolling Stones) rumbo a una orilla sin nada, reconforta la seguridad de que estuvimos aquí, junto a los otros, siquiera por un instante.

 

 

José Agudo, Acordes de una antigua canción. Mérida, ERE, 2016

Ver Post >
LA JUDÍA DE HERRERA
img
Manuel Pecellín | 03-12-2016 | 12:52| 0

 

 

A mitad de 1499, mientras los aires milenaristas azuzaban todo tipo de inquietudes, en la sede de la Inquisición de Toledo se abre causa contra una joven visionaria nacida en Herrera, proceso que pronto implicará a muchos de sus seguidores. Inés Esteban, con sólo doce años, criada en una familia de judeconversos  falsamente convertidos a la fe católica, vino a ser un fenómeno social en las poblaciones  de la “Real Dehesa de la Serena” para cuantos seguían fieles a la ley de Moisés incluso tras aceptar bautizarse (para eludir la expulsión decretada por los Reyes Católicos).

Su figura atrajo el interés de no pocos historiadores, entre ellos el inolvidable H. Beinart. El catedrático de la Universidad de Jerusalén, gran especialista en el estudio del mundo judeoespañol (recordamos bien su presencia en Hervás durante la celebración del ya lejano I Congreso sobre los Judíos en Extremadura) le dedicaría el estudio “Inés of Herrera. The Prophetes of Extremadura (en Giles, M. E, ed., Women in the Inquisition: Spain and the New World, Baltimore, Johns Hopkins Univesity Press, 1999).

Las actas del proceso levantado contra Inés no han podido aún ser localizadas, por lo que en realidad no se conoce bien cómo terminó. Sí  las de otros que el Santo Tribunal (por entonces todavía casi neófito, pero ya temible) tuvo como cómplices de la adolescente y a quienes ella, con sus visiones y profecías, reconfortó en sus esperanzas mesiánicas.  Los buenos oficios de Antonio Blázquez, también natural de Herrera y empleado en el Archivo  Histórico Nacional de Madrid, dieron a conocer los expedientes de varios de los autos de fe derivados de la causa seguida a la “Moza de Herrera” y sus acólitos. A las gestiones de búsqueda se sumó otro paisano, Desiderio Vaquerizo (n. 1959), catedrático de Arqueología en la Universidad de Córdoba.  Autor de otras novelas históricas (El árbol del pan, 2004; Callejón del lobo, 2006; Chocolate con veneno. 2009; El cerro de los cráneos, 2011 y Alfileres de cristal, 2013), vio pronto las enormes posibilidades literarias de esta figura adolescente, capaz de enfrentarse a las más duras persecuciones en defensa de sus ideales.

Combinando  lo históricamente comprobado con su fantasía creadora (gran acierto con el personaje Diego Martínez O.P. , fiscal inquisidor, hijo bastardo del Conde de Belalcázar, a la postre también convencido e incluso enamorado de la adolescente encausada), Vaquerizo construye una sólida y extensa narración (427 páginas). La dirige a evocar una historia terrible y, sobre todo, a poner de manifiesto la pésima opinión que le merece el Tribunal creado por los Reyes Católicos para reprimir “la herética pravedad” (y con ello sostener  los poderes del Altar y del Trono, tan bien avenidos). Se sirve sobre todo de una obra pionera y  mítica, Sanctae Inquisitionis Hispanicae artes… (Heidelberg, 1569), compuesta por el gran  Casiodoro de Reina (Montemolín, c. 1520) tras huir de Sevilla, huyendo de la Inquisición,  y refugiarse en territorios de la Reforma (donde tampoco lo tratarían precisamente con  mucho respeto).

El relato se sirve de las supuestas memorias que habría compuesto el joven dominico, también encarcelado por desobedecer al Inquisidor General Diego de Deza e incluso tramar la liberación de Inés. Se utiliza, no obstante, el castellano actual, por lo que surgen no pocos anacronismos (histeria, huracán, linchamiento…).  Un glosario de términos ayuda a mejor entender las costumbres y prácticas judías, tan presentes en estas páginas, muy esclarecedoras de lo que fue aquella pugna entre “cristianos nuevos” y “cristianos viejos”, cuyas víctimas fueron en resumen todos los españoles (unos más que otros, claro está).

 

Desiderio Vaquerizo Gil,  Inés de Herrera. La niña profeta. Córdoba, Ediciones El Almendro, 2016.

Ver Post >
LÁPICES MÁGICOS
img
Manuel Pecellín | 27-11-2016 | 13:14| 0

 

Quienes venimos de la piedra pulimentada neolítica (pizarra y pizarrín escolares), hemos asimilado  experiencias múltiples en el arte de la escritura. Desde aquellos humildes útiles, en alternancia con los plumines de acero al final de mangos  y los frágiles tinteros de anilina, a menudo derramada sobre el pupitre (¿quién tenía una estilográfica?),  amén de las febles tizas (¡las había de colores!), hasta la pantalla y el lápiz electrónico, hemos vivido descubrimientos impactantes. Para mí, niño rural, supuso toda una revelación descubrir aquella tarde de otoño cómo el Sr. Feliciano,  residente en Sevilla, de visita a Monesterio,  trazaba incansables renglones sin tener que acudir al tintero. Se llama bolígrafo, nos ilustró, y puede trazar miles de líneas sin alejarse del papel.

Aquello no era magia, sino ciencia. Lo que no puede decirse de las propuestas que Ramírez Lozano nos lanza en Lápices primos. La imaginación del extremeño realiza aquí otro tour de force, con ayuda de la  ilustradora Natalie Pudalov, que traduce a imágenes oníricas, en línea con las visiones de El Bosco, las intuiciones  surrealistas del escritor.

Asentado a orillas del Betis, que riega la Argónida de Caballero Bonald y ha visto sus caudales surcados por tartesios,  romanos, musulmanes, wikingos, genoveses y navegantes miles, hasta los yanquis de la VI Flota, la fantasía del autor no conoce fronteras. Merced a un discurso limítrofe entre el verso y la prosa poética, irá desgranando todo un cursillo de nuevas grafías, cada una más original que la anterior. Así, se nos induce a escribir con un peine (las palabras se trenzan mucho mejor, facilitando el poema); una caña de pescar (con la que obtener escamitas de sílabas de todos los colores); una corbata (la lengua del corazón); la humilde cerilla, capaz de meter fuego al discurso;  la espina de un pez volador, tan útil para enhebrar suspiros; el pico de un jilguero, cuya endiablada voracidad abruma a la razón; la pata de cualquier araña, experta en entretejer términos mágicos o la punta de una sombrilla, que incluso en invierno hace florecer vocablos inauditos. Por no decir linternas (iluminan el pensamiento), pinzas de tender (útiles para el decir cotidiano), llaves (las cerraduras han sido tinteros en vidas anteriores), gomas de borrar (imprescindibles en labores de lima, a la búsqueda de la desnudez), agujas de reloj (útiles para hacer ganchillo con las horas perdidas y tricotar poemas de segundos) o vulgares sacacorchos (que imponen trazos en espiral,  barrocos bucles expresivos, espuma de la imaginación desbordante).

¿No le convencen las propuestas de Ramírez Lozano, ni siquiera como las traduce plásticamente la Pudalov en este maravilloso álbum?  Quizá porque Vd. no se decir a sobrepasar las rutinas, el canon consabido, los juegos habituales. Atrévase (sapere aude, recomendaba  el Kant de la Ilustración) a descubrir otras posibilidades expresivas, a romper los moldes clásicos, a experimentar las enormes sugerencias que hasta el objeto más simple provoca con sólo mirarlo de modo distinto. Un mundo como el nuestro, tan cargado de imposiciones, seguridades (falsas), hábitos y decálogos (discutibles) se lo agradecerá.

Si lo desea, cabe esperar a la edición que se anuncia en gallego. Tal vez la lengua de las cantigas le resulte más convincente.

 

José Antonio Ramírez Lozano, Lápices primos. OQO editora. Galicia, 2016

Ver Post >
CUERDOS DE ATAR
img
Manuel Pecellín | 19-11-2016 | 09:21| 0

CUERDOS  DE  ATAR

 

Sánchez Alcón (Guijo de Coria, 1967) enseña Filosofía en un Instituto de la Comunidad valenciana.  Pero sus intereses van mucho más allá de la docencia, al menos según los parámetros habituales.  Así, viene colaborando desde hace lustros con “Plena Inclusión”, grupo que apoya las actividades de personas intelectualmente discapacitadas. Es cofundador de la “Escuela de Pensamiento Libre”, donde personas “con retraso” enseñan a otras a razonar valiéndose del método Lipman (ver su ensayo Pensamiento libre, Pirámide, 2011). Al mismo tiempo, no descuida el trabajo de creación, según testimonian las novelas El telefonista pirado que desenterraba filósofos (Anaya, 1999), Las aventuras filosóficas de Toni Tonel (Aljibe, 2004) o El octavo maestro (Sapere Aude, 2016).

A este género pertenece su libro último. “Nargoniem” remite al estremecedor mundo de la locura, cuyos límites han sido tan variables en la historia: cada época ha tenido por dementes, enajenados, locos, orates, insensatos, idiotas, imbéciles, alienados, maníacos, atolondrados, chalados, desequilibrados, excéntricos, trastornados  (por no decir histéricos, esquizofrénicos,  psicópatas, paranoicos y otros cultismos) a personas cuya conducta no coincidía con los cánones de la época. Por supuesto, el tratamiento a que fueron sometidos ha ido variando sustancialmente. Dígalo Foucault en su impagable Historia de la locura (1961), citado aquí más de una vez. Como lo es otro clásico del género, La nave de los necios, publicada a finales del XV por Sebastián Brant, con célebre repercusiones entre los humanistas (Elogio de la locura, de Erasmo) y pintores (La nave de los locos, de El Bosco). Si esto se recuerda es porque también lo hace Sánchez Alcón. Por lo demás, la obra de Brant, cuyas hermosas xilografías se deben en buena parte a Durero,  no era  solo  una alegoría crítica contra la sociedad de su época y la Iglesia católica (a menudo presentada como “nave de salud”), sino clara alusión a una perversa costumbre, históricamente documentable: la de introducir a los enfermos mentales en navíos -¡qué bien si naufragaban!- por los cauces del Rin, el Ródano o el Danubio, alejándolos de la ciudadanía “cuerda”. Si realmente  existiese “Narraganiem”, el land utópico para los privados de razón, hasta allí los llevarían sus familiares y deudos, con el apoyo de los responsables políticos, tan diligentes en la defensa de la ciudadanía “normal”… y de su propio peculio.

Difícil concebir a nadie con mayor preocupación por el bienestar de la patria que el protagonista de la novela. Hijo de un cacique, terrateniente provinciano, a mitad de los cincuenta del pasado siglo, se elevará a puestos de máximo poder en la dictadura franquista.  Sus tremendas, criminales a veces, actuaciones, acordes con aquel régimen, rayan en la vesania. Para  referirlas, el autor se sirve de un viejo recurso, consagrado por Cervantes: el político deja sus memorias a quien las publicará, una vez él se haya suicidado, eso sí, tras cometer  (por mano ajena) asesinatos horrorosos. Él mismo es consciente de sus desequilibrios, cosa que, pintor amateur, lo induce a entablar  en distintos museos de Europa  diálogos surrealistas con hasta ocho orates célebres, consagrados por  los pinceles de Velázquez, Goya, Sorolla,  De Kooning, etc. Junto a las notas de su diario, los informes secretos que recaba de  oscuros súbditos  y los propios apuntes del narrador omnisciente (que declara no serlo: no consigue entender la conducta del hábil político), constituyen el material léxico de la novela. Combinarlo adecuadamente, a pesar de las numerosas caídas (repeticiones, fallos sintácticos y estilísticos numerosos) supone el gran mérito de Narragoniem, inquietante reflexión sobre la especie humana.

 

Chema Sánchez Alcón, Narragoniem. Aranjuez, Ediciones Atlantis, 2016

 

 

Ver Post >
BRAULIO DUCASSE
img
Manuel Pecellín | 13-11-2016 | 08:58| 0

 

BRAULIO DUCASSE

 

Ángel Braulio Ducasse es otro de los muchos extremeños que tienen una cuneta por tumba. No le sirvió de salvoconducto ni  el exótico apellido que había heredado del abuelo, un técnico procedente de la Gironda, desde donde vino a Extremadura para trabajar en el ferrocarril. Lo fusilaron una madrugada de aquel terrible agosto de 1936  El día 27 del mes extremeño  con más sangre derramada, arrojarían su cadáver en “La Mina”, junto a la carretera de Guareña a Don Benito. Esta vez los disparos no salieron de los fáciles fusiles franquistas, sino de los milicianos fieles a la República.

Aquel joven había venido al mundo (1906) en el mismo pueblo que Luis Chamizo y Eugenio Frutos, con quienes conformó un trío poético, universitarios los tres, de parecida edad, pero distintos gustos. Ángel  Braulio estudio el bachillerato con los Jesuitas de Villafranca estudió Derecho en la Universidad Central y Derecho en la Universidad de Madrid. Aficionado desde pequeño a la poesía, pudo conocer a los grandes del 27, según hiciera Fruto, aunque, a imitación de Chamizo, optase por la estética más conservadora. Sí entabló amistad con otro culto extremeño, el dombenitense Francisco Valdés Nicolau (n. 1892), formado en la Residencia de Estudiantes y, como él, también fusilado por simpatizar con las fuerzas sublevadas. Afincados los dos en Extremadura, optarán por preterir sus posibles carreras literarias para dedicarse a un periodismo militantes (diarios HOY, Extremadura, Correo Extremeño) contra unas izquierdas en ascenso creciente y cada vez más impetuosas.

No obstante, tuvo ocasión de dar a imprenta dos poemarios, Titirimundi sentimental (1930) y Estridencias (Badajoz, Viuda de Arqueros, 1936), amén de una oración rimada dirigida (1930) al Cristo de las Aguas en solicitud de lluvia. Merced a las infatigables gestiones de Ricardo Hernández Megías, aquel primer libro fue reeditado por Beturia (2010), donde ahora ve luz el segundo, bastante más difícil de localizar hasta ahora. Reaparece con preliminar del tozudo bibliófilo y el prólogo que en la princeps pusiera el propio Valdés. Crítico exigente, no se le ocultaban las limitaciones del libro, pero simpatizaba sin duda con los valores éticos que aquellos poemas trasmiten. “La mayoría de los pueblos extremeños, comienza el prologuista, se ahogan arrebatados en su recia aguamarina antipoética, efecto de su afilado apego al presente y de su despiadada repulsa  lo pretérito”. Las burguesías locales, con sus terratenientes y señoritos al frente, tan vagos como ignorantes, a los que tanto flageló Valdés, sólo atienden a “sus molinos de aceite, a sus viñedos, a sus rebaños de merinas, a sus piaras de puercos”,  e inflados de ocio, prefieren darse, más que a la lectura y el estudio, “al tute casinero, al tresillo de rebotica y al zascandileo de una política caciquil”. Ciegos y sordos, no alzan protesta alguna contra el “sórdido e ínfimo estado social del pueblo extremeño” y prefieren divertirse con “unos días de caza –caldereta, picante, vino recio- y unos viajes a Sevilla entremezclada con churrianas, chalanes de caballos y cantaores flamencos”. Una burguesía ciega, que no percibe “las voces que arrastraban –como el viento al polen vegetal- los nuevos caminos abiertos al tránsito”, denuncia Valdés.

En la pluma de su paisano cree percibir aires renovadores, aunque en fórmulas clásicas y sin desatender el patrimonio tradicional. Efectivamente, los poemas de Ducasse, casi todos ajenos a la situación políticoeconómica del país (exceptuemos “Propaganda eloctoral”),  constituyen vívidas estampas campesinas, en las que late el sentir del pueblo sencillo. Vienen a ser, según los casos,  como canciones de ronda, matrimonio, juego y trabajo (la mejor, la de siega), romances antiguos, plegarias religiosas, elogios de la aldea (guiño a Reyes Huertas) o letrillas infantiles. Si su lira no tiene, según señalase Valdés en reseña para el periódico HOY, ni “la dureza y fortaleza de reciedumbre de Chamizo, ni la hondura filosófica de Frutos”, mostrándose más en línea con Gabriel y Galán, no deja de resultar interesante este “repaso al alma regional”. Gratitud merecen Ricardo Hernández y Beturia por facilitárnoslo.

 

Ángel Braulio Ducasse, Estridencias. Madrid, Beturia, 2016.

 

 

Ver Post >
ANATOMÍA DE LA ROSA
img
Manuel Pecellín | 05-11-2016 | 10:31| 0

J.R. Jiménez  incluyó  en Piedra y cielo  uno de los poemas más lacónicos, citados y quizás peor comprendidos de la literatura española contemporánea, en el que se perciben ecos de la Oda 38 de Horacio:

¡No le toques ya más,
que así es la rosa!

El onubense, como el clásico latino demandaba así   la desnudez radical del verso (no el silencio de la crítica, que él ejerció a menudo de modo implacable). Comentando el famoso dístico, nuestro Nobel aclararía que formulaba su proposición  «después de haber tocado el poema hasta la rosa».

A Eduardo Moga (Barcelona, 1962) se le da como a nadie “la disección de la rosa” (crítica, en griego, tiene ese significado), ejercicio al que viene dedicándose desde hace lustros con singular maestría, metiéndose en los más variados jardines. Así lo demuestra este volumen con casi medio millar de páginas, prologado por Aurelio Major, una  antología de  hasta 60  disecciones que el autor fue desperdigando en numerosos medios, sobre papel u on line. La obra recoge sobre todo reseñas, pero también estudios, prólogos, notas de lecturas  y ensayos antes aparecidos en Letras Libres, Revista de Libros,  El Cuaderno,  Kafka, Siete de Siete,  Crítica, Nayagua, Quimera, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Occidente, El Ciervo, Turia, Ínsula, etc.

Para tan prestigiosos medios ha escrito Moga en torno a buena parte de lo que en España fue publicándose durante el decenio último. Su antología constituye una auténtica historia de literatura contemporánea. Y lo es de calidad, por la excelente preparación del crítico y su acertado método.

Moga, licenciado en Derecho y Doctor en Filología,  es un creador  reconocido: premio Adonais 1995 con La luz oída, suyos son los poemarios Ángel mortal, El barro en la mirada, Unánime fuego, El corazón, la nada, La montaña hendida, las horas y los labios, Soliloquio para dos, Los haikús del tren, Cuerpo sin mí, Seis sextinas soeces, Bajo la piel, los días, El desierto verde, Insumisión, Décimas de fiebre y El corazón de la nada. Antología  poética (1994-2014). Ha traducido al castellano a  R. Llull, Faulkner, Rimbaud, Whitman, Bukowsky o R. Aldington, entre otros autores por los que confiesa sentir admiración.Tiene también dos tomos con ensayos, De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007) y editó varias antologías poéticas, entre ellas una dedicada a la poesía contemporánea en catalán (2014), Medio siglo de oro. Hoy dirige hoy la Editora Regional de Extremadura.

Aunque dotado de un notable sentido para el humor irónico, las críticas de Moga rara vez hieren la piel de nadie. Quizá porque, según recuerda el prologuista, sigue la sabia recomendación de Auden: “La única actitud sensata para un crítico es guardar silencio sobre las obras que juzga malas, al tiempo que promueve con vigor aquellas que juzga buenas”. Con esa directriz, en estas páginas los elogios se sobreponen a las censuras (no faltan). Por lo demás, a Moga le ocupan de cada escritor  las dos cuestiones fundamentales: qué dice en la obra analizada (temas, asuntos, motivos, sugerencias e incluso silencios) y cómo lo dice (recursos estilísticos utilizados).

Sin descuidar las reediciones actualizadas, a ser posible con buenos estudios preliminares, de autores ya desaparecidos, Moga se interesa por quienes hoy siguen en la palestra literaria, a veces incluso casi recién llegadas a la misma. Entre aquellos, le ocupan nombres como los de María Zambrano, Julio Camba, García Lorca, Pío Baroja, Álvaro Cunqueiro, José Hierro, Vázquez Montalbán, Valente, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo  o César González Ruano, a quien dedica dos corrosivos  artículos, espléndidos ambos (con inevitables repeticiones).

Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Caballero Bonald, Pere Ginferrer (a título doble), Juan Carlos Mestre, Jordi Doce, Javier Lostalé, Fernando Aramburu ,  Miguel Casado, Antonio Colina, Juan Antonio Masoliver, José Miguel Ullán, Jorge Rodríguez Padrón o Félix de Azúa son algunos de los poetas neosurrealistas, neobarrocos, simbolista, metafísicos, épicos, místicos y agitadores políticos aquí considerados.  Entre los extremeños que interesaron a Moga (no se olvide que su mujer es cacereña), figuran Álex Chico, Julio César Galán, José Antonio Llera, Mario Martín Gijón, Javier Pérez Walias, Basilio Sánchez y Álvaro Valverde.

En sus autopsias florales, al crítico le gustan de modo confeso quienes se atreven a desarticular el lenguaje (a tenor con el desbarajuste que la sociedad posmoderna exhibe); las rupturas de la palabra; las luxaciones fonéticas, gramaticales o sintácticas, con las implicaciones semánticas que inducen; la intertextualidad o la fusión de géneros y modelos artísticos. Mejor si cuantos se atreven a experimentar tales usos innovadores, aciertan a combinarlos con las grandes tradiciones clásicas: la atinada simbiosis de bodega y azotea, según metáfora feliz de Gerardo Diego.

Moga exhibe precisión de cirujano, derroche de recursos técnicos y prosa magnífica a la hora de componer sus análisis. En pocas ocasiones se aprende y disfruta tanto como con las lecturas aquí propuestas. Pronto aparecerá otra entrega sobre escritores Hispanoamericanos, propiciador como es del diálogo entre poetas de ambos continentes.

 

Eduardo Moga, La disección de la rosa. Mérida, ERE, 2015.

Ver Post >
LA PRESA
img
Manuel Pecellín | 29-10-2016 | 09:23| 0

 

Tan trágica como la del protagonista de La Presa, aunque por razones, muy diferentes,  fue la vida de Irėne Némirovsky. Natural de Kiev (1903), abandona la Rusia bolchevique para establecer en París (1919) con sus familiares, ricos banqueros judíos. No fue la suya una infancia feliz, como tampoco la del joven Daguerne, el personaje  de la narración, que tanto me recuerda al Julien Sorel  de Rojo y Negro, la gran obra de Stendhal. Políglota consumada, Némirovsky obtuvo la licenciatura en Letras por la Sorbonne, comenzando pronto precoz carrera literaria, hasta convertirse en figura reconocida de las letras galas. Escritores tan exigentes como Jean Cocteau o Paul  Morand no le escatimaron elogios.

No obstante, el régimen de Vichy le denegó repetidas veces la nacionalidad francesa. Casada con Michel Epstein, también judío,  su conversión al catolicismo  no impediría que fuese deportada (1942) a Auschwitz, junto con su esposo. Ella falleció de tifus; él murió en la cámara de gas. Dos hijas sobrevivieron gracias a la ayuda de personas valientes. Ambas conservarían inédita una novela de la  madre, Suite francesa. Publicada  en 2004, obtuvo un enorme éxito (fue Premio Renaudot a título póstumo, y el Libreros de Madrid 2016), siendo traducida a casi medio centenar de idiomas.

La Presa (La proie) había visto la luz el año 1938. Por entonces, Francia sufre aún las consecuencias de la gran crisis económica desencadenada a partir de 1929 y sus políticos no parecen capaces afrontarlas. Más aún, según los pinta aquí Némirovsky, constituyen una casta egoísta, corrupta y de escasas virtudes intelectuales. Eso explica el triunfo, aunque sea coyuntural, de un hijo de la “banlieu” de París, guapo, extraordinariamente ambicioso y sin escrúpulos, dotado de una enorme sagacidad innata.

Con todo, lo mejor de la novela no es el retrato de aquella sociedad, ciega ante el peligro nazi, sino los análisis sicológicos de sus personajes, especialmente el de Jean-Luc Daguerne, todo un paradigma de la condición humana. Tal vez su trágico final, sin duda previsible, se produce injustamente cuando en aquel hombre egocėntrico e implacable, había comenzado a generarse otra conducta a partir de un nuevo amor, ahora mucho más limpio que el que antaño lo llevó a casarse con la hija (tan atractiva, cuanto ñoña) de un poderoso banquero en busca del trampolín sociopolítico.

La Presa no remite a la población reclusa, sino al cebo con el que los más espabilados engatusan a sus congéneres para utilizarlos en su propio beneficio. Aunque no siempre les salgan bien los cálculos y, a la postre, el suicidio se imponga como la salida única. Quizás ni eso sirva para detener a otros más jóvenes e igualmente depredadores. Dígalo, si no, el propio hermano menor de Daguerne. La vida continúa. Nadie aprende en cabeza ajena. Bien lo ejemplifica la obra de Némorovsky, cuyo ágil estilo sabe respetar el traductor, José Antonio Soriano Marco.

 

Irėne Némirovsky, La Presa. Barcelona, Salamandra, 2016

Ver Post >

Últimos Comentarios

ipasga_4406 01-02-2017 | 17:20 en:
SOR CELINA
olallalau_12 20-05-2016 | 10:54 en:
LAURA OLALLA
frameve_6499 29-04-2016 | 17:03 en:
LUCILIO VANINI

Otros Blogs de Autor