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MUSAS MILES
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Manuel Pecellín | 07-08-2016 | 17:24| 0

Natural de Mérida (1956), Andrés R. Blanco  se trasladó a Madrid, donde reside, con sólo diez años. Desde que obtuviese (1989) del Ministerio de Cultura una beca a la creación, fruto de la cual fue el libro Luz y lejanía en los espejos, el autor ha ido publicando una amplia obra poética, casi siempre a impulsos de algún premio. Títulos como La semilla del mito (1991), La mirada de plata (1993), Álbum crepuscular 1994), Las alas condenadas (2010), Farolillos (2012), Lienzo del bosque espejea 2014) o Línea de expresión (2015) son algunos de los suyos galardonados en diferentes certámenes. A ellos hay que añadir  otros de reciente aparición: El corazón del replicante y Musa de varia ficción.

En el preliminar de este último poemario, se plantea por qué razones escribe, respondiéndose: “Si me preguntan directamente, suelo decir, a pesar de lo utópico, que para cambiar el mundo. Y ciertamente pienso que si un poema o siquiera un verso mueven a alguien a reflexión, emoción o gusto, he conseguido que el mundo sea algo –millonésima fracción- mejor”. Motivo ético, al que añade pulsiones emocionales íntimas, imposibles de explicar, hacia la escritura, que lo arrebatan inesperadamente.

De cualquier modo, la voz de Andrés R. Blanco está muy lejos de los tópicos correspondientes a la poesía social, didáctica o moralizante. El corazón del replicante (Huesca, Scribo Editorial, 2015), entrega con la que ganó el I Certamen convocado por el Ayuntamiento de L´Alfàs del Pi, modalidad castellana se inspira en la denuncia ese mundo deshumanizado, inmerso en una crisis de valores, que ya anunciase Blade Runner. Impreso en el volumen  Fo.lia.as, donde también se incluye el trabajo triunfador en valenciano (Miguel-Lluís Rubio i Domingo, Ática), los poemas del extremeño, blancos y libres, constituyen “confesiones” de artefactos sin ánima, con filos de alquitrán y hedor de hierro. “La esquirla de obsidiana de lo efímero, que los distingue, constituye un estremecedor testimonio, volviendo opaco el cristal de la esperanza.

En Musa de varia ficción  (Bujalance, Ayuntamiento, 2016), XXIII Premio de Poesía “Mario López”,  el escritor rinde homenaje explícito a personajes, libros, películas, óleos, esculturas y canciones en los que se inspira, hoy al alcance de todos gracias a Internet. Con algún leve apunte de prosa lírica, van alternándose poemas asonantados junto a otros blancos, libres o sometidos a métrica (preferentemente octosílabos y endecasílabos).  Impresiones de un otoño en Washington Square; la última partida de Boby Fisher; el suicidio marino de Alfonsina Storni;  King Kong; las hueste de Mordor;  los ensueños de Dalí; la voz rota de Sabina; algún chat anónimo y, cómo no, Blade Runner son algunas de las musas que irrumpen en las intimidades del poeta induciéndolo a plasmar en el papel o la pantalla sus atractivos.

Compartir esos mundos, próximos o lejanos, asequibles por diferentes vías, es favor que Blanco nos hace merced a su discurso poético, limpio, honesto, cálido y cuidado.

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LIBROS PELIGROSOS
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Manuel Pecellín | 30-07-2016 | 09:19| 0

 

Nos ha parecido oportuno concluir este curso 2015-16 de “Trazos”, antes de la interrupción veraniega ya habitual en el suplemento, con este apunte sobre una obra clásica para los bibliófilos. Agradezco mucho la noticia de su reedición y el ejemplar correspondiente a otro  hombre tocado por el amor a los libros, Arturo Sancho, que me lo ofreciera cuando presentábamos en la R. Sociedad a Amigos del País pacense,  De cosas extremeñas y algo más, del canónigo Arturo Sancho (Badajoz, 1ª,2013; 2ª, 2016).

William Blades (1824-1890) fue un muy reconocido editor y bibliógrafo inglés, especialista en incunables y gran estudioso de William Caxton, el primer impresor británico, sobre el que escribiría un  extenso trabajo. Fundador de la Library Association de Reino Unido (1877), fruto de la Primera Conferencia Internacional de Bibliotecarios, Blades dedicó esta su obra más célebre “a los bibliómanos, bibliófilos y bibliofrénicos, y con una especial maldición contra los bibliópatas y bibliocastas”. Acerca de los máximos representantes históricos de tales especímenes versan estas páginas, plenas de erudición. Las publica, exquisitamente, Fórcola, y en el colofón se recuerda que con este nombre se designa “la parte más hermosa de la góndola veneciana, realizada en madera, en la que el gondolero apoya el remo para maniobrar. Una auténtica fórcola se talla, de forma artesanal, sobre la curvatura natural del árbol, por eso no hay dos fórcolas iguales”. No es mal lema para unos talleres tipográficos. Pone prólogo alguien que mucho sabe sobre libros, Andrés Trapiello y lleva también un encomiable preliminar del Dr. Richard Garnett.

Como ya sostuvo nuestro Bartolomé J. Gallardo, Blades defiende que los libros constituyen patrimonio imprescindible para el progreso de los países. De ahí la importancia que su conservación encierra, aunque, lamentablemente, el desarrollismo estúpido del XIX estaba destrozando millares de textos hasta entonces conservados en condiciones más o menos felices. Según el autor,  los agentes más perniciosos en esas labores destructivas son: el fuego, el agua, el gas y el calor, el polvo y el abandono, la ignorancia y el fanatismo, la polilla, los encuadernadores, los coleccionistas, los niños y los criados. A cada uno dedica el capítulo correspondiente, con el humor típico de sus paisanos. De ser español, podría haber añadido en la época los responsables de las desamortizaciones o carreteros como los que hacían candela en el camino con las obras trasladadas desde Guadalupe a Cáceres. (Para hoy añadiría a los xenófobos de Sarajevo; el cierre de cenobios y monasterios despoblados;  los compradores de pisos antiguos, que malvenden a la chatarrería sus “inútiles” bibliotecas o los jóvenes herederos, capaces de tirarlas a cualquier contenedor, visto el lugar que  los libros exigen y su propia incapacidad con la lectura en papel. Para medir las repercusiones del libro electrónico en la desaparición de los volúmenes clásicos, aún faltan perspectivas).

De cualquier forma, hace muy bien Trapiello en subrayar que lo más importante no es conservar el libro, sino leerlo. Claro que sin lo uno, no puede darse lo otro. Sin duda, el proceso creciente de digitalización tanto de manuscritos (v.c., los hallados en las once cuevas de Qumram) o impresos (v.c., la “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”, entre muchas fácilmente localizables en la red) constituye el mejor antídoto contra los enemigos señalados por Blades. Drox-box impedirá la deglución de gusanos y ratas o que funcionen fuegos como los encendidos por neófitos (ver Hecho de los Apóstoles, 19,34), musulmanes fanáticos, inquisidores y conquistadores hispanos, calvinistas ginebrinos, nazis, estalinistas, et sic de coeteris).

 

William Blades, Los enemigos de los libros. Madrid, Fórcola, 2016

 

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ARS MORIENDI
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Manuel Pecellín | 26-07-2016 | 06:17| 0

 

Pablo Jiménez (Navalmoral de la Mata, 1943) es un espíritu clásico. Lo saben cuantos conocen las predilecciones del creador en música, pintura o literatura, artes que de ningún modo le son ajenas. Su último poemario trae inmediatamente a la memoria un libro compuesto a finales de la Edad Media, del que se harían numerosísimas ediciones en toda Europa. Compuesto por un fraile,  aquel Ars moriendi   del siglo XIV proporcionaba al moribundo luces para bien digerir el trance último. Enseñándole que la muerte no es un mal definitivo, le procuraba remedios contra las tentaciones escatológicas, tales como la falta de fe, la desesperación, la impaciencia o el orgullo espiritual, adoctrinando también  a los familiares sobre el mejor comportamiento ante el lecho del casi difunto.

No busca tal fin el de Pablo Jiménez, aunque de alguna manera podría alinearse el extremeño entre los epígonos del dominico medieval. Abre su obra Javier Magano con un amplio preliminar, también de título latino, Vita mortales, mors vitalis. Este juego de palabras, apoyadas en el oxímoron, viene a recordar otro de Cioran, a quien los dos escritores, prologuista y  prologado, respetan: “Sólo fuera del paraíso hay destino”.

La obra se estructura en dos partes o cuadernos,  bien diferenciadas, cada una de ellas con ricas proliferaciones. La primera, “El ciego en su laberinto”, se subdivide a su vez en tres: “ars moriendi”, “prosas crepusculares” y “tres historias sagradas tras una introducción”. Entre los poemas de la inicial, todos de llamativa extensión, figuran “Residencia geriátrica”, cuyo sujeto lírico es un anciano con el pie ya en el estribo, y “Cumpleaños”, con el que el autor evoca un viaje a la Alta Extremadura donde el poeta vio la luz (¿también la última?). Verso y prosa alternan después, con similar perfección, la segunda más apta para evocaciones  telúricas, como: ”Y resucitan, nítidos en lo oscuro, aquellos pueblos, sus inviernos… Nieblas impenetrables que impedían el ascenso del humo y atosigaban ojos, zaguanes, doblados…Cestos de enea llenos a revenar de aceitunas verdinegras…” (pág. 53), siempre bajo los ojos vigilantes de la madre amorosa. Hasta culminar en la paráfrasis lírica, un punto burlona, de tres historias bíblicas terribles, relacionadas con la muerte: la de Caín y Abel; el sacrificio de Isaac, suspendido en el último instante, y el de la hija de Jefté, incomprensiblemente consumado.

El cuaderno segundo, “levedad de la síntesis”, lleva un inconfundible subtítulo: “33 sonetos ocasionales”. Según la acotación oportuna, los fue componiendo el poeta entre los años 1965-2011.  Han sido seleccionados entre los varios centenares que el autor ha escrito durante ese periodo, “las más de las veces sin otra pretensión que un mero ejercicio de adiestramiento en el dominio de la síntesis conceptual y en el rigor de la versificación y la cadencia”, se nos dice en los preliminares (pág. 87). Reconozcamos, dada la calidad del producto, que el aprendizaje fue sumamente fructífero. Cumplen a la perfección el consejo de Horacio, en la Epístola a los Pisones (y volvemos a lo del clasicismo de Jiménez, tan amante él de Garcilaso): Non satis est pulchra ese poemata; dulcia sunto/et quocumque volent animum auditoris agunto. (No basta con que sean bellos los poemas; han de ser atractivos y capaces de llevar el ánimo del oyente adonde quieran).

Dotado de una fuerte personalidad y honda cultura, espíritu libre y atrevido, iconoclasta en no pocas ocasiones, ética y estéticamente riguroso, Pablo Jiménez es un escritor que suscribe sin pretender epatarnos el vero de Vallejo: En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.

“Qui potest capere, capiat”. O, lo que es lo mismo, “ahí queda eso”.

 

Pablo Jiménez, Ars moriendi. Madrid, Beturia, 2015.

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PEDRO DE VALENCIA
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Manuel Pecellín | 22-07-2016 | 09:21| 0

 

 

A comienzos de los noventa del pasado siglo, se puso en marcha el rescate editorial de Pedro de Valencia (Zafra, 1555- Madrid, 1620), como parte de un ambicioso programa, universitario e interdisciplinar: permitir a los lectores contemporáneos el acceso a las grandes figuras del Humanismo renacentista español. Fue la apuesta de Gaspar Morocho, catedrático de Griego en la Universidad de León, que supo rodearse de excelentes colaboradores, colegas de claustro unos, reputados investigadores de otros centros los demás. Tras el fallecimiento prematuro del inolvidable Dr. Morocho (2002), tan vinculado afectiva e intelectualmente a Extremadura, los también profesores Jesús Paniagua Pérez y Jesús María Nieto Ibáñez han proseguido con toda fidelidad los proyectos de aquél. Son ya 38 los volúmenes que conforman la colección destinada a albergar textos y estudios del Humanismo hispano y, por lo que a Pedro de Valencia dice, finis coronat opus.

En efecto, con este volumen concluye la edición de las  Obras Completas del polifacético zafrense, una larga decena de quien en vida sólo vio publicada la famosa Academica, sive iudicium erga verum, especie de historia de la Filosofía, seguramente menos importante hoy que tantos trabajos  suyos de carácter sociopolítico. Numerado con el primero de nuestros dígitos, last but non least, este tomo  tiene un alcance propedéutico y, como tal, ha de convertirse en excelente ayuda para acceder al conocimiento del cultísimo segedano (jurista, traductor, hermeneuta bíblico, historiador, crítico, sociólogo avant lettre, filósofo, teólogo … y tantas cosas más).

Tras el saludo de los editores, nos encontramos con el preliminar que suscribe Juan Gil, maestro de maestros y cuya lectura es del todo recomendable. Con esa combinación típica de sabiduría y sencillez, va ponderando las grandes consecuciones intelectuales (también algunas sombras) del máximo discípulo de Arias Montano. La oposición que sentía a publicar sus propios escritos la atribuye Gil al temor de desencadenar enojosas y temibles polémicas, consciente como fue el de Zafra de que sus opiniones se separaban a menudo de las sostenidas por los más próximos al Poder (jesuitas incluidos). Gil encomia justamente el sentido común de Valencia al abordar tan lúcidamente asuntos como la brujería, la ociosidad de los nobles, la necesidad de tierras para los campesinos pobres, el excesivo número de clérigos y funcionarios, los defectos de la enseñanza universitaria, la expulsión de los moriscos (a la que se opuso), la mala administración, la intolerable subida del precio del trigo y de los impuestos reales, el despoblamiento de la metrópoli, las guerras injustificadas, etc., etc.

A continuación, Jesús Paradinas, que ha poco dio a luz el libro Humanidades y economía. El pensamiento socioeconómico de Pedro de Valencia (Huelva, Universidad, 2014), establece el listado de las obras que del extremeño se conservan manuscritas (ya prácticamente todas editadas), ordenándolas alfabéticamente e indica los lugares donde se guardan. Jesús M. Nieto Ibáñez concluye esta primera parte con la bibliografía sobre Pedro de Valencia.

Pero lo sustancial es la reproducción de los estudios que Gaspar Morocho, en cuyo homenaje se publica, fue escribiendo en torno a la personalidad y las enseñanzas del zafrense. Muchos de tales trabajos vieron la luz en Extremadura, hasta donde el comentarista se desplazaba con frecuencia para contribuir con su indiscutible sapiencia y bonhomía a cursos, congresos, jornadas, etc. centrados en los grandes humanistas naturales de nuestra Región. El periódico HOY (para el que compuso el nº 10 de la serie “Personajes Extremeños”);  la Revista de Estudios Extremeños  (donde tuve el honor de sacarle el artículo “El testamento de Pedro de Valencia, humanista y cronista de Indias”, 1988-I); los volúmenes de la R. Academia de Extremadura con las Actas de los Congresos sobre el Humanismo en Extremadura celebrados por dicha Institución (especial recuerdo aquí a sus principales organizadores, Mariano Encomienda y Manuel Terrón Albarrán) y, claro está, las aportaciones de Morocho a diferentes volúmenes de las Obras Completas del humanista, constituyen el grueso del libro.

 

Pedro de Valencia, Obras Completas, tomo I. Introducción general, fuentes y estudios. León, Universidad, 2015.

 

 

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MANANTIAL SERENO
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Manuel Pecellín | 21-07-2016 | 18:18| 0

Como tantos poetas por todos reconocidos en la Historia de la Literatura, desde el nebuloso Homero a Miguel Hernández o nuestros  Manuel Pacheco, Luis Álvarez Lencero, Félix Grande, José Antonio Zambrano y tantos otros, Plácido Ramírez no ha cursado estudios superiores, no ha pasado por la Universidad, no tiene graduación académica reconocida. Es, puede decirse, un escritor autodidacta, forjado a base de lecturas; participaciones en encuentros,  jornadas,  exposiciones, talleres, congresos, debates, tertulias (¡la pacense Página 72!), presentaciones de y sobre libros, colaboración en revistas literarias y otras actividades del género, donde es habitual su figura amable y humilde, con sempiterna sonrisa.

Nacido en Puebla de la Reina (1955), tuvo que emigrar con sólo ocho años a Madrid, donde estaba su padre, gravemente enfermo tras emigrar a Alemania. Hace el bachillerato en el I.T. Nazaret y comienza con quince años una larga carrera laboral, fundamentalmente como soldador. Miembro de CC.OO., fue uno de los delegados sindicalistas más jóvenes del país. Participa junto a  los militantes extremeños del “cinturón rojo” de la capital española (fundó la casa de Extremadura de Leganés), luchando por la democratización de España y la puesta al día del terruño nativo. A éste volvió el año 1983, afincándose en Badajoz. Desde entonces, no ha dejado de tomar parte en actividades culturales innúmeras, a la vez que ha ido forjando una obra poética cada día consistente, a pesar de sufrir dolorosas enfermedades.

Entre sus poemarios cabe recordar Vereda (1982), Añoranzas (1991),  Camino de luz, sombra y silencio (1994), Escritos al amor de la noche (1997), Al sur de la melancolía (2003), Ensayo de la metáfora (2006) y Diario azul del titiritero (2011). Con esta obra última se asienta la escritura, cada vez más acertada, del poeta, que ese mismo año obtuvo una beca de la creación literaria concedida por la Junta de Extremadura para el libro Este lugar al sol donde escribir, aún inédito.

Cuaderno de la luz dormida aparece con un amplio preliminar de Juanma Cardoso. El prologuista, que conoce bien al poeta, destaca los rasgos principales de su personalidad y los valores relevantes en este conjunto de 38 poemas, de concisa factura y versos libres (algunos asonantados). Vienen desde muy atrás, pulidos e incrementados desde que, llamándose Cuaderno de la ausencia, obtuvo en Barcelona (2006) el 2º Premio “José Agustín Goytisolo” y, poco después, quedase entre los finalistas del Premio Ciudad de Badajoz el año 2008, al que se presentaron 232 originales. Cardoso insiste, y estoy muy conforme, en que la pluma de Ramírez, como la de D. Antonio Machado, se nutre en manantial sereno, sin gritos ni estridencias, incluso al incidir en las cuestiones más sangrantes, lo que no le resta un ápice de hondura. Y, si es cierto el apunte del prologuista sobre la claridad del lenguaje aquí utilizado, se puede discutir su insistencia en la “sencillez” del libro. Esa equívoca “naturalidad”  que se percibe en todas las composiciones es más bien fruto del trabajo, labor de lima, rumia lenta, que conduce a la depurar la expresión, sin caer forzosamente en forzados discursos crípticos. Pero la riqueza de imágenes, metáforas, sinestesias, alegorías, evocaciones, guiños, citas (J.A. Goytisolo, Caballero Bonald, Gonzalo Rojas, Carlos Bousoño) y, sobre todo, el bien cuidado ritmo que se perciben por doquier, no son fruto del azar, ni dádivas de las musas.

Con estilizados dibujos que suscriben Juan Fernández  Pinilla y Darío Domínguez, el libro es ante todo un canto a la amada, aunque no falten evocaciones infantiles, alusión a la diáspora migratoria o el eco del grito de los desamparados sociales. Si la poesía se realza cantando cosas humildes, según enseña en Los trabajos de Persiles y Segismunda el ahora tan recordado Cervantes, la de Ramírez Carrillo puede optar con todas las de la ley a tal distinción. Y lo bueno es que cada una de sus entregas mejora las anteriores.

 

Plácido Ramírez Carrillo, Cuaderno de la luz dormida. Madrid, Beturia, 2016.

 

 

 

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AMARGA CENA
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Manuel Pecellín | 02-07-2016 | 07:31| 0

 

Que una novela con apenas medio centenar de páginas pueda erigirse en un

vitriólico retrato de toda una época, la de la burguesía británica decimonónica, sólo

estuvo al alcance de plumas muy privilegiadas, como la de William Makepeace

Thackeray (Calcuta, 1811 - Londres 1863). Aunque nacido en la India, se educó en

Londres y Cambridge. Por razones de estudio o trabajo (heredó una gran fortuna),

conoció también Francia y Estados Unidos, convirtiéndose pronto en un fecundo

escritor. Con Charles Dickens, se erigirá en la gran dupla del realismo inglés. Tres

características fundamentales distinguen sus obras: habilidad en el retrato de los

personajes (banqueros, políticos, periodistas, comerciantes, funcionarios,

abogados, cocineros, mayordomos, amas de casa, señoritas, canosas abuelas, etc.);

brillantez en la composición de los argumentos y un humor corrosivo (quizás hoy

más próximo a la ironía que a la risa).

Así se percibe en este relato corto, excelentemente traducido por Ángeles de los

Santos y editado en Periférica, que ya publicase (2014) otro texto de Thackerary,

La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty. Las dos novelas más

prestigiosas del autor son La feria de las vanidades (libro por entregas

protagonizada por Becky Sharp, una arribista sin escrúpulos) y Barry Lyndon

(historia de un granjero irlandés, llevada al cine por Stanley Kubrick).

Berlanga o Buñuel habrían sido idóneos para hacerlo con Una cena en casa de los

Timmins. Los comensales convocados por la señora Timmins en su casa de Lilliput

Street, callejita próxima Hyde Park, habría permitido grandes juegos a los dos

directores españoles. Parienta del conde Bungay, esposa de un abogado

complaciente, mujer bastante simple, la dama se empeñó en organizar una comida

donde lucir que también su familia merece figurar entre el encopetado señorío de

la alta burguesía londinense. Ningún sacrificio le parecerá poco para lograr el

éxito. Sólo que no ha tenido en cuenta las pocas posibilidades, ni siquiera las

económicas, que en verdad le asisten para quedar bien ante tan ácidos invitados,

una veintena (en el salón sólo caben cómodamente diez) de supuestos “amigos”,

que despellejarán a los Timmins sin piedad alguna. Servicios, cocineros y maître

contratados en búsqueda de mayor lucidez, contribuirán bien poco al lucimiento

proyectado. Para colmo, un cúmulo de azares convergen en arruinar la velada

(incluso la lámpara del comedor se vino abajo)… y la propia economía familiar. El

lector lo intuye desde las primeras páginas y asiste desolado al desarrollo de los

acontecimientos, por otra parte previsibles, con más compasión que risas ante

tamaña desmesura.

Enorme sátira de la sociedad capitalista (Inglaterra fue la cuna), la obra no ha

perdido vigencia, seguramente porque en el Occidente rico (quizás no tanto como

nos creemos sus privilegiados detentadores), las figuras de míster y lady Timmins,

en lugar de desaparecer, se han multiplicado por todas partes. Puede que incluso

nosotros mismos los encarnemos total o parcialmente. Tampoco resulta difícil

localizar paradigmas de sus sardónicos invitados. La novela retrata un mundo

todavía, por desgracia, bien vigente. Es lo que consiguen los grandes de la

literatura: hacer que sus escritos se conviertan en ucrónicos y atraigan de la misma

forma a hombres y mujeres de cualquier época. Esa es la virtud de los clásicos.

 

William M. Tackeray, Una cena en casa de los Timmins. Cáceres, Periférica, 2016

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EULALIA DE MÉRIDA
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Manuel Pecellín | 25-06-2016 | 08:37| 0

 

 

Catedrático de Literatura, Serrano Carijo (Valladolid, 1942) ejerció la docencia, hasta su jubilación, en diferentes Institutos de Segunda Enseñanza.  Ha publicado un buen número de obras, entre las que cabe recordar Un paseo bajo la media luna. Almuñécar islámica (2007, 20013), La corte del Parnaso. Doce paseos literarios por Madrid (2007) o El humanismo en Andalucía (1492-1598) (2009). Como buen germanista, tiene en alemán, junto con Rolf Neuhaus , otros títulos sobre poetas españoles, con especial atención a los andalusíes.

Fue sin duda su estancia docente en Mérida lo que lo indujo a interesarse por la figura más famosa de la ciudad, la virgen Eulalia, joven patricia muerta  durante la dominación  romana (comienzos del siglo IV) y pronto convertida en uno de los grandes mitos del martirologio cristiano. El volumen a ella dedicado (362 páginas), con tanta documentación como lucidez y claridad expositiva, consta de dos partes: un estudio de los  principales textos que diferentes autores han ido componiendo a lo largo de los siglos con la santa (Eulalia, Olalla,  Oria, Eulária) como protagonista y la reedición crítica de todos ellos, vertidos al castellano los compuestos originariamente en latín. Federico García Lorca es la voz donde confluye esta tradición lírica, que en la pluma del andaluz alcanzará una de las máximas cumbres de la literatura. A él se le dedica lo sustancial del libro.

Es Prudencio quien inaugura la serie con el excelente Hymnus in honorem passionis Eulaliae Beatissimae Martyris (sea suyo o no el título). Serrano lo reproduce según la traducción realizada por A.M. Cayuela, jesuita que se propuso verter en endecasílabos blancos los pentásticos del de Calahorra. Sus dos largos centenares de versos se incluyen en el Peristéfanon , como un cálido  homenaje a “la que habla bien” (significado griego de “Eulalia”). Serrano lo tiene por un poema épico martirial, cuyos entresijos, recursos  e influencias literarias desmenuza sabiamente.

-El mismo tratamiento da a la Pasión de la santa y beatísima Eulalia, virgen y mártir de Cristo, torturada en la ciudad de Mérida bajo el legado de Calpurniano cuatro días antes de los idus de diciembre, redactada originalmente en latín el siglo VII y vertida al español por el propio Serrano.

-Fray Luis de Granada, que en sus días anduvo por Badajoz, dedicaría también a la mártir un atractivo texto en la obra De la introducción del símbolo de la fe, siendo la emeritense la protagonista del Aucto de Santa Eulalia. Este segundo se toma de la Colección de Autos, Farsas y Coloquios del Siglo XVI, preparada por Leo Rounet, si bien se la limpia de sus no escasos errores gramaticales y métricos.

Ahora bien, según dije, es Lorca quien ocupa la mayor parte del libro. Serrano, que recoge también ecos de la santita por tierras de Asturias (en bable)  o Cataluña (atención a la supuesta segunda mártir homónima) y de los numerosos escritores emeritenses con poemas a Santa Eulalia (ninguno como Rafael Rufino Félix), no oculta su admiración por el genial granadino. Estudia especialmente la génesis y alcances del Romancero gitano, la obra (“putrefacta”, según Dalí) donde Lorca incluye el “Poema de Santa Olalla”, aparecido antes exento en la Revista de Occidente (1928), de donde aquí se transcribe, anotando las futuras variantes de la edición princeps. El análisis que  se hace de estos 74 versos, cima de la poética lorquiana, es sencillamente magistral.

Dedicado a los alumnos del IES de Santa Eulalia de Mérida,  cierra el libro un conjunto de apéndices (10), el último con la selecta bibliografía.

 

Jesús Serrano Garijo, De vírgenes, verdugos y poetas. El martirio de Santa Eulalia de Prudencio a García Lorca. Granada, Editorial Alhulia, 2014.

 

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EN EL OESTE EXTREMEÑO
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Manuel Pecellín | 18-06-2016 | 08:36| 0

 

 

Parafraseando a J. Ramón Jiménez (Ningún libro verdadero se ha escrito nunca “como libro”), Pureza advierte en la entradilla que tampoco este su discurso de ingreso en la R. Academia de Extremadura  se compuso originariamente como pieza oratoria. En efecto, y según  también decidieron otros que la han precedido (Eduardo Naranjo, Gerardo Ayala, Luis de Llera ), la autora ha escrito un auténtico ensayo, de donde extraería después la  alocución que dirigiese ante el largo centenar de personas concitadas en el Salón de Actos de dicha Institución para acompañar a la recipiendaria.  Habían sostenido su candidatura Miguel del Barco, Antonio Gallego  y Feliciano Correa. Es la tercera mujer elegida recientemente para formar parte de la Academia extremeña, junto con Carmen Fernández-Daza y María Jesús Viguera Molins. Políticos, familiares, paisanos, académ icos y, sobre todo, un notable número de poetas siguieron con perceptible admiración las profundas reflexiones de esta mujer menuda, dinámica y exigente.

Nacida en Moraleja, al oeste de la  Extremadura que Jálama distingue, Pureza Canelo irrumpió  muy joven en el panorama poético español al obtener el Premio Adonais 1970, galardón concedido tradicionalmente a poetas masculinos. Durante los años 1975-1983 dirige el  Departamento de Actividades Culturales Interfacultativas de la Universidad Autónoma de Madrid en la que crea el Club de Escritores Universitarios .  E1 1977 funda  en Moraleja el Aula de Cultura y Biblioteca Pública, que hoy luce su nombre. En 1975 obtuvo una Beca Juan March para la creación poética y en 1982 disfruta de una beca similar otorgada por el Ministerio de Cultura. Coordina en 1993 la celebración nacional del Medio Siglo de la Colección Adonais, así como el I Centenario del poeta Gerardo Diego en 1996. Ha sido galardonada con los premios de poesía «Juan Ramón Jiménez» (1980) del Instituto Nacional del Libro Español y «Ciudad de Salamanca» (1998). Ha sido traducida a varios idiomas y con amplitud al inglés y al alemán e incluida en destacadas antologías de ámbito nacional e internacional. Impulsora de colecciones poéticas desde mediados de los setenta, dedica un tiempo importante a la gestión de actividades en el ámbito de la comunidad científica y universitaria. Desde 1999 es Directora Gerente de la Fundación Gerardo Diego, que refundó ese mismo año junto con Elena Diego. En 2009 la Unión de Bibliófilos Extremeños le dedicó el Homenaje del Día del Bibliófilo en la ciudad de Almendralejo y con este motivo se publica en torno a su obra el volumen Esfera Poesía. Su libro Dulce nadie recibe el Premio de Poesía Francisco de Quevedo, de la Villa de Madrid 2009. En 2011 se le otorga el XV Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja por A todo no lo amado.

Entre sus títulos más destacados figuran Celda verde (1971), Lugar común (1971, El barco de agua (1974), Habitable (Primera poética) (1979), Tendido verso (Segunda poética) (1986), Pasión inédita (1990), Moraleja (1995), No escribir (1999), Dulce nadie (2008), Poética y Poesía (2008), Cuatro poéticas (2011), A todo lo no amado (2011) y Oeste (2013).

Alguien que ha vivido por y para la poesía, tiene lógicamente mucho que decir sobre  el hecho literario. En su tan brillante como hondo discurso, la ya académica numeraria desarrolló las claves que definen su quehacer poético.  Oeste en mi poesía propone un lúcido recorrido a través de sus obras, bajo el prisma de poemas marcados por el signo de los propios orígenes: simbología del agro, biografía unida a la naturaleza, y en todo ello la reflexión metapoética con una lectura de la ruralidad desde el S. XXI, ajena completamente al neocostumbrismo. En el discurso fue  comentando una selección de textos poéticos que reflejan su historia humana, entrelazada al lugar de nacimiento y la influencia del medio, con un recordatorio a la cultura de costumbres y artes desaparecidas, y con suave guiño a la antropología, fuente de conocimiento. Este espacio de creación literaria está escasamente transitado en la poesía española contemporánea.

Le contestó Antonio Gallego, quien, con enorme erudición y absoluto conocimiento de la poesía de la ya numeraria, vino a confirmar la plena vinculación de la escritora con el  Oeste donde vio la primera luz. Para demostrarlo, hace  especial hincapié en algunos de los “poemas reversibles” de Pureza Canelo analizándolos con singular brillantez.

Completa la edición la bibliografía de  y sobre  la nueva académica, elaborada por José Manuel Fuentes.

 

Pureza Canelo, Oeste en mi poesía. Trujilllo, Real Academia de Extremadura, 2016

 

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RITOS DE PASO
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Manuel Pecellín | 11-06-2016 | 12:06| 0

 

La historia de los pueblos (sus instituciones, usos y costumbres, ideas o creencias, modelos de producción y distribución, regímenes de vida, etc.) conocen a menudo cambios radicales, transiciones lentas o vertiginosas que dan origen a etapas o periodos históricos nuevos. Otro tanto ocurre con las personas individuales, según gusta a los antropólogos mostrar en los “ritos de paso”. Genotipo y fenotipo vuelven a sostener posible comparación.

Es lo que hace Vicente Valero (Ibiza, 1963) en Las Transiciones, recién editada por Periférica. La editorial cacereña, que ahora cumple dos lustros desde su creación, ya había publicado otros dos títulos del prestigioso escritor ibicenco: Los extraños (2014) y El arte de la fuga (2015), libro de relatos con el que obtuvo general reconocimiento. Anuncia también la próxima edición del ensayo biográfico Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, 1932-33, que Valero dedicase el año 2001 al infeliz filósofo alemán, cuya parcial correspondencia recogería en Cartas de la época de Ibiza (2008).

Entre las muchas transiciones que los españoles contemporáneos hemos podido gozar o padecer, no sin haber llamado la atención en el mundo entero, sobresale la que el país hubo de experimentar entre la muerte de Franco y la sustitución de su larga dictadura por una democracia homóloga a la de las naciones occidentales. Si dicho tránsito encuentra hoy no pocos críticos, desde actitudes conservadoras o revolucionarias, fue sin duda un éxito político, para cuyo logro hubo que renunciar, desde la derecha y la izquierda, a tesis obstinadamente defendidas durante varias generaciones. (“Y sin que nadie nos pidiese ni perdón”, solía matizar mi querido Ricardo Sosa).

Valero propone en la novela una re-visión de ese proceso, de la forma en que lo pudo encarnar, en un territorio inundado ya por el turismo, la gente de la calle, de distintas edades, sexo y condición, desde sesudos empresarios a inquietos adolescentes. Para componer ese cuadro sociológico, adopta un recurso literario siempre eficaz: el narrador, niño de escuela al morir Franco, evoca las vicisitudes existenciales sustentadas por sus compañeros de aula y la de los familiares, novietas, profesores y amigos que los cuidaban. Acaba de fallecer, segado por la droga y el alcohol, el más rebelde de todos. A su funeral acuden los viejos conocidos y, según los saluda (o no) en la misma iglesia o tras las ineludibles libaciones posteriores, acuden a la memoria cómo eran entonces; de qué modo participaron (o no) en los procesos de cambio y qué ha venido a ser cada uno hasta el día de hoy. Protagonistas sobresalientes son el finado y su entrañable abuelo, D. Alfonso, de quien se narran dos curiosos encuentros con Franco (antes y después de la guerra civil); las consecuencias de los mismos y su furiosa reacción al escuchar por TV la muerte del general.

Con todo, el mayor interés de esta novela corta (116 páginas) es sin duda su atractivo literario. La prosa de Valero, que escribe casi sin solución de continuidad, marcando en cursivas, dentro del discurso, los mínimos diálogos y reduciendo los puntos a la conclusión de cada capítulo (cinco), resulta cristalina, musical, sin apenas decaimientos (tal vez la repetición de algunos términos próximos). Se puede sostenerde esta obra lo que dijese Santiago Aizarna en el Diario Vasco a propósito de  El arte de la fuga: “La escritura de Valero rezuma sabiduría, sensibilidad y encanto y admira por su virtuosismo en el lenguaje”.

Vicente Valero, Transiciones. Cáceres, Periférica, 2016.

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CRÍMENES ENTRE CEPAS
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Manuel Pecellín | 01-06-2016 | 19:02| 0

 

Susana Martín (Sevilla, 1981) creó en Más que cuerpos un personaje extraordinariamente

atractivo, la oficial de policía Annika Kunde, que protagonizó también Desde la eternidad y

vuelve a hacerlo con Vino y pólvora. La escritora andaluza, estrechamente vinculada a Mérida,

donde ha trabajado como Directora General del Instituto de la Juventud de Extremadura, va

componiendo así una saga cada vez más convincente. Las tres entregas desarrollan otras

tantas intrigas criminales, que Annika logra resolver con sagacidad, en tanto a su alrededor se

teje otras tramas secundarias, aunque no menos inquietantes.

Ella misma ha sufrido desde muy joven trágicos acontecimientos, que la marcarán para

siempre. Según va desvelándose a cuentagotas, en su Namibia natal se salvó casi por milagro

de una masacre entre tribus. Ahora, con treinta y cinco años, trabaja en la comisaría de

Mérida, donde su color negro y grandes atractivos personales no dejan de producir

admiración, acaso también recelosas envidias, fruto éstas de actitudes machistas y xenófobas.

Por lo demás, los sufrimientos sufridos la hacen especialmente sensible al sufrimiento de los

grupos marginales, díganse gitanos, emigrantes, huérfanos y otros desheredados de la fortuna.

Annika tendrá que enfrentarse esta vez a un nuevo crimen. Cierto empresario de

Almendralejo, famoso en el mundo del vino, aparece muerto violentamente su casona de

Torremejía (sí, allí donde Cela sitúa La familia de Pascual Duarte). Al mismo tiempo, se

denuncia ante la policía la desaparición de cierta adolescente rumana, cuyos familiares

trabajan como vendimiadores (mal pagados), hasta que también abandonan repentinamente

el campamento donde hasta entonces malviven. ¿Existe alguna relación entre ambas

Para descifrar el enigma, Kunde no puede contar en esta ocasión con su compañero Bruno,

que se fue a Italia tratando de resolver otra madeja: sus orígenes familiares lo conducen

directamente a un poderoso capo de la Camorra. Es el segundo plano de esta novela negra,

cuyo discurso narrativo bascula así entre Nápoles y Extremadura (amén de los breves excursos

por territorios surafricanos). A la postre, las páginas sobre la mafia terminarán imponiéndose a

las del núcleo policíaco español.

La estructura de la obra recuerda el discurso del cine de acción. Como se encadenan los

fotogramas que trepidan, se suceden aquí los pasajes múltiples que componen la novela,

transitándose a veloz ritmo de un escenario a otro. Muchos de ellos los protagonizan

personajes secundarios, casi todos ya conocidos por los libros anteriores, junto a otros

nuevos, entre los que destacan los dos hermanos mafiosos (Fulvio y Giacomo). La descripción

de las poblaciones donde tienen lugar los acontecimientos (Nápoles o Capri en la península

itálica; Sevilla, Montijo, Torremejía y, más que ninguna, Mérida, ocupan atractivos espacios.

La autora se muestra convincentemente informada de cuanto allí ocurre , sobre todo lo

relacionado con el cada vez más complejo mundo del vino: plantaciones, recolección, lagares,

bodegas, cooperativas, estudios enológicos, propaganda, financiación y comercio de los

caldos. El epílogo de gratitudes recoge la que debe a importantes firmas y personalidades

extremeñas del sector, junto a las cuales se ha asesorada.

Susana Martín conduce hábilmente a los lectores por las diversas tramas, urdidas con sabia

distribución del suspense, hasta el imprevisto desenlace (al menos parcial: ha dejado

posibilidades para entregas futuras). En Vino y pólvora la calidad de su prosa supera de modo

bien perceptible la de las anteriores. Sólo alguna caída (por ejemplo, confundir el “por que”

final con la conjunción causal “porque”) empaña mínimamente un estilo cada vez más

cuidado, ágil, seguro y propio. La obra genera interés desde el principio, manteniéndolo hasta

el final de sus casi cuatrocientas páginas.

 

Susana Martín Gijón, Vino y pólvora. Sevilla, Anantes, 2016.

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