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Fecha: mayo 27, 2013
Trabajo

 

 

Uno de los atributos de Dios es la inmutabilidad. Lo cual es lógico, por definición, ya que sólo quiere cambiar quien espera mejorar. Menos mal que los intérpretes de los pensamientos divinos (fijos, por supuesto) y de sus mansajes (idem) prefieren darles algunas vueltas, para ponerlos al día. Lo que, desde  el Vaticano II, se llamó ‘aggiornamento’.

Trabajo de hormigas

Trabajo de hormigas

 

Digo esto porque, según el relato del Génesis, el trabajo formó parte fundamental del castigo celestial  (según cuenta el hagiógrafo). Pero, hace no muchos días, le oí decir al papa Francisco que “el trabajo es un don de Dios”. ¡Qué giro! Aunque tiene también cierta lógica, porque no es lo mismo perder el paraíso, que no disponer, por añadidura, de la posibilidad de vivir, dado que la vida, para mucha gente, sigue dependiendo del trabajo.

Raphael, cuyos méritos como cantante son indiscutibles, juega con la Antropología afirmando que “el trabajo nace con la persona”, y  que “va grabado sobre su piel”. Pero esto no siempre es cierto porque siempre ha habido gente que ha vivido sin dar ni golpe, sin echar de menos las tareas ni los despertadores,  y sin observar marcas especiales en su piel. Sin embargo, muchos millones de españoles que no son capaces de poder hacer nada por lo que les paguen algo. Miran su piel con detenimiento y no hallan ‘grabaciones’, quizás algún pequeño tatuaje, como recuerdo de mejores tiempos.

Y es que la humanidad no aprende nunca, o lo hace tan lentamente que a cada uno le parece nunca.Con el nacimiento de la tecnología moderna, con su fantástica progresión y con su extensión a todos los ámbitos de la vida, muchos empezamos a soñar con un cambio radical en la vida laboral: Producir recursos suficientes para todos, sin apenas trabajar.

El hombre estudia, investiga, planifica, y las máquinas hacen el trabajo, incluso su propia fabricación, reparación y reciclaje. Como la máquina genera mucha riqueza, libera al hombre de tener que dedicar  la mayor parte de su vida a trabajar para vivir. Lo que no excluye que alguien quiera y pueda vivir para trabajar (más abajo se hablará de los significados de la palabra trabajo), porque es posible, e incluso deseable, que sigan existiendo muchos entusiasmados con sus profesiones, y las sigan ejerciendo para disfrute de quienes puedan y quieran disponer de sus bienes y servicios.

Se acabó la maldición bíblica, y se terminó la explotación de unos por  otros, tan criticada por Marx (y por cualquiera que sea razonable).

Por fin, la educación sólo dedicará un tercio (?) de su función a la formación técnico-profesional. Las otras dos terceras partes se destinarán a la formación humanista, artística, social, creativa y recreativa. Pero hay que  ser iguales (disponer de lo básico) para poder ser distintos.

Ya no valen los típicos tópicos, como que ‘cada trabajador tiene que  sustentar a dos o más dependientes’ (niños, ancianos, enfermo, parados), o que ‘no se puede gastar más de lo que se ingresa. Ya no va a ser así, porque  los fondos públicos necesarios para cubrir razonablemente las necesidades elementales de todos los ciudadanos, ya no dependerán directamente de la actividad de cada trabajador, sino de todo elemento que mueva y genere dinero. Los impuestos recaerán directamente en dichos elementos, independientemente de cuántas personas dediquen su tiempo a que generen la correspondiente producción comercial. Se trata de identificar y controlar todo artilugio que genere dinero, y toda actividad humana directa que haga lo mismo. De modo que dará igual lograr una rentable operación en bolsa, que vender los cristales para las ventanas de una casa o un edificio entero, que programar y realizar un combate de boxeo, o que diez máquinas hagan una autovía.

Pero hay más tópicos (dogmas liberalistas). Dijo Franklin que ‘si sabes gastar menos de lo que ganas, has encontrado la piedra filosofal. Eso sólo tiene sentido si ganas más de lo que necesitas, porque el que no tiene nada, no puede vivir, y tampoco puede ahorrar, a no ser haga como aquel asno que, a fuerza de negársele el pienso, terminó por no quererlo. Porque el que nada ingresa, en la nada ingresa.

Adam Smith, el famoso economista (¡y filósofo!) escocés del siglo XVIII, aconsejaba: ‘Nunca guardes todo tu dinero en el país donde vives, porque puede pasar algo. Y generalmente, pasa’. Hay que reconocer que ha tenido bastante éxito, al menos en España,  y quizás en todos los países que no tienen ‘fiables’ paraísos fiscales propios, pero sí ‘recortes’, incluso de lo vital (salud, justicia, libertad).

Milton Friedman, economista estadounidense, Nobel de economía en 1976, ya avisó de que ‘un país donde se anteponga la igualdad a la libertad terminará sin ninguna de las dos’.  No entiendo. Qué manía de pensar que los valores humanos tienen que enfrentarse, en vez de complementarse y armonizarse. Eso forma parte de la filosofía que defiende que, como no hay para todos, alguien tendrá que ser excluido, por ello es muy importante educar en la competitividad (LOMCE), y menos en otras ‘cosas florales’, porque cada ser humano tiene lo que se merece, según dice el que ha tenido éxito (salud, formación , libertad, oportunidades).

Veamos ahora algo de la historia guardada, como siempre, en la misma palabra ‘trabajo’. Como resultado de todo el proceso humano anterior, en Castellano clásico esta  palabra hace referencia a penalidad y esfuerzo, y menos a ocupación y oficio. Cervantes en ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’ identifica ‘trabajos’ con penalidades, trances y sufrimientos, asociados a las peripecias viajeras de los protagonistas. De hecho, incluso en la actualidad, se equipara ‘trabajosamente’ con ‘penosamente’. Y es que, según la Filología, el término ‘trabajo’ deriva del latino ‘tripalium’ (o trepalium), que se asocia simbólicamente con fatiga, sufrimiento y penalidad.  También se utilizó el mismo término  con el significado de  tortura, como es el caso de la cruz, en su distribución en aspa cruzada, que se adhería a un  tablón vertical que se hincaba en el suelo, para exhibir el dolor  del malhechor y posibilitar su escarnio. Las abuelas de ‘tripalium’ son las raíces indoeuropeas ‘trei-’ (tres) y ‘pak-’ (fijar, atar). Esta visión trágica del trabajo quiso solucionarla Jim Fox con una ingeniosa paradoja: Encuentra un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar un solo día de tu vida”. Lo que se podría mejorar con este otro consejo: “Si no puedes hacer lo que te gusta, intenta, al menos, que te guste lo haces”.

Para terminar, no sé si lo haría solamente como práctica humorística (quizás no), pero afirmó Oscar Wilde que el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer’. Y, para apoyar la actual política económica que nos gobierna, me parece procedente citar a Winston Churchill: Una nación que intente prosperar a base de impuestos es como un hombre sentado en un cubo que intente desplazarse tirando del asa’. Ingenioso sí es.

El problema del trabajo, y por consiguiente del paro, no lo soluciona solamente el ansia de ser rico. Sólo pueden arreglarlo los políticos, aunque le parezca mentira a más de uno. Y si quisieran, podría ser muy pronto. Sólo hace falta que sepan hacerlo y que la tarea política esté alejada de los negocios personales de los políticos (ya lo dijo Aristocles en el siglo IV antes de nuestra Era). Todo el mundo debería saber que, de ordinario, los políticos no generan empleo (‘trabajo’ sí ‘dan’), pero son los responsables de establecer las normas, previo estudio y refrendo demofrátsico, donde se establezca cuánto y cómo debe trabajar cada uno, y cómo distribuir los beneficios de esa actividad para todos. Y que esto suceda en todas las naciones y rincones del mundo. Podría convocar la ONU (o un nuevo 15 M), y acordar lo necesario para que esto se empiece a poner en práctica después de la primera reunión.

A fin de ofrecer una sugerencia sobre los temas a tratar, se debería empezar por: Prohibir absolutamente la fabricación de todas las armas de guerra, desde la más sofisticada a la más elemental, mientras haya gente sin agua potable y comida, sin escuela y sin una razonable seguridad tanto ciudadana como jurídica. Una vez conseguido eso, prohibirlas para siempre, junto con otra lista de sandeces que sólo generan abusos e injusticias. Y esto vale por sí mismo. No hace falta recibir mensajes sagrados ni promesas de premios en otra vida. Si alguien piensa ‘refutarme’ llamándome ingenuo, utópico,  soñador o imbécil, puede ahorrarse el trabajo.

Por Juan Verde Asorey


 

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