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Etiqueta: mujer
El prejuicio de la sordera
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Marcos Ripalda | 24-11-2016 | 12:12 |0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La mujer que no acepta que tiene la edad que tiene se desliza por la puerta del centro comercial ataviada con un vestido demasiado corto y ligeramente chabacano que le sienta (francamente) muy regular pero que al guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad le parece digno de una diosa, madurita o no. Y cuando a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene se le queda clavado el tacón en la mullida alfombra que se encuentra nada más abrirse la puerta automática del centro comercial, el guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad deja de fijarse en el grupo de chavales que vienen de pasearse por las tiendas sin haber gastado un céntimo y poca suela de sus zapatillas de marca tan molonas, y se ofrece, cómo no hacerlo (se considera a sí mismo un caballero andante), a sacarle el tacón a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene, pero la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene tampoco acepta —era previsible— que un joven y fornido guardia jurado con, probablemente, el graduado escolar y poco más (o ni eso), piense que es una cara bonita

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Leche condensada
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Marcos Ripalda | 15-09-2016 | 18:27 |0

La mujer a renglón seguido se desdice de cada mentira que el hombre con falta del calcio le descubre, así que el hombre con falta de calcio decide atacar por otro flanco menos evidente —aunque igual de inútil— y añadir un párrafo más a esta discusión de gato de escayola. Por eso espera pacientemente, cafetera en mano, a que la mujer a reglón seguido le proponga otro acertijo. Es eso, o pasar página.

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De empotradores, centímetros de menos y féminas que mueven los cocos
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Marcos Ripalda | 22-07-2015 | 10:03 |0

El hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa se ha dejado seducir (en su imaginación) por la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros. Y aunque el hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa mide apenas ciento setenta centímetros, se atreve con la bachata porque de él tira una fuerza superior que le tiene estrujado el paquetón. La mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros observa al torpe retaco —según su simplista y caprichosa forma de catalogar a los hombres que no alcanzan los ciento ochenta y dos centímetros—, acercarse mientras ella no deja de cimbrear la cintura y se le mueven los cocos al compás, y que da gusto verla, oye. El hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa sí que está bailando algo parecido a la bachata, así que se va aproximando más y más a la carnosa hembra que le tiene cautivado y no se percata, como tampoco lo hará —para la necesaria caramelización de su vanidad— la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos

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El diluvio
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Marcos Ripalda | 22-07-2014 | 11:21 |0

El hombre tranquilo permanece sentado sobre el edredón mientras la mujer que quiere salvarse achica el agua que ya está alcanzando, pese sus esfuerzos, la parte baja del somier. El hombre tranquilo le susurra a la mujer que quiere salvarse que no se esfuerce y que se deje llevar. Porque cuando el agua les cubra por completo y sean una sola cosa, dejarán de existir, y disfrutar, gozar es lo único que debe importarles. Pero la mujer que quiere salvarse no quiere oír que va a morir. Por eso, sigue achicando agua, a pesar de que sabe tan bien como el hombre tranquilo que disfrutar, gozar es lo único a lo que aferrarse. El hombre tranquilo se incorpora y toma de la mano a la mujer que quiere salvarse, la desviste sin que ella diga una sola palabra y hacen el amor como si estuvieran a punto de morir y el orgasmo les permite respirar bajo el agua para siempre.

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Océano moja
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Marcos Ripalda | 03-06-2014 | 15:20 |0

 

En memoria de Momo (2000-2014), descanse en paz

Océano. Sí, moja. Así lo describió cuando supo que su nombre era el mismo. Océano tenía dos años. Nació en la madrugada del 11 de enero de 2009.
Primero un pie y después el otro. Así, muy bien, despacito, no tenemos ninguna prisa. Sofía tuvo que aprender esto. Y otras muchas cosas más. Porque Océano no fue parte de ella hasta mucho años después, cuando el recuerdo imborrable de Océano le advirtió de su error. Entonces, Sofía pudo atreverse a mirar detenidamente ese recuerdo que era también una mirada y un espejo.

Océano me golpea con sus dedos minúsculos. Me toca la nariz, los párpados, la barba descuidada, atrapa mi índice, se revuelca inquieta en su cunita.
Hace poco descubrió a Tor, nuestro viejo mastín. Tor nunca se acerca demasiado a ella. Sus grandes ojos se posan cansados sobre el edredón de la cuna y allí se queda tumbado toda la tarde, en mitad del pasillo, como un centinela adormecido.

Yo deseo llevarme a Océano a la playa para mostrarle el mar. Sofía me dice que Océano estará mejor en casa. Por esta vez le hago caso. Océano debe tomar su biberón, así que después del baño

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Rascarse el culo
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Marcos Ripalda | 02-04-2014 | 16:14 |0

En efecto. Sucede en ese momento incómodo en el que te rascas el culo sin saber que detrás de ti hay una mujer observando. La mujer, por supuesto, no es que estuviera pendiente de ti, no es que supiera que te ibas a rascar el culo, no es que le importe demasiado que te rasques el culo o sí que le importa. Pero tú no sabes nada de esto y bajas la vista y te pones serio y te marchas hacia las escaleras para subirlas lo más elegantemente posible y a la velocidad de la luz.
Rascarse el culo tiene estas cosas y a veces suceden otras que nada tienen que ver con el culo o con que te lo rasques. Por ejemplo, que al haber subido tan rápido por las escaleras (sufres de claustrofobia imaginaria en los ascensores), no te has percatado de que la misma mujer que te ha visto rascarte el culo tomaba el ascensor y se dirigía al despacho-salita en el que vas a tener la entrevista para el puesto de supervisor.
Sí, rascarse el culo, así, bajando la guardia, siendo pillado en el acto mismo de rascarse, tendrá consecuencias.
En el despacho-salita le tiendes la mano a la mujer, la misma mano con la que te has rascasdo el culo, no el culo directamente, claro, sino que has rascado la tela del

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Los cuentos invisibles
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Marcos Ripalda | 27-02-2014 | 16:08 |0

Mi tío Paco, que nunca fue un hombre de muchas palabras, desapareció literalmente aquella tarde en que se estaba tan bien al solecito.
A mi tío Paco se le podía encontrar todas las tardes escribiendo en el café. Lo hacía en una libretita donde anotaba frases, pensamientos, esbozos que luego convertía en cuentos o, incluso, los cuentos mismos, pues algunos eran mínimos. Supongo que escribió menos cuentos de los que le hubiera gustado. Mi preferido, que nunca vio la luz porque ninguna editorial se lo publicó —ni este cuento ni ninguno—, sigue siendo aquel que escribió después de que su mujer le regañase por haber pisado el suelo mojado que ella acababa de fregar.
Mi tío quería ser Saul Bellow, pero comprendió sin atisbo de amargura, que nunca lo conseguiría. Bellow era imposible; Carver, tal vez; Vila-Matas, a veces.
Recuerdo vivamente la impresión que me causó. En el relato había un jinete (un soldado, creo recordar) que se pierde en la nieve y descubre con asombro que no siente frío, pero el caballo sí, por lo que tiene que abandonarlo y caminar solo hasta descubrir, al final del cuento, cuando llega por fin a una casa que conoce bien —porque en el

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La fiambrera
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Marcos Ripalda | 22-01-2014 | 11:08 |0

El nuevo amigo de mi mujer y que, además, se acuesta con mi sobrina, ha tenido la brillante idea de traer una piña para celebrar el cumpleaños de mi hijo que es alérgico a esa fruta del demonio.
Por supuesto, he tirado la piña a la primera oportunidad que se me ha presentado. No sé qué patraña me inventaré cuando llegue la hora de servir el postre, aunque confío en que se me ocurrirá algo. Como siempre. Lo que no tengo claro es si mi mujer o mi hijo alérgico, que se han dado cuenta de que he tirado la piña por la ventana del baño, me delatarán.
La piña la arrojé cuando el imbécil se dio la vuelta para apreciar una lámina de Klimt que compré en el VIPS que tenemos abajo y cuyos ocres, los del cuadro, conjuntan divinamente con los cojines del sofá y la pequeña lámpara turca que mi hijo alérgico nos trajo tras visitar fugazmente Turquía. Pero esto no viene al caso. Lo que ahora espero es que mi mujer y mi hijo alérgico se hagan los suecos y me permitan que explique, de una vez por todas, lo de la alergía, que sería, por supuesto, lo más lógico, y no inventarse así, de sopetón, una excusa que oculte lo que de verdad ha sucedido con la piña.
Hay que

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El cazador
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Marcos Ripalda | 08-01-2014 | 11:52 |0

Le ofreces otra copa de vino porque dentro de unos minutos le estarás diciendo adiós y te subirás a un taxi y en el aeropuerto comprarás un detalle, algo no necesariamente caro, y al llegar a casa le dirás a tu mujer que la convención fue aburrida pero que el hotel merecía sus cuatro estrellas, y ella te dirá que los niños duermen, ven, cuéntame, y te ofrecerá una copa de vino mientras yo me acabo la botella que compraste en la tienda de abajo, un petite syrah, un vino oscuro e intenso, ideal para acompañarlo con carnes de caza.

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El hijo de su madre
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Marcos Ripalda | 29-11-2013 | 18:36 |0

Yo de pequeño era muy malo. Me lo decía todo el mundo. Mis abuelos, mis amigos, mi hermana, mi tío Jacinto, la quiosquera, el dueño del taller de neumáticos, la profesora de piano, el churrero. Hasta mi madre me lo decía: “Niño, eres muy malo”. No malo a secas. Muy malo. Y a mis cuarenta-y-muchos mi madre me lo sigue diciendo: “Eras y eres muy malo”. Y lo cierto es que no lo comprendo. Aparte de alguna travesura fruto del desconocimiento, achacable a mi corta edad entonces o a la curiosidad que todo zagal sano muestra, no he hecho nada malo en toda mi vida. Lo juro.
Saqué buenas notas en primaria y en bachillerato. Salvé a una ancianita antipatiquísima de ser devorada por un doberman y el doberman me mordió a mí y con esta mano aún puedo escribir si me concentro y no llueve.  En la universidad aprobé Derecho en cinco años, aunque la manía que me pilló el de Derecho mercantil a cuenta de que hice un comentario (que nunca hice) sobre su incipiente alopecia, estuvo a punto de costarme un disgusto. Me coloqué pronto y bien en un bufete pequeño aunque con proyección nacional y dediqué incontables horas a leer cuentos a los gemelos antes de dormir, pues mi

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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