Hoy

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Etiqueta: dios
ende siècle
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Marcos Ripalda | 13-02-2017 | 11:22 |0

La Tierra desmoronándose.
Dios que se marcha para siempre.
Las carcajadas del sacerdote.
Tiembla y dime que has soñado con esto.
Porque es cierto lo que cuentas en tu última carta.
No es posible observar la marea naranja, se ha interpuesto la luna blanca, la luna asesina que te despoja del cuerpo.
Por eso me acuesto sobre una serpiente dorada. La serpiente no me muerde. Pero lo hará. Sólo tiene que esperar. Noto como se mueve por las venas de cristal, como se estrecha al llegar al torrente sanguíneo mientras se retuerce la espina dorsal. Es una serpiente lista. Eso basta. Se apodera de mi para vaciarme de ti. Le agradezco lo que hace.
Ahora parece que estoy muerto. No puedo sentir nada. Esto es la muerte. No sentir nada. Para siempre. No vengas a buscarme. Muerta también.
Estoy flotando sobre un mar de escombros, de recuerdos. Cientos de buenos propósitos con alas de hojaldre estrellándose sobre las encías de la montaña.
Ahora me espera la nieve. La nieve que no recuerda nada de lo que tú y yo fuimos.
Sí, la nieve.
La nieve amaneciendo sobre el alféizar la nieve que se quita la nieve vampiro la nieve oculta en los corazones la nieve avalancha nieve esperma nieve

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La tangente
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Marcos Ripalda | 28-01-2016 | 10:58 |0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al hombre le dice su doctor de toda la vida que le queda media hora de vida, pero que no se preocupe, que con el precario material quirúrgico del que dispone, puede abrirle el cráneo y sacarle los malos pensamientos que lo llevarán a la tumba si no se da prisa, y no pierde la oportunidad para comentarle que ha sido una suerte encontrar la causa de tanta desazón y de tanto estreñimiento últimamente, cuando el hombre  —lo lee en su historial— es más bien de digestiones fáciles.
El hombre, por no llevarle la contraria al doctor, que asistió a su madre en el nacimiento de su hermana, la pequeña —lo que tal vez explique que esté tarada desde su nacimiento, cuando la familia supuso entonces cierta lentitud en el habla porque era una chica sensible (y no una insensible de mucho cuidado)—, le dice que lo disculpe, que le está dando un infarto ahí mismo y que no sabe si lo superará ahora que otras preocupaciones le invaden la cabeza.
El doctor, blandiendo un bisturí que no ha sido esterilizado desde el año de inauguración del centro de salud, quince años atrás, le practica al hombre una incisión

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Hombre preguntando
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Marcos Ripalda | 29-05-2015 | 09:34 |0

—Eso de ahí es. Está doblando la esquina. Lo verá en seguida. No tiene pérdida. Un poco más adelante. Ya le dije.
—Sí, ya sé. Nada más llegar allá, doblo a la izquierda. Es esa esquina, ¿verdad?
—Eso es. Doblar y ahí mismito es. Si es que no tiene pérdida.
—¿Y sabe usted si están?
—Eso ya no se lo puedo decir. Pruebe.
—Toco la puerta y…
—Y entre, echao pa´lante, que dicen.
—¿Quién lo dice?
—Oh, es una forma de hablar.
—¿De quién?
—Una frase hecha, cosas que se dicen para rellenar. Muletillas se llaman.
—¿Entonces entro?
—No, primero llama y si están, entra. Aunque la puerta puede que esté abierta. Si es el caso, empuje, que ellos no tardarán en volver.
— Y me siento allí y espero.
—Exacto. Se sienta usted. Sillas hay.
—¿Y si no vienen?
— Vendran, vendrán.
—Yo no sabría que hacer si ellos, por un casual…
—Ellos tienen que venir. Venir vienen, seguro… ¡Si ni siquiera sabe si están!
—Es por no molestarles.
—Usted me está tomando el pelo.
—¿Perdone…?
—Que se cree usted que soy tonto.
—¿Qué tiene que ver eso con su pelo?
—Es otra frase hecha, hombre de Dios.
—No creo que vengamos de

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Haciendo la compra, consecuencias
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Marcos Ripalda | 12-05-2014 | 15:43 |0

La dejo pasar más que nada porque quiero verle el culo.
La señora que va detrás de ella, con el pan bajo el sobaco, me mira mal porque le hubiera gustado saltarse el turno, pero con esa cara de acelga lo único que hubiera podido pasar es que le dijera muy serio que yo también llevaba prisa —esa habría sido la excusa de la señora si llega cinco segundos antes, como si los demás anduviésemos sobrados de tiempo—, aunque habría hecho todo lo posible por meter el desodorante, los yogures y la comida para la gata en la bolsa con la mejor de mis sonrisas y una parsimoniosa lentitud, con el único objetivo de añadirle una arruga más de desprecio a su cara de acelga.
La chica, en efecto, tiene un culazo. Las mallas favorecen su maciza figura y yo sé que todo es para el novio, lo que se ve y lo que no, y ahí se acaban mis ilusiones, pero me contento, qué duda cabe, contemplando su culo haciendo como que estoy pendiente de los niños, que están subidos a un carro, ensimismados pegando un chicle en una de las cerraduras de la consigna y que, por suerte, no es la nuestra, así que podré sacar la mochila con los deberes que, con Dios y ayuda y un pescozón a tiempo,

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Fin
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Marcos Ripalda | 26-12-2013 | 11:47 |0

Eran otros tiempos y las soluciones eran otras. Definitivamente eran otros tiempos.
El hombre habla y habla y yo escucho, escucho su pasado, el porvenir podrido de este viejo superviviente.
Hemos esperado todo este tiempo… esperado tanto tiempo… esperado para comprobar que la destrucción puede ser más rápida, más devastadora… definitiva, por fin.
Escucho al viejo, al hombre sabio, las últimas frases del mundo. Y no puedo ni quiero dejar de hacerlo.
Cuando yo no esté, ¿qué vendrá despues? ¿Qué tiempo sin tiempo? ¿Qué espacio ocuparemos en este no-vivir? ¿Seguiré siendo yo?
Pienso que nunca lo sabremos, que nunca nos lo dirán los que se fueron. Porque nadie vuelve para contarlo.
Entonces las palabras serán otra cosa y ya no serán palabras y no habrá quien escuche esas no-palabras.
En pocos segundos las naves aplastarán el mundo que conocemos y el viejo y yo estaremos muertos. Y cuando por fin estemos muertos, completamente muertos, muertos para siempre, todos los que podrían recordarme también lo estarán.
Las naves, rozando con sus gigantescas hélices las ramas de los árboles más altos, inician el protocolo de destrucción.
¿Seguiré siendo

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El reverendo asqueado de la religión conoce a la prostituta cansada de leer novelas románticas
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Marcos Ripalda | 05-12-2013 | 12:59 |0

El reverendo asqueado de la religión conoce a la prostituta cansada de leer novelas románticas en el ultramarinos de la esquina. El reverendo asqueado de la religión encuentra encantadora la forma en que la prostituta cansada de leer novelas románticas apoya su tripita en el congelador para rebuscar entre las tarrinas de helado una que sea de vainilla y chocolate. Tras el diálogo insulso que mantienen acerca de lo calurosa que se ha puesto la tarde, el reverendo asqueado de la religión la invita a tomar una copa.
La prostituta cansada de leer novelas románticas está pidiendo ya su cuarta cerveza y le advierte al reverendo asqueado de la religión que ella no es una chica fácil. También le cuenta lo mucho que ha llegado a odiar las novelas románticas. El reverendo asqueado de la religión le dice que él solo ha leído la Biblia y algunos libros de teología, pero que está pensando seriamente en leer una novela de sentimientos. De niño, reconoce el reverendo asqueado de la religión,  sí que leyó algún tebeo, alguna novelita de Zane Grey que su abuelo se dejaba a veces en una banqueta del cuarto de baño, pero ya no se acuerda bien.
Cuando salen del bar, la

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Una historia de la evolución natural
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Marcos Ripalda | 23-10-2013 | 15:42 |0

El honorable señor feudal le prometió a su hija un pretendiente digno de su confianza el día de su decimoctavo cumpleaños, pero como no encontró a ningún pretendiente del que fiarse le pidió a una bruja que le cortase un brazo para que de él sacara, al modo de Adán y Eva y lo de la costilla aquella, a un joven apuesto, hermoso, y, sobre todo, digno de su confianza. Con los años, lo que había sido un brazo y luego un príncipe de discreta belleza, decapitó al honorable señor feudal, que era un tirano de cuento, mientras la hija, felicísima, se dispuso a vivir como una reina.

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Catequesis
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Marcos Ripalda | 22-08-2013 | 10:34 |0

Cuando estás desayunando tu habitual entera catalana más café con leche templada y zumo de naranja colado, se te nubla la visión e intuyes que un hombre obeso o un niño gordo muy grande se abalanza sobre ti. Te espachurrará si no te quitas, pero, claro, esto es solo una ilusión provocada por el virus que está en su estado embrionario. El susto se te pasa enseguida y puedes terminarte el desayuno, que coronas con un eructo que no incomoda a nadie porque a esa hora en el bar no hay ningún cliente y Manolo, el que te sirve el desayuno desde que eras adolescente e ibas al instituto con tu mochila New Balance y acné en el cuello, está acostumbrado, a la vuelta de todo y más allá. Y también sordo como una tapia.
En la envasadora donde trabajas no sientes ningún malestar hasta que haces un paroncito de una hora para un tentempié que adornas con una cañita Cruzcampo al punto glacial, pues estamos en agosto y es innegable que refresca más que un vasito de agua del tiempo. Así que cuando te dispones a salir de este otro bar que regenta Patxi con mano temblorosa debido al alcoholismo en fase no-me-tomo-la-útima-que-da-mala-suerte, sientes un vahido y la sensación

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La importancia de la imagen
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Marcos Ripalda | 31-05-2012 | 19:32 |0

Un hombre camina sin prisa por la acera de una calle céntrica y se detiene a mirar un escaparate. El hombre, en el mismo acto de mirar ese escaparate, se percata de su reflejo, así que deja de interesarle el escaparate y se fija en su figura, en lo aparente que va, y eso que ha cogido lo primero que vio al abrir el armario. Aunque los calzoncillos le aprietan un poco y empiezan a sudarle las axilas bajo la camisa a medida, luce, eso piensa, como un modelo de anuncio. La mujer, escudada tras las lamas de las persianas, lo observa desde la seguridad del balcón. Al volverse, no le inquieta el reflejo que su figura dibuja en el espejo con efecto adelgazante. No estoy nada mal, piensa el hombre, encantado con el reflejo que de sí mismo percibe gracias a la incidencia de la luz solar, ligeramente atenuada por las partículas de polvo cósmico, escapes de coches y restos de sofrito y lentejas, sin olvidar la importancia de la conjunción de Saturno con Alpha Pi-287, asteroide que aún está por descubrir y que desde su misma imposibilidad de estar ahí, niega, entre otras cosas la existencia de Dios y las bondades del papel reciclado, un camelo en toda regla. Desconocedores los

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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