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Paripé

2011 septiembre 11

Enrique Falcó. Sincero Compulsivo

Odiosos para mi menda, como las calderas del mismísimo infierno, son aquellos quienes ocultan sus sentimientos hasta el extremo de llegar a mostrar a sus semejantes lo contrario de los deseos que albergan en lo más profundo de su corazón. No me gustan los hipócritas, aunque quizás todos debamos serlo en algún momento de nuestras vidas. Casi siempre el hombre es hipócrita por una mera cuestión de educación, algo que no ha de manifestarse necesariamente como realmente reprobable. Decirle por ejemplo a la anfitriona de una fiesta lo guapísima, preciosa o despampanante que se encuentra y lo maravilloso que está resultando todo, a pesar de que dicha señora no sea bien parecida y la fiesta sea un muermo que te pasas, no es más que una frase hecha, resultado de una exquisita educación recibida. Felicitar a tu oponente, ya sea en política, deporte o en tu propio trabajo, a sabiendas de que no ha sido justo vencedor, no es más que una muestra de elegancia en la derrota, que dice mucho, y bueno, del derrotado en cuestión.

Parecen mostrar dichos ejemplos que la hipocresía es aceptada e incluso aplaudida socialmente en ciertos momentos y situaciones de nuestra vida, necesaria incluso, yo aún diría más mi querido Hernández, incluso necesaria para la pacificación y buen desarrollo de según qué determinados acontecimientos.

Personalmente, quien suscribe es tan hipócrita como cualquiera de ustedes, mas mentiría si no les confieso que, aunque despliegue toneladas de odiosa hipocresía como quien oye llover sin inmutarse, en ocasiones me disgusta el hedor y el tufillo de incómoda culpabilidad que rezuman en las entrañas de mi ser ante diversas situaciones. Es por ello que a medida que me hago más mayor no aguanto según qué tonterías. Como coloquialmente expreso en voz alta a modo de anuncio de que se está empezando a cocer una situación “No me gustan las jodiuras”. No soporto hacer el paripé en reuniones familiares, de trabajo o incluso de colegas y amigos. Como ya he afirmado, se puede ser hipócrita por educación, pero existen quienes carecen de ella, y confunden la sinceridad y falta de hipocresía con la impertinencia y la inoportunidad más inapropiada. Cada vez tolero menos las impertinencias, vengan de quienes vengan,  niños o ancianos, y las repruebo públicamente si es necesario. A los primeros nunca está de más explicarles las cosas bien claras para que no cometan la misma torpeza en un futuro, y a los menos niños para que vayan cambiando el chip de que a los ancianos hay que perdonárselo todo por aquello de la edad. Que con la tontería de unos porque son niños, y otros muy mayores, no hacen más que regalarnos impertinencias y barbaridades una tras otra. Personalmente puedo perdonar alguna de estas incongruencias a un niño o anciano con problemas mentales, pero jamás si como yo se encuentran en perfecto estado de salud. A respuestas de los demás para quitar hierro al asunto en plan “Déjale, si ya sabes cómo es” respondo que muy bien, pero que ahora él sabe quién soy yo y que es aconsejable que en mi presencia no escupa por tamaña bocaza según qué estupideces.

Si todos fuésemos menos hipócritas quizás tendríamos menos amigos, ninguno o casi ninguno probablemente. Las reuniones familiares, además de producirse con menor frecuencia o llegar a ser casi inexistentes, serían bastante más divertidas y animadas, o quizás no, porque a lo mejor nadie se atrevería a tirar la primera piedra en forma de soplapollez contenida. En el trabajo no tendríamos que sonreír como idiotas ante jefes o compañeros porque todos conoceríamos la verdad de lo que pensamos los unos de los otros. Algunos dudosos artistas no se pegarían la gran hostia de su vida en cualesquiera que fuera su arte, ya que en lugar de “Es muy bueno” lo que escucharían sería “Me parece una puta mierda” y se guardarían de hacer el ridículo. En anteriores ocasiones les he narrado que el rencor es quizás una de mis más deplorables y lamentables bajezas, y que dirimo una interminable lucha diaria en pos de derrotar tan despreciable lacra, pero es este rencor mi principal aliado en innumerables ocasiones en donde me planto ante la hipocresía y me niego al ridículo y lamentable ejercicio del paripé más despreciable. Quien quiera vivir en la mentira o lavar su conciencia es muy libre de seguir engañándose. A las personas que uno ama, sean o no de tu sangre, de tu clase, de tu pensamiento raza o condición, se las quiere porque sí, con sus virtudes y sus defectos, y prefiero que se enfaden o molesten conmigo si me muestro sincero aunque respetuoso, que maquillarles la realidad haciéndoles vivir un sueño del que algún día despertarán sobresaltados. ¡Por el Cetro de Otokkar! Y que el Diablo me confunda y me obligue a tragar la barba si no he sido sincero con ustedes en esta ocasión.

Publicado en Diario HOY el 11/09/2011

 

  • Miguel Ángel Valle Muñoz

    Uffff…Vaya tema que has tratado. Que sería la vida sin hipocresía, vaya rollo. Estaríamos dándonos de golpes continuamente…Anda que no has engordado…Jo que vieja estas…Vaya arrugas…Estoy hasta las narices que seas mi jefe con lo inútil que eres….

    Enrique, la hipocresía forma parte de la vida misma y si uno es inteligente en la vida, hará un arte de la hipocresía.

    Saludos,
    Miguel Ángel.

  • Enrique Falcó

    gracias Miguel Ángel, como bien dices estamos de acuerdo en que hay momentos n que incluso la hipocresía es hasta necesaria, e incluso un detalle de educación y cultura, peor va llegando un momento en que uno se tiene que negar a según qué determinados paripés, ya sean familiares, laborales o de amigos, porque llega un momento en que la dignidad no se deja vencer por la permisidad!!!!

    mil gracias por tu comentarios amigo!!!