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Recuerdo a Gerardo Diego
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redaccion-hoy | 09-06-2008 | 10:16| 0

Con una arquitectura tan planificada como una pieza para orquesta, ’Manual de Espumas’ tiene el mar como leit motiv

Profesor de Literatura Española en la UEx, José Luis Bernal (Cáceres, 1959) era seguramente la persona más indicada para escribir este análisis de una de las grandes obras de Gerardo Diego, ‘Manual de espumas’. Su estudio viene avalado con VII Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria 2007, galardón que le concediese un jurado constituido por los doctores Ricardo Senabre (Universidad de Salamanca), María del Pilar Palomo (Universidad Complutense), Cristóbal Cuevas (Universidad de Málaga), Antonio Sánchez Triguero (Universidad de Granada) y Javier Díez de Revenga (Universidad de Murcia). El investigador extremeño, también poeta en años juveniles, siente singularísimo interés por las vanguardias del pasado siglo y tiene dedicadas al de Santander numerosas labores. De esta gran figura del Veintisiete, a la que no todos han hecho justicia, ha reeditado las obras ‘Imagen’, ‘Soria sucedida’, ‘Prosa literaria’ y la correspondencia que sostuvo con sus compañeros de generación Pedro Salinas y Jorge Guillén. De Bernal son asimismo las monografías ‘La biografía ultraísta de Gerardo Diego’ y el ‘Estudio bibliográfico de Gerardo Diego’.

‘Manual de espumas. La plenitud creacionista de Gerardo Diego’ es libro estructurado en dos partes bien diferentes. La segunda reproduce facsímiles, con la no imprescindible trascripción, diez poemas de la obra . Su autor los había hecho llegar manuscritos a Juan Larrea, con quien le unía estrecha amistad y no pocas complicidades literarias. En la primera parte, el autor establece el contexto cultural en que fue generándose, lentamente, el libro, que tuvo una publicación algo tardía (1924). Sopesa lo que supuso en la biografía poética del Gerardo aún joven y no poco dubitativo, aunque ya volcado hacia la estética creacionista. Recoge las reacciones, no siempre unánimes de la crítica (fue cálida la de Antonio Machado). Define los rasgos más sobresalientes de ‘Manualde Espumas’, comenzando por su título plurisignificativo y, sobre todo, analiza detalladamente cada uno de los treinta poemas que lo componen, señalando filiaciones y coherencias metafóricas, para concluir: «Si hemos considerado ‘Manual de espumas’ como libro emblemático de la plenitud creacionista del poeta, habrá que convenir en que dicho libro trasciende los límites estrictos de la vanguardia histórica que lo alienta y en los que nace, para convertirse en un hito determinante de la nueva poesía de su tiempo, acordado indefectiblemente con la tradición más granada y con la voz de sus contemporáneos» (pág. 125).

Bernal explica, apoyándose en una documentación abrumadora, la versátil musa del santanderino, capaz de acoger en sus versos tanto la tradición más clásica, como las directrices de las estéticas que las vanguardias europeas (no sólo literarias, sino también pictóricas y musicales) desarrollaban en aquellos extraordinarios años veinte del pasado siglo. El ensayista busca procedencias, huellas y homenajes que, sin menoscabo de la originalidad del libro, pueden localizarse en ‘Memorial de Espumas’. Sabia conjunción de trabajos variados, si no antagónicos, según feliz expresión de Bernal, el libro no oculta, por un lado, las huellas de Lope, aunque sea fiel a las intuiciones creacionistas que ya entonces embargaban al poeta entusiasmado con Vicente Huidobro. Por lo demás, Gerardo conoce y valora el cubismo de Juan Gris o las composiciones de Debussy, cuya plasmación lírica persigue, sin renunciar a la admiración por los ritmos musicales de Bécquer y Rubén Darío.

Con una arquitectura tan planificada como una pieza para orquesta,’ Manual de Espumas’ tiene el mar (Cantábrico) como leit-motiv generador. Ese mar, genialmente cantado por Valéry, y sus múltiples irradiaciones metafóricas, constituye un elemento formidable para el creacionista que persigue crear una realidad poética, intraducible a ninguna clase de prosa y para cuya consecución ser servirá de la pura palabra, claro es, pero igualmente de los juegos tipográficos (versos blancos, desplazados, espacios no escritos y otros recursos próximos a la pintura), de los que ya había no escasa tradición.

Por último, recordemos que José Luis Bernal, ex-presidente de la Unión de Bibliófilos Extremeños, estudioso como ha sido de la producción de Francisco Valdés, no olvida evocar la lúcida lectura que el exquisito escritor dombenitense hiciera de la obra de Gerardo.

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Antihéroes y tiempos mejores
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redaccion-hoy | 02-06-2008 | 09:13| 0

Estos relatos cortos desarrollan una extraordinaria fuerza plástica que nos hace compartir los ambientes con los personajes

La recién fundada editorial cacereña inaugura con esta obra su colección de narrativa, que dirige Jesús María Gómez y Flores. Lo hace, a mi entender, muy acertadamente no sólo por el bien cuidado aspecto formal de la publicación (impresa en Tomás Rodríguez, con ilustraciones de María Adela Cornejo), sino por la calidad del libro seleccionado para abrir la serie. Según leemos, la escritora Mila García (Cáceres, 1962) es licenciada en Filología Hispánica y ejerce como profesora de enseñanza Secundaria. Guionista de cortometrajes y documentales (‘El beso de las ánimas’, ‘Las últimas lavanderas’, ‘Pasar la Raya’, ‘La mirada perdida’ y ‘Apátridas’), fue becada por la Junta de Extremadura con una Beca a la Creación (1997). Algunas de sus narraciones cortas le han hecho triunfar o quedar finalistas en respectivos certámenes. Tres de ellas están incluidas en la presente entrega: ‘La vocación de Annie Hope’, que abre el conjunto, fue premio de literatura breve Villa de Mislata 1992; ‘Elvis ha muerto’ llegó a la final del II Premio NH de relatos, como lo hiciese en el Premio Coria de Cuentos y Narraciones Breves 1998, convocado por la Diputación cacereña, el relato que da título al volumen, ‘Retratos del amor en sombra’. Otras cinco más (echamos de menos un índice) componen este valioso conjunto de ocho piezas, todas cuidadosamente elaboradas y con no pocos elementos comunes, aunque nada tengan que ver unas con otras desde el punto de vista temático. Las protagonistas, pues casi todos los personajes son de sexo femenino, se incluyen grupo de los antihéroes, cuando no de las personas social y/o familiarmente marginadas. Para rehuir el duro presente que atraviesan (ancianidad, abandonos, enfermedades, soledad, accidentes, dipsomanía, fallecimiento del ser querido… según los casos) se refugian en la memoria de tiempos mejores o imaginan situaciones agradables que en verdad nunca llegaron a vivir. Porque «la vida gasta a menudo pesadas bromas y nos confunde con sucesivos rostros que se superponen hasta borrar la imagen con la que aprendimos a identificarnos» (pág. 31), según alguien evoca la separación de sus padre: ella, presidenta del club de fans y enamorada del mítico rockero, cuyas canciones abren y cierran el relato; él, parecido al gran Elvis, de quien siempre estuvo celoso por la pasión que despertaba en la mujer.

Escritas en excelente prosa, donde sólo chirrían no pocos laísmos y leísmos –algunos permisibles por aludir a personas, equívocos otros– , la ocho narraciones poseen notable intensidad, un alto voltaje lírico que seduce al lector, sorprendido en no pocas de ellas por el escorzo último con el que se resuelven de modo inesperado. No sé si como fruto de la especialización de la autora en producciones televisivas, lo cierto es que estos relatos cortos, desarrollan una extraordinaria fuerza plástica, que nos conduce y hace compartir de manera ineludible los ambientes, situaciones y circunstancias por donde discurren los personajes. Y, aunque no se ahorren momentos de rotundo tremendismo, se desprende un aire de ternura, compasión o piedad que nos hace forzosamente cómplices de la Annie Hope, la supuesta prostituta cantada por el jazzista; solidarizarnos con la enferma que declara «comparto el lecho con el padre de mis hijos, pero soy inabordable a sus manos» (pág. 13); apiadarnos de la solterona obstinada en la sensación de ser Marilyn o irnos a aquella ciudad de provincias por saludar a la anciana amnésica que mantiene vivo el recuerdo de su primer amor. La obra termina con ‘Jerónimo’, viudo de otra prostituta, madre de cuatro hijos ajenos, a la que desposó enamorado, si bien ella decide poco después abandonarlo y volver a las esquinas, por más que reconoce la bondad del esposo. Éste sólo encontrará ya consuelo en la ginebra (y no la del lago). En resumen, un libro excelente para abrir editorial y colección.

Título: Retratos del amor en la sombra
Autor: Mila García García
Lugar: Norbanova. Cáceres, 2008

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Evocación de la Extremadura rural
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redaccion-hoy | 26-05-2008 | 11:47| 0

Chamorro sigue fiel a una escritura próxima al realismo social, aunque en ocasiones introduce recursos innovadores, entre ellos la intromisión de los diálogos, sin marcas, dentro del momento narrativo, lo que enriquece los relatos

Podremos estar de acuerdo o no con las fórmulas que Víctor Chamorro utiliza para construir sus obras. Sin embargo, no se puede negar que en todas se perciben la actitud comprometida de un autor enamorado de Extremadura, dispuesto siempre a denunciar las situaciones de injusticia, hambre, analfabetismo, opresión y desencanto que secularmente han sufrido los más pobres de esta comunidad, a saber los campesinos sin tierra. Chamorro lo denunciaría desde sus novelas iniciales (‘El santo y el demonio’; ‘Amores de invierno’; ‘La venganza de las ratas’ …). Demostró en los ocho volúmenes de su singular ‘Historia de Extremadura’ la constancia de tales ignominias a lo largo de todos los tiempos y, como si todo siguiera igual hoy día, hacia los mismos lugares nos conduce con la ‘Guía de bastardos’, texto de casi quinientas páginas.

Aparece con un estudio preliminar de Maite Chamorro del Arco. Hija y editora del novelista, licenciada en Ciencias de la Información, se empeña honradamente en establecer que hemos sido injustos con su padre cuantos nos hemos ocupado de estudiar la obra de los escritores extremeños. Es probable que tenga razón. Reconoce así mismo que ella misma hubo de emplearse a fondo para eliminar de los originales paternos frecuentes incorrecciones gramaticales, muchas de las cuales vuelven a aparecer en ‘Guía de bastardos’ con frecuencia: las faltas de ortografía, laísmos y otros errores sintácticos abundan también aquí en exceso.

Responde al estilo autobiográfico, que más de una vez nos hace recordar los grandes modelos de la picaresca española, no tanto la ingenuidad del Lazarillo, cuanto la conducta desgarrada del Buscón (Pablo se llama igualmente el protagonista de esta obra). Al personaje de Chamorro lo corroe esa conciencia de bastardía que le marcase la niñez. En vano se esforzará por conseguir el reconocimiento del cacique que lo engendró y a quien termina dándole muerte. Tampoco perdona a la madre y eso le condicionará las relaciones con la mujer. Para colmo, él mismo va a ser padre de hijos a los que abandona sin conocerlos.

Componer la historia de este hombre, tremendo como el Pascual Duarte de Cela, si bien más refinado por viajes y lecturas, permite al autor describir territorios y épocas plurales. Nacido y criado durante los años veinte del pasado siglo en una población norcacereña, Umbría (probablemente Hervás), la memoria de aquellos lustros nos trae la evocación de aquella Extremadura rural, con caciques y miserias miles, hambrunas insufribles, costumbres ancestrales, supersticiones, religiosidad primitiva, clero corrupto, autoridades venales… sin excluir las temibles plagas de langosta, semejantes a lo expresado por Felipe Trigo en ‘El médico rural’ o ‘Jarrapellejos’. Igual que el novelista villanovense, Chamorro recurre con frecuencia al habla dialectal cuando da voz a personajes populares. Ninguno seguramente tan atractivo como el abuelo de este Pablo Cutiñas, próximo a los ideales ácratas, en los que procura sin mucho éxito educarlo y cuya difusión por la zona se nos recuerda.

El desempeño de numerosos oficios por parte de este contradictorio sujeto facilita la aproximación a lugares y situaciones tal vez excesivas: soldado en África, militar en la península con las tropas insurrectas, policía en el Madrid sometido, comerciante putañero en Salamanca, vendedor ambulante por media España, practicante sanitario en Las Hurdes, etc. Se nos escribirá así sobre el origen del movimiento obrero en la comarca, el problema africano, las represiones realizadas por el ejército franquista, el contubernio iglesia-estado, el maquis, el estraperlo, las violaciones de todos los derechos que los vencidos habrían de sufrir.

Chamorro sigue fiel a una escritura próxima al realismo social, aunque en ocasiones introduce recursos innovadores, entre ellos la intromisión de los diálogos, sin marcas, dentro del momento narrativo, lo que sin duda enriquece los relatos. Como igualmente proporciona frescura la constante apelación al refranero, la literatura popular y la etnografía extremeña, a lo que tan aficionado se muestra el escritor. Constituye también un acierto estructurar la obra en capítulos muy breves (no numerados), cada uno de los cuales supone nuevas perspectivas. ‘Guía de bastardos’ es obra perfecta para quienes deseen conocer la escritura del veterano autor.

Título: Guía de bastardos
Autor: Víctor Chamorro
Editores: Planteamiento editorial. Hervás 2007

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Una novela valiente
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redaccion-hoy | 19-05-2008 | 11:04| 0

Puede que a ‘El mal absoluto’ le chirríe en exceso su forzada arquitectura dialógica, pero es eficaz para conseguir el propósito de José Luis Muñoz

El domingo 28 de octubre de 2007, justo pocos días después de que se fallase el Ciudad de Badajoz, ganado por José Luis Muñoz con El mal absoluto, en Babelia se publicaba un reportaje de Günther Schweiger titulado «El encuentro con un nazi en Madrid». El alemán, que ha dirigido la película ‘El paraíso de Hafner’, relata no sin horror y sorpresa sus reacciones frente al protagonista del film. «Tratar con Hafner –escribe– me intranquilizaba. Nunca había conocido a nadie así. En Austria vi a viejos nazis con la mirada huidiza del que se sabe rechazado. Pero él lucía la autoconfianza insultante del que jamás rindió cuentas» (pág. 28). Es la misma actitud que mantiene Günther Meissner, el antiguo ‘Cara de ángel’ de Auschwitz, protagonista de El mal absoluto, ante las preguntas que le plantea Eva Steiger, joven redactora de la ZDF ( Zweites Deutches Fernsehen. La TV-2 alemana).

Paul María Hafner fue uno de los miles de responsables intermedios del Holocausto, que encontró refugio en España, donde se hizo economista y empresario de éxito. El ex Obersturmführer, voluntario en su día de las Waffen-SS alemanas, tomó parte activa en varios campos de concentración. Acepta que Schweiger ruede un conjunto de entrevistas sobre sus actuaciones en aquellos terribles años de la Soah y, cuando visionó la película, sin haber mostrado ni el menor signo de arrepentimiento, lo único que se le ocurriría comentar es que no le gustaba su nariz. De lo único que parece arrepentirse G. Schweiger es de no haber ganado la guerra desencadenada por su admirado Adolf Hitler. Todo lo demás, Holocausto incluido, lo juzga perfectamente justificable.

Obligado es recordar aquí el famoso libro de Hanna Arendt, Eichman o la banalidad del mal. Según se sabe, la pensadora judía alemana, que mantuvo durante decenios un idilio con Martín Heidegger, filósofo de indudable filiación nazi, fue elegida para informar como reportera sobre el proceso que en Jerusalén se le hizo al cruel ejecutor de la «solución final». Lo que más impresionó a Arendt fue que el antiguo omnipotente verdugo de tantos millares de personas era un hombre sin cualidades relevantes, alguien capaz de sostener el Holocausto con la misma tranquilidad de conciencia del funcionario que escribe un oficio insignificante ordenado por el jefe de la sección.

Aunque Adorno, el miembro más distinguido de la Escuela de Frankfut, dijese que tras Auschwitz era imposible componer poesía, la verdad es que no pocos poemarios (algunos escalofriantes, como los de Celan) y centenares de novelas se refieren a aquella incalificable brutalidad, a sus víctimas y ejecutores. ¿Cómo entender que el país de la filosofía, la música clásica, la Bauhus, la mística, la pureza luterana… llegó a generar algo tan abominable y de lo que no pocos nunca se arrepintieron ? ¿Cuántas complicidades no fue preciso sumar para hacer desaparecer en los campos de exterminio a casi siete millones de personas, judíos sobre todo, pero también gitanos, homosexuales, deficientes y rojos españoles, es decir, «los desechos» de la sociedad aria? Son preguntas también planteadas aquí.

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), novelista galardonado también con los premios Tigre Juan, Azorín, Café Gijón, Camilo José Cela, Juan Rulfo y La Sonrisa Vertical, se inspiró en otro personaje descubierto a través de la pantalla y compuso su novela tras documentarse concienzudamente. Pero no ha querido dar voz sólo al ex miembro de las SS, sección de la Calavera, encargado de seleccionar (trabajos forzados y gratuitos, prostíbulo, experimentos médicos, comandos de apoyo, crematorio…), cuando no de eliminar personalmente a los presos de Auschwitz. La entrevista, de la que los propios familiares de Meissner reniegan, permitirá que Yahuda Weiss lo localice y trame la más cruel de las venganzas. Salvado de las cámaras de gas por caprichosa decisión del todopoderoso nazi, que lo violó, el judío vive con la mala conciencia de no haber muerto (recuérdese a Primo Levi) junto a los suyos, ni siquiera en la rebelión de los «Sonderkommandos» a los que pertenecía. Su voz es el contrapunto, contundente, irrebatible, ante los sofismas de Meissner, aunque tampoco haya excusas para la «shoah» que decide aplicarles al nieto de éste, en circunstancias que no procede revelar aquí, agravantes todas ellas.

Puede que a la obra le chirríe en exceso su forzada arquitectura dialógica, pero es una novela valiente, bien escrita y de innegable eficacia para conseguir el propósito del autor.

Título: ‘El mal absoluto’

Autor: José Luis Muñoz

Editores: Algaida. Sevilla, 2008

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Un diario intelectual
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redaccion-hoy | 12-05-2008 | 11:49| 0

Natural de Ceclavín (1968), Julián Rodríguez es uno de los dos escritores (pienso también en Eugenio Fuentes) que, sin haber perdido su residencia en Extremadura –combinada con continuos viajes por medio mundo–, goza de mayor reconocimiento. Cabe recordar que su novela Ninguna necesidad (Literatura Mondadori, 2006) fue seleccionada por El País como uno de los mejores libros del año y obtuvo el premio Ojo Crítico de Narrativa.

Aunque también ha ejercido otras ocupaciones ocasionales, como las de diseñador gráfico, electricista, galerista de arte, pintor de brocha gorda o cocinero en el restaurante ‘Gabriel Bocángel’ ( ver páginas 33-39), el autor ha estado siempre ligado al mundo del libro desde sus juveniles labores frente a la revista Sub rosa. Actualmente dirige con éxito, en Cáceres, la editorial Periférica y ha prestado colaboración a múltiples empresas culturales, sin que olvidemos sus afanes como vicepresidente de la Asociación de Escritores Extremeños. Todo lo cual no le ha impedido ir labrando una cuidada obra narrativa, con títulos como Lo improbable (Debate, 2001), La sombra y la penumbra (Debate, 2002) o la que antes nombré.

Con Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya, 2004), que le mereciese el Premio Nuevo Talento FNAC, Julián Rodríguez comenzó el ciclo ‘Piezas de resistencia’, donde se incluye la obra aquí presentada. Estamos ante una serie de carácter autobiográfico, escrita para ofrecer memoria de las vivencias más hondas, especie de diario intelectual, en el que a las evocaciones íntimas se añaden notas de lectura, apuntes de viajes, anécdotas, autorretratos, precios de libros que no vieron la luz y reflexiones próximas a la antropología, la lingüística, la estética o la teoría literaria. Todo compuesto de modo fragmentario, alterando una y otra vez el discurso cronológico, siempre con una prosa depurada y con el cálido aliento de quien no renuncia a nada de cuanto vivió.

No es de extrañar que abra la obra una cita de Vicenzo Consolo en El olivo y el acebuche, si recordamos el alcance simbólico de los dos árboles: el segundo, silvestre, constituye a menudo el fiero tronco al que los campesinos injertan ramas de distintas variedades para obtener aceitunas de mayor calidad. Hombre y naturaleza quedan así indisolublemente vinculados mediante la «cultura».

Pocas palabras hay tan polisémicas como este término, con centenares de significaciones recogidas por los antropólogos. Como para su familiar «cultivo», se recurre siempre a la raíz latina del verbo «colo, colui, cultum», origen de nuestro «cultivar», mediante el que designamos todas las actividades de las personas, la «polis», frente a la «physis». Cultivo por antonomasia, hasta épocas próximas, fue el del campo, la «agricultura». A la misma se dedicaron los familiares de Julián Rodríguez en el norte cacereño. Junto a padres, abuelos, tíos… laboraría también el futuro hombre de letras durante la niñez, incómodo, según nos dice, ante el mundo rural cuyos estertores no se ocultaban. Los pasajes dedicados a recordar estancias infantiles u otras posteriores en Ceclavín o Las Mestas –la lucha por hacer tierra en Hurdes–, tienen para mí indeclinable atractivo. Apoyándose en Pasolini, Berger, Bataille, Maiakovski, Pasternak Kundera y tantos otros, sin excluir a Cervantes, nos entrega sus añoranzas, siempre críticas, de ese mundo que apareció con el neolítico y está siendo laminado por el microchip.

¿Se salvará, al menos, el paisaje, si desaparece el paisanaje ? ¿Hasta cuándo –podríamos cuestionar– será posible «escribir a los amigos sobre aquel río, sobre todos los ríos de la sierra…, sobre los castañares sobre los bosques de pino y los alcornocales, sobre lo que sólo podía definir como agreste, y que estaba más allá de la carretera y de los bosques, en lo alto, siempre hacia lo alto, donde acababan los cortafuegos?» (pág. 108). Frente a ellos, alternándose siempre con estudiada naturalidad, se suceden las evocaciones urbanas: Cáceres, París, Estambul, Madrid…, territorios que al autor le son tan naturales o tiene tan asimilados, si no más.

La obra concluye con un emocionante epílogo, ‘Dos días de agosto’, recuerdo de las últimas conversaciones sostenidas por el autor con su gran amigo Fernando T. Pérez González, catedrático de Filosofía y director de la Editora Regional de Extremadura, muerto el 26 de agosto de 2006.

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Homenaje a Juan Manuel Rozas
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redaccion-hoy | 05-05-2008 | 13:04| 0

En los artículos que se reproducen en el libro iluminan temas plurales, conexos con asuntos abordados de algún modo por quél, cuando no le están directamente referidos

Extremadura, secularmente desangrada por la emigración, conoce también el fenómeno contrario y a sus tierras han arribado no pocas veces personas que la han enriquecido con sus aportaciones profesionales. Tal es el caso de Juan Manuel Rozas, que llegase en 1978 a la aún bien joven Facultad de Filosofías y Letras de la UEx para dirigir su Departamento de Literatura. Pronto se constituye en maestro indiscutible que, junto a Ricardo Senabre y otros doctores de muy alta cualificación y generosa entrega, renovarían profundamente el panorama literario extremeño. Aunque las Parcas se llevaron pronto a Rozas (+1986), la cosecha que sembrase desde la cátedra, revistas, simposios, bibliotecas, periódicos, consejos de redacción, jurados, editoriales, prólogos, tertulias , simples pasillos, su propia casa ( un recuerdo cálido para Tina)…, harían que centenares de hombres y mujeres se proclamen hoy discípulos de tan sabio como bondadoso profesor.

Jesús Cañas Murillo y José Bernal Salgado, que siempre se han distinguido en esa línea de reconocimientos, son los editores del volumen con casi cuatrocientas páginas, ahora presentado. Su título, Del Siglo de Oro y de la Edad de Plata, explica bien las dos épocas de la literatura española que Rozas más trabajó, hasta erigirse en uno de sus más acreditados expertos. Para recordar el vigésimo aniversario de su muerte, la primavera de 2006 vio reunirse en Cáceres a una veintena investigadores llegados desde siete universidades y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (donde también había trabajado Juan Manuel Rozas). Los artículos que le dedicasen y aquí se reproducen, constituyen un sustancioso homenaje.
Iluminan temas plurales, conexos con asuntos abordados de algún modo por aquél, cuando no le están directamente referidos.

Abre con un capítulo, hasta hoy inédito, del libro que Rozas proyectaba componer sobre la producción literaria de Lope de Vega, seguramente su escritor predilecto. Se trataba de un borrador solamente , pero en avanzado estado de elaboración, según explican los editores, que lo han pulido con retoques parciales, completando las notas y dándole significativo titular: «Nacer laurel y ser humilde caña». Es un verso de Lope, cuya biografía se establece a partir del anecdotario amoroso donde fue enmadejándose el Fénix, con bien justificada fama de calavera.

Tras los apuntes de Jesús Cañas, que matizan el rasgo colectivo del personaje de Fuente Ovejuna (el profesor extremeño distingue los caracteres individualizadores que muchos agonistas presentan en los inicios del drama lopiano), F.J. Díez de Revenga elabora su aportación fundamentándose en textos de Rozas para contraponer a Lope frente a Góngora: «Como Lope de Vega, es poeta más extenso que intenso, más creador de fabulaciones que sistematizador de un estilo, más de su vida y naturaleza que del arte por el arte –caso contrario al de su mayor enemigo, Góngora– es lógico que su obra se haya organizado unido a su biografía y por ciclos. Lope vuelca, una y otra vez, cada periodo vivido en su lírica y en su narrativa, en pasajes de sus dramas y, claro están, en sus ensayos y epistolarios, originando verdaderos ciclos de creación sobre sus sentimientos y experiencias» (pág. 55).

La sagacidad demostrada por Rozas para descubrir las arquitecturas de las obras literarias es lugar común, bien demostrado en los artículos siguientes. Estructuración que él mismo llevaría perfectamente a los poemarios que compuso, todos de excelente factura, materia analizada por Julio Neira en las páginas finales (343-367). Antes de las mismas el lector podrá ilustrarse sobre problemas cervantinos, calderonianos, vanguardistas, etc, abordados por sus autores en relación con aportaciones realizadas por Rozas. Entre los extremeños figuran José Roso Díez, ‘El recurso del engaño y el tema del amor en las comedias de Lope de Vega’; Miguel Ángel Teijeiro, ‘Significado y sentido de La fuerza de la sangre de Cervantes’; José Luis Bernal, ‘El Limbo altruísta de Gerardo Diego’; Isabel Román, ‘Greguería y novela: Ramón Gómez de la Serna y Eugenio D´Ors’; Gregorio Torre, ‘Quevedo desde la mirada lectora de Jorge Guillén’ y Francisco Javier Grande, ‘Juan Manuel Rozas y la literatura medieval’.

Atención especial merece, a nuestro entender, el estudio en que Miguel Ángel Lama ‘El mapa literario extremeño de Juan Manuel Rozas’, donde establece y valora las aportaciones más significativas del maestro en relación con nuestra comunidad.

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Poesía en Auschwitz
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redaccion-hoy | 28-04-2008 | 10:05| 0

Esta obra poliédrica, que participa del ensayo, la biografía y el género novelístico, está dedicada a honrar la memoria de las víctimas y execrar a sus verdugos.

Con esta obra, que ahora se reedita, obtuvo su autor el premio ‘Dulce Chacón’, convocado por el Ayuntamiento de Zafra. Casi un lustro después, la novela de Adolfo García sigue pareciéndome un libro excelente y de absoluta actualidad. El escritor vallisoletano, colaborador del periódico El País, poeta reconocido y hombre inmerso en el mundo editorial, reincide en un tema, el holocausto de los israelitas a mano de los nazis, que nunca dejará de conmovernos. ¿Quién no conoce el dicho de Adorno sobre la barbaridad de pretender escribir poesía después de Auschwitz? Encarnando en este abominable campo de concentración las labores exterminadoras del III Reich, el gran filósofo alemán quiso decir que ya nada podía ser lo mismo en la historia europea. No sólo la literatura, sino cualquier otro producto cultural contemporáneo, ha de producirse sin poder quedarse al margen de la «soah».

Es el tema que desarrolla la novela El comprador de aniversarios, haciéndolo con recursos no ajenos a los de la grandes creaciones poéticas, sobre todo la multiplicación de las anáforas, la pulcritud del lenguaje, el derroche imaginativo y la habilidad para componer entradas múltiples, saltándose la lógica espaciotemporal hasta confluir en las claves interpretativas.

Primo Levi, el famoso escritor italiano que pudo escapar casi milagrosamente de Auschwitz y relatar aquellos horrores, describe en La Tregua (1969) un caso conmovedor, el de un niño encerrado allí, de donde no saldría nunca. Podría representar el prototipo del don nadie. Era «un hijo de la muerte, un hijo de Auschwitz. Parecía tener unos tres años, nadie sabía nada de él, no sabía hablar y no tenía nombre: aquel curioso nombre de Hurbinek se lo habíamos dado nosotros (…) Estaba paralítico de medio cuerpo y tenía las piernas atrofiadas, delgadas como hilos; pero los ojos, perdidos en la cara triangular y hundida, asaeteaban atrozmente a los vivos, llenos de preguntas, de afirmaciones, del deseo de desencadenarse, de romper la tumba de su mutismo. La palabra que le faltaba –continúa Primo Levi– y que nadie se había preocupado de enseñarle, la necesidad de la palabra, apremiaba desde su mirada con una urgencia explosiva: era una palabra salvaje y humana a la vez, una mirada madura que nos juzgaba y que ninguno de nosotros se atrevía a afrontar, de tan cargada que estaba de fuerza y de dolor. Ninguno excepto Henek: era mi vecino de cama, un muchacho húngaro robusto y florido, de 15 años. Henek se pasaba junto a la cuna de Hurbinek la mitad del día. Era maternal más que paternal (…) Henek, tranquilo y testarudo, se sentaba junto a la pequeña esfinge, inmune al triste poder que emanaba; le llevaba de comer, le arreglaba las mantas, lo limpiaba con hábiles manos que no sentían repugnancia; y le hablaba, naturalmente en húngaro, con voz lenta y paciente».

Henek y Hurbinek son los personajes de la novela de Adolfo García, quien imagina (o compra) para el segundo posibles raíces familiares y aniversarios que nunca pudo conocer, pero que parecen verosímiles en aquel infierno. Las relata en primera persona un narrador desde la Universitäts-Klinken de Franfurt, donde sufre las secuelas de un accidente automovilístico sin poder eludir, por asociaciones distintas, que pasillos, quirófanos, médicos y otros sanitarios del hospital le recuerden la parafernalia de las SS y sus infinitas crueldades con los judíos a los que aplicaban «la solución final». Consideración recurrente en la obra son las enormes complicidades que tamaña masacre hubo de exigir por parte de científicos, arquitectos, militares, profesores y gente común. Terrible resulta comprobar como tantos de ellos nunca han pedido después perdón, ni manifestado siquiera disgusto, mostrándose como ciudadanos honorables, buenos y obedientes a órdenes superiores. Es la turbadora «banalidad del mal», que denunciase Anna Harendt, otra de las grandes personalidades judías citadas en estas páginas.

Aún no puedo recodar sin espanto el día que visité Auschwitz. Como también declara haberle ocurrido al novelista, la visión de aquellos pabellones de tortura, fusilamientos, horca, gaseado y cremación, pero, sobre todo, la estancia frente a los ingentes cúmulos de zapatitos infantiles (junto a gafas, maletas, pelo, ropas, etc. de los gitanos, comunistas, homosexuales y sobre todo judíos allí exterminados) constituyen una experiencia inolvidable. Puede compartirla de algún modo el lector de esta obra poliédrica, que participa del ensayo, la biografía y el género novelístico, dedicada a honrar la memoria de tantas víctimas y execrar a sus verdugos.

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La búsqueda de la palabra precisa
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redaccion-hoy | 21-04-2008 | 09:58| 0

Los lectores encontrarán apuntes de literatura, historia, filosofía, política, psicología, ética y estética, vida cotidiana… presentados con brillantez

Lentamente madurada durante un quinquenio (2003-2007), Razón de mudo (aprender a esperar) es un libro extraordinario, fuera de lo común, fruta exquisita de un árbol al que nutren raíces tan plurales como poderosas. Agustín Villar (Salamanca, 1944), también poeta reconocido, nos ofrece en casi medio millar de páginas de prosa depuradísima un volumen donde ha volcado, tras exigente decantación, admirables cosechas. Los lectores, seducidos sin duda, encontrarán aquí apuntes de literatura, historia, filosofía, política, psicología, ética y estética, vida cotidiana… presentados con fulgurante brillantez . Pero, sobre todo, verán hacerse realidad el tópico de que quien toca a un libro, toca a un hombre, al artífice de tan elaborado producto.

Como en otras ocasiones –recordaré su Crepusculario menor, 1998– Agustín recurre al estilo aforístico, a la estructura fragmentaria del discurso, que adquiere en él esa forma de mosaico o calidoscopio de tanto arraigo en la cultura anglosajona, bien conocida por el autor. Los textos aquí reunidos y numéricamente ordenados, todos con luz propia, van sucediéndose de forma alternativa, en dos series con diferencias gráficas: en letra redonda, del 1 al 880, se lee ese conjunto de teselas, cada una de las cuales responde perfectamente a la definición ofrecida por el maestro Ferrater Mora, acordándose tal vez de Leibniz: «Expresión breve e ingeniosa con la que se manifiesta una idea original o la esencia de un conocimiento… Son breves, cerradas, de modo que cada pensamiento posea relativa autonomía, una expresión monadológica». Intercaladas y en cursivas, del 1 al 149, componiendo así la urdimbre de tan brillante jarapa, concurren otras piezas de carácter más narrativo y extenso, aunque con el mismo aire familiar, donde abundan las anécdotas más o menos picantes; el relato de sueños; los comentarios a obras ajenas o la denuncia social.

Tal es la arquitectura, con reiteraciones deliberadas, de este patchwork, «un libro híbrido y mestizo, un libro a caballo del centón y el diario, que no (es) relato ni poema, ni lírica ni drama. Un libro que (es) memorial sin testamento, ambiguo y múltiple, invención y testimonio. Un mamotreto fragmentario…» , según cabe definir con el propio autor (pág. 133) su manta trapera, construida por retales lingüísticos .

Éste se nos presenta como un nostálgico de mocedades, escritor vocacional y lector compulsivo, enamorado de la soledad, autoexigente, escéptico, melancólico, cosmopolita, admirador de la belleza juvenil, inconformista, crítico de a estupidez humana (más aún si la encuentra en presuntos inteligentes), desconfiado ante el poder y debelador de esas camarillas provincianas que tanto abundan en el mundo de las letras. «Niño fue solitario, adolescente arisco, joven apartado, hombre posesivo y orgulloso de una letrada distinción, gestada con lentitud, tosquedad y terquedad. Y, sin embargo, extraordinariamente vulnerable», escribe en el parágrafo nº 433, para concluir en el siguiente: «Las capillitas y sus cofrades abominan del solitario».

No creo que eso le importe mucho a alguien cuya máxima pasión es reunirse , a través de la escritura, con Nietzsche, Steiner, Bierce, Canetti, Cioran, Th. Bernard, Benet, W. Benjamin, Orwell, G. Grass, Ortega, Unamuno, María Zambrano, Bukowski, A. Pizarnik, Jünger, Monterroso, M. Duras o Prokosh, por no decir los clásicos grecolatinos o renacentistas, con Erasmo al frente. ¡Cómo le dolería si, en lugar de escritores apesebrados, «personajillos de la carroña» (pág. 385), tan abundantes en el entorno, aquellos le hiciesen blando de sus saetas , a él, que lo daría todo por una página impecable!.

Consciente de las limitaciones biológicas de la edad, a este letraherido, que «abomina de localismos, terruños, fronteras, patrias y banderas» (pág. 70); pesaroso porque nunca supo qué hacer ante la infelicidad y el dolor ajenos (pág. 124); permanente aspirante a la plenitud; enfadado por guerras como la de Irak… siempre le quedarán el recuerdo infantil de las sobremesas familiares; el París de juventud; los impulsos utópicos; las aficiones bibliográficas (Juan Manuel Rozas en el horizonte); los sueños nunca del todo cumplidos; el sobresalto frente a una joven hermosa.

Y, más que nada, la búsqueda incesante de la palabra precisa. Porque, en último término, si te pones a ver, todo es gramática (pág. 83). Imprescindible es sólo aprender a manejarla.

Título: Razón de mudo (aprender a esperar). Agustín Villar. Editorial: Editora Regional de Extremadura

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La obra más cálida de Erasmo
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redaccion-hoy | 16-04-2008 | 09:16| 0

Aunque con lentitud, seguramente explicable por causas sólidas, la Editora Regional de Extremadura prosigue en su empeño de facilitar a los lectores contemporáneos la lectura de los libros que componen la ya célebre ‘Biblioteca de Barcarrota’. Como se recordará, en esta población fueron localizados casualmente (1992), tras una pared, diez obras impresas y un manuscrito del siglo XVI. Según las investigaciones de Fernando Serrano (ver El secreto de los Peñaranda), fue un médico judío, natural de Llerena, quien ocultó dichas publicaciones, todas ellas explícita o implícitamente perseguidas por el Tribunal de la Inquisición en tales momentos.

Le toca ahora turno de salir a una de las más cálidas obras compuestas por Erasmo de Rotterdam, que la escribió e hizo publicar con el pie ya puesto en el estribo, poco antes de subirse a la nave que nunca ha de volver. La compuso en latín, titulándola escuetamente Lingua, y le añadió como apéndice un tratadito del griego Plutarco, que el mismo tradujo a la lengua del Imperio, el opúsculo De vitiosa verecundia. La Editora Regional de Extremadura los ha reeditado en dos volúmenes, con el hermoso diseño de la colección. Uno reproduce facsimilares los dos textos latinos (Lyon, 1538). El otro ofrece la versión castellana, que han realizado los profesores de la Universidad de Extremadura Manuel Mañas Núñez/ Luis Merino Jerez ( ‘La Lengua’) y César Chaparro (‘Sobre la mala vergüenza’), a quien se debe también el amplio estudio preliminar. Las abundantes notas a pie de página facilitan y enriquecen la lectura, a la vez que aclaran las opciones adoptadas, no siempre unánimemente seguidas, a la hora de traducir tales libros.

Erasmo llegaba al final de la existencia con el convencimiento de que sus tesis no eran bien entendidas por católicos ni por protestantes. Unos y otros, enfrentados de forma aún por entonces no definitiva, pretendieron atraerle. El holandés, hombre pacífico, irenista y ecuménico donde los hubiere, nunca se adhirió a Lutero, si bien reconocía cuánto de justificable (también desmedido), había en las críticas del alemán contra el Papado de Roma. Tampoco puso el calor que éste demandaba para domeñar las cada vez más potentes ‘protestas’. Erasmo seguía convencido de que todavía era posible la conciliación… siempre que ambas partes renunciaran a actitudes cerriles y, sobre todo, estuvieran dispuestas a eliminar las condenas prematuras, los ataques excesivos, las confrontaciones verbales desmesuradas, que abrían cada vez más heridas dolorosas. Tal vez intuía lo que ahora (casi cinco siglos, ¡ay!, después) reconocen prácticamente todas las Iglesias cristianas: muchas de las grandes cuestiones que entonces las dividieron – digamos, v.c., el célebre debate sobre la justificación por la fe o por las obras – no eran más que problemas mal planteados, un asunto de «lenguaje», pues ambos partidos venían a defender en el fondo las mismas ideas.

Desde esta perspectiva, tan contemporánea (se dice que el ‘giro lingüístico’ es el rasgo más notable de nuestra cultura ), creo que debemos leer La lengua de Erasmo. Por lo demás, la prosa castellana de esta traducción – hubo otra ya en el XVI, la de Bernardo Pérez de Chinchón – es magnífica, llena de lozanía, muy apta para hacer percibir la ingeniosidad, el humor irónico, los matices múltiples con que Erasmo se expresaba. Es cierto que esta obra del gran humanista no es la mejor estructurada de las suyas. Parece faltarse un eje conductor; los temas tratados, si bien no resultan digresiones injustificables, se desperdigan en exceso e incluso reincide en repeticiones evidentes. Pero este estudio del lenguaje, planteado, más que desde sus facetas filológicas, teniendo en cuenta lo que hoy se dicen los actos perlocucionarios (los que producen efectos sobre las acciones, pensamientos o creencias. de los oyentes) , es una de las grandes proclamas a favor de la paz y el buen entendimiento entre los hombres. La charlatanería vacua, la verborrea, la irreflexión y la agresividad son vicios que pueden corromper el más valioso de los dones, la lengua, preciosísimo instrumento para la paz, la concordia e incluso el placer si se la utiliza correctamente. Por desgracia, muchas veces son los responsables políticos y eclesiásticos, los teólogos y los frailes, quienes, con su insufrible incontinencia verbal, echan todo a perder, denuncia Erasmo. Debieron molestar especialmente a la Inquisición las páginas 288-308, dedicadas a poner en solfa las ‘calumnias de los monjes’. El holandés, que conocía bien el paño desde dentro, no se limita a criticar, sino que también desarrolla los oportunos remedios. La inclusión del opúsculo de Plutarco pretende ‘faire le point’: tampoco es recomendable la vergüenza excesiva, el pudor pacato a la hora de hablar. Saber negarse a demandas injustas, plantarle cara a los prepotentes, descubrir en público al mentiroso o violento (pero sin incurrir en sus propias exageraciones) es virtud que los jóvenes deben aprender, recomendaba Plutarco y apoyó Erasmo.

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La mirada dulce de las abejas
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redaccion-hoy | 07-04-2008 | 11:20| 0

Como ‘doradas avecillas’ cantó el poeta francés de la Pléyade a las abejas. Inspirándose en Ronsard, Luz Domínguez puso este título metafórico al ensayo que dedica a tan laboriosos y sociales himenópteros. El libro acapara desde el primer momento nuestro interés, no porque enseñe cosas desconocidas, sino por esa mezcla de documentación, datos experimentales, evocaciones infantiles, denuncia social e impulso ético con el que está escrito.

Nacida en Cáceres (1966), licenciada en Historia del Arte , la autora es hija de un apicultor, que supo iniciarla desde sus primeros años en el amor a la naturaleza, la solidaridad y el respeto a tus congéneres, valores que las abejas encarnarían de forma relevante. Luz se dice ciudadana del mundo, defensora de los derechos humanos, militante por un orden social más justo. Ha sido voluntaria en diversas ONGs y ha recorrido buena parte del planeta. De uno de sus viajes ( también recordado en estas páginas), nació Tiempo Etíope, que le publicó la Editorial Sepha. Se trata, según la crítica, de un texto que descubre, sin didactismos cargantes, lo que resta de uno de los estados más antiguos del mundo, los nudos multicolores en los que hoy resulta el entrecruzamiento de las culturas mas variadas. Hace poco, obtuvo el VII Premio Internacional Sial de Narrativa (2007) con Charing Cross , también de inspiración viajera y humanística.

Como en un buen tratado de etología, aunque sin aparataje técnico –o, mejor, subsumido éste en la fluidez del discurso -, Las doradas avecillas… proporciona ante todo sólida información sobre el fascinante mundo de la colmena y las labores allí tan meticulosamente desarrolladas : receptáculos, geometría de los panales, número de abejas, su estructura orgánica, división social del trabajo según los distintos especímenes, productos obtenidos y sus virtudes (miel, polen, cera, jalea real, propóleos…), datos de consumo, formas de comportamiento ad intra y ad extra, vida sexual, las ventajas de la polinización, los últimos inventos de la apicultura, etc. Luz se apoya en sus propias observaciones, las enseñanzas familiares y la lectura de los clásicos en el tema (singular atención a Maeterlinck, premio Nobel), sin excluir estudios recientes, como el aparecido en la prestigiosa Science et Nature, donde se descifraba el genoma de las abejas. Y siempre con el paisaje extremeño al fondo.

Numerosos pasajes revelan la relación de las personas con tan benéficos seres. Las pinturas neolíticas de la Cueva de la Araña (en Bicorp, Valencia) con imágenes sobre la recolección de miel; las recetas conservadas en el Papiro Ebers ; los múltiples testimonios de las culturas azteca , maya, judeocristiana y musulmana; tantas inscripciones grecolatinas; el Lalibela etíope … nos dicen el buen trato que todos los pueblos conceden a ese reino mágico y sublime del mundo apícola. Como son incontables las referencias literarias que se recogen, desde Virgilio a Cervantes, Machado o García Lorca, sin omitir el refranero popular . ( El libro concluye precisamente con un poema de Federico, ‘El canto a la miel’). El tercer bloque temático lo constituyen las consideraciones filosóficas que Luz va permitiéndose según compara la conducta de las abejas con la del hombre moderno, no precisamente a favor del segundo. Respetuosa al máximo con el medio, entregada al cultivo de la comunidad, extremadamente limpia, valerosa e imaginativa ante las adversidades climáticas, infatigable, la diminuta ‘melis apis’ tiene no poco que enseñar al ‘homo sapiens’. Efectivamente, «inmersos en días de ritmos frenéticos, apresados por la locura del consumismo fugaz, sentenciados por el reloj global, fagocitados en la prisa voraz por llegar a ningún lugar, esclavos de absurdas y obligadas tareas que más que enriquecer consiguen menguar la esencia humana … nadie mejor que ellas, mis dulces abejas, las avecillas doradas de Ronsard, para sugerirnos cultivar una mirada amplia y generosa, una mirada tierna e inocente como la de los niños, donde todo puede existir y acontecer, una democrática mirada que traspasa vallas, muros o fronteras, una mirada-puente que abraza la vida al contemplar el paisaje, tanto el urbano como el humano, el real o el imaginado, de forma cariciosa», concluye la ensayista.

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