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tambores

Tambores de melancolía
Enrique Falcó 08-04-2012 | 4:28 | 0

Enrique Falcó. Nostálgico Semanasantero

 

Parece mentira que tras dos años y medio aún no me haya atrevido con
un tema tan recurrente como la Semana Santa.  Como me define mi padre en el prólogo de mi libro, “Don de Loch Lomond”,el menda es un captador de esencias, y siendo tan celebrado acontecimientoportador de buena parte de esas esencias, recurro hoy a ellas para compartircon todos ustedes, mis queridos y desocupados lectores, mis recuerdos de tan memorables fechas.

Las esencias de tan particular semana anidan innumerables
recuerdos, como es habitual en mi sesera, y como bien podrán imaginar van
bastante más allá que el olor a cera y a incienso, que tanto me gustan. Ya
saben de mi fascinación por los olores (no digamos ya los sabores), a los que
podemos recurrir en cualquier situación para despertar nuestros dormidos
recuerdos y viajar a diferentes etapas y momentos de nuestra vida. Las Semanas
Santas de Badajoz me huelen y saben a lo mismo que a la gran mayoría de los
niños criados en esta bendita ciudad, Badajoz, en los años 80. A bocatas de
calamares del Kiosco de San Francisco, devorados con el mismo fervor que las
saetas de fondo que siempre cantaban a la altura de la Plaza Minayo, otorgando
al evento una propia e inolvidable banda sonora. Es curioso, pero siempre que
como un bocadillo de calamares me acuerdo de la Semana Santa, y viceversa. Aunque
para ser justos, si existe un escenario que pueda enmarcar de manera magistral
mis recuerdos sobre la Semana Santa, ese es sin duda el pueblo más bonito del
mundo, y el más especial para quien suscribe: Jerez de los Caballeros.

Partimos de la base que a todos los niños nos privaba la Semana Santa,
(semana y media más bien, como cantaban Los Murallitas en los Carnavales del
2011 refiriéndose a las vacaciones de los maestros). Eran unos días de asueto
formidables a mitad de curso, entre las navidades y el verano. Pasaba la
mayoría de vacaciones en la casa de mi abuela, en la calle Flecha Negra número
4, en la subida a la Plaza de Abastos, ese mágico lugar donde ensayaban “los
flechas” y a donde quien suscribe corría junto con su amigo Chema para ver y
escuchar aquellos tambores que me volvían loco. Tambores y más tambores. Que me
perdonen los más devotos, pero a eso suena la Semana Santa en mi corazón, y
nunca ha existido nada que me importara más. No me perdía una procesión, aunque
ya imaginan que como el niño que era, hacía caso omiso a la belleza y
majestuosidad de los Pasos. Me interesaba y sobre todo, me emocionaba esa
música, esas marchas, esos tambores que sentía tan cerca y que se mezclaban
mágicamente con las trompetas. Música celestial para mis oídos.

No conozco un lugar donde la Semana Santa se celebre tan
profundamente. Han leído bien. En Jerez de los Caballeros lo que menos importa
es la devoción o el fervor religioso. Las tradiciones mandan, y una cosa no ha
de estar reñida con la otra. Todos los niños queríamos ser flechas, o
nazarenos, y portar el Domingo de Resurrección los pequeños pasos de María
Magdalena, San Juan y San Pedro, quienes en La Fuente de los Santos corrían
para avisar a Nuestra Señora del Rosario de la resurrección del Cristo
Resucitado.

Ser flecha, si no se residía en el pueblo se antojaba muy difícil, por
el problema de los ensayos y las reuniones. Así que me contentaba con salir en
Martes Santo de Nazareno en la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, a cuyo
templo, la Iglesia de San Miguel, acudía muchas mañanas para ayudar a colocar
las flores o para hacer pequeños recados. En la puerta de la Iglesia nos
reuníamos toda la chiquillería y nos divertíamos con juegos tan imposibles y
divertidos como olvidados. Tres años seguidos salí en la procesión, que
popularmente era conocida como “La del Silencio”, ya que la ironía del destino
quiso que saliera en la única procesión a la que no acompañaban los tambores
que tanto me privaban. Pero era muy divertido y emocionante enfundarte el
capirote, y escuchar como te llamaban los amigos, deseosos de que levantaras la
mano para saludarlos cuando iban susurrando tu nombre a medida que comenzaban a aparecer los nazarenos por las diferentes calles del pueblo. Era tal la
expectación que se apoderaba de mi cuerpo el día de salir en procesión que me
enfundaba el capirote como unas 4 horas antes de comenzar, y así, de tanto
tener la cabeza tapada, el tercer año me dio una lipotimia en mitad de la
procesión de la que se habló largo y tendido en el pueblo. Quizás fue esa y no
otra la causa de que jamás volviera a vestirme de nazareno. Pero nunca olvidaré
los bellos recuerdos de Jerez de los Caballeros y su Semana Santa, tan especiales
en mi corazón y memoria. Existen a quienes la Semana Santa molesta
especialmente, y hablan de un “noveleo” o una doble moral que efectivamente
puede existir. ¿Pero a quién le importa la devoción o el fervor religioso
cuando hablamos de tradiciones? Lamentablemente esas Semanas Santas ya no
volverán, y hoy en día, a causa de mi trabajo, ni siquiera todos los años puedo
disfrutar como festivos el Jueves y el Viernes Santo, por lo que no son ya tan
especiales. Aunque les confieso que a día de hoy, a mis 33 años, no puedo
evitar emocionarme cuando adivino los primeros sonidos de los tambores en
fechas tan señaladas, y parece que vuelvo a verme subir con mis pantalones
cortos y los churretes de sudor, corriendo la cuesta de la Plaza de Abastos de
Jerez de los Caballeros en busca de aquellos redobles de ensueño de ayer, que
hoy han tornado a tambores de dulce melancolía.

Publicado en Diario HOY el 08/04/2012

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Corazón y memoria
Enrique Falcó 28-02-2012 | 1:20 | 0

 

Artículo publicado en la Revista Oficial del EXCMO. Ayuntamiento de Badajoz. CARNAVAL 2012

 

Hablar del Carnaval de Badajoz, cuando uno es pacense y además todavía ronda la treintena, no deja de antojárseme como un ejercicio muy grato, sano y bastante recomendable. Me atrevería a afirmar que incluso me resulta terapéutico. Yo aún diría más, mi querido Hernández, hasta me resulta muy terapéutico. Cuanto más si tan noble exposición se realiza de esta inmejorable tribuna que no es otra que esta Revista Oficial del Excmo. Ayuntamiento de Badajoz, desde donde por primera vez (y espero que por muchos años) me dirijo a ustedes, siendo consciente de la enorme responsabilidad para con mis conciudadanos, y con la finalidad de transmitirles mis impresiones sobre una fiesta, la nuestra, la de todos, que ocupa un lugar especial en mi corazón y en mi memoria.

El menda era hasta hace bien poco uno de tantos treintañeros que, tras los excesos de la adolescencia y primeros años de juventud, comenzaba ya a renegar de una fiesta a la que consideraba de escaso sentido, y a la que cada año se resistía con más pereza. ¡Cuan traidores podemos llegar a ser los hombres cuando renegamos de nosotros mismos y de nuestros recuerdos más dulces y entrañables! Gracias a Dios, el Tiempo, ese puñetero mal nacido, fiscal implacable e impasible donde los haya, se encarga de poner a cada uno en su sitio, y de equiparar cada momento de tu vida en el espacio asignado por la memoria, la cual dictamina los recuerdos que se convertirán en inquilinos de nuestro corazón y aquellos que sin embargo serán desechados y se volatilizarán de nuestros recuerdos para siempre como polvo en la lluvia.

 

Cano de la Murga pacense

 

Fue hace un par de febreros, cuando me disponía como cada domingo a dirigirme a mis desocupados lectores de HOY, cuando me rencontré, gracias a la memoria, con el Carnaval de mi tierra. Lo que comenzó como un despliegue de crítica con ademán de desprecio y ninguneo, con cierta alevosía y bastante mala leche y peor café, acabó convirtiéndose como quien no quiere la cosa en un entrañable homenaje a la magia del Carnaval de Badajoz. Resulta sorprendente viajar al centro del cerebro y comprobar cómo uno de tus primeros recuerdos tangibles de la niñez es la de tu propia imagen, disfrazado de futbolista, embargado de ilusión y felicidad, acudiendo de la mano de tu madre a la guardería, donde te esperaban todos tus compañeros ataviados con sus disfraces. Si la mayoría de jóvenes de mi quinta, hicieran un pequeño esfuerzo y viajaran a través de su memoria más atrás en el tiempo, no me cabe la menos duda de que la mayoría de éstos se sorprenderían a sí mismos con recuerdos de parecida índole.

 Es curioso que el primer disfraz que recuerde sea el de futbolista, posiblemente será por aquello de que todos nos disfrazamos de lo que nos gustaría ser, o de lo que nos hubiera gustado ser. Aunque no creo al cien por cien dicha afirmación, pues en una ocasión, con 14 años, me disfracé de animadora rubia y con coletas, con sus pompones y todo, y dudo que jamás de los jamases albergara en mi oronda inmensidad dedicarme a tan travestida profesión. Hay quien insiste en que no hay nada peor que un hombre disfrazado de mujer, ya que según las malas lenguas (que incluso por aquí también las hay) alimenta la sospecha además de hacer gala de un mal gusto considerable. Quien suscribe no mantiene tal máxima, y sus conciudadanos seguramente tampoco, ya que nos hemos criado en la evidencia y en la opinión de que lo que uno busca al disfrazarse es divertirse y divertir a los demás. ¡Qué ganas tienen algunos cenizos de ver la paja en el ojo ajeno e insistir en que algo no pueda dejar de ser divertido sin un trasfondo de dudosa negatividad!

En Badajoz, el disfraz siempre ha sido lo de menos. Una simple excusa en pos de la diversión más sana y la búsqueda inagotable de la media sonrisa o la explosiva carcajada. Aún recuerdo, no sin cierta nostalgia, cuando en mi grupo de amigos, cansados ya de los preparativos y de lo difícil que era ponerse de acuerdo, nos inventamos el más cómodo y sencillo de los disfraces. Hartos de pasar frío en anteriores ediciones, y de cargar con los más a absurdos accesorios, nos enfundábamos unas viejas batas de médico sobre nuestras ropas de abrigo que maqueábamos para la ocasión. Algunos añadían, como único accesorio, enormes y divertidas jeringuillas que como bien pueden imaginar no cumplían sino una función estrictamente etílica. Existen, por el contrario, quienes se toman muy en serio todo lo referente al disfraz. Lo deciden con suficiente tiempo junto a sus pandillas de amigos, y gastan no poco estipendio en la consecución y complementos de lo mismos, y a éstos se les nota un brillo especial en los ojos cuando se los enfundan por primera vez para escuchar el pregón del Viernes de Carnaval, con los primeros tambores como telón de fondo. Ese tambor, que por cierto no deja indiferente a nadie. Algunos lo aman por considerarlo el símbolo del Carnaval de Badajoz, otros reniegan de él afirmando que es un peñazo. Un servidor no opina ni lo uno ni lo otro… sino todo lo contrario. Existen momentos apropiados para el tambor, de la misma manera que los hay para el baile, el cante o una conversación distendida y animada. Aunque mentiría si no reconociera que en esta ciudad, el noble y difícil arte de la percusión se toma muy a la ligera. Existen quienes realmente ejecutan un trabajo admirable en las tamboradas y en el desfile del domingo, pero igualmente hay muchos que en cuanto portan un par de baquetas en las manos se creen que pueden emular a Phil Collins, y éstos resultan algo pesados. Lo poco agrada y lo mucho cansa, y las comparsas, numerosísimas por cierto, deberían replantearse si tras las tamboradas y el desfile, no sería más adecuado poner en práctica el antiguo y sabio dicho griego que afirma que en el término medio se encuentra la virtud. A muchos les sorprende mi poca devoción por las percusiones de las comparsas (que no por el excelente y vistoso resultado de sus majestuosos trajes), ya que a priori dan por hecho, que habiendo tocado la batería tantos años en agrupaciones pacenses, lo gozo de lo lindo con sus creaciones. En defensa de éstas habría que matizar que tras tantos años, la posibilidad de sorprender es cada vez más compleja a pesar del enorme esfuerzo y dedicación de sus componentes.

La verdad es que en los últimos años disfruto más con las ocurrentes murgas, cuyo concurso sube de categoría en cada nueva edición hasta extremos de tener que organizar preliminares para asegurar cierto nivel en la final. Siempre he preferido a las murgas más divertidas, en detrimento de las denominadas más serias, pero disfruto musicalmente con ambas. En varias murgas pacenses podemos encontrar algunas de las mejores voces y más soberbias guitarras, y en casi todas ellas un arte impecable y un trabajo realmente imaginativo en sus percusiones, cuyos músicos ejecutantes no suelen recibir elogios equiparables al resto de colegas. El alto nivel y el enorme grado de coordinación existente en muchos de ellos consiguen como resultado final que su murga parezca contar con una batería completa en lugar de un simple bombo con platillos y una caja. Se escuchan ritmos bases de pop, de música disco, de rumba, de salsa, de heavy e incluso de reggaetón. Con sus redobles de caja y timbal, y sus característicos sonidos de “hi hat” abriéndose y cerrándose. Desde estas líneas ruego el justo reconocimiento a su encomiable labor.

 

Antoñita la telefonista de Los Murallitas

Antoñita la telefonista de Los Murallitas

 

Siempre me ha resultado digno de admiración lo volcada y presente que se haya gran parte de la ciudadanía pacense en todo lo referente a nuestro Carnaval. Es raro no conocer a nadie de tu entorno que no figure en comparsa o murga, o que sea parte del equipo de alguna asociación que organiza desfiles infantiles de disfraces o cualquier acto relacionado con nuestra fiesta. Solo así se explica el hecho de que el Carnaval de Badajoz haya sido declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional. Algunas voces animan a trabajar más en pos de una mayor difusión fuera de nuestras fronteras, para que cada vez más personas se animen y se unan a los miles que nos visitan cada año, algo que especialmente a mí, como ciudadano me agrada e ilusiona profundamente. Pero sin olvidar que más allá de la difusión nacional, y de la promoción que pueda suponer para nuestra ciudad, el Carnaval debe ser ante todo, un recuerdo constante, un habitante ejemplar de nuestra memoria, para no olvidarnos de la fiesta que todos los pacenses debemos llevar por y para siempre en nuestro corazón.

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