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CUERDOS DE ATAR
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Manuel Pecellín | 19-11-2016 | 09:21| 0

CUERDOS  DE  ATAR

 

Sánchez Alcón (Guijo de Coria, 1967) enseña Filosofía en un Instituto de la Comunidad valenciana.  Pero sus intereses van mucho más allá de la docencia, al menos según los parámetros habituales.  Así, viene colaborando desde hace lustros con “Plena Inclusión”, grupo que apoya las actividades de personas intelectualmente discapacitadas. Es cofundador de la “Escuela de Pensamiento Libre”, donde personas “con retraso” enseñan a otras a razonar valiéndose del método Lipman (ver su ensayo Pensamiento libre, Pirámide, 2011). Al mismo tiempo, no descuida el trabajo de creación, según testimonian las novelas El telefonista pirado que desenterraba filósofos (Anaya, 1999), Las aventuras filosóficas de Toni Tonel (Aljibe, 2004) o El octavo maestro (Sapere Aude, 2016).

A este género pertenece su libro último. “Nargoniem” remite al estremecedor mundo de la locura, cuyos límites han sido tan variables en la historia: cada época ha tenido por dementes, enajenados, locos, orates, insensatos, idiotas, imbéciles, alienados, maníacos, atolondrados, chalados, desequilibrados, excéntricos, trastornados  (por no decir histéricos, esquizofrénicos,  psicópatas, paranoicos y otros cultismos) a personas cuya conducta no coincidía con los cánones de la época. Por supuesto, el tratamiento a que fueron sometidos ha ido variando sustancialmente. Dígalo Foucault en su impagable Historia de la locura (1961), citado aquí más de una vez. Como lo es otro clásico del género, La nave de los necios, publicada a finales del XV por Sebastián Brant, con célebre repercusiones entre los humanistas (Elogio de la locura, de Erasmo) y pintores (La nave de los locos, de El Bosco). Si esto se recuerda es porque también lo hace Sánchez Alcón. Por lo demás, la obra de Brant, cuyas hermosas xilografías se deben en buena parte a Durero,  no era  solo  una alegoría crítica contra la sociedad de su época y la Iglesia católica (a menudo presentada como “nave de salud”), sino clara alusión a una perversa costumbre, históricamente documentable: la de introducir a los enfermos mentales en navíos -¡qué bien si naufragaban!- por los cauces del Rin, el Ródano o el Danubio, alejándolos de la ciudadanía “cuerda”. Si realmente  existiese “Narraganiem”, el land utópico para los privados de razón, hasta allí los llevarían sus familiares y deudos, con el apoyo de los responsables políticos, tan diligentes en la defensa de la ciudadanía “normal”… y de su propio peculio.

Difícil concebir a nadie con mayor preocupación por el bienestar de la patria que el protagonista de la novela. Hijo de un cacique, terrateniente provinciano, a mitad de los cincuenta del pasado siglo, se elevará a puestos de máximo poder en la dictadura franquista.  Sus tremendas, criminales a veces, actuaciones, acordes con aquel régimen, rayan en la vesania. Para  referirlas, el autor se sirve de un viejo recurso, consagrado por Cervantes: el político deja sus memorias a quien las publicará, una vez él se haya suicidado, eso sí, tras cometer  (por mano ajena) asesinatos horrorosos. Él mismo es consciente de sus desequilibrios, cosa que, pintor amateur, lo induce a entablar  en distintos museos de Europa  diálogos surrealistas con hasta ocho orates célebres, consagrados por  los pinceles de Velázquez, Goya, Sorolla,  De Kooning, etc. Junto a las notas de su diario, los informes secretos que recaba de  oscuros súbditos  y los propios apuntes del narrador omnisciente (que declara no serlo: no consigue entender la conducta del hábil político), constituyen el material léxico de la novela. Combinarlo adecuadamente, a pesar de las numerosas caídas (repeticiones, fallos sintácticos y estilísticos numerosos) supone el gran mérito de Narragoniem, inquietante reflexión sobre la especie humana.

 

Chema Sánchez Alcón, Narragoniem. Aranjuez, Ediciones Atlantis, 2016

 

 

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BRAULIO DUCASSE
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Manuel Pecellín | 13-11-2016 | 08:58| 0

 

BRAULIO DUCASSE

 

Ángel Braulio Ducasse es otro de los muchos extremeños que tienen una cuneta por tumba. No le sirvió de salvoconducto ni  el exótico apellido que había heredado del abuelo, un técnico procedente de la Gironda, desde donde vino a Extremadura para trabajar en el ferrocarril. Lo fusilaron una madrugada de aquel terrible agosto de 1936  El día 27 del mes extremeño  con más sangre derramada, arrojarían su cadáver en “La Mina”, junto a la carretera de Guareña a Don Benito. Esta vez los disparos no salieron de los fáciles fusiles franquistas, sino de los milicianos fieles a la República.

Aquel joven había venido al mundo (1906) en el mismo pueblo que Luis Chamizo y Eugenio Frutos, con quienes conformó un trío poético, universitarios los tres, de parecida edad, pero distintos gustos. Ángel  Braulio estudio el bachillerato con los Jesuitas de Villafranca estudió Derecho en la Universidad Central y Derecho en la Universidad de Madrid. Aficionado desde pequeño a la poesía, pudo conocer a los grandes del 27, según hiciera Fruto, aunque, a imitación de Chamizo, optase por la estética más conservadora. Sí entabló amistad con otro culto extremeño, el dombenitense Francisco Valdés Nicolau (n. 1892), formado en la Residencia de Estudiantes y, como él, también fusilado por simpatizar con las fuerzas sublevadas. Afincados los dos en Extremadura, optarán por preterir sus posibles carreras literarias para dedicarse a un periodismo militantes (diarios HOY, Extremadura, Correo Extremeño) contra unas izquierdas en ascenso creciente y cada vez más impetuosas.

No obstante, tuvo ocasión de dar a imprenta dos poemarios, Titirimundi sentimental (1930) y Estridencias (Badajoz, Viuda de Arqueros, 1936), amén de una oración rimada dirigida (1930) al Cristo de las Aguas en solicitud de lluvia. Merced a las infatigables gestiones de Ricardo Hernández Megías, aquel primer libro fue reeditado por Beturia (2010), donde ahora ve luz el segundo, bastante más difícil de localizar hasta ahora. Reaparece con preliminar del tozudo bibliófilo y el prólogo que en la princeps pusiera el propio Valdés. Crítico exigente, no se le ocultaban las limitaciones del libro, pero simpatizaba sin duda con los valores éticos que aquellos poemas trasmiten. “La mayoría de los pueblos extremeños, comienza el prologuista, se ahogan arrebatados en su recia aguamarina antipoética, efecto de su afilado apego al presente y de su despiadada repulsa  lo pretérito”. Las burguesías locales, con sus terratenientes y señoritos al frente, tan vagos como ignorantes, a los que tanto flageló Valdés, sólo atienden a “sus molinos de aceite, a sus viñedos, a sus rebaños de merinas, a sus piaras de puercos”,  e inflados de ocio, prefieren darse, más que a la lectura y el estudio, “al tute casinero, al tresillo de rebotica y al zascandileo de una política caciquil”. Ciegos y sordos, no alzan protesta alguna contra el “sórdido e ínfimo estado social del pueblo extremeño” y prefieren divertirse con “unos días de caza –caldereta, picante, vino recio- y unos viajes a Sevilla entremezclada con churrianas, chalanes de caballos y cantaores flamencos”. Una burguesía ciega, que no percibe “las voces que arrastraban –como el viento al polen vegetal- los nuevos caminos abiertos al tránsito”, denuncia Valdés.

En la pluma de su paisano cree percibir aires renovadores, aunque en fórmulas clásicas y sin desatender el patrimonio tradicional. Efectivamente, los poemas de Ducasse, casi todos ajenos a la situación políticoeconómica del país (exceptuemos “Propaganda eloctoral”),  constituyen vívidas estampas campesinas, en las que late el sentir del pueblo sencillo. Vienen a ser, según los casos,  como canciones de ronda, matrimonio, juego y trabajo (la mejor, la de siega), romances antiguos, plegarias religiosas, elogios de la aldea (guiño a Reyes Huertas) o letrillas infantiles. Si su lira no tiene, según señalase Valdés en reseña para el periódico HOY, ni “la dureza y fortaleza de reciedumbre de Chamizo, ni la hondura filosófica de Frutos”, mostrándose más en línea con Gabriel y Galán, no deja de resultar interesante este “repaso al alma regional”. Gratitud merecen Ricardo Hernández y Beturia por facilitárnoslo.

 

Ángel Braulio Ducasse, Estridencias. Madrid, Beturia, 2016.

 

 

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ANATOMÍA DE LA ROSA
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Manuel Pecellín | 05-11-2016 | 10:31| 0

J.R. Jiménez  incluyó  en Piedra y cielo  uno de los poemas más lacónicos, citados y quizás peor comprendidos de la literatura española contemporánea, en el que se perciben ecos de la Oda 38 de Horacio:

¡No le toques ya más,
que así es la rosa!

El onubense, como el clásico latino demandaba así   la desnudez radical del verso (no el silencio de la crítica, que él ejerció a menudo de modo implacable). Comentando el famoso dístico, nuestro Nobel aclararía que formulaba su proposición  «después de haber tocado el poema hasta la rosa».

A Eduardo Moga (Barcelona, 1962) se le da como a nadie “la disección de la rosa” (crítica, en griego, tiene ese significado), ejercicio al que viene dedicándose desde hace lustros con singular maestría, metiéndose en los más variados jardines. Así lo demuestra este volumen con casi medio millar de páginas, prologado por Aurelio Major, una  antología de  hasta 60  disecciones que el autor fue desperdigando en numerosos medios, sobre papel u on line. La obra recoge sobre todo reseñas, pero también estudios, prólogos, notas de lecturas  y ensayos antes aparecidos en Letras Libres, Revista de Libros,  El Cuaderno,  Kafka, Siete de Siete,  Crítica, Nayagua, Quimera, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Occidente, El Ciervo, Turia, Ínsula, etc.

Para tan prestigiosos medios ha escrito Moga en torno a buena parte de lo que en España fue publicándose durante el decenio último. Su antología constituye una auténtica historia de literatura contemporánea. Y lo es de calidad, por la excelente preparación del crítico y su acertado método.

Moga, licenciado en Derecho y Doctor en Filología,  es un creador  reconocido: premio Adonais 1995 con La luz oída, suyos son los poemarios Ángel mortal, El barro en la mirada, Unánime fuego, El corazón, la nada, La montaña hendida, las horas y los labios, Soliloquio para dos, Los haikús del tren, Cuerpo sin mí, Seis sextinas soeces, Bajo la piel, los días, El desierto verde, Insumisión, Décimas de fiebre y El corazón de la nada. Antología  poética (1994-2014). Ha traducido al castellano a  R. Llull, Faulkner, Rimbaud, Whitman, Bukowsky o R. Aldington, entre otros autores por los que confiesa sentir admiración.Tiene también dos tomos con ensayos, De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007) y editó varias antologías poéticas, entre ellas una dedicada a la poesía contemporánea en catalán (2014), Medio siglo de oro. Hoy dirige hoy la Editora Regional de Extremadura.

Aunque dotado de un notable sentido para el humor irónico, las críticas de Moga rara vez hieren la piel de nadie. Quizá porque, según recuerda el prologuista, sigue la sabia recomendación de Auden: “La única actitud sensata para un crítico es guardar silencio sobre las obras que juzga malas, al tiempo que promueve con vigor aquellas que juzga buenas”. Con esa directriz, en estas páginas los elogios se sobreponen a las censuras (no faltan). Por lo demás, a Moga le ocupan de cada escritor  las dos cuestiones fundamentales: qué dice en la obra analizada (temas, asuntos, motivos, sugerencias e incluso silencios) y cómo lo dice (recursos estilísticos utilizados).

Sin descuidar las reediciones actualizadas, a ser posible con buenos estudios preliminares, de autores ya desaparecidos, Moga se interesa por quienes hoy siguen en la palestra literaria, a veces incluso casi recién llegadas a la misma. Entre aquellos, le ocupan nombres como los de María Zambrano, Julio Camba, García Lorca, Pío Baroja, Álvaro Cunqueiro, José Hierro, Vázquez Montalbán, Valente, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo  o César González Ruano, a quien dedica dos corrosivos  artículos, espléndidos ambos (con inevitables repeticiones).

Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Caballero Bonald, Pere Ginferrer (a título doble), Juan Carlos Mestre, Jordi Doce, Javier Lostalé, Fernando Aramburu ,  Miguel Casado, Antonio Colina, Juan Antonio Masoliver, José Miguel Ullán, Jorge Rodríguez Padrón o Félix de Azúa son algunos de los poetas neosurrealistas, neobarrocos, simbolista, metafísicos, épicos, místicos y agitadores políticos aquí considerados.  Entre los extremeños que interesaron a Moga (no se olvide que su mujer es cacereña), figuran Álex Chico, Julio César Galán, José Antonio Llera, Mario Martín Gijón, Javier Pérez Walias, Basilio Sánchez y Álvaro Valverde.

En sus autopsias florales, al crítico le gustan de modo confeso quienes se atreven a desarticular el lenguaje (a tenor con el desbarajuste que la sociedad posmoderna exhibe); las rupturas de la palabra; las luxaciones fonéticas, gramaticales o sintácticas, con las implicaciones semánticas que inducen; la intertextualidad o la fusión de géneros y modelos artísticos. Mejor si cuantos se atreven a experimentar tales usos innovadores, aciertan a combinarlos con las grandes tradiciones clásicas: la atinada simbiosis de bodega y azotea, según metáfora feliz de Gerardo Diego.

Moga exhibe precisión de cirujano, derroche de recursos técnicos y prosa magnífica a la hora de componer sus análisis. En pocas ocasiones se aprende y disfruta tanto como con las lecturas aquí propuestas. Pronto aparecerá otra entrega sobre escritores Hispanoamericanos, propiciador como es del diálogo entre poetas de ambos continentes.

 

Eduardo Moga, La disección de la rosa. Mérida, ERE, 2015.

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LA PRESA
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Manuel Pecellín | 29-10-2016 | 09:23| 0

 

Tan trágica como la del protagonista de La Presa, aunque por razones, muy diferentes,  fue la vida de Irėne Némirovsky. Natural de Kiev (1903), abandona la Rusia bolchevique para establecer en París (1919) con sus familiares, ricos banqueros judíos. No fue la suya una infancia feliz, como tampoco la del joven Daguerne, el personaje  de la narración, que tanto me recuerda al Julien Sorel  de Rojo y Negro, la gran obra de Stendhal. Políglota consumada, Némirovsky obtuvo la licenciatura en Letras por la Sorbonne, comenzando pronto precoz carrera literaria, hasta convertirse en figura reconocida de las letras galas. Escritores tan exigentes como Jean Cocteau o Paul  Morand no le escatimaron elogios.

No obstante, el régimen de Vichy le denegó repetidas veces la nacionalidad francesa. Casada con Michel Epstein, también judío,  su conversión al catolicismo  no impediría que fuese deportada (1942) a Auschwitz, junto con su esposo. Ella falleció de tifus; él murió en la cámara de gas. Dos hijas sobrevivieron gracias a la ayuda de personas valientes. Ambas conservarían inédita una novela de la  madre, Suite francesa. Publicada  en 2004, obtuvo un enorme éxito (fue Premio Renaudot a título póstumo, y el Libreros de Madrid 2016), siendo traducida a casi medio centenar de idiomas.

La Presa (La proie) había visto la luz el año 1938. Por entonces, Francia sufre aún las consecuencias de la gran crisis económica desencadenada a partir de 1929 y sus políticos no parecen capaces afrontarlas. Más aún, según los pinta aquí Némirovsky, constituyen una casta egoísta, corrupta y de escasas virtudes intelectuales. Eso explica el triunfo, aunque sea coyuntural, de un hijo de la “banlieu” de París, guapo, extraordinariamente ambicioso y sin escrúpulos, dotado de una enorme sagacidad innata.

Con todo, lo mejor de la novela no es el retrato de aquella sociedad, ciega ante el peligro nazi, sino los análisis sicológicos de sus personajes, especialmente el de Jean-Luc Daguerne, todo un paradigma de la condición humana. Tal vez su trágico final, sin duda previsible, se produce injustamente cuando en aquel hombre egocėntrico e implacable, había comenzado a generarse otra conducta a partir de un nuevo amor, ahora mucho más limpio que el que antaño lo llevó a casarse con la hija (tan atractiva, cuanto ñoña) de un poderoso banquero en busca del trampolín sociopolítico.

La Presa no remite a la población reclusa, sino al cebo con el que los más espabilados engatusan a sus congéneres para utilizarlos en su propio beneficio. Aunque no siempre les salgan bien los cálculos y, a la postre, el suicidio se imponga como la salida única. Quizás ni eso sirva para detener a otros más jóvenes e igualmente depredadores. Dígalo, si no, el propio hermano menor de Daguerne. La vida continúa. Nadie aprende en cabeza ajena. Bien lo ejemplifica la obra de Némorovsky, cuyo ágil estilo sabe respetar el traductor, José Antonio Soriano Marco.

 

Irėne Némirovsky, La Presa. Barcelona, Salamandra, 2016

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LIBROS EN BARCARROTA
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Manuel Pecellín | 22-10-2016 | 08:06| 0

 

El descubrimiento (1992) en Barcarrota de los once libros emparedados,

pertenecientes al s. XVI, todos prohibidos por la Inquisición, haría popular

el nombre del pueblo. Más tarde, Fernando Serrano cerró las hipótesis

sobre el posible dueño de aquella “biblioteca”: un médico culto, de etnia

judía como otro centenar de vecinos asentados en aquella población

surextremeña, próxima a Portugal, hacia donde pueden huir fácilmente

cuando las cosas se le ponen difíciles a los hijos de Israel en España (o

viceversa).

Barcarrota es hoy uno de los pueblos de Extremadura donde más obras se

publican. La feliz conjunción entre su Ayuntamiento, Universidad Popular,

IES “Hilario Álvarez” y varias asociaciones culturales permite dar a luz cada

año un notable número de libros. Francisco Joaquín Pérez González, con

admirables tenacidad e imaginación, fomenta las ediciones ayudado por

un activo “consejo de redacción” en el que participan Alfonso C. Macías

Gata, Concepción Gutiérrez Larios, Isabel Hernández Triguero, Juan

Becerra Torvisco, Joaquín Álvaro Rubio y José Ignacio Rodríguez

Hermosell, autor él mismo de notables trabajos de bibliografía.

Superan ya la veintena los títulos que conforman una de sus colecciones,

“Altozano”, ahora confirmada con el trabajo de un historiador tan valioso

como Esteba Mira. Andaluz de naturaleza, afincado en Almendralejo y

profesor de Instituto, cuenta ya en su haber con muy importantes

investigaciones (La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando,

2014; Historia de la villa de Solana de los Barros, 2014; El sistema naval del

imperio español, 2015, entre las últimas). Asiduo también a cuantos

congresos, simposios o jornadas versan sobre la colonización del Nuevo

Mundo –que él suele analizar de modo muy crítico-, Mira tiene también

numerosos artículos en incontables publicaciones periódicas, a veces bien

difícil de seguir.

Cinco de ellos, ahora retocados, junto con otros dos totalmente inéditos,

constituyen esta publicación, prologada por Alfonso C. Macías Gata,

alcalde de la villa. En los preliminares, el autor se refiere a ellos (dos

veces), como “ensayos”, quizás porque, ante el carácter divulgativo de la

colección, ha elige reducir al mínimo las referencias y notas al pie de

página. Son más bien apuntes históricos, perfectamente fundamentados,

aunque en ocasiones Mira se atreva a proponer hipótesis, a menudo

contrarias a la versión más común.

Sin desmerecer para nada a los restantes, voy a referirme a los dos que

más interés me han provocado: “El secreto de Hernando de Soto” y “Juan

Jaramillo, conquistador”, referidos a dos de los muchos barcarroteños que

pasaron a América durante el XVI. ¿Por qué el famoso Adelantado ocultó

sistemáticamente sus orígenes, decidiendo además que la probanza para

su ingreso en la Orden de Santiago se hiciera en Badajoz, no en

Barcarrota? Trataba de escamotear sus orígenes judeoconversos (como

hicieran tantos de sus coetáneos), responde el autor, amparándose en

muy razonables pruebas.

Juan Jaramillo fue la mano derecha de Hernán Cortés, que “le cedió, con

una mentalidad difícil de entender desde nuestra perspectiva actual, a su

íntima amiga, la india doña Marina” (pág. 20). El de Barcarrota casó y fue

siempre fiel a Malitzin, convertido en uno de los hombres más ricos de

América (lo que no menguó sus ímpetus batalladores, ni su fidelidad

absoluta al de Medellín, a quien defendería siempre).

 

Esteban Mira Ceballo, El secreto de Hernando de Soto y otros estudios

sobre Barcarrota. Barcarrota, Universidad Popular y otros, 2016.

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CANÓNIGO ILUSTRADO
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Manuel Pecellín | 15-10-2016 | 08:41| 0

inario pacense, Francisco González Lozano (Don Benito, 1975) se doctoró el 2015 con la tesis Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón. 1851-1962, publicada el mismo año por la Fundación Caja Badajoz, entidad que también edita este su nuevo libro. Coautora del trabajo es la directora de la magnífica biblioteca que aquel centro posee, Guadalupe Pérez Ortiz, a cuya laboriosidad se debe un buen número de obras aparecidas en los tiempos últimos. Conocedores los dos de los fondos archivísticos diocesanos, vuelven a conjuntar sus afanes para enriquecer la historia de Iglesia extremeña.

Así lo han hecho con esta biografía de Tirso Lozano Rubio, otro de esos clérigos ilustrados que merecen figurar en una abundante nómina. Nacido dentro de familia humilde (Montánchez, 1865), se formaría durante casi tres lustros en el Seminario de Badajoz, donde ejercerá docencia (Sagradas Escrituras) y desempeñará el cargo de Prefecto de estudios. Completa los suyos haciendo doctorándose en Teología por la Universidad Pontificia de San Idelfonso y alcanzado la licenciatura en Derecho por la Universidad de Sevilla (1900).

No extraña que obtuviera, tras lucida oposición,  la plaza de Canónigo en la catedral pacense, ni que haya asumido otras altas responsabilidades, llegando a ser Presidente de la Caja de Ahorros de Badajoz. Administrador de la diócesis, Juez eclesiástico, Correspondiente de la R. Academia de Historia, vocal del Patronato del Museo Provincial de Badajoz,  miembro de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia, socio de la R. Sociedad Extremeña de Amigos del País, colaborador de la excelente Revista de Extremadura y del Centro de Estudios ExtremeñosTirso Lozano aún encontrará tiempo para escribir un importante número de libros, casi todos editados en los talleres de Uceda Hermanos: Las armas de la dialéctica (1894), Historia de Montánchez (1894), Atlas geográfico-filosófico (1896),  Lexicon de sistemas filosóficos (1987), De historia de Badajoz: apéndice a la Historia del Dr. Mateos (Badajoz, Arqueros, 1930),  Historia de la fundación del convento de Religiosas Carmelitas de Badajoz (Arqueros, 1930) y el Suplemento a la Historia Eclesiástica de la ciudad de Badajoz, de Solano de Figueroa (Badajoz, Centro de Estudios Extremeños, 1935).

Los autores ofrecen la ficha bibliográfica de cada una de estas publicaciones, incluso de otros trabajos inéditos, así como la sinopsis, excesivamente concisa, de los mismos. Un análisis más extenso habría permitido conocer mejor las ideas principales que Tirso Lozano sustentaba en cuestiones de Filosofía, Teología, Biblia, Historia, etc., acaso también por dónde iban sus planteamientos políticos, sociales y económicos.

Bibliófilo tenaz, en la biblioteca  de este “sacerdote al servicio de la sociedad y de la Iglesia”, según se le distingue, figuraban obras de bien distinta temática, aunque sobresalen las de carácter religioso. El legado de las mismas, próximo al millar de volúmenes, se guarda hoy en la de la Sociedad Económica pacense. Guadalupe Pérez y Francisco González ofrecen un pulcro listado de títulos, libros y revistas,  año de publicación y autores, por orden alfabético de estos últimos. No deja de admirar que el buen canónigo contase entre sus lecturas escritos de hombres tan apartados de la ortodoxia vaticana  como  Nicolás Diaz y Pérez,  Roque Barcia,  Ernesto Renan,  Mario Roso de Luna,  Tomás Romero de Castilla, Emilio Zola,  o P. Kropotkine, uno de los padres del anarquismo y del que poseía Palabras de un rebelde.

Falleció en Badajoz el año 1938. No se dice cómo pudo afrontar los difíciles años de la República y del nuevo orden franquista.

Celso Morga Iruzubieta, arzobispo de Mérida-Badajoz, suscribe el prólogo.

 

Guadalupe Pérez Ortiz y Francisco González Lozano, Tirso Lozano Rubio. Badajoz, Fundación CB, 2016.

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REALIDADES VIRTUALES
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Manuel Pecellín | 06-10-2016 | 16:27| 0

 

            REALIDADES VIRTUALES

 

Termino la lectura en el parque de la Atalaya, junto al mar conileño. Entre los pinos, que el contumaz levante ha doblegado de manera fantasmagórica, grupos de adolescentes persiguen al último pokemon. Cada uno exhibe carísimos teléfonos, más inofensivos tal vez que las escopetas con cuyos balines los padres de esta turba extirpaban por aquí camaleones, tórtolas, gorriones, jilgueros y cuanto se les ponía a tiro. Nintendo puede generar nuevas criaturas, al parecer con irresistibles atractivos, mucho más fácilmente que la naturaleza clásica. Es una de las virtudes de la “realidad virtual”.

El volumen luce prólogo de Naief Yehya, teórico cibercultural, que lo fecha en New York y avanza que estamos ante “un libro sobre pandemias mediáticas y aflicciones imaginarias que pueden ser tan reales como la peste negra”. Conocí a la autora en Badajoz, donde realizó estudios primarios (Colegio Piloto Guadiana) y secundarios (IES Rodríguez-Moñino). Sus padres son personas fuertemente comprometidas con la educación en Extremadura, cofundadores de la asociación pedagógica “Juan Uña”, nombre que le pusimos en memoria del extremeño que llegó a ser Rector de la ILE (Institución Libre de Enseñanza).

Teresa López-Pellisa (Alcañiz, 1979) es doctora en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde recibió el magisterio de Antonio Rodríguez de las Heras, a quien cita en numerosas páginas. Terminó después Teoría de la Literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. Desarrolla allí labores docentes e investigadoras en el marco del Grupo de Estudios sobre lo Fantástico, participando también en el Grupo Cuerpo y Textualidad. Entre sus publicaciones cabe destacar Ensayos sobre ciencia ficción y literatura fantástica (2009) y la coedición de Visiones de lo fantástico en la cultura española 1970-2012 (2014). Sus líneas de investigación se centran en la literatura de ciencia ficción, la cibercultura, el cine, el teatro mediados por las nuevas tecnologías y el ciberfeminismo.

Son temas que se abordan en este estudio, abrumadoramente documentado, que hacen referencia asimismo a cuestiones filosóficas, históricas y sociopolíticas, sin omitir las teológicas (quizás las menos afortunadas). Dos apéndices, con referencias bibliográficas y filmográficas, indican las fuentes utilizadas, si bien son muchas más las obras que se citan a lo largo del libro. (Tratándose de los clásicos grecolatinos, se agradecería el préstamo directo, así como la indicación de qué traducciones se manejan, sobre todo en los textos bíblicos, algunas muy discutibles).

A mi entender, dos son los valores sobresalientes de este trabajo: sus aportaciones de carácter lingüístico, encaminadas a establecer con precisión los términos usuales en terrenos tan novedosos, la mayor parte con sello anglosajón (aunque no faltan etimología grecolatinas) y los peligros que, tras el oportuno diagnóstico, López-Pellisa denuncia en el cada vez mayor avance de los entornos digitales. Ejemplificándolos con abundantísimos testimonios, tras rastrear sus posibles antecedentes en épocas anteriores, la investigadora pone en aviso sobre las “patologías” – así las define ella- más frecuentes en los espacios digitales. Intentaré resumirlas:

1.- Sufren los internautas de esquizofrenia nominal a la hora de construir dominios, muros, páginas, etc. en la inmensidad de Internet.

2.- Los simulacros de la red impiden a menudo establecer diferencias entre la realidad y las imágenes que habitamos, entre los átomos y los bits.

3.- Estamos en peligro de sufrir una “obsolescencia cárnica”: los ciborgs, replicables en cuerpos de silicio, jubilan a la persona humana tradicional, generando seres fácilmente manipulables para el Poder.

4. Pero las nuevas creaciones cibernéticas reinciden una y otra vez en las tesis de la mística religiosa.

5.- Las ginoides, maniquiféminas y demás mujeres virtuales repiten en la caverna telemática el viejo “mito de Pandora”, tan útil para perpetuar el predominio machista.

Sin duda, el imperio de la informática es ineludible. Bien estará acogerlo sin sufrir estas enfermedades.

 

Teresa López-Pellisa, Patologías de la realidad virtual. Cibercultura y ciencia ficción. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2015.

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¿QUIÉN SABE LEER?
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Manuel Pecellín | 05-10-2016 | 08:16| 0

 

¿QUIÉN SABE LEER?

 

Profesor de Lengua y Literatura ya jubilado, doctor en Pedagogía, Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) se distingue por sus esforzadas contribuciones para la renovación de la enseñanza en Extremadura, sobre todo a partir de las inolvidables “Escuelas de Veranos”, donde tantos centenares de docentes llegaríamos a participar. Ha sido también Jefe de la Unidad de Programas en la Dirección P. de Badajoz; miembro del Forum Europeo de Administradores de la Educación y patrono de la Fundación “Juan Uña” (nombre dado a dicho ente como homenaje al que fuese rector de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyos principios se inspira).

La pedagogía y el lenguaje son las dos áreas predilectas del autor, que ha publicado asimismo los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura (X Premio de Poesía García de laHuerta) e Izana, el Pájaro. De ellos se ocupó Virginie Jean en una tesis editada por la Sorbonne.

Autor de la novela de carácter autobiográfico Valdargar (VI Premio a la Creación Literaria “La Serena”), suyas son también las obras ensayísticas Un extraño en mi escuela… y Loa a la vieja pizarra, en las que se muestra muy crítico con las directrices pretendidamente renovadoras que durante los lustros últimos han ido proyectándose a partir de las Administraciones públicas en el campo de la educación (tantas veces para aburrimiento de maestros y alumnos).

 

La Fundación Emmanuel Mounier, que ya le editase el último libro, saca ahora en su colección “Sinergia” este nuevo ensayo del extremeño. Estrella no oculta su empatía con las orientaciones de dicha entidad, dirigida por Julia Pérez Ramírez y alentada por pensadores tan comprometidos como Carlos Díaz. (Precisamente de este filósofo han ido apareciendo en la misma serie trabajos tan reveladores como De la simple indignación a la democracia moral o Economía de mercado y enseñanza de Cristo, amén de monografías sobre Unamuno, Erasmo, Kierkegaard o Antonio Machado).

El mismo título recoge ya la tesis básica que nuclea la obra aquí presentada: “No vemos el mundo, lo leemos”. Recuerda inevitablemente otra de Galileo, si bien con distinta proyección. “La filosofía –se lee en Il Saggitario)- está escrita en ese grandísimo libro que contínuamente está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos, etc”.

Buen lector de otros lenguajes como el bíblico, platónico, místico sufí, taoísta o el poético en sus múltiples recreaciones, Estrella está lejos del reduccionismo consagrado por los neoposivistas o analistas lógicos. Se sitúa más cerca del Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas que del célebre Tractatus (si bien el filósofo austríaco no es citado ni una sola vez, sorprendentemente, en un libro que exalta las relaciones entre lenguaje y pensamiento). Sí lo es en numerosas ocasiones I. Kant, quien ya en el siglo XVIII realizase la auténtica “revolución copernicana” en el campo epistemológico: es el sujeto, no el objeto, quien tiene la primacía en la ineludible complicidad del conocer. Son las “categoría” subjetivas aprióricas las que estructuran realmente el juicio, si bien no pueden operar al margen del aporte objetivo sin incurrir en sentencias vacías sobre un “Incognitum X”.

No existe, o no la podemos conocer, “realidad” alguna al margen del sujeto. Es éste quien las constituye, según “lee” los contenidos sensoriales. Pero para “leer” correctamente el mundo, “empalabrarlo” y “apalabrarlo”, la persona necesita una buena formación; adquirir habilidades y valores: interés, tradición, apertura, comprensión y apropiación son los más importantes. El ensayista expone el significado, génesis y desarrollo de los mismos, apelando con frecuencia a alegorías y otros recursos que toma detanto de la literatura popular como de los grandes poetas, desde Homero hasta hoy mismo.

 

Benito Estrella, No vemos el mundo, lo leemos. Madrid, Fundación Emmanuel

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CONDENADA SIN CULPA
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Manuel Pecellín | 03-10-2016 | 10:03| 0

 

       

 

En dos ocasiones ha sido llevada al cine esta impactante novela, que un año antes de morir su autora fue distinguida con Premio Viareggio (1937). Luigi De Marchi dirigió la primera película (1953), a la que puso el título Condannata senza colpa. Vittorio Cottafavi respetó después (1981) el de la obra publicada por Paola Drigo (Castelfranco 1876- Padova, 1938), un texto de enorme fuerza.

Según los historiadores de la literatura italiana, la novelista, hija de un partidario de Garibaldi, se distingue por su estilo realista;  capacidad para describir los ambientes sociales; la agudeza en el análisis psicológico de sus personajes, casi siempre mujeres de humilde condición, maltratadas –evidentemente sin culpa- por el destino, y la descripciones del paisaje, que ella bien conocía.

Así ocurre con María Zef, enmarcada  a final del siglo XIX en la comarca montañosa de Friuli, junto al Véneto, cuyas condiciones socioeconómicas y culturales de la época nos recuerdan las vividas por entonces en Las Hurdes. El protagonismo del relato lo soporta una joven quinceañera, tan valerosa como lúcida (pese a su analfabetismo), junto al hermano de su padre emigrado y fallecido en América. Entre los dos se originan unas relaciones muy especiales, que terminarán según nos acostumbran a leer los trágicos griegos.

Como la “madre coraje” de Bertolt Brecht, la de Mariutine (nombre de la protagonista en el dialecto del Friuli, muy utilizado aquí, para castigo de las diligentes traductoras, Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García), exhausta por el hambre y enferma de sífilis, abandona cada años su mísera cabaña y desciende a los valles para vender los sencillos productos labrados por los  pastores montañeses (cazos, cuencos, cucharas, cucharones, etc.). Los transporta en un carro del que tira la recia Mariutine,  sorprendentemente hábil también para el cante, la danza y el trato con los clientes. Arriba aguarda el tío (tal vez, algo más) Barbe , tan capaz de las mayores grandezas, como de la conducta más vil, sobre todo si el vino o la “grappa” (el aguardiente de esta versión) se cruzan por medio. Caro lo pagará, de quien menos lo esperaba. Ni la anciana “veora”, también hundida en el silencioso de los bosques, lo pudo prever. Por su parte, Rosùte, la  muy querida hermana pequeña, aporta dosis de ternura al desnudo relato y acabará teniendo, pese a su inocencia, papel básico en el fatal desenlace.

En aquella comarca deprimida de la Italia decimonónica, donde el hambre y las carencias no impiden las conductas solidarias, incluso la fiesta (magníficas evocaciones del Carnaval), las mujeres tenían todas las de perder. Contra ese fatal destino se rebelará la lúcida Mariutine, decidida a que no vuelvan a repetirse en la hermana menor las humillaciones sufridas por la madre y ella misma. Aunque para ello tenga que manchar con sangre sus jóvenes e inocentes manos.

La obra sobresale por introducirnos en las entretelas de aquel mundo agroganadero, donde la mujer, ominosamente oprimida, sobrevive por su fuerza de espíritu y capacidad de perdón. Hasta que juzga sobrepasados todos los límites y opta por tomar ella misma la venganza que tal vez la redima, impidiendo la reproducción  de las circunstancias vergonzosas.  Difícil se hace abandonar la lectura sin llegar al término de un discurso tan vívido como bien elaborado.

 

Paola Drigo, María Zef. Cáceres, Periférica, 2016

 

CONDENADA SIN CULPA           

 

En dos ocasiones ha sido llevada al cine esta impactante novela, que un año antes de morir su autora fue distinguida con Premio Viareggio (1937). Luigi De Marchi dirigió la primera película (1953), a la que puso el título Condannata senza colpa. Vittorio Cottafavi respetó después (1981) el de la obra publicada por Paola Drigo (Castelfranco 1876- Padova, 1938), un texto de enorme fuerza.

Según los historiadores de la literatura italiana, la novelista, hija de un partidario de Garibaldi, se distingue por su estilo realista;  capacidad para describir los ambientes sociales; la agudeza en el análisis psicológico de sus personajes, casi siempre mujeres de humilde condición, maltratadas –evidentemente sin culpa- por el destino, y la descripciones del paisaje, que ella bien conocía.

Así ocurre con María Zef, enmarcada  a final del siglo XIX en la comarca montañosa de Friuli, junto al Véneto, cuyas condiciones socioeconómicas y culturales de la época nos recuerdan las vividas por entonces en Las Hurdes. El protagonismo del relato lo soporta una joven quinceañera, tan valerosa como lúcida (pese a su analfabetismo), junto al hermano de su padre emigrado y fallecido en América. Entre los dos se originan unas relaciones muy especiales, que terminarán según nos acostumbran a leer los trágicos griegos.

Como la “madre coraje” de Bertolt Brecht, la de Mariutine (nombre de la protagonista en el dialecto del Friuli, muy utilizado aquí, para castigo de las diligentes traductoras, Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García), exhausta por el hambre y enferma de sífilis, abandona cada años su mísera cabaña y desciende a los valles para vender los sencillos productos labrados por los  pastores montañeses (cazos, cuencos, cucharas, cucharones, etc.). Los transporta en un carro del que tira la recia Mariutine,  sorprendentemente hábil también para el cante, la danza y el trato con los clientes. Arriba aguarda el tío (tal vez, algo más) Barbe , tan capaz de las mayores grandezas, como de la conducta más vil, sobre todo si el vino o la “grappa” (el aguardiente de esta versión) se cruzan por medio. Caro lo pagará, de quien menos lo esperaba. Ni la anciana “veora”, también hundida en el silencioso de los bosques, lo pudo prever. Por su parte, Rosùte, la  muy querida hermana pequeña, aporta dosis de ternura al desnudo relato y acabará teniendo, pese a su inocencia, papel básico en el fatal desenlace.

En aquella comarca deprimida de la Italia decimonónica, donde el hambre y las carencias no impiden las conductas solidarias, incluso la fiesta (magníficas evocaciones del Carnaval), las mujeres tenían todas las de perder. Contra ese fatal destino se rebelará la lúcida Mariutine, decidida a que no vuelvan a repetirse en la hermana menor las humillaciones sufridas por la madre y ella misma. Aunque para ello tenga que manchar con sangre sus jóvenes e inocentes manos.

La obra sobresale por introducirnos en las entretelas de aquel mundo agroganadero, donde la mujer, ominosamente oprimida, sobrevive por su fuerza de espíritu y capacidad de perdón. Hasta que juzga sobrepasados todos los límites y opta por tomar ella misma la venganza que tal vez la redima, impidiendo la reproducción  de las circunstancias vergonzosas.  Difícil se hace abandonar la lectura sin llegar al término de un discurso tan vívido como bien elaborado.

 

Paola Drigo, María Zef. Cáceres, Periférica, 2016

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¿QUIÉN SABE LEER?
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Manuel Pecellín | 03-10-2016 | 09:51| 0

 

Profesor de Lengua y Literatura ya jubilado, doctor en Pedagogía, Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) se distingue por sus esforzadas contribuciones para la renovación de la enseñanza en Extremadura, sobre todo a partir de las inolvidables “Escuelas de Veranos”, donde tantos centenares de docentes llegaríamos a participar.  Ha sido también Jefe de la Unidad de Programas en la Dirección P. de Badajoz; miembro del Forum Europeo de Administradores de la Educación y patrono de la Fundación “Juan Uña”  (nombre dado a dicho ente como homenaje al que fuese rector de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyos principios se inspira).

La pedagogía y el lenguaje son las dos áreas predilectas del autor, que ha publicado asimismo los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura (X Premio de Poesía García de la Huerta) e Izana, el Pájaro. De ellos se ocupó Virginie Jean en una tesis editada por la Sorbonne. Autor de la novela de carácter autobiográfico Valdargar (VI Premio a la Creación Literaria “La Serena”), suyas son las obras ensayísticas Un extraño en mi escuela… y Loa a la vieja pizarra, en las que se muestra muy crítico con las directrices pretendidamente renovadoras que durante los lustros últimos han ido proyectándose a partir de las Administraciones públicas en el campo de la educación (tantas veces para aburrimiento de maestros y alumnos) .

La Fundación Emmanuel Mounier, que ya le editase el último libro, saca ahora en su colección “Sinergia” este nuevo ensayo del extremeño. Estrella no oculta su empatía con las orientaciones de dicha  entidad, dirigida por Julia Pérez Ramírez y alentada por pensadores tan comprometidos como Carlos Díaz. (Precisamente de este filósofo han ido apareciendo en la misma serie trabajos tan reveladores como De la simple indignación a la democracia moral o Economía de mercado y enseñanza de Cristo, amén de monografías sobre Unamuno, Erasmo, Kierkegaard o Antonio Machado).

El mismo título recoge ya la tesis básica que nuclea la obra aquí presentada: “No vemos el mundo, lo leemos”. Recuerda inevitablemente otra de Galileo, si bien con distinta proyección. “La filosofía -decía Galileo (en Il Saggitario, 1963)- está escrita en ese grandísimo libro que contínuamete está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos, etc”.

Buen lector de otros lenguajes como el bíblico, platónico,  místico sufí, taoísta o el poético en sus múltiples recreaciones, Estrella está lejos del reduccionismo consagrado por los neoposivistas o analistas lógicos.  Se sitúa más cerca del Wittgenstein de las Investigaciones lógicas que del célebre Tractatus (si bien el filósofo austríaco no es citado ni una sola vez, sorprendentemente, en un libro que exalta las relaciones entre lenguaje y pensamiento). Sí lo es en numerosas ocasiones I. Kant, quien ya en el siglo XVIII realizase la auténtica “revolución copernicana” en el campo epistemológico: es el sujeto, no el objeto, quien tiene la primacía en la ineludible complicidad del conocer. Son las “categoría” subjetivas aprióricas las que estructuran realmente el juicio, si bien no pueden operar al margen del aporte objetivo sin incurrir en sentencias vacías sobre un “Incognitum X”.

No existe, o no la podemos conocer, “realidad”  alguna al margen del sujeto. Es éste quien las constituye, según “lee” los contenidos sensoriales.  Pero para “leer” correctamente el mundo, “empalabrarlo” y “apalabrarlo”, la persona necesita una buena formación; adquirir habilidades y valores: interés, tradición, apertura, comprensión y apropiación son los más importantes. El ensayista expone el significado, génesis y desarrollo de los mismos, apelando con frecuencia a alegorías y otros recursos que toma de tanto de la literatura popular como de los grandes poetas, desde Homero hasta hoy mismo.

 

Benito Estrella, No vemos el mundo, lo leemos. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2016.

 

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