Me he cansado de subir a la montaña. Y no es una sola montaña, sino muchas. Está la montaña tiempo, la montaña desinterés, la montaña posible lector, la montaña compromiso, la montaña hasta aquí, la montaña punto y aparte. Como el lector habitual sabrá, suelo hablar de unas cosas para decir otras. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo ahora.
Si escribo que el hombre con la cara manchada de tiza no sabe escribir su nombre o que la mujer con la peluca que parece confeti no sabe lo ridícula que está, probablemente es un comienzo que invitará al lector a continuar leyendo. Sin embargo, si escribo que el niño con los calcetines de su equipo favorito no sabe tararear el himno nacional o que la abuela con una pérdida de audición del copón no sabe si le están hablando a ella o a su marido muerto medio siglo atrás, la invitación que se le hace al lector es aún más sugerente, pero se corre el peligro de querer ser demasiado original, de epatar, un defecto al que nos tienen acostumbrados los escritores principiantes y muchos consagrados. Así que si escribo que el hombre que se asemeja a mí no sabe cómo deshacerse de su mala suerte, estoy seguro de que muchos lectores (entiéndase “mucho” como “unos cuantos”) van a salir escopetados y otros, los menos, les va a picar allá donde reside la curiosidad. Para estos últimos escribo mi entrada final en este blog.
La diferencia entre ser y parecer
El hombre que se asemeja a mí no sabe cómo deshacerse de su mala suerte y mira que lo ha probado todo. Ha viajado a pueblos alejados de la mano de Dios, se ha pulido sus ahorros en amuletos y exorcismos, ha convivido con una tribu que le impidió lavarse como es debido durante seis meses, ha hincado el diente a incomibles mejunges de nombres impronunciables en su idioma, se ha tatuado ranas, culebras y un sinfín de arbustos sagrados en la espalda y en los glúteos, se ha alejado de la fogosa carnalidad para vivir en el más miserable celibato y ni siquiera ha conseguido tener un pellizo de buena suerte. Así que el hombre que se asemeja a mí y que no sabe cómo demonios deshacerse de su mala suerte recurre a mí, al hombre que se asemeja a él y que tiene algunas veces suerte y otras no, para que le explique cómo hacer para no tener siempre mala suerte. Y, por supuesto, acabo con su sufrimiento diciéndole que vuelva mañana. Descubro, entonces, sin asombro, que me abandona mi sombra, como en aquel cuento de Joaquín Mattos Omar donde un hombre pierde su sombra en un incendio, y hasta me alegro un poco, qué duda cabe.
Al enfrentarse con su rival, el boxeador no echa cuentas de lo cerca que está de perder un diente ni de lo complicado que es acertarle en la mandíbula, pues lo que le preocupa realmente es la insana rivalidad que se ha asentado desde hace meses en su apartamento, debido a la innegable falta de gusto a la hora de elegir unas cortinas para la ducha de su cuarta esposa, a la que no golpea por miedo al que dirán y a la que tampoco responde porque no es un hombre de acción fuera del cuadrilátero. Al enfrentarse a su esposa, el oponente en que desea convertirse el boxeador, se achanta y no dice nada, aunque sabe que cada vez que se meta en la ducha tendrá que ver esos angelitos celestes y rosas que, petrificados, lanzan desganadas flechas con sus arcos de diminutos Cupidos.
La mujer que escatima celofán a la hora de envolver los regalos de su hijos, no duda ni un instante a la hora de empuñar la katana decorativa que adorna su salón y cortarle la cabeza al duende de la Navidad que se iba con un pestiño extra, un pestiño de más, un pestiño que no le pertenecía en absoluto.
Este acto demuestra sin duda lo buena y ahorrativa madre que es.
Ellos llegaron los primeros. Y lo dijeron. Hemos llegado los primeros. Los segundos dijeron que estuvieron a punto de llegar los primeros pero no apretaron lo suficiente en la última cuesta y además reconocen que los terceros estuvieron también presentes en la lucha. A ellos, que habían llegado los primeros, la rivalidad que se traían los segundos y los terceros les importaba un comino. Ellos habían llegado los primeros y eso era lo que importaba. Para la posteridad, los segundos y los terceros no figurarían en ningún anuario. Nadie los mencionaría, serían borrados, a pesar de la titánica lucha que un observador anónimo presenció.
Resuelto el caso del hombre que murió decapitado cuando intentaba huir por el ojo de buey del restaurante donde había pedido dorada a la sal con la esperanza de que costara menos que las cocochas de bacalao en salsa verde que pidió la caprichosa con la que se veía, el inspector se enfrenta a la repentina desaparición de la mujer que, acompañada de su delfín de plástico, buceaba en la bañera con marejada en alta mar.
El caso de la mujer desaparecida aún no le obsesiona pues en su domicilio conyugal el inspector sabe que tendrá que lidiar con la desagradable certeza de que su esposa le pone los cuernos y que, por cierto, ni quiere ni sabe cómo decirle que tiene un amante, aunque ya todo ha terminado y quiere que la perdone. El amante ha resultado ser un maleducado que ayer la dejó plantada en un restaurante de postín y tuvo que pagar la cuenta ella misma al ver que no volvía del aseo ni daba señales de vida en su apartamento, en el que ha llegado misteriosamente una mujer acompañada de un delfín de plástico al romperse la tubería del fregadero. Una gata color azabache que descansaba al sol encima de unos desgastados pantalones de pana le ha bufado al delfín y luego se ha alejado indiferente.
Respira aliviado cuando le comunican por megafonía que los resultados de sus análisis han dado negativo y que ya puede irse a casa a descansar tras el infarto que casi le había dado cuando descubrió al ir a entregar la muestra que tenía que dársela a una de sus muchas conquistas, que le puso una cara que él ya conocía muy bien y de la que se acordaba muchas veces en la soledad de la oficina cuando la luz del atardecer descendía sobre el horizonte y las demandas por paternidad que atiborraban su escritorio se iban ocultando lentamente, mansamente, cansinamente.
La mujer dedicada en cuerpo y alma a satisfacer todas y cada una de las necesidades de su marido y, si no las hay, se las inventa, descubre con asombro que su devoto amante se ha marchado con su marido. Y es que el marido estaba hasta la coronilla de tanto halago y tanta dedicación y quería gozar de su libertad; se sentía, según sus propias palabras, prisionero en una jaula de cristal y, aunque no era una salida del armario que se pudiera calificar de estándar porque a él los hombres no le iban, lo prefiere a pasar un día más de su vida compartiendo el mismo espacio con “esa tía loca” que, tras su marcha, eso espera, se podría dedicar en cuerpo y alma al cuidado de su jardín, que buena falta le hace.
Recurre la sentencia a pesar de que le advierten que no va a servir de nada, que es como tirar el dinero a la piscina y luego no pescarlo y secarlo convenientemente, que es malgastar el precioso y escaso tiempo que va a vivir toda una vida; le advierten, por tanto, que va a hacer el primo. Y a pesar de los avisos bienintencionados, el hombre recurre. No lo hace una vez, sino muchas. Y en todas fallan en su contra. El último recurso, ya pobre de solemnidad aunque con la inalterable confianza que lo caracteriza, lo hace ante al Tribunal Interplanetario de la Galaxia, que falla, tras años interminables de deliberación, en su contra. El hombre, que ya es un anciano nada entrañable, achacoso y con un inquietante tic en el párpado derecho, se aferra a los doscientos setenta y dos mil folios de su recurso y antes de morir piensa que lo que más le jode de todo el puñetero asunto no es que no le dieran la razón, que también, sino que había quedado con una mujer, la primera cita de su vida, el día que conoció el fallo negativo de su primer recurso, y con tanto papeleo no le pudo avisar de que llegaría tarde o nunca. La mujer, por su parte, se ha fosilizado en la esquina donde había quedado con el hombre cuarenta y siete años atras, aunque mantuvo la esperanza de que este hombre sería el hombre adecuado, el que pondría el punto y aparte a una larga lista de fracasos, hasta su último suspiro.
En la escuela le enseñaron a no decir mentiras, pero el niño no estaba hecho para la escuela y, además, como iba poco, contaba las mentiras a medias, así que eran también verdades a medias y no se sabía qué era peor. El caso es que del niño no se fiaba nadie. Y esto sin mencionar su falta de entusiamo a la hora de enfrentarse a la vida y su pobre manejo de la oratoria. Contase lo que contase, te enterabas de una cuarta parte de lo que el niño decía, si es que decía algo, y, por tanto, la media verdad o la media mentira originales, según se mirase, se reducían a, cómo decirlo, una motita de blanco en mitad de un lienzo pintado del mismo color.
Ay, pero el mundo sabe premiar a estos talentos tardíos.
Cuando el niño se hizo grande fundó un partido con la ayuda de aportaciones anónimas y desinteresadas. Lo llamo NMT (Nada de Medias Tintas) y los cronistas oficiales de la época alabaron su inestimable labor reconciliadora, mientras los críticos, que eran pocos, desorganizados y de pluma espesa, clamaban ante sus manifiestas muestras de ineptitud e ineficacia y que habían llevado al país a convertirse en el hazmerreír de la comunidad internacional. Pero, claro, desde dentro, metido en harina, todo se veía distinto, y había muchos favores que exigían una pronta devolución compensatoria. El niño aprendió que la gratuidad de los servicios prestados era otra mentira y confió en que nadie más lo descubriera.
Al NMT lo votaron señores y señoras que habían ido a su misma escuela, la escuela de todos. Y eran muchos, pero no la mayoría. Sin embargo, la mayoría estaba más interesada en escribir las frases más ingeniosas en su timeline de Twitter y hacer unos montajes fotográficos la mar de divertidos que solo servían para pegarse unas risas en el bar, y así les iba.
Y pasaron los años.
Se agotaba la legislatura y era el momento de votar, de cambiar el rumbo de una política infame. Sin embargo, como siempre votaban los mismos, el niño fue reelegido y, por tanto, fueron reelegidos todos a los que había seguir favoreciendo. La acción de votar seguía siendo en opinión de la mayoría una cosa inútil, como de otra época, y así les iba.
Cuando ya viejito el niño murió, se le dedicaron obituarios en los que se enaltecía su capacidad para expresar el sentimiento del pueblo. Yo, desde luego, y visto lo visto, no les quito la razón.
El hombre amigable se enamora perdidamente de la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos y llega un día en que ligeramente abatido —aunque es un hombre que no se desalienta fácilmente—, decide establecer, con la connivencia de la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos, una relación de amigos con derecho a esporádicos roces, a lo que la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos le dice que “puede” pero con “condiciones”, a saber: que se cambie de sexo, que se comprometa con una religión minoritaria y entregue su vida a la meditación, a lo que el hombre amigable le responde que “sí” pero con “una condición”, pues no quiere abusar: que los primeros miércoles de cada mes bisiesto la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos le dé permiso para visitar a su anciana madre en la residencia, a lo que la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos le dice que no, por supuesto.













