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Alguien ha propuesto la palabra desahucio como la más ‘fea’ de la Lengua Castellana, no sólo por su difícil ortografía y su estridente musicalidad, sino, sobre todo, por la ‘dureza’ de su significado cuando se aplica. Y todo ello a pesar de incluir la palabra confianza. Hablemos brevemente de ésta.

La mayoría de la gente identifica fe con confianza o tenacidad en conseguir algo. El latino ‘foedus‘ (¿de ‘fari‘ –hablar-?) significa contrato expreso, pacto, convenio. No se tata de ‘creer lo que no vimos’ (perversión intencionada). Incluso un cura calificaba esta definición de ‘inocentada’ en su homilía, hace poco tiempo. No se puede hablar de contrato con alguien que nunca se presenta a negociar; pero se puede hacer con sus representantes. Por eso es más fácil creer en los sacerdotes que en Dios, aunque la cosa se complica cuando dicen que sólo hablan en su nombre. Suele admitirse que ‘foedus’ (pacto) proviene de ‘fides’ (creencia) y de ‘fiducia’ (confianza). En cualquier caso, parece que no puede haber ‘foedus’ sin ‘fiducia’, es decir, que, partiendo de que tiene que  haber al menos dos personas para dialogar y acordar,  nadie hace contratos con quien no merece confianza. Fe, por consiguiente, es fiarse del ‘otro’, creer que cumplirá lo que pacta, lo que se suele expresar mediante ciertos ritos (apretón de manos), expresiones verbales (‘palabra de honor’), documentos (‘doy fe’), ante testigos, etc. Y cuanto menos se fía uno, más condiciones impone a la otra parte.

Pero, como es bien sabido, no siempre el contratante cumple ‘fielmente’ las cláusulas del acuerdo convenido. Se producen entonces las desavenencias, y en los países civilizados, es decir, en las sociedades que gozan de leyes que orientan las conductas y protegen a los damnificados, puede llegar también el  desahucio. Porque, hasta hace poco, desahuciador casi nunca era el ‘malo’ (¡qué cosas!).

El Diccionario Básico Jurídico, de Comares Editorial, dice que la palabra desahucio proviene del verbo latino ‘dejicio’ (arrojar, echar, lanzar). Está compuesto por la preposición ‘de’ (expresa la acción de  salir de un lugar donde se estaba, como en ‘de-ambular’) y el verbo ‘jacio’ (arrojar; con el que se ha formulado la famosa frase cesariana (?): ‘alea jacta est’).Y, aunque parece que la etimología de Comares no es la correcta, sin embargo, a mí me gusta porque expresa muy bien la imagen que sustenta los hechos. Según dicho diccionario, el desahucio “tiene por objeto expulsar al inquilino o arrendatario de una finca rústica o urbana”. Me trae a la memoria el primer caso de expulsión de una finca rústica (‘paradisiaca’) de toda la historia de la humanidad, según aparece en el relato del Génesis, en el que todavía cree una nada despreciable parte de nuestro sistema jurídico. Allí se cuenta que Adán  no cumplió el contrato (sólo verbal y sin testigos ni  notario) y, por ello, fue arrojado del paraíso. En el relato de expulsión, Eva ni siquiera figura,  por puro machismo arcaico, porque, de hecho, según dicha ‘historia’, fue ella la incitadora a no ‘pagar la hipoteca’, a lo que accedió el calzonazos de su marido (modo de hablar, ya que casados no estaban; al señor del paraíso le daba igual), sin apenas resistencia.

Dejando de lado el Génesis, el verdadero verbo latino del que proviene la palabra desahucio es ‘fido’ (persuadir, fiarse, confiar) y el prefijo ‘des-’ (negación del significado de la palabra a la que se une: ‘desconfiar, no fiarse’). Según María Moliner, en castellano antiguo se decía ‘desafiuciar’, ‘desafiuzar’ o ‘desafuciar’, siempre en el sentido de ‘perder la confianza’ (‘fiducia’ en Latín),  lo contrario de ‘ahuciar’ (otorgar confianza).  Por tanto, el desahucio es cuestión de ‘fe’. El banco empieza a no ‘creer’ en el pagador, a no fiarse, y entonces le declara su desconfianza, hasta que el juez da orden de arrojarlo de la ‘finca’. ¿Por qué no se fía? ¡Hombré!, primero porque no paga regularmente, y después porque, previa información, descubre que es muy probable que no pueda seguir pagando ‘sine die’, por múltiples razones. ¡Qué puede hacer el banco! ¡Desahuciar! , es decir, ¡desconfiar!

Hasta ahora las relaciones monetario-prestatarias entre clientes y bancos han seguido el siguiente proceso: confianza mutua sin condiciones, exigencia de ‘fianza’ (otro responde, en su caso), alto interés (en el supuesto de poca confianza) y desahucio (se acabó la confianza). Las relaciones ‘antifideístas’ casi siempre circularon en una sola dirección, a saber, del banco hacia el comprador de sus servicios. No se sabe que se hayan producido desahucios contra la Caja Castilla-La Mancha, ni contra el caso de Viajes Marsans, la CAM, etc. Es más, las entidades son rescatadas y los responsables del fracaso se van con todos sus bienes intactos o con una indemnización escandalosa (en Novagalicia Banco, se pactó pagar 63,2 millones de euros a cinco ejecutivos). Por fin, parece que esto empieza a cambiar, pero convendría no olvidar que los responsables principales de los engaños a clientes (caso ‘preferentes’, por ejemplo) casi nunca han sido los empleados de las oficinas con trato directo hacia el público. Por tanto, no es difícil dar con los culpables.

En resumen, todas las relaciones humanas, y también las divinas, dependen de la fe. Cuando no se desconfía se puede comprar incluso a plazos y sin intereses, se pueden realizar contratos casi vitalicios, como las hipotecas, y se puede asegurar la entrada en el cielo, con tal que sea después de fenecido. Pero si no hay posibilidad de generar confianza, ni se puede comprar, ni realizar contratos, ni siquiera subir al cielo (aun contando con la baza del purgatorio).

Finalmente, como curiosidad lingüística, conviene recordar la coincidencia latina entre las palabras ‘pacto’ (‘foedus’) y ‘feo’ (‘foedus’). De la primera proviene ‘federación’ y con  la segunda se asocia ‘fétido’, ‘hediondo’, etc. Puede que sea pura casualidad, o quizás los clásicos latinos hayan querido insinuar que todo ‘pacto’ puede guardar alguna ‘trampa’ (el que hizo la ley…), o que la ‘trampa’ puede inducir al ‘pacto’ (concepto peculiar y rígido de ‘justicia’ por parte de los ‘fuera-ley’: “¡Entre colegas no nos haremos daño!”). Cicerón rechazaba “mancillar la honra de los antepasados” (‘gloriam majorum foedare’), y Ovidio hablaba de los “vínculos de la amistad” (‘foedera amicitiae’). ¡Qué majos!

 

                                                                      Por  Juan Verde Asorey

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Sobre el autor

Desde la AFEx queremos que la actividad filosófica llegue no solamente a alumnos y profesores, sino también a la sociedad en general. La Filosofía es el instrumento intelectual que sirve para analizar y valorar los hechos humanos y las conductas. La Filosofía, como expresión crítica de la conciencia de su época, tiene que ejercer, sin dejar la ironía y el humor, la función del 'tábano' socrático para espabilar, despertar y espolear a la sociedad.


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