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Fecha: abril, 2013
Pecado y mujer
cacerescaparatehoy 29-04-2013 | 8:00 | 2

 Curiosamente los términos ‘pecado’, ‘pecunia’, peculio, ‘pécora’, etc. tienen todos  la misma relación con el ganado, su conducta y su valoración económica.

Pecado

Pecado

La palabra ‘pecado’ etimológicamente guarda relación con ‘pie’ (raíz ‘ped-’), y metafóricamente con ‘andar mal’, ‘tropezar’. La raíz indoeuropea ‘peku-’ (riqueza, bienes muebles) generó el latino ‘pecunia’ (propiedad, riqueza) y ‘peculium’ (dinero), de aquí surgió la palabra ‘pecus’ (ganado, bestia, bruto, animal, ovejas), porque era lo que generaba riqueza y dinero inmediato. Y, a partir del modo de comportarse el ganado descontrolado (sin pastor), surgió la palabra pecado, que proviene del verbo latino ‘pecco’ (pecar, delinquir, tropezar, no cumplir con el deber).

Entre los romanos, el verbo ‘pecco’ significaba en principio tropezar, derivando después a indicar comportarse como las bestias  (‘pécudum modo ágere’). Más tarde la religión cristiana se adueñó de la palabra, dándole su propia versión, pasando así a significar el incumplimiento de la voluntad de Dios, es decir, sus mandamientos, o sea, los de la Iglesia y su teología bíblicodogmática.

En teología bíblica es proverbial la afición de Dios, a través de sus hagiógrafos, de culpar a la mujer de casi todos los males (no en vano el Divino Hacedor se olvidó de crearla hasta que se dio cuenta del error: “No está bien que el hombre esté solo” (los restantes animales no lo estaban); o sea, que ni siquiera Él podía prescindir de la experiencia (resultados) para saber si lo había hecho bien. Quizás sospechaba que por su culpa no saldría bien lo del paraíso (“por la mujer entró el mal en el mundo”).

El periodista y escritor Juan G. Bedoya escribió un artículo titulado Ella como pecado. Entre otras cosas muy interesantes, hace referencia a la etimología de la palabra ‘mujer’: “El nombre femina proviene de fides (fe) y minus (menos), luego femina significa la que tiene menos fe”. Me parece que Bedoya no acertó. Quizás debería traducir por ‘la menos fiable’, la que no merece confianza. En cualquier caso, según la historia, no se considera esa etimología la más probablemente correcta. Acierta en la apreciación históricamente negativa hacia la mujer por parte del varón, pero quizás éste se ha fijado más en otras funciones y objetivos que en la cuestión de la ‘fe’. Según parece, ‘fémina’ proviene del indoeuropeo ‘dhei(i)-’ (chupar, amamantar), lo mismo que fetus, fecundus, filius o félix. Como se ve, la función de la mujer es criar, amamantar y producir placer, felicidad (félix). Pero, mientras que la Teología hebrea ha elevado el dolor a categoría de virtud,  el placer ha sido convertido también en pecado, al menos por la Iglesia cristiana, de ahí la obsesiva relación entre la mujer y el pecado por parte de la religión hebreojudeocristiana, al asociarla el varón con el placer (sobe todo, con el prohibido). Ya que el placer dependiente de la mujer tiene muchas posibilidades de ser ‘malo’, por haber hecho caso al Diablo (‘serpiente’), abriéndole la puerta a intervenir en la marcha de la humanidad, la cual no ha sido capaz de liberarse de él ni siquiera con la muerte del mismo Dios (Hijo). ¡Otro fracaso!

Sorprende, por otra parte, comprobar cómo el superlativo de malo (‘pésimo’) guarda también relación de  con la raíz ‘ped-’ (pie), para indicar que tal adjetivo corresponde al que ‘peor anda’, mientras que su antónimo ‘óptimo’ (de ‘ops’, poder, riqueza) significa el que ‘más tiene’.

Menos mal que el concepto religioso de ‘pecado’ ha perdido actualidad y vigor. Si Nietzsche reviviera pensaría que sus teorías habían tenido cierto éxito. A veces, algo de optimismo parece razonable.

                                                                                                       Por  Juan Verde Asorey

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La plenitud del comadreo y la banalidad

 

En la ciudad de Atenas, un chismoso se acercó a Sócrates para hablarle de un tercero: “…me han dicho que…”, empezó a decirle el cotilla despacio y al oído. Antes de que continuara hablando, el filósofo ateniense le interrumpió y le dijo: Antes de que sigas hablando, te voy a hacer tres preguntas: ¿estás seguro de que lo que me vas a contar es cierto? Por otra parte, lo que vas a decirme, ¿es bueno? Y, además, ¿será provechoso para alguien?.

Chismorreos

Chismorreos

A la tercera negación (parece que a la tercera va la vencida y que el negar tres veces es el límite que permite ya considerar el no dar ya más oportunidades al negador), Sócrates echó de su lado al interlocutor correveidile.

Quizás no todos tengamos el sentido de la moral tan acentuado como el sabio ateniense, o el carácter adecuado para arrojar de nuestro lado a los que nada aportan sino murmuraciones y patrañas, pero si hiciéramos estas tres preguntas a todo aquel que se acerca a nosotros con ánimo de comadrear, cotillear y enredar, de difamar o de levantar falsos testimonios y calumnias sobre las personas, seguramente viviríamos en sociedades menos crispadas y menos preocupadas por el qué dirán, práctica que se ha convertido en el pan nuestro de cada día, consagrada incluso en programas televisivos que no tienen otro objetivo que despellejar de modo sistemático a los demás, como si fuera la actividad esencial de nuestras vidas.

Es evidente que nos equivocamos los que pensamos que las comadres eran un patrimonio de la vejez ociosa, o un residuo de sociedades ignorantes, empobrecidas y simples, cuyo objetivo, para matar el tiempo, y dado el infortunio, la escasez y la falta de perspectivas de sus vidas, no era otro que el de hablar de los demás, de someterlos a la diatriba, a la mordacidad y al vapuleo inmisericorde e incontinente de sus afiladas lenguas, que ejercían de censores y jueces de la comunidad, sobre todo si ésta era pequeña y cerrada.

Hoy vivimos en una sociedad mucho más abierta, más informada y que se perturba menos por la novedad, lo extraño o lo escandaloso; sin embargo, parece que le sigue importando más la opinión que la verdad; el chismorreo y los enredos parece que le interesan más que el conocimiento, y a la que parece satisfacer más la dispersión, lo trivial, la inmediatez o el enriquecimiento acelerado, que la investigación y el análisis, la prudencia o el prestar atención a lo que realmente nos hace sentirnos bien y satisfechos con nosotros mismos y con el entorno que nos rodea, con aquello que nos ayuda a mejorar como colectivo y a enriquecernos como personas.

Alguna responsabilidad, sin embargo, tendremos todos en este apogeo de la mediocridad, del comadreo mediático y de la exposición pública de nuestras intimidades sin el más mínimo asomo de pudor, en un espectáculo repetitivo de la oquedad y de la superficialidad tan necia y anodina que nos asola; todo ello elevado, eso sí, a la máxima potencia y al éxito por las cotas de audiencia en las que lo simple triunfa y se extiende con rapidez por esta sociedad de la imagen que, en general, prima la banalidad o la chabacanería sobre el ingenio, la lucidez o la sutileza.

Por Joaquín Paredes Solís

 

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Pascua

En nuestro idioma, como casi siempre, una misma palabra o expresión indican una cosa y su contraria. Con ‘pascua‘  sucede algo parecido, ya que hacer la pascua a alguien‘ indica fastidiar (de la raíz ‘bhar-‘, punta, aguja); mientras queestar alguien como unas pascuas‘ significa que está muy alegre, ha huido de la esclavitud, o lo está celebrando.

Un manuscrito del siglo XIV propiedad de la Universidad de John Rylands, en Manchester, y que muestra el éxodo de Egipto

Un manuscrito del siglo XIV propiedad de la Universidad de John Rylands, en Manchester, y que muestra el éxodo de Egipto

Según el diccionario de María Moliner, ‘pascua‘ proviene del hebreo ‘pasach‘ (paso, tránsito), para conmemorar la salida de de los hebreos de Egipto y su paso a través del mar rojo, capitaneados por Moisés. Dicho término ha sido modificado en español por confusión con  ‘pascua‘ (plural de ‘pascuum‘, pasto), como metáfora del final del ayuno. Pero tal confusión es más antigua, ya que el latino ‘pascha‘ (del griego ‘Pásja‘, cena de pascua, cordero pascual; relacionado con el verbo ‘pásjo‘, sufrir, padecer… y el sustantivo ‘pázos‘, pasión, sentimiento, afecto…) significa paso, tránsito, pero también fiesta-recuerdo, solemnidad, cordero pascual, etc.

Es costumbre en nuestra tradición griego-romano-hebreo-cristiana que en toda fiesta hay que ‘sacrificar’ algo. Sacrificar significa convertir en sagrada una acción mediante, normalmente, la sustracción de la vida a un ser humano, o, en su defecto, a un animal, considerando que es grato a la correspondiente divinidad prescindir de algo muy querido. Abel le ofrecía el mejor cordero, así como Abraham y Agamenón estuvieron a punto de hacer lo mismo con sus hijos Isaac e Ifigenia. Los griegos eligieron precisamente el nombre del animal sacrificado (‘trágos’, macho cabrío) para nombrar la celebración misma: tragedia.

Según la versión latina del relato de la Última Cena, Cristo dijo: “Desiderio desideravi hoc pascha manducare vobiscum” (‘He deseado ardientemente comer esta ‘pascua’ con vosotros’). Está claro que no se comían la ‘salida‘ de Egipto, sino el pertinente cordero, sin bien con los matices simbólicos correspondientes.

En el Cristianismo el sacrificio máximo ha sido el del mismo Hijo de Dios. Y parece que con él Dios Padre quedó satisfecho. Estas brutalidades cruentas se han ido civilizando con el tiempo en nuestras latitudes, como fue cambiando la filosofía del ‘ojo por ojo‘ por la de ‘comprensión por ojo‘ (utopía cristiana), esa especie de escándalo, aun permanente, de perdonar a los enemigos u ofrecer la otra mejilla ante el tortazo recibido en la primera… No es extraño que este mensaje ultrapacifista haya calado en todo soñador, sobre todo si no tenía capacidad real de venganza, es decir, si era débil y pobre. Y como eso era lo que más abundaba (y aún abunda), no es raro que tuviera éxito ‘sonoro’, y que siga sonando muy bien.  Lo que sucede es que hoy no sólo fracasan las utopías comprobables, sino que también perdieron peso las que ponían sus resultados en ‘lugares’ (‘tópoi‘) inasequibles (más allá de los astros -cielo- y después de la muerte), pero hay que reconocer que éstas tuvieron un éxito infinitamente superior, y que todavía gozan de mucho predicamento entre grandes capas sociales del universo humano.

La Pascua es una de las fiestas más solemnes de los hebreos. La conmemoración se prolonga durante siete días en el mes de Nisan (fuera de Israel, ocho días) y en nuestro calendario corresponde a fechas variables entre marzo y abril. En la Iglesia católica, es la fiesta solemne de la Resurrección de Cristo, que se recuerda el domingo siguiente al primer plenilunio posterior al 20 de marzo. Oscila entre el 21 de marzo y el 25 de abril. En lengua hebrea, además de paso o tránsito, la palabra significa ‘saltear’ o ‘pasar por alto’, en referencia al hecho de que el Ángel Exterminador enviado por Jehová salteó las casas de los judíos, cuyas puertas habían sido marcadas por orden divina. (Como se ve, no fue ocurrencia de Herodes).

La primera documentación del uso de esta palabra en nuestro idioma data del año 1090. En tiempos modernos, se ha usado también para designar en español a la Navidad, aunque esta denotación no se repite en otras lenguas romances, ni siquiera peninsulares, excepto en el italiano pasqua minore.

 

                                                                                                         Por  Juan Verde Asorey

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En busca de la justicia social y la igualdad

La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse

JEAN-JACQUES ROUSSEAU (1712 – 1778)

 

De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades

KARL MARX (1818 – 1883)

 

 

La solidaridad ha devenido en la actualidad un valor primordial y necesario para poder llevar a cabo el concepto de igualdad, una de las invenciones más positivas del último siglo, y plasmarlo en la construcción de una sociedad más equitativa, sobre todo cuando se hace patente que la riqueza, la discriminación o las diferencias de carácter social, económicas o políticas, cuando son excesivas, no son fruto de la naturaleza de las cosas, sino producto del acontecer humano, de sus ideologías, creencias y prejuicios, o de sus arbitrariedades y desmanes, perpetrados a lo largo de la historia, y que hoy podemos seguir contemplando en directo gracias a los medios de comunicación, que nos muestran a diario de qué modo la corrupción y la violencia alteran el orden de las cosas, enriqueciendo a los corruptos y a los que no tienen escrúpulos y empobreciendo a gran número de ciudadanos que, además, ven mermadas sus posibilidades sociales, educativas o sanitarias. 

Puesto que las sociedades injustas o desiguales se han construido en ese devenir histórico, será a través del perfeccionamiento de ese devenir, de la mejor organización política y social, el modo como se deben paliar las consecuencias indebidas, inmorales e injustificadas que han dado lugar a modos de producción y de convivencia que están más cerca de la animalidad depredadora que de la cooperación humana.

El exceso de riqueza provoca inevitablemente un desmedido poder de unos hombres sobre otros, de unos Estados sobre otros, y esta desproporción no puede cimentar las adecuadas relaciones equitativas necesarias para la convivencia en sociedades que queremos llamar civilizadas y culturalmente avanzadas, que son las que tienen que proteger y ayudar a las más empobrecidas para que éstas puedan salir de ese estado al que han sido conducidas, muy probablemente, por las acciones indebidas y violentas, coloniales o de conquista, por aquellas otras que disfrutan de un bienestar y una riqueza desmesurados logrados por la fuerza, la trampa, el engaño o la corrupción.

La opulencia que puede esclavizar y la pobreza que no puede impedir ser esclavizada son extremos que hay que evitar, al modo aristotélico, y que Rousseau nos recuerda en este aforismo. El ginebrino alertó sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, que él situó en la propiedad privada, testigo que Marx recogió para hacer del pensamiento algo más que mera contemplación e interpretación de lo ya ido, y entendiendo la praxis como el modo, teórico y práctico, en que los hombres deben pensar y transformar el mundo en que viven, procurando que en él se materialicen la justicia social y la igualdad, pues difícilmente podremos vivir en paz mientras existan individuos que habitan en la miseria, en la ignorancia, en la servidumbre y el miedo.

La frase de Karl Marx, o de Piotr Kropotkin, según otros, viene a poner el dedo en la llaga de la solidaridad. Cada cual tendrá que aportar en la medida de sus capacidades para que otros puedan recibir lo que necesitan, y todo ello con la garantía de un sistema político que asegure el cumplimiento de estas premisas, necesarias, sin duda, para que se dé la justicia y que ésta no dependa del capricho o las arbitrariedades de aquellos que posean los medios para paliar las penurias y las carencias de los otros, sino que sea requisito imprescindible de la coexistencia entre iguales y avalada por las leyes. De otro modo estaremos hablando de limosnas, beneficencias y caridades, de parches y de remiendos que, en definitiva, más que paliar las injusticias y las desigualdades, fomentarán su continuidad y su permanencia en un estado de cosas conformista y resignado que mantendrá los egoísmos ilegítimos, es decir, aquellos que preferirán el beneficio y el provecho propios aunque causen males, desgracias, carencias y sufrimientos ajenos.

 

Por Joaquín Paredes Solís

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Tales de Mileto, el más famoso de los Siete Sabios de Grecia

Tales de Mileto fue el pensador que, al parecer, inició la indagación racional sobre el cosmos, por lo que se le considera el primer filósofo en Occidente, al menos el primero del que se conservan documentos escritos y referencias. En esta época, sin embargo, todo pensador tenía también algo de mago o de iluminado, aunque su intención fuera acabar, precisamente, con la magia o la superstición como fundamento explicativo de lo real. No en vano, la sociedad en la que se vivía era una sociedad sostenida y nutrida por creencias y mitos que le daban cierta consistencia, al menos para poder vivir con cierta tranquilidad, sin preguntarse cada día por los misterios que les rodeaban, misterios que, no obstante, no dejaban de espolear las mentes más inquietas, las que no se conformaban con cualquier explicación. Este inconformismo sería la fuente y el origen de la búsqueda de otro tipo de respuestas y el nacimiento de lo que hoy denominamos pensamiento filósofico, al que quieren sustituir ahora por nuevas formas de explicaciones míticas, menos incómodas con el poder establecido o con un statu quoque prefiere dormitar o repetir salmodias consoladoras y resignadas, que ejercitar y enseñar el pensamiento analítico y crítico.

Tales de Mileto

Tales de Mileto

Según Aristóteles, Tales fundó la escuela jónica o milesia de filosofía, a la que pertenecieron también Anaximandro y Anaxímes, que se caracteriza porque todos sus componentes consideraban que había un principio o arjé que explicaba la realidad o fisis y que este principio era de naturaleza material y eterno.

Tales fue el primero y más famoso de los Siete Sabios de Grecia y uno de los matemáticos más grandes de su época, cuyas aportaciones más interesantes se dieron en los fundamentos de la geometría, que se expresan en un teorema que lleva su nombre.

Heródoto nos ha dejado testimonios de sus actividades como estadista, ingeniero o astrónomo, versatilidad que, según Kirk y Raven, fue “característica de los pensadores milesios, a los que, con excesiva exclusividad, se tiende a considerar como simples físicos teóricos”.

También estos autores, en su obra Los filósofos presocráticos, nos dicen que era costumbre atribuir a los sabios del siglo VI antes de nuestra era algunas visitas a Egipto, país que es considerado como fuente original de la ciencia griega. Es probable que Tales visitara este país, ya que las relaciones de Mileto con su colonia de Náucratis eran tan estrechas que la visita de un ciudadano prominente, mercader o no, era considerada como algo normal.

Plutarco supo que el agua desempeñaba una función esencial en algunas cosmogonías mitológicas egipcias y, por tanto, es probable que Tales de Mileto derivara su idea de que la tierra flota sobre el agua y de que ésta constituye el principio de la naturaleza, de narraciones mitológicas anteriores existentes en el Oriente próximo, probablemente egipcias. Para Tales, pues, el agua era considerada como el constitutivo material originario de todas las cosas, que persiste como sustrato de ellas.

Son pocos los fragmentos que nos han llegado de estos primeros pensadores jonios, entre ellos algunas anécdotas. Posiblemente la anécdota más conocidas sobre Tales fue la que nos relata Aristóteles en su Política: “Cuando, por su pobreza, le reprochaban que la filosofía era inútil, tras haber observado por el estudio de los astros que iba a haber una gran producción de olivas, se procuró un pequeño capital, cuando aún era invierno, y  depositó fianzas por todas las presas de aceite de Mileto y Quíos, alquilándolas a bajo precio porque nadie licitó contra él. Cuando llegó el momento oportuno, al ser muchos los que a la vez las pedían, las iba alquilando al precio que quería y reunió mucho dinero, demostrando así que es fácil a los filósofos enriquecerse, si quieren, pero que no son las riquezas lo que les interesan.”.

 

Por Joaquín Paredes Solís

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Desde la AFEx queremos que la actividad filosófica llegue no solamente a alumnos y profesores, sino también a la sociedad en general. La Filosofía es el instrumento intelectual que sirve para analizar y valorar los hechos humanos y las conductas. La Filosofía, como expresión crítica de la conciencia de su época, tiene que ejercer, sin dejar la ironía y el humor, la función del 'tábano' socrático para espabilar, despertar y espolear a la sociedad.