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Juegos reunidos
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Marcos Ripalda | 23-09-2015 | 09:23

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La niña que era más mala que un dolor se subió al tejado para otear el horizonte de tejas, camisones, bragas-faja y gatos hambrientos y, sobre todo, para poder echarle un vistazo al niño que era más tonto que Abundio, que, al parecer, vendió una oreja porque la tenía repetida.
La niña que era más mala que un dolor no acostumbraba a subir tan alto, pero se aburría de estar en el cuarto callada y esperando que se hiciese de noche para poder chinchar al padre, que llegaba agotado del trabajo y tenía el tiempo justo para cenar e irse a la cama tras un irregular cepillado de dientes. Así que mientras la madre le ponía la cena —más bien fría porque no acertaba con el tiempo de calentado en el microondas—, la niña que era más mala que un dolor le sometía a todo tipo de rayuelas físicas y mentales, que iban desde el abrazo-que-impide-ver-El-intermedio o el achuchón-que-machaca-las-cervicales-que-el-crossfit-ya-machacó a las preguntas y/o peticiones inquietantes del tipo ¿las nubes comparten casa? o ¿cuándo me vas a comprar el iPhone 6 con pantalla retinta extrafina de jamon york?
Cómo descansar con este incesante acoso y derribo de esta niña-gota-malaya, siempre armada hasta los dientes con preguntas más bien extrañas, irresolubles, antipáticas y que preocupaban sobremanera al padre y no le dejaban dormir a pierna suelta, que es lo que le hubiese calmado la ansiedad y permitido un despertar de buen humor a la mañana siguiente, y no ese despertar aciago que le presionaba las sienes como si quisieran modelar un botijo en su jeta, y, sobre todo, ese sabor a manteca colorá que le repetía en el cercanías de camino al curro, donde su amable jefe, que llevaba una vida de satisfecho y acaudalado calzonazos, con sobremesas excelentes en compañía de unos hijos cariñosos y buenos estudiantes y una esposa con cabeza para los números y curvas rápidas, donde esprintaban los ojos de los albañiles que estaban ampliando el baño del ático, el del servicio, que había sido un cuchitril hasta entonces, y aprovecharon para tirar un tabique para que desde la cocina se viese el salón —con la excusa de que iba a entrar más luz y parecería que sus 120 metros cuadrados eran en realidad 122—, un capricho de última hora que se le había ocurrido a la maciza esposa, que por nada del mundo quería perderse los cuchicheos de su familia política, mientras se metían entre pecho y espalda deliciosas gambas serbias y los sobrinos presumían de bíceps, mientras la suegra metomentodo y el de la moto, que allí había barra libre, despellejaban a quien cruzase el umbral del salón, un juego clásico que los tenía entretenidos hasta que alguien encontraba el mando de la televisión extraplana de 112 pulgadas dentro de un jarrón u oculto, a conciencia, en un cajón debajo de unas revistas de música clásica y labores del hogar que ocultaban una caja de excelentes habanos, en cuyo interior estaba el susodicho, y que el acaudalado calzonazos abonó en tres cómodos plazos de 3.557 euros para que la familia, los amigos, este y aquel, se sintiesen como en casa, aunque bien sabía el calzonazos que no había nadie que estuviera mejor en su casa que en la suya, o sea, y por eso estaban en su salón todo el puñetero día, toqueteando el mando de la Jumbo-televisión, en busca de alguna mamarrachada para borregos diseñada por hombres y mujeres muy capaces que hacían lo que hacían porque tenían que comer y pagar la guardería del niño, con lo que le gustaban las películas de vaqueros, con sus hombres altos y decididos que no le temían a nada o que ocultaban la mar de bien que estaban cagaditos de miedo, como el esbelto profesor de tai chi que venía los lunes y miércoles y que no se cansaba de repetirle que su esposa era una alumna aventajada y que se sacudía el sudor con más sudor en el cuarto de las fregonas —omitiendo esta parte, obviamente, que solo les concernía a ellos—, frota que te frota, con violencia incluso, viólame, le gritaba él, calla la puta boca, le aconsejaba ella, y en ese intercambio de roles estaban los dos cuando el hijo del jardinero, al que la niña que era más mala que un dolor llamaba el niño que era más tonto que Abundio, los pilló centrifugando ese deseo irrefrenable que los llevaba cada lunes y miércoles —y casi siempre que el satisfecho marido calzonazos estaba fuera—, al delirio amatorio, con el cuerpo del profesor de tai chi en una contorsión imposible que le permitía sacudirle en el culo a la escultural esposa mientras le lamía los pies, una cosa muy asquerosa, le contaba el niño que era más tonto que Abundio a su madre, que le advirtió que no abriese la boca, que la señora era muy limpia y muy católica y que por nada del mundo se iba a poner a retozar como una cerda, oye, y el niño, que empezaba a no ser tan tonto, le replicó que parecían entenderse muy bien a pesar de los gritos, así que la madre zanjó la cuestión con una torta de las de vuelve-y-te-doy-otra-que-tengo-un-arsenal y, tal vez por esta razón, allí estaba la niña que era más mala que un dolor —y a la que no había forma humana de describirla como la-niña-que-tenía-unos-prontos-muy-malos-pero-era-buena o la-niña-problemática-pero-con-un-corazón-que-se-le-iba-a-salir-del-pecho—, y que algo se olía, observando al niño que parecía tonto pero no lo era tanto, aunque estaba a punto de estamparse la frente contra el tendedero, que temblaría lo justo, bien lo sabía la niña, porque estaba el poste bien sujeto al suelo, mientras se desprendía de una cuerda un calzoncillo del señor de la casa, que era el que lo pagaba todo a fin de cuentas.

Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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