Ginebra Helada

“Quini” comenzó a beber al igual que todos sus amigos, por puro aburrimiento y falta de alternativas de ocio. Ya no eran unos niños, y pasados los 14 o 15 años a uno parece que le empiezan a interesar otro tipo de actividades más acorde a su edad. Madrugar para practicar deporte los sábados por la mañana había quedado atrás, además ya casi ni tenía sentido, pues las instalaciones en su ciudad prácticamente brillaban por su ausencia. A “Quini” y a su pandilla comenzó a hacerles gracia aquello de echar unos tragos con premeditación, nocturnidad y alevosía algún viernes o sábado por la noche. Era tan excitante, ¡y tan prohibido! Todos sabían que si sus padres pescaban siquiera a alguno de ellos bebiendo, el castigo sería para todos y además ejemplar, pero nunca pasó nada. Ellos no eran ningunos “borrrachuzos”, en absoluto, sino unos jóvenes que comenzaban a sentir y disfrutar diversas experiencias en un momento importante de sus vidas, y como todos los jóvenes de entonces “controlaban” divinamente bien la situación. Además estaban hartos de ver a sus padres y familiares beber como si fuera la cosa más normal del mundo, por tanto, aquello no podía ser del todo malo. Beber era fantástico. El alcohol les hacía sentirse mayores, y además ¡Era tan divertido desinhibirse de aquella manera! ¡Sentir esa especie de sensación, esa mezcla de felicidad y de sueño que otorga la embriaguez!
A los pocos meses de empezar a consumir alcohol “Quini” sufrió la primera consecuencia. Su amigo Raúl, una noche en que quizás había bebido más de la cuenta (como todos) les confesó a sus amigos su homosexualidad. No está en la naturaleza de un chico ebrio el ser amable y considerado con los que son diferentes a él, por lo que la reacción de “Quini” y sus amigos fue altamente violenta para con Raúl, y tras aquella noche no volvieron a verle más. Al día siguiente todos se avergonzaron de sus actos y sus palabras, pero la vergüenza pudo más que la amistad y el deseo de arrepentimiento. “Quini” debería haber entendido este lamentable suceso como un importante aviso, pero desgraciadamente no fue así.
Con el paso de los meses, lo que en un principio se practicaba como un ejercicio de liberación, y sólo en ocasiones especiales, fue poco a poco convirtiéndose en algo asiduo y monótono. El botellón de los fines de semana era sagrado e inamovible, y no sólo el viernes, sino el sábado, y años más adelante, incluso el jueves volvió a aunarse al acto cuando “Quini” accedió a la Universidad.
Una noche donde tras varios problemas no pudieron comprar alcohol, fue cuando “Quini” se dio cuenta de que no existía ya una manera de divertirse que no fuera con la compañía de un vaso en sus manos. No obstante, en lugar de plantearse la gravedad de la situación la aceptó cobardemente sin más, y poco a poco, sin casi querer darse cuenta, el fin de semana adelantaba su llegada para poder empezar a beber cuanto antes. El día que “Quini” empezó a esconder botellas de ginebra por toda la casa, estuvo a punto de hablar con su familia en serio, para reconocer que efectivamente tenía un problema, y es que ya no bebía por diversión, sino por pura necesidad. Ya no quería reunirse con sus amigos para beber con ellos y divertirse, ahora necesitaba hacerlo sólo, y cada vez precisaba de una cantidad mayor para poder obtener esa alegría, esa tranquilidad que le proporcionaba la embriaguez por todo su cuerpo. Pero todo el mundo bebía, e incluso algunos más que él, y rápidamente abandonó la idea de abrirle su corazón a su familia, y siguió durante años bebiendo a solas, en su cuarto, en la intimidad, emborrachándose para él y sus sentidos. Y años más tarde, en el salón de su casa, mientras su mujer y su hijo dormían. Cada noche, de madrugada, “Quini” vaciaba una botella de ginebra para poder dormir. Algunas noches se sorprendía cuando las lágrimas hacían acto de presencia en las secas cuencas de sus ojos. Sus lágrimas eran blancas, como la Ginebra, y frías como el mismísimo Polo. Cada noche sentía la necesidad de levantarse antes. Ahora sólo bebía para poder dejar de temblar.

Cuando su mujer, tras darse cuenta del problema de su marido, o quizás, cuando por fin se decidió a hacer frente a la situación, intentó ayudarlo por todos los medios, pero “Quini” sólo se dedicó a negar y negar una y otra vez, empezando a convertir la convivencia de ambos en el peor de los infiernos, hasta que por fin, una noche en la que “Quini” no supo ser dueño de sus actos, ella lo abandonó llevándose para siempre y por orden del juez al hijo de ambos.
Ahora “Quini”, al que por cierto despidieron del trabajo por presentarse en varias ocasiones en estado de embriaguez, siempre tiene la mirada perdida y la cara triste. Parece un perrillo abandonado a su suerte en una carretera secundaria y no puede dejar de temblar. Cuando tiene algún momento de lucidez sólo piensa en ella y en su hijo, y es en ese momento en el que arroja la botella al suelo con fuerza, rabia y mucho dolor. Sólo así se explican los cristales desperdigados que inundan la habitación. Después, “Quini” se levanta a buscar más botellas por todos sus escondites. Aunque ya vive sólo, siempre consideró su afición a beber, su enfermedad, su prioridad en la vida, como algo realmente vergonzoso e indigno, susceptible de ser escondido. “Quini” apenas tiene 35 años, y ya sabe que antes de los 40 dejará de temblar para siempre, pero hace ya mucho tiempo que dejó de buscar culpables en una sociedad donde todos aportamos nuestra granito de arena a la hora de despreocuparnos por los más jóvenes, por sus necesidades, por sus preocupaciones, por sus frustraciones y miedos. “Quini” aún sigue llorando cuando echa la vista atrás, y sus lágrimas son como gotas de sangre en su alma, ginebra helada que recorre la cuenca de sus ojos perdidos. Ginebra helada que inunda su corazón.




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