El psicólogo reprende a la madre por haber perdido los estribos. La madre arguye que el hijo, aunque es suyo, eso nadie se lo discute, es una mala influencia para el padre, al que le ha dado por jugar con los playmobil nada más llegar del trabajo y al que hay que pedirle, rogarle que deje de jugar y se siente en la mesa para almorzar. Con reticencias, la cabeza hacia un lado, la lengua colgando del labio inferior, en un gesto que ella reconoce en su hijo y que significa que te den, el padre se sienta en la mesa y ella le pregunta si se ha lavado las manos, cosa que no ha hecho, por supuesto, y entonces se arma un follón para persuadirle de que si no se lava las manos no come. Obviando el hecho de que el menú diario se ha empobrecido cualitativamente, pues solo se puede servir arroz con tomate, huevos fritos, salchichas, filetes de pollo finísimos empanados, algún gallito ocasional sin espinas y, por supuesto, papas fritas, hay que cortarle al padre los filetes en piezas pequeñas para que no se atragante y recordarle continuamente que tiene que beber agua para que el bolo baje. Cuando llega el postre, como estamos en verano, helado; y si no hay helado, nada. La fruta ni probarla, a pesar de que ella se esmera en la presentación de unas coloridas fuentes con trozos de mango en forma de escudos del Capitán América, cerezas deshuesadas, fresones, moras, melón en cuadritos, plátanos en tiras y alguna fruta de temporada (leyó en un blog de autor que a los niños les entra la comida con colores vivos por los ojos, lo que no significa que les entre necesariamente por la boca). Cuando acaba la comida, el padre se encierra en el baño y caga. Luego sale en calzoncillos con alguna revista de videojuegos en la mano o el ipad o el Cinemanía o todo junto, se pone el traje que ha dejado hecho un gurruño sobre la cama del dormitorio y ella le coloca bien el nudo de la corbata antes de que salga por la puerta. Así que, con la esperanza de que el padre cuando vuelva del trabajo a las once de la noche, se comporte como lo que era, un buen padre celoso de su intimidad, ella le prepara todas las noches una cena exquisita con variedades de sushi, pollo al estilo hindú y pinchos variados que aprendió en un curso online de cocina mediterránea, delicias culinarias que el padre siempre rechaza porque prefiere beber del cartón de leche mientras se apoya en el frigorífico con la puerta abierta, para que le dé el frequito en los genitales, y tomarse un bocadillo de salami antes de irse a la cama.
Hasta aquí, pase.
El problema es que todas las noches desde que al marido le dio por jugar con los playmobil imitando a su hijo, y una cosa llevó a la otra, la despierta el padre porque ha mojado las sábanas o bien está llorando desconsoladamente porque hay un monstruo debajo de su cama. Entonces ella se agacha y mira debajo de la cama y, aparte de pelusas, extremidades de muñecos arrancadas y un cochecito verde, no ve monstruos que valgan, y así se lo dice al padre. Luego, se encaja al estilo Tetris con el padre en la cama de ochenta y le hace caricias en la barba hasta que se duerme. Ella vuelve a la cama de uno cincuenta cuando por fin se ha dormido el padre y estira las piernas en la cama y descubre lo bien que se está en la cama, toda la cama para mí, por eso la reprende el psicólogo. Que quiera toda la cama para ella significa que ha tenido una infancia desdichada y que se está vengando así del padre, de su progenitor, el abuelo de su hijo, que, a diferencia de los que cree el psicólogo, era encantador y un señor como Dios manda, con ideas conservadoras, sí, pero no se le hubiera ocurrido jugar con los juguetes de ella o de alguno de sus hermanos. El psicólogo le dice que ella es muy egoísta y que algo tiene que cambiar si quiere que la situación mejore, poner un poco de su parte, le dice, que tampoco cuesta tanto, y olvidarse del pasado, pasar página, cerrar un capítulo, y ella baja la cabeza y asiente mientras se arranca con la uña una postillita que tiene en la rodilla.
El hombre de prodigiosa verborrea sube los 5.895 metros del Kilimanjaro y en la cima siente la imperiosa necesidad de contárselo a alguien. Contarle, por ejemplo, lo mucho que ha esperado este momento desde que empezó a hacer los preparativos hasta que por fin se decidió; las reticencias de sus amigos y el apoyo incondicional de su esposa, a pesar de los malentendidos con su familia, que aún hoy se pregunta qué se le ha perdido a él en el extranjero, y tan alto, madre mía. Como la aventura la inició solo, solo sigue y ahora no puede evitar esta imperiosa necesidad de proclamar sus sentimientos, gritarle al mundo su proeza, que tampoco es para tirar cohetes, conste, así que decide narrarse, sin ahondar en detalles, eso cree, la experiencia vivida. Del tostón que se da, aunque al principio estuvo muy pendiente de lo que se contaba a sí mismo, descubriendo, incluso, matices en los que no había reparado hasta ese instante o que había ignorado por parecerle banales, se queda dormido y rueda montaña abajo hasta que una piqueta irregularmente clavada en la roca de una de las tiendas de un campamento base detiene su caída. Cuando la montañera pelirroja sale de su tienda y descubre que no ha sido una ráfaga del puto viento lo que ha desmontado el chiringuitro que tanto esfuerzo le había costado montar, aunque no reconocerá que ha sido facilísimo ni bajo amaneza de tortura, y que sabe que tampoco era para echar las campanas al vuelo, sino un cuerpo humano, un nosequé la conmueve. Habiendo salido un 6 de abril de su casa de Moratalaz con menos de cinco euros en el bolsillo, un bocadillo de mortadela con aceitunas y una bolsa del Carrefour con una camiseta y un jersey que nunca se pondría, con el firme propósito de encontrar al amor de su vida, allí estaba ella un 9 de septiembre, a los pies del Kilimanjaro nada menos, observando a un hombre, ligeramente descoyuntado y con magulladoras serias en las palmas de las manos y el cogote, caído del cielo. La montañera pelirroja está deseando llamar a su hermana para contárselo, a la muy puerca y envidiosa, pero sabe que la cobertura es nula o inexistente.
Renovarse o morir. Esto nos lo suelta la pija farandulera que nos atosiga cada dos por tres porque es la que manda, la que pone los puntos sobre las ies, la que dice la última palabra y siempre se atribuye toda la razón y ni una mijita para los demás. Nosotros, por supuesto, tomamos nota de sus indicaciones, sus reproches, sus sugerencias, sus malentendidos y sus imposibles e, inmediatamente, los olvidamos. Ella, con sus trapitos y sus caprichos vintage, como el nuevo automóvil color beige lavado, o sea, blanco, que aparcó esta mañana en su plaza reservada, puede presumir siempre que abre la boca. Renovarse o morir. Algunos se lo están pensando muy seriamente. Lo de renovarse o morir. Y teniendo en cuenta los posibles de cada cual, expresión que acuñó el pobre Zacarías, que en paz descanse, les convence más lo segundo.
Tú lo que quieres es escribir como Saul Bellow, no te engañes. No quieres su vida, sus cinco esposas, sus manías. Quieres su genio para la escritura. Quieres su Pulitzer, su Nobel, su reconocimiento, su capacidad intelectual para describir al hombre moderno inmerso en la continua amenaza de perder su identidad espiritual. Tú quieres escribir sus libros, no seguir sus pasos. No quieres mirar por la ventana de su habitación. Pero ambas cosas son inseparables. Créeme, si yo estuviera en la piel de Raymond Carver, que sabes que tanto me gusta, no querría para nada su genio si tengo que vivir alcoholizado como él. Tú no quieres aquello que está intimamente ligado al acto de escribir: la propia vida, su itinerario por el mundo hasta que murió el 5 de abril de 2005 en Brookline, Massachusetts. Lo cierto es que prefieres ser ese diseñador gráfico que vive a pocos pasos de esta habitación. Hasta parece casi feliz, conforme con la mano que le ha tocado jugar. Lo que tenga que venir, que venga.
No te gustaría ser Saul Bellow, créeme. Muchas veces sabemos lo que no queremos cuando por fin lo conseguimos. Puedes ser electricista, fotografo, director de una galería de arte, corredor de bolsa, masajista, pero nunca un escritor como Saul Bellow. Me dirás que, tal vez, un escritor menos dotado, un escritor de los que incluso llegan a vender unos cientos o miles de ejemplares y del que nadie se acuerda a los pocos meses porque el tiempo ubica a los escritores malos en el olvido y a los buenos en todas las librerías de viejo.
No, no, no quieras ser un escritor. Olvídalo. No hay persona tan infeliz como un escritor. Tantos mundos por descubrir y el escritor permanece atado a su procesador de textos, inventando, borrando, evitando los lugares comunes, cuidando el estilo, puliendo, modificando, documentándose, visitando a bibliotecarios reticentes, amargados, rehaciendo, tirando, rezando porque se haya guardado el archivo y, finalmente, borrador tras borrador, dar por terminado el libro, una criatura que podría estar corrigiendo infinitamente, nunca satisfecho del todo.
Prométeme que no abrirás un libro, por favor. Y prométeme que no querrás ser mañana un personaje de una novela de Saul Bellow, un pícaro Augie March, por ejemplo, o ese inútil desubicado de Mr. Sammler o, por qué no, Moses Herzog, un personaje tan bien construido que envidiaste no ser tú, con todas tus contradicciones, tus fantasías, tus anhelos. Así que, prométeme, sobre todo, que serás tú mismo, aunque me gustaría más que fueses Charlize Theron, conste.
Estarás conmigo en que lo que me ha pasado no ha sido fruto de la casualidad, sino de un plan trazado minuciosamente por el destino para advertirme de lo que podría haberme sucedido si hubiera dado ese paso adelante que tantas veces me animaste a dar y que, por fortuna, nunca di. Fíjate que segundos, minutos, horas, días antes podría haber dado ese paso, qué duda cabe, y me hubiese perdido esta revelación que ha hecho que me replantee mi alocado y más que desaconsejable modo de vida. Si hubiera dado ese paso en otro momento, incluso mucho tiempo después, probablemente mi vida habría tomado otro rumbo y yo, por supuesto, no echaría de menos lo que nunca se produjo. Esta advertencia, esta segunda oportunidad (no se me ocurre mejor forma de expresarlo) que me ha otorgado el destino y, no lo pasemos por alto, mi renovada fuerza de voluntad, me permitirá renunciar a mi cuota de pataletas semanales y abrazar un estilo de vida en el que seré capaz de controlar, de manera metódica, lógica y sin distracciones todos mis impulsos y canalizar toda esa energía en el mantenimiento de un precioso jardín que es posible que desde esta parte del mundo se vea en otros planetas como lo que realmente es: una colección de macetas con flores marchitas alineadas al tuntún.
Yo te pregunto y tú, por la cara que pones, parece que te enteras de lo que te digo, de las palabras, sujeto, verbo, predicado, y supongo que las irás recibiendo en el orden en el que las he ido pronunciado en tu cabecita de chorlito, pero cuando tienes que buscar otras palabras para responder, te quedas callado y yo te pregunto por qué cuando quieres decirme algo te quedas callado, una pregunta que bien podrías responder con un escueto porque en realidad no tengo nada que decirte o algo más elaborado del tipo si hicieras la pregunta adecuada yo podría contestarte adecuadamente, aunque bien sabes que te estaría mintiendo y que lo que realmente me gustaría es preguntarte a ti lo mismo para que vieras cómo me siento, a pesar de que a estas alturas lo que se dice sentir, siento más bien poco.
Me he cansado de subir a la montaña. Y no es una sola montaña, sino muchas. Está la montaña tiempo, la montaña desinterés, la montaña posible lector, la montaña compromiso, la montaña hasta aquí, la montaña punto y aparte. Como el lector habitual sabrá, suelo hablar de unas cosas para decir otras. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo ahora.
Si escribo que el hombre con la cara manchada de tiza no sabe escribir su nombre o que la mujer con la peluca que parece confeti no sabe lo ridícula que está, probablemente es un comienzo que invitará al lector a continuar leyendo. Sin embargo, si escribo que el niño con los calcetines de su equipo favorito no sabe tararear el himno nacional o que la abuela con una pérdida de audición del copón no sabe si le están hablando a ella o a su marido muerto medio siglo atrás, la invitación que se le hace al lector es aún más sugerente, pero se corre el peligro de querer ser demasiado original, de epatar, un defecto al que nos tienen acostumbrados los escritores principiantes y muchos consagrados. Así que si escribo que el hombre que se asemeja a mí no sabe cómo deshacerse de su mala suerte, estoy seguro de que muchos lectores (entiéndase “mucho” como “unos cuantos”) van a salir escopetados y otros, los menos, les va a picar allá donde reside la curiosidad. Para estos últimos escribo mi entrada final en este blog.
La diferencia entre ser y parecer
El hombre que se asemeja a mí no sabe cómo deshacerse de su mala suerte y mira que lo ha probado todo. Ha viajado a pueblos alejados de la mano de Dios, se ha pulido sus ahorros en amuletos y exorcismos, ha convivido con una tribu que le impidió lavarse como es debido durante seis meses, ha hincado el diente a incomibles mejunges de nombres impronunciables en su idioma, se ha tatuado ranas, culebras y un sinfín de arbustos sagrados en la espalda y en los glúteos, se ha alejado de la fogosa carnalidad para vivir en el más miserable celibato y ni siquiera ha conseguido tener un pellizo de buena suerte. Así que el hombre que se asemeja a mí y que no sabe cómo demonios deshacerse de su mala suerte recurre a mí, al hombre que se asemeja a él y que tiene algunas veces suerte y otras no, para que le explique cómo hacer para no tener siempre mala suerte. Y, por supuesto, acabo con su sufrimiento diciéndole que vuelva mañana. Descubro, entonces, sin asombro, que me abandona mi sombra, como en aquel cuento de Joaquín Mattos Omar donde un hombre pierde su sombra en un incendio, y hasta me alegro un poco, qué duda cabe.
Al enfrentarse con su rival, el boxeador no echa cuentas de lo cerca que está de perder un diente ni de lo complicado que es acertarle en la mandíbula, pues lo que le preocupa realmente es la insana rivalidad que se ha asentado desde hace meses en su apartamento, debido a la innegable falta de gusto a la hora de elegir unas cortinas para la ducha de su cuarta esposa, a la que no golpea por miedo al que dirán y a la que tampoco responde porque no es un hombre de acción fuera del cuadrilátero. Al enfrentarse a su esposa, el oponente en que desea convertirse el boxeador, se achanta y no dice nada, aunque sabe que cada vez que se meta en la ducha tendrá que ver esos angelitos celestes y rosas que, petrificados, lanzan desganadas flechas con sus arcos de diminutos Cupidos.
La mujer que escatima celofán a la hora de envolver los regalos de su hijos, no duda ni un instante a la hora de empuñar la katana decorativa que adorna su salón y cortarle la cabeza al duende de la Navidad que se iba con un pestiño extra, un pestiño de más, un pestiño que no le pertenecía en absoluto.
Este acto demuestra sin duda lo buena y ahorrativa madre que es.
Ellos llegaron los primeros. Y lo dijeron. Hemos llegado los primeros. Los segundos dijeron que estuvieron a punto de llegar los primeros pero no apretaron lo suficiente en la última cuesta y además reconocen que los terceros estuvieron también presentes en la lucha. A ellos, que habían llegado los primeros, la rivalidad que se traían los segundos y los terceros les importaba un comino. Ellos habían llegado los primeros y eso era lo que importaba. Para la posteridad, los segundos y los terceros no figurarían en ningún anuario. Nadie los mencionaría, serían borrados, a pesar de la titánica lucha que un observador anónimo presenció.













