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Enrique Falcó

ENRIQUE FALCÓ

El roscón

 

Enrique Falcó. Rosconero tradicional

El delicioso Roscón de reyes en la mañana del 6 de Enero es una tradición que practico con devoción sí o sí.

El delicioso Roscón de reyes en la mañana del 6 de Enero es una tradición que practico con devoción sí o sí.

Ya les dejé bien claro la semana pasada, en mi último artículo del año, que no soy amigo ni simpatizante de superstición alguna, y que para más inri, practico mofa y befa para con quienes se muestran débiles ante pensamientos que no tienen cabida dentro de la sesera de una personal “normal” del siglo XXI, si bien es cierto que también les he insistido en más de una ocasión que hoy en día, ser normal exige mucho.

 

Parecidas a las supersticiones, las manías tampoco gozan de mi beneplácito, si bien estas en lugar de mostrar un bajo nivel cultural se inclinan más por dejar en evidencia que aquellos que las practican no están del todo bien de la chaveta.

 

Se empieza de pequeño, temiendo pasar por debajo de una escalera, después de adolescente,  cruzando los dedos antes de recibir la nota de un examen y se termina de adulto tocando cada farola que vemos por la calle, asustándonos de los calvos y los pelirrojos y cagándonos de miedo cuando nos cruzamos con un gato negro o con una gitanilla que vende romero y nos dice que nos va a poner dos velas negras.

 

¡Aunque parezca de cachondeo a más de una persona le da yuyu que le digan esto!

¡Aunque parezca de cachondeo a más de una persona le da yuyu que le digan esto!

Pero no confundamos supersticiones y manías con tradiciones. Y es que precisamente al menda, estas últimas no le importunan ni disgustan, y no permite que las incluyan en el mismo saco que a las primeras. Lo de tomar las doce uvas durante las campanadas en fin de año la considero una tradición curiosa, incluso bonita, aunque quien suscribe hace ya muchos años que no la practique.

 

A mi las uvas no me gustan, como casi ninguna fruta (“¡Así estás de gordo!” – Me dice mi madre) lo que me gusta es la fermentación de la uva, ustedes ya me entienden. Era ridículo meterse doce uvas en la boca para luego escupirlas. Así que no sé realmente como ocurrió, un 31 de diciembre, a los 10 ó 12 años,  dije que no tomaba uvas y desde entonces hasta ahora.

 

Con las uvas me ocurrió lo mismo que con la cabalgata. Cuando me di cuenta que no estaba obligado a ir a verla dejé de acudir a aquel rollazo interminable que no me hacía ni pizca de ilusión. Sí, ya sé que pensarán que qué niño más raro, pero es que realmente nunca me gustó ver las carrozas, y los pocos caramelos que sacaba en limpio se me antojaban insuficientes para compensar tanta dosis de sopor y peligro.

 

Sí, mis queridos y desocupados lectores, han leído bien, peligro. Existe mucha mala leche encima de esas carrozas, y muchos tiran a dar con los caramelos, y eso si no resultas aplastado por la muchedumbre, que se arroja ante unos sencillos caramelos como si fueran billetes de 500 Euros.

 

Mis más reverenciales respetos a Sus Majestades... ¡Pero la Cabalgata es una lata!

Mis más reverenciales respetos a Sus Majestades... ¡Pero la Cabalgata es una lata!

En definitiva, que aunque uno se comporte desde que se ha hecho viejo y gruñón como una especie de Mr. Scrooge de pacotilla en estas fechas (los fantasmas a mi no se me aparecen sólo en Navidad, y seguro que a ustedes tampoco) no quiere decir que no sea una persona que mire con buenos ojos algunas tradiciones.

 

Adivinarán por mi oronda fisonomía (que diría Félix Barroso) ganada a pulso al caerme dentro de la marmita de poción mágica del druida cuando era chiquinino, que una tradición que no perdono es la del sabroso roscón de reyes que me desayuno sí o sí en la mañana del 6 de Enero. Con o sin crema o trufa, o sin nada, tal cual, me lo ventilo sin distinción ni discriminación alguna junto a mi café con leche, feliz y “mocosete” como un niño con un Ipad nuevo, aunque confieso que entre todos, el que oculta nata en su interior es sin lugar a dudas mi predilecto.

 

Quienes me conocen bien suelen extrañarse ante tal golosa veneración, ya que son conocedores de que antepongo lo salado a lo dulce, y que incluso es raro que tome postre tanto fuera como en casa (soy más del copazo de licor o de un buen Loch Lomond, nobleza obliga).

 

Quizás sea por eso, porque es una tradición, y solo lo desayuno una vez al año, bueno, o quizás dos, si sobra, pero seamos realistas, no suele sobrar. Es curioso, pero no puede ser casualidad que siempre me toque a mí la figurilla, más bien será cosa de probabilidad, como Doña Manolita o Sort en la Lotería de Navidad, ya que soy el que más porciones repite.

 

¡Olvídense de las supersticiones... Trae mala suerte!

¡Olvídense de las supersticiones... Trae mala suerte!

¿Qué se pensaban? ¿Que les iba a decir que aquello debía tener algún significado? ¿Es que acaso aun no se han enterado de nada? ¡Déjense ya de manías! ¡Seamos normales por el Cetro de Ottokar!  Dejemos nuestras manías desperdigadas junto a la mierda de nuestros zapatos sobre el felpudo de la puerta (los que tengan claro… a mi me lo robaron).

 

Disfruten ese delicioso roscón que hoy acompaña su primera taza de café, y alégrense si Sus Majestades han sido benevolentes y les han dejado algún regalillo a pesar de la que está cayendo. Y háganme un favor, olvídense de las supersticiones, ya que como decía Platón:El hombre embrutecido por la superstición es el más vil de los hombres”. Y entre ustedes yo, déjenme que les revele un secreto, ahora que no nos oye nadie: La superstición…trae mala suerte.

 

Publicado en Diario HOY el 06/12/2012

Don de LOCH LOMOND

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