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David Hume, el escocés ilustrado

Es posible que si no hubiera sido por la mirada atenta y el convencimiento de los empiristas de que la sensibilidad desempeñaba un papel importante en la adquisición del conocimiento, todavía estaríamos denostando los sentidos como fuente de errores y pecados y negando el camino más importante para la adquisición de la información que los hombres poseen, de las fuentes que nos proporcionan los datos que hacen posible el juego mental, la comparación, el análisis o la relación entre ellos. Los empiristas, con su carácter práctico, nos obligaron a considerar los sentidos como fuente inicial de información, de captación de imágenes, datos, referencias y detalles necesarios para hacernos una idea del mundo que nos rodeaba y de nosotros mismos.

Ockham y Bacon como precedentes, y más tarde Locke, Berkeley y Hume, entre otros, nos obligaron a desviar la mirada de la razón, que era unidimensional y todopoderosa desde Sócrates y Platón, hacia la sensibilidad, y nos mostraron que no puede haber ideas si antes no hemos tenido sensaciones e impresiones de las cosas.

El escocés David Hume es quizás el representante más genuino y más conocido de este movimiento empirista. Nacido el 7 de mayo de 1711 en la ciudad de Edimburgo, donde murió en 1776, este filósofo, economista e historiador escocés es una de las figuras más importantes de la filosofía occidental y de la ilustración del siglo XVIII.

Hume afirmó que el conocimiento deriva, en última instancia, de la experiencia sensible y que sin ella no se lograría saber alguno acerca de lo real. Según él, nuestras percepciones pueden dividirse en dos categorías: impresiones e ideas, que son definidas en su obra Investigación sobre el entendimiento humano, del siguiente modo: “Con el término impresión me refiero a nuestras más vívidas percepciones, cuando oímos, vemos, sentimos, amamos, odiamos o deseamos. Y las impresiones se distinguen de las ideas, que son impresiones menos vívidas de las que somos conscientes, cuando reflexionamos sobre alguna de las sensaciones anteriormente mencionadas”. Más adelante, en la misma obra, precisa el concepto de idea: “Proposición que no parece admitir muchas disputas es que todas nuestras ideas no son nada excepto copias de nuestras impresiones; o, en otras palabras, que nos resulta imposible pensar en nada que no hayamos sentido con anterioridad, mediante nuestros sentidos externos o internos”. En la medida, pues, en que no tengamos el referente que proporcionan las impresiones, las ideas que formamos en nuestro entendimiento son falsas ideas, o no valen para construir un conocimiento cierto sobre lo que es real. De aquello que no percibimos aquí y ahora no podemos afirmar con seguridad que sea cierto. Esto constituye un aspecto importante del escepticismo de David Hume, pues equivale a decir que no podemos tener la certeza de que ideas como Dios, el alma o el yo y el mundo, las tres substancias cartesianas, existan, si no podemos señalar la impresión de la cual derivan.

En 1734 Hume se traslada a La Flèche, en Anjou, Francia, y en los años que estuvo allí diseñó su plan de vida, basado en la frugalidad, para poder mantener así su independencia, considerando todas las cosas prescindibles excepto la mejoría de su talento para la literatura. Todo un ejemplo para los políticos y creadores de hoy, más ocupados e interesados en medrar que en mantener su autonomía moral, artística, intelectual o política.

En La Flèche completó, a la edad de 26 años, su Tratado de la naturaleza humana (1776), que hoy se considera su trabajo más importante.

Tras la publicación de sus Ensayos de moral y política, solicitó una cátedra de ética y psicología en la Universidad de Edimburgo, pero fue rechazado.

Durante la rebelión Jacobita fue tutor del marqués de Annandale y fue entonces cuando inició su gran trabajo como historiador, la Historia de Inglaterra, obra publicada entre 1754 y 1762 en seis volúmenes y que alcanzaría el éxito que no tuvo con el Tratado.

Aunque David Hume fue acusado de herejía, sus amigos le defendieron alegando que al ser ateo estaba fuera de la jurisdicción de la iglesia de Escocia. Pero a pesar de que fue absuelto, y posiblemente debido a la oposición de Thomas Reid de Aberdeen, que criticó su metafísica desde el cristianismo, le fue denegada también la cátedra de filosofía de la Universidad de Glasgow.

En su ensayo De la superstición y la religión, Hume estableció las bases del pensamiento laico, aunque por los peligros que suponía en la época expresarse abiertamente contra las creencias religiosas, Hume siguió la práctica habitual de expresar sus opiniones indirectamente, camuflando sus ideas a través de los diálogos de los personajes de sus obras.

Desde 1763 hasta 1765 Hume ejerció como secretario de Lord Hertford, en París, donde conoció a Voltaire y a Rousseau. De su estancia en París escribió: “A menudo añoré la tosquedad de The Poker Club de Edimburgo… para corregir y rectificar tanta exquisitez”. Volvió a Edimburgo en 1768 y en 1770, Kant, el filósofo de Königsberg, avivó el interés por los trabajos filosóficos de Hume al declarar que le habían despertado de sus “sueños dogmáticos”, y desde entonces Hume gozó del reconocimiento intelectual que había perseguido durante tanto tiempo.

James Boswell visitó a Hume pocas semanas antes de su muerte, y éste le dijo que veía la vida después de la muerte como “el capricho más irracional”. Hume dictó su propio epitafio: “Nacido en 1711, Muerto en 1776. Dejando a la posteridad que añada el resto”,  que está grabado conjuntamente con el año de su fallecimiento en la tumba romana situada, como él deseaba, en la ladera este de Calton Hill, en la ciudad de Edimburgo.

Por Joaquín Paredes Solís


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Desde la AFEx queremos que la actividad filosófica llegue no solamente a alumnos y profesores, sino también a la sociedad en general. La Filosofía es el instrumento intelectual que sirve para analizar y valorar los hechos humanos y las conductas. La Filosofía, como expresión crítica de la conciencia de su época, tiene que ejercer, sin dejar la ironía y el humor, la función del 'tábano' socrático para espabilar, despertar y espolear a la sociedad.


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