Hoy

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Autor: mripalda
Proporcionalidad
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Marcos Ripalda | 13-10-2017 | 10:27| 0

proporcionalidad
Resignado como era habitual a ser el más bajito de la reunión, había decidido dar el gran salto mortal de su, hasta ahora, insignificante existencia, lanzarse sin red de seguridad ni arneses a por la más alta, que era muy fea, cierto, pero muy, muy alta, alta incluso para un hombre alto, no un hombre muy alto, claro, pero alto de, digamos, metro ochenta y cinco ochenta y seis, y lo que le dijo la alta, cuando se disponían a pasarse el puré de puerros con caviar de erizos, lo lleva intrigando desde entonces, incluso hoy, doce años después, en su aniversario de bodas con la pequeña Enriqueta, una mujer tan bajita como él, excepto cuando se empeña en usar plantillas y tacones, la pequeña Enriqueta, una joya de mujer, que conoció en una reunión de la Asociación de Personas con Problemas de Crecimiento o Bajas (PPCB). De lo que le dijo la chica muy alta no sabemos nada a fecha de hoy. Obviamente, lo que le dijo la chica muy alta no mejoró las expectativas que él imaginó en su momento y ha debido conformarse, en cierto modo, con Enriqueta, la pequeña Enriqueta, esa joya (si vosotros supiérais), la elección más conveniente no solo por altura, aunque ya presagió él, a partir de ciertos detalles (los detalles lo son todo), muy al principio de su relación con Enriqueta, tormentos nada desdeñables, de los que sí que podemos imaginar una gran variedad de acciones concretas que lo encaminaron a la depresión que ostenta y que, desgraciadamente, a fecha de hoy, ya es crónica e insalvable. Eso es lo que dice la psiquiatra de Elías, una mujerona de largos y robustos muslos a la que le atraen muchísimo las personas bajitas, pero no quiere rebasar por nada del mundo la barrera que debe prevalecer entre médico y paciente, barrera, límite, línea divisoria con la que tanto la machacó el profesor de Ética de su facultad y que, por cierto, era un tipo desaseado de casi dos metros que siempre le pareció a ella que estaba ligeramente descontento con su altura.

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Veraneando
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Marcos Ripalda | 04-10-2017 | 3:46| 0

piscina_relato

El hombre que ha descansado tanto que está cansado ya de estar cansado, se gira en la tumbona y le propone al DJ una canción lenta que se pueda bailar solo. El DJ, que es un cachondo, pincha un tema de trash-metal a un volumen demencial que hace que le estallen los tímpanos a ambos.
Sordos como están ahora, el DJ y el hombre cansado de estar cansado, se dan la mano y luego se abrazan y le ponen el broche a la noche bañándose desnudos a la luz de la luna en una piscinita de niño adaptada, mientras el extraterrestre que los observa a millones de años luz desde su macrotelescopio espacial engulle sin apetito un bocadillo de zapatillas de esparto porque estos dos cuerpos extraños —extraños para el extraterrestre, se entiende; amorfos para un nutricionista humano— le ocultan la figura del tullido objeto de estudio (un niño con las piernas como dos alambres) que está haciendo castillos de arena que su padre, el del niño, alumbra con una linterna a la que, se lamenta por enésima vez el padre, tendría que haber cambiado las cuatro pilas de 1.5 V que alberga en su interior, más que nada porque este padre odia la oscuridad y no quiere, además, romperse la crisma mientras sortea a tientas los restos de un macrobotellón que los mantuvo despiertos —a su mujer, al niño de los alambres y a él mismo, que es cojo de nacimiento— hasta las cuatro y dieciseis minutos de la madrugada, hora en que la policía les convino a que se marchasen a un hotel.

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La voluntad en cueros
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Marcos Ripalda | 23-08-2017 | 4:53| 0

cueros

La mujer con serios problemas de alcoholismo profesa una extraña fascinación por el hombre que corre desnudo por el parque de La Encarnación de cinco a seis de la tarde. Esta fascinación no hubiera llegado a ser tal si en ese intervalo de una hora, la mujer con serios problemas de alcoholismo no se empeñara en salir a por el pan, como lleva haciendo desde hace unos días, pues siempre tiene que volverse sin él porque se le cruza este hombre desnudo que corre siempre a la misma hora por el parque de La Encarnación e, inevitablemente, desandar los pocos metros conquistados a la acera para encerrarse, una vez más, en su piso, justo ahora que estaba decidida a atajar su serio problema de alcoholismo mojando pan de pueblo del de verdad en la salsa de oporto del pato al oporto, obviamente, que se había preparado mientras ingería media botella de orujo y dos caipiriñas y que, a pesar de haberse quemado ligeramente —como se puede comprobar a poco que se rasque el fondo de la cacerola y, más que nada, por el tufillo a quemado que desprende—, es perfectamente comestible, y la mujer con serios problemas de alcoholismo, a causa de la extraña fascinación que profesa por el hombre que corre desnudo, se despide, una vez más, adiós muy buenas, de la voluntad justa que le permitió abrir el pestillo y salir a la calle a por el pan de pueblo que nunca ha conseguido comprar. Por eso ya está abriendo, con las prisas y el pulso panderetero que la ansiedad le permite, la útima garrafa de licor de endrinas casero que tiene reservada para un nuevo día que, por supuesto, no llega, y, mientras se va echando dos hielitos en el vaso —en esto pone sus cinco sentidos a trabajar como si arreglase las tripas de un reloj—, aguza el oído, que lo tiene muy fino, para oír como dan las seis en la iglesia y al guarda del parque que ya está gritándole al hombre que corre desnudo, tras su siesta —la del guarda, se entiende—, que dónde va hombre de Dios, joder, todos los días igual, venga para acá, tarado, y tápese, y, sí, puntuales también las sirenas de la ambulancia y los enfermeros cargando sus pistolas de rayos láser para derribar al hombre que corre desnudo por el parque de La Encarnación de cinco a seis de la tarde, y es que está huyendo del notario, eso cree el hombre, el notario que le quiere hacer firmar los papeles del divorcio, los de la hipoteca, los de una Smart TV con pantalla curva de 65 pulgadas, los de una camisa de manga corta que aún no estrenó… ¡Como para no correr, carajo!

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Manteca colorá
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Marcos Ripalda | 17-08-2017 | 11:06| 0

mantecacolora

El niño que reza todos los días le dice a la niña que come pan con manteca colorá que la manteca colorá engorda, acortando además su vida considerablemente, y que se va a morir antes que después, a lo que la niña que come pan con manteca colorá le responde que al no rezar todos los días como hace él, necesita un poco de ayuda extraordinaria, que no celestial, para coger fuerzas y tener la paciencia necesaria para lidiar con niños como él, y que es precisamente lo que el pan con manteca colorá le ofrece sin pecado concebido amén.

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Breve encuentro, largo idilio
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Marcos Ripalda | 16-07-2017 | 4:00| 0

El niño insensato pregunta a la niña faltona cuánto son dos más dos y la niña insensata le responde que son cuatro y aprovecha para llamarle carajote y decirle que quiere a otro, a lo que el niño insensato le responde con un beso de tornillo que deja trozos de chicle en los brackets de la niña faltona.

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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