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CONDENADA SIN CULPA
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Manuel Pecellín | 03-10-2016 | 10:03| 0

 

       

 

En dos ocasiones ha sido llevada al cine esta impactante novela, que un año antes de morir su autora fue distinguida con Premio Viareggio (1937). Luigi De Marchi dirigió la primera película (1953), a la que puso el título Condannata senza colpa. Vittorio Cottafavi respetó después (1981) el de la obra publicada por Paola Drigo (Castelfranco 1876- Padova, 1938), un texto de enorme fuerza.

Según los historiadores de la literatura italiana, la novelista, hija de un partidario de Garibaldi, se distingue por su estilo realista;  capacidad para describir los ambientes sociales; la agudeza en el análisis psicológico de sus personajes, casi siempre mujeres de humilde condición, maltratadas –evidentemente sin culpa- por el destino, y la descripciones del paisaje, que ella bien conocía.

Así ocurre con María Zef, enmarcada  a final del siglo XIX en la comarca montañosa de Friuli, junto al Véneto, cuyas condiciones socioeconómicas y culturales de la época nos recuerdan las vividas por entonces en Las Hurdes. El protagonismo del relato lo soporta una joven quinceañera, tan valerosa como lúcida (pese a su analfabetismo), junto al hermano de su padre emigrado y fallecido en América. Entre los dos se originan unas relaciones muy especiales, que terminarán según nos acostumbran a leer los trágicos griegos.

Como la “madre coraje” de Bertolt Brecht, la de Mariutine (nombre de la protagonista en el dialecto del Friuli, muy utilizado aquí, para castigo de las diligentes traductoras, Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García), exhausta por el hambre y enferma de sífilis, abandona cada años su mísera cabaña y desciende a los valles para vender los sencillos productos labrados por los  pastores montañeses (cazos, cuencos, cucharas, cucharones, etc.). Los transporta en un carro del que tira la recia Mariutine,  sorprendentemente hábil también para el cante, la danza y el trato con los clientes. Arriba aguarda el tío (tal vez, algo más) Barbe , tan capaz de las mayores grandezas, como de la conducta más vil, sobre todo si el vino o la “grappa” (el aguardiente de esta versión) se cruzan por medio. Caro lo pagará, de quien menos lo esperaba. Ni la anciana “veora”, también hundida en el silencioso de los bosques, lo pudo prever. Por su parte, Rosùte, la  muy querida hermana pequeña, aporta dosis de ternura al desnudo relato y acabará teniendo, pese a su inocencia, papel básico en el fatal desenlace.

En aquella comarca deprimida de la Italia decimonónica, donde el hambre y las carencias no impiden las conductas solidarias, incluso la fiesta (magníficas evocaciones del Carnaval), las mujeres tenían todas las de perder. Contra ese fatal destino se rebelará la lúcida Mariutine, decidida a que no vuelvan a repetirse en la hermana menor las humillaciones sufridas por la madre y ella misma. Aunque para ello tenga que manchar con sangre sus jóvenes e inocentes manos.

La obra sobresale por introducirnos en las entretelas de aquel mundo agroganadero, donde la mujer, ominosamente oprimida, sobrevive por su fuerza de espíritu y capacidad de perdón. Hasta que juzga sobrepasados todos los límites y opta por tomar ella misma la venganza que tal vez la redima, impidiendo la reproducción  de las circunstancias vergonzosas.  Difícil se hace abandonar la lectura sin llegar al término de un discurso tan vívido como bien elaborado.

 

Paola Drigo, María Zef. Cáceres, Periférica, 2016

 

CONDENADA SIN CULPA           

 

En dos ocasiones ha sido llevada al cine esta impactante novela, que un año antes de morir su autora fue distinguida con Premio Viareggio (1937). Luigi De Marchi dirigió la primera película (1953), a la que puso el título Condannata senza colpa. Vittorio Cottafavi respetó después (1981) el de la obra publicada por Paola Drigo (Castelfranco 1876- Padova, 1938), un texto de enorme fuerza.

Según los historiadores de la literatura italiana, la novelista, hija de un partidario de Garibaldi, se distingue por su estilo realista;  capacidad para describir los ambientes sociales; la agudeza en el análisis psicológico de sus personajes, casi siempre mujeres de humilde condición, maltratadas –evidentemente sin culpa- por el destino, y la descripciones del paisaje, que ella bien conocía.

Así ocurre con María Zef, enmarcada  a final del siglo XIX en la comarca montañosa de Friuli, junto al Véneto, cuyas condiciones socioeconómicas y culturales de la época nos recuerdan las vividas por entonces en Las Hurdes. El protagonismo del relato lo soporta una joven quinceañera, tan valerosa como lúcida (pese a su analfabetismo), junto al hermano de su padre emigrado y fallecido en América. Entre los dos se originan unas relaciones muy especiales, que terminarán según nos acostumbran a leer los trágicos griegos.

Como la “madre coraje” de Bertolt Brecht, la de Mariutine (nombre de la protagonista en el dialecto del Friuli, muy utilizado aquí, para castigo de las diligentes traductoras, Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García), exhausta por el hambre y enferma de sífilis, abandona cada años su mísera cabaña y desciende a los valles para vender los sencillos productos labrados por los  pastores montañeses (cazos, cuencos, cucharas, cucharones, etc.). Los transporta en un carro del que tira la recia Mariutine,  sorprendentemente hábil también para el cante, la danza y el trato con los clientes. Arriba aguarda el tío (tal vez, algo más) Barbe , tan capaz de las mayores grandezas, como de la conducta más vil, sobre todo si el vino o la “grappa” (el aguardiente de esta versión) se cruzan por medio. Caro lo pagará, de quien menos lo esperaba. Ni la anciana “veora”, también hundida en el silencioso de los bosques, lo pudo prever. Por su parte, Rosùte, la  muy querida hermana pequeña, aporta dosis de ternura al desnudo relato y acabará teniendo, pese a su inocencia, papel básico en el fatal desenlace.

En aquella comarca deprimida de la Italia decimonónica, donde el hambre y las carencias no impiden las conductas solidarias, incluso la fiesta (magníficas evocaciones del Carnaval), las mujeres tenían todas las de perder. Contra ese fatal destino se rebelará la lúcida Mariutine, decidida a que no vuelvan a repetirse en la hermana menor las humillaciones sufridas por la madre y ella misma. Aunque para ello tenga que manchar con sangre sus jóvenes e inocentes manos.

La obra sobresale por introducirnos en las entretelas de aquel mundo agroganadero, donde la mujer, ominosamente oprimida, sobrevive por su fuerza de espíritu y capacidad de perdón. Hasta que juzga sobrepasados todos los límites y opta por tomar ella misma la venganza que tal vez la redima, impidiendo la reproducción  de las circunstancias vergonzosas.  Difícil se hace abandonar la lectura sin llegar al término de un discurso tan vívido como bien elaborado.

 

Paola Drigo, María Zef. Cáceres, Periférica, 2016

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¿QUIÉN SABE LEER?
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Manuel Pecellín | 03-10-2016 | 09:51| 0

 

Profesor de Lengua y Literatura ya jubilado, doctor en Pedagogía, Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) se distingue por sus esforzadas contribuciones para la renovación de la enseñanza en Extremadura, sobre todo a partir de las inolvidables “Escuelas de Veranos”, donde tantos centenares de docentes llegaríamos a participar.  Ha sido también Jefe de la Unidad de Programas en la Dirección P. de Badajoz; miembro del Forum Europeo de Administradores de la Educación y patrono de la Fundación “Juan Uña”  (nombre dado a dicho ente como homenaje al que fuese rector de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyos principios se inspira).

La pedagogía y el lenguaje son las dos áreas predilectas del autor, que ha publicado asimismo los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura (X Premio de Poesía García de la Huerta) e Izana, el Pájaro. De ellos se ocupó Virginie Jean en una tesis editada por la Sorbonne. Autor de la novela de carácter autobiográfico Valdargar (VI Premio a la Creación Literaria “La Serena”), suyas son las obras ensayísticas Un extraño en mi escuela… y Loa a la vieja pizarra, en las que se muestra muy crítico con las directrices pretendidamente renovadoras que durante los lustros últimos han ido proyectándose a partir de las Administraciones públicas en el campo de la educación (tantas veces para aburrimiento de maestros y alumnos) .

La Fundación Emmanuel Mounier, que ya le editase el último libro, saca ahora en su colección “Sinergia” este nuevo ensayo del extremeño. Estrella no oculta su empatía con las orientaciones de dicha  entidad, dirigida por Julia Pérez Ramírez y alentada por pensadores tan comprometidos como Carlos Díaz. (Precisamente de este filósofo han ido apareciendo en la misma serie trabajos tan reveladores como De la simple indignación a la democracia moral o Economía de mercado y enseñanza de Cristo, amén de monografías sobre Unamuno, Erasmo, Kierkegaard o Antonio Machado).

El mismo título recoge ya la tesis básica que nuclea la obra aquí presentada: “No vemos el mundo, lo leemos”. Recuerda inevitablemente otra de Galileo, si bien con distinta proyección. “La filosofía -decía Galileo (en Il Saggitario, 1963)- está escrita en ese grandísimo libro que contínuamete está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos, etc”.

Buen lector de otros lenguajes como el bíblico, platónico,  místico sufí, taoísta o el poético en sus múltiples recreaciones, Estrella está lejos del reduccionismo consagrado por los neoposivistas o analistas lógicos.  Se sitúa más cerca del Wittgenstein de las Investigaciones lógicas que del célebre Tractatus (si bien el filósofo austríaco no es citado ni una sola vez, sorprendentemente, en un libro que exalta las relaciones entre lenguaje y pensamiento). Sí lo es en numerosas ocasiones I. Kant, quien ya en el siglo XVIII realizase la auténtica “revolución copernicana” en el campo epistemológico: es el sujeto, no el objeto, quien tiene la primacía en la ineludible complicidad del conocer. Son las “categoría” subjetivas aprióricas las que estructuran realmente el juicio, si bien no pueden operar al margen del aporte objetivo sin incurrir en sentencias vacías sobre un “Incognitum X”.

No existe, o no la podemos conocer, “realidad”  alguna al margen del sujeto. Es éste quien las constituye, según “lee” los contenidos sensoriales.  Pero para “leer” correctamente el mundo, “empalabrarlo” y “apalabrarlo”, la persona necesita una buena formación; adquirir habilidades y valores: interés, tradición, apertura, comprensión y apropiación son los más importantes. El ensayista expone el significado, génesis y desarrollo de los mismos, apelando con frecuencia a alegorías y otros recursos que toma de tanto de la literatura popular como de los grandes poetas, desde Homero hasta hoy mismo.

 

Benito Estrella, No vemos el mundo, lo leemos. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2016.

 

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VOLUNTAD INDOMABLE
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Manuel Pecellín | 17-09-2016 | 06:36| 0

Puede resultarle dolorosa la noche a quien pasea sin rumbo ni techo por barrios marginales cuando los demás duermen; a quien escucha un cuplé sintiendo compartir los desgarrones cantados; a quien distribuye polvo blanco por bares y clubes, sabiéndose culpable; a quien pierde a su amor, segado por balas asesinas; a quien oculta su verdadero sexo para verse libre de imposiciones; a quien ha de huir una y otra vez del territorio acogedor, vuelto de pronto enemigo…Sí, “duele la noche” una y otra vez al personaje creado por la escritora extremeña, en la que ha puesto tanto de sí misma, con cuyos valores éticos parece identificarse sin duda, aunque sus propias circunstancias vitales difieran no poco de las de la protagonista, la joven Martín Conrado, una mujer disfrazada de hombre que lucha por huir hacia su futuro en los  primeros años del siglo XX en distintos lugares, donde vivirá consecutivamente: pueblo rural, Barcelona, Madrid, (París), Berlín y La Habana.

Rebelándose ante la inminencia de un matrimonio impuesto, aún casi adolescente, huye desde su entorno campesino no identificado en una odisea que la conducirá, tras aventuras increíbles, a las aulas de la universidad berlinesa, donde comparte tertulia con el mismísimo Sigmund Freud y los debates del avanzado Institut für Sexualwissenschat. Antes tuvo ocasión de formarse en una botica del  turbulento Raval de los años diez y veinte del anterior siglo; conocer a los líderes catalanes de la CNT, enfrentados a tiros con la patronal; ver el desarrollo de “La Canadiense”, tal vez la huelga más famosa del movimiento obrero español; participar en el narcotráfico de coca; tratar a los escritores de la bohemia castellana; seguir los primeros pasos del mismísimo Adolfo Hitler y toparse con un mafioso implacable, cuyos pistoleros segarán la vida de los hombres más queridos por Martín Conrado. Demasiados materiales quizá para una narración que alcanza así casi el medio millar de páginas.

Nacida en Aceuchal, Flores-Carretero se presenta como psicóloga, empresaria y escritora. Especializada en Psicología Clínica, dirige el Grupo Educativo Miguel de Motaigne, siendo responsable de su gestión pedagógica y la puesta en marcha de proyectos de innovación educativa. Es autora de otras dos novelas, Días de Sal (2008), thriller en el que una psicóloga descubre la infidelidad de su marido revelada por una de sus pacientes, y Piel de Agua (2010), ficción histórica con protagonistas femeninos, editada primero por Algaida y que Penguin lanzó  posteriormente en Estados Unidos y Latinoamérica. Ambas han conocido un notable éxito de ventas on line.

El que cabe augurar a Duele la noche, a pesar de defectos bien perceptibles, como la acumulación de casualidades, que le dan un toque de excesiva inverosimilitud; el desajuste entre la capacidad lingüística del personaje y su elaborado discurso; frecuentes repeticiones próximas de un mismo término, fáciles de eliminar por sinonimia, o algún despiste, tal ese “Ginés de los Ríos” para nombrar al fundador de la ILE (pág. 267). Con todo, seguir el crecimiento humano, intelectual y sociopolítico de una mujer hecha a sí misma (tiene el generosísimo apoyo de un admirable boticario catalán) resulta tan emocionante como introducirse en los entresijos históricos de la Barcelona primisecular o del Berlín postbélico, donde el partido nazi está echando sus perversas raíces. Sin olvidar, desde luego, los numerosos pasajes en los que se diseccionan las motivaciones más eficaces de la conducta humana. Por algo la autora es profesional de la Psicología.

 

Estrella Flores-Carretero, Duele la noche. Sevilla, Algaida, 2016.

 

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HISTORIADORES EN LLERENA
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Manuel Pecellín | 10-09-2016 | 08:25| 0

 

Para el mundo occidental, América incluida, el siglo XVIII supuso una ruptura clave: daba fin a lo que se conoce como historia moderna y origen a la época contemporánea. Terminó entonces el Ancien régime (adiferente ritmo, según los países), abriéndose paso un nuevo sistema de organización sociopolítica, basada fundamentalmente en la “soberanía popular”: el Poder reside en el Pueblo, que debe decidir libremente a sus representantes. Dos fenómenos, casi simultáneos, resultaron decisivos en dicha transformación: la revolución industrial (con el nacimiento de las clases capitalista y proletaria), más la Gran Revolución de 1789, con perceptibles repercusiones en los dos continentes, el Viejo y el Nuevo.

Como fermento ideológico fue difundiéndose durante toda la centuria la Ilustración (la Enciclopedia Francesa y las obras de los filósofos ingleses y alemanes contribuyeron de forma sustancial). I.Kant resume magistralmente las esencias del espíritu ilustrado en el famoso opúsculo Was is Aufklärung (en realidad, un trabajo para el periódico Berlinische Zeitung), donde propuso el conocido lema, enunciándolo en un latín que ya apenas se utilizaba: “Sapere aude”. Es decir,“atrévete a pensar”, por tu cuenta, como una persona adulta, abandonando la minoría de edad en que tantos tutores interesados buscan mantener a sus súbditos, impidiéndoles crecer.

A tan crítica centuria quisieron los organizadores de las XVI Jornadas de Historia en Llerena dedicar su siempre riguroso encuentro, esta vez bajo el lema “El siglo de las luces”. Sin duda, la causa fue rendir homenaje a un sobresaliente científico de la localidad, José de Hermosilla (1715-1776), en el tercer centenario de su nacimiento. El volumen de actas, publicación con 462 densas páginas, viene a confirmar que el simposio coordinado por los infatigables Felipe Lorenzana de la Puente y Francisco Mateos Ascacíbar, continúa en sus parámetros de rigor, originalidad e interés.

Lo abre, según costumbre, una conferencia-marco, la pronunciada por Carlos Martínez Shaw, catedrático de la UNED y miembro de la Real Academia de la Historia, quien desarrolló el tema del “despotismo

ilustrado” y sus repercusiones en España. La verdad es que dicha fórmula no deja de ser un oxímoron: ¿cómo pretender fundir el absolutismo con las ideas más progresistas?  ¿Podía resultar convincente su programa político de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, sin que los ímpetus revolucionarios dieran, antes o después, al traste con tan equívoco programa?

Ciertamente, las contradicciones, ideológicas y conductuales, abundaban también en la obra y personalidad de los grandes pensadores europeos, según se encarga de exponer Rafael Sampau con su provocador estudio “Algunos mitos y realidades de la Ilustración”, donde repasa muy

 

críticamente las actuaciones de personajes como Montesquieu, Voltaire o Rousseau (el gran defensor de la educación natural, libre y respetuosa delos niños… que fue metiendo a todos sus hijos en la Maison des enfants trouvés, el hospicio galo).

Sobre José de Hermosilla, ingeniero y arquitecto de renombre nacional, con grandes obras en Madrid, se ocupan buena parte de los participantes en el congreso. Pedro Moleón expone la etapa formativa del llerenense en Roma (1746-1764), junto a otro grande, a menudo rival, Juan de Villanueva. José Miguel Cobos y José Ramón Vallejo resumen los contenidos matemáticos de la Architectura civil, obra de Hermosilla, según el manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional. Las intervenciones del mismo para renovar la espléndida iglesia mayor de Llerena son analizadas por Mateos Ascacíbar y Ángel Hernández, en tanto Luis Garraín desentraña los contenidos e implicaciones del testamento que el sabio dejase.

Otros muchos trabajos encontrarán también lectores atentos, como los que suscriben Santiago Aragón (nobleza extremeña durante el XVIII), Manuel Maldonado (situación del concejo de Llerena) o Richard L. Kagan (las visiones del “otro” sobre las ciudades españolas).

 

Francisco Lorenzana de la Puente y Francisco Mateo Ascacíbar (coords.), El siglo de las Luces. III Centenario de José de Hermosilla (1715-1776). XVI Jornadas de Historia en Llerena. Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2016

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CIRO BLUME, DETECTIVE
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Manuel Pecellín | 03-09-2016 | 12:00| 0

CIRO  BAYO, DETECTIVE

 

Al detective Ciro Blume, metido ya en los sesenta, se le agudizan defectos y virtudes con el paso del tiempo, como a cualquier persona. Aunque nacido en Nueva York, apenas guarda memoria de la infancia junto a Brooklyn, acaso la melancolía de un perdido paraíso. Reside en Madrid, esforzándose por mantener sus aficiones gracias a los encargos que ocasionalmente le surgen a un investigador de refinadas costumbres. Gastrónomo empedernido, habitual en Lhardy, cafés, licorerías y clubs nocturnos, degusta con fruición los mejores platos, el whisky más añejo o los puros de mayor calidad. Incluso se hace atender por un mayordomo, excarcelario de lenguaje tan rudo como buen cocinero.

Para sostener tan alto tren de vida, el expolicía no puede permitirse demasiados escrúpulos. Lector empedernido, continúa fiel a Faulkner y Hemingway (“el escritor más sobrevalorado de la literatura moderna”, pág. 127), aunque no desdeñe a ningún grande dentro de la novela negra. Tan amante de la “filosofía de tocador”, como de la “gramática parda”,  egotista absoluto,ha ido creciendo en posturas cínicas según aumenta su desconfianza ante el hombre contemporáneo (más aún si se trata de la clase política). Respecto a las mujeres, asume que se le considere paradigma del machismo nacional, tratando de conseguir los favores de las bellezas con las que se cruza, numerosas en esta bajada a los infiernos existentes en las entrañas mismas de lugares tan específicos como el propio Museo del Prado.

Así nos vuelve a presentar Antonio Civantos (Trujillo, 1949) al personaje que crease hace lustros y al que ha ido puliendo en sucesivas entregas. Obras como Ciro Blume, detective privado, La luz afilada de los diamantes, El asesino de Venecia o Yo, Hemingway , por recordar sólo algunos títulos del cacereño, que durante lustros ejerció como crítico gastronómico para la revista Claire, encuentran continuidad en esta novela policíaca donde lucen sus muchos conocimientos y habilidades narrativas.

Cierta mujer, tan hermosa como inteligente, encarga a Blume la búsqueda del marido que acaba de desaparecer sin dejar rastros, pese a que vive rodeado de cámaras y medidas de máxima seguridad. Tampoco se descubren motivos para la fuga voluntaria o la posible eliminación del sujeto, si bien las investigaciones (en ocasiones, con método brutales) de Ciro pondrán en evidencia que ninguno de los posibles protagonistas es tan inocente como en principio se juzga. Es lo típico del género: ir enredando  cada vez más la madeja hasta que algún  hilo suelto facilite al agudo sabueso  la solución de la urdimbre, sorprendiendo seguramente a los lectores. El novelista compone la trama sin ahorrar recursos. Digamos que por sus páginas discurren desde catedráticos de la Carlos III, periodistas, políticos o directores de la gran Pinacoteca española, hasta narcotraficantes, hampones y prostitutas de alto standing, todos relacionados con el hecho que se investiga. Incluso se guarda algún otro as, un exabrupto conductivo que lógicamente no desvelaré, aunque a la postre poco influye en la solución final.

Blume, tozudo reaccionario frente a las nuevas tecnologías (no tiene móvil, ni sabe cómo funcionan los ordenadores), irá relatando en primera personas las vicisitudes donde se ve inmerso sólo por la pasta, si bien no carece de un sentido del honor sui generis. Le gustan también los juegos de palabras, la ironía, el cine y la música, a todos los cuales apela con generosidad para componer su atractivo discurso. A Civantos, que tanta simpatía muestra con el personaje, cabe exigirle más atención a la hora de “reproducirlo” (por ejemplo, poner en cursivas los títulos de obras, películas o composiciones citadas; eliminar loísmos e impedir algunos error es gramaticales, como la confusión ocasional entre conjunciones causales e interrogativas).

 

Antonio Civantos, Baja conmigo al infierno. Barcelona, Avant Editorial, 2016

 

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D. FRANCISCO GINER
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Manuel Pecellín | 22-08-2016 | 07:56| 0

Seguramente nadie ha recibido más elogios en la España contemporánea que Francisco Giner de los Ríos (Ronda, 1839-Madrid, 1915). Se los han dedicado con extraordinaria amplitud los más próximos ideológicamente a este magnífico catedrático, filósofo krausista y escritor, auténtico “santo laico”, según se le llamara por su impecable conducta. El poema que le dedicó Antonio Machado, horas después de morir el maestro, constituye toda una epifanía. Pero ha de reconocerse que tampoco los situados en otras fronteras políticosociales, pedagógicas y religiosas han sido cicateros a la hora de elogiar a aquel venerable andaluz, curtido en Cataluña y afincado en un Madrid que conoció como pocos.

Sin duda, el máximo acierto de Giner, gran forjador de personas comprometidas con su época, fue crear, mantener y desarrollar, entre dificultades miles, la Institución Libre de Enseñanza. Hasta tal punto que la biografía del personaje se confunde con la historia de la ILE. Así lo hace Antonio Machín Romero (n. Lodares del Monte, Soria), autor de otros trabajos sobre Dionisio Ridruejo, Claudio Rodríguez, Tierno Galván , Julián Sanz del Río (quien trajo a España el pensamiento de Krause) o Francisco Brines. Lo demuestra su Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza.

Lo cierto es que la bibliografía sobre el tema no hace sino aumentar. Tras los estudios de Juan López-Morillas, Antonio Jiménez-Landi o el cacereño Antonio Jiménez García, fallecido en plena madurez, han continuado publicándose obras quizás más puntuales, pero que dilucidan  cuestiones tal vez no bien aclaradas o divulgan para el gran público las aportaciones de tantos “institucionistas” concitados por Giner en torno a sus proyectos (Azcárate, Fernando de Castro, Salmerón, Cossío, los extremeños Juan Uña, Joaquín Sama y González Serrano, o  tantos más).

A este segundo género de trabajos pertenece el que aquí se presenta. Su afán didáctico hace que abunden, quizás en exceso, las reiteraciones. Por lo mismo, las citas suelen ser indirectas (por ejemplo, los pasajes del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza), tomadas de las obras ya clásicas sobre la ILE y su fundador, a las que antes aludí. Tampoco se percibe una fuerte voluntad de estilo, buscándose más bien la claridad expositiva. Pero proporciona un buen resumen de lo que supuso para la renovación de nuestro país las aportaciones de la Filosofía krausista y su aplicación práctica más valiosa, la ILE (con las entidades por ella inspiradas, como el Museo Pedagógico Nacional, la Junta para la Ampliación de Estudios e investigaciones Científicas, la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos,  las Misiones Pedagógicas, etc.). Merced a la influencia de tales instituciones -enfatiza el autor-  fue haciéndose posible en nuestros lares el surgimiento de un nuevo tipo de español, acorde con el modelo gineriano: libre,  racional,  antidogmático, culto, tolerante, limpio y hasta deportista, si es que todo ello no es lo mismo.

 

Antonio Machín Romero, Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Esneñanza. Alicante, Editorial Club Universitario, 2016.

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MARIBEL TENA
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Manuel Pecellín | 14-08-2016 | 16:37| 0

Natural de Villanueva de la Serena (1978), Maribel Tena es licenciada en Filología Hispánica. Durante algún tiempo ha sido profesora de español en la Universidad de L´Aquila (Italia), donde también se han desempeñado como catedráticos los extremeños Luis de Llera y María José Flores. Tena enseña ahora en el IES “Pedro Alfonso de Orellana”.

El año 2012 publicó su primer libro de poemas, Mujer fractal (Origami), con prólogo de Mª Ángeles Pérez López, así mismo docente (Universidad de Salamanca) y poeta. Inspirándose en una de las aplicaciones de la Física cuántica  (fractal es un objeto cuya estructura se repite, aunque a diferentes escalas, imposibilitando al observador medir la distancia que lo separa del mismo.“Las cosa de incalculable complejidad se llaman fractales y tienen en común presentar longitudes infinitas dentro de áreas finitas”, según frase de Antonio Escohotado, citada en los preliminares), Tena articula su obra en torno a la figura femenina, fragmentaria y a la vez individua, relacionada con el universo todo, sin perder su propia personalidad.

Con Como suceden los árboles (Valladolid, La Penúltima Editorial, 2016), tan pronto reeditada, la autora ha venido a confirmar las muchas expectativas que levantó su primera entrega. Abandonando la proyección científica, sus versos se nutren aquí en imágenes cotidianas, tantas veces injustas y dolorosas. “Yo lloro debajo de mi nombre”, dice el verso de Alejandra Pizarnik puesto en entradilla, junto a otros de María Vitoria Atencia. La escritora reproduce lágrimas ante las personas muertas de frío sobre la cubierta del barco que los rescató; las chicas de Nueva Delhi quemadas por el  ácido; la mujer con el  pesado hijo a cuestas para subir la rampa sin ascensor; la campesina expoliada  de su pequeño campo o los atentados  contra la naturaleza.

Pero su voz no es solamente denuncia y compromiso. Nos habla también en torno a los ímpetus del verbo (“Mis palabras vuelven a ser tigres dormidos”); el respeto reverencial a todo lo vivo, predicado por Buda; las mezquindades de algunos amores y las huellas que dejaron en la escritora tanto el padre (que en lugar de decirle te quiero, le regalaba aceite, según Begoña Abad), como la madre (que la enseñó “a no callarme/no permitir que mis palabras se convirtieran/en animales enjaulados de un circo en silencio”).

Dividida en tres partes muy equilibradas (Raíces verticales, El perímetro del incendio y Aspiración del fruto), cuyos títulos nos dicen la perspectiva telúrica adoptada por la escritora, la entrega se nos hace tan próxima  como la carne roja de los tomates o la seda de trigo de la harina,  por evocar  otros pasajes. Los árboles de la portada y los vencejos de contracubierta enfatizan esa proyección.

Sin embargo, el diapasón de Tena sube una y otra vez el tono del lenguaje cotidiano, inyectándole intensidad, imágenes imprevistas, polisemias y guiños múltiples (“Sólo un baile y terminarás llevándome/a la calma”). Porque a ella le gusta “descifrar la extraña coreografía de los insectos”, ver las manos convertidas en “ese pergamino/bajo el que se lee/el mapa de nuestra sangre” o visitar las esquinas “en que perdemos la cuenta del tiempo/donde enfermamos por la fiebre de la mentira/y creemos curarnos llevando a la boca/una cucharada dulce y rebosante/del jarabe de la inercia”.

Concluida la lectura de Como suceden los árboles nos induce a cerrar , nos induce a cerrar el libro y “bisbisear una lenta plegaria/para que no nos abandone  en septiembre/esta certidumbre de belleza”.

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MUSAS MILES
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Manuel Pecellín | 07-08-2016 | 17:24| 0

Natural de Mérida (1956), Andrés R. Blanco  se trasladó a Madrid, donde reside, con sólo diez años. Desde que obtuviese (1989) del Ministerio de Cultura una beca a la creación, fruto de la cual fue el libro Luz y lejanía en los espejos, el autor ha ido publicando una amplia obra poética, casi siempre a impulsos de algún premio. Títulos como La semilla del mito (1991), La mirada de plata (1993), Álbum crepuscular 1994), Las alas condenadas (2010), Farolillos (2012), Lienzo del bosque espejea 2014) o Línea de expresión (2015) son algunos de los suyos galardonados en diferentes certámenes. A ellos hay que añadir  otros de reciente aparición: El corazón del replicante y Musa de varia ficción.

En el preliminar de este último poemario, se plantea por qué razones escribe, respondiéndose: “Si me preguntan directamente, suelo decir, a pesar de lo utópico, que para cambiar el mundo. Y ciertamente pienso que si un poema o siquiera un verso mueven a alguien a reflexión, emoción o gusto, he conseguido que el mundo sea algo –millonésima fracción- mejor”. Motivo ético, al que añade pulsiones emocionales íntimas, imposibles de explicar, hacia la escritura, que lo arrebatan inesperadamente.

De cualquier modo, la voz de Andrés R. Blanco está muy lejos de los tópicos correspondientes a la poesía social, didáctica o moralizante. El corazón del replicante (Huesca, Scribo Editorial, 2015), entrega con la que ganó el I Certamen convocado por el Ayuntamiento de L´Alfàs del Pi, modalidad castellana se inspira en la denuncia ese mundo deshumanizado, inmerso en una crisis de valores, que ya anunciase Blade Runner. Impreso en el volumen  Fo.lia.as, donde también se incluye el trabajo triunfador en valenciano (Miguel-Lluís Rubio i Domingo, Ática), los poemas del extremeño, blancos y libres, constituyen “confesiones” de artefactos sin ánima, con filos de alquitrán y hedor de hierro. “La esquirla de obsidiana de lo efímero, que los distingue, constituye un estremecedor testimonio, volviendo opaco el cristal de la esperanza.

En Musa de varia ficción  (Bujalance, Ayuntamiento, 2016), XXIII Premio de Poesía “Mario López”,  el escritor rinde homenaje explícito a personajes, libros, películas, óleos, esculturas y canciones en los que se inspira, hoy al alcance de todos gracias a Internet. Con algún leve apunte de prosa lírica, van alternándose poemas asonantados junto a otros blancos, libres o sometidos a métrica (preferentemente octosílabos y endecasílabos).  Impresiones de un otoño en Washington Square; la última partida de Boby Fisher; el suicidio marino de Alfonsina Storni;  King Kong; las hueste de Mordor;  los ensueños de Dalí; la voz rota de Sabina; algún chat anónimo y, cómo no, Blade Runner son algunas de las musas que irrumpen en las intimidades del poeta induciéndolo a plasmar en el papel o la pantalla sus atractivos.

Compartir esos mundos, próximos o lejanos, asequibles por diferentes vías, es favor que Blanco nos hace merced a su discurso poético, limpio, honesto, cálido y cuidado.

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LIBROS PELIGROSOS
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Manuel Pecellín | 30-07-2016 | 09:19| 0

 

Nos ha parecido oportuno concluir este curso 2015-16 de “Trazos”, antes de la interrupción veraniega ya habitual en el suplemento, con este apunte sobre una obra clásica para los bibliófilos. Agradezco mucho la noticia de su reedición y el ejemplar correspondiente a otro  hombre tocado por el amor a los libros, Arturo Sancho, que me lo ofreciera cuando presentábamos en la R. Sociedad a Amigos del País pacense,  De cosas extremeñas y algo más, del canónigo Arturo Sancho (Badajoz, 1ª,2013; 2ª, 2016).

William Blades (1824-1890) fue un muy reconocido editor y bibliógrafo inglés, especialista en incunables y gran estudioso de William Caxton, el primer impresor británico, sobre el que escribiría un  extenso trabajo. Fundador de la Library Association de Reino Unido (1877), fruto de la Primera Conferencia Internacional de Bibliotecarios, Blades dedicó esta su obra más célebre “a los bibliómanos, bibliófilos y bibliofrénicos, y con una especial maldición contra los bibliópatas y bibliocastas”. Acerca de los máximos representantes históricos de tales especímenes versan estas páginas, plenas de erudición. Las publica, exquisitamente, Fórcola, y en el colofón se recuerda que con este nombre se designa “la parte más hermosa de la góndola veneciana, realizada en madera, en la que el gondolero apoya el remo para maniobrar. Una auténtica fórcola se talla, de forma artesanal, sobre la curvatura natural del árbol, por eso no hay dos fórcolas iguales”. No es mal lema para unos talleres tipográficos. Pone prólogo alguien que mucho sabe sobre libros, Andrés Trapiello y lleva también un encomiable preliminar del Dr. Richard Garnett.

Como ya sostuvo nuestro Bartolomé J. Gallardo, Blades defiende que los libros constituyen patrimonio imprescindible para el progreso de los países. De ahí la importancia que su conservación encierra, aunque, lamentablemente, el desarrollismo estúpido del XIX estaba destrozando millares de textos hasta entonces conservados en condiciones más o menos felices. Según el autor,  los agentes más perniciosos en esas labores destructivas son: el fuego, el agua, el gas y el calor, el polvo y el abandono, la ignorancia y el fanatismo, la polilla, los encuadernadores, los coleccionistas, los niños y los criados. A cada uno dedica el capítulo correspondiente, con el humor típico de sus paisanos. De ser español, podría haber añadido en la época los responsables de las desamortizaciones o carreteros como los que hacían candela en el camino con las obras trasladadas desde Guadalupe a Cáceres. (Para hoy añadiría a los xenófobos de Sarajevo; el cierre de cenobios y monasterios despoblados;  los compradores de pisos antiguos, que malvenden a la chatarrería sus “inútiles” bibliotecas o los jóvenes herederos, capaces de tirarlas a cualquier contenedor, visto el lugar que  los libros exigen y su propia incapacidad con la lectura en papel. Para medir las repercusiones del libro electrónico en la desaparición de los volúmenes clásicos, aún faltan perspectivas).

De cualquier forma, hace muy bien Trapiello en subrayar que lo más importante no es conservar el libro, sino leerlo. Claro que sin lo uno, no puede darse lo otro. Sin duda, el proceso creciente de digitalización tanto de manuscritos (v.c., los hallados en las once cuevas de Qumram) o impresos (v.c., la “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”, entre muchas fácilmente localizables en la red) constituye el mejor antídoto contra los enemigos señalados por Blades. Drox-box impedirá la deglución de gusanos y ratas o que funcionen fuegos como los encendidos por neófitos (ver Hecho de los Apóstoles, 19,34), musulmanes fanáticos, inquisidores y conquistadores hispanos, calvinistas ginebrinos, nazis, estalinistas, et sic de coeteris).

 

William Blades, Los enemigos de los libros. Madrid, Fórcola, 2016

 

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ARS MORIENDI
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Manuel Pecellín | 26-07-2016 | 06:17| 0

 

Pablo Jiménez (Navalmoral de la Mata, 1943) es un espíritu clásico. Lo saben cuantos conocen las predilecciones del creador en música, pintura o literatura, artes que de ningún modo le son ajenas. Su último poemario trae inmediatamente a la memoria un libro compuesto a finales de la Edad Media, del que se harían numerosísimas ediciones en toda Europa. Compuesto por un fraile,  aquel Ars moriendi   del siglo XIV proporcionaba al moribundo luces para bien digerir el trance último. Enseñándole que la muerte no es un mal definitivo, le procuraba remedios contra las tentaciones escatológicas, tales como la falta de fe, la desesperación, la impaciencia o el orgullo espiritual, adoctrinando también  a los familiares sobre el mejor comportamiento ante el lecho del casi difunto.

No busca tal fin el de Pablo Jiménez, aunque de alguna manera podría alinearse el extremeño entre los epígonos del dominico medieval. Abre su obra Javier Magano con un amplio preliminar, también de título latino, Vita mortales, mors vitalis. Este juego de palabras, apoyadas en el oxímoron, viene a recordar otro de Cioran, a quien los dos escritores, prologuista y  prologado, respetan: “Sólo fuera del paraíso hay destino”.

La obra se estructura en dos partes o cuadernos,  bien diferenciadas, cada una de ellas con ricas proliferaciones. La primera, “El ciego en su laberinto”, se subdivide a su vez en tres: “ars moriendi”, “prosas crepusculares” y “tres historias sagradas tras una introducción”. Entre los poemas de la inicial, todos de llamativa extensión, figuran “Residencia geriátrica”, cuyo sujeto lírico es un anciano con el pie ya en el estribo, y “Cumpleaños”, con el que el autor evoca un viaje a la Alta Extremadura donde el poeta vio la luz (¿también la última?). Verso y prosa alternan después, con similar perfección, la segunda más apta para evocaciones  telúricas, como: ”Y resucitan, nítidos en lo oscuro, aquellos pueblos, sus inviernos… Nieblas impenetrables que impedían el ascenso del humo y atosigaban ojos, zaguanes, doblados…Cestos de enea llenos a revenar de aceitunas verdinegras…” (pág. 53), siempre bajo los ojos vigilantes de la madre amorosa. Hasta culminar en la paráfrasis lírica, un punto burlona, de tres historias bíblicas terribles, relacionadas con la muerte: la de Caín y Abel; el sacrificio de Isaac, suspendido en el último instante, y el de la hija de Jefté, incomprensiblemente consumado.

El cuaderno segundo, “levedad de la síntesis”, lleva un inconfundible subtítulo: “33 sonetos ocasionales”. Según la acotación oportuna, los fue componiendo el poeta entre los años 1965-2011.  Han sido seleccionados entre los varios centenares que el autor ha escrito durante ese periodo, “las más de las veces sin otra pretensión que un mero ejercicio de adiestramiento en el dominio de la síntesis conceptual y en el rigor de la versificación y la cadencia”, se nos dice en los preliminares (pág. 87). Reconozcamos, dada la calidad del producto, que el aprendizaje fue sumamente fructífero. Cumplen a la perfección el consejo de Horacio, en la Epístola a los Pisones (y volvemos a lo del clasicismo de Jiménez, tan amante él de Garcilaso): Non satis est pulchra ese poemata; dulcia sunto/et quocumque volent animum auditoris agunto. (No basta con que sean bellos los poemas; han de ser atractivos y capaces de llevar el ánimo del oyente adonde quieran).

Dotado de una fuerte personalidad y honda cultura, espíritu libre y atrevido, iconoclasta en no pocas ocasiones, ética y estéticamente riguroso, Pablo Jiménez es un escritor que suscribe sin pretender epatarnos el vero de Vallejo: En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.

“Qui potest capere, capiat”. O, lo que es lo mismo, “ahí queda eso”.

 

Pablo Jiménez, Ars moriendi. Madrid, Beturia, 2015.

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