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Etiqueta: memoria
ende siècle
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Marcos Ripalda | 13-02-2017 | 11:22 |0

La Tierra desmoronándose.
Dios que se marcha para siempre.
Las carcajadas del sacerdote.
Tiembla y dime que has soñado con esto.
Porque es cierto lo que cuentas en tu última carta.
No es posible observar la marea naranja, se ha interpuesto la luna blanca, la luna asesina que te despoja del cuerpo.
Por eso me acuesto sobre una serpiente dorada. La serpiente no me muerde. Pero lo hará. Sólo tiene que esperar. Noto como se mueve por las venas de cristal, como se estrecha al llegar al torrente sanguíneo mientras se retuerce la espina dorsal. Es una serpiente lista. Eso basta. Se apodera de mi para vaciarme de ti. Le agradezco lo que hace.
Ahora parece que estoy muerto. No puedo sentir nada. Esto es la muerte. No sentir nada. Para siempre. No vengas a buscarme. Muerta también.
Estoy flotando sobre un mar de escombros, de recuerdos. Cientos de buenos propósitos con alas de hojaldre estrellándose sobre las encías de la montaña.
Ahora me espera la nieve. La nieve que no recuerda nada de lo que tú y yo fuimos.
Sí, la nieve.
La nieve amaneciendo sobre el alféizar la nieve que se quita la nieve vampiro la nieve oculta en los corazones la nieve avalancha nieve esperma nieve

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La punzada
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Marcos Ripalda | 27-01-2014 | 20:20 |0

PRIMERA PARTE

Sintió una leve punzada en el estómago.
Nada serio. Se recuperaría enseguida. Sólo tenía que tomar las pastillas indicadas. Y si las pastillas no estaban en su lugar o se habían agotado, tendría que bajar a la farmacia y soportar el dolor unos minutos. Nada que no pudiera tolerar.
Las pastillas estaban en su lugar. El bote, al menos, pero vacío. Pronunció un sinfín de palabras malsonantes y tomó el abrigo.
La farmacia estaba abierta hasta las ocho y media y eran sólo las siete y cuarto.
En el rellano de la escalera le saludó a su vecino, un homosexual con cara de bruto y que no parecía homosexual, al que no devolvió el saludo.
El ascensor olía a tabaco. ¡Qué cuesta encenderse el cigarrillo en la calle! No era momento de recordar que él mismo se fumaba dos paquetes al día. Hasta que el médico pronunció las palabras. O dejas de fumar o te mueres. Por supuesto, prefirió morirse. Total, ya tenía cincuenta y cuatro años y con la vida que había llevado tampoco era para esperar un milagro de última hora, un giro repentino en el desarrollo de su insípida y fastidiosa existencia, pero vida al fin y al cabo.
Una mañana se había levantado con

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Caín y Abel eran vecinos
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Marcos Ripalda | 11-11-2013 | 11:16 |0

Rememora sin atisbo de emoción un episodio que hizo las delicias de sus padres. Era entonces un churumbel que apenas caminaba y ya le estaban jaleando para que se tirase un pedete. Solía hacerlo cuando comía garbanzos. Este era, según él, uno de los inconvenientes de tener buena memoria, de acordarse de todo por insignifcante que fuera. Lo recordaba todo, sí, y precisamente por eso, también lo perdonaba casi todo. Aunque su buena memoría no era nada comparada con la singularidad de su vecino del sexto A, que nació con la conciencia de que venimos al mundo para marcharnos y que, desde que puede alimentarse solo, vive encerrado en su laboratorio buscando la manera de que cuando le toque morirse, los demás lo hagamos también.

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La memoria del elefante
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Marcos Ripalda | 08-08-2012 | 17:56 |0

Habíamos sido amigos de cuando se hacía la mili. Era un tipo grande, simpático. Yo siempre le acompañaba cuando tocaba acampada. No me daba la tabarra con putas ni cartas. Si se iba, se iba solo. Muchos días me despertaba muy temprano y me contaba alguna anécdota. La anécdota nunca era reciente. Contar lo que se dice contar, contaba más bien poco. Pero, ya digo, el tipo era legal y muy amable conmigo.
Con Tomás, sin embargo, no se entendió nunca. Pero ya que me pregunta le diré que a Tomás había que darle de beber aparte. Un bicho malo, pero no todo lo malo que podía haber sido. Yo he conocido a mal nacidos que eran peores. Por eso me sorprendió que se agarraran el Tomás y él. Tomás era casi tan alto pero menos corpulento. Lo tumbó en un visto y no visto y le dio en la cara hasta que se la puso morada. Tomás estaba como muerto. Sangraba por la boca y los oídos. Escupió varios dientes. Se levantó sabe Dios por qué. En el segundo asalto le arreó hasta que lo mató. Cuando uno se muere, se muere para siempre. Y el Tomás se fue, sí.
Esa misma noche lo trasladaron al calabozo.
No lo volví a ver más hasta anteayer, que se me acercó y me reconoció

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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