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Autor: mripalda
El sentir del gaitero
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Marcos Ripalda | 15-05-2017 | 11:26| 0

“Tómatelo con calma
si hay luz
ya te
encontrará.”
(Charles Bukowski)

 

Pegar la hebra, decidirse por todo un poco y luego nada, acumular las riquezas del vecino, probar a gastar la suela al caminar, voltear una maceta que estaba pocha, argumentar los descansos con raciones de apio fresco, lamentarse cuando el orgullo nos mete un gol, encestar a cuatro manos el pijama, decorar aquel libro infantil con garabatos de viejo, ratificar el acuerdo con el hombre que poda bonsáis, encontrar el concepto, maldecirlo, acabarse la cena y desayunar por lo que pueda pasar, retozar orgulloso en el lodo, proponer dosieres infumables en reuniones de por sí tediosas, pagar a la ninfómana para que cuide a tu hijo adolescente, enhebrar la aguja que marca el norte, solicitar asilo en la propia vivienda de protección oficial, acudir al médico dos veces por semana y decirle siempre que estamos ya mejor, fabricar lápices de colores con la sangre real, recuperar el tiempo perdido tumbado en el sofá, poner en entredicho lo que decíamos ayer mismo, aprender a tocar la flauta travesera, estabilizar el satélite alargando la mano siempre que el cielo esté limpio, decorar la caseta del perro de modo que no quiera volver a entrar, llevarle siempre la contraria al cuñado, amnistiar a un puercoespín que nos resulte mono, acudir a urgencias al grito de libertad para el gallo Kiriko, aparentar fiebre cuando te disparan en el corazón, cometer alguna atrocidad como deshojar una margarita, reventar a pedradas los vidrios de la escuela, rellenar el impreso de inscripción con tinta de limón, hervir una papaya en los mocasines de un gigante, rescatar al enemigo para que podáis seguir batallando por el amor de quien no os corresponde, mezclar diminutivos y gerundios en la misma frase, parafrasear a Wittgenstein si tienes huevos, no pasan más cosas porque Dios no quiere, y el caso es que el gaitero ya siente que le falta el aire cuando sopla.

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La seguridad de los objetos
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Marcos Ripalda | 10-05-2017 | 10:31| 0

El niño que nunca miente le promete a la niña que todo lo pierde que no descansará hasta encontrar su medallón. Sin embargo, la búsqueda del medallón en aquel bosque virgen se alarga toda una vida y se hace inevitable que, con el transcurso de los años, aquel paraje idílico sea transformado en una acumulación de chalés adosados sin ton ni son y mastodónticos centros comerciales. Así que cuando por fin el niño que nunca miente, que ya es un hombre de avanzada edad, encuentra el medallón, la niña que todo lo pierde, y que ya es toda una ancianita entrañable, le dice que ése no es su medallón, pero que gracias, y le cierra la puerta de su piso de protección oficial. El señor de la tercera edad que fue un niño que nunca mintió, se queda con el medallón colgando de una mano y con la otra, que hace unos instantes golpeó con sus artríticos nudillos la puerta de roble lacado del vejestorio que una vez fue una niña que lo perdía todo, no sabe muy bien que hacer y la esconde finalmente en el bolsillo de su abrigo. Este hombre que en dos semanas cumplirá los setenta y dos, se queda de pie, como petrificado por el ungüento de un hábil embalsamador, con la mirada fija en sus raídos zapatos de ante, la frente callosa a solo un palmo de la puerta, construida en madera de pino —no era roble, no— y que acaban de cerrarle en las narices. Como es un hombre que ha vivido lo suyo, consigue recomponerse del chasco ubicando adecuadamente en el puente de su nariz prominente los anteojos y añade una vuelta más a la bufanda, que sigue picándole un poco, y desanda el camino a paso lento —las piernas del niño se convirtieron hace varios lustros en estos troncos que arrastra ahora— hasta llegar, sano y salvo, a su castillo infantil donde una montaña de juguetes que no han sido sacados de sus embalajes le espera hace tanto tiempo que ya no lo recuerda. El camino que le lleva hasta el castillo es liso y aburrido. Una autovía lo cruza y han desaparecido las sinuosas carreteras comarcales y algunos caminos de cabras por los que solía hacer un alto en su búsqueda del medallón para zamparse el bocadillo. Y ahí están las almenas del castillo, ya las ve; las almenas le rozan ahora las rodillas y está el precioso triciclo amarillo, arrinconado entre la hojarasca acumulada, que se ha ido oxidando y ahora parece un animal abatido con el que ni este viejo niño ni ningún otro que cumpla sus promesas pedaleará hasta que se haga de noche y los niños mentirosos y las niñas que nunca pierden sus medallones vuelvan a la seguridad de sus casas.

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Neverending Story
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Marcos Ripalda | 03-05-2017 | 3:06| 0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alto comisionado nos ha prevenido, como ya supondrá, sobre personas que, como usted, quieren intoxicar y desestabilizar el sistema con utopías del todo irrealizables y que destruirían, caso de ser llevadas a cabo con éxito, aunque, repito, lo dudamos porque se ha demostrado que las utopías no son más que humo, este equilibrio tan razonablemente consensuado en el que una minoría privilegiada ostenta el poder mientras el resto, una mayoría, a poder ser lo más silenciosa posible, acata sus deseos. Es lo que usted conoce como democracia.
Nuestra sentencia, que será firme desde el preciso momento en el que nuestro notario vuelva del spa, le condena a ser conducido a las mazmorras más cochambrosas que hayamos podido encontrar en un plazo razonable, mientras le dejamos disfrutar de la compañía de esos desharrapados a los que usted llama familia. Le aconsejamos que evite excesivos lamentos porque de nada servirán súplicas, llantos y rajadas admonitorias. Asímismo, le informamos de que hemos puesto a su disposición todo tipo de utensilios que harán su estancia mucho más agradable y, sobre todo, breve, a saber: cordones de botas militares, cinturones de hebilla, una soga de esparto de primera calidad, varios metros de cables de cobre y plástico duro, un surtido de corbatas italianas excelentes y de una resistencia contrastada y, por supuesto, no hemos olvidado incluir un juego de sábanas que podrá enrrollar a su gusto. Por supuesto, también hemos dispuesto en su celda cajones de diversa altura para facilitar el salto que debería llevar a buen fin la que será su decisión inapelable. Como verá, lo tenemos todo pensado. Respetamos todas las opiniones. No somos excluyentes para nada. Cualquiera que sea su decisión, sepa que estamos aquí para ayudarle.

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Semana Santa
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Marcos Ripalda | 16-04-2017 | 3:19| 0

El niño que no tenía nada que perder le dice a la niña que abunda en razonamientos obtusos, que está perdidamente enamorado de su hermana mayor, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos le responde que le parece muy bien, pero que su hermana mayor tiene novio formal y que ella, hasta el momento presente, tiene una idea poco aproximada de lo que es el amor, si es que el amor existe, y no es una invención del hombre, igual que lo fue en su momento Dios muy probablemente, a tenor de que nunca hace nada, aunque ella no le ha pedido nada ni a Dios ni a sus padres porque tiene un tito que es rico. Por supuesto, el niño que no tenía nada que perder no tiene juicio a este respecto y, en lugar de decirle esto —que no sabe qué decirle—, se encoge de hombros y, aunque es cierto que no tiene nada que perder, prefiere hacer mutis por si la hermana mayor se arrepiente o se cansa del novio formal, y se va sorteando como puede las vallas que el consistorio ha repartido por toda la ciudad para evitar que entre el público asistente salte algún graciosillo por bulerías —siempre hay alguno, no falla— frente al Cristo Negro y el periódico abra mañana con el titular “Una avalancha humana provoca un muerto y varios contusionados frente a la catedral”, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos hubiese puesto reparos como casi siempre, obvio.

 

 

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La condición humana
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Marcos Ripalda | 10-03-2017 | 10:44| 0

Hasta le he rogado al doctor con lágrimas en los ojos y sorbiéndome los mocos con poco disimulo, mientras ensuciaba un kleenex tras otro, que me extirpe este sentimiento de culpa tan poco acentuado que llevo ostentando toda mi vida para que, cuando acudas a seducirme por trigésimoquinta vez, sea inmune a tus encantos, a tus senos, a tus piernas boa constrictor y acabemos, como sucede siempre que te pones y me pones, desnudos, probablemente, o a medio vestir, trastabillando con la pernera del pantalón, una braga que se enreda, un arete que se clava en mi mejilla, un botón que tus dedos habilidosos para otros menesteres encuentra complicadísimo de descorchar en cualquier pasillo de hotel, chiringuito o aseo inundado de una discoteca y tú, a punto de llegar al orgasmo o de alcanzarlo yo poniendo a trabajar unos lumbares castigados por el tedio del yogur desnatado frente al televisisor, me susurres, con voz meliflua, que fue un error, tábano mío, que no volverá a pasar, de verdad, nunca más, que esta es la última vez hasta la próxima.

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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